Hola de nuevo!
Espero que disfruten el capítulo, me costó mucho escribirlo por alguna razón... creo que es mucho texto(?
Ah, y una pequeña advertencia: conforme avance la historia es probable que cambien las etiquetas y las advertencias del fic; no se preocupen avisaré antes de los capítulos si se llegara a dar el caso para no pillar a nadie desprevenido.
Hasta luego!
PD: A ver si encuentran la referencia a la canción de Taylor Swift ;)
El tribunal se llenó de murmullos.
Cientos de ángeles observaban a Ichigo y Rukia, cuchicheando entre sí: "¡Es imposible!" "¡Cómo se atrevió!" "¡Qué vergüenza!" Con esta última resonando especialmente en la cabeza de Rukia… "vergüenza…"
Su corazón latía tan rápido que pensó que se le saldría del pecho, le costaba respirar; y, por sobre todo tenía miedo de alzar la cabeza y encontrarse con la única mirada que le importaba. La de su hermano.
–¡Rukia Kuchiki! ¿Hay algo que quieras decir a tu favor antes de que decidamos tu sentencia? –El anciano de barba volvió a hablar.
Rukia supo que esas serían las únicas palabras que podría pronunciar ante el Gran Hierofante. Así que tenía que pensar con sumo cuidado lo que iba a decir. Pero su cerebro se había congelado, no tenía idea de qué decir o hacer para que su situación fuera mejor; había cometido un grave crimen.
Miró hacia su derecha, donde se encontraba el humano que había salvado. Parecía al borde de un ataque de pánico, y con justa razón. No es todos los días que todo el paradigma de tu vida cambia completamente; de seguro estaba teniendo dificultades para aceptar su nueva realidad, una donde existían los ángeles. Una donde se encontraba a punto de morir.
Cerró los ojos y juntó todo el valor que le quedaba, era un ángel noble después de todo, y enfrentaría las consecuencias como tal. Tenía que hacerlo por su familia y, además, por el pobre chico que había metido en esto.
Lentamente levantó la cabeza y ahí estaba, como temía, su hermano, Byakuya, con la mirada más severa que había visto. Él y el anciano la observaban, esperando su respuesta.
Así que Rukia decidió que hablaría con la verdad, y nada más que la verdad:
–Fue un accidente. –Pronunció lo más alto que pudo. –De todo corazón juro que no pretendía salvar al humano; pensé que podría recolectar su alma cuando falleciera. Jamás quise involucrar a una persona inocente en los asuntos de los ángeles, ni, a la inversa, involucrar a los ángeles en los asuntos humanos. –Rukia se inclinó lo más bajo que pudo. –Desde el fondo de mi alma, ¡pido las más sinceras disculpas!
Se hizo el silencio. Rukia se mantuvo con la cabeza gacha, esperando su sentencia. Pero el primero en hablar fue el joven humano.
–Entonces, ¿no querías salvarme? ¿Realmente iba a morir atropellado?
–Te lo dije. –Respondió ella sonriendo. –Soy un ángel de la muerte.
–¡No! –Gritó el Hierofante. –¡No más! Y tú, mortal, haz silencio; no tienes derecho de pronunciar palabra. –El anciano se giró hacia Byakuya y le preguntó: –¿Acaso quieres tú, Byakuya Kuchiki, defender a tu hermana? Será su última oportunidad.
Byakuya nunca le quitó los ojos de encima a Rukia; allá arriba, en el palco, se veía solemne, con su traje negro, sus alas brillosas de igual color y su cinturón con cuarzos rosas. Y con esa solemnidad, la misma que tendría un témpano de hielo, dejó a Rukia a merced del tribunal: –No. –Fue todo lo que salió de su boca. Justo lo que ella esperaba.
Es decir, después de todo, había deshonrado a la familia… Era el fin.
–Muy bien. Entonces procederé con la sentencia.
Se levantó un viento feroz, tormentoso, que envolvió todo el lugar. Un pésimo augurio. Y Rukia cayó de rodillas.
–¡Ángel de la muerte, Rukia Kuchiki! Es con el poder investido en mí por Dios que la condeno a…
Realmente era el fin. Las lágrimas comenzaron a poblar los ojos de Rukia… Rogó al cielo misericordia, porque solo una intervención divina podría salvarla ahora…
–…morir a manos del Verdugo Celesti-
–¡ALTO!
La voz provino de su derecha; miró de reojo, y allí vio al humano, de pie, con rostro seguro.
Y Rukia tuvo fe.
Ichigo no sabía lo que estaba haciendo.
No sabía en dónde estaba, quiénes eran estos seres, y menos sabía qué estaba pasando. De lo único que estaba seguro era de que lo que presenciaba estaba mal. Y que no podía permitirlo, por eso gritó.
Su voz retumbó en las paredes, y, después de su eco, el viento cesó y vino el silencio. El silencio de cientos de ángeles demasiado estupefactos para emitir algún comentario. Y, luego de ese silencio, llegó la ira.
–¡¿Cómo te atreves?! –Gritó el Gran Hierofante mientras golpeaba su bastón contra el suelo. El viento regresó, con mayor intensidad, esta vez caliente, muy caliente. De hecho, Ichigo vio cómo las llamas comenzaban a envolver el bastón del anciano y eso lo hizo dudar de sí mismo por unos segundos.
Pero miró hacia su izquierda, y vio a la chica. Y la esperanza que se había formado en sus ojos violetas. No podía defraudarla; su vida dependía de él y, además, Ichigo era terco como una mula.
Tomó aire, miro directo al Hierofante y defendió lo que creía.
–¡Lo que escuchaste, viejo! ¡No dejaré que maten a quien me salvó la vida! Haya sido un error o no.
Las llamas empeoraron y empezaron a rodear toda la habitación, cuya temperatura aumentó considerablemente, e Ichigo temió que de verdad fueran a morir carbonizados, así que dijo (o más bien gritó) a la chica:
–Oye, gracias por salvarme del accidente… Lamento no haber podido hacer lo mismo. Por cierto, ¡soy Ichigo Kurosaki!
Ella pareció sorprendida al principio, pero luego sonrío: –Tranquilo, la intención es lo que cuenta, supongo… Rukia Kuchiki. Un placer.
Se dieron la mano, un saludo entre las llamas. Ambos preparados para su muerte inminente, pero entonces, otra voz surgió entre todo el caos; una voz suave y dulce que intervino en su destino.
–Señor… Creo que deberíamos darle una chance al mortal, escuchar lo que tiene que decir.
El que habló fue otro ángel de alas negras, de cabello blanco, muy largo. Tenía un atavío negro como los demás, pero su cinturón tenía turquesas en lugar de cuarzos rosas. E inmediatamente después otro ángel más se unió a él: cabello castaño, barba; su traje negro cubierto de un manto rosa con flores, y un cinturón con piedras a juego. Pero este tenía alas blancas.
–Tiene razón, viejito, si vas a condenarlos de todos modos, al menos déjales unas últimas declaraciones.
Ichigo creyó que estaban refritos, si su falta de respeto había molestado al anciano entonces la de esos dos ángeles lo harían enloquecer.
Pero se equivocó.
Poco a poco las llamas disminuyeron y el anciano terminó accediendo a la petición de aquellos dos ángeles.
–Está bien. Los escucharé. Únicamente porque ustedes avalan por ellos. –Miró fijamente a Ichigo: –¿Y bien, mortal?
Todos los ojos del tribunal se posaron en él y la presión se juntó en su cabeza, como si tuviera una soga en el cuello. Pero no iba a retroceder ahora. Su vida y la de su nueva "amiga", estaban en sus manos. Respiró profundo y continuó con lo que empezó:
–Es que… ¡No entiendo qué clase de crimen pudo haber cometido para que la condenen a muerte! ¿Me salvó la vida, acaso no deberían premiarla o algo así? ¿Acaso los ángeles no deberían proteger a la humanidad?
–Y tienes razón, los ángeles guardianes tienen ese trabajo. Los ángeles de la muerte, como es el caso de la señorita Kuchiki, se dedican a cosechar las almas, no a salvarlas.
Ichigo volteó a ver a Rukia, miraba hacia abajo, arrodillada en el piso, completamente derrotada. Murmurando por lo bajo: –Fue… fue un accidente.
–Pero no lo hizo a propósito, condenarían a alguien a muerte… ¿Sólo por un accidente?
El Gran Hierofante bufó, claramente cansado de la conversación.
–Las leyes son claras: No se deberá jamás intervenir con el destino humano de forma directa. Su destino, Señor Kurosaki Ichigo era morir esa noche. Y si la señorita Kuchiki hubiera esperado para recolectar su alma, no estaría en este predicamento.
Ahora Rukia escondía la cara, seguro intentando cubrir las lágrimas. Ichigo no podía permitir que la condenaran, y menos por su culpa, por lo que debería haber sido su destino. Entonces, tuvo una idea.
–¿Y si yo tomara su culpa y me quedara aquí?
Una vez más la sala se llenó de murmullos y el Hierofante tuvo que pedir silencio. Rukia levantó la cabeza, y desesperada intentó intervenir.
–¡Ichigo! No tienes que hacer esto, ¡fue mi error!
–Pero era mí destino. –Ichigo sonrío.
–¡Silencio en la corte!
El mar de voces se calló.
–Supongo que podemos aceptar sus condiciones. Eso, claro, si Kuchiki Byakuya está de acuerdo.
El hermano de Rukia se volvió a comportar impasible y sin mirarla dijo:
–A nuestro clan le da igual. Será castigada por nosotros si la corte no lo hace, es nuestra responsabilidad como familia noble hacer que se respete la ley.
E Ichigo se llenó de rabia.
–¡¿Qué?! ¡¿A pesar de que fue un accidente?! ¡Eres un desalmado-
–Ichigo, no aceptes, no tienes que hacerlo por mí, seré castigada de todas formas. Hermano, por favor, te lo ruego, ¡anula el trato!
Los gritos continuaron mientras dos guardias aprisionaban a Ichigo, quien, a pesar de la ira que sentía, ya había aceptado que estaba muerto. El asunto le causó gracia, todo por no ver hacia ambos lados al cruzar la calle.
Así, el viejo comenzó a emitir la nueva sentencia.
–Kurosaki Ichigo, a favor del ángel de la muerte Kuchiki Rukia, su destino de muerte será cumplido. Será escoltado al más allá.
–¡No! –gritó Rukia –¡No pueden!
Los guardias comenzaron a llevarse a Ichigo, completamente resignado, cuando de repente, alguien se interpuso en su camino: un ángel de alas blancas. Un hombre alto, con pelo castaño y lentes, su traje era blanco que tenía un cinturón con piedras de obsidiana.
–Señor, lamento la intromisión, pero no puedo permitir que haga esto.
–Sosuke Aizen, ¿osas anteponerte a mi voluntad?
–Más que interponerme, quiero ofrecer una solución. Una con la que se podrá encontrar la paz.
El tribunal volvió a inquietarse, debía ser la mayor cantidad de trasgresiones que habían visto en siglos, pensó Ichigo. El Gran Hierofante permaneció en silencio unos minutos, deliberando, pero finalmente accedió a escuchar al tal, Aizen; seguro lo tendría en alta estima para permitirle hablar.
–Lo escucho.
–La señorita Kuchiki cometió un error, uno que, como ángel de la muerte, es imperdonable.
Ichigo miraba al hombre perplejo, era una mala forma de comenzar un alegato de defensa.
–Sin embargo, ¿y si la señorita Kuchiki ya no fuera un ángel de la muerte?
Gritos de la audiencia resonaron por la corte ¿quién era exactamente este hombre? y ¿qué tan descarada su propuesta? El Hierofante se apresuró también a gritar su descontento.
–¿Cómo se atreve a siquiera sugerir eso? Jamás, en milenios, ha existido un ángel que se cambiara de bando. –El anciano volteó y gritó. –¿No es así, Kaname Tosen?
Y un hombre negro, con lentes de sol y cinturón de ágatas, rápidamente le respondió: –Así es, señor.
Pero Aizen no tardó en refutar.
–Precisamente por eso lo estoy sugiriendo, mi señor. No podemos permitir que una joven ángel, con un maravilloso prospecto (el examen que estaba tomando lo prueba) muera a causa de un golpe de mala suerte, sería ridículo. –Señaló a Ichigo y Rukia –Y menos podemos dejar sin protección a un mortal que ha sido tocado por uno de los nuestros, o ¿es que planea asesinarlo también? Debo señalar que su alma no estaría siendo arrancada por causas humanas, ¿acaso no es eso una intervención directa también?
–Cuidado, Sosuke Aizen, tu puesto de Arcángel no te permite el desacato… Sin embargo, –El Hierofante hizo una pausa –Veo lo que dices respecto al mortal. Aceptar su destino ahora implicaría una muerte no natural, y eso es, definitivamente, inaceptable. Y, ya que fue tocado por un ángel, también es peligroso que se quede solo, necesita un guardián…
A Ichigo no le gustó esa idea para nada, era un hombre que estaba feliz en soledad, y que había trabajado duro por ella.
–¡Ey! ¿Nadie va a pedirme mi opinión en todo esto? Sé cuidarme solo, no necesito un-
Pero sus protestas fueron completamente ignoradas, una señal de que si no se callaba perdería el trato que su salvador estaba a punto de conseguir.
–Y, como bien sabe usted –Prosiguió Aizen. –Ni siquiera tenemos suficientes ángeles guardianes para cubrir la población existente de humanos; sería imposible asignarle a uno de los nuestros.
–Ancianito, Sosuke tiene razón… –Corroboró el ángel del manto de flores.
–Por eso, si es que la señorita Rukia está de acuerdo, podríamos reasignarla para que cuide al humano que salvó.
Aizen se acercó a ella, le tendió la mano y la ayudó a pararse; todo con una sonrisa y una mirada tan hermosas que habrían traído la calma hasta en un huracán. Luego le hizo señas a Ichigo para que se acercara e instó a Rukia a que dijera algo, a lo que ella hizo caso, con la esperanza de nuevo en sus ojos.
–No tengo nada que decir en contra de la reasignación… –Y agregó: –Para mí sería un honor intentar restituir mi reputación y la de mi familia de esta forma.
Luego, todas las miradas se posaron en Byakuya Kuchiki, esperando que dijera algo, lo que sea. Pero se limitó a asentir, como si realmente no le importara lo que fuera de su hermana. Eso volvió a molestar a Ichigo, pero no dijo nada, sintió que no era el momento. El Gran Hierofante volvió a hablar:
–Ukitake Juushiro, como Arcángel responsable de esta mujer, ¿tienes alguna objeción?
Se refería al ángel de cabello blanco: –Ninguna, señor, lo que más me importa es la seguridad de este par, y agradecería su clemencia.
Hubo algunos murmullos mientras el Gran Hierofante deliberaba con lo que Ichigo supuso sería su mano derecha, un ángel formal, también de alas grises, con un pequeño bigote. Y, después de lo que se sintió como una eternidad, finalmente golpeó el suelo tres veces con el bastón y dictaminó su sentencia.
–Muy bien, entonces, visto y considerando la situación en la que nos encontramos, accederé. Sin embargo, debo recordarles a ambos que esta es su última oportunidad. Si me entero de que rompieron otro Mandamiento, entonces el trato se cancelará y ustedes afrontarán las consecuencias. ¿Entendido?
Ambos asintieron, demasiado cohibidos como para decir algo en voz alta; y lo mismo ocurría con todas las personas presentes en la habitación.
–Rukia Kuchiki a partir de ahora se te asigna como guardiana de Ichigo Kurosaki. Deberás protegerlo de todo mal y permanecer a su lado constantemente hasta el momento de su muerte natural. He hablado.
El Hierofante golpeó una vez más el bastón contra el suelo, y las alas de Rukia comenzaron a brillar, y poco a poco el negro de ellas y de sus ropas se tornó de un blanco lustroso. Finalmente, un viento fresco, plateado, y brilloso comenzó a envolverlos a ambos de tal manera que Ichigo no pudo ver nada más, y perdió la consciencia.
Cuando abrió los ojos, se encontraba en su cama. Todo parecía normal: la llovizna continuaba afuera, las compras estaban sobre la mesa, el reloj marcaba las 08:05pm.
"Uff fue sólo un sueño"
Pensó mientras se levantaba y frotaba la cabeza. Seguro debió quedarse dormido cuando llegó del supermercado, y por eso tuvo ese extraño sueño sobre ángeles y condenas a muerte. Aunque, en realidad, no recordaba haber llegado del supermercado…
Entonces escuchó ruidos que provenían de su armario. Corrió a la cocina y tomó una sartén, que levantó de manera defensiva.
Lentamente se acercó, mientras los golpes se volvían más violentos. Tragó saliva, y, dispuesto a atacar, abrió la puerta.
Pero casi se le cae la sartén, pues ahí estaba, el ángel que creyó soñar, la que lo había salvado accidentalmente de la muerte, ahora con sus alas blancas.
–¡Qué bueno! ¿Prepararás la cena? –Dijo ella mientras batía sus alitas inocentemente.
E Ichigo solo pudo gritar.
Mientras tanto, desde un lugar desconocido, un ángel de alas negras observa todo. Satisfecho con la dirección que tomaron las cosas.
