— Tráiganla —La voz del barón retumbó por todo el salón principal de Castel Caladan.
Estaba sentado en una de las mesas de café que había en las esquinas del salón, el único mueble en el que cabía su enorme cuerpo. Leto estaba en una de las sillas en diagonal a él, tratando de entender lo que pasaba a su alrededor.
Le dolían la cabeza y el hombro, lo habían herido en combate. Se sentía cansado y desorientado, tal vez las espadas de los Harkonnen con los que se había enfrentado estaban impregnadas con veneno o algún tipo de droga.
Idaho y Halleck estaban muertos, vio sus cadáveres mientras lo llevaban al salón principal del castillo, de Thufir no sabía nada. Los Harkonnen llegaron en la mitad de la noche y los atacaron sin piedad alguna, masacrando a todos los que se cruzaron en su camino.
No entendía como era posible que hubiera pasado algo así. Caladan era su planeta, y aunque era cierto que la tensión entre las dos casas había crecido los últimos meses y que estaban esperando un ataque, nadie se imaginaba una invasión tan grande.
Escuchó la puerta del salón abrirse y volver a cerrarse con fuerza. Piter de Vries se acercó al barón, dos soldados lo seguían de cerca arrastrando un bulto blanco. Leto giró la cabeza cuando el mentant habló.
— Es una fiera, mi señor —dijo, señalando el bulto con una mano—. Mató a seis de nuestros mejores hombres antes de que pudiéramos someterla.
El barón sólo se rio.
— ¿En serio? Sí que tienes buen gusto, primo. Sin duda es una criatura tan hermosa como peligrosa.
Fue entonces cuando Leto se dio cuenta de que el bulto no era algo, sino alguien, era Jessica. Le habían atado los pies y las manos y estaba amordazada. Su delgada ropa blanca para dormir estaba manchada de sangre seca, de los hombres a los que había asesinado.
Ella lo miró directamente a los ojos, sus pupilas verdes se encontraron con las suyas y se dio cuenta de que hacía su mejor esfuerzo por mantenerse tranquila. Pero él la conocía bien, sabía que en el fondo tenía miedo.
Su mente se iba aclarando poco a poco.
El barón se levantó, haciendo crujir la mesa de madera.
Sus gordos y grasosos dedos se posaron en la mejilla de la mujer, la acarició y luego tomó su mentón, como si quisiera examinarla. Jessica soltó un gruñido.
— No la toques —ordenó Leto, con toda la firmeza que su propio miedo le permitió.
El Harkonnen lo ignoró, en su lugar acarició el cuello de Jessica con la otra mano. Leto no podía mover ni siquiera un músculo, su cuerpo parecía dormido y no le respondía.
— Te lo advierto, Vladimir, si tú o alguno de los tuyos la lastiman...
La risa profunda y gutural del barón lo interrumpió.
— Entonces los rumores son ciertos, te encariñaste con tu zorra Bene Gesserit.
Leto no le contestó, porque era cierto. Jessica llevaba casi un año con él en Caladan y durante ese tiempo había aprendido mucho de ella, como que a pesar de ser una Bene Gesserit era una mujer que tenía sentimientos y deseos propios, que no todo lo que quería estaba relacionado con su hermandad. Además, ella poco a poco se había ganado la confianza de sus hombres y el corazón del mismísimo duque.
Al inicio no quería creerlo, porque sabía lo peligrosa y poco confiable que podía llegar a ser, pero cada vez que la miraba sólo veía sinceridad en sus ojos.
Con el tiempo comenzó a aparecer en sus ojos un destello de calidez cada vez que él la buscaba, uno que el duque no había visto nunca en nadie más. Fue entonces cuando, después de muchas cenas y paseos a caballo, decidió que era momento de llevársela a la cama. Fue en ese entonces que entendió que esa mujer, su mujer, era mucho más que el adiestramiento que le habían impuesto desde que era una niña.
Leto nunca quiso que Jessica se sintiera como una sirvienta obligada a cumplir con todas y cada una de sus órdenes, a complacerlo sin cuestionarlo. Tal vez ese había sido su error.
— Quien lo hubiera dicho, el duque Leto Atreides enamorado de una concubina —la voz del barón y la risa escalofriante de Piter de Vries lo devolvieron a su realidad.
Le hizo un gesto a sus hombres para que la soltaran, y ella quedó de rodillas frente al Harkonnen. Le quitó el Kindjal a uno de ellos y puso la hoja en la nuca de Jessica, Leto sintió como si el corazón se le parara.
Pero ella miraba al barón de modo desafiante, de alguna forma había logrado ocultar el miedo que sentía.
— Vladimir... —Comenzó a decir, la ira de sentía claramente en su voz.
— Mi querido primo, parece que se te olvidó cual el propósito de las mujeres como esta —Presionó la hoja con fuerza hasta que un pequeño hilo de sangre comenzó a deslizarse por su cuello.
Y no se detuvo hasta que Jessica entendió lo que quería y comenzó a inclinar la cabeza hacia abajo, para evitar que la hoja le hiciera un corte más profundo. El barón la obligó a inclinarse hasta que su frente tocó el suelo, pero ni siquiera entonces retiró el Kindjal.
La posición en la que estaba Jessica hizo enfurecer tanto a Leto que se imagino a si mismo desollando a su primo, si su cuerpo respondiera habría muerto en segundos.
— Ella está hecha para obedecer, para complacer los deseos de hombres como nosotros —Jessica soltó un resoplido de indignación como reacción a las palabras del barón, que simplemente sonrió—. Creo que la has consentido demasiado ¿tú que opinas, Piter?
— Mi señor está en lo cierto, la concubina del duque se ha olvidado de su lugar en el mundo.
Leto estaba ardiendo de rabia y frustración, trató de bloquear esas voces y concentrarse sólo en Jessica. Desde donde estaba alcanzaba a ver sus manos, que estaban apretadas en puños y temblaban ligeramente. Los Harkonnen no lo veían, pero él la conocía y sabía que le estaba costando mantenerse tranquila, lo que decían sobre ella y la posición tan vulnerable en la que se encontraba comenzaban a asustarla.
— Atreides, ambos sabemos que morirás esta noche. La cuestión es cuánto dolor soportarás antes... y si ella morirá contigo.
Si las miradas matarán, Vladimir Harkonnen habría muerto en el instante en que se atrevió a ponerle una mano encima a Jessica. No era la primera vez que Leto sentía miedo, pero sí la primera en que ese miedo era tan fuerte que no lo dejaba hablar. No lo asustaba su muerte, la muerte era inevitable, lo que lo aterraba era el destino de la mujer que amaba.
— ¿Ahora el gato te comió la lengua? —El barón tenía una sonrisa de oreja a oreja.
— No la hagas sufrir —Fue lo único que atinó a decir, las palabras salieron entrecortadas y forzadas, casi como una súplica.
— Todo hombre tiene su debilidad, creo que acabamos de descubrir la del duque —Le dijo el barón a Piter—. Te diré lo que vamos a hacer, primo, una mujer tan bella como esta no debe ser... desperdiciada. Tienes mi palabra de que conmigo cumplirá bien su deber.
La sangre se le estaba helando y el corazón se le iba a salir del pecho.
— Hace mucho que no estoy con una bruja Bene Gesserit, si mi memoria no me falla son excelentes en la cama —Los hombres del barón se rieron y comenzaron a hablar entre ellos.
Él no distinguía lo que decían, pero sí la forma en que la miraban mientras ella estaba arrodillada en el suelo, parecía una presa indefensa rodeada de depredadores hambrientos.
El ligero temblor en las manos de Jessica comenzaba a crecer, mantener la calma le costaba cada vez más. El barón se dejó caer a su lado y retiró el Kindjal de su cuello, ella trató de levantarse pero la mano del Harkonnen se lo impidió, la sujetó con firmeza del cuello para sostenerla contra el suelo, con tanta fuerza que Leto escuchaba que le estaba costando respirar.
— No, no, no. Quieta —La orden hizo que le recorriera un escalofrío por la espalda—. Tal vez mi primo sea considerado con la zorra que calienta su cama, pero yo no lo soy. A partir de ahora me perteneces a mí y a mis hombres.
Ella soltó un gemido ahogado.
— No —La palabra salió de la boca de Leto como una súplica desesperada.
Pero el barón y el mentant lo ignoraron. Vladimir se levantó y la soltó, Jessica tosió lo mejor que pudo a través de la mordaza, trataba desesperadamente de volver a respirar.
— Mi señor —comenzó a decir Piter— ¿ha considerado concederle a sus hombres la recompensa de la que hablamos?
— Ah sí, la recompensa —Volvió a mirar a Leto de reojo antes de seguir hablando, para asegurarse de que estuviera prestando atención—. Mis hombres han hecho un trabajo extraordinario hoy, invadieron Caladan, derrotaron a tus legiones y tomaron el control de tu castillo. Se merecen un premio.
Leto no entendía porque le estaba diciendo eso ¿a él que le importaba lo que el barón hiciera o dejara de hacer para incentivar a sus soldados? Sólo se concentraba en Jessica, que seguía en el suelo tratando de calmar su respiración.
— Piter y yo coincidimos que no hay mejor premio que el calor de una mujer —Entendió de golpe lo que decía, y supo que el Harkonnen se estaba esforzando para que el duque sintiera todo el peso de sus palabras—. Por su puesto yo disfrutaré de ella primero, pero luego cada uno de mis hombres tendrá su turno con tu concubina.
— No... No puedes... —Se le quebró la voz, sus ojos se llenaron de lágrimas y buscaron los de Jessica.
Ella también tenía los ojos llenos de lágrimas, no dejó de mirarlo mientras los soldados Harkonnen la levantaban. Le era imposible disimular su miedo, estaba aterrada.
— ¿Quiere que la droguemos, mi señor?
El barón pareció considerar la posibilidad mientras Leto luchaba por que sus músculos respondieran. No podía permitir que se llevaran a Jessica. Pero sin importar que tan fuerte le gritara a sus brazos y piernas que reaccionaran, estos permanecían totalmente quietos a su alrededor. Se sentía como si estuviera atrapado dentro de su propio cuerpo, completamente incapaz de moverse mientras esos hombres trataban a su amada como si fuera una de sus esclavas. Era espantoso.
— No, sólo amárrenla bien —Volteó a mirar a Leto—. Hoy me siento con ánimo para un poco de resistencia.
— ¡NO PUEDES HACERLO! ¡SUÉLTENLA! —Los soldados se llevaron a Jessica, que trataba de resistirse lo mejor que podía— ¡Voy a matarte Vladimir! ¡VOY A MATARTE!
El barón se dio la vuelta y salió del salón junto a su mentant y sus soldados.
Lo dejaron solo. La ira y la desesperación recorrían su cuerpo, tenía que hacer algo. Fue como si un pequeño interruptor hiciera clic en su cuerpo, sintió sus dedos y en cuestión de minutos sus brazos comenzaron a moverse sutilmente, era una respuesta muy débil, pero fue suficiente para que lograra arrastrarse unos cuantos metros. El hombro le palpitaba, su sangre se esparcía sobre las antiguas alfombras de su familia. Ni siquiera llegó a la puerta, el agotamiento lo derribó a unos dos metros de distancia.
Se quedó recostado en el piso, no tenía fuerzas suficiente para volver a levantarse. Cerró los ojos y trató de concentrarse.
De algún lugar a su derecha le llegó el sonido de un llanto ahogado y supo que era de Jessica, sus propias lágrimas fueron incontrolables después.
No sabía dónde la tenían, pero debía estar cerca porque podía escucharlo todo, los gruñidos de placer de Vladimir Harkonnen,los sollozos, los golpes, las burlas... Y no había absolutamente nada que pudiera hacer al respecto.
Después de un rato dejó de escuchar al barón y su voz fue reemplazada por la escabrosa risa de Piter de Vries, y luego las voces de varios hombres tomaron su lugar. Quería bloquearlo todo, pero su mente lo obligaba a mantenerse en ese momento, no podía escapar. Pronto él mismo fue victima de un llanto desconsolado.
No supo cuanto tiempo pasó, debieron ser horas.
Cuando ya ni siquiera sonaban los sollozos hubo un golpe seco y después pasos, Leto sabía que eran de los soldados Harkonnen. La puerta del salón se abrió y dos de ellos entraron arrastrando a una Jessica casi inconsciente, su ropa desgarrada apenas la cubria y él pudo ver los moretones y cortes en su piel, parecían infinitos. Su ojo derecho estaba inflamado y morado, su cabello revuelto y había lagrimas frescas en sus mejillas, que también tenían marcas de golpes.
Todavía tenía las manos atadas y la mordaza firmemente presionada contra su boca, pero le habían cortado la cuerda de los tobillos, que estaban marcados con largos raspones por el forcejeo.
Lo que terminó de quebrar a Leto fue ver la sangre seca en el interior de sus muslos.
No sabía como era que seguía viva.
— El barón les dará unos minutos para que se despidan antes de tu ejecución, Atreides, y de que ella tenga que volver al trabajo —Se rieron y uno de ellos escupió al lado de donde estaba apoyada la cabeza de Jessica antes de salir de por la puerta del salón.
Leto apenas si podía moverse, pero encontró la fuerza necesaria para arrastrarse hasta ella. Se estremeció cuando le tocó la mejilla, estaba temblando. Intentó apartarse, pero Jessica puso sus manos sobre la de él y la sostuvo. El duque entendió que, a pesar del miedo, quería tenerlo a su lado.
— Perdóname, Jessica, por favor perdóname... —Sus frentes se tocaron— yo... es mi culpa... perdóname.
Abrió los ojos cuando escuchó un gemino de dolor y sintió que ella se alejaba, los soldados habían vuelto para llevarsela.
— ¡Jessica! Por favor... déjenla en paz —Lo ignoraron, se dieron la vuelta y la arrastraron, ella no dejó de mirarlo con esos ojos verdes desconsolados y aterrados— ¡No! Jessica... por favor... Jessica...
Luego se despertó de golpe.
Estaba en su habitación en Castel Caladan, solo y cubierto de un sudor frío que lo hacía tiritar. No fue real, pensó, pero eso no lo alivió, todavía sentía el corazón acelerado y el absoluto terror que le había producido la imagen de los Harkonnen llevándose a Jessica. Trató de respirar profundo, de calmarse poco a poco. Se pasó las manos por la cabeza, su cabello también estaba húmedo. Se sentó en la cama y alargó la mano para servirse un poco de agua fresca de la jarra que estaba sobre la mesa de noche, lo ayudó a recomponerse.
Ella está bien, no pasó nada. Era un pensamiento lógico, pero no lo tranquilizaba. De pronto necesitaba verla, aunque esa pequeña parte de su mente que ya se había desprendido del sueño sabía que era una estupidez, que nada justificaba la idea de que Jessica, él o Caladan estuvieran en peligro inminente.
Pero ¿qué daño podría hacer? simplemente iría hasta su cuarto, para asegurarse, y luego la noche volvería a ser como cualquier otra. Sin darse cuenta ya estaba avanzando por el pasillo que llevaba a las habitaciones de su concubina. Uno de los guardias que hacía su ronda se sorprendió al verlo, pero se limitó a saludarlo.
Trató de abrir la puerta del modo más silencioso que pudo, entró y vio que estaba dormida, totalmente ajena al miedo y a la pesadilla del duque. Está bien, Jessica está bien. Dio media vuelta para salir, todavía tenía el pulso algo acelerado, pero estaba mucho más tranquilo.
— ¿Mi señor? —Su voz fue un susurro suave en la quietud de la noche— ¿Qué ocurre?
No sabía cómo decírselo sin que sonara ridículo.
— ¿Leto?
No fue capaz de voltearse para contestar.
— Perdóname por despertarte, ya me voy —Pero su voz lo detuvo antes de que llegara a la puerta.
— Espera, cuéntame —No sonaba como una orden, o como algo dicho por compromiso, sino como una invitación gentil de alguien dispuesto a escuchar sin juzgar. Y todo lo que que había sentido durante el sueño volvió a él de golpe, necesitaba sacarlo.
Se sentó en el borde de la cama, no la miró a los ojos cuando se acercó a él, sabía que estaba preocupada.
— ¿Qué ocurre? —Volvió a preguntar, mientras una de sus manos le acariciaba la espalda.
Sentirla así, cerca y tratando de reconfortarlo, fue lo que le dio suficiente confianza para hablar.
— Tuve una pesadilla —Ella no dijo nada, sólo esperó a que Leto continuara—. Yo... te perdía, era mi culpa y no podía hacer nada para evitar que... que te... lastimaran. Tenía que venir para asegurarme de que estuvieras bien, sé que podría simplemente haberle preguntado a uno de los guardias... pero necesitaba verte.
Jessica puso su mano en la mejilla del duque e hizo que la mirara, se encontró con esos ojos verdes atrapantes llenos de ternura.
— No fue real, amor mío, no dejes que te atormente —Leto recostó la cabeza entre su cuello y su hombro, el olor de su cuerpo era hipnotizante, lo calmaba—. Estoy aquí contigo, estamos a salvo.
Sí, estaban a salvo ¿pero que pasaría el día que no lo estuvieran? Ese sueño le había mostrado lo mucho que lo asustaba la posibilidad de perderla. Jessica volvió a hablar y él se sintió como si le hubiera leído la mente.
— Deja ir tus miedos, concéntrate en mí ahora, estoy aquí contigo. ¿Puedes sentirme?
Poco a poco las manos de Jessica fueron recorriendo su espalda, torso y brazos, despacio, relajando los músculos que todavía seguían tensionados. Luego se detuvo por un momento, se movió hasta la cabecera de la cama y se sentó cruzando las piernas, le hizo un gesto para que se acercara, Leto obedeció y se acostó de espaldas apoyando la cabeza sobre sus muslos. Las yemas de sus pulgares tocaron su frente y la acariciaron suavemente, como si quisieran sacar de ahí los pensamientos que atormentaban al duque.
— ¿Mi señor desea que lo ayude a conciliar el sueño?
— No estaría bien visto si me quedo dormido en tu habitación... —Comenzó a decir él, pero ese momento se sentía tan bien.. Por fin estaba olvidándose de sus preocupaciones, no quería que terminara.
— Mi duque puede dormir aquí cuando quiera, y quien se atreva a oponerse se las verá conmigo —Lo dijo en un tono juguetón que lo hizo sonreir, pero Leto sabía que hablaba en serio.
Comenzó a masajear su cuello y él cerró los ojos, se dejó llevar por la calma que le producían las hábiles manos de Jessica. ¿En qué momento había dejado que su miedo lo controlara? No lo sabía, pero a medida que se concentraba más en los movimientos de su amada esos terrores e incertidumbres le importaban cada vez menos.
Eventualmente se sumió en un sueño profundo y tranquilo.
