En la isla de Cunabula, al atardecer del día de la purificación del sol, la celebración estaba en pleno apogeo. Este día era el más importante del año, y todos los habitantes, sin importar su raza o estatus, participaban en alguna de las actividades de la ceremonia de purificación para demostrar su amor por su nación.
La Gran Procesión, organizada por la Orden del Templo, era la actividad más destacada de todas. Viajando por toda la isla, el gran patriarca y los principales sacerdotes del templo purificaban la tierra de cualquier corrupción mágica. Además, se llevaban a cabo otras actividades, como la hoguera de la purificación, el salto de fe, entre otras.
No obstante, en medio de todo el júbilo y la celebración, había un joven leoponi que se encontraba en la cima más alta de la isla, observando cómo transcurría la ceremonia. Detrás de él se erguía el Templo Sagrado, que brillaba con un fulgor sobrenatural. En su interior, albergaba la magia más poderosa de la isla: la magia del árbol de la armonía. Durante aquel día, la magia protegía al templo con una bendición, haciéndolo impenetrable y aumentando el poder de todos los habitantes de la isla. El brillo del templo reflejaba la fe del pueblo en su reino y su patriotismo, y este vínculo los ocultaba y protegía de las amenazas del mundo exterior.
El joven leoponi se encontraba en la cima más alta de la isla, con la vista fija en la celebración que se llevaba a cabo abajo. Los sonidos de la fiesta se filtraban a través del viento y le resultaban molestos. El ruido contrastaba con la sensación de pesar que lo embargaba.
En su mente habia una pregunta que lo moletaba: ¿Cómo podían estar celebrando en medio de la crisis en la que se encontraban?
Él era miembro de la Orden de Caballeria, el grupo de élite que protegía a Cunabula de cualquier amenaza. Pero, en este momento, los Caballeros del Orden, lideres de la Orden, no se encontraban en la isla.
Era un hecho inédito en los últimos mil años. Como uno de los miembros más fieles de la Orden, esto lo consternaba profundamente.
Sin embargo, parecía que a nadie más le importaba. La celebración se preparó como si todo estuviera bien. El Gran Patriarca, líder de la Orden del Templo y provisionalmente también de la Orden de Caballeria, no mencionó nada al respecto. El joven leoponi envió una carta pidiendo reforzar la seguridad, pero solo recibió una invitación a participar en la Gran Procesión. Una recomendación de pasar el día con su familia y amigos. Él, por supuesto, no aceptó esa respuesta.
Invitó a sus compañeros de la Orden de Caballeria a participar en una vigilia por el reino. La vigilia incluía el ayuno de purificación, una prueba solo para los más devotos que consistía en no probar bocado durante todo el día, con el propósito de purificar el espíritu e incrementar el poder mágico.
Pero nadie vino.
El joven leoponi se encontraba solo con su incómoda soledad, pero algo más lo acompañaba: una canasta de frutas. Su amiga Dana, hermana menor del actual rey y miembro de la Orden del templo, se la había dejado antes de la ceremonia de purificación. A pesar de la diferencia de posiciones entre ellos, se llevaban bien y habían compartido buenos momentos en la escuela. Aunque últimamente se veían poco, ella lo conocía lo suficiente como para saber que intentaría el ayuno y la vigilia. ¿Lo había hecho para poner a prueba su fe o simplemente porque pensó en él?
El joven leoponi cerró los ojos y se mantuvo firme. No derramaría ninguna lágrima. Después de un momento, volvió a mirar la canasta y el aroma de la fruta fresca pareció invadir sus sentidos. Su estómago gruñó.
Recordó las enseñanzas del Gran Patriarca, "Limpia tu mente, limpia tu espíritu de las tentaciones de este mundo". Pero su estómago seguía sonando.
"¡Lo juro, Dana! Cuando termine la vigilia, disfrutaré hasta la última gota del néctar de este regalo bendito", prometió el joven mientras bajaba su cabeza resignado.
El joven leoponi se vio sorprendido por un aroma desconocido que le llegó con una suave brisa. Algo andaba mal. Giró su cabeza hacia el camino vacío que había estado vigilando y notó una figura encapuchada que avanzaba hacia el templo.
"¡Alto ahí!", rugió el leoponi, alertando al extraño.
El encapuchado dio unos pasos más y se detuvo. Observó al joven, aparentemente no era hostil, pero su olfato le indicaba que no debía bajar la guardia. La sombra del extraño se proyectó en el suelo como una espada, aumentando su inquietud.
"¡Muéstrese de inmediato! El ocultamiento está prohibido en este Templo Sagrado", proclamó el leoponi, tratando de mostrar respeto a algún superior, ya que había tenido problemas en el pasado por "atacar primero y preguntar después". ¿De dónde había salido aquel individuo? La teletransportación e invisibilidad también estaban prohibidas. ¿Sería alguien importante del "concilio"?
Su cabeza comenzó a doler. El haber ayunado definitivamente había sido una mala idea.
"Saludos, disculpa cachorro, pero he venido a ver al 'Gran Patriarca', es un conocido mío, así que ¿Puedes ir a llamarlo de inmediato?" dijo una voz femenina, como la de una doncella, pero extrañamente combinada con un tono musical. Nunca había escuchado una voz así entre los miembros del "concilio" ni en ningún otro lugar del reino. Eso significaba que...
Era un extranjero. ¡Era un enemigo! ¿¡Aquí!? ¿¡Por fin había llegado el momento de probarse a sí mismo!? ¿Podría... pelear?
Exhaló hondo, su duda se desvaneció y devolvió una fiera mirada al enemigo delante suyo.
"Ningún conocido del 'Gran Patriarca' vendría como un ladrón a este santuario. Tampoco se ha anunciado tu llegada. Extrajero, te doy una oportunidad. ¡Márchate y déjanos en paz!", habló el leoponi con toda la firmeza que pudo acumular mientras entraba en posición de combate.
"Vaya, eso tenemos... ¿Ni siquiera preguntas por mi nombre? ... Bien, seguiré mi camino", dijo el encapuchado con tanta tranquilidad que parecía un insulto. De inmediato comenzó a avanzar.
"¡Qué arrogante... Prueba esto!", pensó el leoponi mientras lanzaba el primer ataque.
Tres grandes rocas se dispararon de los lados del camino. Aquel era un movimiento imposible para alguien tan joven como él, pero gracias a la bendición del templo y el ayuno de aquel día, tenía la magia acumulada suficiente para realizarlo.
Pero ninguna roca impactó contra su objetivo.
En su lugar, las tres rocas orbitaron alrededor del encapuchado, quien no pareció darle importancia al ataque. Un momento después, cayeron en sus posiciones anteriores.
El leoponi, estupefacto, no podía creer lo que acababa de ver.
"Mmm ... mi turno"
Un calor repentino ataco su cuerpo. Un segundo después perdió la conciencia.
Su cabeza le dolía. Su cuerpo se mecía en el vacío, como si estuviera siendo cargado. Todo era confuso. Unas voces se escuchaban cerca de él.
¿Había muerto? Las voces tomaron forma en su pensamiento. Se estaban moviendo.
"...no deberías temer tanto a mi señor. Activar un árbol más sin duda resolvería tu problema de personal." Era la voz musical de antes.
"Cunabula tiene la situación bajo control", respondió el 'Gran Patriarca'.
Un escalofrío recorrió el cuerpo del leoponi al reconocer la voz del 'Gran Patriarca'. Pero, ¿dónde estaba? Un velo parecía cubrir su rostro y todo era oscuro. No podía mover su adormecido cuerpo. Entonces entendió que era el 'Gran Patriarca' quien lo estaba cargando.
"Si tú lo dices", continuó la voz musical sin respeto en sus palabras. "Por cierto, ¿quién es el 'cachorro'?"
"Es el próximo rey de Cunabula", respondió el 'Gran Patriarca'.
"¿En serio? Tus 'estándares' sí que han bajado... pero es un cabeza dura, así que cumple con lo mínimo para ser rey, ¿cierto?"
El 'Gran Patriarca' no le respondió. ¿Se dio cuenta de que lo estaba escuchando? Espera... ¿rey?
El ambiente pareció cambiar. Danu volvió a sentir que se desvanecía.
"¿En serio no me dirás su nombre?", volvió a preguntar la voz musical.
"Se llama 'Danu'", dijo con firmeza el 'Gran Patriarca'.
Después de escuchar esas palabras, Danu volvió a perder la conciencia.
