Discleimer: El mundo Harry Potter es de su autora. Sólo son míos Lennah y algunos personajes más, así como el fic en sí

Agradecimientos: a ti: mi editora, mi Slytherin y mi contable. GRACIAS


9

Había pedido su primer fin de semana libre desde que había empezado el curso escolar. Todos los profesores tenían un número limitado de fin de semanas que podían pasar fuera del castillo y ella había pedido ese porque necesitaba sacarse de la cabeza la última canción pegadiza de las Brujas Grises, que, obviamente, no había parado de sonar en el baile de Halloween. Le gustaba la salsa, pero ese hit a todas horas había hecho que la aburriera por un buen tiempo.

También se había pedido ese fin de semana porqué había una pequeña librería especializada en Criaturas Mágicas que le había confirmado la recepción de un libro que quería, pero no tenían lechuzas disponibles hasta dentro de un mes. Y eso era tener que esperar mucho

Llegó al Callejón Diagon y pasó por delante de Flourish and Blotts y giró hacia una calle sin salida. En esa diminuta calle,en la que podías tocar las casas de ambos lados estirando levemente los brazos, estaba Baiji, la pequeña librería especializada en criaturas mágicas.

- Buenos días. - Al entrar unas campanitas anunciaron su llegada. Del fondo de la tienda, una anciana encorvada salió de detrás de una cortina azul.

- Buenos días, querida. - La mujer se colocó sus gafas de medialuna en medio de su nariz romana. - ¿A qué debo el placer?

- Encargué un libro. Me avisó el miércoles. - Los ojos detrás de las medias lunas parecieron centellear cuando recordó el título.

- Señora Holden. Tratado de la Licantropía, por Joshua Belt. Edición extendida. - Lennah sólo pudo asentir. - Dame un momento, querida. Mientras voy a buscarlo, en esa estantería de ahí creo que hay ejemplares que podrían interesarte. - Se giró y volvió a desaparecer por el mismo pasillo por el que había aparecido.

Lennha, se giró hacia la estantería que ella había señalado y rebuscó hasta encontrar tres libros los cuales le encantaría haber tenido en sus manos un par de años antes.

- Oh, Merlín…- Sacó con cuidado un libro de tapas anaranjadas.

- Animales Fantásticos y dónde encontrarlos, por Newt Scamander. Primera edición. 25 galeones con veinticinco knuts. - La voz de la propietaria le llegó de más cerca de lo que había pesado.

- Me lo llevaré junto al Tratado. - Dijo sosteniendo el libro de tapas anaranjadas con sumo cuidado. La propietaria sonrió y le tendió la cuenta. Lennah suspiró internamente, no era rica y empezar a comprar libros al tuntún siempre había sido su perdición. Tendría que estar un par de meses ahorrando de nuevo para que su economía volviera a la normalidad.

Al salir de la tienda y volver al Callejón Diagon lo vió. Estaba a dos portales de ella e iba en su dirección. Era muy difícil no verle, no solamente por su altura, sino por su cabello rubio casi alvino.

- Una grata sorpresa. - Caminaba ágilmente y parecía que apresurar el paso no hacía que su pelo se moviera del lugar exacto de donde tenía que estar.

- Buenos días a usted también, señor Malfoy. - Sujetó bien su bolso a su hombro mientras buscaba la manera más cómoda de llevar la bolsa con sus dos nuevas adquisiciones.

- Buenos días. - Una sonrisa sincera apareció en el rostro. - ¿Severus te dió mi mensaje?

- Lo hizo. - Y sus mejillas se sonrojaron levemente al recordar el pergamino. - No obstante, - Añadió rápidamente - También me informó de tu situación personal. - Lucius hizo una mueca de desacuerdo, pero no perdió el interés.

- Nada impide que pueda invitar a la prima de mi amigo a tomar un té. - Lennah negó con la cabeza, era persistente.

- Hay algo que sí puede impedirlo. - Alzó la ceja a modo interrogativo y no pudo evitar sonreírle. - Prefiero el café. - Lucius había aguantado la respiración sin darse cuenta y había soltado una carcajada al oír a la morena.

- Pues que sean dos. - Le mostró el camino tendiendo el brazo hacia el lado este del Callejón y ella consintió en tomar ese café. No sabía muy bien porqué había aceptado ese café, pero emprendió el camino con una seguridad que hacía tiempo que no tenía.

Se sentaron en una mesa redonda de una pequeña cafetería, lejos del tumulto de personas que iban y venían de las compras. La cafetería tenía un par de espejos, uno en cada pared para simular que el espacio era algo menos angosto de lo que realmente era y junto a ellos, la luz del techo hacía que el espacio fuera muy coqueto.

Lucius se adelantó y pidió dos expresos cortos y tan pronto los sirvieron, reclamó un poco de agua para cada uno de ellos.

- ¿En qué parte de Italia has estado? - Habían dejado las parcas en una tercera silla junto con los libros de Lennah. Ella llevaba uno de sus vestidos camiseros, esta vez en tonos verdes y él iba vestido con una túnica gris perla.

- Roma. Ahí me enamoré de los cafés ristretto. - Dijo él con la taza entre sus largos dedos. - ¿Y tú?

- Florencia, en mi juventud. Sicilia en mi luna de miel. - Sonrió al recordar cómo habían elegido el viaje con Albert.

- Roma fue parte de la mía. - Lucius no sabía muy bien porqué había tenido la necesidad de decir que él también había disfrutado de ese tipo de vacaciones, pero sus palabras habían salido antes de poder pensarlas detenidamente.

- ¿Parte? - Lennah tomó un sorbo de agua.

- Si. Narcisa quería ir en crucero, pero al llegar a Roma pedimos un trasladador para ir a ver el resto de ciudades. Los muggles son ruidosos, lentos, entrometidos,... - Lennah no pudo evitar sonreír al imaginarse a ese brujo en todo su esplendor, rodeado de muggles… De los muggles como los que habían formado su familia, no hacía más de cuatro o cinco meses. - ¿Qué te hace tanta gracia? - El cuerpo de Lucius se movió un poco hacia delante, intrigado.

- No. Nada. - Tomó el café y miró hacía los ojos grises del rubio y sin motivo aparente se confesó. - No me pareces alguien que tolere muy bien a los muggles. No entiendo cómo te convencieron para un crucero.

- Yo tampoco. Pero ahí comprendí que los muggles no son más que un Elfo Doméstico. Hablan, pero no escuchan. Trabajan, pero necesitan directrices claras para que los resultados sean los esperados. - Lennah se terminó el café y el agua y prefirió no opinar al respecto. Ya había discutido suficientes años con Severus de este tema y, por ello sabía que de política, Quidditch y religión era mejor no hablar… A menos, claro, que tuvieras ganas de una buena discusión.

Dos horas más tarde y unos cuatro cafés después, se despidieron. Habían hablado de casi todo y había sido una charla agradable. Lucius había comprendido que a ella no le gustaba hablar de política y hábilmente se había abstenido de ello.

Miró el reloj y suspiró. Si no aceleraba el paso, llegaría tarde a su cita con el representante del Ministerio que le daría su trasladador. Había solicitado uno de ida y vuelta a París. Aún no sabía si pasaría la noche ahí o simplemente regresaría antes del amanecer, pero tenía que cerrar algunos temas de la herencia de Albert.

Odiaba los trasladadores. Era una manera horrible de viajar, pero aún odiaba más un mar de muggles perdidos, sudordientos y demasiado emocionados de los aeropuertos… por no hablar de pasar horas encerrada en un avión con decenas de ellos y en conversaciones de las que ahora ya no estaba al día.

Una horrible sensación de que alguien tiraba más de la cuenta de su ombligo junto con la sensación de vértigo al aterrizar hicieron de su aterrizaje algo más para olvidar. Apareció en un callejón cercano a la casa de la hermana de Albert. Desierto. Ni un gato. Ni una rata.

Suspiró cuando una ola de recuerdos y sensaciones la invadió. Tomó su bolso como si de ello dependiera su vida y se encaminó hacia el notario encargado del testamento.

- ".. es por este motivo, que Lennah Holden sólo recibirá la parte correspondiente que marca la Ley y se modifica lo anteriormente escrito en cualquier otro documento que pudiera haberse escrito.." - La morena estaba sentada en una silla de madera incómoda delante del notario que presidía el despacho detrás de una una elegante mesa y sentado en un comodísimo sillón de piel.

El notario siguió leyendo artículos y referencias varias a la ley y cambios de ley que afectaban a los artículos leídos, pero ella solo tenía una frase en la cabeza: "No haber engendrado un hijo y que esté fuera varón".

- ¡Qué poco te conocí! - Sus manos entrelazadas en su regazo arrugaba parte del vestido verde que había quedado debajo de ellas, no obstante, su rostro solo mostraba seriedad. Este era uno de esos momentos en los que venir de una familia Slytherin le hacía estar orgullosa. No iba a mostrar debilidad. No ahí. No en el notario. No cuando él era (o fue) el mejor amigo de Albert y no cuando sabía que al salir se encontraría con Nancy.

El notario dejó las gafas de lectura al lado de los papeles y juntó las manos encima de los papeles de la herencia. Esperó unos instantes mientras esperaba que ella acabara de digerir lo que acababa de leerle.

- ¿Ha comprendido la lectura? ¿Necesita que repasemos alguna parte o alguna ley? - Lennah negó. - Entonces, puede aceptar la herencia o rechazarla. Tiene un mes. - Lennah asintió y tomó la bolsa de libros y su bolso del suelo, para levantarse lo más dignamente que pudo de esa silla tan incómoda. Al ver el gesto, el notario la llamó. - Lennah, yo…

- Tu eres el mensajero. No hay más que decir. - Intentó suavizar el tono de voz, pero no pudo ocultar la distancia que estaba manteniendo con la situación. - Albert es quien decidió. - El mejor amigo de Albert asintió y dejó que, por un momento, la tensión de la situación se reflejara en sus ojos. - Debo irme. Me esperan. - Y, aunque hubiera preferido que no la esperaran, era así. Nancy estaba detrás de la puerta, esperándola junto a su marido.

Tomó aire y abrió la puerta.

- ¿Y bien? - Su cuñada se abalanzó sobre ella nada más abrirse la puerta.

- Tengo un mes para decidir. - Cerró la puerta del despacho tras de sí. Miró a los familiares de Albert y por un momento, vio sus ojos en Nancy y tuvo que reprimir un escalofrío.

- No le diste un hijo.

- Tu tampoco a Seth. - Lennah no quería seguir en ese sitio ni continuar esa conversación. - Debo irme. Me esperan. - se encaminó hacia la puerta y salió.

Nadie la esperaba.

Se despertó de golpe. Alguien gritaba y lloriqueaba. Se oyó a sí misma hipar y se percató que ese grito seguía en su garganta.

Se sentó en el borde de la cama y tan pronto sus pies tocaron el suelo, una arcada la hizo correr hacia el inodoro.

Vomitó todo hasta que solo quedó bilis. Un sudor frío le recorrió la espalda cuando terminó.

Se sentó en el suelo y su cuerpo quedó recostada en el fregamanos. Ese baño era minúsculo.

Mientras intentaba acompasar la respiración y recordarse a sí misma que estaba en una habitación de hotel, llamaron a la puerta.

Se levantó ayudándose de una fuerza que no recordaba que tenía, se tiró al agua en la cara sin mirarse al espejo y se tambaleó hasta la puerta.

- Sra. Holden, ¿todo bien? - Un joven botones estaba detrás de la puerta y la miraba preocupado. - Han oído gritos. - Se apresuró a decir evaluando el estado físico de la morena.

- Una pesadilla. Varias. - Se corrigió. - Todo bien. Discúlpeme con quién le haya avisado. - Cerró la puerta sin esperar respuesta y se sentó en los pies de la cama.

Hacía meses que no tenía ninguna. Meses en los que no se había permitido soñar. Se tomaba cada noche un frasco de color púrpura y ahí terminaba su día. Meses en que parte de su sueldo se destinaba a disponer de ese líquido a su abasto. Meses en los que nunca se la había olvidado… meses en los que nunca la había necesitado tanto como esa noche donde sus sueños parecían haber dado rienda suelta a sus peores pesadillas.

Volvió al baño y volvió a vomitar.

Sólo bilis.

Sólo recuerdos

Sólo… sola.

Estaba sola y agotada.

Una hora después de su despertar. Se había duchado, arreglado y maquillado sus ojeras y salía del hotel.

Se subió a un taxi y se dirigió al cementerio. Iba a irle a ver. Necesitaba saber que seguía ahí. Que su tumba seguía en su sitio. Cerrada. Precitanada.

Necesitaba recordar que él ya no estaba, que sólo quedaba el recuerdo, las pesadillas y alguna cicatriz.