Capítulo 7: La identidad de Kai


No puede evitar mirarla de reojo, su cabello extraño y particular, su perfil, su pequeña nariz respingada. Y, aunque no está acostumbrado a tener mujeres a su alrededor, ella le simpatiza. Le simpatiza bastante, en realidad. A pesar de ser tan diferente a él, tan amigable y servicial, debe admitir que tras dos días de conocerla le cae bien, bastante bien… demasiado bien. Le cae tan bien que ha comenzado a resentir el camino que hacen hacia el mercado para comprarle un mapa.

¿Qué pasará con ella estando sola? Las ideas que se le vienen a la mente son tan terribles que sin pensarlo mucho entiende por qué tenía puesta una faja cuando se la encontró. ¿Qué pasaría si un malviviente la encuentran en el camino? Probablemente haría con ella lo que quisiera y ella no parece tener la fuerza física necesaria para oponer resistencia. Le robarán, la violarán, la matarán. Todas esas ideas no lo dejan en paz mientras monta sobre su viejo y cansado caballo con ella a su lado. La mira de reojo constantemente mientras ideas atroces van y vienen de su mente y, al mismo tiempo, se pregunta por qué carajo debería de importarle lo que pase con una desconocida.

Ella, por otro lado, no parece demasiado preocupada. Va sonriente y esperanzada de volver a ver a sus hermanos dentro de poco. De hecho, pasó toda la mañana contándoles tanto acerca de ellos que incluso sin haberles visto los rostros, siente que los conoce. Kokichi ahora sabe desde sus peores hábitos a sus virtudes.

—No he viajado mucho, será interesante conocer una ciudad nueva. Sólo he viajado desde mi ciudad natal a Yokohama y luego hacia la aldea de mi maestro, Kusakabe.

—¿Maestro? —Kasumi asiente.

—Es un chamán —responde ella, con la frente en alto como si estuviera llena de orgullo—. Aunque es un poco haragán… Ni siquiera sé por qué se dedica a enseñar. Es holgazán y le gusta bastante fumar, solía quedarse dormido hasta el mediodía y no le gustaba cocinar. Me hacía despertarlo por la mañana, pero me regañaba cuando lo hacía. Pasé la mayor parte del tiempo limpiando su casa y preparándole la comida. Pero tenía que hacerlo para pagar mi estadía y sus clases. Me reclutó cuando era pequeña, en uno de sus viajes.

—¿Eres un chamán? —pregunta sorprendido, casi ignorando el resto de la historia de Kasumi.

—Sí… aunque sólo he exorcizado maldiciones pequeñas. Kusakabe-san dijo que aún no estaba lista para algo más grande, me enseñó una técnica defensiva para los débiles… para protegerme si me encontraba con una maldición de mayor nivel. Pero me dijo que tenía prohibido enseñársela a alguien más. Dijo que era una técnica que sólo se enseña a los seguidores de Sadatsuna Ashiya.

—¿Y por qué te la enseñó a ti?

Kasumi se encoge de hombros.

—No lo sé, nunca se lo pregunté. Puedo mostrártela cuando regresemos, aunque jamás la usé en un combate real… —dice, comenzando a arrastrar sus últimas palabras como si no estuviera completamente segura de lo que ha dicho.

Kokichi asiente, luego se queda callado, aunque quisiera, por alguna razón, tener un tema de conversación para compartir con ella durante el resto del viaje. No sabe qué decirle, ni cómo actuar, por lo que se siente extrañamente incómodo y con la nueva necesidad de rellenar los silencios con palabras.

Él nunca ha sido muy conversador porque realmente jamás le ha interesado lo que los demás tenían para decir, pero con Kasumi es diferente, ahora él sólo quiere saber un poco más de ella y en más de una ocasión abre la boca antes de pensar en algo qué decir, pero no hay nada. No encuentra algo lo suficientemente interesante para contarle, y las pocas historias que tiene bajo su manga no tiene idea de cómo traerlas a colación. Repentinamente siente que su vida es tan poco interesante que le da un poco de vergüenza.

—E-Es un lindo día… ¿no? —dice y luego se arrepiente, pero ella asiente con entusiasmo.

—Me gusta el otoño, las mejores setas crecen en esta época del año. No está tan nublado así que el sol brilla bastante, pero no está tan cálido como en verano gracias a la brisa fría.

Kokichi sonríe pues a Kasumi parece no importarle que su compañía sea tan escueta.

—A mi… también me gusta el otoño.

Una idea recorre la mente de Kasumi y unas palabras salen de su boca sin meditarlo.

—¿Jugamos acertijos? —dice con la sensación de haber vivido este momento en otra ocasión.

—¿Acertijos? —pregunta Kokichi y ella asiente—. Bueno…

—Qué… ¿qué se puede tocar, pero no se puede ver? —sale de su boca sin pensárselo demasiado, como un reflejo.

Kokichi frunce el entrecejo y piensa detenidamente. ¿Qué podrá ser? Se pregunta a punto de cerrar los ojos extendiendo los dedos buscando algo imaginario. Comienza imaginando cosas que no puede ver, como el viento o las estaciones, el tiempo, el pasado, el futuro, revuelve entre su mente conceptos abstractos, pero poco tiempo después se da cuenta que ninguno de ellos se puede palpar.

—No lo sé.

—Un corazón —responde Kasumi en un tono suave y se pregunta dónde aprendió ese acertijo.

¿Fueron sus hermanos? ¿su tía? ¿Fue acaso algo que le dijo Kusakabe? No, es demasiado romántico para haber salido de los labios de su maestro. Tiene que haber sido alguien más. Quizás lo escuchó de algún desconocido en la posada de Kota-san, cuando les invitó un plato de comida. Debió ser algo que oyó por ahí y que, por alguna razón su mente trajo al presente.

No encontrar la respuesta concreta le deja intranquila.

Medio día de viaje se hace eterno cuando ya no sabe qué más contarle a Kokichi. Su vida repentinamente le parece particularmente aburrida. No tiene más que anécdotas de sus hermanos y una que otra hazaña pescando en el río. Y tampoco le parece apropiado contarle las partes más tristes de su vida ni los malos tratos de su tía Nami, ni tampoco el hambre y la pobreza.

Afortunadamente para ambos, cuando sienten que el silencio ya se vuelve un compañero más de viaje, ven que la ciudad de Okaya aparece frente a sus ojos. No es tan grande como el puerto en el que se crío Kasumi, el término ciudad le queda grande, y villa le queda pequeño. Sin embargo, el mercado parece ser su mayor atractivo. Hay mercantes de telas y kimonos por todos lados, vendedores de grano y mariscos, tantos rubros que Kasumi no podría ni enumerarlos.

Kokichi nota que Kasumi se lleva una mano a un mechón de cabello que cae sobre su oreja con insistencia. Lo acaricia y luego aprieta la mano sobre él y Kokichi intuye que sus palabras no fueron suficientes para apaciguar sus inseguridades.

Un par de personas los miran de reojo al llegar montados sobre sus caballos y poco a poco todos los ojos se voltean a verla a ella, a la chica con el cabello extraño. Nada a su alrededor llama su atención cuando Kasumi siente decenas de ojos posarse sobre ella, como si todo comenzara a volverse sumamente silencioso. Los ojos son tan insistentes que ella termina bajando la mirada, como si hubiera hecho algo digno del repudio público.

—No les prestes atención —dice Kokichi en voz baja con el gesto igual de ecuánime que siempre—. Es normal que les llames la atención porque no eres común. Déjalos, tendrán que acostumbrarse. Levanta la cabeza y no dejes que crean que te afecta. Si ellos creen que eres débil, te observarán con más impunidad. Estoy seguro que si los miras a los ojos, desviarán la mirada y agacharán la cabeza.

Kasumi asiente e intenta sonreír, sigue su consejo e ignora las miradas en su dirección, por muy difícil que sea. Pero no puede acatar el segundo consejo, no puede mirar directo a los ojos que la inspeccionan con curiosidad.

Al bajar de su caballo sus ojos azules van directo a los kimonos colgados a través de la calle principal y se maravilla de sus colores. Las flores dibujadas sobre la tela le parecen hermosas, peonias, tulipanes, flores de cerezo, todas finalmente estampadas sobre telas de algodón y seda. Kokichi, del otro lado, desmontando su caballo cansado, la ve de reojo por un instante. Ella parece completamente cautivada. La verdad es que siempre ha envidiado a las mujeres, por poder usar ropa tan colorida y delicada.

—Quédate aquí, yo iré por el mapa. No me tardaré —le pide y ella asiente con una sonrisa en el rostro. Una sonrisa que finge con voluntad hasta que él desaparece entre las personas y se queda sola entre todas las miradas.

Él sabe el camino a la perfección y deambula despreocupadamente, con su constante expresión impasible. No tarda mucho en conseguir el mapa que Kasumi necesita para volver a su hogar. Después de pagarlo, lo mira con atención y, mientras camina, traza una línea con el dedo índice siguiendo incontables kilómetros de carretera hasta el puerto de Yokohama. Suspira, no puede ni siquiera imaginar el sinfín de obstáculos que se podrá encontrar Kasumi tras tan largo viaje. Y sobre todo después de haber presenciado con sus propios ojos las miradas que despierta su sola presencia.

Luego levanta la vista y ve algo que le resulta extrañamente familiar, tanto que se detiene a verlo fijamente.

Colgado sobre una cartelera con los anuncios de la gente del pueblo, entre pedidos y avisos importantes está un letrero con un rostro dibujado, con una suma de dinero tan grande debajo del rostro, que Kokichi no podría gastarse ni viviendo tres vidas. Una sensación incómoda lo invade mientras lo mira con creciente curiosidad. Una seguridad espantosa lo llena; él ya lo ha visto antes, en alguna parte.

De pronto lo recuerda, saca de su bolsillo con premura algo que encontró entre la ropa de Kasumi el día que la salvó de la muerte y lo desdobla para compararlo. El letrero que traía ella está borroso, pocas partes del aviso se pueden leer con claridad pero, al compararlos uno junto al otro se da cuenta que son el mismo.

SE BUSCA

GOJO SATORU

VIVO O MUERTO

Intrigado por esta casualidad, mira a Kasumi del otro lado del mercado con una tétrica idea en mente. Las extrañas condiciones en la que ella apareció, el caballo de gran porte, la idea que ella tiene de regresar a Yokohama y ahora este ominoso aviso que tiene sobre la palma de su mano. Todo se enreda, sin explicación. Kokichi sabe que esto es parte del rompecabezas que es Kasumi Miwa.

Ella, mientras tanto, está parada junto a una mujer que le insiste que se pruebe un kimono y ella levanta las manos en el aire intentando decirle que no tiene dinero para eso. Kokichi cuenta las monedas en su bolsillo sin darse cuenta.

¿Qué está haciendo? Se pregunta tras ver las monedas sobre su palma, sintiéndose un idiota. Vuelve a poner las monedas en su bolsillo, pero antes de marcharse se lleva el anuncio de la cartelera consigo.

Mientras camina a su encuentro, la intriga lo carcome. Hay algo detrás de Kasumi que ni siquiera ella entiende pero que no se ha cuestionado en voz alta. Su camino parece sencillo, volver a su hogar. Pero hay mucho que no entiende y la certeza de que ella escapaba de alguien se le mete en la cabeza de forma irrefrenable.

—El mapa —le dice, entregándoselo entre las manos una vez que ella se alejó del puesto de ropa. Ella le agradece y parece que sus ojos brillaran, tanto así que a Kokichi se le hace un nudo en la garganta—. Voy a… comprar unos insumos. Podrías comprar algo de comida, ¿por favor?

Kasumi recibe el dinero con entusiasmo, como si recibir una tarea fuera una especie de recompensa. Toma las riendas de ambos caballos y se da media vuelta para cumplir su pedido.

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En la cúspide de la cascada él observa estoico la caída. Rodea la pendiente siguiendo el paso de la corriente hasta llegar a lo más bajo, donde el agua golpea violentamente las rocas. Un suspiro escapa de su garganta al no encontrar un cuerpo vapuleado por las piedras y una súbita caída. Al menos no murieron tras el primer impacto, se permite pensar por un instante.

Observa con recelo la rapidez del torrente, imaginando cuánto más los pudo haber arrastrado el cauce. Cuántos kilómetros pudieron haber recorrido en una noche y medio día. Deben ser muchos, asume.

Satoru sube sobre el caballo en préstamo de Suguru y tira con fuerza de sus riendas para ganarle al tiempo que ha perdido, sin perder de vista el río, en busca de alguna señal, cualquier cosa que le dé un indicio de su paradero.

Mientras cabalga se pregunta si más adelante encontrará una bifurcación, si tendrá que elegir entre un tramo o el otro, si tendrá que adivinar a dónde decidió llevárselos la corriente. Pero descubre, muchas horas después, que el río desemboca en un lago inmenso, tan grande como toda la ciudad de Osaka. Suspira, no sabe cuánto tiempo le tomara recorrerlo por completo, pero se consuela al notar un objeto color suela agarrado a la raíz intrusa de un árbol que se levanta en medio del agua.

Baja de caballo y toma la hebilla de las alforjas de Oguri, un trozo de cuero hilvanado en hilo reforzado. Se sonríe recobrando la esperanza, quizás llegaron hasta aquí después de todo. Cuando se sube nuevamente al caballo se da cuenta que éste no quiere continuar, el animal se queja y permanece en su sitio, sacudiéndose a pesar de las órdenes de Satoru.

—Anciano debilucho —dice y se baja—. ¿Quieres descansar? ¿Justo ahora? Cuando por fin encontramos una pista…

No se había dado cuenta hasta ahora, pero el sol cae del otro lado del lago. Parece que el caballo lleva las órdenes de su dueño y le está exigiendo que descansen. Así que, sin protestar demasiado, Satoru improvisa un campamento a orillas del lago.

Ve al caballo echarse a dormir después de pastar por una hora mientras él se sienta a ver el ocaso preguntándose si acaso encontrará los cuerpos de Oguri y Kai, o si la suerte le sonreirá como tantas veces ya lo ha hecho. Con ambas manos tras la cabeza se echa al suelo y observa las estrellas que comienzan a resurgir tras el manto nocturno y cierra los ojos esperando que las horas pasen más rápido que de costumbre. No se permite recrear escenarios nefastos e intenta hacer caso a su intuición, a pesar de que le ha fallado un par de veces en el pasado. Kai y Oguri están con vida, se repite una y otra vez mientras intenta dormir.

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En la mañana, Kasumi se levanta de la cama más rápido que Kokichi. Sale a saludar al caballo blanco y acomoda sus riendas y montura gastada. Mira el mapa una y mil veces más hasta que Kokichi sale de la cabaña con los labios apretados.

Él camina hasta ella y ella le sonríe con más entusiasmo que los días anteriores.

—¡Buenos días, Kokichi-san! —le dice con la voz llena de energía.

—¿Piensas marcharte hoy? —pregunta él, incapaz de darle los buenos días y ella asiente. Incómodo, no sabe cómo hacerle saber sus preocupaciones, ni siente que tenga lugar a hacerlo. Aprieta los labios y evita concienzudamente su mirada. Sus grandes y cautivadores ojos azules lo ponen nervioso con demasiada facilidad, sobre todo sonriendo de esa manera.

—Ya me siento mucho mejor, creo que estoy en condiciones de viajar. Te agradezco mucho todo lo que has hecho por mí… No sólo salvarme la vida, también te agradezco por ofrecerme tu casa, tu comida y tu ropa. Has sido tan bueno conmigo que siento que jamás podré terminar de pagarte.

—¿Estás segura…? —comienza con la voz pendiendo de un hilo, pero no sabe cómo articular lo que está pensando y se retracta a media oración—. ¿Estás segura de que te sientes bien? Es decir… la herida que tienes en la cabeza no ha terminado de sanar y… si quisieras quedarte unos días más… No me molestaría. Podrías quedarte aquí todo el tiempo que necesites, además se acerca el invierno y…

—No, no puedo abusar de tu hospitalidad. Mis hermanos deben estar muy preocupados por mí. Tengo que regresar lo antes posible.

—Ya veo… —dice derrotado y baja la cabeza—. Entonces… ten.

Kokichi extiende sobre su mano el mismo saco de tela que llevaba en el mercado. Los ojos perplejos de Kasumi van desde el saco a los ojos oscuros de Kokichi que instintivamente evitan su mirada. Kasumi toma el saco y al abrirlo sus ojos se agigantan. Con una mano saca el kimono rojo con flores blancas que hay adentro y se queda sin palabras. Repentinamente traga saliva.

Es la primera vez que alguien le da un obsequio tan bonito a Kasumi y la sola idea le estremece el corazón hasta las lágrimas.

—Gracias —dice, tan conmovida que sería capaz de abrazarlo, pero Kokichi no parece el tipo de persona que disfrute de ese tipo de gestos. Aunque a ella le gustaría que así fuera.

—Es el que te gustó… ¿cierto?

Kasumi asiente una y varias veces más. Se limpia las comisuras de los ojos antes de que una vergonzosa lágrima caiga por su mejilla y él pueda verla.

—¡Es hermoso! Me encanta… Muchas gracias Kokichi. ¡Voy a ponérmelo!... Huh… pero, primero debería darme un baño para quitar toda la tinta que tengo en el cabello. Temo que si lo uso así podría terminar manchándolo. Espero que no se vea muy mal en mí, quizás el color de mi cabello sea lo que termine arruinándolo si lo pienso.

—Tonterías… —dice Kokichi sin meditarlo y es incapaz de controlar el rubor de sus mejillas al ver de frente los ojos de Miwa atentos en él—. Hace frío… así que si vas a bañarte en el río hazlo rápido o terminarás enfermándote.

—Sí, seré breve. Muchas gracias de nuevo Kokichi, gracias por todo. Creo que… definitivamente jamás podré terminar de pagar todo lo que has hecho por mí.

Kokichi asiente sin decir nada y la ve marcharse con el kimono entre las manos. La ve de reojo y suspira sintiéndose un cobarde como nunca antes. ¿Qué clase de idiota no puede poner en palabras algo tan sencillo como 'no te vayas'? Es egoísta, desconsiderado, pero es lo que realmente quisiera poder decir y no lo hace simplemente porque tiene miedo. Y él, hasta este momento, era un completo extraño al miedo. No sabe cómo actuar, ni qué decir, ni cómo, pero el tiempo se le escurre entre las manos y cada minuto que pasa es un minuto en el que ella está más cerca de marcharse.

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Tal vez no ha dormido ni siquiera dos horas, quizás menos. Su sueño se siente atrapado en un parpadeo cuando se levanta y abre el saco que Suguru dejó en las alforjas de su caballo. Se sonríe al darse cuenta que lo mandó con provisiones suficientes para durarle un par de semanas, y un par de ohagis envueltos en tela. Se los echa a la boca sin dudar, su sabor dulce se extiende a través de su lengua y él cierra los ojos como si así pudiera disfrutarlo aún más. Luego acaricia la cabeza del caballo testarudo que le prestaron y se sube a su lomo mientras bebe agua de una calabaza de peregrino.

Continúa su rumbo siguiendo el sendero junto al lago por unas cuantas horas. Mira con atención los alrededores esperando encontrar algún otro objeto perdido, pero no hay nada flotando en el lago que llame su atención más que un par de patos bañándose.

El sol viaja con él, su sombra se proyecta a su derecha hasta que el astro se posiciona sobre la corona de su cabeza. Le gustaría tener algo más abrigado qué ponerse, pero se lamenta recordando que todas sus cosas se perdieron junto con Oguri. El frío otoñal comienza a sentirse con fuerza sobre la región.

A medida que avanza, el bosque a su alrededor crece, pasa de contar uno o dos árboles por kilómetro a diez o veinte, luego se vuelven incontables. Satoru mira las hojas anaranjadas caer suavemente en zigzag frente a sus ojos cansados. Parece que ayer salió de Shinmachi, y parece que hace dos días secuestró a Kai. Pero ya ha pasado un poco más de un mes, y mucho más desde la muerte del emperador.

La tarde avanza tan lentamente, como el paso de las patas de su caballo, tanto que por un instante pierde las esperanzas y suspira preguntándose si todo lo que recorrió valió la pena, o si debería regresar sobre sus pasos para ir en busca de los presuntos hijos del emperador.

—¿Estarás molesto conmigo por seguir mi instinto? —le pregunta al aire.

El caballo se detiene y marcha al lago para beber agua. Éste necesita descansar con mucha más frecuencia que Oguri, pero era de esperarse, no es más que un animal común que no estará habituado a nada más que un viaje al mercado, una vez al mes. Oguri tiene la fuerza de cinco de su especie y él se había mal acostumbrado a que le siguiera el ritmo. Jamás pensó que lo echaría tanto de menos aún sin ser el jinete más cuidadoso.

Satoru se inclina contra el tronco de un árbol mientras el caballo bebe agua y pasta por más de veinte minutos que se sienten una tortura para él. Pero no puede hacer nada más que esperar. Mira al cielo y ve una parvada de aves atravesando el firmamento, quizás escapando el invierno que comienza a pisarles los talones.

—¿Qué estoy haciendo? —se pregunta comenzando a sonreír de forma irónica—. Perdóname, Taishō… Sé que me pediste que buscara a los niños, pero no puedo seguir sin saber si están vivos. Es mi culpa que… Bueno, ¿querías que fuera responsable? Es tu culpa si me pongo a pensarlo bien. ¿Qué fue lo que me dijiste ese día? ¿Qué era?... Respeto… Compasión… Rectitud. Estoy siendo compasivo al buscarlos, ¿no? Estoy aplicando las normas del camino del guerrero. Y quién puede definir realmente lo que significa la rectitud. Algo que no se dobla ni se tuerce, ¿puede ser alguien torcido por naturaleza… recto? No lo creo, entonces… —Se encoge de hombros—. ¿Qué quieres que haga? Dame una pista, necesito un poco de guía.

Toma una pierda del suelo y la agita sobre su mano, la ve ir y volver una y otra vez hasta que la termina arrojando contra el lago. La piedra salta al menos cuatro veces antes de hundirse en el fondo del lago. Luego, inconforme, toma una segunda piedra y la dispara aún más lejos, cuenta siete saltos y continúa. La tercera piedra tiene un destino, a diferencia de las anteriores. Ve un matorral que crece en medio del lago y lanza la última piedra en su dirección, tan lejos que un humano normal sólo podría alcanzar con una flecha, lanzada por un arquero profesional. La envía con tanta fuerza que el agua se salpica y separa a su paso.

Son quince saltos hasta golpear el matorral. Un grupo de aves dormidas salen volando en todas direcciones y un enjambre de insectos hacen lo mismo. Satoru los ve en la distancia.

—Esto es tan molesto… Podría estar muy lejos de aquí o quizás podría haberme quedado a molestar a Suguru un poco más… Vamos, no seas holgazán, muévete, bebes tanta agua que terminas deteniéndote a mear cada hora del día —le dice al caballo, con ambas manos en los bolsillos, empujando su trasero con la punta de su pie.

El caballo no le hace caso, por mucho que Satoru se queje y reniegue de él. Vuelve al sendero y patea una piedra en el camino, incapaz de controlar el intenso aburrimiento. Kai definitivamente era un buen compañero de viaje.

—Dijiste que ibas a ayudarme si perdía el rumbo, viejo mentiroso. ¿Acaso perdiste todo tu poder del otro lado? ¡¿Huh?!

Una libélula vuela frente a él, solitaria. El pequeño insecto vuela hasta el hombro de Satoru y él se queda completamente quieto, mirándolo por el rabillo del ojo. Tras un pequeño descanso, levanta vuelo una vez más a través del estrecho sendero que se extiende a través del bosque, junto al lago.

—¡Gracias! —grita al cielo, usando ambas manos para potenciar su voz—. Eso es suficiente para mí… —Se voltea al caballo que se acerca a él con la misma lentitud que su perecido mentor.

Satoru sube a su caballo y continúa a través del bosque en busca de sus compañeros perdidos. Ninguna pregunta vuelve a aparecer entre las tinieblas de su mente, sólo continúa hasta que el galope del caballo se hace más rápido, comenzando a acostumbrarse a su ritmo. Satoru sonríe, a punto de felicitarlo por su esfuerzo cuando un pequeño destello de energía aparece en la lejanía.

Satoru se impidió la vista a sus cortos ocho años. Cuando el Clan Gojo lo buscó por primera vez. Uno de los emisarios de su padre le mencionó algo que jamás pudo olvidar, y eso es que es el miembro con más energía maldita de todo el clan hasta la fecha. Pero él se resistió a marcharse con ellos aquel día. Su madre había muerto y ahora le hablaban de un padre poderoso y rico que jamás quiso reconocerlo, a pesar de ser su viva imagen. Ser hijo de una prostituta de un burdel de mala muerte no era algo que le enorgulleciera al líder del clan Gojo, pero era algo que tenía a Satoru sin cuidado. No fue hasta que sus soldados comenzaron a causar destrozos en el burdel de Hamari que decidió marcharse y buscarse la vida en las calles, alejado de Osaka.

Si la energía maldita dentro de él era tan inmensa como ellos decían, tanto así que jamás se atrevieron a ponerle una mano encima, debía sacarle provecho. Sabía desde hacía mucho tiempo atrás que podía ver cosas que el resto de hombres ordinarios no podían, pero no fue sino hasta que conoció a otros chamanes que se dio cuenta que podía ver mucho más. Impedirse la vista fue parte de su propio entrenamiento, uno improvisado que le ayudó a perfeccionar en la medida de lo posible sus habilidades sobrenaturales. Descubrió así que la energía maldita de cada objeto era única, inconfundible. Cada objeto maldito, cada ser vivo, incluso la naturaleza tenía su propia energía.

Y así también memorizó cada una de esas impresiones de energía. La del emperador, la de Suguru… y también la de Kai.

Apresurado, presiona sus talones contra la piel del caballo haciéndolo relinchar, acelerando su agitado paso sintiendo cada vez más cerca esa energía que le resulta extremadamente familiar. Tan familiar que no puede equivocarse, nunca lo ha hecho, jamás.

El bosque se vuelve tan intenso frente a él que termina bajándose del caballo de un solo salto para recorrerlo a pie, ansioso, conteniendo el aliento a su paso. Se quita las gafas sin darse cuenta que su corazón late con la fuerza de un huracán. Con las manos empuja el herbaje que le impide el paso hasta llegar a la orilla del lago.

Sus ojos se abren de par en par, su pupila fija en la figura que se baña del otro lado.

Ella, desnuda de pies a cabeza, estruja su cabello con fuerza hasta que se da cuenta de su presencia y alza la mirada.

Ambos en silencio se ven el uno al otro conteniendo la respiración.

Satoru la ve consternado. La observa por completo, de pies a cabeza, luego vuelve su mirada a sus ojos azules, contempla la forma de su rostro y su flequillo desparejo. Desconcertado, no puede quitarle los ojos de encima.

Su cintura esbelta, pechos medianos, delgada, de contextura pequeña. Eso… sin lugar a dudas es una mujer.

—¿Kai? —le pregunta extrañado, dudando por un momento de sus propias habilidades.

Ella sale de su sorpresa y en sus ojos azules ultramarino se refleja desconfianza. Estira la mano a una prenda abandonada en el suelo y se cubre discretamente.

—¿Qué quieres…? —le contesta.

Satoru avanza un paso en su dirección y ella retrocede.

—Kai, ¿eres tú…? —vuelve a preguntarle.

—Ese no es mi nombre. Me ha… confundido con alguien más.

Su corazón se hunde dentro de su pecho cuando repara en lo que ha descubierto. La revelación lo golpea como una pila de ladrillos.

´¿Cómo son?'

Resuena en su mente; su propia voz hace eco dentro de su cabeza cuando el recuerdo de Taishō vuelve a él como un relámpago.

'Sabrás quienes son sin mucho trabajo… La niña tiene el cabello del color del mar. Tan vibrante como el cielo más despejado que han visto tus ojos.'

Satoru apenas puede parpadea, incapaz de creer lo que sus ojos han descubierto como algo cierto. Las palabras de Taishō se mezclan con la realidad y develan ante él el secreto de Kai.

—¿Todo este tiempo…? —murmura para sí mismo, contrariado—. Sí lo es —insiste luego, saliendo de su ensimismamiento—. No puedo equivocarme. Tú eres Kai… Eres… a quien estaba buscando.

Satoru la observa una vez más y en silencio entiende las palabras que su mentor le dijo antes de morir. De hecho, tenía razón. Jamás había visto ese color en el mundo real, sólo lo ha visto a través de sus ojos iluminados de poder; es del mismo color que la energía maldita.

—¿Qué quieres? No tengo nada… Por favor, vete —le implora ella con los labios apretados.

—Eres Kai, aunque digas que no lo eres, mi corazón no me miente.

—¿Tu corazón? —pregunta extrañada.

—Así es —le dice, acercándose un paso más—. ¿Por qué mientes? ¡Kai! ¡Soy yo!

Frunce el entrecejo al verla retroceder y cubrirse más. Su rostro desencajado, como si estuviera viendo a un completo extraño. Pero no puede ser posible, lo conoce perfectamente. ¡Lo conoce muy bien!

—¿Me temes? —pregunta profundamente contrariado y la respuesta de sus ojos lo desconcierta más.

—Por favor…

—Ven aquí, Kai. Hablemos… —dice, extendiéndole la mano.

Repentinamente una figura de madera se aparece entre ambos, lanzando un puñetazo directo al rostro de Satoru y él retrocede sobre sus pasos. Mira confundido el objeto bañado de energía maldita, una marioneta de madera con forma humanoide, parada frente a él. Satoru echa un salto cuando otra figura intenta darle en los talones, luego otra aparece blandiendo un puño directo contra su mentón y él lo intercepta en el aire para sacudirlo en un giro, empujando los otros dos.

Antes de darse cuenta, está completamente rodeado. Los muñecos cuelgan de los árboles a su alrededor y están preparados para lanzarse en su dirección.

Uno a uno, van tras de él, obligándolo a retroceder hasta perderla de vista. Lo orillan nuevamente hasta el sendero hasta que Satoru decide desenvainar su espada, blandiéndola frente a los muñecos.

—Ya muéstrate, cobarde —le dice al hechicero que se oculta bajo las sombras.

Un muchacho se presenta, su mirada seria clavada en él. Se para firme entre sus marionetas y lo observa desafiante. Detrás de él se oculta ella, vestida de un kimono rojo. Satoru no puede dejar de ver a sus desconcertados ojos azules ni por un momento.

En otra ocasión, quizás Satoru se detendría a felicitarlo por tan elaborada técnica maldita. Pero ahora, cuando se interpone entre él y Kai, no siente ningún deseo de profesarle palabras halagadoras. Después de tanto tiempo de viaje, no puede ni siquiera alegrarse de que está vivo. Ahora Kai parece ser otra persona casi por completo. Su mirada tierna y su sonrisa cálida han desaparecido por completo.

—Hazte a un lado, o lo haré yo por ti.

Él lo ignora, se voltea a Kai y le habla en voz baja.

—Corre lo más lejos que puedas.

Kai estruja la ropa del desconocido y el pecho de Satoru se llena de un sentimiento extraño que lo corroe. Ve con atención las pequeñas manos de ella arrugando la ropa de lino de él, su rostro preocupado por él.

—¡No puedo irme así!

Él le sonríe suavemente, con un gesto bobo que le da nauseas.

—Ve, yo estaré bien.

—Oigan, ¡no hablen como si yo no estuviera aquí! —les dice Satoru—. Kai, te he estado buscando. ¿Qué estás haciendo? ¿De verdad no sabes quién soy? ¡Vamos! ¡Deja ya de jugar! Estoy comenzando a ponerme de mal humor…

El muchacho de las marionetas lo ve con recelo, tanto que le da la impresión de que realmente lo conoce. Levanta la mano y apunta en su dirección justo antes de que una decena de marionetas se lancen contra él, pero no son más que mantequilla ante el filo de su katana. Satoru no necesita moverse demasiado para esquivarlos, como si de mosquitos se tratara. Los rebana rápidamente, aunque siguen moviéndose cuando los corta por la cintura. Los mutila sin miramientos, pero aparecen uno detrás de otro, tan molestos, incontables, haciéndole perder el tiempo mientras Kai desaparece corriendo a través del sendero hacia una pequeña casa no muy lejos de su posición.

Fastidiado de la demora que le ocasionaron, blande su espada sobrecargada de energía maldita y la sacude sobre su propio radio. La energía maldita se dispara como una onda expansiva empujándolos a todos. Una vez libre, corre en su dirección en cuestión de un parpadeo y toma a Kai por la muñeca, dejando al otro muchacho atrás.

Ella se voltea y lo ve a los ojos. Ahora está completamente seguro de que él es ella, es a quien había estado buscando todo este tiempo y los recuerdos de su primer encuentro vuelven a él como en una estampida. Ahora todo tiene mucho más sentido.

—Estoy seguro de que eres tú. No tengo ni una sola duda.

—¡Por favor suéltame!

—¿No me reconoces? ¡Soy yo! Satoru… Kai, ¿por qué no me recuerdas?

—¡Mi nombre es Kasumi!

—¡Tal vez ese sea tu verdadero nombre, pero aun así eres Kai! ¿Qué mierda sucede contigo? ¡¿Por qué no me reconoces?! ¡Mírame a los ojos y dime que no sabes quién soy!

Su mirada asustada parece cambiar por al menos un segundo en el que ella lo ve directamente a los ojos. Como si estuviera buscando algo en el fondo de su mente, como si ella realmente quisiera saber quién es él. La chispa de su recuerdo la deja paralizada, confundida, como si pudiera reconocer algo de él, una sola cosa, pero no a él por completo. Esos ojos los recuerda, de alguna forma sabe que los ha visto antes, esos ojos tan únicos parecen atraparla momentáneamente en una especie de hechizo.

Satoru da un salto hacia un costado soltando la muñeca de Kasumi cuando el muchacho se lanza hacia él con un hacha.

Desconsolado, ve nuevamente a Kai, ahora Kasumi. Ella aún no ha dicho nada y en sus ojos todavía ve el reflejo de la desconfianza. La manera en la que lo observa la hace sentir el estómago apretado y repentinamente siente un creciente rencor hacia el muchacho que blande un hacha oxidada contra él.

—¡Oye! ¡Tú! ¿Qué hiciste con él?

—¿Él?

Satoru se revuelve el cabello con cierto fastidio.

—¡Ella! ¿Qué hiciste con ella? ¿Por qué no me recuerda?

—¿Qué quieres de ella? ¡Contesta!

—No estás en condiciones de hacer preguntas, ¿qué acaso no te has dado cuenta aún?

—No voy a contestarle nada a un criminal —responde—. Kasumi… —dice y busca entre su ropa, junto a su pecho, sin quitar su mirada mezquina del samurai—. Léelo… —le pide dándole el trozo de papel que sacó del mercado—. Creo que estabas huyendo de él. Es un criminal buscado…

Kasumi extiende con cuidado la hoja y reconoce inmediatamente al hombre que los atacó. Satoru entiende a medias y su conversación comienza a enervarle, tanto que su energía se arremolina estrepitosamente en su interior. Kokichi lo nota y lo siente hasta los huesos, tanto que la frente le transpira con sólo verlo.

—Hey, niño. No soy tu más grande admirador en este momento y realmente estás colmando mi paciencia. Deja ir a Kai… a Kasumi, vaya, eso me va a costar un poco de trabajo… —dice para sí mismo y ladea una sonrisa llena de ironía—. Déjala ir y tal vez, sólo tal vez, sea misericordioso contigo.

—¡No necesito tu misericordia! —le dice, levantando su hacha.

—¿Así que ansias el sabor del filo de mi espada? ¿Huh? ¡Pues qué más da! Si tanto deseas morir aquí y ahora te haré el favor, aunque no quisiera matarte frente a sus ojos. Me está mirando de una forma que no me gusta demasiado y temo que cuando te corte la cabeza comience a mirarme con odio en vez de temor. ¿O quién sabe? Quizás cuando tu cabeza ruede se levante el hechizo que le lanzaste y vuelva a verme como solía hacerlo.

—¿De qué mierda estás hablando? ¡¿Qué es lo que quieres de ella?!

—Hice una promesa que tengo que cumplir. ¡Te lo diré una vez más por si no te quedo claro! Hazte a un lado, o mi espada será quien lo haga por ti.

Kokichi se lanza contra Satoru con un grito desgarrador y Satoru con un simple movimiento lo rodea para golpearlo por la espalda. Él cae lastimosamente al suelo, soltando su hacha, pero cuando intenta tomarla Satoru la patea lejos de su alcance. El filo de la katana de Satoru toca el cuello de Kokichi y él aprieta los dientes, mirándolo rencorosamente.

Satoru está listo para terminar con su vida cuando Kasumi lo empuja y se interpone entre ambos. Sus ojos llenos de lágrimas lo ven con terror antes de postrarse ante sus pies.

—¡Le suplico que le perdone la vida! —le grita con tanta fuerza que le desgarra la garganta—. ¡Por favor! ¡Se lo pido! ¡Se lo ruego! —continúa cuando las primeras lágrimas caen a través de sus mejillas blancas—. ¡Iré! ¡Iré con usted! ¡Pero perdónelo!

Él aprieta la mano sobre la empuñadura de su espada, incapaz de continuar tras escuchar el pedido de clemencia de Kasumi. La garganta se le cierra, mientras ve desde su altura a Kasumi arrodillada ante sus pies. Tras escuchar su lastimoso pedido, guarda silencio y luego deja salir de sus pulmones un cansado suspiro. Se agacha e intenta hacer algo que ya ha hecho una decena de veces antes, pero cuando extiende su mano para acariciar la corona de su cabeza, ella se aleja de él como si temiera por su vida.

Los dedos de Satoru, extendidos en el aire, se retraen.

No puede llevársela así. No por ahora, al menos. No de esta manera tan desgarradora.

—No, Kasumi. No puedes irte con él —le dice él, tocando el hombro de ella de tal manera que Satoru siente la repentina necesidad de cortarle las manos.

—No te preocupes, Kokichi. Estaré bien…

—¡Eso no lo sabes!

—Señor, al menos… —dice, volviéndose a Satoru—. Al menos déjeme despedirme de él.

Satoru envaina su espada sin decir nada, da un paso al costado y los mira fijamente, sin expresión alguna. Kasumi, nerviosa, carga a Kokichi sobre su hombro y lo lleva lentamente a la cabaña. El golpe que le dio fue suficiente para dejarlo fuera de combate momentáneamente; su cuerpo es tremendamente débil, a pesar de que su energía maldita es tan inmensa.

El samurai los ve recelosamente mientras se alejan hacia la cabaña, el muchacho sudando frío, sujetándose del marco. Satoru quisiera escuchar su conversación, pero no hace esfuerzo alguno por acercarse y simplemente espera que ella vuelva sobre sus pasos.

Ambos la miran detenidamente en su regreso y, mientras lo hace, Satoru se siente repentinamente un idiota por no haberse dado cuenta antes. Se pregunta si Hamari lo supo y por qué no se lo contó aquella noche en Shinmachi y luego se pregunta por qué Kai le habría ocultado algo así incluso habiendo arriesgado su vida para salvarlo.

—¿Qué es lo que te hizo ese niño? —le pregunta Satoru con voz ronca cuando finalmente ella se detiene frente a él.

—Él no hizo nada más que salvarme la vida —contesta Kasumi sin poder levantar la mirada—. E-Estoy segura de que usted… está confundiéndome con alguien más. Yo no soy quien usted cree…

—No, tú no eres quien crees que eres. Pero… aun así… —dice, casi arrepintiéndose lo que está a punto de decir—, no puedo llevarte conmigo, Kasumi… No ahora, no así. Aunque créeme, quisiera llevarte no sin antes cortarle la cabeza a ese pequeño imbécil. No sé qué te hizo ni cómo, quizás sea un conjuro. Pero tú me conoces y confías en mí, solo no te has dado cuenta aún.

Ella lo mira nuevamente, impresionada por la suavidad de sus palabras.

—Tienes dos hermanos, aunque hasta ahora yo creía que eras sólo su amigo, te criaste en Yokohama… Tienes una tía que te trata como un perro… —comienza haciendo que ella abra los ojos de par en par—. Usas una técnica maldita que tu maestro Kusakabe te enseñó y el voto vinculante que utilizas para activarlo no te permite levantar los pies de la tierra. Además… Tienes una cicatriz en la espalda que comienza en tu tercera costilla y termina en tu dorsal —dice, dibujándola en el aire con la punta de su dedo—. Y nunca te has bañado con un hombre, excepto conmigo —le dice suavemente esperando que Kokichi pueda escucharlo por alguna extraña razón que no llega a preguntarse.

Sonrojada y perpleja, Kasumi lo mira intentando con todas sus fuerzas recordarlo, pero no tiene caso.

—¡Está intentando engañarte! ¡No caigas en su juego! —le grita Kokichi saliendo de la cabaña para luego caer sobre sus rodillas.

¿Cómo puede ser que con un solo golpe le haya afectado cada parte de su cuerpo? Se pregunta Kokichi a punto de golpear el suelo con el puño.

—¡¿Quieres callarte?! ¡Estamos teniendo una conversación aquí!

—S-Señor…

—Satoru —le responde suavemente, cruzándose de brazos—. Así es como solías llamarme —le miente.

—Lo lamento, no sé cómo sabe esas cosas sobre mí… pero yo… no puedo recordarlo. Lo estoy intentando y no… simplemente no puedo.

—Te daré un tiempo… ¿Qué dices? De todas formas, mi misión era cuidarte a ti en especial. Quisiera llevarte ahora mismo, pero ya había trabajado muy duro en ganarme tu confianza como para llevarte conmigo así. No soportaría que me resientas durante el resto del viaje. Quizás si te doy un par de días y te esfuerzas mucho, tal vez me recuerdes… Oh, ya sé —le dice y se saca algo del bolsillo. Extiende un pequeño libro frente a ella—. Tal vez te ayude a recordar algo.

Kasumi recibe el libro y lo ve antes de volver su mirada hacia él.

Satoru suspira.

—No te tardes demasiado. O tendré que llevarte a la fuerza… otra vez.


¡Hola lectores! Gracias a sus muchos comentarios me tomé el tiempo para traducirlo, como no es tan largo pude traducirlo en un día. Para quienes leen la versión traducida espero que no encuentren demasiados errores.

¿Qué les pareció el capítulo de hoy? Ojalá les haya gustado. Pobre Kasumi, todos la están viendo como dios la trajo al mundo. Quería que Satoru se la encontrara de tal manera que no le quedara ni la menor duda de que es una mujer. ¡Me muero de ganas de saber qué les ha parecido el capítulo de hoy! Y nos leemos nuevamente el sábado con la continuación. ¡Hasta el sábado!