4100AC Egipto PreDinástico.

El tiempo era cálido, cálido como las tibias aguas del Nilo en temporada de sequía, pero no obstante; él, Maat'Ib, aún llevaba la pesada capa de piel que siempre llevaba, porque era El Rey; y un buen rey por cierto.

Maat'Ib -El Rey Brujo de los Amernos-, provenía de una raza perdida, Los Zmey -los guerreros del desierto, poseedores del poder sobre la Tierra-; pero reinaba en Tel-A-Amarna como si todos fueran de su raza.

A su lado -y como su igual-; reinaba Ka'ssaia, Su Reina -y su único amor-; a quien conocía desde la más tierna infancia y que fuera vendida como esclava al anterior rey; un tirano olvidado por el tiempo y borrado de los registros eternos.

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Si, Maat'Ib era un buen Rey.

Se decía de él que tenía el veneno de mil serpientes corriendo por sus venas, y de allí su nombre: Rey Serpiente o Rey Cobra.

Y Ka'ssaia, siempre a su lado; podía despertar el Don de la Videncia que tenían las mujeres nacidas de los hombres Zmey con otras mujeres.

Pero la usaba poco, ya que Maat'Ib prefería no conocer el futuro.

Decía que él forjaba su propio destino... Ya habían perdido algo valioso por causa de esos Dones -cuando su pueblo fue desperdigado y ella capturada y vendida-; y no querían recordarlo.

Llevaban el duelo, para nunca olvidarlo.

La sonrisa de Ka'ssasia iluminaba el salón del trono esa cálida tarde, sentada junto al Rey Cobra -como la Kadim Real, la Haseki y la Primera-; cuando una sombra nubló su mente, pero pasó tan rápido; que no alcanzó a notarla.

Frente a ellos estaba el emisario de un pueblo muy lejano, que venía a rendir homenaje al Rey.

Se inclinó levemente ante Maat'Ib, sonriendo con una mueca de desprecio.

"Como Guerrero Zmey os combatiríamos pero como Rey os homenajeamos", le dijo con su voz de grajo, que heló la sangre hasta del más alegre juglar. " Y es al Rey que queremos hacerle un regalo muy especial", recalcó esta palabra; "que le complacerá mucho, porque es único en el mundo", y sin esperar respuesta por parte del Rey Cobra, golpeó las palmas de sus manos y ordenó a sus esclavos que trajeran algo a presencia del Rey.

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Entonces ellos arrastraron algo que parecía una mujer -no, una niña apenas-, a juzgar por sus formas.

El Rey y su Reina fruncieron los labios ante el lamentable estado de la niña, una esclava muy maltratada, a juzgar por su aspecto.

¿Qué tenía una esclava como ella de especial? ,parecían preguntarse todos los asistentes.

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El emisario sonrió y la sonrisa pareció helar el aire.

"Os traigo a la fiera hecha mujer, haciendo honor a la sangre del hombre que seguramente la engendró..."

"¿Y qué tiene esta pobre esclava tuya de especial para ser un buen regalo para mí?" , dijo El Rey; con los ojos relampagueantes.

"El padre de esta mujer fue uno de Los Zmey... lo que la convierte en una Zmeyette".

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Sus palabras cayeron como hielo en la cálida sala.

La Reina palideció y El Rey enrojeció de ira.

El emisario sonreía, al parecer de satisfacción, algo extraño; pues no parecía notar que su cabeza pendía de un hilo.

"¿Cómo se llama?", preguntó El Rey, conteniendo su ira.

"La llamamos Zmeyette, claro. En honor a su sangre.. ."

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El Rey bajó del trono y se acercó a la esclava.

Al tratar de acercar la mano, ella lo evitó y por poco no se vio atravesado... por su propia daga.

Los ojos de la mujer brillaban, inyectados de sangre.

"Beberá de tu sangre, Majestad, si no tienes cuidado".

"Libérala".

"Es tuya, Majestad, haz con ella lo que te plazca", se desentendió el traficante de esclavos.

"Ka'ssaia, mi Reina, por favor", señaló a la esclava; "hazte cargo. Que la limpien y la alimenten bien. Ayer era apenas una niña".

Y la reina se levantó grácilmente de su sitial, para acercarse a ella.

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Pero Zmeyette no se movía. Agazapada en una postura felina, observaba todo sin expresar más emoción que deseos de matar a quien la tocara.

Respondía con gruñidos.

El emisario, sonriendo, se acercó a La Reina, con un látigo en mano.

"Mi Reina, sólo obedece con el látigo... no habla y dudo que entienda con suavidad. Tomad". le pasó el látigo.

"Ella aquí es ya una mujer libre", dijo La Reina, dejando caer el látigo; "ven, kucukız", la llamó extendiendo su delicada mano.

Nada preparó a Ka'ssaia para lo que venía.

La niña la cogió con rapidez y acercó sus manos a su cuello.

Sólo la rápida intervención del Rey evitó que asesinara a La Reina.

"Ven acá Ka'ssaia, Mi reina", le dijo El Rey, repentinamente frío; "esto lo solucionaré como Los Zmey solucionamos siempre un conflicto así".

Y se acercó a ella en una postura de combate similar a la de ella.

"¿Quieres guerra, kucukız?, soy un Zmey, como tú. Vamos a ver si puedes vencerme. Si lo haces, podrás irte. Sino, te quedas aquí. ¿Qué dices?", un gruñido le respondió.

Él sonrió.

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Era una batalla cuerpo a cuerpo.

Una danza de guerra, un cortejo en que el que ganara bebería la sangre del otro.

La kucukız era bastante más baja y -por lo menos- 20 años más joven y al parecer sabía cómo pelear.

Finalmente, el rey pudo esquivarla, y sujetar sus manos, pese a las protestas de su contendora; que lo miraba fieramente, con los ojos entrecerrados de ira.

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"Te quedas, kucukız", le dijo; "aquí serás tratada con respeto. Eres de mi raza y un eterno recuerdo de mi gente".

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Entonces ocurrió algo que nunca esperarían.

Ella, ya libre de las fuertes manos del Rey; y conocedora de su derrota, se inclinó ante él.

Sus ojos, fuertemente cerrados, ocultaban unas lágrimas nunca antes derramadas.

Maat'Ib había tocado el corazón de la maltratada kucukız, la llamada como su raza: Zmeyette.

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Pero eso duró sólo un segundo, al parecer.

Ella levantó los ojos -oscuros e insondables como los del propio Rey-; y miró a su esclavizador, quien hizo restallar el látigo frente a ella con malicia.

Zmeyette se encogió sobre sí misma y sus ojos volvieron negros de temor.

Maat'Ib se hizo cargo de la situación.

Hizo echar al emisario fuera de la sala y se acercó cautelosamente a su hermana de raza.

"Nadie volverá a hacerte daño, kucukız. Aquí hallarás la paz que mereces".

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Ella pasó varios días hecha un ovillo en la habitación que le asignaron.

Casi no probaba la comida y no dejaba que la tocaran.

Ka'ssaia no perdía la esperanza respecto a ella, su intuición y su videncia le decían que estaba cerca. Sus premoniciones se vieron violentamente cumplidas una noche de tormenta.

Gritos aterradores despertaron a toda la residencia del Rey Cobra y de su corte.

Provenían de la habitación de Zmeyette.

Ka'ssaia hizo salir a todos y se acercó suavemente a ella.

"No hacen daño", le dijo, inclinándose hacia ella en el piso; "los sueños son sólo eso, y no te lastimarán".

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Zmeyette levantó hacia ella sus ojos brillantes y abrió suavemente los labios.

Forzó su voz a hablar y el dolor la hizo retraerse aún más.

Ka'ssaia la acompañó hasta que se durmió y volvió a su habitación, donde la esperaba Maat'Ib.

"¿Cómo pudo ser abandonada así, Maat'Ib?, no sabe hablar porque nunca le enseñaron... nunca tuvo un hogar ni entre ellos ni entre...".

"¿Crees que la habríamos abandonado de saber que existía?, yo no lo sabía. Los Zmey -tú naciste entre los nuestros y lo sabes-; se unían entre ellos, Ka'ssaia... muy pocas veces, un Zmey se unía a otra mujer que no fuera de las nuestras, como parte de algún pacto... tu padre fue un Zmey y trajo a tu madre a vivir entre los nuestros...".

En la mañana, Maat'Ib y Ka'ssaia llamaron al emisario, que ya partía hacia sus tierras.

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"¿Quiénes son los progenitores de Zmeyette?", preguntó duramente El Rey al emisario.

"¿Padres, dices?", respondió el extrañado emisario.

"Exijo conocer la historia de cómo un Zmey engendró a una hija para después abandonarla".

"Supongo que es vuestro derecho" ,dijo sin interés el hombre; "Años atrás, mi hermano gobernaba nuestra tierra y fuimos asolados por una belicosa tribu. Mi hermano ofreció al Rey de Tel-A-Amarna -que su memoria sea eternamente olvidada-", se apresuró a decir ;"pagarles piedras preciosas si destruía a los intrusos y El Rey aceptó, pero puso como condición que recibiéramos a una esclava; que deberíamos mantener con vida y devolverla cuando él lo estimara. Nueve lunas más tarde, un emisario llegó con Zmeyette y se la pasó a La Consorte de mi hermano. Por su sangre era impura y por tanto, nació esclava y así debía mantenerse. Así que La Consorte de mi hermano se la pasó a las cuidadoras de animales para que la leche de las hembras con crías la alimentara... ".

"¿Ella.. tenía 9 lunas, apenas?" se horrorizó Ka'ssaia.

"No. Llegó 9 lunas más tarde. Aún tenía el cordón en el cuerpo".

"Fuera", dijo la voz sin inflexión del Rey. "Y jamás vuelvas. Hicieron tratos con el tirano que asoló estas tierras y a otras más lejanas. Y aceptaron criar a una apenas nacida como a un animal sin Ka ni Bah...".

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Kassaia fue a ver a Zmeyette y se sorprendió al verla en el baño.

Vio toda su belleza mantenida oculta tras una capa de suciedad y maltrato.

No sintió celos, sino pena.

Pena porque podría ser, como dijo Maat'Ib; de su propia sangre... Como la hija que nunca vio nacer.

Zmeyette volvió a Kassaia sus ojos oscuros y dejó caer su pelo ondulado sobre sus hombros desnudos. Y extendió su mano hacia ella.

La reina la ayudó a salir y vio en el brazo una marca extraña; un escalofrío la recorrió, y una visión vacía la aterró.

Zmeyette cogió la mano de la reina -esta vez, suavemente-, y la llevó a su garganta; mientras ponía su húmeda mano en el cuello de Kassaia.

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Cerró los ojos y Ka'ssaia sintió una extraña energía.

También cerró los ojos y se dejó llevar.

"Reina Kassaia", oyó un suave murmullo en su mente; "enséñame a hablar. Háblame con tus palabras".

"¿Quién eres?"

"A las mujeres de la tribu de mi madre, las llamaban las LeFay antes de ser dispersadas. Podían escuchar los pensamientos de los otros, como te permito hacerlo conmigo. No tuve madre ni padre, pero soy vidente como ellas...no puedo hablar... ¡ayúdame!".

"¿Cómo?".

"Háblame con tu voz, Reina mía. Leo tu temor y lo siento. Tu esposo y tú... Hay amor entre ustedes. ¿Qué es el amor, Ka'ssaia?, ¿qué se siente cuando una mujer y un hombre se unen? Usa tu voz, por favor, esto me cansa. Es la primera vez que uso este poder y no resisto..." .

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Entonces Ka'ssaia abrió su válvula de emociones y habló.

Le habló de su niñez -en la última tribu de Los Zmey; de Maat'Ib; de sus anhelos y de sus sueños; de su vida y de la visión vacía que veía de ella.

Y también del Rey Maldito de Tel-A-Amarna, que la convirtiera en esclava; tras arrancarla de su gente y arrancarle algo de ella.

Y, a medida que sus palabras fluían, visiones sin armar aparecían en su mente.

De ella, de Maat'Ib... y de Zmeyette.

Fue entonces que se levantó del suelo, y Kassaia huyó atemorizada de la habitación de Zmeyette.

Corrió hasta el salón donde Maat'Ib veía sus asuntos y lo arrastró afuera.

"¡Ven!, ¡es ella, Maat'Ib!, ¡Zmeyette ya habla!, ¡y me da miedo!, ¡es una LeFay, como yo era a su edad!".

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Fueron raudos a la habitación de y allí se reveló a ambos una joven –sí, de al menos 15 lunas- de piel como las almendras, ojos oscuros y cabello ondulado del mismo color.

"¡Y mira, Maat'Ib!", le señaló una marca de Zmeyette, visible en el dorso de la mano; "es...como la tuya..." lo miró asombrado "¡son... de la misma familia!".

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Maat'Ib miró la marca y su rostro se nubló.

Descubrió su propia marca -misma posición en su mano- , y se la mostró.

Entonces fue Zmeyette quien retrocedió.

Por su mente pasaban los pensamientos descontrolados del Rey.

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Él la había heredado de su padre. Ella también.

En él estaba su recuerdo. En ella no.

Zmeyette tocó suavemente la marca del Rey y vio sus recuerdos, pero no entendió.

Miró a Ka´ssaia y ésta entendió.

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Tocó ambas marcas y cerró los ojos.

El poder de Zmeyette fluyó a través de ella y Zmeyette vio... vio a un pequeño Maat'Ib y a su Reina, con los lazos de la unión.

Luego -más adultos- hubo un ataque en la Aldea. Y fue El Rey Maldito.

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Se desperdigaron y las mujeres fueron arrastradas y vendidas como esclavas en un mercado... Kassaia -apenas casada y ya consumada-´, era llevada a las barracas de esclavos del Rey... Dolor. Kassaia gritaba de dolor.

¡Daba a luz!, luego la sedaron con fuertes hierbas y le ¡arrancaron la matriz, porque el bebé estaba atravesado!.

Vio el rostro del Rey Maldito que esperaba afuera y vio a una mujer salir con algo en brazos, que se lo entregaba.

Ese bebé -vivo, apenas-; viajaba a lomos de camello... a la Aldea en donde la criarían como esclava.

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Zmeyette rompió el contacto y se refugió en una esquina de la habitación, para llorar y vaciar las lágrimas guardadas hasta ese momento.

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Ka'ssaia se llevó una mano a la boca -para ahogar un grito- y la otra sobre su vientre yermo... desde aquel nefasto día.

Después puso una mano en el hombro de Maat'Ib, y tomó su mano... llorando.

"¡Es Nuestra Kizim, Maat'Ib!. ¡Es de nuestra propia sangre!, ¡es la que me fuera arrancada del vientre!. ¡Es nuestra Kizim, Maat'Ib!".

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Un grito desgarrador de Zmeyette confirmó las palabras de Ka´ssaia.

Maat'Ib miró a su Reina y a su Kizim y caminó hasta esta última; acercándose suavemente hasta cogerla en sus brazos.

Ella se arrojó a ellos y lloró hasta agotar sus lágrimas.

Había hallado su hogar al fin.

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Parecía que el sol brillaba con toda su fuerza -en ese día de primavera-, cuando El Rey, su Reina y su Kizim -su Prenses, - salieron de esa habitación.

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Zmeyette, no; La Prenses Sihaya -su primavera en el Desierto, en el privado idioma de los Zmey-, caminaba junto a su Baba el Rey, quien sujetaba su brazo posesivamente rumbo a las puertas de Tel-A-Amarna, en donde el emisario estaba a punto de partir a su tierra.

Su sonrisa socarrona se trocó en hielo cuando vio que ella venía con El Rey y su Reina.

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"Por qué tu hermano -aquel que gobierna Tus Tierras accedió a recibirla y mantenerla y no sólo como esclava; sino como un animal. Quiero saber el porqué se le encomendó esa tarea. Habla. O morirás. Aquí la esclavitud y quien la trafica -y debes saberlo, si no lo sabes- se pena con la muerte. Muerte por transar vidas".

"Yo no lo sé", gimió.

"Lo sabes", dijo La Prenses Sihaya, sorprendiéndolo y llenándolo de miedo.

"¡Hablas!", gimió Razzin; encogiéndose sobre sí mismo.

"Hablo, pienso y leo en los corazones y en los pensamientos", sonrió burlescamente, copiando sus muecas; "y en ti, leo tu temor. Sí, y tengo la capacidad de revelar sin remordimientos aquellos secretos que guardas tan celosamente de la vigilancia de tu gente... así que hablas... o mueres".

"Sal... salvaguardia, Su Majestad. Se nos dijo que debía vivir. Por nada debería reproducirse. Debería estar entera. Todos sus miembros. Todos sus sentidos... Y virgen. Algún día. En algún momento, la reclamaría de vuelta y debería devolverse a él... Ese día llegó... y fuimos convocados, pero Tel-A-Amarna ya no era suyo... Su nombre fue maldecido y había un nuevo Rey entre ellos... Por muchas lunas pasó de caravana a caravana. Hubo una promesa solemne. Nadie podía sacrificarla. Aún cuándo El otro Rey... fue así que el Consejo de Ancianos decidió cumplir el mandato. Un Rey la había enviado a nosotros y la había convocado. Había otro Rey... sí. Pero quien la convocó fue el Rey de Tel-A-Amarna. Y a él -a tí, Majestad-, la hemos... traído".

"¿Y la sabías de mi raza?".

"Desde que nos fue entregada, Majestad. No sólo de palabra. Fue evidente al verla... Sus ojos. Su piel. Su pelo. Era una de Los Zmey."

"Y Me has traído algo tan valioso que la sangre de mi gente, mercader", dijo El Rey, despectivamente, sin traslucir sus emociones; "y es por eso, Razzin, que no arraso o que no asolo tu tribu por el maltrato hacia ella. Es una bendición para ustedes, no lo olviden nunca. Pero nunca más podrás pisar mis tierras u olvidaré que me has traído a mi y a Tel-A-Amarna una sobreviviente de mi sangre. Ahora vete, Razzin. Y di a tu hermano y a tu gente que la deuda está... apenas pagada".

Razzin no lo pensó dos veces. Salió despavorido de Tel-A-Amarna, donde nunca más se le volvió a ver.

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Su reina se volvió al rey, con un gesto cansado.

Aunque su bienamada, nunca había sido completamente aceptada; por su vientre yermo y siempre con dolor.

El rey Cobra había debido tomar a otras esposas secundarias, para tener a través de ellas; la continuidad para su reinado.

La primera en nacer fue Vi'Maat, nacida de Oleanna -una cortesana de lejanas tierras, a la que había recibido tras enviudar de un hombre prominente-; y a quién había otorgado una casa, en la que criar a sus dos hijas de su primer esposo, y a la nueva hija.

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De la tercera esposa, le nació Mut'Afa -el primer hijo varón y su heredero, pese al dolor de su alma-, y de la misma esposa -años después, y gracias a sus privilegios por ser madre del heredero- nació I'Set.

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Pero Maat'Ib seguía casado con su reina.

Nunca la alejó de su lado, y ahora; podía decir que estaba completa.

Aunque era una niña, la nacida de su Reina, de su Kadim y de su Haseki; era la Prenses, la Princesa Real.


Sip, raro.

Originalmente, un crossover entre La Momia y El Rey escorpión (versión con de The Rock), remasterizado para encajar entre las visiones que aparecerán en Parabatai, próximamente (me aparecieron hojas manuscritas). Pero no quise dejar de dar a conocer esta versión, a la que le falta aún Dimitri.

Kadim es esposa en el lenguaje tardío otomano, el reemplazo de Sultana.

Haseki era la denominación de esposa o la favorita principal otomana.

Sihaya es old fremen del libro Dune, significa primavera del desierto. Ad hoc.

Prenses es princesa en turco.