Epílogo
.
Los primeros pasos de Emma suenan dudosos. Regina la observa de soslayo. La brisa de la noche de Camelot parece devolver la consciencia al cuerpo exhausto de la Salvadora con lentitud. Ella misma inunda sus pulmones con el aire nocturno y disfruta del sonido de la muchedumbre. Según se acercan al embrollo de cabañas que antes eran la ciudad y el castillo, más voces y ruidos van rodeándolas. Sin embargo, antes de sumergirse en la vorágine de aldeanos, dos jóvenes guardias les salen al paso.
"Señoras." Se limitan a decir antes de realizar una profunda reverencia.
"Buenas noches." Responde Regina por las dos.
"Si nos acompañan, les enseñaremos donde se encuentran sus pertenencias. Está todo dispuesto para que puedan descansar."
"Os seguimos al fin del mundo." Interviene Emma asintiendo con fervor.
"Bien, señora." Contesta el mismo guardia azorado, cabeceando hacia su compañero y echando a andar.
"Les has asustado." Susurra bromista Regina en su oído.
Emma sonríe traviesa. "Nos han llamado señoras. Estamos en paz."
Caminan hasta dejar atrás unas cuantas hileras irregulares de pequeñas casitas rodeadas de huertos, acercándose al corazón de ese nido de cabañas. Unos minutos más tarde, los hombres se detienen frente a una construcción redonda de ladrillos de adobe y techo de paja de unos tres metros de alto. La puerta, entreabierta, deja ver una estancia iluminada con faroles titilantes.
"Hemos llegado." Anuncia el segundo hombre.
"Gracias a dios..." suspira Emma encantada dando un paso hacia dentro.
"Bueno, realmente... yo..." carraspea el guardia sin terminar ninguna frase.
Su compañero toma el relevo sin mucho más acierto. "Estos serían los aposentos de la Salvadora, quiero decir, de Lady Regina."
"Oh." Es cuanto responde Emma, deteniéndose igual de vacilante.
"Sí." Se repone al fin el guardia. "Es la cabaña que corresponde a vuestro antiguo dormitorio. Nos hemos tomado la libertad de mover las pertenencias de su... anterior acompañante a una desocupada."
"Claro, claro..." Asiente Regina como una autómata, sin sostener la mirada a ninguno de los presentes.
El calor sube por el cuello hasta sus mejillas.
Ni siquiera se lo había planteado. Hood, Emma, ella. Hasta los hombres de Ginebra habían meditado sobre qué pasaría con sus aposentos. ¿Y ella? La adrenalina de la batalla ya no es más que una neblina casi desaparecida y en su lugar su cuerpo se deja inundar por una vergüenza palpable. No se había detenido a pensar ni por un segundo en cómo su existencia acababa de cambiar drásticamente. Y eso incluía las pertenencias de Hood saliendo de su vida igual que el arquero.
El silencio se alarga hasta ser tangible y el guardia más nervioso intenta deshacerse de él. "Quiero decir... No es necesario que..." Pero las palabras se le atragantan y termina por taparse los ojos.
Su compañero vuelve a hacer uso de su entereza y, a pesar de su evidente incomodidad, consigue hablar de carrerilla. "La estancia de Lady Emma se encuentra a dos cabañas de distancia. Y, por supuesto, pueden disponer de ellas como deseen."
"Claro, claro." Es todo lo que Regina repite.
El silencio vuelve a instalarse y el guardia más nervioso se apresura de nuevo a hablar. "Podemos acompañarla si lo desea."
La propuesta se dirige a Emma, pero los ojos de la Salvadora están clavados en Regina. Al menos hasta que se cruzan con las pupilas color miel y las dos carraspean y apartan la mirada.
"¿Queda muy lejos?" pregunta la Salvadora mirando por encima de su hombro.
"Para nada. Es esa de allí." Indica señalando una construcción que se eleva a unos metros. Al mirar el camino, Regina prácticamente puede reconocer la disposición del pasillo donde una vez desembocaron sus dormitorios.
"Nos apañaremos." Responde Emma asintiendo ante las indicaciones. El guardia parece dispuesto a añadir algo más, pero ella se adelanta con una educada sonrisa. "Muchas gracias."
"Es un placer." Responde el más calmado, antes de hacer una reverencia que un segundo después imita su compañero. "Buenas noches."
"Buenas noches." Responden al unísono viéndolos desaparecer de su vista.
Vuelven a estar a solas, si es que entre esa multitud ruidosa y la infinidad de cabañas recién surgidas queda espacio para la soledad, y la boca de Regina se seca al afrontar la realidad ante ellas. Los candiles de su propio cuarto bailan por la rendija de la puerta entreabierta, llamándolas, y sus tripas se retuercen en una mezcla de vértigo y nervios.
La celeridad de todo lo sucedido amenaza con atropellarla y persigue la mirada de Emma en busca de una señal, una indicación de qué hacer. Pero los ojos claros, a caballo entre el suelo y las luces del campamento, no parecen mucho más enteros que ella. Se concentra en detener la avalancha de sentimientos y dudas que sobrevuela su cabeza y, apretando la mano de Emma que aún se apoya en su cintura, pregunta con suavidad:
"Yo... ¿Quieres que te acompañe hasta allí?"
Los ojos de la Salvadora regresan a su rostro y sonríe: "Sí, claro, gracias." Tres palabras pronunciadas con prisa pero que a oídos de Regina suenan tan dubitativas, dispersas. ¿Quizás inciertas? Pero Emma no añade nada más y Regina retoma su papel de muleta humana, encaminándose hacia la cabaña que los dos caballeros les han indicado. Son apenas diez metros que recorren en absoluto silencio y pasos sincronizados, hasta que una puerta de roble idéntica a la de Regina les recibe, pero en esta ocasión cerrada a cal y canto.
La mano de Emma se estira hasta el pomo, pero no llega a empujarlo. "Deberíamos descansar, ¿verdad?"
De nuevo ese tono de voz. Regina no puede decir qué es y no quiere imaginar más de lo que hay. Pero no siente que esas palabras sean sólo eso. Y, sin embargo, no se atreve a insinuarlo.
"Claro." Responde dócil. "Ha sido una noche larga... Un día largo en realidad." Añade cuando Emma no dice nada.
"Lo ha sido..." responde por fin con un resuello dramático y Regina se permite una pequeña sonrisa que Emma acompaña, antes de alejarse y agarrar el pomo. "Buenas noches, Regina."
"Buenas noches, E-"
No termina de pronunciar su nombre. La Salvadora cierra los ojos y se lleva la mano a la cabeza. Las piernas no llegan a fallarle porque, cuando sus rodillas se doblan, el cuerpo de Regina aparece como un bote salvavidas que la recoge entre sus brazos.
"Emma, Emma... ¿Emma, me oyes?" Pregunta angustiada, buscando su rostro. Con un par de pestañeos largos, los ojos de la Salvadora terminan por devolverle la mirada.
"Sí, sí..."
"¿Estás bien?"
"Creo que estoy más cansada de lo que creía..."
Regina toma aire aliviada al escuchar su voz un poco más repuesta. "Vamos dentro, necesitas dormir largo y tendido."
"Igual sí..." responde con una docilidad casi etérea, dejándose hacer.
Regina se encarga de abrir la puerta y conducir a ambas al interior del cuarto. Sostiene con cuidado la mayor parte del peso de Emma al andar y hasta dejarla sentada en la rústica cama, apoyada contra la pared que hace las veces de cabecero. Solo entonces regresa a la puerta para cerrarla.
"¿Cómo te encuentras?" Inquiere andando hasta Emma y colocándose de cuclillas a sus pies.
"Estoy bien, Regina..." Suspira intentando tirar de ella para que se ponga en pie, pero sin fuerzas para lograrlo.
"Sí, ya lo veo." Bromea siguiendo con la mirada la mano medio endeble de Emma. "Deja que te ayude." Pide empezando a quitarle los zapatos sin esperar respuesta.
"No es necesario..." Intenta una vez más. Regina recurre a una de sus infames miradas de Reina Malvada y Emma sonríe. "Está bien... gracias." Cede, mientras la mira desatar sus zapatos. Cuando los pies de Emma están libres, Regina chasquea los dedos creando una mullida almohada sobre la que coloca las piernas de la salvadora, acomodándolas en alto.
"¿Mejor?"
"Infinitamente." Sonríe en respuesta.
"¿Estarás bien?"
"Creo que sí..." Echa su cabeza hacia atrás, cerrando los ojos, y Regina sigue el recorrido de su cuello hasta su rostro, relajado y reconfortante. "Pero si te quieres quedar un rato para asegurarnos, eres bienvenida." Emma no ha abierto los ojos, pero ante sus palabras Regina se siente atrapada en plena travesura.
"Yo..." duda. Duda de todo. De qué hacer, de qué decir, de cómo comportarse. "No quiero que fuerces aún más tus energías."
Claro que quiere quedarse, claro que quiere asegurarse, incluso asegurarse durante toda la noche si fuese necesario. Había querido invitar a la Salvadora a sus propios aposentos desde el primer instante.
Pero no puede.
No es capaz.
No encuentra su sitio.
Esa es la respuesta exacta. No puede hacer ni deshacer nada, porque se encuentra atrapada en medio de un caos infinito del que no sabe salir. Está frente a la salvadora, su ex archienemiga, su amiga, su amor verdadero, la madre de Henry, la ex novia de Hook... Son tantas piezas, tantas realidades, nuevas y viejas, que recolocar... y tiene tanto pánico a forzarlo todo, a estropearlo, que prefiere esperar. No es por miedo, es por precaución, se repite.
Emma asiente y, al responder, abre los ojos y los clava sobre ella. "Necesitamos descansar, ¿pero no podríamos hacerlo juntas?" Es una súplica tan dócil y plácida que a Regina solo le queda obedecer al instante.
"Me quedo un rato."
"Vale." Acepta Emma, golpeando con la mano el trozo de colchón a su vera. Regina eleva una ceja con los últimos gramos de su seguridad volcados en ese gesto altivo, pero sigue sus instrucciones y se sienta contra la pared, estirando sus piernas junto a las de Emma, manteniendo una ridícula distancia de seguridad de diez centímetros. Suficiente para advertir su calor y sentirse estúpidamente nerviosa.
La Salvadora gira su cabeza sin dejar de apoyarla contra la pared y Regina aguanta la respiración al distinguir que esos diez centímetros son realmente escasos cuando la mira de ese modo.
"Hola." Musita Emma desde su rincón.
"Hola." Repite divertida.
"Lo hicimos."
"Lo hiciste."
Emma niega con la cabeza. "Lo hicimos. Sin ti nada habría sido posible."
"Eso no..."
"¿Tengo que recordarte quién convocó una serpiente flamígera muerde traseros?"
"Eso estuvo bien." Reconoce cruzando sus tobillos, satisfecha consigo misma.
"Espectacular." Recalca Emma con una vehemencia tan entusiasta que arranca una carcajada inesperada en Regina. Pero la risa se diluye cuando vuelve a enfrentar esos ojos claros que brillan con el tintineo de la luz a su alrededor. Un recuerdo de que la noche continúa avanzando, cada vez más cerca de acabarse.
"Debería..."
"No lo digas."
"Emma..."
"¿Qué?"
Una simple pregunta a la que debería ser muy fácil responder. Debes descansar, debo irme. Pero es su sencillez, su forma de hablar, sus ojos clavados en ella los que la hacen dudar. Las palabras se diluyen, quizás porque nunca fueron verdad, y Regina abre la boca para no decir nada.
"¿Qué?" Repite una vez más y Regina juraría que es consciente de cómo desarma con cada letra su determinación. De que juega con ella sin maldad alguna, pero con mil intenciones y ella, ella...
"No lo sé."
"¿No lo sabes? ¿El qué?"
"Nada, no sé nada." Admite tragando hondo. "Y siento que quizás si descansas, si descansamos, mañana lo vea todo más claro. O en unas horas... ya me entiendes."
"¿No hemos aprendido ya que juntas es todo mejor?" pregunta con una cadencia que Regina se niega a considerar inocente. "Yo tampoco sé nada."
"No lo parece..."
"Pues no sé nada." Responde mirando hacia el techo, reflexiva. "Pero sé que se avecinan respuestas y las quiero todas."
"¿Y no te preocupa nada?"
El rostro de Emma regresa de las alturas para girarse justo hacia ella, inclinándose con una discreción que no pasa inadvertida. "¿De lo que está por venir? No."
Los ojos de la Salvadora brillan y no es por la luz de las llamas que se reflejan en ellas. Y Regina siente que baila al son de sus implacables pupilas sobre un suelo inestabl. Se aceleran sus pulsaciones, un intolerable vértigo invade su cuerpo y trata de apartar la mirada de ella para recuperar algo de estabilidad.
Pero no lo hace.
Si Emma no tiene dudas, Regina tiene suficiente para las dos. Pero por primera vez en su vida está feliz de titubear, de no tener el control, de estar a merced de lo desconocido. Y, aunque su cuerpo roce el colapso ante la vorágine de sentimientos enfrentados, se queda y espera. Congelada pero ansiosa.
Algo cambia en ese instante en la pequeña cabaña. Un soplo de aire que aumenta la temperatura y merma la intensidad de la luz, aunque todo continúe igual. Pero la Salvadora sonríe y Regina murmura para sí misma: Ella también lo sabe.
"¿Te quedas?" pregunta Emma muy, muy, muy bajito, mientras sus ojos gritan.
Regina contesta atragantándose, como si importara, como si pudiera contestar otra cosa: "Vale."
"Genial..." musita Emma y deja que sus brazos se relajen a ambos lados de su cuerpo. Cayendo como pesos muertos. Rozando con su mano la pierna de Regina en apenas un suspiro. Una brisa casi inexistente que estrangula el oxígeno en sus pulmones. Y se arrepiente en el mismo momento en que su cuerpo responde, consciente de que Emma lo ha visto. "¿Seguro que está bien...?"
"Yo..."
"Dime."
"Estoy aterrorizada."
Emma detiene todos sus movimientos, casi como si reculara aunque no haya camino que desandar. "No hay prisa alguna. No me voy a ninguna parte. Estamos juntas en esto."
Asiente apretando sus labios entre sí. "Eso también es un problema. Creo que la realidad va más rápido de lo que puedo procesar." Emma quiere hablar, pero Regina le pide unos segundos más sin palabras. "Soy consciente de lo que ha ocurrido..." comienza. "Racionalmente, me refiero. Incluso he hablado con Robin y he puesto en palabras... esto."
La sonrisa granuja de Emma se escapa: "Esto."
"Esto..." repite Regina, intentando bromear con ella, pero con su garganta cerrándose ante la idea de decir algo más. Lucha y termina por balbucear: "Pero creo que no me ha dado tiempo a..." Vuelven las dudas, su voz se marcha y no puede continuar. No hasta que la salvadora honra su título y deja que su dedo meñique busque la mano de Regina. Una caricia pequeña, frugal y tan devastadora, que el cuerpo de Regina responde de nuevo. Aterrado y emocionado. Los ojos miel observan el suave gesto y se preguntan cómo un instante de intimidad tan inocente como ese puede provocarle más miedo que enfrentar un ejército entero. Cierra los ojos, no aparta su mano, sólo espera, congelada, y deja que las palabras salgan solas, contra el aire cada vez más denso de la habitación. "Sé que eres mi amor verdadero... y sin embargo aún siento que estoy condenada a quererte sin ser correspondida. Y mi cabeza es un hervidero de miedo a perderte, de dudas porque no entiende que esto esté pasando, de una felicidad irracional... Y de una vergüenza que me quiero morir. Y me ofende verte tan entera."
Emma se muerde los labios y no será Regina quien la culpe si se echa a reír. Pero no, aguanta el tipo y responde: "Creo que mi cabeza no es capaz de aglutinar tantos pensamientos como la tuya y se está centrando en la parte de la felicidad."
"Por muchas bromas que haya hecho sobre tu intelecto en el pasado... sé que eso no es cierto."
Emma se toma un momento y llena sus pulmones antes de responder: "También tengo miedos."
"No lo parece..."
"Porque esta es mi forma de sobreponerme." Confiesa Emma. "Verte, hablar... tocarte." Musita dejando que el dedo meñique se enrede con el de Regina llevando aún más lejos su atrevimiento. "Así es como me demuestro que esto está ocurriendo. Y quizás parezca que lo tengo todo bajo control, pero sólo soy eso: una persona desesperada por quedarme justo aquí y poder repetirme: está sucediendo, está sucediendo, está sucediendo."
Regina escucha con detenimiento y suspira, lanzándose a terminar de entrelazar sus manos. Hasta que sus dedos se pierden en el calor y la suavidad de los de Emma. Hasta que sus propias palabras se empapan de la calma de las de la Salvadora. "No me alegro de tus miedos... Pero me consuelan un poco."
"Un placer." Sonríe Emma divertida. "Creo que no ha sido de mucha ayuda la forma tan precipitada en la que todo ha sucedido..."
"¿Te refieres a mi casi muerte o a esos primeros besos con público?"
"A eso y a las rupturas en frente de todo Camelot, no te olvides."
"Oh, cierto, sí, delicioso."
"Yo... He pasado de ser tu amiga a descubrir que mi locura de sentimientos son correspondidos. Sin un solo segundo para tomar aire." La voz de Emma suena tan firme, en contraste con la suavidad de su mano, con la delicadeza con la que estrecha su mano y permite que sus dedos acaricien los suyos. como su postura, volcada en Regina, contagiándola de su calor. Y, sin embargo, hay algo entre sus palabras que vibra con la misma inquietud que desprende ella. Esa discordancia entre su vida hace tres días y su realidad actual, en pleno Camelot. "No hemos hablado, no hemos ligado, ni siquiera hemos tenido una cita. De repente no tengo que esconderme, ahora tú también sabes que te quiero. ¡Todo el mundo lo sabe! Y creo que ese es mi miedo... que esto se me escape entre los dedos tan rápido como ha llegado. Por eso no quiero soltarte."
Regina traga hondo sin entender cómo las incertidumbres de Emma logran consolarla y convertir su propio pánico en un temor más manejable y dócil. Quizás es por corroborar que no está sola en los miedos y las dudas, pero tampoco en la ilusión y los nervios. O por el simple hecho de escuchar de esos labios una declaración tan dulce.
"No me voy a ninguna parte." Susurra apretando su mano y sintiéndose tan osada y segura como al convocar a la descomunal serpiente de fuego. "Aquí es donde siempre he querido estar." Añade siendo ella quien, por una vez, se inclina hacia Emma. Apenas unos milímetros. Pero cuando el inconfundible perfume de la Salvadora alcanza su nariz, se siente tan osada, tan ufana... tan viva. Y, al mismo tiempo, tan idiota de estar aterrorizada y nerviosa, como si jamás hubiera estado a solas con nadie.
Pero quizás es porque jamás lo ha estado.
No de este modo.
Por un instante, es capaz de disfrutar de ese nerviosismo visceral que revuelve sus tripas. Incluso aunque pueda visualizarse echándose a correr. O quizás vomitando.
Claramente tengo que estar a punto de colapsar, piensa antes de susurrar:
"Creo que me va a gustar ir dándome cuenta de que esto está ocurriendo. Que ahora somos reales. Que podemos..."
"¿Qué?" pregunta Emma perdida en los labios que pronuncian cada vez más lento.
"Todo." Es lo único que puede decir.
Traga hondo y permite que la avalancha de la que huía sin ser consciente la sepulte. Una avalancha de miedos, de dudas, de vergüenza y emoción. Una avalancha que no la entierra, si no que roza su cuerpo a su paso con una caricia invisible.
Y entonces lo asume.
Que ese inmenso terror quizás vivirá siempre con ella.
Y que no le importa.
Ha aprendido que todo tiene un precio. Las peores maldiciones te piden lo mejor de tu vida. Es lógico que encontrar a tu amor verdadero, tu auténtico final feliz, te pida a cambio un respetuoso y latente temor a perderlo.
Pero, mientras sus ojos se pierden en los de Emma, decide que puede con eso y con todo lo que sea necesario, con tal de ser felices y comer perdices.
"Todo." Repite Emma en lo que a Regina le ha parecido un siglo. Y al hablar, su cabello se mueve, apenas un suspiro sobre su mejilla. "Eso es lo que quiero contigo."
"Ya es tuyo." Musita acariciando ese insurrecto y delicado mechón, que se deja colocar dócil tras la oreja de Emma. Los dedos de Regina terminan la caricia sobre la mejilla de la Salvadora y hace un esfuerzo titánico por evitar que sus dedos tiemblen contra la cálida piel. Emma se reclina sobre su mano y cierra los ojos en un suspiro satisfecho y Regina ya está segura de que se avecina el más ridículo de los infartos. Pero permanecerá ahí, junto a Emma, acariciando su rostro, hasta el último latido.
"Sé que..." murmura la Salvadora, tragando hondo cuando su voz falla. Escuchar ese atisbo de nerviosismo en Emma calma su propia histeria y la hace sentirse acompañada. Deja que sus dedos se recreen contra su rostro, acariciando su cuello y sosteniendo su barbilla, animándola a continuar. "Sé que quizás, llegadas a este punto, sobre decirlo pero... te amo, Regina."
Aprieta sus labios, detiene su caricia, aguanta la respiración y, con el último hilo de voz, responde con una carcajada que iluminaría todo Camelot. "No sobrará jamás. Yo también te amo, Emma."
"Lo sabía." exclama cual niña pequeña y Regina no puede más que poner los ojos en blanco. Fingiendo una exasperación que no siente. Reprimiendo una felicidad que la desborda. Intentando mantener la compostura incluso cuando advierte a Emma moverse. Hacia ella. Con esa mirada divertida, tierna, llena de fuego. Y es incapaz de reaccionar, sólo puede esperar. Hasta que Emma se deja caer hacia ella. Hasta que la propia inercia lleva a sus labios a encontrarse. Hasta que su mano tira del cuello de la Salvadora para acercarla. Hasta que, con un suspiro, da comienzo el beso. Hasta que, en apenas dos segundos, Regina se consume en mil cenizas en un beso suave, lento y abrasador. Sin amenazas de muerte. Sin miradas indiscretas. Sin más presión que la que ejercen los labios al reconocerse con una calma que recorre cada centímetro de su piel. Se pierde en esa maravillosa boca. Se parte en tantas piezas que, cuando la Salvadora se separa de ella, le lleva unos segundos recomponerse.
"¿Bien?" susurra Emma.
"Hmmm-mmm..." Es cuanto articula, tan sobrepasada que ahora el miedo ya es una entidad en sí misma, grande como un coloso y tan real como la presencia de Emma. Y no lo siente como una amenaza. Es sólo un testigo, una forma de recordarse que, junto a Henry, nunca nada le ha importado tanto. Que jamás ha sentido tanta felicidad ni tanto terror al mismo tiempo. Pero es suficiente para no reaccionar, imbuida en una parálisis que apenas le permite respirar y saborear sus labios.
"Siempre tan elocuente." Bromea la Salvadora.
"Siempre tan insolente." Brama ofendidísima y hambrienta.
Y como Emma tiene la desfachatez de reírse, no le queda otro remedio que abalanzarse sobre su boca y sumergirse de lleno en ella.
Cuando escucha el vibrante gemido que Emma deja escapar contra su boca, sus pensamientos, cada divagación, cada una de sus preocupaciones se despeñan cordura abajo y sin mirar atrás. Sus manos se cierran sobre el cuello del vestido de la Salvadora y, sin importar lo surrealista de tenerla al fin entre sus brazos, actúa. Tira de ella y el peso de Emma cubre su cuerpo con una deliciosa presión que la desarma. Rompe el beso sin permitir un centímetro de distancia y, cuando habla, sus labios se mueven contra los de Emma.
"¿Bien?" ronronea.
"Bien..." resuella Emma casi sin respiración, pero con una mirada oscurecida, tintineante y tan intensa que Regina se escucha casi gimotear. Retoma el beso antes de ser vergonzosamente traicionada por su propia necesidad y sus manos se pierden entre los mechones rubios.
Sobre ella, Emma no necesita más invitación y sus caricias comienzan inocentes sobre el cuello de Regina antes de dirigirse volátiles y sin rumbo fijo a su cuerpo. Su cuello, sus brazos, sus costillas, cada parte que acaricia y araña baila contra las manos de Emma sin control y allí por donde pasan queda una cálida y vibrante marca que enciende cada centímetro de Regina. Jamás se ha sentido tan viva ni tan emocionada. Ni tan jodidamente desesperada.
No quiere dejar de besar a Emma, jamás. Ahora que ha descubierto lo perfecto, delicioso y candente que es, está perdida. Y algún día tendrá que salir de esa habitación, o alimentarse, o hablar con otras personas y tendrán que separarse para hacerlo. Pero espera retrasar todo lo posible el momento y perderse en la forma en que los labios de Emma encajan con los suyos.
Rodea su cintura y el cuerpo de Emma se rinde a ella, amoldándose a cada curva del de Regina. La forma de responder y moverse contra ella crispa cada nervio de su ser. Quiere hacer desaparecer la tela sobre su propio cuerpo, necesita arrancar cualquier jirón del vestido de Emma. Es una urgencia cada vez mayor. Y se vuelve una desesperada emergencia cuando los labios de la Salvadora se escapan por su mandíbula, hasta recorrer a mordiscos su cuello. Cierra los ojos, lame sus propios labios y gira su rostro para concederle toda la libertad del mundo. El corsé, las mangas de terciopelo, las capas y capas de su falda... forman una cárcel de la que necesita escapar antes de estallar en llamas.
Un mordisco lento y tentativo a la altura de su clavícula y las manos de Regina actúan por voluntad propia. Dos movimientos de muñeca sincronizados, unas palabras murmuradas y da comienzo la magia.
"¿Has dicho algo?" ronronea Emma mirándola desde la altura del comienzo de su pecho, contra su piel. Antes de que Regina conteste, las piezas de ambos vestidos comienzan a descoserse como si un sastre invisible estuviera deconstruyéndolos con mimo y sin prisa. "¡Oh!" añade con la mirada centelleante. Regresa sobre ella, sin prestar atención a cómo su vestido blanco se va deshaciendo, revelando su piel, y cubre con sus labios y sus manos cada nuevo centímetro de piel de Regina que va descubriéndose. "Siempre tan buenas ideas..."
"El placer es mío..." musita con un ronroneo cuando al fin puede pasear sus uñas por la espalda de Emma. La Salvadora desciende a besos por su piel hasta precipitarse sobre el tórax de Regina, el último rincón en el que queda ropa. Una delicada prenda interior blanca y con hilo transparentoso que se deshace muy muy muy lentamente.
"Lo estás haciendo a propósito." Farfulla Emma desde su posición con impaciencia.
Regina eleva una ceja, juguetona. "Una tiene su pudor."
"Seguro..." gruñe y cae más abajo hasta alcanzar su vientre. "Pero puedo esperar... lo que haga falta." Añade y su boca se pierde en la tersa piel con un mordisco nada piadoso junto sus costillas. El cuerpo de Regina se sacude y es consciente de que acaba de darle a Emma cuanto pedía. El siguiente mordisco es aún más lento y certero y la obliga a gemir desde el fondo de su garganta. Su respiración se descontrola y es un alivio cuando su propia magia retira por fin el corsé de su pecho.
Sobre ella, Emma está igual de expuesta y la imagen es tan deliciosa que tiene que cerrar los ojos y tragar hondo para poder disfrutarlo sin sentir que se ahoga en medio de tanta emoción. Aún sin tiempo de reponerse, una mano se cierra gentil sobre su pecho y unos labios tantean el otro. Gruñe el nombre de Emma y enreda los dedos entre los mechones rubios reclamando más. Y la Salvadora se lo concede sin piedad. La tímida indagación se convierte en una exploración tan detallada que podría gritar y sus caderas, cada vez más encabritadas, son un fiel reflejo. Emma se coloca entre sus piernas de forma que, con cada movimiento, el vientre de la salvadora, firme y abrasador, se encuentra con su centro en un roce demencial. Los labios de Emma se desplazan hasta el otro pecho y Regina curva su espalda hasta lo irracional.
Quiere responder, quiere llevar la voz cantante, pero se derrite entre los dedos de Emma con cada nueva caricia traviesa, con cada beso lleno de promesas, con cada mordisco que la hace temblar. Pero no es sólo eso... Es el saber que está en manos de la Salvadora como jamás lo ha estado en las de nadie. Es saber que ha vivido lo que le parece una eternidad deseando estar justo aquí, soñando con ella, con sus palabras, con sus caricias, con una intimidad que la sobrepasa de felicidad. Y ahora que se está cumpliendo quiere retenerlo, disfrutar de cada instante, vivir lo que hasta hace unas horas estaba simplemente prohibido para ella. Pero al mismo tiempo se ve sepultada por las hordas de amor, cariño, confianza y desesperada excitación que la consumen sin clemencia.
Las manos de Emma arañan sus piernas y sobrevuelan el interior de sus muslos, mientras su boca se afana en llevarla a cada vez más lejos devorando su pecho. Y Regina se deja hacer. Una rendición que sabe a gloria y desconecta su cabeza de su desatado cuerpo. El pulgar de Emma recorre una línea invisible desde sus rodillas hasta el comienzo de sus rizos y vuelve a bajar tentativo. La espalda de Regina se arquea y la salvadora repite su recorrido. Los labios de Emma abandonan su pecho y se escucha a sí misma gimotear hasta que reaparecen contra su boca. Una de las manos de Emma sube y sus largos dedos se cierran alrededor de su nuca, atrayéndola a ese beso profundo y lento, que rompe contra ella y llena su cuerpo de vida. La otra deambula suave y tranquila, acariciando sólo con las yemas de los dedos el interior de sus muslos, el final de su vientre y, muy despacio, su centro.
Se separa apenas un centímetro de Regina y su voz jadea una pregunta ronca y delicada: "¿Bien?"
Regina nunca podría decir si es ese timbre de voz, su mirada, la frugalidad de sus increíbles caricias o la forma tan dulce y arrolladora de pedir permiso. Pero siente que ha empezado a derretirse sin que Emma la haya tocado aún.
"Muy bien." Gruñe, tira de ella para que sus labios regresen a la deliciosa tortura de su beso y Emma sonríe dejándose llevar. Al chocar sus bocas, la mano de la Salvadora deja a un lado los rodeos. Dos dedos recorren por primera vez los pliegues de Regina y resbalan sin prisa entre la desmesurada humedad. "Emma..." jadea a dos tiempos, interrumpiendo el beso.
"Estoy aquí." Contesta.
Su mano también habla por ella, tanteando con caricias más profundas. Regina siente que cada espasmo y jadeo se ve recompensado por una nueva tentativa de Emma. Lee con mimo sus reacciones, se esmera en encontrar los puntos más sensibles, está volviéndola loca de forma totalmente intencionada. Tres dedos empiezan a rodear su clítoris y toda ella se arquea hacia ellos. La Salvadora muerde su boca y acaricia tentativa el nudo de nervios, tragando el gemido que explota en su pecho.
Y la calma llega a su fin.
La cadencia de la mano de Emma ya no es suficiente. Regina necesita más, lo quiere todo. Y la Salvadora, de nuevo, obedece sus silenciosas órdenes. Acelera el ritmo, recrudece su beso y retiene las caderas de Regina contra las suyas mientras los movimientos casi vertiginosos se precipitan hasta un punto de no retorno.
"Estoy contigo."
La voz de Emma suena tan lejana, atravesando sus aturdidos sentidos y los sonidos que se escapan de su propia garganta, pero al mismo tiempo se clava entre sus costillas, directa a su corazón. Y quiere responder, pero un fuego sin control se desata entre sus piernas.
Las caricias de Emma no cesan y todo su cuerpo sucumbe al incendio de un orgasmo que se desata contra la mano de la Salvadora. Exclama su nombre, sostiene su rostro para no ahogarse y se olvida del mundo. Su vista se nubla y su boca se seca y no existe nada fuera de esa cabaña, nada fuera de esa cama. Sólo ellas. Sólo Emma. Y una felicidad atronadora, ígnea, líquida.
Desaparece de su propio ser y, al volver a tomar aire, apenas logra regresar en sí.
Su cuerpo no responde y su cabeza va por el mismo camino. Lo único que atraviesa su consciencia mientras traga con dificultad son unos suaves besos sobre su mejilla y unas tiernas caricias sobre su rostro. Abre un ojo con dificultad y la sonrisa de Emma la recibe.
"Hola." Murmura, claramente orgullosa de sí misma.
"Hmmm-mmm..." responde Regina, dejándose hacer.
"Estoy muy de acuerdo." Asiente burlona.
"¿Se ríe de mí, señorita Swan?" carraspea elevando una ceja.
"Jamás se me ocurriría, majestad."
"Seguro." gruñe. "Insolentes plebeyos..."
La risa cantarina de Emma retumba contra su mejilla y Regina también se ríe. Estira sus entumecidos músculos y sin previo aviso gira sobre sí misma, llevándose a Emma con ella.
"Hola." Dice ahora sí en completo dominio de su ser.
Bajo ella, los ojos de Emma chispean y contesta con un: "Hmmm-mmm..."
"Insolencia tras insolencia, señorita Swan." Gruñe entrecerrando sus ojos, pero conteniendo una divertida sonrisa. Es imposible sostener su fachada de Reina Malvada cuando contempla semejante espectáculo. Su dedo índice se pasea delineando la mandíbula de Emma, su mejilla, su nariz, su ceja... Y se detiene cuando los ojos claros intentan decirle algo.
"¿Qué?"
"Todavía no te lo crees, ¿verdad?"
Una sola pregunta con la que se siente más desnuda aún. Respira hondo, aceptando que quizás su destino sea ese: permitir que Emma la lea como un libro abierto.
"No, aún tengo miedo de despertar y que todo haya sido un sueño."
Emma inventa una sonrisa tan pícara como tierna solo para murmurar: "Que sea real no significa que no esté siendo un sueño para mí. Un sueño cumplido."
Esas palabras son la esencia misma de la Salvadora. Dulces, traviesas y con una franqueza que desarma.
Chasquea la lengua para evitar que la sonrisa asalte su rostro por completo. "Qué peligro tienes, Emma."
"¿Peligro? Ninguno." Susurra muy lento contra su boca. "Me rindo por completo, majestad."
Regina muerde su labio y pierde su propia batalla al sonreír de oreja a oreja. "Zalamera..." gruñe descendiendo hasta sus labios y Emma se ríe, retumbando contra su cuerpo con cada carcajada. El beso desencadena un silencio húmedo y cargado de electricidad y Regina se adueña de la boca de la Salvadora entre cascadas de delirio y un anhelo casi tangible. Y ya no se sorprende cuando, al separarse, la voz jadeante y grave de Emma dice justo lo que necesita oír.
"Tenemos todo el tiempo del mundo para ir asimilando que somos reales."
Toma aire con fuerza, aprieta sus labios y, por una vez, escucha. Realmente lo hace. Y al instante siente cómo esa certeza de Emma, marca de la casa, se instala en su corazoncito. Sin prisa, sin pausa, rotunda.
Exhala en un lento suspiro, deja salir sus miedos y la inmensidad del espacio es ocupada por su apetito. "Quizás las evidencias tangibles..." ronronea, acariciando la nuca de Emma. "...me ayuden a asimilarlo." Concluye, buscando que su peso se encuentre con las caderas de la Salvadora.
El sonido que se escapa de su boca la vuelve aún más apetecible y Regina es consciente del delirio animal que se despierta en ella, de cómo su raciocinio desaparece y sólo quedan las ganas de Emma.
Pero ya no rondan los monstruos.
Ya no hay miedos cerca.
Solo un hambre voraz.
"Veamos cómo de cierta es esa rendición..." jadea contra su oído y muerde su lóbulo sin piedad. El cuerpo entero de Emma se sacude con una energía que estremece y logra zarandearla también a ella.
Una bombilla se enciende en su cabeza.
Una luz pequeña, chivata. Una certeza que comienza a tomar forma cuando los músculos de la Salvadora vibran con fuerza y su espalda se arquea sin dificultad, como si el peso de Regina sobre ella fuese una pluma.
"Emma..." murmura con voz vibrante y a ras de su boca.
"¿Regina?"
Los ojos miel son casi azabache. "¿Fingiste el desvanecimiento?"
El efecto de sus palabras es inmediato. El color sube por el cuello y tiñe de rojo hasta su frente. Boquea, pero aun así habla: "Nunca comenzaría nuestra relación con una mentira..." Regina eleva una ceja, Emma sonríe en medio de su sonrojo. "...así que no contestaré a esa pregunta."
Regina advierte la carcajada que aflora en su pecho, pero la Reina Malvada la retiene sin esfuerzo. Se yergue sobre Emma, casi sin moverse, pero de alguna forma crece sobre ella y su voz suena tan firme y tiránica que la Salvadora traga hondo y humedece sus labios al mismo tiempo:
"Oh, Emma... esto te va a salir tan caro."
"¿Qué quieres decir...?"
"Que pienso encargarme personalmente de que esta vez el desmayo no sea fingido..." masculla antes de arrojarse contra su víctima.
"Regina... ¡Oh, Dios! ¡REGINA!"
FIN
¿Qué os ha parecido? ¡Estoy deseando leeros!
