Capítulo dos.

EL COMPROMISO

Los reflejos de luz que anunciaban la llegada de un nuevo día, empezaron a filtrarse por las gruesas cortinas que enmarcaban las ventanas de la habitación, Candy, quien había permanecido despierta hasta altas horas de la madrugada, jaló por inercia el cobertor de la cama para cubrir su rostro, con el firme propósito de seguir durmiendo.

Sus planes se vieron truncados cuando las mucamas comenzaron a andar de un lado a otro por el corredor. Los gritos provenientes del jardín dieron la estocada final a sus intenciones de permanecer acostada hasta el mediodía. Ella siempre había considerado la mansión de Lakewood como un lugar tranquilo, pero ese día parecía ser todo lo contrario.

- Pero ¿qué es lo que está pasando aquí? ¿por qué tanto escándalo? – Masculló, con los ojos cerrados, rehusándose a abandonar la calidez de su cama. Estaba a punto de perderse de nuevo en sus sueños, cuando la imagen de su amiga se hizo presente en su mente - ¡Annie! – Exclamó, levantándose de golpe del colchón, y comprendió que la razón de ese alboroto era porque ese día por fin se realizaría la tan esperada fiesta de compromiso de dos de las personas más importantes en su vida.

Candy se recriminó a sí misma por ser tan mala amiga, después de todo, las dos jóvenes se habían vuelto tan cercanas desde su reencuentro en el Colegio San Pablo, como para que ella olvidara esa fecha tan especial.

– Todo es culpa de Albert – Pensó – Si él no estuviera fuera la mayor parte del tiempo, yo no lo extrañaría tanto y no tendría que pasar las noches en vela leyendo sus cartas – Ante tal deducción, sonrío satisfecha, habiendo encontrado una excusa perfecta para disculpar su grave descuido.

Lo cierto era que desde que había descubierto que Albert era "su Príncipe de la Colina", eran pocas las ocasiones en que podía estar a solas con él. Extrañaba aquella época cuando compartían ese apartamento de la Casa Magnolia, extrañaba el hecho de que pudieran vivir su vida sin tener que rendirle cuentas a nadie, extrañaba el tener su compañía incondicional todos los días.

Aun ese día, ella no estaba segura de que él pudiera acompañarla, pues una semana atrás, el patriarca había tenido que partir de improvisto hacia Inglaterra para supervisar un problema con los negocios que la familia tenía en ese País. Antes de irse, él le había prometido que llegaría un día antes de la celebración, algo que, obviamente, no sucedió. Ante esa realidad, la joven dejó escapar un largo suspiro, deseando con todas sus fuerzas que su novio llegara a tiempo para presenciar la ceremonia.

Sus pensamientos fueron interrumpidos cuando alguien llamó con insistencia a su puerta, ni siquiera le dio tiempo de responder, pues la puerta se abrió y el rostro regordete de Paty hizo su aparición a través de una pequeña abertura.

- ¿Acaso te acabas de despertar? – La recriminó su amiga, mientras examinaba su rostro adormilado.

- ¡Por supuesto que no! – Refunfuñó la rubia, fingiéndose ofendida – Es solo que estaba, estaba, dando gracias a Dios por este nuevo día – Afirmó, uniendo sus dos manos y levantando su vista hacia el techo, en un gesto, por demás, teatral.

Paty, quien tenía la intención de reprenderla, terminó riendo al ver esa actuación tan mal lograda. Candy, quien aún no abandonaba su pose religiosa, se unió a la risa de su amiga, olvidando la tristeza que minutos antes le había oprimido el corazón.

- Tan solo quería decirte que la Señorita Pony, la hermana Lane, y los niños, ya están esperándote en el comedor. Todos se levantaron muy temprano, antes de que saliera el sol. Yo también me desperté al escuchar los ruidos provenientes de su habitación – Le informó la castaña, cuando sus risas cesaron.

- Ellas acostumbran a levantarse temprano para atender a los niños, pero supongo que la emoción de saber que una de sus hijas está tan próxima a casarse, las hizo madrugar el día de hoy – Respondió Candy, dando un brinco fuera de la cama – Será mejor que yo también me apresure, faltan pocas horas para que la ceremonia comience y todos parecen estar ya muy adelantados.

La joven se vistió a toda prisa y bajó al comedor para alcanzar a sus madres, quienes la esperaban con paciencia. Los niños, incapaces de mover un solo dedo, observaban con asombro toda la cantidad de comida dispuesta sobre la mesa solo para ellos, pero en cuanto vieron llegar a su jefa pecosa, despertaron de su letargo y se apresuraron a comer la ración dispuesta en sus platos.

Después de desayunar, Candy empleó su tiempo en buscar una vestimenta a la altura de tan importante evento, luego de probarse hasta el último vestido disponible en su armario, llegó a la conclusión de que, aunque lo creía algo superfluo, necesitaba comprar más ropa para esas ocasiones especiales.

Estaba a punto de darse por vencida, cuando vislumbró una caja olvidada, escondida hasta el fondo del ropero y recordó que contenía un hermoso vestido rosa pastel, el cual había sido el último regalo que Albert le había hecho, pero que aún no había tenido oportunidad de estrenar.

La rubia sacó velozmente el vestido de su caja y se lo probó, para luego mirarse detenidamente al espejo. Satisfecha con la imagen que se proyectaba, sonrió y prosiguió a terminar con su arreglo personal, pues sabía que no le quedaba mucho tiempo para acicalarse, ya que, al asomarse por la ventana de la habitación, notó que varios de los invitados ya estaban siendo acomodados en los asientos escrupulosamente colocados alrededor del jardín.

Annie, junto con sus padres, hicieron su aparición pasado el mediodía. Ella lucía radiante con su vestido aguamarina diseñado especialmente para ese día. El novio, quien vestía un elegante esmoquin, la esperaba impaciente en la entrada de la mansión.

Candy, por su parte, se encontraba jugando con los niños cerca de la fuente, pero al ver a su amiga llegar, corrió a su lado para abrazarla y decirle lo hermosa que se veía. Al observarla, se dio cuenta que Annie ya no era más esa niña llorona e insegura que solía tener miedo de todo, si no que se había convertido en una mujer fuerte y valiente, capaz de luchar por lo que quería; algo que, sin lugar a dudas, la llenó de mucho orgullo.

La tía Elroy tomó su lugar en la mesa de honor junto con Archie, Annie y sus padres adoptivos, e hizo un llamado a todos los presentes para que hicieran lo mismo. Mientras la rubia avanzaba hacia el asiento que le había sido asignado, se preguntó si ella se vería igual de deslumbrante cuando tocara su turno de comprometerse con Albert. Ante tan atrevido pensamiento, se sonrojó, dejando escapar una risita nerviosa, ya que solo tenía algunos meses de haber iniciado su relación con él.

Una vez que todos estuvieron acomodados en sus lugares, la matriarca de la familia Ardlay se dispuso a tomar la palabra; estaba a punto de iniciar su discurso, cuando un estruendo proveniente de la entrada hizo que todos se giraran a ver lo que sucedía

- ¡Oh, por Dios, William! – Exclamó la anciana, al ver como el joven se levantaba del suelo, al tropezar con un mesero que llevaba bebidas para los invitados.

La rubia intentó contener la risa, pero le fue imposible, provocando que la tía Elroy le lanzara una mirada glaciar. Albert, en cambio, le guiño el ojo y siguió caminando como si nada hubiera pasado, hacia la mesa de honor.

Cuando los discursos y las formalidades terminaron, llegó el turno de los músicos, quienes comenzaron a tocar hermosas melodías a fin de amenizar el evento. El joven patriarca abandonó su asiento para buscar a su amada y llevarla a la pista de baile, ansiaba tanto poder besarla, pero sabía bien que no era el lugar ni el momento para que todos se enteraran de la relación que mantenía con su hija adoptiva, así que se limitó a bailar y platicar con ella durante el resto de la fiesta, guardando sus besos para cuando se encontraran a solas.

Los primeros invitados en irse fueron la hermana Lane y la señorita Pony. Ellas no deseaban pasar tanto tiempo lejos de su hogar, así que Albert dispuso todo para que uno de los choferes las llevara hasta su casa. Después de despedirse de Annie y Archie, las mujeres partieron junto con los niños, felices de haber sido parte de tan importante momento.

Al cabo de las 6 de la tarde, las pocas personas que aún quedaban se retiraron de la mansión y el rubio aprovechó para acercarse a su novia – Te veo en 10 minutos, en el estacionamiento – Le dijo y luego fue a despedirse de Annie, que se encontraba abordando el auto que la llevaría de regreso a casa de sus padres.

Una vez solos, los jóvenes pudieron darse los besos que tan celosamente habían guardado para ese momento, el hecho de demostrarse su amor cuando estaban solos, se estaba convirtiendo en una constante en su vida. Antes de que la noche cayera por completo, se fueron rumbo a la cabaña que usaban de escondite y donde solían recrear los lejanos y felices días que habían vivido en aquel pequeño departamento de Chicago.

Candy se esforzaba en mantener arreglado su refugio y solía preparar ropa y comida con anticipación para cuando llegara la ocasión de habitarlo; además, una de las mucamas se encargaba de hacer el aseo y alimentar a los animales tres veces por semana. Por órdenes del patriarca, antes de irse, la muchacha dejaba el periódico del día sobre el comedor.

Lo primero que hizo el rubio al llegar a su hogar improvisado, fue correr a la habitación para cambiarse de ropa, después de verse obligado a usar trajes diariamente, realmente había llegado a odiarlos. En lo que su novio se cambiaba, la rubia comenzó a escombrar la mesa para que pudieran sentarse a cenar, ya que le había pedido a una de las cocineras que le regalara un poco de la comida que había sobrado del banquete.

Al mover el periódico hacia otro lugar para poner la mesa, este cayó, dejando entrever las páginas de su interior. - Susana – Murmuró la joven, al reconocer la inconfundible cara de la actriz impresa en una de las hojas.

Con sumo cuidado, se agacho para recoger la página dispersa en el suelo y sus manos comenzaron a temblar al leer el encabezado de la nota.

"El mundo del espectáculo se encuentra de luto.

Muere Susana Marlowe, ex actriz de Broadway y prometida del actor Terrence Graham"

Ella no fue capaz de seguir leyendo, ya que sus ojos comenzaron a llenarse de lágrimas que empañaron su vista. Sus piernas, las cuales temblaban sin parar, empezaron a sentirse muy ligeras, como si estuvieran perdiendo su fuerza; consciente de que podía caer al suelo en cualquier momento, intentó llegar hasta el sillón, cuando finalmente lo consiguió, se desplomó sobre él.

Sintiendo que toda la energía de su cuerpo se le escapaba, cerró los ojos y por un instante, la imagen de Terry ocupó por completo sus pensamientos, fue entonces cuando dejó que todo ese dolor que le oprimía el pecho fluyera libremente. Candy lloró por todo lo que alguna vez había sido, pero, sobre todo, lloró por todo lo que pudo ser, pero que nunca fue.

- ¿Candy, ¿qué es lo que te sucede? ¿Acaso ocurrió algo malo?

La voz de su amado la regresó bruscamente a la realidad y al girarse, se dio cuenta de que se encontraba a un lado de ella, observándola. Poco le sirvió intentar esconder la nota del periódico, él fue mucho más rápido y se la robó de sus manos débiles y temblorosas.

- Entiendo – Fue lo único que el contrariado joven atinó a decir, en un esfuerzo por no demostrar el torbellino de emociones que se agolpaba en su cuerpo.

- No es lo que piensas – Dijo ella, con un hilo de voz, intentando recuperar la compostura – Es solo que esta noticia me ha…

- Puedes ir a buscarlo, sí es lo que deseas – Interrumpió él – Sabes bien que no te lo impediré – Finalizó y se sorprendió del daño que sus propias palabras le causaban. Tras finalizar la última oración, se dio la vuelta con la intención de alejarse de ese lugar que le estaba ocasionando tanto dolor.

Candy, quien en ningún momento había dejado de observar el rostro de su novio, revivió en su memoria a aquel hombre que se encerraba en sí mismo y se perdía en sus pensamientos cuando no era capaz de recordar ni siquiera su nombre y entendió que, aunque no lo expresara, él estaba sufriendo igual o mucho más que ella.

Al dar el primer paso hacia la habitación, Albert sintió las pequeñas manos de su amada, rodeándole la cintura.

- Tú eres mi felicidad – Susurró ella y aunque su voz era apenas audible, esa frase resonó fuerte y clara en los oídos de él.

El joven se giró y se encontró con dos ojos brillantes que lo miraban, suplicantes.

- Te amo Albert – Esa era la primera vez que la rubia le confesaba sus sentimientos y ese simple acto de valentía fue suficiente para devolver al patriarca la felicidad que creía perdida – Yo también te amo - Respondió él, y tras esa pequeña, pero significativa frase, sus labios se fundieron en un profundo beso, al cual le siguieron las caricias, más besos y muchas dulces palabras de amor.

Al cabo de un rato, su pudor desapareció y sus prendas comenzaron a caer, una a una, por la habitación. Cuando se dieron cuenta, se encontraban abrazados y desnudos en el piso, frente a la chimenea. Ambos estaban conscientes del paso que estaban a punto de dar y, sin embargo, no hicieron nada por detenerse.

- O -

Hola, buenas noches, les doy las gracias por el recibimiento dado a mi historia, de verdad, muchas gracias.

Hace varios años, yo era una lectora asidua de fanfics, pero poco a poco, las autoras de mis historias favoritas dejaron de escribir y yo dejé de entrar en la plataforma, aunque el gusanito de escribir una historia de mi autoría siempre estuvo presente y después de pensarlo mucho, aquí estoy.

Tengo que aclarar que este pequeño relato lo imaginé como un Terryfic, he escrito algunos capítulos, aunque aún no he decidido cuál será el final.

También les agradezco a todas las personas que se tomaron el tiempo de dejarme sus comentarios, los leí todos y les aseguro que en cuanto tenga un poco más de tiempo, me daré a la tarea de responderlos personalmente.

Espero que disfruten de leer este capítulo tanto como yo disfruté escribirlo.