Cigarrillos
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Realmente le habría gustado quedarse un rato más, sin embargo, la idea de que Ripley pueda llegar en cualquier momento y vea al tipo responsable de que su pequeña princesa pirata haya muerto no le hacía mucha gracia, tal vez al ptero sí una vez vea que tendría la oportunidad de saldar cuenta, pero a Anon no.
«Otro día será —pensó, pasando su mano por encima de la lapida para quitar un poco la tierra de las botas de la parasaurio que había estado maltratándola. —. Hasta ahora, solo confórmense con nuestra conversación de diez minutos».
Mientras salía del cementerio, saludó de forma poco animada al guardia que le salvó al vida de ser empalado por el puño de un parasaurio y cruzó la calle para esperar al autobús que lo dejaría justo en la entrada de Skin Row. Como siempre, tardó un poco en subir las escaleras del transporte, se disculpó de antemano con el conductor, ahogó su enojó al recibir la típica mirada de asco y se sentó al fondo. En el camino, pensó en lo que había pasado.
«Entonces... Naomi tiene una hermana —tocó su barbilla, en una mezcla de preocupación y extrañeza. —. Y parece que se la tiene jurada a Fang... obviamente —se llevó la mano a la cara al pensar en eso. ¡Claro que se la tendría jurada a aquella que mató a su hermana! —. Anon, maldito estúpido».
Anon en ese momento se preguntó por qué justo ahora se la encontraba haciendo una cosa así y no antes. Naomi había muerto hace tres meses, y si ella lo hubiera hecho antes, entonces Ripley se habría enterado y se habría quedado a vigilar en caso de que lo hiciera de nuevo... y en tal caso, aquella versión con esteroides de Naomi habría muerto de un golpe por un palo de golf... ¿Por qué justo ahora estaba atacando a Fang?
Anon sacudió la cabeza. La razón y el tiempo no eran importantes, sino el hecho de que aquella tipa, sin importar su enojo, estaba atacando la lápida de la persona que él amaba y que alguna persona lo amó a él. Y, ya que Anon se lo ponía a pensar... ¿Era realmente necesario que hiciera algo? Una vez el padre de Fang reciba la noticia, el muy demente movería cielo y tierra por dar con la pobre diabla que faltó el respeto a la memoria de su difunta hija..., y entonces una persona que solo estaba enfadada por la perdida de un familiar posiblemente saldría con los huesos rotos por ello.
«Qué problema», pensó Anon.
Aunque, ahora que se ponía a pensar más a detalle... ¿Importaba? No era su problema. Después de todo, aquella persona le había dicho skinnie de mierda y casi lo manda nuevamente al hospital, ¿así que por que debería de preocuparse si el padre de Fang la espera un día por si lo vuelve a intentar y termina bajo tierra, al lado de la tumba de su hermana parasaurio? Para Anon, esa chica podía joderse, pues a él no podría darle más igual.
Se acomodó un poco en su asiento, sobando un poco su rodilla mala para hacer una preparación mental al momento de comenzar a caminar hasta su apartamento.
«No te metas en asuntos que no son tuyos, Anon Y. Mous... —se dijo internamente. —. Sabes que será mejor para ti... sabes que será mejor para todos...».
—¡Oye, Skinnie! —lo llamó el conductor desde el asiento del conductor. Parecía molesto. —. ¿Vas a seguir hablando solo o vas a bajar de una vez?
Anon soló le mostró el dedo de en medio de forma algo disimulada antes de bajar apresuradamente y comenzó a caminar hasta su chiquero al cual él llamaba departamento.
Una vez llegó, soltó varias maldiciones mientras subía las escaleras y entró, cerrando la puerta detrás de sí. Lanzó su bastón hacia el suelo, justo al lado de su cama y cojeó hasta la alacena y sacó dos hojuelas de una caja de cereal y las aplastó con el índice contra el pulgar. Caminó hasta Raymba y dejó las migajas justo a un lado de él y se tiró boca abajo a la cama sin antes fijarse que su amiguito había empezado a comer. Soltó un gran bostezo y luego se fijó en su despertador.
Las seis de la tarde. Y de alguna manera, Anon aún seguía sin tener hambre pese a no haber desayunado ni almorzado. Bueno, eso significaba que no necesitaba comer, al menos no en sus reglas.
... y para colmo, tampoco tenía sueño. Se puso boca arriba, con las manos atrás de la cabeza. Miró su computadora, y se puso a pensar que hacía mucho tiempo que no la usaba; había perdido las ganas luego de que por algún motivo, su amiga StegoStar le haya dejado de hablar de un momento para otro. Eso era jodido, pues luego de su Raymba, era la única a la que le tenía un poco de cariño.
Una cosa era que alguien te pida que te dejen de hablar, ¿pero un ghosteo? Eso era cruel. Y la peor parte era que Anon no se quejaba mucho realmente, pues tampoco era como si no mereciera que cada ser vivo le deje de hablar, además, seguramente por su estado mental actual, se habría inventado alguna excusa para dejarle de hablar también, o de plano habría sido él quien le de la ghosteada.
«Como siempre, no tengo nada que hacer —dijo en un murmullo, creyendo que era otro pensamiento interno. —, y tampoco es que quiera...».
Volvió a palmear su bolsillo, dándose cuenta que sus cigarrillos seguían sin estar ahí. Llevó su mano a la cara, sintiéndose un tonto. Al recordar que los había olvidado ahí antes de irse, se sentó en su cama y recorrió su mano en la oscura habitación en busca de su caja de Rexboro. Al sentir el cartón ligero, sus ojos se iluminaron y lo tomó.
Gran sorpresa fue la suya cuando abrió la caja y se encontró con el vacío de una cajetilla carente de cigarros. Nuevamente se llevó la mano a la cara.
«¡Nunca te los olvidaste, maldito imbécil, te quedaste sin cigarrillos y olvidaste tirar la caja!».
Molesto, se puso de pie con dificultad y comenzó a cojear hasta el refrigerador. Si no podía meterse nicotina al cuerpo, al menos podía beber beber algo de alcohol y tomar nuevamente otra siesta hasta despertarse del hambre y devorar cualquier cosa que encuentre.
... no había nada más allá de una lata de refresco medio vacia. Anon soltó un gruñido de frustración. "A la mierda", se dijo, y abrió el freezer, pensando que si no había nada para beber al menos podría comer algo en ese momento y no después. Lo único que había ahí dentro era una bolsa de Dino Nuggets a la mitad. Anon cerró el freezer con fuerza. Ni de chiste comería eso.
Anon suspiró, dándose cuenta que ya hacía tiempo que no compraba provisiones para su departamento en decadencia. Soltó una maldición en voz baja, pensando que nuevamente tendría que salir, y si no era por un par de cigarrillos y una cerveza, tendría que ser por comida así no morirse de hambre. Cojeó hasta donde estaba su bastón y se hincó para tomarlo de forma brusca. Palmeó su otro bolsillo para confirmar que su billetera seguía ahí y salió de su apartamento nuevamente.
«Bien hecho, grandísimo anormal —se dijo a sí mismo mientras caminaba por las sucias calles de Skin Row. Se aseguró de mirar al frente, ya que había aprendido de mala gana que los vagabundos que dormían por ahí no disfrutaban mucho el recibir miradas de un humano. —. ¿Por qué no revisas si no necesitas nada antes de ir al puto cementerio la próxima vez y no tener que hacer dos viajes como si tu rodilla fuese como antes de recibir un tiro? O mínimo admite que te gusta auto-sabotearte o algo por el estilo, al menos serías más honesto contigo mismo por una vez».
Anon pasó de largo una tienda que tenía lo que quería. Por más que su rodilla doliera por una caminata, prefería ir a una que creía que era mayor de veintiuno; realmente quería una cerveza y una cajetilla de cigarrillos. Luego de unos minutos mientras apretaba los labios del dolor punzante en su rodilla, finalmente llego a una tienda más apartada. En otros casos, Anon había visto al empleado de turno ahuyentar a adolescentes como él que realmente creían que podrían comprar alcohol como él, pero suerte la suya, el tipo en su vida había visto a un humano en persona y se había tragado por completo el cuento de que el chico tenía veintidós.
«Tal vez el bastón también haya ayudado a que se la crea», pensó en su momento.
Otro punto bueno, era que como conocía al empleado por algunas conversaciones (las cuales en la mayoría Anon se quedaba callado puesto a que no tenía mucho interés y solo quería quedarse en su cuarto a emborracharse y sentirse miserable), este le permitía quedarse en la tienda unos minutos para que su rodilla descanse lo suficiente antes de volver.
Anon dio un paso dentro de la tienda, y el empleado Stego que miraba su teléfono se dio cuenta que era él por el sonido de su caminata levemente irregular. Levantó la cabeza y saludó con su mano antes de volver a ver su teléfono. Anon no se molestó en saludarlo y tomó un canasto para ir fondo de la tienda para buscar un par de latas de alcohol. Antes de eso, varios paquetes de carne congelada y de fideos y dos botellas de refresco antes de ir al refrigerador que contenía la cerveza. La vista del paraíso de latas de alcohol fue lo único relativamente bueno que tuvo ese día, o incluso semana, quitando la pequeña conversación con Fang y Naser, obviando el hecho de que arruinada por aquella parasaurio y el hecho de que se tuvo que ir antes de que el señor Aaron llegue, claro está. Anon metió seis latas al canasto, y antes de cerrar el refrigerador, una voz que había oído unas dos horas atrás sonó por todo el lugar.
—¡¿Cómo que no parezco de veintiuno?! —rugió una voz femenina que tenía un tono amenazante. —. ¿De verdad crees que luzco como una puta niña?
«Debes estar jodiéndome», pensó Anon, girando la cabeza para ver en dirección al mostrador.
Ahí estaba ella. Solo la veía de espaldas, pero esa cabellera rubia, la cola rojiza con picos y aquella chaqueta del mismo color pero de un tono más oscuro fueron más que suficientes para confirmar que era la mujer con la que Anon se topó en el cementerio. El chico decidió mantenerse al margen y quedarse detrás de un estante. ¿Qué rayos hacía ella aquí? ¿Acaso seguía resentida por haber sido tirada al suelo por Anon?
Sacudió la cabeza. «Maldito estúpido, claramente está hablando de cigarrillos», pensó. Entonces solo quedaba lo más lógico: La suerte de mierda de Anon Y. Mous lo había vuelto a condenar, haciendo que terminen en la misma tienda, al mismo tiempo, el mismo día y para rematar, buscando exactamente lo mismo.
Qué ridículamente conveniente... o poco conveniente, en el caso del humano.
—Oye, por favor —el tono de aquella parasaurio pareció volverse más suave, casi rozando lo suplicante. —. Olvidé mi licencia, ninguna tienda me cree cuando digo que soy mayor, y este es de los últimos lugares en los que puedo comprar, ¿no podrías hacer vista gorda y venderme una puta cajetilla de cigarros?
«... bueno, no es problema mío —pensó Anon mientras el tipo detrás de la caja registradora el cual él no recordaba su nombre (aún cuando el stego se lo dijo varias veces) explicaba por qué no podía venderle, y claramente no tenía por qué ser su problema. Tal y como se había dicho con frecuencia, no se iba a meter en problemas los cuales no son suyos; de por sí ni siquiera arreglaba los suyos. —. Solo sigue metiendo cosas al canasto, y espera a que aquella loca se marche».
Anon fue directo al pasillo de los cereales; a Raymba se le estaba acabando el alimento.
—Amigo, en serio —Mia juntó las manos en señal de suplica. Anon vio eso de casualidad mientras metía una caja de cereales de segunda marca en el canasto. Le empezaba a parecer patético. —. Tuve una semana muy. muy, MUY jodida, y lo único que podría...
El humano se dirigió al pasillo de fideos, pensando que tal vez debía tomar un paquete extra. Ya no quería escucharla.
«Nope, no es mi problema —se repitió. —. ¿Por qué le estoy empezando a dar vueltas? Al final del día es una lunática que quiso destruir el lugar de descanso de Fang, ¿por qué debería de ponerme a pensar en...?»
"¿... también se la tienes jurada a esta perra mata hermanas?"
La imagen del cuerpo sin vida de Naomi tirado en la sala del consejo estudiantil sobre un charco de sangre pasó por la mente de Anon. Nuevamente, y como si se estuviese volviendo una especie de tic nervioso, Anon llevó su mano a la cara, dejando escapar un profundo suspiro.
«... no voy a hacer lo que creo que voy a hacer, ¿verdad?»
Aún con sus pensamientos en contra, Anon caminó hasta el mostrador en dirección a la mujer aún suplicando e insistiendo por una mísera cajetilla de cigarrillos.
«Tienes que estar jodiéndome, simplemente espera a que se vaya, Anon...» —se insistió a sí mismo en sus pensamientos, aunque él siguió avanzando.
—Está bien, Henry —dijo Anon, poniendo el canasto sobre el mostrador como si sus palabras no hubiesen sido suficientes para llamar su atención. —. Conozco a esta chica, y sí tiene veintiuno. —Mientras decía la mentira, pudo sentir como aquella parasaurio lo miraba. Anon decidió no voltear a verla, tal vez por vergüenza, posiblemente porque no le importaba mucho su reacción... o porque era tan aterradora que el humano prefería no confrontarla.
La parasaurio al principio miró con extrañeza al humano, luego su expresión cambió a una de profundo enojo cuando se dio cuenta que fue el mismo tonto que la tiró al suelo en el cementerio, pero al final, decidió solo mirarlo fijamente con una ceja levantada, expectante a ver si el calvo tenía alguna intención oculta detrás de aquella "ayuda" que intentaba brindarle.
—Mi nombre es Jerry ←dijo el stegosaurio, no muy enojado al ya estar acostumbrado a que Anon se olvide de como se llama. —. ¿Estás seguro? Me puedo meter en un problema bien jodido si le vendo cigarrillos a un menor.
«No es como si no lo estuvieses haciendo desde siempre...».
Jerry miró a Anon por un momento, confundido.
—Oye, ¿a qué te refieres con eso, Anon?
Anon abrió los ojos de par en par cuando se dio cuenta que acababa de murmurar eso.
—¡Eh, quiero decir...! —se aclaró la garganta. —, ¿a-acaso no viste las noticias? Estadísticamente, un noventa por cierto de empleados de tiendas le venden alcohol y cigarros a mocosos de preparatoria sin saberlo. Infórmate más, amigo —sonrió falsamente, esperando a que Jerry se tragase esa mierda de mentira. —. Oye, ¿ya le vas a cobrar o no?
El stegosaurio miró por unos momentos a Anon con los ojos entrecerrados antes de resignarse y tomar detrás de sí una cajetilla de cigarrillos de la misma marca que solía comprar él y entregárselos a la parasaurio. La chica sacó su billetera del bolsillo y la abrió, solo para abrir los ojos del pánico al ver el contenido... o falta de contenido en este caso.
—Uh... —Eso fue lo único que pudo gesticular ella, sin poder explicar que no tenía suficiente dinero y que casi armó un numerito en la tienda por absolutamente nada.
Anon suspiró, sacando su billetera y mirándola.
—Asegúrate de darme un par —le dijo a ella, y volvió a ver a Jerry. —. De paso dame dos cajas de la marca que pidió ella... no, que sean tres —agregó al final cuando Jerry había tomado tres.
Mia lo miró por un momento antes de guardar su billetera. Aún no se atrevía a decir nada, aún así, y para sorpresa de Anon, ella fue al fondo de la tienda y volvió con dos latas de cerveza... precisamente de una marca que Anon detestaba. Ella lo observó expectante, mientras él solo le devolvió la mirada con los ojos entrecerrados, pero a la vez su expresión seguía sin reflejar emoción alguna.
«¿Ya ves? —pensó para sí mismo. —. Ahora está aprovechándose, maldito púsilanime».
Sin embargo, y pese a sus pensamientos internos, Anon soltó un suspiro y pidió que le cobrase eso también. Luego de un rato, Jerry le entregó a Anon sus compras en dos bolsas plásticas y él las tomó con su mano libre después de entregarle el dinero. Como siempre, Anon salió y se quedó a un lado de la entrada para descansar su rodilla. Puso su trasero al suelo y sacó un cigarrillo.
Realmente esperaba que después de eso, aquella chica haya decidido seguir su camino y dejarlo en paz, ¿en qué rayos estaba pensando? Solo eso faltaba, que una versión de Naomi con mayor estatura y cuerpo muy posiblemente tonificado se entere de que él era la pareja y gran responsable del incidente que le quitó la vida a su (posible) hermana. Como siempre, Anon nunca hacía caso a la lógica, ya hasta empezaba a creer que realmente disfrutaba el meterse en situaciones que muy seguramente lo dejarían inválido de por vida o con el cuerpo totalmente magullado a causa de una paliza por parte de una mujer que igual y hace pesas.
—¿De casualidad tienes fuego también?
Anon levantó la cabeza, encontrándose con aquella parasaurio, mirándolo desde arriba. Ella parecía aún estar expectante a cualquier cosa que vaya a hacer o decir el humano. Sacó un encendedor bic rosa y se lo entregó.
—Creí que después de los cigarrillos ibas a irte —comentó él, tomando el encendedor una vez ella encendió su cigarrillo. Él encendió el suyo y dio una profunda bocanada.
Ella se encogió de hombros.
—Bueno, eres el skinnie con el que casi me batí a golpes en el cementerio, y ahora hasta me compraste un paquete de cigarros y una cerveza —explicó, y luego dejó una de las dos latas a un lado de Anon para después sentarse junto a él.
—Es como... una disculpa por haberte tirado al suelo —mintió. Anon no era estúpido, no iba a decirle que era una especie de cortesía por ser la hermana de la chica cuya sangre estaba en sus manos. —. Tal vez pude haber intentado seguir dialogando, pero se me cruzaron los cables demasiado fácil.
Ella abrió su lata y dio un largo sorbo. Ninguno de los dos tenía algo que decir ante eso, Anon no quería alargar esa disculpa de mentira, y la chica no quería decir un "no te preocupes por eso". El silencio incómodo era, de alguna manera, algo menos incómodo que una conversación, pero entonces la parasaurio decidió romper el silencio.
—La tipa que ocasionó el tiroteo era amiga tuya, ¿verdad? —cuestionó ella. —. Bueno, no se me ocurre otra razón por la que habrías querido proteger la lápida.
Anon pensó un poco antes de responder. Sí, definitivamente lo mejor era decir que sí antes de aclarar que era su novio.
—... sí —soltó en un murmullo bajo mientras abría su lata. Le dio un pequeño sorbo, temblando del disgusto. Definitivamente, esa marca que eligió la chica era una total basura.
—Oh. —Fue lo único que soltó. Su tono y expresión eran neutrales, impidiéndole saber a Anon si ella dejaría pasar eso, o por el contrario solo la animó más a romperle la cara. —. ¿Y estás consciente de que la mierda que hizo fue algo muy jodido? —Anon no respondió a esa pregunta. Realmente no tenía muchas ganas de hablar del tiroteo... ni con la parasaurio.
Decidió cambiar de tema, por precaución. Lo mejor era no soltar nada, si es que quería seguir viviendo... aunque, en realidad no quería eso con muchas ansias.
—¿... qué haces en Skin Row?
Mia levantó la ceja. Quería cuestionarle por qué ignoró su pregunta, pero decidió dejarlo pasar.
—¿Acaso hay algo que te haga saber que no soy de esta pocilga?
Anon dio una bocanada al cigarrillo antes de responder.
—Bueno..., ¿de casualidad eres hermana de Naomi Moretti, o algo así? Digo, creo que ella era de familia acomodada, y...
Anon se detuvo a media oración cuando notó que el aire se puso más pesado..., algo debió de haber dicho mal, otra vez. Hubo un gran silencio entre los dos luego de esa pregunta. La chica quedó congelada ante eso y lo miró con una expresión seria. Anon quiso llevarse la mano a la cara una vez se dio cuenta de lo que hizo.
«¡Muy bien, idiota! —pensó. —. ¡La idea era no hablar del tiroteo y tú vas y sacas a su posible hermana muerta al aire, ¿qué tal si también...?!»
—¿Y qué si lo soy? —La parasaurio entrecerró los ojos, sacando a Anon de sus pensamientos. —. ¿Ibas tú también a su escuela, o algo así?
El calvo tragó saliva de forma disimulada mientras sentía un escalofrío recorrer desde su cadera hasta la nuca. Si no elegía bien sus palabras, entonces era hombre muerto.
—Y-yo... era compañero en algunas clases con ella. ¡P-pero nunca llegué a hablarle o algo por el estilo, todos la conocían por ser presidenta del consejo estudiantil!
Ella pareció retomar el control de su temperamento, y asintió.
—Oh. Creía que eras el conserje, o algo así.
Anon levantó una ceja,
—¿Qué? ¿Y por qué pensarías que...? Oh —entrecerró los ojos. —. Para tu información, el hecho de que sea un humano no fue un impedimento para que yo...
—¿Huh? No lo dije en ese sentido, idiota —aclaró ella. —. Digo, el tipo de ahí te vendió cigarrillos como si nada, uno pensaría que por tu apariencia y ropas tienes como, no sé... ¿veinticinco?
—¿Qué? ¡No! —Anon le dio una mirada rápida a la entrada. Jerry no prestaba atención por estar en su teléfono. El humano se calmó y se acercó unos centímetros a ella para susurrar. —. Solo tengo diecinueve, para tu información. Ese tipo solamente cree que tengo más edad por mi falta de sueño y mala suerte.
Ella soltó un bufido, y luego tomó lo que quedaba de su cerveza en un gran sorbo, luego aplastó la lata contra su frente.
—Ya veo —dijo ella, tirando la lata a un lado, carente de consideración por las calles. —. Y respondiendo a tu pregunta anterior: He estado intentado conseguir que algún idiota en alguna tienda me venda cigarrillos, pero carajo, ¿tienes idea de lo complicado que es cuando pierdes tu licencia falsa en otra ciudad? —Ella explicó todo eso como si fuese la tragedia del siglo. Anon en cualquier otra circunstancia, se reiría, pero en su contexto, y por la persona posiblemente agresiva que era ella, lo mejor era mantenerse sereno. —. En una de esas, un raptor con pintas de maricón me dice: "Bueno, muñeca, en lugares que respeten las leyes no hay ningún idiota que te vendería eso sin antes pedir tu licencia, pero igual y algún maloliente en Skin Row podría darte media cajetilla si le haces una mama...", y antes de que termine la frase le partí el hocico... mira, aquí está la prueba: —ella mostró el dorso de su mano. Anon tragó saliva al ver los nudillos algo magullados. El golpe debió ser fuerte, y mucho. —. Tengo posiblemente la peor semana de toda mi vida, y el tipo piensa que puede hablarle así a Mia Moretti. —Le da una última bocanada al cigarrillo y apaga la colilla contra la acera. —. Por mi, que se trague un cargamento llenos de pitos... cuando su hocico sane, claro está. Por eso estaba dando una vuelta en Skin Row.
«¿... y no notó que no traía dinero suficiente para pagar unos putos cigarrillos?».
—Nop, no lo noté hasta ahora.
Anon suspiró. Últimamente se había despreocupado mucho más con el tema de sus murmullos considerando que apenas si tuvo charlas presenciales con gente en los últimos tres meses. Todas eran con cajeros de tiendas o desamparados que le pedían cambio.
—... ya veo —soltó Anon, dándole una última mirada a la mano lastimada de Mia. Definitivamente, no quería recibir un golpe de ella.
—¿Y bien? —dijo ella, mirándolo. —. ¿No vas a decirme qué haces tú en Skin Row, Pata de Palo?
«¿Pata de palo? —se preguntó internamente. —. ¿Por qué carajos...? Oh. —Entrecerró los ojos, tomando con un poco más de fuerza su bastón».
—Vivo aquí —aclaró él.
Ella siseó entre dientes.
—Que un Dino viva aquí, ya es jodido. ¿Pero un humano, y encima lisiado? —Le dio un vistazo rápido al bastón. —. Bien, eso ya es una puta tragedia.
—¿Sí? Pues gracias por los putos ánimos —contestó usando un tono irónico, y aunque ella dejó escapar un resoplido, a él no le hizo mucha gracia.
—Bueno, no soy el tipo que decide sentarse aquí en un barrio peligroso y a merced de todos, ¿por qué rayos seguimos aquí en primer lugar?
Anon le dio dos palmadas a su rodilla débil en respuesta a su pregunta.
—Mi pierna se cansa muy fácil. Tengo que descansar unos minutos luego de una caminata de varias calles.
«¡Bien, ahora es mi oportunidad! —pensó, y luego se puso de pie soltando un pequeño quejido. —. Mi pierna está bien, te "disculpaste" lo suficiente y no parece tener intenciones de darte una paliza, ahora es cuando me voy».
—Bueno... —Anon puso sus bolsas de compras colgando del brazo del cual sostenía el bastón y con la otra mano tenía su lata de cerveza casi sin haber sido bebida. —. Linda charla, pero creo que ya es hora de que vuelva a mi casa y...
—Espera —interrumpió ella con un tono frio. Se puso de pie, dándole a Anon algo de nervios, pensando en si había dicho algo que alertara a Mia de cualquier cosa que lo involucre con el incidente. —. Ahora "casi" me siento mal por hacerte comprar mis cigarrillos y la cerveza. Voy a acompañarte.
«¡Oh, lo que me faltaba!».
—Uh..., ¿segura? P-puedo cuidarme solo —cuestionó, entrecerrando sus ojos.
Ella se encogió de hombros.
—La verdad, mentí —dijo luego de unos segundos de silencio incómodo. —. En realidad voy a acompañarte porque este lugar parece mucho más jodido de lo que creí, y tú pareces más familiarizado.
Anon quiso negarse al principio, pero Mia le daba la impresión de ser la clase de persona que no aceptaba un no por respuesta, y de recibir uno, entonces las consecuencias para quien se lo daba no serían agradables. Un par de minutos después, Mia se encontraba al lado de Anon, bebiendo de la lata la cual se suponía era de él. El humano realmente se encontraba incómodo, y ya no sabía si era porque quien estaba a su lado era hermana de una de las victimas o si era por el hecho de que la conversación que tuvo anteriormente y la caminata de ese momento era el mayor nivel de interacción con una persona en varios meses. Sea cual sea el caso, Anon realmente habría preferido volver solo a su nido de conformismo llamado departamento. Y justo en ese momento, se preguntó por qué diablos había pensado que fue una buena idea ayudarla, después de todo, ella aún no se disculpaba con él por casi molerlo a golpes y profanar la memoria de Fang de esa forma, a Anon al final del día ni siquiera le tenía mucho aprecio a Naomi, ¿por qué tenía que echarle una mano a un familiar suyo que seguramente no daría un carajo por él y seguro lo mataría si se llegase a enterar de la verdad? De primeras le sorprendía que se la haya encontrado justo en ese momento y no las primeras semanas luego de la muerte de Fang.
Anon levantó una ceja cuando se puso a pensar en eso.
«... espera, ¿siquiera hizo algo así antes? Estoy seguro que de haber sido así, Ripley habría vigilado el lugar de descanso de sus hijos para encontrarla y me habría visto... y de ser así, yo ya estaría muerto». Se llevó una mano a la barbilla, pensativo.
Al menos ahora tenía un tema de conversación y una duda nueva.
—Oye... Mia, ¿verdad? —dijo Anon, atrayendo su atención. Fortuna la suya que ella haya dicho su nombre antes, porque no tenía muchas ganas de preguntarlo, porque ella haría lo mismo con él.
—Ese es mi nombre —asintió ella.
—Si no te molesta, ¿podemos hablar de lo que pasó hoy en el cementerio? Tengo una pregunta que hacerte —Mia entrecerró los ojos mirándolo mientras le daba otro sorbo a la cerveza. El silencio fue como una forma de decirle a Anon que podía preguntar sin que ella lo amenace de muerte en el proceso. — ¿Acaso es la primera vez que hacías eso con la tumba de Fa- Lucy?
Mia tardó un poco en responder.
—Algo así. ¿Qué, quieres saber por qué no lo hice nada más Naomi murió? Bueno, no tengo ganas de hablar de eso —Dio otro sorbo. Anon notó como esta vez ella bebió de una forma más desesperada, como si ella intentase ahogar algo.
—... está bien. —Anon suspiró. Si no tuviera las manos ocupadas, se habría dado otra palmada a la cara. ¿Cómo podía ser tan estúpido? Antes de toda conversación para asegurarse de que ella no quiera partirle la columna, sería mejor intentar que no vuelva a hacer lo que hizo hoy con la lápida de Fang. Anon pensó por un momento qué podría decir antes de que sus ojos se iluminen al recordar a la razón por la que no suele ir temprano a ver a Fang. —. Pero, hablando de lo que hiciste... no creo que sea buena idea volverlo a hacer.
El ambiente había vuelto a ponerse pesado. Anon sintió como Mia le lanzó una mirada asesina por el mero hecho de decirle que no podía volver a arruinar la lápida de Lucy Aaron.
—¿Debo tomarme eso como una amenaza, Pata de Palo? —Preguntó Mia con un tono amenazador.
—¡N-no, solo lo digo por tu seguridad! —Dijo Anon. Estaba tan distraído que por poco y suelta su bastón para agitar su mano. —. Mira, el padre de F-Lucy es comisario de policía, y...
—Dices que podría arrestarme —dijo ella, queriendo terminar la frase por él.
—La sacarías barata si te llega a arrestar —corrigió Anon. —. Pero no, ese tipo es literalmente capaz de mandar a volar tu cabeza con un palo de golf. Ya tenía intenciones asesinas conmigo por el mero hecho de ser amigo de su hija, ¡imagina lo que haría contigo por haber hecho lo que hiciste!
Anon apretó la mano que sostenía su bastón por los nervios. Realmente esperaba que fuese a tragarse ese cuento que no se alejaba mucho de la realidad. Mia rodó los ojos al escuchar todo eso.
—Mira, honestamente hice lo que hice porque se me cruzaron los cables cuando vi la tumba de la perra de tu amiga, no lo planeaba, pero cuando fui a ver a mi hermana, quise buscar la tumba de aquella Lucy por mero morbo, y... bueno, pasó algo.
Nuevamente, sintió el mismo tic nervioso en el parpado una vez volvió a oír a Mia referirse a su Fang como una perra.
—¿El qué? —preguntó, apretando los dientes.
—No te importa —respondió de forma cortante, pasándole la lata. Anon negó con la cabeza y ella se encogió de hombros, decidiendo tomar lo que quedaba. Una vez la lata quedó vacia, Mia la estrujo con una mano y la arrojó detrás de sí en la acera. —. Pero podría responderte si me dices como terminaste así —señaló el bastón.
Anon desvió la mirada por un momento antes de contestar.
—... yo también estaba en la escuela aquel día. —Anon había dicho eso en un tono bastante frío. No quería contestar así (de hecho, ni siquiera quería contarle en primer lugar), pero lo que menos quería en ese momento (y en todos los momentos), era forzarse a recordar.
Mia quedó en silencio, mirándolo por un par de segundos más. Luego, solo se limitó a poner su mano en su frente y soltar un enorme suspiro de frustración.
—Y aún así quisiste defenderla, ¿eh? —Mia dejó escapar un bufido. —. Justo cuando empezabas a caerme más o menos bien.
Anon rodó los ojos. De por sí, antes ella le caía mal, pero ahora definitivamente la quería lejos de su vista. A ese punto no sabía si seguía intentado ser cordial por mera lástima por lo que pasó con Naomi, o porque ya se estaba empezando a cansar de fingir que no necesitaba hablar con nadie.
—Me da bastante igual el si te caigo bien o no —dijo él, asegurándose de que su tono sea tan cortante como el de ella, deteniéndose justo enfrente de su edificio. —. Bueno, hasta aquí llego yo. La salida de Skin Row se encuentra a unas dos calles adelante —señaló la salida a lo lejos, luego se dio la vuelta, preparándose mentalmente para subir las escaleras, carente de toda intención de despedirse.
—Espera, skinnie —lo llamó. No siguió hablando hasta que Anon volteó a verla desde el tope de las escaleras. Mia agitó levemente la caja de cigarrillos. —. Agradezco el gesto, aunque no pienso disculparme por lo que pasó en el cementerio ni por llamar perra a tu amiga.
Anon hizo una mueca de disgusto.
—Entiendo. Si me disculpas, yo...
—Y aún no me has dicho tu nombre —interrumpió.
El humano soltó un suspiro.
—Soy Anon.
Mia guardó los cigarrillos en su bolsillo trasero antes de proseguir.
—No tengo muy buena opinión de ustedes los skinnies por algunas cosas de mi último año en la preparatoria, ¿sabes? Pero después de los días completamente mierderos que tuve últimamente, aprecio lo que hiciste en la tienda, y quitando el hecho de que claramente estuviste pasivo-agresivo conmigo, fue agradable hablar con alguien que no se siente incómodo cerca de mi, aparte de mis padres.
Anon entrecerró los ojos. ¿Realmente no se había dado cuenta que él quería estar lejos de ella fuera del hecho de que quería asegurarse de que no vuelva a molestar a Fang? La peor parte, es que ni siquiera podía estar seguro de si realmente ella no lo haría de nuevo. Absolutamente todo había sido una perdida de tiempo para él.
—No hay de qué. También fue agradable —mintió, asegurando que su falso tono fuese lo bastante convincente.
Mia asintió y saludó con su mano antes de irse marchando. No hubo necesidad de alargar la despedida con un "hasta luego", puesto a que ninguno de los dos tenían la intención de volverse a ver. Anon suspiró aliviado, pensando en que pareció haber esquivado una bala con ella, ya que tenía pinta de ser la persona que bien y le pudo haber dado una paliza por el mero hecho de sospechar que aquel incidente en Volcano High fue en gran medida su culpa.
Suspiró frustrado al pensar que por culpa de ella, seguramente Ripley empezaría a estar más a menudo por el cementerio. Eso le dificultaría el visitar a Fang de forma seguida de ahora en adelante.
—A la mierda —dijo para sí mismo. —. Ya me las arreglaré.
Agradeciendo que ya no tendría que volver a verla otra vez, Anon entró en su departamento y dejó las bolas de compras en su pequeña cocina. Mientras dejaba las cosas en el refrigerador, miró por un momento el contenido de estas y llevó sus manos a la cara, soltando un enorme grito de frustración en el proceso.
Por el mero hecho de habérsela olvidado, ese día tuvo que salir una tercera vez solo para ir a comprar leche.
