Los personajes pertenecer a Stephenie Meyer.
La historia es mía y está protegida por Safecreative. ¡No al plagio!
No doy autorizaciones para su publicación y tampoco para su adaptación.
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Canción del Capítulo:
"Photograph"— Ed Sheeran
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Capítulo 11: Fotografías. Parte 1
De: Isabella Swan
Para: Edward Cullen
Fecha: 12 de enero de 2014 09:26
Asunto: Pecas asesinas v/s francés famélico
Estimado Señor Cullen:
Yo que usted considero este como su día de suerte, ya que mis pecas se han levantado benevolentes para franceses con gusto de comida para niños y con cierto apego a que lo mimen con ella. Por otro lado, creo que es algo injusto adjudicarles tal crueldad, después de todo ellas también desean que cierto francés —aunque la mayor parte del tiempo sea un idiota— vuelva a París para ver a una hermosa francesita que lo extraña…
Hoy la mañana está extrañamente cálida para la época, los rayos del sol, caprichosos, se cuelan por las copas de los árboles del jardín desprovistos de hojas, imagen que evoca en mí, un acogedor restaurante, manteles cuadriculados de rojo y blanco, tarantela y deliciosas pastas…
Noras's Italian Cuisine, 6020 West Flamingo Road, pregunte por Victoria y dígale que va de mi parte.
Atte, «benevolente» señorita lo discuto todo.
Ps: Para cuando lea este mensaje estaremos de paseo… ¡Espero disfrute su comida de niño!
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Isabella cerró el notebook al mismo tiempo que de su pecho escapaba un profundo suspiro. Sus castaños ojos contemplaron el hermoso jardín que rodeaba la propiedad y por alguna extraña razón, que era incapaz de explicar, este le recordaba a Edward. El motivo era mucho más simple de que lo ella imaginaba y radicaba en el simple hecho que la mayoría de las conversaciones entre ella y Edward, más los intercambios de mails, se habían efectuado en ese mismo lugar.
Ahí, sentada en el femenino living de su habitación era donde todos los sentimientos que Edward le generaba, la envolvían como un remolino; uno peligroso y adictivo, porque de lo que sí tenía conciencia es que aquel intercambio de escuetos y provocativos mensajes, le comenzaba a fascinar.
Sonrió al imaginar que Edward se pondría furioso cuando se enterara que nuevamente saldrían de paseo y que ella, ni quiera tuvo la consideración de consultarle y también porque apostaba la cabeza, a que un hombre tan suficiente como él, detestaría que lo llamaran «niño». La sonrisa de Bella se amplió al imaginarlo con ojos iracundos y el ceño fruncido, las pobladas cejas casi juntas y esos tentadores labios, abriéndose solo para decir pesadeces; luego en su exasperación, pasaría esas grandes manos por su cabeza, alborotando su cabello en todas direcciones.
Bella volvió a suspirar, deseando transportarse los miles y miles de kilómetros que los separaban, sólo para tener el placer de presenciar a Edward gemir de gusto, al probar las deliciosas pastas del restaurante de la mamá de Victoria —una buena amiga de su infancia y actual novia de James, —su exnovio—, tal como lo había hecho la única vez que cenaron juntos y, más de un sexy gemido de satisfacción se le escapó al degustar los macarrones con queso, preparados por Rachel.
Su imaginación fue más allá, cerró los ojos y permitió que la nostalgia invadiera su corazón… Le pareció escuchar las suaves notas interpretadas por el violinista de la trattoria; románticas melodías italianas, para los enamorados del apartado.
«Después, tal vez ir a dar una vuelta en góndola al Venetian…», Aquel pensamiento fue que el explotó su alucinación, su mente estaba volando a terrenos por lejos inapropiados para un chica con novio.
Frustrada, se levantó de golpe, Edward confundía sus pensamientos. ¿Se puede detestar a un hombre y a la vez, sentirse atraída por él? Aquella posibilidad le parecía tan descabella como inverosímil. Amas u odias. ¿Es posible que sentimientos tan extremos coexistan al mismo tiempo, además de profesarlos hacia una misma persona?
—Imposible… —se dijo para sí cogiendo el abrigo que descansaba arriba de la cama—. Imposible si el personaje en cuestión es un idiota engreído.
Sin embargo la situación era otra, una que Bella se rehusaba a admitir y que la impulsaba a releer el último mail de Edward, tantas veces como leyó el anterior. Estaba segura que la nueva misiva también tenía un mensaje oculto y juguetón, pero esta vez afloraba otro Edward; un adorable gruñón que deseaba por sobre todas las cosas, volver a París a «verlas».
Confidencia que le hacía suspirar y revolotear el corazón.
Negó con la cabeza para intentar despejar el torbellino de emociones que le abrumaban; lo único que le debía importar esa mañana era Anne y el próximo paseo a realizar. Con ese pensamiento salió de la habitación en busca de la pequeña, a quien encontró, desbordando ansiedad en el pasillo.
—¡Bella! —exclamó Anne dando saltitos—. ¡Estoy lista!
Bella sonrió al verla, la pequeña estaba preciosa aunque un poco despeinada. Su atuendo muy chic: un gorro celeste de lana con diseños cubría su dorado cabello, llevaba una blusa blanca guindada con una pajarita escocesa en tonos azules, sobre esta un suéter azul, jeans, botas cafés hasta la mitad de las pantorrillas, unos guantes morados sin dedos y para coronar el conjunto, un abrigo abotonado del mismo escocés del lazo que adornaba su cuello.
—Estás preciosa —halagó Bella, tomando la mano de Anne y la hizo girar en su propio eje—. Aunque creo que algo tenemos que hacer con ese pelo —agregó jugueteando con las sedosas hebras.
—Mi papi lo eligió —informó la pequeña en tono orgulloso, refiriéndose a su tenida.
Bella le dio una nueva mirada de los pies a la cabeza, solo para corroborar lo que ella ya había observado, Edward no escatimaba en dinero ni en gusto, cuando se trataba de su hija; aunque definitivamente, tenía otras falencias.
—Me lo imaginaba… —afirmó Bella, llevándola al dormitorio para arreglarle el cabello.
—¿Qué quieres decir? —preguntó Anne sin comprender, al mismo tiempo que se sentaba frente al tocador.
—Eh…—balbuceó la muchacha al darse cuenta que había soltado las palabras sin pensar; hasta las orejas se le pusieron rojas—. Que tu papi tiene muy buen gusto —dijo finalmente, comenzando a cepillar el largo cabello de Anne.
¿Qué más podía decirle? ¿No esperaba otra cosa del idiota presuntuoso de tu padre? No, definitivamente, no. Aunque debía reconocer que imaginarlo comprando esas lindas tenidas, la enternecía.
«Seguro que las dependientes de Ralph Lauren, estaban mucho más que eso», especuló, casi viéndolas derretidas ante la inhumana belleza de Edward.
—¿Bella?
—¿Sí, cariño?
Los verdes ojos de Anne ―que la contemplaban por el espejo, mientras la peinaba―, estaban llenos de duda. Bella, que con habilidad le hacía una trenza desde el inicio del cabello, de inmediato notó la vacilación en su dulce voz.
―¡Vamos, Annie! ¿Qué puede ser tan terrible? Puedes preguntarme lo que quieras.
Bella la animó sonriendo, ¿qué pregunta tan aterradora podía elaborar una niña de seis años? Craso error, los rosados labios de la traviesa, soltaron una bomba:
—¿Te vas a casar con Riley?
—¡¿Qué?! —«¡¿Casarme, yo?! ―Las palabras gritaron horrorizadas en la cabeza de la bailarina―. ¡Tengo veinte años, por el amor de Dios!»—. ¿Por qué me preguntas algo como eso, Anne?
—Porque tía Alice, todo el tiempo está diciendo que se va a casar con Jasper, entonces…
—Ah, ya veo… —la interrumpió, Bella—. Entonces ahora tú crees, que yo también me quiero casar. No cariño, hace poco que somos novios. Casarme, todavía no está en mis planes.
—Pero, ¿quieres casarte con él?
Bella sopesó el importante cuestionamiento, por unos segundos.
¿Se proyectaba a futuro con Riley? La verdad es jamás lo pensaba, porque temía la respuesta. Su novio era chico excepcional, tierno, paciente, respetuoso y guapo, todo lo que una chica quisiera tener, pero ¿era lo que Bella quería? Más importante aún, ¿era Riley aquel alucinante amor que se moría por experimentar? ¿Era el joven, el culpable de sus desvelos, de sus apasionados sueños, por quién suspiraba y cometería la más estúpida de las locuras? No tenía la certeza, sabía que lo quería, Riley era su puerto seguro.
«Es muy pronto para amarlo ―reflexionó buscando una respuesta para sus cavilaciones―. Tal vez, no tengo la capacidad de enamorarme», exhaló con desazón recordando a James y su fraternal noviazgo, que concluyó en buenos términos, días después de haber intimado.
Bella jamás se arrepentiría de haberle entregado su virginidad al amor de su infancia; había sido un momento lindo, aunque no perfecto. Tampoco esperaba que lo fuera y por lejos, fue esa la razón de su alejamiento. Su separación radicó en el simple hecho que, después de volver a intimar un par de veces, ya no le pareció correcto. La pasión, las mariposas y los fuegos artificiales en vez de ir en aumento, fueron desapareciendo y qué decir de la inexistencia de aquel satisfactorio hormigueo que te recorre el cuerpo, y que termina alojándose como un dulce dolor en el centro de tu deseo. En resumen ella no sentía por James nada más que cariño y respeto, el amor había muerto.
Bella tragó pesado al presentarse frente a ella una realidad que no estaba preparada para enfrentar, y no porque no quisiese si no porque simplemente, no encontraba palabras para expresar lo confusos que de un momento a otro, se volvieron sus sentimientos. La mejor solución para escapar de la incómoda situación, fue contra preguntar—: Marie Anne, ¿por qué insistes en eso?
—Por nada...―musitó Anne, encogió sus hombros y guardó para ella las verdaderas razones de la pregunta que esta vez, elaboró sin ser instigada por nadie.
Los deseos de la pequeña eran diversos, empero, convergían en uno solo: La niña quería una madre.
Desde el día en que Anne nació estuvo desprovista de una figura materna, imprescindible figura que Edward no permitió que fuese reemplazada por Alice o Esme. Y ahora después de innumerables niñeras, la muchacha que trenzaba su cabello con infinita ternura, en pocos días se había convertido en lo más cercano a la imagen que ella anhelaba y no se sentía preparada para perderla. Bella y Alice eran tan cercanas, que inocente concluyó que tendrían los mismos anhelos; así como los de ella, también eran muy parecidos a los de sus amigas.
—Creo que tendremos que hablar con Alice. Primero, te llena la cabeza con ideas que los hombres buenos saben cocinar y ahora esto ―sentenció Bella, cabreada de que su mejor amiga, de un día para otro parecía haberla llenado de problemas y de dudas que perturbaban sus pensamientos.
Marie Anne rio, dejando ver su inexistente incisivo central.
—¿Qué?
—¡Sonaste igualita a mi papi! —dijo entre risitas.
«Lo que me faltaba», Bella rodó los ojos, terminado de trenzar el cabello y lo anudó con una gomita.
―Igualita, igualita…―concordó Alice, entrando a la habitación llena de felicidad y sin molestarse en disimular, que había oído gran parte de la conversación.
«Si las miradas mataran», pensó divertida y sin darse por aludida, poco le afectaba que Bella se enojara con ella, más de lo que ya estaba; para Alice lo único importante de todo lo que había alcanzado a husmear, fue que Bella no tuvo la capacidad de admitir que se proyectaba con Riley.
Su esperanza comenzaba a crecer exponencialmente.
No es que no tuviera fe en todo lo que había visto, las interacciones entre Bella y Edward, eran la cosa más adorable y exasperante del mundo, solo ellos en su testarudez por ganar esa guerra sin final, parecían ignorar lo que era evidente; como brillaban sus ojos al mirarse, su postura frente al otro en la pantalla, como dos imanes y no como si un océano completo los separara.
Eran el uno para el otro. El carácter de Bella era muy parecido al que su hermano había tenido años atrás, quizás Edward era una versión algo más tímida, pero la pasión y la vehemencia era la misma; defendían sus convicciones con el ímpetu de mil gigantes. Así había amado a Lili y de la misma forma y más, amaba a Marie Anne.
Alice contaba los días, las horas y los segundos para el retorno de Edward, estaba segura que su hermano había removido los cimientos del noviazgo de su mejor amiga ―aunque fuese imperceptiblemente―, y aun cuando Bella profesara detestarlo y encontrarlo un petulante, Edward tenía un atractivo imposible de resistir para el sexo femenino. Los necesitaba juntos, para que al fin comprobaran con sus propios ojos que Isabella era la mujer perfecta para Edward, así como él, el hombre perfecto para ella; Riley era un chico bueno, pero muy sumiso y complaciente para una fuerza como Bella.
Al menos Edward, ya mostraba los primeros indicios.
Si bien él, también postulaba no soportarla, los hechos se presentaban abismalmente de forma diferente. Isabella no había sido la primera mujer en enfrentar su carácter volátil, cínico y furibundo, pero sí la primera a quién se lo permitió. ¡Ella le había dado órdenes! ¡Órdenes! ¡Lo había puesto en su lugar y él sin más, pareció aceptarlo!
Ese hecho era el más increíble, ya que Edward no permitía que absolutamente nadie le gobernara la vida; así era desde hace siete años, cuando en una tormentosa noche de enero, con apenas diecisiete años, abandonó la casa de sus padres solo con lo puesto, para jamás volver.
Desde ese doloroso hecho, su abuela Marie Anne se convirtió en su cable a tierra, lamentablemente, ella murió antes de poder acompañarlo en el terrible duelo por el que tuvo que atravesar. Edward quedó a la deriva, viviendo dos insuperables pérdidas y no hubo quién le ayudara a sanar sus heridas. Lacerantes llagas que cicatrizaron a punta de esfuerzo, aun cuando había días que parecía que su alma, en cualquier momento iba a abandonar su cuerpo.
Alice había querido confortarlo, arrancar de su corazón aquel sufrimiento que dejó sumido a su hermano en el más terrible de los tormentos, e hizo lo que pudo, pero con quince años en aquella época, no era mucho lo que podía hacer por él.
He ahí el implacable motor de su enfermizo empeño.
―Los chicos ya llegaron. ―Se apresuró a decir, previendo que Bella la rebatiría—. ¿Vamos?
—¿Los chicos? —preguntó Annie abriendo los ojos enormes, la pequeña había asumido que en su sorpresa, solo participarían Alice y Bella—. ¿Viene Jakie?
—Sí, cariño, viene Jakie… —rio Bella con malévola satisfacción recordando a Edward y en cómo se pondría al llegar a París y descubriera que su hija, adoraba a ese amigo a quien él consideraba prohibido y viceversa; pagada de sí misma pensó, «ojalá le salgan canas verdes, él se lo buscó»—…y también Jasper, Demetri y Riley.
—¡Oh!
Annie se levantó del tocador desbordante de felicidad y tironeando las manos de Bella y Alice, salieron de la habitación. Cuando comenzaban a abajar las escaleras la pequeña se les adelantó, momento que Bella aprovechó para susurrar:
—No me parezco al idiota de tu hermano.
Alice negó con la cabeza divertida, era evidente que Bella no se rendiría tan fácil, era una guerrera, característica que ayudaba a reafirmar sus convicciones. No discutiría con ella, el tiempo le daría la razón, así que se limitó a encogerse de hombros y contestar—: Si tú lo dices…
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La pequeña Marie Anne era un huracán incontenible, corría de un lado para otro, cada nueva atracción, un nuevo personaje encontrado por el camino, la emocionaba más.
Para Bella —que no se quedaba atrás—, ver su cara de felicidad, el brillo en sus preciosos e inocentes ojos —que parecía haberse extinguido levemente desde que Edward había partido—, llenaba su corazón; la niña en esos pocos días caló hondo en sus afectos, se había colado en ella como una segunda piel. Anne no era la malandrina de primera que su padre y todos sus familiares creían; la pequeña solo necesitaba más atención y Bella, no tardó mucho en darse cuenta.
Edward era un padre ejemplar en cuanto hablamos de responsabilidad; preocupado al extremo, le proveía de los juguetes más hermosos, ropa maravillosa, una privilegiada educación y vivían en una casa de un ensueño, pero también era distante y estricto. «Y definitivamente, trabaja más de la cuenta», reflexionó Isabella, porque, ¿qué trabajo justifica dejar a tu hija de seis años al cuidado de otro, por más de dos semanas cuando eres padre y madre a la vez? Renée y ella, y sus primeros años viviendo en Las Vegas, las hicieron expertas en ese tema.
Bella resopló con desazón; esa era otra interrogante de su enorme lista de preguntas sin respuesta.
—¡Ojos Verdes! —canturreó, Jake—. ¿Dónde estás, Ojos Verdes?
Bella podía ver las famosas orejas de Mickey Mouse, asomadas por la parte superior de los verdes setos del «Curioso Laberinto de Alicia». Las carcajadas de la pequeña, llegaron hasta sus oídos.
Sonriendo miró las alocadas señales sin sentido, colgadas en los árboles que adornaban el camino, deliberando por dónde seguir: «arriba», «abajo», «por aquí», «vuelve». Por supuesto que las fechas no concordaban con el enunciado. Decidió atravesar por una puerta, digna para tomar una de esas pastillas que te hacen encoger y pasó un susto, que creyó iba a desfallecer.
—¡Te atrapé! —dijo Riley apresándola contra uno de los muros y la besó con abandono; las orejas que también adornaban la cabeza de Bella, cayeron al piso.
—Riley… —susurró en sus labios y por unos segundos, sucumbió a las ardorosas caricias que con apremio le brindaba su novio—. Nos puede ver, Anne…—intentó separase de él, comenzaba a dejarla sin aliento.
—Está jugando con Jake y Demetri —argumentó Riley en un pobre intento de no dejarla ir, argumento que sabía no serviría de nada con Isabella y lo comprobó, cuando ella se escabulló por debajo de uno de sus brazos.
—Las reglas, son reglas…
Bella recogió las orejas del piso, las acomodó sobre su castaño cabello y continuó el camino por el laberinto siguiendo las risotadas de Jake, Demetri y Anne; Jasper y Alice, venían más atrás.
Riley dejó escapar el aire de manera lenta y cansada, deseaba como un loco tener tiempo a solas con su novia; inexistente intimidad, desde el momento en que comenzaron su relación. Primero por culpa de los extenuantes ensayos del Cascanueces, luego la visita de Renée y, para poner la guinda a la torta, el nuevo trabajo de Bella con esa montaña de reglas sospechosas y absurdas, que ella debido a su honorabilidad, no estaba dispuesta a infringir.
«Maldito, Cullen», pensó resentido contra aquel hombre que no conocía, más que por las hiperventiladas descripciones de Jake; ya que Jasper, siendo el novio de Alice, había decido mantenerse al margen.
No conforme, pero resignado corrió unos pasos, le dio alcance a Bella, la tomó de la mano y dijo—: Tu jefe me está matando.
Bella lo miró de reojo, luego paró en seco y lo enfrentó.
—Dos semanas…—ofreció coqueta una promesa implícita y ágil arrancó riendo.
La pareja recorrió los pasajes, callejones sin salida y recovecos del laberinto, jugueteando y llamando a Anne, hasta que Bella chocó con un pequeño cuerpo y ambas soltaron un divertido grito de terror, por culpa de la Reina de Corazones, que se asomó por uno de los cercos, amenazándolas con cortarles la cabeza.
—¡Bella, este es el mejor día de mi vida! —chilló la pequeña saltando a los brazos de su niñera y la abrazó con todas sus fuerzas.
Bella besó su frente, sintiendo como se estrujaba su corazón; era fácil hacer feliz a Marie Anne con tan poco.
—Y aún nos queda mucho día, cariño. ¿Tienes hambre o quieres jugar un rato más? —preguntó Bella verificando la hora, faltaban cinco minutos para la una de la tarde.
—¡Piratas del Caribe! —pidió Anne dando saltitos.
—¡Y coca! —acotó Jake uniéndoseles junto a Demetri, ambos jadeantes y con sus mejillas arreboladas—. Eres una malandrina, Ojos Verdes —tocó con el dedo índice la punta de la nariz de la niña, acusándola por tener que perseguirla, por todos los rincones; en sus palabras no había reproche, fue un juego que todos disfrutaron.
Marie Anne por su parte, le regaló una deslumbrante sonrisa —una que competía con la del gato Cheshire—, no había adulto más genial que su nuevo amigo, que además la nombraba por aquel apodo que comenzaba a amar, por el simple hecho que había oído que así, también llamaba a su padre.
—¿Vamos? También muero de sed —sugirió Riley tomando la mano de Bella, a la vez que ella, tomaba la de Anne—. Esperemos a Alice y a Jasper afuera.
Entre bromas terminaron la excursión y, cuando salieron del laberinto, aprovecharon la instancia para tomarse nuevas fotos con los personajes de la película, que solícitos se retrataban con los visitantes.
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Alice Cullen se sintió dichosa, gracias al cuadro que se presentaba frente a sus ojos, sacó el teléfono móvil del bolsillo de su abrigo y capturó la escena sin que las protagonistas tuvieran conciencia de ello, era digna para la colección que reunía para enviarle a Edward; su sobrina reía sentada en el regazo de Bella, por culpa de las cosquillas que esta le hacía.
«Una imagen vale más que mil palabras», meditó y la que ella contemplaba junto a Jasper, dejaba en evidencia la conexión única que hubo desde el primer momento entre ellas. Todo se estaba dando mucho mejor de lo que jamás imaginó, ya que debido al historial de Marie Anne, era imposible prever qué es lo que iba a pasar.
Las preocupaciones de Alice con respecto a este tema eran tan monumentales, que se había preparado para ayudar a subsanar, hasta el peor de los escenarios: odio a muerte, tijeretazos al vestuario, bichos asquerosos…; hechos que por alguna intervención divina jamás pasaron y suplicaba porque ya fueran parte del pasado. Al fin parecía que comenzaban a alinearse las estrellas para su hermano.
Por otro lado estaba Edward, él era y sería el gran problema.
Llevaba años postulando que no habría otra madre para Anne, mucho menos que se volvería a enamorar, por lo tanto era importante que la candidata en cuestión, cumpliera con la importante misión de deslumbrar a su adorada hija; así él, después de tantos años, al fin entendería que debía dejar ese mundo licencioso que llevaba por la noches, y se arriesgaría de una vez por todas a rehacer su vida.
Para Alice, Bella comenzaba a parecer un ángel caído del cielo. Ella ya amaba a Marie Anne y apostaba su vida, a que también amaría a su hermano; Riley pasaría al olvido, no sería más que una aventura pasajera.
—¿Qué tanto hacían dentro del laberinto? —inquirió un pícaro Demetri, cuando Alice y Jasper llegaron hasta ellos.
La pequeña pandilla, esperaban sentados en la orilla de una fuente, cada uno sorbiendo con avidez, de las pajitas insertas dentro de los sendos vasos de refresco.
—Pasear, igual que ustedes. ¿Qué más podríamos haber estado haciendo? ―contestó Jasper, obviando la segunda lectura de la pregunta—. Estamos en un parque de diversiones ―aclaró escondiendo una sonrisa, ya que la verdad de su retraso fue porque besó a su adorada Alice, en cada escondrijo que encontró dentro de los arbustos.
―No me digas…—Demetri abrió la boca para rebatir, pero no alcanzó a decir nada más, ya que fue interrumpido por el entusiasmo de Anne.
—Bella, ¡Piratas del Caribe! ―pidió otra vez, poniéndose de pie de un salto.
—¡Jack Sparrow! —La secundó Jacob, imitando a su compañera de travesuras.
Bella contempló encantada a su amigo, quien estaba disfrutando del paseo tanto como Anne y ella misma. Jacob era divertido, honesto ―tal vez demasiado― y con alma de niño.
—Bien ―consintió la muchacha―, pero después señorita, almorzaremos.
—¿En el castillo de la Bella Durmiente? —Los ojos de Anne brillaron con inocente ilusión.
Bella enternecida, acarició su larga trenza y consintió—: En el castillo de la Bella Durmiente.
—¡Wiiiiiii! —celebraron al unísono, Jake y Anne.
Disfrutando del fantasioso entorno, el grupo de amigos se dirigió a la siguiente atracción. Marie Anne y su fiel escudero iban delante del grupo, queriéndose tomar fotografías con cuánto personaje descubrían a su paso; fueron afortunados al encontrarse con Mickey y Minnie Mouse.
Cuando casi llegaban a los Piratas del Caribe, Anne dio tal grito de asombro, que Isabella creyó que le iba a dar un ataque al corazón:
―¡Papi! ―chilló a todo pulmón y salió corriendo disparada—. ¡Papi! ¡Papi!
Con ojos frenéticos, Bella buscó a Edward en la dirección que se marchó la niña.
«¡¿Edward?! ¿Edward, está aquí? ―Incrédula siguió a la pequeña, sintiendo como su corazón comenzaba a latir enloquecido en la base de su garganta y sus piernas flaqueaban y se negaban a cooperar―. ¡Seguro estará furioso!».
Pero todas las imágenes de Edward furibundo, sus ojos verdes letales y su masculina mandíbula cerrada con gesto severo, se esfumaron cuando se encontró con la realidad: La pequeña Anne, abrazaba con todas sus fuerzas a «La Bestia».
Bella sintió que la invadía una ola de antagónicos sentimientos.
Alivio, al darse cuenta que no tendría un nuevo enfrentamiento con Edward y desilusión, porque aunque la sacara de las casillas y la mayor parte de las veces quisiera propinarle un buen guantazo, sus batallas le eran adictivas; la verdad, es que le encantaban.
«Eres una ilusa, Bella Swan», se reprochó por haber creído que Anne realmente llamaba a su padre. Primero porque Edward no tenía la más mínima idea de dónde estaban y segundo porque, ¿cómo podía estar ahí, cuando ella sabía que él estaba a miles y miles de kilómetros en Las Vegas?».
No obstante al desengaño, pronto su conmoción, paso a devoción, al ver que Anne abrazaba al hombre que portaba el disfraz, como si se le fuera la vida. El amor que tenía la niña por su padre no tenía límite, al punto que ella con seis años, con un simple gesto había descrito el carácter de su progenitor, mejor que nadie en el mundo.
Un príncipe, al menos tenía la estampa, arrogante, presumido, huraño, egoísta y de mal carácter, horribles cualidades que La Bestia ostentaba, para esconder su fragilidad y su gran corazón… Gran corazón, que era solo para Anne. Isabella lo había visto, Edward a pesar de su frialdad amaba a su hija, tanto que al contemplarla, a veces olvidaba respirar.
Pero, ¿por qué Edward no extendía ese amor hacia el resto de los seres humanos? Vívidas imágenes cruzaron por su mente de la noche en que se conocieron:
—No sabía que la función de esta noche era: «El pato torpe y feo que nada en el pantano…». Yo estaba seguro que era: «El Cascanueces».
O de un hecho tan simple, como invitarla a cenar:
—Cuando deje de parecer un gato mojado, la esperamos en el comedor…
Entonces la devoción se convirtió en rabia. ¿Por qué tenía que ser un estúpido engreído? Rabia que aumentó al darse cuenta de un hecho en el que no había reparado hasta entonces, y que el recuerdo de esa noche en la Ópera revivió… La distinguida y hermosa mujer que ayer había conocido en la Galería Lafayette y que se presentó ante ella y Anne, como una «buena amiga» de Edward, era la rubia que iba colgada de su brazo, en el momento que se estrellaron.
«¡Idiota, mil veces idiota!», maldijo Bella al rememorar lo bien que se había sentido acunada en su varonil pecho y sus largos brazos rodeando su cintura, para después y de manera incomprensible, la arrojara al piso como si fuera un guiñapo.
«Venganza», fue lo primero que se le ocurrió para aplacar el desafortunado recuerdo y lo haría como más lo disfrutaba, sacándolo de sus casillas. Tomó el celular del bolsillo trasero de sus jeans y se acercó para inmortalizar la escena de Anne, abrazada a «él».
—Hmm…—inquisidora, murmuró una masculina voz a su lado—. ¿Hará todas sus «tareas» como una bestia?
—¡¿Qué?! —protestó Bella y lo miró sin comprender, pero transcurrido un segundo apretó los labios, volteó su rostro y sintió sus mejillas arder—. No sé de qué me hablas, Jake.
Ignorándolo, Isabella retomó su labor, pero Jacob insistió—: Puedes asegurar que no sabes de qué hablo, pero te he observado Bella Swan…y mucho.
—¿Ah, sí? —dijo restándole importancia y capturó una foto.
—Sí.
Bella que intentaba mantenerse estoica frente a la insistencia de Jake, indiferente inquirió—: ¿Y?
—Sólo te diré que cuando estés preparada para hablar, te estaré esperando…
Bella se quedó con la boca abierta y balbuceando como un pez fuera del agua, mientras Jacob Black, como siempre alegre, se unía a Anne.
—Bella, ¡¿qué haces aquí?! —La regañó Alice cuando llegó hasta ella, junto con todos los demás—. ¡Ve y párate al otro lado de La Bestia, no puedes dejar de salir en la fotografía con a Anne!
La muchacha no tuvo elección, Alice literalmente la arrastró de un brazo y la ubicó junto al personaje.
—¡Ahora digan «whisky»! —ordenó tomando un poco de distancia para obtener un buena captura.
—Ali, cariño, ¿qué es lo que pretendes? —preguntó Jasper en su oído.
—Lo sabes y haré todo lo necesario para lograrlo.
—Sigo pensando que es una mala idea… Además, saldrán personas perjudicadas en el camino —advirtió, mirando a su mejor amigo que feliz le tomaba fotografías a su novia—. ¿No tienes un poco de compasión?
—Jasper —Alice pronunció el nombre de su novio suspirando cabreada, no era la primera vez que discutían por esto, estaba harta de oír su animadversión hacia su hermano—. Créeme, todo lo que pase será para mejor.
—Hay veces…—murmuró Jasper, a punto de rendirse frente a la improbable cruzada de su novia—, que ves las situaciones con tanta claridad que das miedo —aunque se sintiera traicionando a Riley, hacer entrar en razón a Alice, era lo mismo que querer entablar una conversación con un muro.
—Debes tenerlo, amor mío… Debes tenerlo… —admitió la pequeña Cullen sin rastro de vergüenza y, al ver que «Belle» aparecía en escena con su vestido dorado, dirigió a sus amigos cual fotógrafa profesional—: ¡Ahora, todos con los dos personajes, por favor!
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—¡Tú no te pareces a «Belle», Bella se parece a «Belle»! —dijo Anne, rechazando por completo la presencia de la mujer en la fotografía.
—¡Annie! —exclamó Isabella, sorprendida ante el inesperado acto de rebeldía.
Fue tan violento que casi pudo ver a la pequeña malandrina agujerando el espléndido vestido de la princesa, del mismo modo que lo hizo con la ropa de Zafrina.
—Es verdad…—insistió con la cejas fruncidas y los ojos furiosos, perfecta copia de su padre—. Sólo tú eres, «Belle»… —al decir esto se instaló entre La Bestia e Isabella.
—Entonces, ¿puedo salir yo al lado de la princesa? —Riley, solícito salió a salvar la situación, la pobre chica no sabía cómo reaccionar frente al rechazo, era primera vez que vivía una situación semejante.
Marie Anne asintió mimada y conforme con el ofrecimiento.
Mientras todos se ubicaban en sus posiciones, incluso Alice —ya que un amable visitante se ofreció a capturar la imagen, para que ella también saliera en la foto—, Isabella pensó que debía regañar a Anne por su maleducado y díscolo comportamiento, uno que por cierto, no aprobaría Edward.
«Más tarde hablaré con ella», fue su conclusión, no queriendo arruinar el paseo, además de sopesar que regañarla, no sería la forma correcta de hacerle comprender su impropia conducta.
Flash tras flash el grupo de amigos sonrió para la cámara, al tiempo que los livianos comentarios de Jake ayudaron a dispersar la tormenta. Se despidieron de los personajes agradeciendo su buena voluntad y retomaron el camino hacia los Piratas del Caribe.
Entonces fue cuando Bella recordó su vengativa misión.
Buscó el contacto en su celular, añadió la foto y luego sin esconder su malévola risa, escribió:
«¡Señor Cullen, no me había dicho que trabajaba en Disney!».
