Disclamer: Ni los personajes, ni los lugares, ni parte de la trama me pertenecen a mí. Yo solo escribo para divertirme.
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Notas de Amor
(Porque con Exaltación todos sufrimos tanto la muerte del marichat, que casi no nos dimos cuenta de que también era el fin del Ladynoir)
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Notas del 24 de Abril.
Aún ahora me resulta complicado distinguir qué fue real y qué no lo fue aquel día.
He emborronado ya muchas páginas de este cuaderno rescatando la mayor cantidad posible de detalles de aquel sueño tan extraño y que, sin embargo, echo tanto de menos. He relatado con mis palabras los puntos más importantes de lo que vi: la cita en el cine, la boda, los bebés… la despedida. No he escrito mucho sobre la batalla, no tengo interés en hablar sobre Dark Howl (o como se hiciera llamar entonces) o en recordarle.
¿Para qué?
No, no. Ahora, con la mano algo dolorida de tanto escribir, lo que aparece en mi memoria es la última conversación que mantuvimos entonces. En mi mente puedo recrear, con facilidad, el paisaje ocre que dibujaba el horizonte de tejados y azoteas frente a nosotros, volver a sentir el calor de los últimos rayos del sol abrasándome la espalda. Por el rabillo del ojo vuelvo a ver nuestras sombras encorvadas sobre la roca, casi idénticas. Se tocaban, alargándose hasta el infinito, pero había un espacio entre nuestros cuerpos. Recuerdo todo eso. Y también el silencio que había allí arriba cuando ambos callamos.
Y a pesar de todo, yo percibía ese silencio como agradable, podría haberme quedado para siempre en él, contigo, pero tú hiciste un movimiento para irte. No pensé, entonces, en que era algo curioso.
Siempre solía ser yo la primera en marcharme.
—Se hace tarde.
Era tarde, sí, pero eso solo pienso ahora.
Pienso muchas cosas.
Pienso que cuando me preguntaste si lo que habíamos visto en la pesadilla de Júbilo era real, me estabas tendiendo tu mano por última vez.
¿Era real, mi Lady?
¿Y si hubiera dicho que sí?
Me pregunto cómo habría sido todo… pero es posible (pienso ahora) que no hubiera resultado diferente porque, incluso ya entonces, tuve la sensación de que tú ya tenías otras cosas en la cabeza.
Aun así, escribiendo esto a solas en mi cuarto, me pregunto una y otra vez: ¿fue esa pregunta la última resistencia de tu amor por mí?
Si es así, yo misma la destrocé con mi mentira.
Solo yo tengo la culpa de todo.
—Sí, es tarde.
Me abracé a mí misma, disimulando un temblor que me recorría todo el cuerpo. Hasta ese momento no te había mirado porque temía que algo horrible pasaría si lo hacía. Pero como te ibas, lo hice. Volví el rostro hacia ti y no me mirabas. Tus ojos, siempre afectuosos, estaban en el vacío, con pesadumbre. La misma mirada herida que en el sueño. Algo se me removió por dentro y los temblores se hicieron tan evidentes en mí que te diste cuenta.
—¿Ladybug? —Apreté los labios ante la suavidad de esas palabras—. ¿Qué pasa?
. ¿Por qué lloras?
Mi rostro estaba tan tenso que no noté la humedad de las lágrimas hasta que tú las mencionaste. ¿Tristeza, rabia, decepción? Fuera lo que fuera, se derramó por mis mejillas con violentas sacudidas. Y yo corrí a taparme la cara con mis manos.
—No es justo…
Sentí tu mano en mi hombro, vacilante y algo torpe.
—Monarca nos ha engañado —dijiste con la voz grave—. Pero no era real, no era lo que tú querías…
. No llores.
—¡Pero estábamos bien, al fin! —Intenté hablar, explicarme pero sin meter la pata, algo que siempre he hecho con gran facilidad. Gimoteé más alto. Tu brazo me rodeó, tu cuerpo se acercó en silencio y a pesar del calor, me refugié en él con mis palabras sin sentido y mis lágrimas saltarinas—. Habíamos ganado. Todo estaba en paz. Todo el mundo estaba a salvo.
. Ya no había que luchar más…
La vergonzosa realidad es que eso era lo único en que podía pensar. Eso era lo que me dolía. Había sido tan agradable soñar con una vida tranquila, sin Monarca ni villanos akumatizados, sin peleas, sin secretos, sin miedo, sin obligaciones agotadoras, sin mentiras. Una vida pacífica y normal, como la que los dos teníamos antes de que los prodigios llegaran a nuestras manos.
Echaba de menos esa vida, ansiaba egoístamente volver a ella. Por eso Júbilo me lo había mostrado junto a todo lo demás que mi corazón deseaba. Pero yo solo me centré en lo más fácil, en lo que veía con más claridad.
—No había que luchar más —repetí algo más tranquila. Lancé un resoplido y la idea me pareció más falsa que nunca—. Podíamos descansar, por fin.
—Lo sé —Supe que tú también deseabas volver a esa vida más sencilla, también te había dolido renunciar a ese sueño—. Algún día…
La presión de tu brazo contra mi espalda, apretándome contra ti no era tan fuerte como antes, aun así me sentí mejor. Mi respiración pudo serenarse gracias al contacto y, en cualquier caso, estaba tan abstraída en mi pena, en mi confusión incómoda, que no me dio por pensar en nada más.
Mi mirada ese día era como un túnel; podía ver lo que yo creía que había en el fondo, pero no veía lo diferente, lo que se extendía a mi alrededor. No me di cuenta de lo deprisa que estaba cambiando todo dentro de ti, ni de los tintes de despedida que tenía ese momento.
Me convencí de que lo que me había hecho llorar era darme cuenta de que el fin de la lucha estaba aún lejos. A lo mejor, aunque nunca lo sabré de verdad, una parte de mi cabeza sí captó que aquello era el inicio del fin de tu amor por mí. Ese instante raro. Tu brazo flojo a mi alrededor, tus ojos, perdidos, lejos y que te creyeras mi mentira a la primera, sin insistir en lo contrario.
Seguro que fue entonces.
Seguro que sí… ¿verdad, gatito?
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1.
[3 de Mayo. Madrugada]
Algo la arrancó del sueño con tal brusquedad que Marinette se incorporó sobre su cama, asustada. No chilló, por suerte. Pero el colchón crujió y sus exhalaciones aceleradas fueron el eco perfecto de ese sonido amenazador.
Se palpó el pecho porque el corazón parecía estar a punto de explotar y matarla. Acusaba la ruptura de un sueño intenso que solo recordaba a trozos. Intentó formar la imagen y supo que había estado soñando con Chat Noir. Sí, si se esforzaba podía ver con claridad la escena y también, la expresión triste del chico, sus manos extendidas hacia ella.
Y supo, además, qué la había separado de él: un pitido.
Y no uno cualquiera.
Había sido el estridente sonido de un despertador, berreando junto a su cabeza de ese modo irritante en que lo hacen las alarmas de los coches de policía, o las ambulancias; anunciando una desgracia.
Confusa, aunque más espabilada, Marinette notó dos cosas. La primera fue que el cuarto estaba en silencio, es decir, que su móvil (que hacía las veces de despertador) no había sonado. Permanecía mudo sobre la estantería empotrada en la pared. La segunda, sobre su regazo estaba el cuadernillo en el que había estado escribiendo antes de quedarse dormida, aún abierto.
Miró la hora y después, volvió a bajar los ojos hasta el cuadernillo que, ya no estaba en su regazo, sino apretado contra su corazón. Tikki se removió sobre la almohada y abrió un poco los ojos, el movimiento de la cama la había despertado.
—¿Qué pasa, Marinette? —le preguntó—. ¿Has tenido una pesadilla?
No, no había sido una pesadilla, ¿verdad? Al contrario, tenía la sensación de que había sido un sueño bonito pero con un despertar brusco y violento.
—Tikki… ¿tú lo has oído?
—¿Oír el qué?
—El despertador —respondió, frotándose la frente—. Ha sonado muy fuerte, tienes que haberlo oído.
—¿Qué despertador? —Tikki bostezó, confusa, y echó a volar para mirar a través de la rendija abierta de la trampilla—. Pero si aún es de noche —En cualquier caso, revoloteó hasta el teléfono que permanecía igual—. No ha sonado.
—Pero yo lo he oído —insistió la chica.
—Habrá sido un sueño…
¿La había despertado un pitido que había sonado en su cabeza?
Es posible aceptó, recostándose contra la madera y resoplando. Había despertadores por todas partes.
Había soñado de nuevo con Júbilo, claro, y tenía sentido que esos trastos horrendos estuvieran presentes, acosándola igual que lo hicieron aquel día. Despertándola con brutalidad porque, quizás, en este sueño hubiera un final distinto. Uno donde ella y Chat Noir preferían quedarse dentro de la fantasía creada por el prodigio y ser felices mientras pudieran, en lugar de volver a la realidad.
Oh, Chat Noir…
Al pensar en él, su expresión se crispó en una mueca de pena. Apareció un puchero en sus labios al tiempo que se encogía sobre el colchón.
—Marinette…
La lámpara que tenía sobre su cabeza seguía encendida, de modo que abrió el cuaderno sin hacer caso al lamento de su Kwami y pasó las hojas con cuidado. Entonces recordó que esa noche no había estado escribiendo, porque después de la batalla contra el Heladiador y de que Chat Noir la dejara en su balcón, no había tenido fuerzas más que para leer sus viejas notas, en concreto, las que días atrás había anotado sobre Júbilo. Lo había hecho movida por el deseo de descubrir el momento exacto en que todo había empezado a cambiar entre el héroe y ella. Esa noche se había confirmado aquello que llevaba semanas sospechando: Chat Noir ya no estaba enamorado de Ladybug.
Él mismo se lo había dicho.
Cada vez que lo pensaba revivía el golpe en el pecho, la falta de aire, el doloroso acelerón de su corazón. Volvían las ganas de llorar. Y a pesar de todo, ella quería saber cuándo había ocurrido, en qué momento el chico había dejado de quererla.
¿Fue ese día?
En sus notas lo decía: Chat Noir ya actuó diferente en aquella conversación tras la batalla. Algo había cambiado ya en ese momento, solo que ella no se dio cuenta.
—Marinette…
Tikki volvió a intentarlo, pero ella la ignoró apartando las sabanas porque el calor de la noche se estaba colando dentro de la habitación. De inmediato, su cuerpo empezó a arder, otra vez, acongojado por el rechazo y la desesperanza. Había llorado mucho después de que el héroe se fuera, Tikki había sido testigo de ello y por más que lo intentó, no logró consolarla.
—¿Has soñado con Chat Noir? —Ella asintió, con pesar y Tikki estrechó sus grandes ojos con dulce consternación—. Oh, Marinette…
—¿Crees que ahora me odia?
Ella ya sabía que no.
Chat Noir era incapaz de odiar a nadie, mucho menos a ella. No odiaba a Ladybug, a pesar de todo, él mismo le había dicho que aún la quería, como un amigo. Y por supuesto no odiaba a Marinette, tal vez le gustaba un poco todavía pero esa noche la había rechazado.
Había rechazado a ambas, de hecho.
—Chat Noir nunca te odiaría —Oírlo la tranquilizó un poco, por eso había formulado una pregunta tan tonta.
No obstante, eso no era suficiente ya.
La seguridad y comprensión de la amistad que la unía al chico no bastaba para tranquilizarla porque esa noche, su corazón anhelante le estaba hablando más fuerte y más claro que nunca, demostrándole hasta qué punto era egoísta y desdichado.
Lo que le pedía ya no podía ser.
Pudo haber sido… si ella no hubiese sido tan tonta, pero se había vuelto un imposible.
—Tienes que descansar, Marinette —Una sugerencia que se repetía demasiado en los últimos tiempos, pues era incapaz de estarse quieta. Durante el día atendía todas sus responsabilidades, como adolescente y como heroína, y por las noches batallaba contra el insomnio que le provoca la angustia realizando más tareas. Tikki estaba preocupada por ella y sospechaba que Alya se empeñaba en quedarse en su casa tantas noches solo para asegurarse de que dormía las horas suficientes—. Intenta dormir un poco más.
. Aún es de madrugada.
—No —replicó al instante, doblando las piernas contra su pecho—. No puedo.
. Estoy muy nerviosa.
No quería volver a soñar con Júbilo o con lo que había pasado esa noche. No quería sentir esa desesperanzada horrible al descubrir que nada era real.
Se irguió para abrir la trampilla justo en el instante que una ráfaga de aire algo más fresca se desligaba de la noche para rozarle las mejillas. Le alivió lo suficiente como para sacar la cabeza fuera. Todo estaba en silencio también allí, se respiraba una genuina paz que le aligeró el corazón a pesar de la oscuridad. Había olvidado dejar encendida las luces del balcón pero se encontró con la luna en lo alto, tan grande y amarilla que Marinette apreció motitas doradas flotando por todas partes. Se unían al resplandor anaranjado de las farolas y las luces de la calle.
Si tan solo pudiera respirar un poco más de ese aire calmoso y dulce, dejar que la luz amarilla de la luna llena acariciara su piel hasta borrar los rastros del dolor que la torturaba.
Suspiró, atraída por esa paz que lo impregnaba todo al otro lado de la barandilla. La noche, la ciudad anónima…
—Vamos a dar una vuelta, Tikki —Propuso y la Kwami frunció las cejas.
—Es tardísimo, Marinette, y mañana tienes que ir al instituto.
Lo sabía, por supuesto, aunque la verdad es que ya había pensado en escaquearse. Su madre se daría cuenta de lo mal que se sentía y seguro que la dejaría quedarse en casa. No le apetecía ir al instituto y fingir que todo estaba bien, ni enfrentarse a las preguntas de Alya.
Pero ahora, por el contrario, lo que más le apetecía era salir.
—Solo una vuelta rápida —insistió—. Para despejarme y dormir mejor cuando vuelva.
—Si te da tiempo a dormir algo…
Eso no le preocupaba demasiado, su sueño estaba tan alterado en los últimos tiempos que sabía que podía soportar unas cuantas horas de clase sin haber dormido apenas, eso si finalmente iba al instituto.
Marinette salió al exterior y otra corriente de aire más fresco la recibió. Sopló contra ella, partiéndose en hebras invisibles al chocar contra su cuerpo y rodeándole como hilos imaginarios para seguir su camino. Traía una mezcla de olores que le gustó y que no se molestó en identificar.
Miró la luna, se estiró y la tensión que le agarrotaba el rostro se suavizó.
Tikki flotó hasta su cabeza y con un gesto rendido, asintió.
—¡Puntos Fuera!
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Notas del 11 de Octubre.
—¿A qué no sabes lo que he hecho?
Fruncí el ceño porque quería irme. Ya había estirado el brazo a punto de lanzar el yo-yo cuando tú me detuviste con esas palabras que me sonaron un poco tontas.
No fue tu culpa, casi nunca lo era.
Estaba cansada, quería llegar a casa y echarme sobre la cama hasta que mis padres notaran mi presencia y me impusieran alguna tarea. Solo fue eso: cansancio. Solo por eso resoplé, bajando el brazo y cuando me giré para mirarte lo hice con mala cara.
—No tengo tiempo para esto, Chat Noir —Eso era cierto, mis pendientes ya habían pitado un par de veces pero pude haberlo dicho de otro modo—. Voy a transformarme y tú también.
Miraste tu anillo e hiciste una mueca, como si no tuviera ninguna importancia. Recuerdo que la sonrisa no se iba de tu cara, esa entre divertida e ilusionada. ¿Yo sonreí? Creo que no, no me acuerdo y si tuviera que adivinarlo, diría que no.
No sonreí.
—Seré muy rápido.
—Está bien.
Solo quería irme, en cambio, estoy segura de que tú querías quedarte todo el tiempo posible. En esos tiempos, casi al principio, cuando ninguno sabía demasiado sobre nada, tú siempre tratabas de robar minutos, incluso débiles segundos, al tiempo que nos quedaba tras derrotar al akuma y te inventabas cualquier cosa para lograr que yo me quedara contigo.
Ahora ya no lo haces.
—¿Sabes qué es esto? —En tu mano tenías un trozo de papel blanco doblado. Alargaste el brazo hacia mí pero yo no hice el intento de cogerlo. Negué con la cabeza y tú arqueaste las cejas sonriendo un poquito más—. Es una nota para ti.
—¿Me has escrito una nota? —Me encogí de hombros sin comprender, eso creo, eso suelo hacer cuando estoy confusa e impaciente—. ¿Para qué?
. Si tienes algo que decirme, puedes…
—Es una nota de amor.
No sé si lo recuerdo de aquella vez o de las otras, pero la sensación que me embargaba siempre que me hablabas de amor solía ser la misma. Notaba un pinchazo molesto, casi irritante, en el estómago seguido de una pesadez que me recorría el cuerpo: incomodidad, aburrimiento, desidia… Solía preguntarme por qué seguías insistiendo después de mis rechazos anteriores, por qué no querías comprenderme. ¡Yo no podía hacer nada! Estaba enamorada de otro y tú eras mi mejor amigo.
No sabía qué palabras usar, o qué cara poner.
Creo que, para ese entonces, se me pasaba por la cabeza que lo hacías solo para molestarme y tal vez, por eso, no fui muy amable contigo.
—¿En serio? ¿Una nota de amor?
—De hecho no es una —dijiste tan tranquilo—. He escrito varias y las he escondido por distintos lugares de la ciudad.
—¿Cómo?
¿Cómo se te ocurrían estas cosas, gatito?
Me gustaría saberlo ahora. ¿Cómo, después de tantos rechazos, aún tenías estas ideas y el valor para llevarlas a cabo?
Mi dulce gatito…
—¿Te has vuelto loco? —Te pregunté. Seguramente avancé hasta ti en actitud regañona, alzando la voz, estrechando los ojos, frunciendo el ceño. Porque sé que vacilaste, aunque aún tenías suficiente aplomo como para soportar mi reacción—. ¿Por qué has hecho algo así?
—Me pareció divertido, mi lady —respondiste, lo más probable es que lo hicieras sin pensar—. Ahora, cuando estés patrullando y te pares a descansar en cualquier lugar, podrías encontrarte una de mis notas de amor y pensar en mí.
—¿Y?
—Bueno… y sabrás que yo también pienso en ti.
Esas palabras o algo en tu expresión debieron aplacar, al menos un poco, mi enfado. De todos modos resoplé hasta vaciar mis costillas de aire y me froté la cara con la mano. Estaba muy cansada (eso ya lo he dicho) y creía que, en realidad, tratabas de burlarte de mí, pero nunca quise ser mala contigo. Por eso intenté calmarme antes de hablar, aunque desvié la mirada cuando me ofreciste la nota que tenías en tu mano.
No, creo que nunca tuve la intención de cogerla.
—Chat Noir… —Las palabras me pesaban, me sabían rancias en la boca antes de empujarlas fuera. ¿Te miré? No creo, pues sabía que tu mirada me confundiría y me haría vacilar. Creo que me miré los pies—; ¿cuántas veces tengo que decirte que yo ya…?
—Estás enamorada de otro chico.
—Sí —respiré hondo. Intenté alzar la mirada pero volví a fallar—. ¿Qué sentido tiene esto entonces?
—Ninguno —dijiste y me animé a levantar un poco la cabeza—; solo era una sorpresa, algo para hacerte sonreír —Entonces doblaste el brazo, retirando tu nota de mí—. A lo mejor ese chico no te escribe notas de amor.
De hecho no, no lo hacía. Aún no lo ha hecho. Pero no lo admití en voz alta, no porque quisiera que tú pensaras lo contrario, sino porque (lo creas o no) me costaba mucho hablar de él contigo. Detestaba cada vez que tenía que mencionarle frente a ti, creía que tú me obligabas a hacerlo y por eso podía odiarlo.
—Sé que lo haces con buena intención, pero…
—Te molesto, ¿verdad? —Al mirarte, por fin, me sorprendió ver que la sonrisa ya no estaba. Vi tus orejas negras aplastadas sobre tu cabeza y me sentí mal. Eso era lo que yo quería evitar, gatito, ¿no lo sabías? No quería tener que rechazar tus gestos románticos y hacerte sentir triste. Hablarte de cosas que no querías escuchar—. Siempre te molesto con mis tonterías —Creo que abrí la boca para rebatir eso pero entonces, lo recuerdo bien, aplastaste la nota en tu mano, cerrando el puño y tu anillo volvió a pitar—. Lo siento, Ladybug.
—Chat Noir, yo… —Mis pendientes también pitaron y me entró el pánico, porque no sabía cuantos segundos me quedaban antes de que la máscara desapareciera—. Tengo que irme o…
—No te preocupes.
—Pero… ¿podemos hablar en otro momento de esto?
Me miraste, solo un segundo, antes de que tus hombros decayeran y me respondieras con la voz más triste del mundo.
—No hace falta —Sacaste tu bastón y te volviste hacia el borde del edificio—. No te preocupes por el resto de las notas, me he asegurado de colocarlas en sitios donde solo nosotros podamos encontrarlas.
. Yo me encargaré de deshacerme de ellas.
—Pero…
Un nuevo pitido (¿tuyo o mío?), en cualquier caso te hizo saltar y al segundo siguiente, perdí mi transformación y no pude seguirte. Te convertiste en un puntito de reflejos púrpura que se perdió en el cielo nocturno.
Me temo que no sabía comportarme de otra manera. Me temo que no entendía a qué estaba renunciando… Todo era un caos. La vida tal y como la había conocido hasta ese momento había dado un giro que no sabía manejar. Solo quería cosas fáciles y pensaba que si tú me olvidabas, todo sería más fácil entre nosotros.
No sabía que todo se complicaría tanto que tu amor, dulce y acogedor, sería lo único sencillo que querría tener de vuelta.
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2.
[3 de Mayo. Madrugada]
Cualquier otra noche no habría visto el papel atorado en la grieta de aquel viejo y altísimo edificio. Sobresalía como lo hacen las briznas de hierba, buscando el sol, entre los adoquines de cemento del suelo. Su presencia allí arriba resultaba llamativa, extraña. Tanto así que le costó recordar lo qué era, lo que significaba.
Se detuvo, perpleja y se quedó mirándola.
Si hubiese sido una ocasión distinta, tal vez habría pasado de largo, poniendo los ojos en blanco y refunfuñando por lo bajo cualquier tontería (No tengo tiempo para esto. ¡Ni siquiera está bien! ¿Por qué no se rinde de una vez?). Seguro que en más de una ocasión había estado cerca de alguno de esos papelitos y ni siquiera había reparado en él.
Pero ahora…
Todo había cambiado.
Ladybug descubrió el borde blanquecino asomando entre la roca y su corazón dio un vuelco. Entre sacudidas histéricas, lo sacó de la grieta y lo abrió para leerlo bajo un rayo de luz de luna.
¡Buenos días, tardes o noches!
Tu miauravilloso compañero te escribe esta nota para decirte: ¡Hola!
Pienso en ti, bichito, como siempre hago. ¿Tú piensas en mí?
¡Oh, está bien! Ya sé que no. Pero me apuesto mis bigotes a que algún día lo harás.
¡Hasta pronto!
La heroína contuvo un suspiro y volvió a leerla. Esbozó una sonrisita débil, casi desecha antes de que las comisuras de sus labios se estiraran del todo.
—Esto no es una nota de amor —susurró, ahogando una risita amarga.
Pero al instante, una profunda pena la invadió, muy deprisa, y la atrapó en un nuevo llanto incontrolable que retumbó entre los tejados, entre las estrellas de esa noche tan clara.
Se ocultó adentrándose en ese tejado quejumbroso para que nadie, desde el suelo o desde alguna ventana indiscreta, la viera en ese estado, y como no podía hacer otra cosa, dejó que la tristeza se cebara con ella. No intentó consolarse con ningún pensamiento, sabía que no tenía derecho. Cuando las palabras estuvieron grabadas en su mente, apretó la nota contra el pecho, cubriéndola con ambas manos para que no se mojara con sus lágrimas.
¿Tenía que encontrarme esto justo hoy?
El mensaje le había atravesado el pecho como una espada, robándole el preciado aire a sus pulmones, arrasándole el rostro como una llamarada. Y sin embargo, Ladybug decidió que recorrería toda la ciudad buscando el resto de esas notas, ya que eran todo lo que le quedaba. Estaba empezando a aceptar que el amor de Chat Noir ya no le pertenecía, pero resultaba que los restos de éste seguían diseminados en las alturas de París y aún podía hallarlos.
Podía encontrar esos mensajes y leerlos. Podía recordar. Recordar sería mejor que nada. Por eso había empezado a escribir un cuaderno con todos los momentos importantes que ambos habían compartido. Porque cuando has perdido algo tan querido tienes que guardar todos los recuerdos posibles.
Cuando dejó de llorar, volvió a leer la nota.
—No es una nota romántica —repitió para sí.
Era solo un mensaje amigable, aunque eso no le quitaba valor pues ella sabía cuál había sido el sentimiento que había latido en la mano que la escribió. Chat Noir sí estaba enamorado de ella cuando las redactó, y cuando las repartió por los rincones secretos de Paris y también cuando le contó lo que había hecho con una sonrisa ilusionada.
¿Cuánto había pasado?
¿Cuánto tiempo hacía que estaba en esa grieta?
Los bordes estaban amarillentos y quebradizos, quizás había llovido alguna vez desde que la nota fue escondida en lo alto de ese edificio, pero el mensaje había sobrevivido gracias a la protección de la roca.
La nota seguía ahí, el amor no.
¡Era tan extraño pensar algo así!
Desde que se conocieron, el amor de Chat Noir había sido una de las cosas más constantes y sólidas de su caótica vida. Sin importar lo que pasara o lo que ella hiciera, era algo que siempre estaba ahí. Algo en lo que podía confiar. Por eso había seguido creyendo que existía incluso cuando Chat empezó a actuar diferente, se había negado a ver las señales.
¡Incluso esa noche!
Se sentía ridícula por no haber llegado a esa conclusión por sí misma y aún peor por la sorpresa que le supuso que el chico le confesara que ya no la amaba. O quizás estaba demasiado atontada por las atenciones que Marinette estaba recibiendo de él, por la alegría de la cita a la luz de la luna, la emoción de los besos… ¡Pues claro que estaba atontada!
Tanto que casi había sido akumatizada.
Ladybug sacudió la cabeza sin querer pensar en lo que había estado a punto de ocurrir, también se sentía culpable por eso. ¡¿Qué la estaba pasando?! Estaba como obsesionada con él, no podía dejar de pensar que debía haber un punto crucial en esa historia que había propiciado el cambio en los sentimientos del chico. El momento en que dejó de quererla pero, ¿cuándo ocurrió?
¡Necesitaba saberlo, aunque no sabía por qué!
¿Eso la aliviaría en algo el dolor que sentía?
No se lo quitaba de la cabeza.
¿Fue el día de Júbilo?
¿Antes?
¿Fue la noche en que Monarca le arrebató los prodigios?
¿Todavía me amaba entonces?
Él estuvo ahí para ella, acudió a su lado en el peor momento de su vida. La cogió de la mano, la ayudó a ponerse en pie y la abrazó con todas sus fuerzas. No, no, solía decirse, no pudo ser esa noche. Recordaba ese abrazo, la firmeza con que la sostuvo y estaba segura de que el amor aún estaba allí.
Un amor que ella no merecía.
A lo mejor, parte de la pena que ahora la acosaba, era porque jamás había merecido un amor tan puro, tan desinteresado y tan enorme.
Atormentada por esta nueva idea, Ladybug se dejó llevar por un tonto impulso; buscó en su yo-yo un bolígrafo y escribió por el revés de la nota una serie de palabras que se precipitaron en su mente, con la misma violencia con que la pena le estrangulaba la garganta. Necesitaba escribirlas, sacarlas de su mente. Después dobló la nota y la devolvió a la grieta.
Las ganas de llorar volvieron con más saña, supo que debía alejarse de allí de inmediato.
Creo que es mejor que no busque el resto se dijo, respirando con fuerza a través de su nariz congestionada. Creo que ya no quiero saber qué dicen.
Sacó su yo-yo y apuntó al edificio que tenía en frente, aseguró el salto y antes de levantar los pies del suelo, volvió la cabeza. El borde amarillento asomaba por la grieta de nuevo, no estaba segura de querer dejarlo ahí pero antes de cambiar de opinión salió volando de aquel tejado.
La noche estaba despejada y cada vez hacía más calor, pero aún era posible que lloviera un poco antes de que le verano se instalara en París. Una fuerte tormenta podía estallar en cualquier momento y deshacer el papel, borrando sus palabras y las de Chat Noir.
Y pasaría lo mismo con el resto de notas que aún permanecían escondidas a lo largo y ancho de Paris. Las palabras de amor de su gatito de emborronarían y desaparecerían sin que ella las hubiera leído.
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Notas del 19 de Abril.
Incluso de esta noche hay que hablar. Hay que escribir lo que pasó, o lo que recuerdo que pasó.
¿Qué pasó?
Fracasé. Lo estropeé todo. Fallé como Guardiana de la caja de los Prodigios, como heroína y protectora de la ciudad de París y… Ah, lo sé, fallé como compañera. No hizo falta que tú lo dijeras, sé que jamás lo habrías hecho y menos tal y como me encontraste. Pero yo lo sé. Y lo escribo aquí. Y me lo repito muchas veces, más de las que Tikki o Alya creen que debería.
Fallé.
Me equivoqué.
Lo perdí todo aquella noche, salvo…
—A mí no me has perdido.
¿Eso fue lo que dijiste? Los oídos me zumbaban por el pánico, el sonido de la lluvia y los truenos. Sin embargo, creo que fue algo así. A lo mejor lo creo porque era la pura verdad; después de todos mis errores, solo te tenía a ti.
Tú y yo, otra vez.
No sé si sabes que llevaba horas sin respirar. Cuando descubrí lo que había pasado con los prodigios sentí que me quedaba sin aire en el cuerpo y apreté los dientes, de pura angustia. Nada podía pasar a través de mis labios o mi nariz, no sé cómo seguía en pie. Pero cuando volví la cabeza hacia tu voz y te vi allí, en absoluto asustado o decepcionado, volví a respirar.
Cogí una honda respiración que templó mi cuerpo y me permití pensar que todo se solucionaría algún día.
Lo supe al mirarte, pero me convencí de ello cuando me abrazaste. Sí, estoy segura de que aún me amabas, a pesar de ver lo desastre que podía llegar a ser. Me viste tal cual era de verdad y aún me amabas… ¿verdad?
O… ¿Fue entonces?
¿Tu amor empezaba a apagarse?
Todas las veces que pienso en aquello me respondo que no, aún no. No esa noche, eso me digo y lo escribo aquí. Esa noche aún me querías. Y ponerlo por escrito me da un tonto sosiego que es, en verdad, inútil, aquí, en el presente.
Cuando ya no me quieres.
Sin embargo, los resortes de mi cerebro se empeñan en devolverme a ese momento una y otra vez.
¿Por qué, gatito?
¿Y si no se trata del momento en que tus sentimientos empezaron a cambiar?
¿Y si aquella noche fue cuando empezaron a cambiar los míos?
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3.
[3 de Mayo. Madrugada]
Ladybug siguió sobrevolando la ciudad, sin un rumbo fijo, yendo de un lugar a otro, procurando no llamar la atención y manteniéndose a una altura considerable para que nadie la viera ni pretendiera hablar con ella.
Todo estaba tranquilo. No contaba con que hubiera más akumatizaciones después de la de André.
Hasta Monarca tendrá que irse a dormir alguna vez.
Otra pelea habría sido lo peor en esos momentos, pues poco a poco se iba percatando de que aquel no era un paseo sin más. Su mente, saltando del pasado al presente sin descanso, estaba llevando a cabo una tarea crucial, inevitable y pesarosa.
Chat Noir la había rechazado y ella estaba transitando por una especie de duelo acelerado mientras aceptaba la perdida de ese amor y se despedía de él. No lo hacía de manera consciente pero cada lugar que visitaba, cada pensamiento que tenía la dirigían hacia ese lugar. Un lugar seguro, aunque solitario, desde el cual podría serenarse y volver a ser la heroína responsable y cuidadosa que esa ciudad necesitaba.
Ella quería ser esa persona otra vez.
Para ayudarla, la noche se fue haciendo más oscura y desierta. Ya no había casi viandantes por las calles y los parpadeos de los faros de los coches escaseaban sobre el asfalto. Algunos locales abiertos y los escaparates iluminados de las tiendas cerradas acompañaban a las farolas en su tarea de iluminar el mundo a ras del suelo, pero eso a ella no lo interesaba. Ladybug se guiaba por las corrientes de aire, más templadas y por los destellos aislados de algunas ventanas de los pisos superiores.
Se alejó del centro y vagó por las zonas residenciales, allí el silencio era aún mayor pero eso calmaba su espíritu.
Así fue que comprendió que debía concederse unos instantes para rememorar la citaque Chat Noir y ella, Marinette, habían tenido esa noche antes del ataque. También debía despedirse de eso para seguir adelante. No iba a ser fácil pues, con todo, había sido una cita hermosa y repleta de detalles tiernos y especiales. Lloraría por ese amor que se había marchitado antes incluso de que el primer tallo saliera de la tierra y, aunque ella comprendía a qué se debían las reticencias del héroe, estaba decepcionada.
Hundida.
Sabía que no le serviría de nada ser dramática pero no podía evitarlo. ¡Había sido tan feliz! Por una sola vez en su vida había sentido que todo encajaba. Con Chat Noir. A ella le gustaba, él también parecía encantado a su lado, se reían, hablaban sin problemas, no había nervios ni dudas. Todo había ido sucediendo de una manera tan sencilla y natural que, ¿cómo no pensar que debía ser así?
Que los dos estaban hechos el uno para el otro.
Había esperado, sufrido, desesperado a causa del amor pero, al fin, creyó que estaba a punto de comenzar su gran historia de amor. La que creía merecer, como el resto de chicas de su edad.
Finalmente, agotada de tanto pensar, Ladybug acudió a la Isla de los Cisnes de nuevo. Si debía despedirse de todo, no le pareció mala idea hacerlo desde el mismo lugar donde, horas atrás, había sido tan feliz.
Cruzó uno de los puentes y recorrió el paseo arbolado que llevaba a la isla. En un primer momento no le pareció el mismo lugar pues se había ido la gente, la música, las luces flotantes de los árboles y por supuesto, André y su carrito de helados tampoco estaba en su puesto. Ahora, en cambio, podía oír a los grillos cantando entre la hierba reseca del suelo y tal vez, vería alguno saltando entre los haces plateados de la luna.
La luna llena. Ella sí seguía siendo la misma.
Para cuando llegó a la zona arenosa, los recuerdos le llegaban con mayor claridad. Antes de acercarse al agua, vislumbró la sombra alargada de la réplica de la Estatua de la Libertad que había en el centro y sintió que sus mejillas se sonrojaban, pues había sido a sus pies donde Chat Noir y ella se habían besado por primera vez. El rumor de las diminutas olas embistiendo la tierra canturreaba la misma melodía que había oído antes, en verdad, la música seguía ahí.
Y los olores trenzados en la brisa. El eco de su risa… casi podía oírlo todavía, en algún lugar del cielo.
Caminó mirándose los pies para que sus otros sentidos se empaparan de esas sensaciones perdidas y en un momento dado, se dejó caer sobre sobre el suelo, doblándose sobre su estómago, para que el aire retenido en sus pulmones saliera a la noche.
No se fijó en nada, solo en que su dolor menguaba un poco.
No percibió la figura oscura que se incorporó desde lo alto de la estatua que vigilaba la isla en cuanto la oyó llegar y que la observó, con curiosidad, durante unos segundos.
—¿Bichito? —La voz le cortó la respiración. Venía de arriba, ¿del cielo? Ladybug alzó la vista y al verle, tembló—. ¡Hola!
El chico saltó para acercarse a ella con sus andares habituales despreocupados, incluso puede que un poco animado.
—¿Qué haces aquí? —le preguntó, a pesar de que ella no había respondido a su saludo—. Vaya sorpresa.
Sí que parecía animado y ella se preguntó por qué. ¿Le había pasado algo bueno en las horas que habían estado separados? Le resultó un poco desagradable teniendo en cuenta que ella no había hecho otra cosa más que sufrir por él.
—Creí que estarías durmiendo, digiriendo el empacho de helado de hace un rato.
Y además se hacía el bromista, como siempre. Como si nada hubiese cambiado. En ese momento, le pareció obvio que él ya estaba más que acostumbrado a la nueva situación entre ellos, por eso podía hablarla así, como si no existiera nada doloroso entre ambos.
No era su culpa, por supuesto, él se había ido amoldando a ella en todo momento. Había luchado un poco, claro, había luchado por conquistarla pese a sus desplantes, pero, al final, había dado un paso detrás, creyendo que por fin la complacía cuando en verdad, le rompía el corazón.
—¿Y tú? —replicó ella, poniéndose en pie de un salto. Recordó la pelea contra André y alzó la voz sin querer—. Deberías estar descansando, Heladiador te dio un golpe muy fuerte en la cabeza —Sin pensar, estiró su mano para rozarle la nuca pero un pinchazo en el corazón la detuvo.
Apretó el puño y bajó el brazo, avergonzada, desviando la mirada.
—Tranquila —dijo él, como si no se hubiera dando cuenta de nada—. Tus mariquitas mágicas me dejaron como nuevo.
—Oh, sí, claro —murmuró, un poco sorprendida—. Lo había olvidado.
Mantuvo los ojos en el suelo, en esa manta grisácea y tersa de arena, sin más ánimo para hacer otro gesto salvo frotarse el codo con la mano.
—¿Va todo bien, mi lady?
Ella apretó los labios.
—Sí —contestó—. Pues claro.
—¿Segura?
—Todo está bien.
—¿Y por qué no me miras a la cara?
Intentó alzar la mirada pero experimentó un desasosiego absurdo y feroz, fue incapaz. Meneó la cabeza y se dio la vuelta, moviendo los brazos y los hombros como si destensara los músculos en un gesto casual.
—Estoy cansada —Su mano se movió hasta su yo-yo pero sus dedos se crisparon, quería huir lejos de ese lugar antes de que el chico notara su inquietud, pero no estaba lista para regresar a su casa—. Se ha hecho muy tarde.
—Sí, eso estaba pensando yo cuando has aparecido —Chat Noir sonó casi pegado a su espalda y eso la hizo estremecer, el tacto invisible de su mano planeando sobre su hombro.
—¿Qué hacías aquí? —Le preguntó de nuevo.
—No podía dormir así que decidí salir un rato.
La voz de la chica tembló, su nariz estaba atorada por la humedad del agua y el bochorno de aquella noche.
—¿Y por qué has venido aquí? —Intentó respirar, a pesar de todo—; si se puede saber.
—No sé. He estado en muchos sitios antes.
—Pero has acabado aquí.
Chat Noir no respondió a eso y ella, en su silencio, quiso creer que había acudido a ese lugar en concreto para pensar en ella. O sea, en Marinette. En su cita. Y casi la hizo sentir un poco mejor.
—Estaba recorriendo los tejados cuando… —retomó él, con una voz diferente—; he encontrado algo.
Intrigada, volvió la cabeza sobre su hombro, esquivando la mirada del chico y casi se le para el corazón cuando vio que lo que sostenía en su mano derecha era un trozo de papel.
No…
No un trozo de papel cualquiera, estuvo segura (aunque no podía estarlo, ya que había poca luz y el papel estaba doblado), de que era el mismo papel que ella había encontrado en la grieta esa noche.
Los dos habían recorrido la ciudad visitando los mismos lugares para acabar encontrándose allí. Justo allí. En el lugar de su única cita romántica.
¿Podía ser posible una casualidad semejante?
De la impresión que sintió, Ladybug se volvió hacia él sin dejar de mirar el papel.
—¿Q-qué es e-eso?
—Es una de las notas que te escribí y escondí por la ciudad, ¿lo recuerdas? —Rígida como una estatua, logró asentir con la cabeza. Chat Noir, por el contrario, no llegaba a captar la suerte de emociones terribles que la estaban torturando, pues seguía sonriendo como si aquella fuera una charla sin más—. ¿Recuerdas lo mucho que te enfadaste conmigo cuando te conté lo que había hecho?
Las lágrimas estaban de vuelta en sus ojos, trató de pararlas apretando los párpados pero el líquido iba a desbordar sus pestañas, de modo, que se llevó una mano a esa zona de su rostro y la cubrió.
—¿Por qué la has cogido?
—Pensaba recogerlas todas, poco a poco —respondió él—. No recuerdo exactamente donde puse cada una, así que cuando me encuentro con una…
¿Las estaba recogiendo? ¿Para qué? ¿Para destruirlas?
Eso era todo lo que quedaba vivo del tiempo en que él la había querido y también lo estaba haciendo desaparecer. La idea le produjo un dolor horrible.
—¿Por qué estás haciendo eso? —quiso saber, aunque la respuesta era obvia.
Porque ya no te quiero de ese modo, Ladybug.
—Como sé que te molesta que estén por ahí, pensé que eso te haría feliz.
¿Feliz? ¿Cómo iba a hacerme feliz algo así?
—Puede que haya cambiado de opinión —Tras esas palabras calló, porque no supo cómo seguir explicándose. Lo único que podía decirle para que entendiera ya no podía compartirlo con él.
Había tan poco que pudiera decirle ya…
—Está tiene algo escrito por detrás —Porque, por supuesto, que era la misma notita que ella había encontrado horas atrás, en la que ella había escrito aquellas palabras que se le cruzaron por la mente y que, en lugar de dejarlas ir para que se perdieran en ese lugar donde va todo lo que callamos, ella había plasmado ahí mismo, convencida de que nadie (y mucho menos él) la leería nunca. Alzó la mano, asustada, pero Chat Noir ya estaba leyéndola, así que volvió a cubrirse el rostro sabiéndose pérdida—. Lo siento mucho, gatito. He vuelto a fallar en esto. Nunca merecí tu amor. Ahora ya no me quieres y yo…
No pudo resistirlo, de modo que le arrebató la nota de las manos antes de que terminara de leer. Se dio la vuelta y pegó el papel a su pecho. Era un acto inútil porque estaba segura de que él ya lo había leído.
A veces, solo nos queda confiar en las cosas inútiles.
—¿Ladybug?
—¡No! —exclamó, frotándose los ojos, estirando de su garganta para que su voz saliera ligera, desenfadada. Intentó forzar una risita extraña y carraspeó al no conseguirlo—. O sea… No pensarás que eso lo he escrito yo, ¿verdad?
Chat Noir calló y el tacto imaginario de su mano volvió a estar en su hombro, esta vez un escalofrío lo acompañó bajando por su espalda y rodeando su cintura.
—Pues no sé —murmuró—. Tú eres la única que me llama gatito.
Tonta se reprochó.
El llanto se intensificó a la altura de su garganta, pronto no podría respirar. Y es que había sido una noche tan larga que estaba completamente agotada. ¿Para qué seguir mostrándose fuerte, valiente y magnífica cuando el modo en que Chat Noir la miraba ya no era el mismo?
Dejó de reprimir su dolor.
Estalló igual que unas horas atrás en su balcón, igual que en el edificio de la grieta que ocultaba ese último mensaje de amor. Todo había terminado y tenía derecho a llorar por ello.
Se le doblaron las piernas pero sus rodillas no llegaron a hundirse en la arena porque unos brazos la sostuvieron a tiempo y la mantuvieron erguida. Los mismos brazos que siempre la habían mantenido en pie. También, el mismo cuerpo que solía protegerla de los peligros la acogió, ahora, en un abrazo poderoso que no resultó tan consolador porque el dolor estaba en todas partes. Cada gesto cariñoso de Chat Noir se convertiría en una herida insoportable a partir de ahora y sin embargo, no pudo evitar aferrarse a él con todas sus fuerzas y seguir llorando.
—Qué tontería es esa —dijo él, acariciándole la espalda—. ¿Qué ya no te quiero? —Chat Noir respiró hondo, su cuerpo se infló y desinfló muy poco a poco contra ella—. Eres de las pocas personas a las que no podría dejar de querer nunca.
—Pero ya no estás enamorado de mí… ¿verdad?
No quería una respuesta contundente, sería demasiado devastador oírlo en ese instante de vulnerabilidad extrema, pero por otro lado, ella ya lo sabía, y quizá necesitaba que Chat Noir destruyera las escasas y moribundas esperanzas causantes de esa agonía resistente.
Quiso contener la respiración pero su pecho estaba tan acelerado como antes, a punto de estallar para que su corazón muriera de una vez.
—Tú nunca has querido que estuviera enamorado de ti.
Ladybug sollozó más fuerte y se apartó de él con brusquedad. Le dio la espalda, apretándose los brazos y regresó a la oscuridad del agua.
¿Por qué no lo dices?
Se merecía oírlo, por todas las veces que ella había dicho algo parecido y había causado dolor.
—Vamos dilo —Le pidió—. Di que ya no me amas y nunca más lo harás.
Pero Chat Noir se mantuvo en silencio, puede que contemplándola y pensando lo peor de ella. O sin saber qué pensar si quiera.
—Puede que haya cambiado de opinión…
—¿Qué?
—No te había entendido hasta ahora —El papel crujió en su mano, aún lo sostenía. Era casi lo único que se escuchaba, como si el resto de sonidos se hubiesen ido—. Ese sueño que tuvimos cuando nos afectó el poder de Júbilo… —Ladybug dio un respingo, sobrecogida—. Entonces, ¿aquello sí fue real?
Chat Noir no lo estaba descubriendo ahora, era evidente por su calma y seriedad. Ya sabía. Pero, ¿qué sabía exactamente?
—C-creo que sí —admitió, derrotada.
—Dijiste que no lo era.
—Mentí —reconoció, frotándose la cara con el puño, intentando retirar las lágrimas—. No creo que sea posible manipular el poder de los prodigios, ni siquiera Monarca podría hacerlo.
Ladybug aguardó por una respuesta pero su compañero volvió a enmudecer, tal vez ya estuviera buscando las palabras más suaves y dulces, pues así era él, para decirle lo que ambos sabían y estaban pensando.
Que Júbilo ya no importaba, solo había sido un sueño bonito que ya estaban empezando a olvidar. Él ya lo había olvidado. No valía la pena ni que le preguntara si aún pensaba en él y en lo que le dijo entonces.
Terminó de secarse la cara con las manos y regresó a su lugar en el suelo, clavando los ojos llorosos en el agua susurrante. Dobló con cuidado la nota y la ocultó en su puño para no perderla. Sí la quería. Ésta había perdido su lugar en la grieta, como ella lo había perdido todo.
Al cabo de unos segundos, Chat Noir se sentó a su lado, aún en silencio. Igual que aquel otro día, ella se sentía incapaz de mirarle. Ninguno habló durante un rato aunque no hacía falta decir mucho ahora que todos los secretos estaban al descubierto.
O casi todos.
Transcurridos unos instantes, Chat Noir se movió. Su cuerpo tembló o se agitó por algo, Ladybug percibió, incluso, que su temperatura aumentaba de golpe y le oyó farfullar algo que no entendió. Le miró de reojo pero el chico, con el ceño fruncido contemplaba el agua mientras sus labios se movían como si hablara en su mente. Al notar que ella le miraba, dio un respingo y se sonrojó.
Ladybug también se ruborizó, sin saber por qué, y apartó la mirada.
Pasaron unos cuantos segundos más y entonces, la mano del chico se posó en su hombro para, después, deslizarse por el interior de su brazo hasta el codo, y de ahí hasta su muñeca. Le dio un apretón y tomó su mano para besarla.
Ladybug apretó los labios, confusa y temerosa.
—¿Qué…? —La piel que asomaba por el antifaz seguía encendida en medio de la luz lechosa que caía del cielo, pero Chat Noir sonreía un poquito y eso hizo que su corazón se encogiera. No entendía qué significan esos gestos pero eran tan tiernos que estaba a punto de echarse a llorar otra vez. La mano volvió a moverse, ahuecándose para cubrir el perfil de su barbilla. Entonces, el rostro del héroe se acercó al de ella y la besó en los labios.
Ladybug estaba muy confusa, pero su instinto natural fue girarse hacia él y abrazarle con todas sus fuerzas. Se olvidó de todo y se dejó inundar por esas sensaciones maravillosas que resucitaron su cuerpo arrasado por el dolor, por la falta de sueño, por las críticas hacia sí misma. Se aferró al chico al que tanto quería y lo saboreó hasta después de lo que pareció una eternidad deliciosa y un segundo brevísimo.
Los labios de Chat Noir se separaron con suavidad dejando un rastro de paz y sosiego en su piel. Cuando ella abrió los ojos, él la contemplaba con una expresión curiosa; la miraba y no la miraba. Observaba su rostro en conjunto como si hiciera mucho que no se veían, incluso sus dedos se estiraron para rozar sus cabellos atrapados en los coleteros y la boca de él tembló un instante, como si se le fuera a escapar una risita.
Cerró un instante los ojos y al abrirlos, los clavó en los de ella.
—Mi lady —Hizo una pausa, pensativo, antes de seguir—. Tú tenías razón.
—¿Eh? —murmuró, confusa—. ¿Razón en qué?
—Cuando me decías, una y otra vez, que sería muy peligroso que hubiese una historia de amor entre nosotros —respondió y el corazón, frágil, de la chica volvió a sufrir. Pero él la rodeó con su brazo, apretándola con fuerza contra su pecho con la misma firmeza y entusiasmo de antaño—. Esta noche una persona muy importante para mí ha estado a punto de ser akumatizada por culpa de mi amor por ella.
. Y ahora tú, que me importas mucho también, estás llorando por la misma razón.
—Vaya par de tontas —La alivió decirlo porque casi parecía una broma y no algo tan doloroso.
No obstante, Chat Noir lo negó al instante.
—Sois las dos chicas más inteligentes que conozco —replicó, estirando una sonrisa cansada y triste.
—¿No estás enfadado conmigo?
—¿Por qué iba a estarlo?
—Porque te quiero —confesó Ladybug con el rostro rojo y la garganta seca—. Justo ahora que tú no me quieres —Meneó la cabeza, pesarosa—. Después de todas las veces que te he rechazado.
—Bueno, eso no es culpa tuya —opinó él y a ella le sorprendió lo ligera que sonaba su voz ahora—. Los sentimientos son así de caprichosos —La apretó un poco más fuerte—. Y lo cierto es que aún te quiero.
Como amigo, pensó ella. Aunque, la verdad era que ese beso que acababa de darle no era precisamente de amistad.
—También quiero a Marinette —soltó él de repente, haciéndola dar un respingo—. Las dos sois tan extraordinarias —añadió con toda la calma del mundo—. Pero, me temo, que no puedo amaros a ninguna de las dos.
. Si lo hiciera, pondría en grave peligro a Marinette, porque eso la colocaría en el blanco de Monarca, y jamás podría permitirlo.
. Y si tú y yo estuviéramos juntos pasaría lo mismo. Monarca se daría cuenta y buscaría el modo de usarlo en nuestra contra. Ahora es más poderoso que nunca y debemos concentrarnos al máximo si queremos vencerlo y ser libres, como en el sueño de Júbilo, ¿no crees?
Todo era cierto, por más que la llenara de tristeza. Chat Noir acababa de resumirlo de un modo simple, aunque brillante. No había más que hablar: sus responsabilidades como héroes siempre se interpondrían en su amor, no importaba qué combinación escogieran para hacerlo realidad. El peligro no iba a desaparecer, ni para ellos, ni tampoco para la ciudad de París.
Se debían a su misión por encima de todo.
—Tienes razón —asintió ella, encogiéndose sobre sí misma.
—No, tú la tienes —replicó él con un suave tono burlón—. Porque tú lo dijiste desde el principio.
—Es verdad —Ladybug se forzó en seguir la broma y casi se sintió un poco mejor—. Yo tenía razón.
—¡Cómo siempre!
Se le escapó una risita que le pareció tan impropia como la ligera alegría que notaba en su pecho. En realidad, era maravilloso estar bajo las estrellas con él, con sus brazos rodeándola, entre bromas, y sentir sus labios posarse en su pelo de vez en cuando.
No parecía una despedida de verdad.
—A lo mejor deberíamos dejar el amor para el chico y la chica que somos tras la máscara —sugirió Chat Noir entonces—. Para ellos será más fácil.
—¿Incluso con tantos secretos por medio? —La chica suspiró y meneó la cabeza—. No lo creo, gatito.
—Basta con encontrar a la persona adecuada —respondió él y de un modo algo vacilante, le preguntó—. Tú ya tenías a alguien especial, ¿no es verdad?
El dulce rostro de Adrien apareció en la mente de Ladybug.
—No creo que funcionara —musitó ella—. De hecho, he estado pensando que también debería olvidarme de él.
—¡No! —Chat Noir levantó la voz y sus manos la apretaron con más fuerza durante un segundo. En seguida se recompuso, tosió y volvió a la normalidad. Ladybug giró el rostro con extrañeza y descubrió que volvía a estar ruborizado—. No deberías renunciar al amor, mi lady.
—Pero…
—¡O sea…! Por supuesto puedes hacer lo que quieras —añadió él a toda prisa. La miró, recuperando su sonrisa y acercó su rostro al de ella—. Solo digo que te mereces ser feliz y tener amor, aunque no sea el mío —Ladybug esbozó una media sonrisa entendiendo lo que quería decir—. Quizás algún día, cuando derrotemos a Monarca y todo esté bien, podamos hacer realidad el sueño de Júbilo.
. Hasta entonces, en nuestra otra vida, tenemos que seguir intentando ser felices, ¿no crees?
—¿Es eso posible?
Chat Noir se lo pensó por un momento, su rostro se tiñó de gravedad mientras su mirada viajaba lejos de esa isla y de ella, pero regresó. Y es que había algo, ella no sabía lo que era, en el modo en que la miraba que era nuevo y, de algún modo, intenso y esperanzador. La mano del chico le rozó el rostro con cuidado.
—Te lo prometo, bichito —Y lo dijo con una confianza sobrecogedora—. Será mucho antes de lo que piensas.
Vaciló como si no hubiera acabado, pero entonces calló. Se le veía tan seguro, tan tranquilo, tan confiado que ella no tuvo más remedio que creerle también y, por fin, su corazón se calmó.
Ladybug sonrió un poquito. Estiró los brazos hacia él una última vez y le besó de nuevo. Éste fue un contacto alegre, no como ese último beso del sueño de Júbilo. Chat Noir la acogió en sus brazos y la acunó hasta que ella estuvo tranquila.
—Deberíamos irnos a dormir —declaró ella, mucho después. Era como si todo hubiese vuelto a la normalidad a la que ambos estaban acostumbrados y eso se sentía bien.
La heroína abandonó la Isla de los Cisnes un poco más contenta que unas horas atrás. Con el absurdo pensamiento de que todo estaba bien y su nota de amor aún apretada en el puño.
.
.
.
Notas del 4 de Mayo
Adrien ha venido a verme.
Esta noche he dormido tan poco y tan mal que, al principio, he creído que era un sueño. ¡¿Qué estaba haciendo Adrien en mi cuarto?! Y, claro, por esa misma razón, me ha costado creer lo que me ha dicho.
Ha dicho que me quiere.
Todavía suena irreal, como un sueño o una fantasía rota.
Le he mentido: le he dicho que yo no le quiero pero él no me ha creído. Ha sido extraño pero Adrien estaba tan seguro que, por un instante, me ha recordado a Chat Noir. Estaba igual de tranquilo y confiado como él lo estaba anoche. Y eso me ha hecho recordar las palabras de mi gatito, todo lo que me dijo sobre que la chica tras la máscara no debía renunciar al amor y que, tal vez, con la persona adecuada, podría funcionar.
Yo siempre he creído que Adrien era esa persona. Siempre he creído que era el amor de mi vida.
La verdad es que hace unas pocas horas que se ha marchado y sigo tan confundida que ni siquiera recuerdo bien lo que le he dicho.
¿He acabado admitiendo mi amor por él? ¿He aceptado el suyo?
¡No me acuerdo!
¡¿Qué se supone que le diré mañana cuando nos encontremos en clase?!
Qué desastre…
¡Oh, Tikki! ¡Claro! Ella estaba también en el cuarto, seguro que ella recuerda lo que le he respondido a Adrien y puede decírmelo.
Sea como sea me siento un poco más… más… más… ¿feliz?
¿Es posible que todo salga bien esta vez?
.
4.
[12 de Junio. Por la Tarde.]
Marinette abrió la puerta de su taquilla y un diminuto papelito blanco cayó desde el interior hasta sus pies.
Arrugó la nariz e hizo el gesto, algo tonto, de mirar a su alrededor a pesar de saberse sola en los vestuarios. Después se agachó, tomó el papelito y lo observó unos segundos antes de levantarse. Se puso en pie y siguió mirando aquel intruso de papel, esta vez, desde el centro de su mano.
Había un gran silencio en el instituto aquella tarde, la mayoría de estudiantes ya se habían marchado a sus casas, y eso alimentó cierta sensación de intriga y conspiración que aleteó en su pecho.
Por fin, se atrevió a abrirla.
Hola Marinette, ¿cómo estás?
No sé cuándo encontrarás esta nota, a lo mejor no hace demasiado desde que nos hemos visto por última vez pero te echo de menos.
¿Sabes? Hoy estuve pensando en que dentro de unos meses acabará el instituto, habrá que elegir escuela, una profesión, el futuro que nos espera y, la verdad, todavía no sé qué querré hacer con el resto de mi vida. De lo único que estoy seguro es que quiero estar contigo para siempre.
Adrien.
Marinette necesitó leer la nota como mínimo tres veces para que las palabras penetraran de verdad en su conciencia, después, cuando estuvo segura de lo que sus ojos veían, sonrió con amplitud y apretó la nota contra su pecho. En momentos así, aún le daba miedo que apareciera un perro hablando o ver un edificio flotando en el cielo a través de la ventana; algo insólito que le hiciera darse cuenta de que todo era un frágil sueño.
Temía despertarse en un mundo donde ella y Adrien no se habían dicho lo que sentían, donde no estaban juntos. Un mundo en el que no se amaban, si eso era posible.
Sabía que era tonto y la sensación de inquietud cada vez duraba menos, pero seguía estando presente, aunque eso la avergonzara.
Más tranquila, pero todavía con el rostro colorado y el corazón palpitante, volvió a mirar la nota. ¿Podía ser más romántico? Sus ojos devoraron las líneas, las palabras una a una, fijándose no solo en el significado de las frases que formaban, sino también en la hermosa forma de las letras. Los trazos alargados y el modo puntiagudo en que remataban las as… Se le hacía familiar.
Bueno, es la letra de Adrien, se dijo en seguida. ¡La conozco de sobra!
Sin embargo, la familiaridad que le inspiraba esa nota era por algo más, aunque no sabía por qué. Marinette volvió a cerrar la taquilla para apoyar la espalda en ella y se concentró en esa sensación.
Era la primera vez que Adrien le escribía una nota y, sin embargo, cuanto más la miraba, más le parecía que ya había visto algo parecido antes.
Se estrujó el cerebro hasta que notó un dolor incipiente en su frente y, de repente, tuvo un presentimiento. Buscó la cartera en su mochila, la cual había dejado en el suelo, y de los entresijos de sus bolsillos secretos extrajo algo que siempre llevaba consigo: la nota de amor de Chat Noir.
Casi sufrió un sincope cuando tuvo ambas notas en las manos y notó los similares que eran, hasta en los dobleces. Las examinó con más cuidado, deseando estar equivocándose, pero no pudo obviar el hecho de que la letra era exacta en una y en otra.
¡Era la misma letra!
Y eso solo podía significar que las había escrito el mismo chico, uno al que le gustaba esconder notas de amor para que ella las encontrara.
Marinette meneó la cabeza, hizo pucheros y quiso echarse al suelo a llorar. Pero lo que hizo fue recordar con detalle aquella noche en la isla de los cisnes. Y se le ocurrió otra idea.
—Él se dio cuenta antes que yo.
¿Qué voy a hacer? Se preguntó con pena. Siendo así no podemos…
Las notas seguían en sus manos y fue entonces que notó la única diferencia, de verdad clara, entre ellas: el color. Una de ellas estaba amarillenta por los bordes tras haber estado expuesta al clima de París durante meses y la otra estaba blanca, inmaculada. Había pasado todo un mes desde que encontró una, hasta que había hallado la otra. Más de un mes, de hecho. Y en todo ese tiempo no había pasado nada malo.
Vaya, nada malo que se saliera de lo habitual.
Adrien y ella no estaban en peligro más de lo que lo estaban aquella noche.
Todo está bien, se dijo.
Adrien sabía su verdadera identidad desde hacía todo ese tiempo y ella ni siquiera se había dado cuenta.
Con calma, se guardó la nota de Chat Noir en el bolsillo y se quedó mirando la otra. No tardó en oír pasos que se acercaban a la puerta y levantó la mirada justo cuando ésta se abría. Adrien asomó la cabeza, buscándola, y sonrió, como siempre, al verla. Después vio la nota en su mano y sus mejillas se encendieron.
—Hola —La saludó, entrando en la sala. Caminó despacio hacia ella, pasándose la mano por la nuca. Para cuando lo tuvo delante, Marinette estuvo segura de que sus sospechas eran ciertas y experimentó una intensa alegría que, a pesar de todo, disimuló bastante bien—. Has encontrado mi nota.
—¡Sí! —Se le escapó una exclamación, algo a lo que el chico ya estaba acostumbrado—. Sí —rectificó en el tono adecuado—. Es muy bonita.
—Temía que estuvieras… triste por lo de ayer —comentó él.
El día anterior habían tenido una especie de cita en la mansión del chico. Todo había ido bien hasta que Kagami fue akumatizada y los atacó. Había sido bastante desagradable para Marinette descubrir que su amiga aún sentía algo por Adrien, algo lo suficiente fuerte como para que Monarca pudiera abrirse paso hasta su corazón y contaminar, una vez más, sus sentimientos. Tampoco le gustó saber que Kagami empezaba a confiar más en Lila que en ella.
En cualquier caso, nada de eso había sido culpa de Adrien y por ello esbozó una sonrisa para él mientras movía la mano en un gesto despreocupado.
—Eso ya pasó —respondió—. Todo está bien.
. Solo espero que Lila no intente volver a poner a Kagami contra nosotros.
Adrien asintió, sin embargo, con un deje de inquietud en sus rasgos. Se encorvó, además, y se sentó sobre uno de los bancos de madera. Lanzó una mirada a su alrededor y su expresión empeoró, como si ese lugar le trajera algún mal recuerdo.
—¿Ocurre algo? —Le preguntó, pero él negó con la cabeza sin más. Sintió el impulso de tocarle para consolarle y se sorprendió al no notar nervios ni temblores en sus extremidades. Estaba tranquila. El día anterior se había puesto histérica al cogerle la mano, a duras penas había resistido el malestar de la ansiedad.
Al mirarle ahora no dejaba de ver a Chat Noir. Adivinaba al gatito en su postura, en su mirada, le oía en su timbre de voz. Su presencia espantaba los nervios que Adrien le había inspirado desde que se conocieron y eso era algo… ¡maravilloso!
¡Debía decírselo!
¿Debía? ¿O sería arriesgado que él lo supiera?
—¡Ya sé quién eres de verdad! —Se imaginó diciéndole—. ¡Ahora ya podemos cogernos de la mano, y reír, y besarnos, como aquella noche! ¡¿No es genial?!
¡¿Cómo iba a decirle algo así?! ¡Se moriría de vergüenza!
—¿De verdad te ha gustado mi nota?
Adrien rompió aquel silencio por sí mismo, como intuyendo los pensamientos que estaban pasando por la mente de la chica.
—¡Pues claro! —respondió ella de manera automática, otra vez, alzando la voz. Respiró hondo y sonrió—. Lo que has escrito es muy dulce —Añadió, dando un paso hacia él. El chico alzó un poco más la cabeza para mirarla—. No habrás escondido más como ésta por el instituto, ¿verdad?
—¿Por qué haría eso?
—Para que pensara en ti cada vez que encontrara una —respondió ella, con el corazón acelerado—. Y para que supiera que tú también piensas en mí.
Adrien espatarró sus ojos, sin dejar de mirarla. Su piel se coloreó y, por un segundo, la vigiló con cuidado, quizás esperando una reprimenda, pero ella siguió sonriendo, así que se relajó. Bajó los párpados un momento y al descubrir de nuevo su mirada, ésta había cambiado; se había vuelto menos formal y un poco más felina.
—¿De dónde has sacado esa idea? —preguntó él, extendiendo sus manos hacia ella. Marinette las miró apenas una décima de segundo antes de cogerlas, con seguridad y una calma deliciosa. Disfrutó acariciando las palmas, apretujando los dedos y Adrien, solo un poco sorprendido, arqueó una ceja para después devolverle el apretón y tirar un poquito más de ella hacia él—. No he escondido más notas, pero puedo hacerlo si quieres.
Eso la hizo reír y la risa, a su vez, alivió la carga de su corazón.
La mirada del chico brillaba más de lo que incluso lo había hecho el día anterior, porque él comprendía que algo había cambiado y ahora podía ser de verdad él mismo. Una adorable mezcla de chico y héroe que no tenía que contener sus gestos románticos y tiernos porque ella no iba a asustarse ni a echarse a temblar.
Aun así, Marinette estaba tan contenta que quería demostrárselo, quería decirle muchas cosas, explicárselo todo, pero en lugar de eso, lo que hizo fue pasarle los brazos alrededor del cuello en un dulce acercamiento que hizo que su corazón se agitara. Parecía imposible pero estaba a pocos centímetros del chico y no sentía nada salvo felicidad, alegría y amor.
—Te quiero, Adrien —Le dijo, sin una sola vacilación en su voz—. Yo también quiero estar contigo para siempre.
El chico rodeó su fina cintura con uno de sus brazos, dibujando una honda expresión de júbilo en la que podía verse al fondo de sus ojos la luna, las aguas de la isla de los cisnes y hasta las estrellas del cielo nocturno. Con la otra mano, rozó los cabellos de color oscuro prendidos en una de sus coletas, tal como lo hizo esa noche.
Ya sé que tú lo sabías.
Marinette se acercó más y dejó caer su rostro hasta el de él, un escalofrío templado recorrió su espalda cuando la punta de su nariz se posó en la de él. En torno a ellos brillaba el sol de junio, se colaba por las alargadas ventanas rectangulares pegadas al techo y llenaban la habitación de un resplandor especial, mágico. El calor de ese sol estaba en el ambiente, en su piel, cuando volvió a besar a Chat Noir, aunque se había tenido que convencer de que eso no volvería a ocurrir.
¡Y sin embargo estaba pasando!
Supuso que así fue como Chat se dio cuenta de que ella y la heroína eran la misma persona. Para ella, al menos, ese beso era inconfundible. Seguro que siempre fue igual de dulce: cuando no podía recordarlo, en el sueño de júbilo, con máscara, sin ella… Porque siempre había sido el mismo chico.
Qué sorpresa que, después de todo, siempre hubiese sido él.
—Fin—
