Tic tac
Primer acto: Dos días después.
Looker continuó bebiendo el café amargo a sorbos, ya estaba frío. Llevaba en ese cuarto gris y mal iluminado más de cuatro horas, su frustración comenzaba a crecer al notar cómo las manecillas del reloj avanzaban y su hoja seguía en blanco.
No haber logrado nada con su detenido era desesperante, teniendo en cuenta la edad de esa persona y, por la forma en la que este lo miraba, parecía sospechar que tenía el control del interrogatorio.
Looker entornó los ojos. Si era sincero..., sí, lo estaba teniendo.
Silencio total ante su pregunta de hace dos minutos. Nunca se atrevió a si quiera imaginarse lastimando o zarandeando a alguien, él no era así, pero en esos momentos deseaba hacer cualquier cosa, por lo menos para desahogar el estrés. Él era paciente y prefería ser ingenioso antes de recurrir a la violencia.
Pasó el trago de café, sintió una corriente de energía llenarlo y tras una tos seca continuó su ronda de preguntas. Necesitaba retroalimentar antes de seguir insistiendo.
—¿Eras amigo de May? —preguntó de la forma más amable de la que era capaz. La mirada de ese chico continuaba advirtiéndole de no decir algo que lo molestara.
—No.
Respuesta escueta. Looker colocó con cuidado tres fotografías en frente del chico y siguió preguntando.
—Muy bien, entonces ¿por qué están juntos en estas fotos si dices que no eran amigos?
—Porque no éramos amigos.
—Yo me refería a...
—No se refería a nada —lo cortó de inmediato—, May y yo no éramos amigos.
—Encontramos tu número en su Pokénav. Tú también la tienes registrada.
La mirada ajena penetrante se clavó en la suya. No era la primera vez que interrogaba al hijo de Giovanni, sin embargo, algo en esa ocasión se sentía muy mal, incorrecto.
Silver cruzó los brazos sobre el pecho y se recostó tranquilamente sobre el respaldar metálico de la silla. Tenía puesta la mirada lavanda en algún lugar de aquella habitación. Looker sabía que darle espacio para inventarse alguna historia complicaría más el interrogatorio ya de por sí engorroso.
Un cadáver con marcas extrañas, una muerte sin sentido, una llamada de treinta minutos y tres fotografías eran lo único que tenía para mantenerlo sentado allí. La actitud de Silver al respecto lo dejaba helado. Le sorprendía la poca importancia que le daba a la muerte de aquella entrenadora.
Insistir, era lo que tenía que hacer. Mantuvo su interrogatorio:
—¿Por qué May tenía tu número en su Pokénav si tú no...?
—Yo no la maté.
—No he dicho que hayas sido tú.
—Pero me tienes aquí.
—Porque fuiste su último contacto y tu ayuda nos servirá de mucho para recrear los hechos.
—Cualquier cosa que diga lo vas a usar en mi contra para culparme y luego irte temprano. Conozco esto, ya he estado aquí antes.
El nuevo trago de café lo ayudo a disimular su deseo de apretar los labios. Era una estupidez querer sorprenderlo, Silver lo conocía, a esas alturas debía tener memorizado su forma de hacer enganche por las contadas ocasiones que lo había detenido para intentar sacarle información sobre su padre. Aunque en esos interrogatorios Silver no tuvo reparos en decir un par de cosas, la actitud cerrada y grosera que ahora mantenía era extraña. May no podía ser tan íntima como Giovanni, por lo que algo no cuadraba allí.
Miró de reojo los resultados de la autopsia en el sobre amarillo junto a él. Solo un poco más, pensó.
—¿Qué clase de relación tenían? —Looker deslizó las fotos para obligarlo a verlas.
—Nada serio.
—¿Y ese nada serio significa llamarse a cada minuto?
Otra vez Silver volvió a quedarse callado. Looker aprovechó para soltar sus conjeturas, tenía que atraparlo en algún momento. Golpeó con el dedo la fotografía central con el rostro de May mientras alzaba la voz para aturdirlo.
—Le contestabas, cada llamada tiene una duración de treinta minutos mínimo. ¿De qué hablaban tanto?
Silver sonrió.
Una mala sensación le recorrió el pecho.
—¿De qué crees?
—Dímelo tú, eras el receptor.
—May estaba loca.
Era la quinta vez que lo escuchaba decir eso, la única explicación que Silver podía ofrecerle.
—Discutíamos todo el tiempo —el muchacho pelirrojo agarró la foto como quien toma un pañuelo usado—. Quince minutos gritaba ella, quince minutos le gritaba yo. Con suerte uno de nosotros gritaba por más tiempo. Me cortaba. Volvía a llamarme y repetíamos lo mismo.
—¿Discutieron la noche del miércoles pasado?
—Sí.
—¿Por teléfono?
—No.
—Entonces se encontraron y discutieron.
—Sí.
Looker sintió deseos de gritar de alivio y alegría, estaba avanzando.
—¿En qué terminó eso? ¿Me lo puedes decir?
—Comenzó a gritar y a pedirme que no la dejara.
—¿Dejarla? —el hombre arqueó una ceja, esa información no se la había dicho—. ¿Eran pareja?
—No éramos novios.
—¿No lo eran?
—Por ratos.
Looker no logró retener un jadeo de impotencia. Silver volvió a sonreír.
—No te entiendo, Silver. ¿Eran novios y después no?
—No.
—¿Qué eran? Dices que no son amigos, pero ella tenía instantáneas de ambos. También dices que no eran pareja, pero se llamaban y se encontraron en ese lugar a altas horas de la noche.
—¿Qué quieres entender? Ya te dije que yo no la maté.
—Entonces eran una especie de amigos con derecho, me imagino.
Silver cambió rápidamente la sonrisa por una mueca asqueada, un gesto que Looker recibió con gusto, podía deducir muchas cosas con esa sola expresión.
Bingo, ya tenía por dónde desestabilizarlo.
—¡May estaba loca! —el muchacho gritó mientras volvía a inclinarse en la mesa de forma intimidante, tratando de ganar el control de nuevo—. Hubiera perdido la cabeza si llegábamos a eso.
—¿Cómo iba a perder la cabeza si ustedes no eran nada?
—¡Estaba loca! ¿No escuchaste? Todo lo que hacía era para provocarme.
—¿Y qué te quería provocar si no eran nada? ¿Al menos la odiabas? ¿O ella te odiaba a ti? Y eso sí que no querías, ¿verdad?
Looker volvió a sentir un pulso de adrenalina en las venas al ver el amago de expresión pasmada que se dibujó en Silver. Era su momento de presionarlo, Looker clavó la vista en esos ojos furiosos:
—Dices que no eran pareja ni nada parecido, pero sospecho que era lo contrario porque te molesta que yo hablé así. Creo que su actitud te aturdía. O quizás sí me estas diciendo la verdad y no eran novios, porque tenías miedo a tener que soportar su comportamiento, entonces tú la...
—¿Desde cuándo —lo atajó Silver ácidamente— te crees adivino?
—¿Adivino? No. No soy adivino, son mis conclusiones.
—Concluye mejor, entonces —Silver frunció el ceño y se acomodó en el respaldo de la silla otra vez —. ¿Ese es tu mejor razonamiento?
—Déjame terminar —Looker aprovechó el acceso de cólera del muchacho para seguir hablando—. Ambos se gustaban, por eso se llamaban mutuamente, pero no llegaban a nada por culpa de May. Al final rogó para que te quedaras con ella, por eso la llamada duró más tiempo.
—¿Cómo no? —consideró en un tono cínico—. Tiene sentido.
—Y le dijiste que no.
—¿Te parece?
—Por eso se encontraron la noche del incendio. Tenías que deshacerte de ella como sea, sin dejar huellas, ni levantar sospechas. Tú no querías verla con nadie más. Lo planeaste todo, fuiste muy inteligente.
—¿Cómo puede ser eso inteligente? —gritó, advirtiéndole con la mirada que no debía contradecirle—. ¡Morirse por asfixia es una estupidez! ¡Nunca se lo voy a perdonar!
Looker lo miró desconcertado. No esperaba esa reacción.
—¿Estamos hablando de su último encuentro y tú dices que no le vas a perdonar haber fallecido por asfixia?
—No la conocías. Era una experta en actuar, nunca sabía qué esperar de ella, la adicción a la adrenalina la mantenía cuerda unos días antes de volverse como un robot. Necesitaba emociones fuertes. Y logró que yo también lo hiciera, la muy maldita...
—Te arrastró a su hoyo, pero no me da la impresión de que eso te moleste, sino todo lo contrario.
—¿Te escuchas a ti mismo?
—¡Por favor, Silver, te lo ruego! ¡No estoy jugando, deja de hacerlo tú!
—¡Por favor, Silver, te lo ruego! ¡Déjame en paz, solo déjame en paz!
«Te lo ruego»
«Te lo ruego».
May repetía eso todo el tiempo, sobre todo cuando los recuerdos en Monte Cenizo la atormentaban y se veía sola en su región natal, incapaz de volver a Hoenn por órdenes de Steven y Wallace. Ella y Brendan habían corrido con el mismo destino, muy diferente al que anhelaron en su niñez.
Las mismas palabras que habían envenenado a Silver el día que su padre desapareció, cuando le había rogado explicaciones, salían de la boca de May continuamente hasta el punto de enloquecerlo. Cuando se encontraban, con la mano enguantada sujetando su piedra activadora, ella le gritaba: «¡Dame un reto! ¡Por favor, te lo ruego!». La noche que se quedaron varados en medio del bosque le había susurrado suavemente al oído: «Tócame, te lo ruego», como si lo necesitara con urgencia.
Rogar no amenazaba el orgullo de May, sino el suyo. Esa era su manera de expresarse cuando deseaba algo hasta el punto de llevarla a las lágrimas. No importaba cuántas veces Silver la callara por ser una palabra humillante, May le lanzaría esa mirada compasiva que él había llegado a conocer muy bien y comenzaría a reprocharle su propio dolor, uno que él era incapaz de entender.
«Te lo ruego».
«Te lo ruego», le había dicho a Steven por llamada aquella noche del miércoles.
«Te lo ruego», le había gritado a él después de verlo marchar.
«¡No puedes dejarme! ¡Por favor, te lo ruego!».
—No la aguanté. May se quedó. Me enteré del incendio al día siguiente. No sé si odiaba el fuego o le tenía miedo, pero enloquecía con las fogatas y el calor en exceso. A veces se descontrolaba tanto que usaba a su Blazinken para incendiar cosas y luego me atacaba, le gustaba provocarme para que reaccionara igual. No entiendo qué tenía en la cabeza. Estoy seguro de que incendió ese lugar y no pudo salir, y esta vez no estuve para sacarla.
—May no murió por asfixia. Alguien la mató.
Por primera vez desde que iniciaron el interrogatorio, Silver se vio incapaz de decir algo. Sus ojos abiertos de par en par no esperaron esa noticia. Looker le había mentido.
—Pero ese alguien incendió la maderería para ocultar el motivo real de la muerte. Intentaron hacerlo ver como un suicidio producto de la asfixia y el fuego borraría las huellas. Algo muy estúpido, si me permites decirlo, porque esas marcas en su cuerpo...
—¿Qué marcas? —el impacto en su pregunta hizo bufar a Looker.
—¿Por qué crees que te estoy preguntando si eran pareja?
La cara ajena palideció, como si su mente uniera poco a poco los hilos hasta hacerle daño. Soltó a reír de repente, tan alto que le hizo doler los oídos.
—¿Entonces así terminó? ¿De esa manera? ¿De esa forma?
Su risa era tan extraña y convulsiva que le rompió el corazón. No había querido hacerle eso.
—La van a trasladar a Hoenn hoy en la noche.
—Maldita perra, lo logró. Me la hizo.
—¡En serio, cállate! ¿Y cuál de toda tu basura quieres que te perdone? ¿Y por qué debería perdonarte?
—No quiero que te entremetas en mi vida. Haré lo que tenga que hacer, ¡todo lo que tenga que hacer!
—¿Esa es tu excusa? ¡Nunca te voy a perdonar!
—¡Necesito ver a mis padres! ¡Extraño a Brendan y a Wally! ¡Haré cualquier cosa para volver!
—¡Eres una oportunista!
—¿Y tú no eres lo mismo? ¡Sabes que sí! ¡Por favor, te lo ruego! ¡No me abandones!
—¿Silver?
Silver levantó la cabeza y le lanzó una mirada dura de advertencia. Ya entendía todo, no lo tenía ahí porque quisiera su ayuda para recrear el accidente. Lo odió como nunca.
—¿Por qué me tienes aquí si sabes que no fui yo?
Looker cerró los ojos unos segundos, el muchacho lo había descubierto. «Esto fue una verdadera estupidez, Looker». Supo que era mejor decir la verdad.
—Porque tú sabes quién fue. Aunque no estuvieras allí en el momento exacto, sabes quién hizo esto.
—¿Te has dado cuenta de que la policía es bastante inútil cuando te tiene al mando?
El inspector oyó el tic tac del reloj más fuerte de lo usual. El cansancio ya lo devoraba. Era un caso perdido obligarlo a estar allí más tiempo. Aunque le sonrió para bajar la tensión del ambiente, el rostro furibundo del aquel chico le hizo retirar la mirada.
—Puedes irte. Gracias... por darme tu tiempo.
Silver empujó la mesa y abandonó el cuarto gris con un portazo.
Looker miró la taza en el suelo. Sonrió. Al menos lo había intentado.
DISCLAIMER: Los personajes le pertenecen a la franquicia de Pokémon, Game Freak y Satoshi Tajiri.
Historia de tres partes.
El acto dos y tres vienen en camino.
