DEDICATORIA: Solo una rápida dedicatoria (mentira, no sé escribir cosas pequeñas).

En primer lugar, gracias a cierta compinche y artista como la copa de un pino. Ver mi historia tomar forma de tu mano es una de las mejores cosas que me ha pasado este 2021 y nunca me cansaré de mirar esa maravilla de ilustración, gracias por todo HannGSola!

Y, en segundo, A Xena 🐶, la mejor hermana mayor que cualquier camada podría tener, a Mitxu 😽 nuestra pequeña bola de mimos y líos, a Bruni 👶, que ha llegado para revolucionarnos a carcajadas, a Yusef 👦 , el niño, perdón, adolescente de nuestros ojos, y a Pauli 👩, la mejor mujer y compañera que nadie podría imaginar. Vosotros cinco convertís esta casa de locos en el hogar más maravilloso que jamás soñé merecer.

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Es cómo un cuento de hadas. Emma se siente en medio de las páginas de un libro infantil con ilustraciones rococó. Está casi segura de que, si mira hacia el techo o los laterales del salón de baile puede encontrar textos enmarcando esa estampa.

Las luces, la música, los adornos... Todo dispuesto tal y como su madre se lo ha relatado. Bonito, por supuesto, pero con poca imaginación, piensa para sí contemplando su alrededor. No es sólo que se corresponda con la descripción de Snow, es que es casi idéntico a la celebración a la que asistió en el pasado con Hook. Los mismos pasos de baile, las mismas danzas, las mismas canciones... Al menos eso le ha servido para echar mano de sus recuerdos y de las lecciones de baile que le dio el pirata y no hacer el ridículo ante toda la corte del Rey Arturo como el cisne que bailaba como un pato...

Gira y gira, y vuelve a girar. Unas veces pasando bajo el brazo de Hook colocado en forma de arco, y otras tantas dando vueltas palma con palma. O palma con garfio. No pretende ser grosera ni ofender a los anfitriones que han volcado todas sus ilusiones y sus mejores galas en esa noche tan especial. Pero ella no termina de encajar dentro de ese escenario. Quizás es culpa suya, por ser una foránea en su propia tierra. O porque su príncipe azul sea un pirata con garfio y ella una princesa de cuento con toda la maldad del universo anidando en sus tripas. O quizás porque esas melodías de tres por cuatro disminuyen sus pulsaciones hasta el ritmo de un perezoso al que sólo le apetece bostezar y retirarse a sus opulentos aposentos.

A pesar del aburrimiento, contiene una sonrisa. Está casi segura de que Hook entiende que es por él. Pero no. Es por ese momento de soporífera paz, de adormecedor descanso. Por este ratito en el que, ese Rumpelstiltskin que sólo ella ve, parece desaparecido. Puede que a ese pepito grillo del infierno no le convenga para sus planes hacerla quedar delante de cientos de nobles como una loca desequilibrada que habla sola. O puede que esté tan aburrido como la propia Salvadora y haya huido a echarse una cabezadita en lo más profundo y apartado de su mente. No importa. Dan igual las razones cuando, por un momento, se siente normal, tranquila... fuera de lugar, sí, pero al menos no esquizofrénica.

Y aun así, ese baile se le está haciendo eterno, y entre giro y giro y giro, dedica su atención a desentrañar cada detalle, elemento e invitado de esa fiesta. Deformación profesional de una ex cazarrecompensas aburrida.

Belle baila con Gruñón, ejerciendo en ocasiones el papel de hombre cuando los brazos del enanito no tienen altura suficiente para cumplir con esa función. Henry comparte su iPod con una jovencita que le mira como si acabara de descubrir el fuego y a la que él contempla con un incipiente amor adolescente. David y Snow, los más astutos, se han apartado de la pista largo rato atrás y cuchichean sin dejar de espiar a su nieto. Y a pocos metros de distancia, Regina sonríe contra los labios de Hood, olvidando el siguiente paso y riendo una vez más por ello.

Y ella... Ella gira y gira y trata de no desatender a Hook. Pero es imposible hablar con todos esos instrumentos resonando canción tras canción y tampoco se siente con ánimo de dejarse llevar por besos y arrumacos. Así que continúa bailando, gira, le dedica alguna sonrisa, observa a su alrededor y vuelve a la posición inicial. Una y otra vez.

Y en medio de ese monótono baile, un ligero cambio altera la rutina de los últimos cinco valses. Un desconocido interrumpe el baile entre Regina y Hood. Es un detalle minúsculo, pero le hace sonreír. Es algo diferente en lo que enfocar su dispersa atención dentro de ese baile al que juraría ya haber asistido. Mil veces.

Hook agarra sus manos y, como el resto del salón, tira de ella, primero a su izquierda y luego a su derecha, obstaculizando durante unos segundos su visión de Regina. Pero, con la siguiente rutina, vuelve a verla. Y también al joven caballero que ha relevado a Hood. Regina sonríe educada y se deja llevar por los firmes pasos de ese hombre al que Emma juraría no haber visto antes.

Es curioso porque, cada vez, con cada movimiento, el caballero se desplaza más a la izquierda. Una ligera desviación, quizás sólo una torpeza, que los lleva a poco a poco más lejos de su punto inicial, más cerca del centro de la sala, donde a su alrededor se mueven menos parejas, dejando más espacio para ellos dos.

Sin embargo, Emma pierde interés en sus pies, en sus pasos, en su tendencia a desviarse, cuando el rostro de Regina se ensombrece. No queda rastro alguno de la sonrisa de momentos atrás. En su lugar ha aparecido ese fruncido de labios que hace destacar su cicatriz y su mala leche.

Y lo que es más raro aún. Se han detenido. No siguen los pasos de baile, no se mueven, sólo se miran. Y Emma juraría que se están midiendo. Él uno al otro. Como dos contrincantes evaluando sus posibilidades.

Se tensa igual que un arco. Todas sus alarmas se encienden y por cada respiración que Regina permanece rígida e inmóvil, Emma contiene una bocanada, atenta, en guardia. Hasta dejar de moverse del todo.

"¿Qué ocurre, amor?" La voz de Hook interrumpe su vigilancia. Y, por si no fuera suficiente, sostiene su barbilla, reclamando sus ojos. "¿Estás bien, Swan?" insiste una vez más, obligándola a contestar. Abre la boca, aunque tampoco está muy segura de que responder. Un "Regina no está bailando, deja que la mire" sonaría demasiado extenso de explicar. Pero no quiere dejar de velar por ella, aunque sea difícil de aclarar.

"No, yo sólo..."

El ruido del metal siendo desenvainado corta sus palabras. La orquesta se calla estrepitosamente, la multitud grita, se aparta asustada, y Emma no tiene entonces obstáculo alguno para ver lo que ocurre. El caballero ha desenfundado su espada y su hoja tiene como destino el cuerpo de Regina, incluso aunque no haya empezado a blandirla. Regina retrocede, pero no lo suficiente. Sigue estando peligrosamente cerca de esa hoja y del maníaco que la empuña.

Emma responde. Es un acto reflejo sobre el que no tiene control ni es capaz de evitar. Eleva sus manos, su magia se concentra en ellas. Un escudo protector es cuanto quiere convocar. Nada violento, nada que pueda herir. Sólo visualiza a Regina, protegida y a salvo. Pero no puede mover sus manos, no llega a convocarlo.

Hook la agarra y se lo impide. "No, Swan, no puedes usar magia negra." Emma no le presta atención, ni siquiera es consciente de que haya hablado. Zarandea su brazo hasta librarse de él, pero ya es tarde. Hood se abalanza sobre el atacante y le derriba. La espada que apuntaba a Regina cae de manos de su dueño mientras ambos forcejean en el suelo. Una pelea sucia, sin claro ganador, en la que cuesta distinguir quien golpea a quien y quien encaja el golpe. El ruido de la pelea no cesa, juraría que incluso resuenan metales, y advierte a Regina tratando de intervenir, pero su magia es demasiado inestable como para no temer que su hechizo golpee a Hood en lugar de a ese caballero. Ahora es demasiado peligroso.

En medio del forcejeo una mano escapa a ciegas buscando la empuñadura de una espada. Y la encuentra. Es el caballero, que con un rápido movimiento logra reducir a Hood y colocarse sobre él. Armado y con ojos de demente. Eleva su brazo, pero no desciende contra Hood con una estocada final.

Su espada hace un molinete y vuela hacia su espalda, hacía Regina, que permanece cerca de ellos, buscando tan preocupada el momento de intervenir que no lo ve venir. El caballero ni siquiera se gira, solo impulsa su espada y esta encuentra limpiamente el estómago de Regina. Un solo movimiento de entrada, uno sólo de salida. Y la espada cae al suelo. Como si ella y el caballero no tuvieran nada más que hacer en esta vida.

Un segundo después Hood grita, recupera su espada y con un movimiento le atraviesa hasta que la punta de la espada desaparece entre sus costillas. David corre hacia ellos, sólo a tiempo de sostener a Regina que se zarandea, dando un par de pasos hacia atrás, sosteniendo su estómago.

Hood grita su nombre y se pone en pie, temblando. La Salvadora siente como su mirada se nubla, se tiñe de rojo y lágrimas. No puede estar ocurriendo. Mira a todos lados, fuera de lugar, tratando de entender qué ha sucedido. Sólo cuando baja sus manos, ya inútiles frente a una batalla que ha terminado, se da cuenta de que Hook había vuelto a sujetarla. Reteniendo sus muñecas, impidiéndole usar su magia. Pero ahora la atención del pirata se centra en la escena que se desarrolla en medio del paralizado salón y por fin afloja su agarre. Y Emma no puede culparle, incapaz tampoco de apartar sus ojos de ahí.

Robin grita el nombre de Regina hasta quedarse sin voz. Ella trata de responder, de reaccionar, pero gasta más fuerzas de las que le quedan y se desmaya. Bajo el blanco perlado de su vestido se asoma un tímido charco de sangre que se va agrandando según empapa su ropa. Emma abre la boca, pero no encuentra voz, ni palabras ni nada que pueda decir. Le domina el miedo y la parálisis. Y, cuando escucha a Hood llorar, el sollozo la atraviesa dolorosamente. Muerde su labio, conteniendo su propia tristeza.

"Hay que sacarla de aquí, ¡rápido!" grita la Salvadora desde sus entrañas al ver que nadie se mueve. Su voz quiebra ese silencio sepulcral y devuelve a la vida a las estatuas en las que todos se habían convertido. Siguiendo su propia orden, corre atropelladamente hacia Regina, igual que el resto de los habitantes de Storybrooke. Y, al ver toda esa sangre y lágrimas, piensa para sí que el salón de baile ya no se asemeja en nada a un cuento de hadas.

Continuará...