"Nosotros… creemos que hay algo que debemos hacer." Murmura Henry.

"¿Qué… qué quieres decir, cariño?" pregunta Emma pestañeando un par de veces.

"Pensamos que… Bueno…"

"¿Pensáis? ¿En plural?" insiste Regina inquieta, removiéndose sobre la mesa y mirando de reojo a Emma, que niega con la cabeza tan confundida como ella.

"Me refiero a que la abuela y yo hemos estado meditando al respecto de… todo esto." Tras intentar sonreír y lograr sólo una mueca torpe, se gira hacia Snow en un claro grito silencioso de socorro.

"Mamá…" pregunta Emma con sospecha, torciendo el morro también hacia ella.

"Muy bien. Allá vamos." Responde Snow, sus manos estirando prolijamente las arrugas inexistentes de su vestido. "Obviamente no queríamos llegar a esta… pequeña intervención. Pero nos habéis obligado a ello." Puntualiza sus palabras con un vehemente movimiento de barbilla. "Emma, sabes que jamás me metería en algo que no me concierne…" El resoplido de Regina es claramente audible y Emma reprime el impulso de resoplar también. "Bueno, estoy aprendiendo a hacerlo, ¿o no?" responde Snow casi con reproche.

"Correcto…" concede con magnanimidad la Salvadora.

"Correcto." Repite Snow. "Pero esta no es la situación idónea para poner en practica esa lección. Regina es parte de la familia y los asuntos familiares se resuelven como tal. En familia." Concluye haciendo círculos con la mano para incluirlos a todos.

"La magia está fuera de toda discusión, Snow." Concluye Regina con ese tono tenso e inamovible que es capaz de hacer temblar a un adulto. Pero no funciona como habitualmente, ya que lo único que consigue es que Henry gire los ojos hacia el techo y Snow se agarre el tabique nasal respirando con intensidad.

"Me rindo…" farfulla Henry.

"¿Pero qué…?" inquiere Regina molesta.

"Déjame a mí" concluye Snow apretando el hombro de Henry antes de colocarse frente a Emma, dándole la espalda a la mesa y, por tanto, a Regina. La convaleciente tuerce el gesto, ofendida y dispuesta a protestar. Al menos hasta que la mano de la Salvadora le da un suave apretón.

"Emma, escúchame. Y, por favor, hazlo atentamente." Suplica con una seriedad que estremece. "No hay nada más importante que la familia. Y no podemos permitir que, habiendo una solución para esto, no lo intentemos."

"Os escucho." La esperanza está resurgiendo en su interior y corre a aplacar las posibles protestas de Regina con un segundo apretón. ¿Es acaso posible que al final vaya a contar con la aprobación de Snow y Henry…?

"No, no lo haces…" Replica Snow. "Y entendemos que no es fácil, de verdad que sí." Añade intercambiando una incómoda sonrisa con Henry. "Sabemos que lleváis vuestro ritmo, aunque no comprendamos muy bien hacia donde… Y es un ritmo un poco lento, déjame decirte…"

"¿Qué quieres que haga?" pregunta interrumpiendo a su madre y desesperada por la estéril conversación.

"¿Qué te pide tu instinto?"

Nadie nunca le ha planteado una pregunta más sencilla. "Salvarla."

"¡Pues hazlo!"

"¿Estás fuera de tus cabales, Snow?"

"¿Pero y la daga, mamá…?"

Las voces de Regina y Emma se entrelazan como una cadencia armónica, cada una con un tono radicalmente diferente.

"Olvídate de la daga, por dios santo. ¡Piensa!" Snow sacude su cabeza y se corrige. "No, ¡siente!"

"No puedo creer que estés alcanzando un nuevo nivel de idiotez" gruñe Regina, sus ojos transmitiendo que todos deberían estar agradecidos de que sea incapaz de recurrir a su magia, especialmente Snow. "Ya es suficiente, claramente no entiendes lo que pretendéis desatar."

"¡Oh, créeme, alteza, lo entiendo mucho mejor que vosotras!"

"¿Qué hago?" suplica Emma soltando la mano de Regina para encarar a su madre, perdida sólo en sus palabras, en la sensación de que quizás haya una salida. Una forma de eludir sus despóticos lazos con la maldita daga.

"¡Snow, Emma, deteneros!" grita desesperada, levantándose apenas unos centímetros de la mesa.

Los ojos de Emma se precipitan desesperados hacía ella. Pero Snow no le da tregua. La agarra de los hombros. "Esto no es ortodoxo. Nosotros no tendríamos que estar… ¡pero dios santo, Emma, escucha a tu corazón!"

La sangre de la Salvadora se acumula en su cabeza. Escucha sus palpitaciones resonar como una tormenta, amenazando con explotar. No entiende nada, la desesperación se agolpa contra su pecho, cada palabra nueva es cómo un jeroglífico y los gritos que se van sucediendo no hacen más que empeorarlo todo.

"Deja que…" suplica girándose hacia Regina. La morena es todo espanto, alejándose de ella sin poder prácticamente moverse.

"No, Emma." Ladra ya sentada, agarrando la daga hasta que sus dedos se quedan blancos. Pero su garganta le traiciona y comienza a toser. Puntos rojos caen sobre la piel de su cuello y las toses se vuelven cada vez más violentas.

Emma profiere un grito y corre a sostenerla, intentando que los espasmos se detengan. El cuerpo de Regina convulsiona con cada nueva tos, aparece un pequeño reguero de sangre en su comisura y se deja caer como un peso marchito sobre los brazos de Emma, firmes a su espalda. Henry corre a rodearlas y Snow habla directamente a su hija. Desesperada y al borde del llanto.

"¿Emma, serías capaz de dejarla morir y saber que no lo has intentado todo?"

La Salvadora quiere llorar, gritar, destrozar. Desolada y perdida en medio de un sinsentido, sólo viendo a Regina morir entre sus brazos. Pero sabe que Snow tiene razón. Que jamás se lo permitiría. Que no podría vivir sin haberlo intentado todo. Que ni siquiera cree que pueda volver a vivir sólo de imaginarla morir.

El ruido del metal al golpear el suelo llega a sus oídos.

La daga se ha desprendido de los dedos de Regina. La mano cuelga sobre la mesa, sin fuerza. El arma rebota y queda inerte a los pies de Emma. A su alcance. Mira a Regina, vencida y apenas respirando, su garganta vibrando en líquidos gorgojeos, pero sus ojos parpadeando con un destello de advertencia. Un destello que Emma está totalmente dispuesta a ignorar...

Hasta que el pie de Henry se abalanza sobre ella.

La Salvadora llena sus pulmones, dispuesta a gritarle, con la mirada nublada, casi desenfocada, y fuera de sí. Pero él sólo susurra: "Mamá, ¿cómo vencemos las maldiciones en esta familia?"

Emma detiene todo movimiento. Traga hondo, su garganta inundada por la sal de las lágrimas y la bilis que araña sus entrañas. Mira a Henry, fuera de sí, sin escuchar realmente lo que dice. Sólo retiene el cuerpo de Regina contra el suyo, como si así pudiera protegerla de algún modo del veneno que inunda sus venas.

"Mamá…" insiste Henry buscando sus ojos, desesperado. "¿Cómo lo hacemos?"

"Yo…" lloriquea. Entre sus brazos, el cuerpo de Regina convulsiona y los ojos claros se despeñan desesperados hasta ella. Tan vulnerable, tan débil… casi entre la inconsciencia y la muerte. Casi cual sueño eterno.

Su mano se desliza hasta la nuca de Regina. Deja de retenerla, sólo permite que su cuerpo descienda hasta descansar de nuevo sobre la mesa. Pero sin soltar su nuca. La misma que acaricia buscando detener sus espasmos, buscando un anclaje en medio de la vorágine.

"Yo…" repite, dejando en el aire dudas, alguna disculpa e incluso una pregunta a medias.

Palabras que nunca nacen de sus labios, porque los cierra con un beso.

Uno húmedo, triste, desesperado. Uno lento, lleno de delirio, de una veneración casi animal. Contra unos labios suaves, dormidos, sin más respuesta que la calidez que casi se ha esfumado de ellos.

Hasta que se abren para robar una bocanada de aire en medio de un doloroso quejido.

La habitación se contraerse con el estremecimiento de un impulso mágico. Una sacudida que obliga a Emma a agarrarse a la mesa con la mano libre, pero que no la aparta de Regina ni un centímetro. Permaneciendo cara a cara. Tan cerca que el gesto de dolor de Regina casi se transfiere a su propio rostro.

"¿Te he hecho daño?" Una pregunta asustada y llena de culpabilidad.

Regina traga hondo, recordando cómo se hacía, y niega con la cabeza. "No, no. Es el veneno al mermar." Tartamudea y duda antes de añadir. "Aún persiste. Lo noto. Quedan resquicios…"

Y quizás es la invitación más rara que jamás se ha hecho para pedir un beso. O quizás una llamada de socorro. O, probablemente, una mezcla de ambas. ¿Y qué más da? Emma está encantada de complacerla, en cualquier caso.

Asiente y se deja caer con la más dócil de las posturas hasta que se vuelven a encontrar. Pero esta vez Regina la recibe antes incluso de llegar y sus respiraciones se entremezclan como sus labios. Sin prisas, con una deliciosa minuciosidad, tan íntima y nueva que los dedos de Emma se estremecen contra la nuca de Regina.

Escucha de nuevo un suave quejido y trata de separarse, preocupada, pero las manos de Regina atrapan su rostro y la retienen. El beso se torna más profundo, más lento, y todo lo demás deja de importar.

El corazón de Emma se encabrita contra sus costillas, dejándose hacer, sintiendo que se deshace. Literalmente. Que algo dentro de ella se disuelve en manos de Regina, que cae hasta sus dedos y sus pies y que amenaza con evaporarse, echar a volar y no mirar atrás. Y, por un instante, se siente débil, desamparada, como si una parte de ella quisiera abandonarla para siempre.

No puede evitar derretirse contra Regina en un suave gemido, imbuida de lo inesperado de ese delicioso e inexplicable beso. Pero no renuncia a lo que sea que la está intentando abandonar. No permite que suceda, no puede quedarse sola, desprotegida. Así que mantiene el control, y pronto comienza a sentir esa esencia viscosa arrastrándose de vuelta para llenar sus más oscuros y escondidos rincones.

"Yo… pensé que primero lo intentaría con un beso en la frente." La voz de Henry es apenas un eco distante en la habitación.

"Y yo, chico. Y yo." Snow suena un tanto incómoda, pero al mismo tiempo desprende un poco de... ¿orgullo?

Ambos intrusos se echan a reír y, sin que Emma pueda dar crédito a su insolencia, empiezan a vitorear suavemente. Regina deja escapar una suave risa en respuesta y le regala un suave beso antes de recostarse, sus manos todavía en la cara de Emma.

Pero todo ese alboroto llega a un abrupto final cuando la puerta retumba con un golpe animal. Las bisagras de hierro no ceden al principio, pero pronto un segundo golpe impacta con más fuerza. Detrás de la madera maciza, gritos apagados se asemejan vagamente a los nombres de los que están dentro de la habitación. Pronto, un tercer impacto aún más salvaje mata cualquier otro sonido.

Al otro lado de la lastimera puerta, el grito de Hook "¡SWAN!" parece ser la señal para cargar. Dos golpes especialmente violentos después, la puerta se desploma contra el suelo y tres hombres sudorosos emergen sosteniendo el banco que se ha convertido temporalmente en un ariete.

Emma, Henry y Snow permanecen alrededor de la mesa, igual que si custodiasen a su ocupante. Y, sobre esta, Regina, con la ropa ensangrentada y el pelo desordenado, pero claramente recuperada, espera en silencio una explicación.

"¡Hemos advertido la magia! Pero al intentar entrar la puerta estaba bloqueada." profiere Hook adelantándose un paso.

"¡Claro que sí!" anuncia Henry tras un diminuto silencio. "He curado a mi madre con un beso de amor verdadero…" Imprime tanto entusiasmo y convicción a sus palabras, que Emma se ve tentada a aplaudir. "¿Cuál es el problema?" insiste.

"Creíamos… creíamos que quizás había sido Emma." Tose Hook, logrando sonar firme e incómodo a la vez, y soltando el banco junto con los demás. "Y que quizás… bueno, que había cedido al oscuro y estabais aquí, encerrados a su merced."

"Siempre tan acertado…" masculla Regina con media sonrisa irónica. Su voz parece sacar de su letargo a Robin, que se mantenía en un segundo plano. Grita su nombre y sale a la carrera hasta alcanzar la mesa. Nadie se interpone y en cuatro zancadas está sobre ella, besándola atónito entre lágrimas. Un beso breve que se convierte enseguida en un estrecho abrazo. Pero de alguna manera se siente excesivamente largo y Emma mira hacia otro lado al alejarse de la mesa.

David abre sus brazos hacia Snow, y Henry sale discretamente del dormitorio. A su vera, Emma camina junto a él, pasando intencionadamente por el extremo contrario de Hook. El pirata sigue de todos modos sus pasos, y la estancia se queda vacía, excepto por Regina y Robin. Los ojos de Emma se detienen en ellos, antes de alejarse de la puerta.

Al hacerlo, a su izquierda, siente la presencia de Henry. Y, a su derecha, flotando, la escuálida figura de Rumpelstiltskin. Sonriente, pletórico, regresando a ella más brillante que su propia piel de cocodrilo.

Acerca su boca hasta rozar rasposa la oreja de Emma. Un escalofrío nauseabundo la estremece. Pero no deja de andar. Nada cambia en ella. Ni cuando la voz gélida e infantil taladra su cabeza y araña sus entrañas.

"Lo adviertes, ¿verdad? Esa necesidad de hacer daño… de matar."

La Salvadora no permite que su gesto mute, pero sus pulsaciones retumban contra su cabeza y cada paso aumenta la sensación nauseabunda de descontrol.

"No te resistas, Emma. Déjate llenar de ese apetito… ¡Eso es lo que somos!" grita con una estridente risa que reverbera por todo el castillo, pero sólo para Emma. Sólo en ella.

A unos metros, David reduce la amplitud de sus pasos y Snow, abrazada a él, se deja hacer, viendo cómo cada vez se alejan más del resto de los presentes. Cuando estos llegan a perderse tras un recodo de piedra, Snow escucha a su marido susurrar. Muy lento y bajito.

"Henry no besó a Regina, ¿verdad?"

"…No." Aún más lento y aún más bajito que él. Sin querer mirar hacia sus ojos claros.

"Y tú tampoco, ¿no?"

"…Tampoco." Responde tan dudosa que casi suena a pregunta.

"¿Sabes lo que te digo siempre sobre no intervenir?" En este caso, Snow ni siquiera articula palabra, sólo asiente contra su cuerpo. "Pues me alegro de que esta vez no me hayas hecho caso." Musita con orgullo besando su coronilla antes de retomar el paso ligero hacia los demás. Snow suspira a lo grande y sonríe entusiasmada.

"Y yo."

Continuará...