Emma espera hasta que David ha abandonado el castillo por una de las puertas traseras. Esa es la señal. Recoge su espada, una pequeña bolsa de cuero y mira a los que aún permanecen en la biblioteca. Belle, de nuevo, devora libros frente a un improvisado atril hacho de más libros. Hook y Hood leen los tomos que la joven ha dispuesto para ellos. Y Zelena permanece sin voz y sentada entre ambos hombres, custodiada y aburrida. Ante la mirada de Emma le enseña los dientes y, un segundo antes de que pueda enseñarle también el dedo corazón, ella dirige su voz a todos en general y a nadie en particular.
"Volveré para la hora de la comida, cualquier cosa, hablad con los enanitos, ellos sabrán donde encontrarnos."
"Perfecto…" susurra Belle con dulzura, pero sin levantar los ojos del libro. "¡Suerte!"
Desde su lado de la mesa, Hook la mira con una expresión no tan distante como la de Zelena, que además del dedo está enseñando todos los dientes en una impactante y sádica sonrisa. Emma ignora a la bruja e intenta hacerlo mismo con Hook, pero no es tan sencillo. Nunca lo es. Algo en él tiene el poder de deslizarse a través de ella y llegar a sus rincones más incómodos, como una culpa espesa, invasiva, desagradable.
"Lo mismo os deseo, ¡hasta ahora!" Responde abriendo la puerta y despidiéndose con velocidad. Al cerrar deja atrás las despedidas de todos ellos y el dedo de Zelena y se encamina pasillo abajo, buscando a propósito los corredores más tranquilos.
Apenas se encuentra con caballeros de Arturo y todos ellos le saludan con servilismo. Pero no se siente segura hasta que no atraviesa las murallas y, tras un árbol, comprueba que nadie le sigue. No hay señales de alerta ni el castillo parece inmutarse ante su desaparición y, sólo entonces, coge el sendero del río hasta la cafetería.
Al entrar, el olor de la estancia ya está cargado de magia y energía. Sobre la barra, Regina trabaja como si tuviera seis brazos y los ingredientes se mezclan frente a ella con una velocidad soberbia, sin que sus manos parezcan dudar ni una vez. La única señal que avisa de sus avances es la minúscula sonrisa que aparece en la comisura de sus labios si la combinación funciona o el ceño fruncido cuando la reacción no es la esperada.
Se las arregla con dificultad para desviar su atención de ese fascinante despliegue de maestría y se dirige hacia donde sus padres están alimentando casi a la fuerza a su recién recuperado amigo con rollos de canela y pasteles de miel que robaron del comedor del castillo. Cuando Lancelot la ve se pone en pie y sonríe brillantemente, sus mejillas sobresaliendo con su alegría. Traga y se sacude las migajas de su chaleco antes de ofrecerle su mano.
"Emma Swan. Es un placer conocerte finalmente" Su voz profunda coincide con su imponente presencia caballeresca y su tono con la suave luz de sus ojos oscuros. Al estrecharle la mano tiene la extraña sensación de ser recibida por un cariñoso tío lejano.
"Lancelot." Responde encantada, evitando cualquiera de los comentarios que cruzan frugalmente su cabeza sobre la historia que compartió con sus padres y el papel que jugó en sus vidas y, bueno, en que su madre pudiera concebirla. El nivel de desconcierto que Emma se ve capaz de manejar respecto a sus orígenes es bastante escaso y, desde que la oscuridad reside a sus anchas en su interior, ese nivel ha caído dramáticamente. "Me alegro de que estés… vivo." Termina añadiendo. La risa abierta y encantadora del caballero acoge con humor sus palabras. "Muchas gracias por ayudarnos."
"No es necesario agradecer nada. Estaré en deuda eternamente con vosotros cuando al fin termines con esta pesadilla, Salvadora."
Emma trata de sonreír y murmura algunas palabras de incomoda humildad prefabricada, antes de darse la vuelta con torpeza y caminar hacia el laboratorio mágico improvisado por Regina. En su mano descansa la bolsa de cuero llena con algunos ingredientes en polvo que Belle ha preparado para Regina y la Salvadora la coloca sobre la barra, observando en silencio la forma en que la alcaldesa se desenvuelve sin descanso.
Por un instante, en la cafetería sólo se escucha el crepitar de un pequeño fuego mágico, apenas del tamaño de un candelabro. Sobre él, descansa un soporte de metal y una jarrita de cobre donde burbujea una poción. En cuanto el líquido empieza a espesar, Regina lo retira mágicamente del fuego y lo posa sobre la barra.
"¿Está lista?" pregunta Emma asomándose sobre la jarrita.
"Aún tiene que enfriarse, pero sí. Debería ser lo suficiente potente como para aglutinar el resto de los ingredientes."
"Bien…" respira Emma con cierto alivio, viendo las pompas aparecer sobre la superficie y explotar cada vez más lentas. "¿Puedo ayudarte con algo más?" pregunta levantando la vista hasta ella.
"No, tranquila." Responde ensimismada.
"¿Seguro?" reitera inquieta. La duda de su voz es suficiente para traer de vuelta la mente de Regina. La alcaldesa aparta sus ojos de los ingredientes desperdigados sobre la barra y pestañea un par de veces al enfocar.
"Sí, gracias." Contesta, esta vez más segura y con una suave sonrisa de reconocimiento.
"¿Qué pasa?" pregunta la Salvadora, viendo más allá de su aparente tranquilidad. No hay forma de que Regina pueda engañarla. Nunca ha sido capaz y no va a empezar ahora.
"Yo…" Por un momento, parece no querer responder, pero finalmente murmura "Me preocupa no poder probar el antídoto antes de usarlo." Admite regresando su atención a la pequeña jarra.
"A mí no." Responde descansando sus antebrazos sobre la barra. "Sé que has preparado la poción a la perfección, con las proporciones precisas de..." agita su mano sobre la exhibición de ingredientes. "…ojos de araña y escamas de serpiente." Regina deja escapar sus ojos de refilón hacia Emma. La Salvadora vuelve a observar la jarrita con fascinación y ella se muerde la mejilla por dentro, agradecida y divertida a partes iguales.
"Eres tú la que tendrá que lanzar el hechizo… Espero que estés igual de tranquila si hago que tus manos vuelven en pedazos."
"Ugh." Es todo lo que responde Emma, moviendo sus dedos en el aire por puro instinto. "Incluso a pesar de esa sangrienta broma, sigo confiando en tus conocimientos. Tu sentido del humor, por otro lado…" protesta e, inevitablemente, Regina tiene que sonreír. Y en ese pequeño, distendido e inesperado momento, sus miradas se cruzan. Las dos cierran la boca y Regina es la primera en retirarla, respirando hondo.
"¿Cómo… cómo conseguiremos el último ingrediente?" pregunta, en un claro intento de aliviar su nerviosismo y vacilación.
"Lo tengo todo controlado… ¿quieres que te lo traiga?"
"Sí, por favor." Responde regresando al frasco y al resto de elementos. "Empezaré con las escamas de serpiente." El vibrato grave está de vuelta en todo su esplendor y rezuma un divertido sarcasmo. Emma sonríe contenta de que su broma, a pesar de la burla, haya sido escuchada y se dirige hacia la mesa de sus padres. Los tres amigos detienen su conversación al notar la presencia de la Salvadora.
"Papá, te acordaste de traeré tu pañuelo, ¿verdad?"
"Por supuesto." Contesta David buscando en los bolsillos de su prenda. "Aquí está, conservado en todo su esplendor de suciedad, tal y como pediste." Añade tendiéndoselo con una expresión desconcertada y poco convencida que se cierne en sus ojos.
Al regresar junto a la barra, encuentra los ingredientes restantes bien guardados en botellas y bolsitas junto al frasco donde la poción aún está enfriándose.
"Wow… ¿Necesitamos agregar todo esto antes de lanzar un hechizo?" pregunta Emma confusa.
"No tomará tanto tiempo. Nos las arreglaremos lo suficientemente bien entre las dos," responde con decisión. "¿Ya tienes la lágrima? ¿Tan rápido?", pregunta, levantando la botella redondeada contra la luz y observando el líquido de su interior con ojos críticos.
"Así es… Pero vamos a necesitar un... hechizo de ordeño o lo que sea para extraerlo en un frasco", añade, sin ápice de duda. "Estoy seguro de que puedes manejar uno de esos, ¿verdad?"
"¿Un qué?" pregunta prestando finalmente atención al pañuelo que Emma le tiende. "Nunca dejas de sorprenderme, miss Swan", dice. "Definitivamente no es lo que esperaba." Regina inspecciona la tela por un breve momento. "Sí, puedo ordeñar mágicamente la lágrima, como tan elocuentemente propones." Añade con una sonrisa divertida que traiciona su fingida terquedad.
"¡Lo sabía!" Ella golpea su hombro juguetona.
Regina se sonríe y chasquea la lengua, y el corazón de Emma podría perder un latido o dos. Al instante, Emma la ve adoptar una pose regia de nuevo con el fin de preguntar: "¿Puedo saber de qué agujero oscuro tomaste prestada esta antigualla bordada tan… rústicamente?"
"Es de David." dice, impresionada por la infalible capacidad de Regina de burlarse del gusto de sus padres, incluso sin pretenderlo. Se da cuenta de la confusión que causa esta revelación. Regina se rompe la cabeza mirando a David y acto seguido a Snow, sólo para fruncir el ceño y apretar los labios, antes de preguntar con el mismo tono conspirativo de Henry:
"¿Qué me he perdido?"
Emma espera sonar firme al responder "Las lágrimas son mías, Regina.", pero está bastante segura de que sus palabras rebosan timidez. Y se pone aún más nerviosa antes de añadir: "Usé la antigualla bordada rústicamente cuando decidiste despedirte de todos nosotros."
"Oh."
"Hum. Cierto. ¿Entonces deberías...?"
La sugerencia muere en los labios de Emma, y ambas permanecen en silencio por un tiempo, las manos agarrando firmemente la parte superior de la barra y los ojos enfocados en la tela que descansa sobre ella.
"¿Qué estamos mirando?"
La voz suave detrás de ellas los sorprende, y se dan la vuelta al unísono para encontrar a Lancelot inclinado hacia el pañuelo con curiosidad, mientras que David y Snow pretenden estar muy interesados en los pliegues de las paredes del comedor.
"No te molesto más, procede, por favor." ruega Emma, alejándose a paso ligero.
"Claro. Sí. De inmediato. Sí." dice Regina, asintiendo y jugando con las pequeñas botellas y bolsitas a la vista con el dominio de un trilero.
Emma calma sus pasos al quedar cubierta por el tranquilo silencio que se respira entre los muros del Castillo. A pesar de intentar fingir normalidad, inevitablemente ha recorrido con cierta prisa los últimos metros que la separaban del interior del edificio. Se ha recordado a sí misma que puede estar donde quiera, cuando quiera, pero todos sus instintos se remueven incómodos en su estómago.
El recuerdo de Henry acude a su mente y decide caminar en su búsqueda, esperando que continúe donde le han pedido que permanezca. En los aposentos de Regina, fuertemente custodiado por cada hechizo de protección del que su madre tiene conocimiento. En su camino, se cruza con varios los soldados de la corte, unas caras que ya le resultan familiares. Su estómago grita más fuerte cuando se da cuenta de que sus expresiones no muestran la misma familiaridad. Emma no podría explicar dónde está la diferencia, pero hay un indicio de desconfianza en sus ojos que definitivamente no estaba allí antes.
No actúan de manera diferente, sin embargo, y ella reanuda su camino sin más disturbios. Y, cuando los pierde de vista, corre hacia la habitación de Regina.
Al girar la esquina del pasillo una sombra se abalanza sobre ella y Emma teme ahogarse con su propio corazón al escaparse este hasta su garganta del susto.
"¡Emma!" exclama la súbita aparición con la dulce y preocupada voz de Regina. La Salvadora vuelve en sí intentando recuperarse del susto, sólo para distinguir las manos de la alcaldesa apretando sus antebrazos con una dulce preocupación. "¿Estás bien?" pregunta, la luz de sus ojos bailando con desasosiego.
"Sí." suspira Emma. "Henry..."
"Está bien, no te preocupes. Muy aburrido, pero me las arreglé para inculcar algo de sentido común en esa encantadora cabeza suya y no se atreverá a salir de la habitación", se apresura a explicar, colocando su mano en la espalda de Emma y dirigiéndola por el pasillo. "Eres tú quién me preocupa."
"¿Cómo supiste...?" comienza, antes de darse cuenta.
"La daga." dicen al mismo tiempo.
Dejan de caminar y se miran por un momento. Emma es dolorosamente consciente de la dulce y suave presión de la mano de Regina apenas sobre ella, de sus ojos fijos en su propia cara. Su pecho se mueve renqueante, con tanta dificultad que teme empezar a decir infinidad de tonterías sin parar...
"¿Sentiste que temblaba?" Inquiere finalmente, conteniendo cualquier otra estúpida propuesta que su cabeza quiera dejar escapar.
"Así es." Asiente y moja sus labios, sus ojos no abandonan el rostro de la Salvadora. "Emma, ¿qué sucede?"
Emma abre la boca para explicar sus sospechas, pero de repente dos soldados se cruzan con ellas, saludándolas con una rápida reverencia. Son los mismos hombres con los que Emma coincidió instantes antes. Ellos… están deshaciendo su camino, siguiéndola sin lugar a dudas. Cuando desaparecen de nuevo, se inclina contra el oído de Regina y susurra: "Ya no somos bienvenidos aquí."
Regina gira la cabeza para responder y su cara se eleva hacia la de Emma, muy cerca. "Lo sé. Debemos advertir a tus padres y a Lancelot. De inmediato."
Continuará...
