Se sacude las manos al ritmo del aleteo de la paloma. A los dos segundos no se distingue el pergamino atado en su pata. A los 10, la figura entera del ave desaparece en la negrura de la noche de Camelot. Aun así, Emma la persigue con la mirada. Al menos observa allí donde imagina que vuela, fantaseando con que puede ver cómo llega hasta Lancelot.
"¿Te imaginas que, antes de encontrarle, se la come un halcón?" pregunta una voz chirriona junto a su oído.
"¡Joder!" grita dando un salto. A su vera, Rumpelstiltskin ríe dando palmaditas.
"¡Hola!"
"Déjame en paz." Gruñe recogiendo los restos de cordel, tinta y pergamino.
"O, querida, me encantaría. Pero siento como tu alma, tus miedos, tus enormes inseguridades me llaman a gritos." Sus manos gesticulan contra sus oídos mientras gruñe: "Es realmente insoportable."
Cierra los ojos, niega con la cabeza. "Eso es mentira."
"¿Yo? ¿Mentir? ¡Nunca!" jadea dramático y ofendido, con una mano en el pecho. "La verdad es mucho más gratificante. Bum-bum, bum-bum, bum-bum, tu lindo corazoncito está rogando algo de atención, golpeando tan fuerte, deseando que las preocupaciones desaparezcan... ¡Y yo puedo encargarme de ellas! ¡de todas ellas!" escupe, ralentizando su discurso. "Sólo tienes que... ¿Qué estás haciendo?" pregunta mientras Emma coge su chaqueta y alcanza el pomo de la puerta sin siquiera mirarlo. "¡Qué maleducadda!" ríe.
La puerta se cierra de golpe, haciendo retumbar madera y piedra, y Emma se aleja apresuradamente. Pero todavía puede escuchar la impertinente voz del duendecillo tras ella. "¡Magnífica idea! Esa puerta seguramente es suficiente para retenerme. Quiero decir, ¡no es como si estuviera en tu cabeza ni nada parecido!"
Baja las escaleras igual que si la persiguieran. Con miedo a que la alargada sombra del maldito duende siga sobre su hombro. Y no, no hay nadie. Pero no por ello se detiene.
Y, al bajar a toda velocidad, lo advierte. El sonido de una espada enfundada, chocando con la piedra de las paredes, torpe, errante. Hay al menos un soldado, quizás dos, intentando seguir sus pasos, no sin cierta torpeza. Se detiene, más por misericordia y diversión que por sensatez, y el ruido metálico deja de resonar a su espalda.
Por un instante, está tentada de bajar las escaleras con una lentitud total. Deseando ver a los soldados caminar cual tortugas para esperarla, pero esta vez sí gana la lógica. No deben advertir que les han descubierto. Y, desde luego, bajar las escaleras a cámara lenta mirando sobre su hombro al mismo tiempo sería, definitivamente, sospechoso.
Mientras continúa acercándose al salón principal, su mente deja atrás a los indiscretos hombres al percibir el ruido de la multitud. Cada vez más cerca, cada vez más fuerte. Sus tripas se revuelven. Y, al ver el comedor, aún más. Es como entrar de nuevo a la fiesta de la noche anterior. Esta vez, las mesas ocupan el centro de la sala. El baile, si es que hay, tendrá que esperar a que termine la cena de gala que Arturo ha dispuesto para todos. Pero el resto de los detalles son como revivir la espantosa celebración. La misma luz, los mismos adornos, la misma orquesta tocando sin fin, amenizando una escena que hoy, aún más, se desdibuja espeluznante. Ahora que conoce lo que se esconde tras Camelot, es incapaz de verlo de otra forma.
Pero llena sus pulmones de aire y esperanza al ver la mesa que han colocado a la izquierda de la de Arturo y sus hombres. Allí, sus padres la sonríen desde lejos y encuentra algunos asientos vacíos entre los enanitos, Belle, Zelena, Robin y algunos más. Camina hacia ellos, sonriendo con franqueza, hasta que alguien a su lado vuelve a hablar. Se gira con el más mínimo sonido, enseñando los dientes.
No se trata de Rumpelstiltskin. Pero no por ello deja de enseñarlos.
"¿Entramos, love?" pregunta Hook ofreciéndole su brazo, sonriente y plácido. Sin preocupación alguna, sólo seguridad. Emma frunce el ceño, incapaz de pensar en otra cosa que improperios. Pero se repite a si misma que ha de disimular. Cierra la boca, intenta fingir un gesto neutro y echa a andar. En silencio, sin mirarle, pero sin más espectáculos. Le escucha mascullar entre dientes, pero sin atreverse a levantar la voz. Seguramente para evitar que nadie se fije en el desplante, más que por la discreción que sólo Emma es consciente que necesitan. Pero le vale. "Swan, esto tiene que parar…" le oye gruñir entre dientes, hasta que se pierde su voz.
Camina con amplias zancadas hasta la mesa y encuentra un tentador hueco junto a Snow. Al otro lado ya está sentada la abuelita. Perfecto para evitar incómodas presencias a su vera. Cuando toma asiento, disfruta de cierto aire de victoria y calma y saluda a todos los presentes. Pero el alivio dura poco. Casi frente a ella, una silla a la derecha, se sienta Hook y le clava los ojos sin descanso.
"Siempre puedes arrancárselos." Propone Rumpelstiltskin, torciendo el rostro mientras observa a Hook y asintiendo ante su propia sugerencia.
Cállate, cállate, cállate… grita para sí, tratando de que, en silencio, su voz se proyecte con furia en su cabeza.
"Pídemelo, no seas tímida. Grítalo, aquí, ante todos, y te juro que me iré." Ríe tendiendo su mano. "¿Trato hecho?"
Emma aparta los ojos de él, trata de observar a los presentes y devolver algunos simpáticos saludos. Pero nota los ojos de Rumpelstiltskin sobre ella. También los de Hook. Y empieza a ser demasiado.
¡FUERA!, chilla sin abrir la boca. Pero nada pasa.
"Oh, qué agresividad." Se burla el maldito duende. "Si toda esta gente supiera la loca que se esconde tras ese aspecto angelical…"
Te juro que… Está tan cerca. Tan cerca de verbalizarlo. Tan cerca de vociferar contra él. Contra Hook. Contra todo, sin importarle nada ni nadie.
Pero cinco dedos se posan sobre su hombro. Balsámicos, suaves, discretos. Un dulce jarro de agua fría y deliciosa que, sin mojarla, cala cada parte de su cuerpo.
"Buenas noches." Pronuncia Regina educada, hablando a todos los presentes, mientras su mano, casualmente, descansa sobre ella. Por un instante, sueña con estirar la suya, cubrirla, estrecharla. Pero no se atreve. Eso acabaría con toda la casual despreocupación del gesto y encendería más de una alarma.
Así que se queda quieta. Muy quieta. Sólo disfrutando de la suave presión y de la discretísima forma en que el pulgar se escapa para acariciar muy levemente su espalda. ¿Será siquiera consciente?, se pregunta siguiendo el dulce vaivén.
"¿Todo bien?" sonríe Regina preguntándoles en general y mirando a los más cercanos. Pero, aunque sus padres y la abuelita contestan encantados, Emma lo advierte. La otra mano de la alcaldesa se toca la cintura. Allí donde la daga descansa contra su piel. Y entonces lo entiende y el suspiro que se escapa de sus labios está cargado de gratitud.
"Sí…" murmura Emma, devolviéndole la mirada y la sonrisa. Sólo entonces Regina relaja su postura y, por desgracia, la mano desaparece de su hombro. Aunque, al menos, lo hace sin prisa alguna, y Emma se encuentra con mil preguntas entrechocando en su cabeza mientras el calor de esa palma se queda a fuego en su hombro.
Los pasos de Regina se alejan, acompañados por la música de la orquesta, y Emma, de soslayo, la ve tomar asiento en la última silla libre. Junto a Hood. Cierra los ojos durante un par de segundos y trata de dejar la mente en blanco. No había más sillas libres, no había más opciones. Se lo repite una y otra vez. Lucha contra la tentación de divagar y cavilar sobre por qué estaba libre. Si Hood la guardó para ella. Si Regina le pidió que lo hiciese. Si…
Los ojos de Regina buscan los suyos. Y lo hacen con una severa preocupación. Preguntando sin abrir la boca. Y Emma niega con la cabeza, sin dirigirse a ella, pero haciéndolo al mismo tiempo. La mano de Regina ha regresado a la daga y la Salvadora sigue el hilo de sus pensamientos sin problema alguno.
Para, se pide a sí misma. Para. Este no es el momento, se repite cual mantra. Hablarán. De lo que tengan que hablar… Pero ahora no puede hacer esto. Esperará, hay demasiado en juego. Y puede hacerlo. Sólo es esperar un poco. Quizás unas horas y luego…
La inquietud vuelve a rondar su estómago al pensar ¿y luego qué?, y tiene que respirar hondo una vez más. Deja la mente en blanco, puedes hacerlo. Puedes hacerlo.
Trata de no pensar, no imaginar, dejar fuera posibles escenarios e imágenes. Sean tristes o esperanzadoras, sean oscuras o llenas de luz. Respira con fuerza. Logra pensar sólo en el presente. Y abre los ojos, satisfecha al ver el ceño de Regina desfruncirse.
Ya ni siquiera advierte que los ojos de Hook continúan sobre ella.
Y funciona. Durante un buen rato realmente lo hace. Los platos se suceden ante ellos como las canciones de los músicos, y hasta un par de discursos de Arturo. Y, por un momento, Emma es lo que aparenta. Una invitada más en medio de ese enorme mar de nobles, forasteros y caballeros armados. La bebida corre y su vaso siempre está lleno. Pero en realidad nunca bebe, aunque se una a todos los brindis. Sonríe a los chistes de los comensales, habla con los más cercanos y deja que, durante un buen rato, el ambiente del comedor la contagie.
Los más pequeños empiezan a abandonar el lugar acompañados de sus madres o nodrizas. Incluso Henry se marcha acompañado de Violet hacia los balcones de palacio. Al mismo tiempo, el ruido de la sala aumenta hasta que cuesta escuchar la música por encima de las risas, la algarabía y las conversaciones a gritos.
Y entonces, cubiertos por la atmoósfera de ruido y felicidad, Emma ve su oportunidad. Sonríe de oreja a oreja y se deja caer sobre su madre. Snow le devuelve la sonrisa y espera hasta que la escucha hablar.
"No cambies el gesto." Pide la Salvadora con un tono tan serio que, al chocar con su sonrisa, parece salir de la boca de una desequilibrada. "Y cuando termine de hablar, ríete, ¿entendido?"
"¡Claro!" celebra Snow, dando buena cuenta de su petición.
"Nos están vigilando, a todos nosotros." Responde echándose para atrás, como si le costara terminar de contar su propia broma. "Cada uno de nosotros tiene al menos un hombre de Arturo siguiendo sus pasos. Uno de los caballeros de confianza acaba de salir tras Henry y Violet."
Snow suelta una carcajada, tapándose la boca. "¿Debemos preocuparnos?"
"No por ahora." Sonríe. "Explícale a David la situación en cuanto puedas y no hagáis nada sospechoso, ¿entendido?"
"Sí." Asiente dándole un codazo divertido y cómplice. "¿Y el plan?"
"Lo adelantaremos. A esta noche." Los ojos de Snow se abren desmesuradamente, saliéndose por una vez del papel. Emma se ve obligada a doblarse de la risa, a pesar de lo tonta que se siente, para hacerla regresar. "Podemos lograrlo. Todo está listo, no te preocupes. Hemos avisado a Lancelot. Lo único que debes hacer es cubrirnos, ¿vale?" pide apoyándose sobre el respaldo de nuevo y secándose unas lágrimas que no existen.
"Está bien." Responde con una desmesurada sonrisa que, en esta ocasión, esconde más tensión que disimulo. Emma lleva su mano hasta la mesa y cubre la de Snow con ternura. Su madre, suspirando, le devuelve el gesto con un cariñoso apretón y mira hacia David, buscando el momento de abordarle.
A pesar de la preocupación que queda flotando en el aire entre su madre y ella, Emma se siente un poco más aliviada. Sólo queda David por conocer el plan y habrán logrado salvar con éxito la vigilancia de Arturo. Si escapan de miradas entrometidas, Regina y ella pueden lograrlo. Está segura.
Y es al pensar en el plan, en ellas, en Regina, cuando la careta que ha vestido toda la noche se resiente. Cuando sus ojos se escapan fugaces hasta la alcaldesa, aprovechando la más mínima debilidad de su dueña, y la ve. Hablando con Robin, entrechocando sus copas y compartiendo algún tipo de confidencia.
No, no es más que una conversación. Sólo eso, se repite sacudiendo su cabeza como si así pudiera borrar ese zumbido molesto y persistente. Pero no funciona. No está sólo en su mente, también retuerce sus tripas y eriza su piel. Incluso ese rincón con textura de escamas y oscuridad. Trata, sin descanso, de concentrarse de nuevo en el plan, en todo lo que está en juego. Pero el zumbido se convierte en un estruendo y cada vez resulta más incontrolable.
Hasta el punto en que, al acercarse un copero hasta ella, se sobresalta asustada.
Al reponerse, se limita a observar y sentirse imbécil. La persona en cuestión ha tendido una copa de oro frente a ella, ofreciéndosela servicial. Como el resto de la noche. Pero, antes de fijarse en nada más, antes de leer las señales de amenaza, Emma se gira hacia él con una educada sonrisa y diciendo "No, muchas gracias." sin haberle mirado aún a la cara.
"Emma, ¿estás bien?" pregunta Snow con preocupación.
"Sí." Responde ella inmediatamente con el corazón en la garganta. Tanto la mano que le tiende la copa como el resto del cuerpo del maldito copero está cubierto de escamas de cocodrilo y pústulas. "Estoy bien." Insiste, tratando al tiempo de ignorar la presencia que sólo ella puede distinguir.
"Yo diría que necesitas una bebida…" gorgotea Rumpelstiltskin bailoteando la copa frente a sus ojos. Snow regresa a su conversación con David y Emma se concentra en la comida frente a ella, para tratar de no mirarle, no cambiar su gesto. "Y con urgencia." Se ríe.
No quiero beber nada, no quiero nada de ti… musita mentalmente.
"Oh, pero querida, esto no es para ti. No, no, no…" responde con falsa cortesía. "Es para él." Señala con la copa unos asientos más allá. Donde Hood permanece sentado. "Ofrécesela. Un traguito y "Adiós, señor con olor a pino". Venga, Emma, lo estás deseando."
Eso no es cierto… gruñe cerrando los ojos, peleando contra él, contra sus ganas de contestar a voz en grito.
"Emma, yo soy tú. No puedes mentirte a ti misma. Hazme caso y deja que la cicuta se encargue de tus problemas. ¡Te sentirás mucho mejor!"
Jamás… ladra con cada vez menos aguante.
"¿Entonces qué? ¿Dejarás que se lleven a tu chica y que viva feliz para siempre con él? Todo ese poder… ¿para terminar con el corazón roto? No lo creo… no cuando estás a un trago del Y comieron perdices."
Jamás haría algo así… se repite agachando la cabeza, mirando a su plato abstraída.
"La Salvadora quizás no. Pero ahora somos mucho más, querida." Gruñe.
No, no lo soy…
"Lucha por Regina."
No así…
"Tú le diste el beso de amor verdadero. Tú deberías ser quien se sentara a su lado. Tú quien le sonriese así, ¿lo ves? ¡¿lo ves?! ¡Mira!" exige furioso obligándola a alzar la vista hasta ellos. Robin susurra al oído de Regina y esta asiente con media sonrisa y el cuerpo de Emma arde de impotencia y de rabia.
Basta… Esto no es… Ella no tiene por qué… niega una y otra vez, mirando a cualquier otro lugar.
"¿Vas a decirme que esto no es lo que parece? ¿O que ella no nos debe nada?" espeta agarrándola por los hombros. "¿Después de salvarle la vida? ¡Qué ridícula mentira es esa! Eres el oscuro, ¡reclama lo que es tuyo!"
"¡No!" grita agarrando el tablero de la mesa. Abriendo la boca antes de poder contenerse. Dejando que su rabia, su dolor, sus miedos tomen forma de aullido que, sin embargo, se camufla entre el descontrolado bullicio que domina la sala. Pero no para todos. Snow la mira alarmada y, sobre el ruido, los gritos, la risa y la música, escucha la voz de Regina. Reclamándola con su nombre.
No la mira. No quiere saber qué serían capaces de mostrar sus ojos si lo hiciese. Sólo sonríe a Snow con cansancio y murmura: "Estoy agotada, creo que me iré a dormir."
"¿Cariño, estás segura?"
"Sí, tranquila, mamá." Añade apretando su hombro con mimo al ponerse en pie. Se dirige a todos los presentes a su alrededor y les dirige una sonrisa, despidiéndose de cuántos se han dado cuenta de que se marcha y deseándoles buenas noches. De refilón, los ve regresar a las risas, los brindis y las conversaciones a voz en grito. Incluso Regina ha vuelto a hablar con Robin y ya no mira hacia ella.
Deja la sala con la cabeza alta y una enorme sonrisa fingida, despidiéndose de Arturo y Ginebra con una educada reverencia. Sólo cuando deja atrás el comedor y siente los pasos de Rumpelstiltskin a su vera, se siente capaz de hablar. Aunque lo haga más para sí misma.
"No es un objeto, no es mía, no hay nada que reclamar. Ella puede…" tartamudea débilmente sin importarle ya quién pueda escucharla.
"¿Rechazarnos? ¿Cómo si no fuésemos el mayor prodigio existente sobre la faz de todas las tierras? Me das pena." Gruñe Rumpelstiltskin asqueado.
"Con eso puedo vivir…" responde tranquila, sin casi voz y con ganas de llorar, pero convencida. Dar pena a un maldito gnomo es el menor de sus problemas.
"¿Con qué puedes vivir?" cuestiona una voz a sus espaldas.
"¿Regina?" pregunta girándose sobre sus talones con la mano en el pecho. Ahí, a unos metros, la alcaldesa la observa con gesto serio y preocupado, esperando una respuesta. "Nada, no me refería a nada."
"¿Con quién hablabas?" insiste alcanzándola.
"Con nadie. Sólo pensaba en voz alta." La mentira sale tan natural y veloz que juraría que otra persona ha hablado por ella. Pero la bilis y la culpabilidad se arremolinan en su estómago.
"¿Estás bien?" susurra Regina torciendo el rostro.
"Sí, sí… Es sólo que ha sido un día muy largo."
"Emma, en la mesa…"
"No pasa nada, de verdad." Insiste sonriéndole con toda la calma que puede fingir.
"La daga no decía eso. Y tu cara tampoco…" espeta. Está, claramente, tratando de no sonar como una regañina. En vano, pero Emma agradece divertida el esfuerzo.
La Salvadora se arrepiente con cada mentira que le dedica a Regina. Pero no es el momento ni el lugar. Y, al margen de los oídos indiscretos que las persiguen por todas partes, no sabe ni por dónde empezar. Rumpelstiltskin está jugando conmigo y disfrutando de mis celos patológicos porque no soporto verte con tu pareja, no le suena demasiado apropiado. Y un: ¿qué somos? ¿Qué sientes? ¿Podemos hablar? Tampoco parece muy oportuno. No antes de una misión que podría ser a vida o muerte. No cuando ni siquiera sabe si Regina quiere hablar. Ahora o nunca. Si su conversación en las murallas sólo significó algo para ella misma. Si su amor verdadero no es más que un vínculo inquebrantable como madres de Henry, pero es Emma la única que lo ha arrastrado a un plano romántico. Si besarla fue un completo error y un gran desliz que sin embargo no salió del todo mal. No, no sabe por dónde empezar, ni se atreve a hacerlo.
"Emma…" repite su nombre más bajito, con voz más grave y húmeda.
"Estoy bien, de verdad." Insiste y le dedica una nueva sonrisa fingida. La número cien de esa noche. Observa cómo se muerde los labios y su mano, disimuladamente, toca la daga en su cinto. Advierte que el brillo preocupado de sus ojos no desaparece, pero al no advertir señales de peligro en el arma, cede a regañadientes.
"Antes, en el comedor…"
"Era el cansancio hablando por mí." La interrumpe mostrando su rostro más sereno.
"Está bien…" responde sin convencimiento alguno. Emma sonríe una vez más y, con media inclinación de cabeza, se prepara para despedirse. Pero Regina abre la boca y, aunque las palabras tardan en abandonar sus labios, su postura se adelanta a todo lo que tiene que decir. Su mano se estira como queriendo sostener la mano de Emma, pero sin atreverse, y sus pupilas bailan al clavarse en las de ella. La Salvadora detiene su respiración y espera. "Yo… Tengo muchas ganas de regresar a casa."
Eso es todo lo que dice. Y resulta un mundo. Inconmensurable, indescifrable, pero a su vez, tan claro que duele. Duele por cómo se clava la esperanza en el pecho de Emma, por cómo se abre camino sin contemplaciones, por cómo se deja arrastrar por fantasías e infinitas posibilidades. Y no quiere soñar, no se atreve, pero sus entrañas no le preguntan y lo hacen por ella sin pedir permiso alguno.
"Y yo." Responde casi sin voz, esta vez sí sonriendo con todo su cuerpo.
Frente a ella, Regina suspira reflejando por fin alivio y musita: "Emma, ¿hay algo que pueda hacer por ti?" La Salvadora quiere contestar, aunque le falten las palabras, pero se detiene. Sobre el hombro de Regina, abandonando el salón y caminando hacia ellas, distingue la figura de Hook. Su rostro se contrae de rabia y, al instante, lo hace el de Regina con preocupación. "¿Emma?" repite inquieta.
La Salvadora toma aire y advierte su corazón corriendo encabritado, con ganas de nada bueno. Cabecea hacia el pirata, que cada vez está más cerca, y gruñe. "No dejes que me siga, por el bien de todo ser vivo que esté a menos de 5 kilómetros de mí." Bromea macabra y Regina le devuelve una sonrisa igual de granuja.
"Hecho." Acepta recuperando su faceta más sobrecogedora, no sin antes añadir con un toque de docilidad. "¿Nos vemos?"
"Muy pronto." Asiente rendida a ese tono de voz. "Gracias."
"Un placer." Responde elevando su ceja divertida, antes de alejarse y regresar hacia el comedor, de camino a Killian. Emma aún tarda unos metros en torcer hacia el primer corredor y es capaz de escuchar retazos de la conversación.
"Hook, no quiere que nadie la moleste." Advierte Regina sin preámbulos.
La voz de Hook intenta resonar grave y fuerte. "Yo no soy Nadie."
"¿Estás seguro?"
"Déjame pasar." Ordena ignorando su burla.
"No."
"¿Acaso piensas detenerme tu?"
"¿Yo? No." Responde con total docilidad. Un segundo después el crepitar de llamas llega con nitidez a los oídos de la Salvadora y ríe sin poder evitarlo. "Pero ellas sí. No me hagas montar un espectáculo."
Y Emma, al desaparecer pasillo arriba, juraría que lo último que escucha son las botas de Hook marchándose furioso y los improperios que va soltando a los cuatro vientos.
Continuará...
