No puede soportarlo. Ha aguantado lo indecible. Sin motivo para hacerlo. Sólo porque es un buen hombre. Y porque quiere concederle su espacio. Pero ya no logra reprimirse más. Quizás no debió dar buena cuenta de las dos últimas copas de ron. Pero quién podría culparle. Sentado frente a Emma, teniendo que soportar el vacío constante de su pareja, a pesar de sus múltiples intentos por hablar. A pesar de no merecerlo, ¡joder!

Sí, puede que por sus venas ahora circule tanto ron como sangre. Pero no se arrepiente. Ha esperado. Durante todo el día, ha esperado y esperado. No ha intentado buscarla, ha permitido que le dejase atrás, en esa maldita biblioteca, cuidando de Zelena y leyendo libros estúpidos. Ni siquiera ha intentado acercarse a ella por la tarde. Tampoco es que supiese dónde encontrarla… Pero podría haberle preguntado a Henry, mientras paseaba al atardecer con su joven enamorada. O a Snow y David mientras hablaban en el patio central bajo los últimos rayos de sol.

Pero no. Esperó. Y lo mínimo que se merecía a cambio es que Emma se hubiera dirigido a él en la cena. O que al menos le hubiese contestado más de dos palabras. Pero nada. Un gruñido y medio y ni una mirada. ¿Era acaso eso justo?

Él no había hecho nada. Nada, más que preocuparse por Emma y por su bienestar. ¿Acaso no era ese su derecho y su deber como novio? La magia de la Salvadora sumada al poder del oscuro era un absoluto descontrol y, sin sus cuidados, quién sabe de qué sería capaz. Pero ella no podía o no quería verlo.

Había intentado hablar con Emma al salir del comedor y le había lanzado encima a esa maniaca de Regina. ¿No hablaba con él, pero sí con esa maldita víbora? ¡Estaba harto! Ya estaba bien de ignorarle y no afrontar ese estúpido e inexplicable enfado. Esa noche pensaba hablar con ella y dormir de nuevo donde le correspondía, en el cuarto de la Salvadora.

La clarividencia le había venido tras los dos últimos tragos de ron que, amablemente, le habían servido en las cocinas de palacio. Y, aunque la noche ya estaba entrada y el silencioso castillo al completo parecía haberse ido a dormir, Hook no pensaba echarse atrás. No esta vez. Lucharía por su amor.

Alcanza a la puerta con paso firme, pero llama suavemente, con los nudillos, antes de susurrar el nombre de Emma. A pesar de su delicadeza, no escucha respuesta al otro lado. Quiere intentarlo una vez más, por si acaso ya está dormida, antes de abrir. Esta vez con un poco más de intensidad. Pero nada.

Al menos lo ha intentado.

Baja el pomo y empuja con el hombro, pero la puerta no cede. Está cerrada por dentro y con llave. Esto es el colmo. Se le acaban la paciencia y las buenas maneras. Alza la voz para repetir su nombre y pedirle que le deje entrar. Entre medias, sacude la puerta con el puño y sólo se detiene para escuchar.

Nada, silencio absoluto, Emma se está riendo de él.

Vuelve a golpear y a los dos segundos lo escucha. Una puerta se abre, pero no es la de la Salvadora.

A su espalda, advierte la voz de Snow al tiempo que la luz de ese cuarto baña el pasillo al abrir la puerta.

"¿Qué crees que estás haciendo?" pregunta muy bajito.

"Tengo que hablar con Emma."

"Tendrás que esperar hasta mañana, Killian." Protesta Snow, mientras sobre su hombro David también se asoma.

"No puedo esperar." Masculla. "Tú me entenderás, David. Conoces el pronto de Emma. Pero esto debemos solucionarlo." Les explica antes de volver a girarse hacia la puerta y golpearla sin previo aviso.

"¡Para ya!" espeta Snow por encima del ruido. "Vas a despertar a todo el castillo, ¡para!"

"No me importa si así arreglo las cosas con Emma. ¿Me oyes? ¡No me iré hasta que me abras, love!" repite contra la madera del portón.

"Killian, así no vas a solucionar nada, ¿no lo entiendes?" exclama David agarrando su brazo para evitar que vuelva a golpear la puerta.

"No puedo rendirme, Emma me necesita, David." Y, antes de que alguien pueda reaccionar, sacude la puerta, esta vez con su garfio. El ruido es aún más molesto y estridente, lo que parece convencer aún más a Hook de su estrategia. Repite y repite hasta que Snow pone su cuerpo entre la puerta y él.

"¡Para!" ordena gritando en un susurro.

Pero ya no son los únicos despiertos. Una puerta se abre al fondo y la abuelita se asoma con una redecilla en el pelo. Al otro lado del pasillo, sin embargo, lo que se escucha es el metal de las armaduras al moverse. Unos segundos después, varios hombres de Arturo aparecen con las manos en las empuñaduras de sus espadas, listos para desenvainar.

"¿Qué sucede aquí?" pregunta el primero de ellos.

"Nada, buen hombre." Masculla Hook dando unas palmadas amistosas en su hombro. "Una simple riña de enamorados, seguro que podréis entenderme. Pero no debéis preocuparos, lo solucionaremos enseguida. En cuanto me abra, todo estará claro."

El caballero mira a su alrededor, evaluando la situación. En el pasillo ya están los enanitos bostezando, Belle con un candelabro en la mano y otros tantos foráneos. Y, sin entender bien por qué, tuerce el gesto con desconfianza.

"Podemos ayudarte a entrar." Responde finalmente.

Hook niega con la cabeza. "Está cerrada con llave. Pero puedo convencerla."

"Killian, este no es el momento para ese tipo de conversaciones."

"¿Por qué no?" pregunta el caballero.

"Eso, por qué no." Repite Hook cruzándose de brazos y creciéndose al sentirse apoyado.

"Porque estás borracho, fuera de ti y necesitas dormir." Decreta Snow furiosa. "Emma sólo necesita tiempo y espacio. Hazte un favor y vete a la cama."

"No sin Emma." Grita una vez más, antes de darse la media vuelta y golpear como un loco la puerta. "Love, ¡LOVE! ¡Ábreme, ÁBREME!" exige una y otra vez. Ya todo Storybrooke plaga el pasillo y varios soldados más aparecen atraídos por los gritos y los golpes.

"Nosotros nos encargamos." Espeta el mismo caballero. Pero nadie le obedece. Ni siquiera Hook, que sigue luchando contra la puerta sin descanso. "¡He dicho que nosotros nos encargamos!" ladra a pleno pulmón. Todo el mundo cierra la boca y detiene cualquier movimiento y sólo entonces él parece satisfecho. "Vosotros…" ordena señalando a dos de sus hombres. "Agarrad el banco. Servirá como ariete."

"Yo creo que no es necesario que…" masculla Snow, pero nadie la escucha y menos cuando unos segundos después, los hombres cargan contra la puerta. Con dos acometidas, el portón se desploma sin más resistencia. Y una habitación vacía y con la ventana abierta de par en par se abre ante ellos. "Uy, pues parece que Emma necesitaba tomar el aire." Canturrea Snow con una sonrisa tiesa y culpable.


Sólo hay dos fuentes de luz. La luna y la pequeña vela que Regina ha hechizado. Su llama ilumina sus manos y la zona de trabajo, pero más allá de ahí la luz termina abrupta, como si la contuviera una burbuja de oscuridad. Aun así, la luna llena baña la plaza, proyecta su claridad sobre el árbol donde descansa Merlín y les permite desplazarse con tranquilidad.

Las manos de Regina preparan los cuencos, revisan una vez más las cantidades y colocan cada paso del ritual en orden. Todo ello con una perfecta armonía en la que Emma, a un lado, se siente incapaz de intervenir. Observa a Lancelot, a su vera, tan quieto y fascinado como ella misma, y experimenta cierto alivio.

"Casi está…" murmura Regina en medio de su concentración. Su voz es el primer sonido que rompe el silencio ceremonioso de la noche y parece devolver a sus espectadores a la realidad.

"Perfecto." Celebra Lancelot. "Si me lo permitís, daré una vuelta al perímetro para asegurarme de que no habrá interrupciones."

Regina asiente y Lancelot desaparece en la noche hacia las murallas. Cuando el discreto murmullo de sus pasos y el movimiento de su armadura se alejan, Regina deja quieto el instrumental y relaja sus manos, antes de girarse hacia Emma.

"Toda precaución es poca…" murmura viéndole alejarse.

"¿Crees que hay algún peligro? ¿Qué saben algo?"

"No lo sé…" responde mirando hacia las torres del castillo. "Esta noche, en la cena, éramos muchos menos."

"No te sigo…"

"Sé que parecía una noche igual a la anterior… Pero los hombres de Arturo eran mucho menos numerosos. Estaban sus esposas, sus hijos y varios cortesanos, pero faltaban al menos la mitad de sus caballeros, incluidos los de la mesa redonda."

"¿Dónde crees que estaban?"

"No lo sé… ¿Preparados y armados para aparecer en cualquier momento por si demostrásemos ser una amenaza?" pregunta al aire. "Robin y yo estuvimos contando el número de hombres, estoy segura de que no nos equivocamos. Pero no los vi por ninguna otra parte."

La imagen de un pequeño ejército listo para saltar sobre ellos no aplaca precisamente los nervios de Emma. Pero el imaginar que era eso, y no de nada más íntimo ni cariñoso, lo que se susurraban durante la cena enciende en ella una pequeña y absurda esperanza. Se contiene para no sonreír, especialmente preocupada por cómo explicarlo. Sólo espera y asiente a las palabras de Regina, que un instante después vuelve a dirigirse a ella.

"¿Estás lista?" Esta vez su voz es delicada y tenue y Emma no está segura de si esa suavidad es su forma de evitar que las escuchen o su manera de intentar tranquilizarla. Pero no importa, porque ese murmullo se desliza por su espalda y borra al menos una milésima parte de sus dudas.

"Claro…" musita con media sonrisa.

Los ojos de Regina se entrecierran, disconformes. "¿Pero?"

"Nada." Suspira, enseñando sus manos como argumento. La alcaldesa se apoya contra el muro, usándolo de improvisado respaldo, y observando desde ahí y con suspicacia a Emma. "Pero no quiero fallar." Termina por añadir ante su atenta mirada.

"Emma, confía en mí. Puedes con esto, esta magia no es nada en comparación a la de la Salvadora."

Emma se permite disfrutar de sus palabras. De ese tono de voz que siente reservado sólo para ella. De su forma de pronunciar su nombre. De esa fe ciega que inunda su cuerpo de calidez y seguridad. Pero las dudas regresan sin piedad mientras en su cabeza se repite el eco de esa última palabra.

Salvadora.

¿Y si ya no es sólo eso? ¿Y si la piel de su brazo es la prueba de que no hay marcha atrás? ¿Y si el poder que recorre su cuerpo ya no nace de la magia blanca?

Traga hondo y musita: "Hemos puesto tantas esperanzas en esto… Yo misma lo he hecho. Pero ¿y si no funciona? ¿Qué nos quedará?"

"Funcionará." Es tan tajante al cruzarse de brazos y fruncir el ceño, que Emma siente aparecer una pequeña carcajada entre sus toneladas de preocupación. "Estoy segura." Añade con más suavidad. "Pero, si no lo hiciese, seguiríamos adelante, como siempre hemos hecho. Juntos." La última palabra suena lenta, paladeada y vibrante.

"Vale…" Susurra Emma respirando hondo y tratando de dejarse invadir por su seguridad.

"Emma…" pregunta descruzando sus brazos y torciendo el rostro hacia ella. "¿Es por la magia? ¿No te sientes segura al usarla?"

"Yo…" No encuentra las palabras exactas. ¿Es eso? Sí, quizás. ¿Es mil cosas más? También. "No quiero convertirme en un cocodrilo." Resume con tal simpleza que las cejas de Regina se pierden en su frente y tiene que apretar los labios para no reír. "Ya me entiendes." Se excusa divertida, chasqueando la lengua.

"No sé, ¿eh? Quizás un look a base de escamas brillantes no te quede mal." Bromea. Emma intenta reír, pero su mano instintivamente se apoya en su antebrazo, donde su piel deja de ser lisa y suave, y no consigue disimular. "No hablo en serio, perdona, ha sido una broma muy tonta."

El efecto de sus palabras, y especialmente de ese tono tan alicaído, surte un efecto casi inmediato en Emma. Y, aún con todo el nudo de preocupaciones y miedo enredándose en su estómago, se acerca un paso a ella dedicándole una agradecida sonrisa.

"No tienes que disculparte por nada. Ahora mismo… no me siento muy confiada en lo que a mi magia se refiere." Admite moviendo sus dedos como si los desentumeciese. "Pero estando tú a mi lado, sé que estoy a salvo." Añade con más vergüenza que calma, pero no sé detiene y deja salir una pequeña, tímida y pilla sonrisa. "Y si sale mal… me consuela que pienses que me favorecerá."

Frente a ella, Regina vuelve a respirar, a sonreír y a mirar al suelo con cierta timidez divertida. Por un momento, intercambian un par de sonrisas, una pequeña carcajada, un instante de calma y complicidad.

"Emma, yo…" carraspea Regina, sin mirarla. Toma aire y vuelve a intentarlo, esta vez sí buscando los ojos claros. "Estos dos últimos días…"

"¿Sí?" pregunta con el corazón galopando contra sus oídos, su cuerpo paralizado de pies a cabeza, la boca seca y los nervios a flor de piel. Suplica en silencio que no se detenga, todo su ser reclama a gritos silenciosos que se adentre en ese pantanoso y estremecedor lugar. Está aterrorizada, sin lugar a duda. Y sin embargo se muere por que continúe.

"No hemos podido hablar… No hemos podido detenernos ni un segundo siquiera y…" tartamudea.

"¿Y…?" repite y su voz es la única prueba de que no es una estatua en forma de Salvadora.

"Realmente quiero. Quiero poder hablar. Contigo, sin prisas. Sin familiares y amigos indiscretos. Sin heridas mortales. Hay tanto que…" responde a toda velocidad, colocándose un mechón, nerviosa y sin poder sostenerle la mirada. "Sólo quiero volver…"

"Volver a casa y poder… hablar." Termina Emma por ella con la voz temblorosa.

"Sí…"

"Y yo. Desesperadamente" Asiente igual de inquieta, igual de emocionada.

"Vale…" susurra aliviada y sonriente. "En cuanto Lancelot regrese, podremos… Espera." Se detiene abrupta y de su rostro desaparece todo rastro de alegría y vergüenza. Regresa a ella su máscara de frío control y frunce el ceño. "¿Y Lancelot?"

Emma tarda en regresar a la realidad, en recordar siquiera quien es Lancelot, y se siente idiota. Tan ensimismada, tan derretida, que sus neuronas han olvidado qué estaban haciendo, a quién estaban esperando. Y entonces se da cuenta de todo el tiempo que ha transcurrido.

"¿Cuánto puede tardar en hacer una ronda?" cuestiona dejándose contagiar por la inquietud de Regina.

"Desde luego no tanto tiempo…" masculla. "¿Escuchas eso…?" pregunta un segundo después. Emma agudiza el oído y, aunque no puede identificarlo, sí lo advierte. Un murmullo, un ruido que no pertenece a la noche. Y que va creciendo, débil pero imparable.

"¿Qué cojon...?"

"Toma." Ordena Regina, acercándole el último de los ingredientes y dejándolo en su mano.

"¿Qué pretendes que hag…?" cuestiona, agarrando su mano para evitar que se aleje.

"Tú espera aquí. Si tardo en volver, empieza el ritual y no te detengas. Por nada, ¿entendido?"

"No, ¡no! Yo voy contigo, Regina."

"Emma, no me discutas, por favor. Sólo haz lo que te pido, Merlín es nuestra prioridad."

"¡No!" protesta. "Mi prioridad… mi prioridad sois vosotros." Añade con torpeza, con el ruido cada vez más nítido.

"Emma…" musita, apretando con cariño la misma mano que aún sostiene la suya y la retiene. "Has dicho que confiabas en mí, ¿verdad?"

Emma traga hondo y contesta disconforme, pero sin poder mentir. "Sí…"

"Pues espérame aquí, por favor, no tarda…"

Pero nunca acaba la frase.

Continuará...