¡Chicas, lo primero de todo, un millón de gracias por vuestro recibimiento! Ha sido como regresar de entre los muertos, como si llevara años de la guerra y mi retorno fuera casi un milagro :P Pero bromas a parte, ¡habéis estado increíbles! Tanto en redes como en los reviews y, a pesar de ser un ff nuevo y de que aún estemos medio de vacaciones - medio de regreso, habéis estado ahí en masa como no me hubiera esperado. Es que os ha gustado hasta mi (ya mítico) disclamer kilométrico ;P ¡Mil gracias, en serio! :)
Así que, a cambio de vuestra re-bienvenida y vuestro apoyo al primer capítulo, aquí está el segundo prometido para celebrar el comienzo de la nueva temporada! A ver si seguimos creciendo de esa forma y a cambio prometo portarme y publicar tan pronto como pueda! :)
Bueno, como no quiero hacer spoilers... continúo con los avisos al final. Ahora me callo y... ¡a leer! ^^
JAMÁS
Los atajos no funcionan. Jamás lo han hecho. El camino rápido, la salida milagrosa… Es una trampa, un desastre disfrazado de tentación. Debí saberlo… Y aun así lo intenté. Estaba desesperada, ¿sabes? Realmente desesperada. Pensé que quizás sería mi última opción. Qué demonios… mi única opción. He probado todo, absolutamente todo. El bien y el mal. Ser la villana de la historia, ser su heroína, pelear por mí, pelear por otros… pelear por ti. Y ninguna de estas opciones fue nunca el camino así que… ¿Por qué no?
Quería dejar de sufrir, poder ser feliz por una vez sin miedo a cuándo terminaría. Dejar de caminar por esa constante cuerda floja entre la luz y la oscuridad, que cada minuto parece más estrecha, menos estable. Te roba la vida, las fuerzas, las ganas de resistir. Sería tan fácil rendirse… Sí, no habría conseguido nada, quizás habría perdido a los míos, pero en la oscuridad sé vivir, es una agonía constante, pero se me permite hacerle frente con todo. Con mi magia, mi crueldad, mi fuerza más salvaje y diabólica. Y se asemeja tanto a una liberación…
Pero resistí.
Dios sabe cuánto resistí.
Y tú tuviste tanta culpa. Nunca te lo dije, pero eras un faro. Incluso cuando no era consciente de que era tu luz la que seguía, ahí estabas para alumbrarme. Primero fuiste como una liebre a la que quise perseguir, dar caza y superar. Hostigándote y tratando de ser mejor que tú, o incluso sólo como tú. ¿Eres siquiera consciente de cómo sacaste lo mejor de mí entre discusiones y estúpidas rivalidades? Supongo que no… porque nunca te lo dije.
Y a pesar de ti, de nuestra salvadora, de mi faro, perdí la esperanza. Tantas promesas, tantos finales felices concedidos a todos aquellos puros de corazón, y mi turno nunca parecía llegar. Esa era mi condena. Amar y perder, una vez tras otra, como un rítmico acorde de tambor. La justicia poética de los cuentos jamás consentiría que la Reina Malvada obtuviese su final feliz, sin importar los sacrificios a los que se sometiera Regina. Dos almas completamente opuestas dentro de un mismo cuerpo, condenadas a un mismo destino.
Porque así ha sido estos últimos años. Una existencia bipolar, casi esquizofrénica.
Cada mañana despertaban dos Reginas, dos archienemigas luchando una guerra encarnizada por el control de un cuerpo demasiado pequeño para semejante contienda. Y aun así me las arreglaba para contener mi peor versión y enfrentar cada nuevo día. Incluso cuando el odio nublaba mi mente o cuando un par de cabezas rodando hubieran solucionado todo mucho más rápido. Siempre bajo control, pero sin un segundo de descanso, sin poder olvidar nunca que, de bajar la guardia, ella saldría a cabalgar como los jinetes del apocalipsis, destrozando todo a su paso.
Y puede que debiera haber optado por el camino de la redención eterna, haber agachado la cabeza y acceder a lo que el destino me tenía reservado. Pero esa reina malvada no soy yo, ya no. Vivo y viviré siempre con mis remordimientos, lamentando eternamente cada uno de mis actos. Pero no pensaba volver a cometerlos, a ceder ante mi lado oscuro, y yo sólo quería… facilitar las cosas, equilibrar la balanza. Ahora suena ridículo… comparar 5 años de bondades frente a más de 35 de pura maldad. Pero mi alma estaba de rodillas, sin aliento, suplicando por un poco de paz o por la estocada final.
No quiero sonar patética, no pretendo excusarme, pero mis fuerzas menguaban con cada nuevo golpe. Y egoístamente quise parar. Dejar de sufrir. Lograr una nueva vida. Que las consecuencias de mis actos no me persiguieran si las buenas acciones no iban a dar sus frutos jamás. Y él… él asemejaba la libertad. Tú lo viste. Devorado por la misma lucha que yo. De una forma mucho más visceral y física que yo, pero con la misma salvaje dualidad. Con la misma eterna guerra imposible de ganar porque ambos perderían.
Pero él había dado con la solución. Una que también podría valer conmigo. Que podría concederme la paz que anhelo.
Ahora todo parece estúpido, un capricho ridículo. Ahora, todo parece un atajo que obviamente jamás podría salir bien. Pero, en ese momento, creí que era la ventana abierta que los cuentos me concedían tras cerrar todas mis puertas. Una salida sórdida, dolorosa, sacrificada… tal y como correspondía a una sucia ex reina malvada. Sentí de corazón que ese era mi camino, demasiado metida en mi papel de heroína como para hacer nada que se saliera de ese guion.
Te lo prometo. Si hubiera pensado siquiera que sería una nueva prueba. Si tan sólo hubiese pensado que la vida jamás me concedería algo semejante… Pero quise creer. Tal y como tú me has enseñado. Quise confiar en otra persona, recuperar la fe. Joder, incluso soñé. Soñé con mi final feliz, soñé con mi familia, soñé con una vida sin dolor, soñé con ser sólo Regina.
Nada más.
Y sin embargo, tanto al mismo tiempo…
Yo… jamás lo habría hecho. Si lo hubiera sabido, jamás habría subido. Joder, jamás habría tomado ese estúpido chocolate con brandy. Pero aquella bebida… aquel gesto de Snow… me infundió un calor que no puedo explicar. Y estoy segura de que no fue por el alcohol que le acompañaba. Era más. Era no estar sola. Y lo tuve tan claro. Fue la primera de las señales que me empujó a creer que ese era mi camino. Por fin.
A pesar de ello trate de hacer las cosas a mi manera. Os rogué que os fuerais. Quería quedarme a solas en aquella azotea. Con aquella sórdida jeringuilla y con lo que vendría a continuación. Pero no. Snow había llegado para quedarse y tú, su maldita y digna hija, también, por supuesto.
El doctor había sido muy explícito. La fórmula me dividiría en dos y yo, lo único que dominaba y sometía a la Reina Malvada, iba a dejar de ser su carcelera para ser su igual. Un cuerpo para cada psique. Una poción, casi un medicamento, que resquebrajaría el yin y el yang y convertiría mi lucha interior en una batalla terrenal. Un cara a cara con mis demonios. Eso es lo que me ofrecía esa jeringuilla translucida. Y yo estaba dispuesta a ello, era un precio justo a pagar por lograr las riendas de mi destino. Por levantarme una sola mañana sin verme obligada a luchar hasta volver a dormirme.
"Dejadme" Lo ordené con esa voz que, de haber sido hace cinco años, ninguna habríais desoído. Quizás porque la tirana alcaldesa aún imponía a esa salvadora en letargo y a esa profesora amnésica, quizás porque mi vida no os importaba. Pero me ignorasteis. Os faltó darme una palmadita en la espalda.
"Yo me quedo" Ahí estabas tú, maldita metomentodo. Ese maldito faro que nadie pidió construir, ese apoyo impuesto y constante. Una molestia tan agradable. Quizás fue ahí cuando mi mente se marchó. No lo recuerdo bien. Todo está borroso. O quizás soy incapaz de pensar sobre ello. Quizás… Sé que abrí la boca. Para nada. Pero la abrí. Iba a contradecirte y Snow se adelantó. Y sonó más ofendida porque hubieras hablado en singular que preocupada por llevarme la contraria en mis deseos:
"¡Yo también!" exclamó como si alguien le hubiera siquiera preguntado. Se acercó sólo para continuar enfrentándome. "Estuve ahí cuando la reina malvada nació… yo ayudé a traerla al mundo" Antes de darme cuenta la estaba escuchando. Yo, a tu madre. Algo iba desesperadamente mal. Y lo único de lo que fui capaz fue de tender mi mano y ofrecerle la jeringuilla. Acepté y lo hice porque no quería estar sola, no esta vez. No si iba a hacer lo que estaba dispuesta a hacer. Por un momento, sentí que desde ese instante, siempre sería así. Seríamos un equipo, alguien vigilaría mis espaldas, no estaría sola.
Sí, lo sé. Sueno patética. Y lo que es más triste, ya tenía todo eso, ¿verdad? Aunque no hubiera sabido verlo, formaba parte de algo… tenía una familia. Pero quise más, quise todo, quise el camino fácil, cegada por cinco años frustrantes, por cinco años en los que los sacrificios sólo me habían conllevado más perdidas, cinco años en los que mi felicidad consistía en fantasear con ella. Y tendí mi mano. A Snow, a la fórmula del Doctor Jekyll, a mi única salida.
Tu madre sostuvo esa jeringuilla sin miedo. Casi deseosa de atravesarme. "Te quiero ver terminar con ella" Y no pude más que sonreír ante la rabiosa confesión de Snow, tan fuera de su papel que hasta lo agradecí. Asentí imperceptiblemente y acepté. Remangué mi americana, sentí mi sangre palpitar contra mi brazo y lancé una última advertencia. La bestia estaría suelta:
"Estad listas para alejaros, porque tengo la sensación de que vamos a encontrarnos con una reina muy furiosa…" suspiré. Demasiadas cosas, demasiados sucesos que mantenían a mi ser oscuro palpitando, furioso, fuera de sí. En las últimas semanas, dominarlo era casi como sentir mi pecho desgarrándose, suplicando por dejarla salir y arrasar con todo y todos. Pero a pesar del inframundo, de Hades, de Gold, me las había arreglado y eso solo había cabreado más a la fiera, hambrienta y deseosa de sangre e inocentes. Y tu madre era una víctima potencial… "…y tú no le gustabas ni en sus días buenos" añadí como advertencia, un último aviso para salir corriendo si así lo deseabais. Pero no. Por supuesto que no.
Las tres permanecimos quietas. Nadie iba a moverse de allí. No me abandonaríais. Y yo… sólo necesitaba mirar una vez más a mi faro. Saber que me cubrirías las espaldas. Tu nombre. Únicamente paladeé tu nombre y tú respondiste.
"Estoy lista"
Sin necesidad de pedirte nada. Siempre poniéndolo tan fácil, siempre ofreciéndote. Y esta vez estoy segura. Mi mente voló lejos… tan lejos como para alcanzar mi final feliz y querer volver de vuelta con él entre las manos. Porque no podía ser de otra forma.
Tomé aire dispuesta a enfrentarme a lo que hiciera falta, cargada de un valor que jamás había sentido, una confianza que me habría hecho saltar desde un barranco sin dudar si tú hubieras estado a mi lado.
Tendí el brazo y esperé. El pinchazo fue lo de menos. Apenas una molesta picazón, seguida de un fuego líquido que invadió mi brazo. Quería mantener las formas, mi apariencia y mi dignidad. Pero un segundo después sentí mi brazo calcinarse y nada más importó. Apreté los dientes, intenté no gritar, pero ese dolor, ese sufrimiento, es algo imposible de describir. Te recorre entera, es más que físico, es tu alma rompiéndose, tu cuerpo, tu esencia dividiéndose en dos. Es algo anti natural, un tormento. El mismo tormento al que sometes a tu esencia.
Os busqué con la mirada, sé que lo hice. Y seguíais ahí, a un palmo de mí, luchando por no acercaros, por no frenar esa tortura a como diera lugar. Era mi batalla, mi decisión, y la respetasteis. Aunque sufrieras con cada grito como lo hacía yo.
Ella salió de mí. Casi igual que un ser ajeno, encerrado en mi cuerpo y libre por fin. Rasgó mi pecho, cómo siempre deseó hacer. Dividió mi tórax en dos y lo atravesó lentamente, regodeándose y apropiándose de su nueva realidad. Cara a cara, sin dejar de mirarme. De mirarnos. Rompiendo nuestro vínculo como si no hubiéramos sido nunca una.
Pude ver sus ojos, su mirada asesina, mientras nuestro tórax, el único punto donde permanecíamos unidas, se resquebrajaba. Pero no eran nuestras costillas, sino nuestro corazón, el que resistía los últimos instantes antes dejar de ser un solo órgano gris y palpitante para ser dos. Uno negro como la noche y otro rojo fuego, sin mancha alguna.
No quise decir nada. O puede que sea más justo admitir que no pude decir nada. Imaginar ese momento no me había preparado para enfrentarlo. Incluso a mí, la visión de una reina malvada en su máximo apogeo de odio era capaz de sobrecogerme. Daba igual que poseyera mis rasgos, o que su voz sonara como la mía después de una bronquitis. De repente me sentía como una inocente y desvalida cría. Y eso era quizás todo lo que quedaba de mí sin ella, una mujer cobarde, fuera de lugar.
"Mira en lo que te has convertido…" gruñó enseñando los dientes. Quise recomponerme, era mi batalla, quería ganarla y podía hacerlo. Pero no fui lo suficientemente rápida. Me paralizó el miedo o la impresión. No estoy segura. Pero ahí estabas tú, mi mejor alumna, mi aliada más poderosa y en ese momento mi salvadora. La reina malvada… Se hace tan raro, tan difícil hablar de ella y no de mí. Pero así es como fue… La reina malvada concentró su magia, yo era su objetivo y se abalanzó sobre mí. Pero tú convocaste unas cadenas al instante, sin ni siquiera permitirle comenzar.
Siempre tan atenta.
Fue tu gesto el que me devolvió en mí. Me abrió los ojos, me recordó mi lucha y me impulsó a seguir.
La reina malvada trató de agitar sus brazos y convocó su magia, pero las cadenas la anulaban. A pesar de ello se revolvió y tú la doblegaste, bajando sus brazos y obligándola a estarse quieta. Me la pusiste en bandeja, entregándomela, evitando que yo pudiera sufrir, consciente de todo lo que ya estaba sufriendo. No pude mirarte, pero cada partícula de mi ser gritaba de agradecimiento.
"Regina…" susurraste, consciente de que debías hacerme regresar a la realidad. Continué sin decir nada. ¿Lo advertiste siquiera? Prácticamente te obligué a enfrentar mi batalla por mí y no dudaste en hacerlo. En ser esa voz que necesitaba resonando dentro de mí. "Ahora es tu oportunidad. Destrúyela"
"¿Destruirme tú?" cuestionó la Reina Malvada, moviendo sus manos, alzando la cabeza, buscando esa superioridad que me desarmara, que me hiciera sentir ínfima, dependiente… estúpida por creer que podría continuar sin ella. "No tienes lo que se necesita" remarcó enseñándome los dientes, dispuesta a darme el bocado final.
Puede que no pudiera mirarte, que fuese incapaz de apartar los ojos de aquella amenazante y encadenada mujer. Pero te sentí a cada momento. Escuché tu voz deshaciéndose en un suspiro, repitiendo mi nombre, suplicándome sin más palabras que un suave "Regina". Tu madre tuvo que retenerte. Eras incapaz de verme sufrir y tambalearme, necesitabas llegar a mí. Pero te detuviste y ella continuó hablando, torturándome ante mi silencio y mi consentimiento.
"Eres débil" ladró. Y yo caminé hacia ella como un imán. Incapaz de adivinar mi siguiente movimiento, pero incapaz de igual forma de resistirme a ella. "No importa lo que hagas, no puedes destruir nuestra oscuridad…" insistió proclamando en voz alta mi mayor temor. "En el fondo, sabes la verdad…" Un gruñido certero, directo a mis demonios, mis miedos. "…Tú me necesitas"
Esas tres palabras fueron el desencadenante. ¿Necesitarla? No. Ella era todo lo que me impedía ser feliz, todo lo que odiaba de mí, mis remordimientos, mis más profundos temores, mi única enemiga. Era todo eso, era yo misma, yo la había creado. Pero no la necesitaba. Ya no. Porque ahora conocía el amor, porque mi nueva familia era real y tangible, no una madre con ansias de poder y un padre anulado sin fuerza para protegerme.
"No…" tartamudeé
Ahora tenía una vida y soñaba con más. Con tanto más… Y cada sueño, cada paso, me obligaba a atar aún más a esa oscura parte de mí, si no quería perderlo todo. Lo único que yo podía necesitar de la reina malvada era que desapareciera.
"No te necesito" Una bocanada de aire y devoré los centímetros que nos separaban. Y lo hice. Atravesé su pecho, sostuve su corazón y lo arranqué. Por un instante, sus ojos se tornaron inseguros, aterrados, suplicantes. Y durante esa fracción de segundo, no fue ella, sino nosotras. Me vi en su rostro, sentí su miedo y me disculpé. Ella no dejaba de ser la criatura a la que mi odio había dado forma y ahora, cuando ya no la necesitaba, la sacrificaba como a un animal. "Lo siento…" gemí sincera, clavando mis ojos en los suyos. Quería acompañarla durante sus últimos instantes.
Pero ahora éramos dos.
Yo sentía lástima por la reina malvada.
Ella sólo soñaba con venganza. Siempre. Por encima de cualquier sentimiento.
Y yo… lo olvidé.
Dejé que me cegara la bondad. Permití que su desaliento me contagiase. Y le ofrecí en bandeja un momento de debilidad. Una simple pausa, un instante de benevolencia para afrontar su muerte, que mi lado oscuro quiso aprovechar.
"Tú y yo somos una, nunca lo olvides" amenazó con un ladrido, irguiéndose. Desapareció cualquier rastro de fragilidad en ella y yo sólo pude gemir:
"¿Qué?"
Todo ocurrió tan rápido…
Media sonrisa de lado, tan sádica, tan fuera de sí. Y una simple frase. "Yo no necesito magia para destrozar tu corazón"
Apreté el trozo de carbón en mi mano, pero el movimiento se quedó a medio camino. Frente a mí, la reina malvada acarició su cintura y, sin forzar los grilletes, alcanzó una daga. Seguí el movimiento de su muñeca, paralizada. Un solo giro. Certero, directo.
Y tú caíste de rodillas, mirándome. Como no habías dejado de hacer ni un instante.
"¡NO!" El corazón de la reina malvada explotó en mi mano. Se convirtió en cenizas y el cuerpo frente a mí también. El viento se encargó de hacerlas desaparecer y a mí me daba igual. Salí corriendo hacia ti, Snow se tiró al suelo contigo, gritando tu nombre.
Pero tú ya no estabas allí.
Tu cuerpo se sostenía por una sola razón. Te tenía entre mis brazos, en la misma postura en la que habías caído. Aun mirándome, pero ya sin verme, ya sin vida. Sólo un charco de sangre sobre tu jersey negro, calándome allí donde te abrazaba. Pero qué más daba. Quería tirar de ti, no dejarte caer, retenerte a mi lado. No podías irte. No, por favor. Tú no.
Tu cabeza golpeó contra mi hombro. Un peso muerto, inerte.
Grité, lloré. Lo sé porque me costaba respirar y ni siquiera lograba escuchar la voz de tu madre. No sé si decía tu nombre, o si era el mío el que pronunciaba. Tiró de mí, me apartó lo suficiente para ver la daga brillando entre tu cuerpo y el mío. Clavada hasta la empuñadura. Esa que tantas veces sostuve, esa que arrojé contra tantos enemigos. Esa que te había quitado la vida. Que había destrozado mi corazón aunque yo siguiera en pie y fuera tu sangre la que se derramara sobre tu pecho y el mío.
Toda esa sangre detuvo a tu madre el tiempo suficiente para poder volver a tirar de ti y retenerte contra mí. Te sostuve con fuerza, casi rabia. ¿Por qué tenías que quedarte? ¿Por qué tuviste que protegerme hasta el final? ¿Por qué, por una maldita vez, no me obedeciste y te marchaste sin mirar atrás? Si sólo me hubieras hecho caso… Sí sólo hubiera sido capaz de alejarte de mí…
Pero de eso se trataba, ¿no?
No pude. Nunca pude. Si tú querías quedarte a mi lado yo quizás gruñese y me quejara… Simples apariencias. Porque siempre fue ahí donde te quise. Junto a mí.
Tu padre nos encontró allí arriba, en la misma posición. En el suelo, sin soltarte. Snow llorando contra tu espalda. Yo con los ojos cerrados, meciéndote, intentando retener tu calor, que no era más que el mío rodeándote, no queriendo dejarte marchar.
David te arrancó de mis brazos. Eso es lo último que recuerdo. Sus ojos abiertos, conmocionados. Ni siquiera lloró. Creo que a pesar de sostenerte, no pudo aceptar que eras tú, su hija, ese blanco y laxo cadáver. Y yo tampoco… Todo se volvió negro, confuso. Los sonidos se fueron alejando hasta desaparecer y se hizo de noche de golpe.
Desaparecieron todas las bombillas.
Se extinguió tu luz.
No más faros, no más caminos que seguir… no más fuerzas para intentarlo siquiera.
Este trozo de mármol es cuanto queda de ti. Cuanto me queda. Y esta rosa… esas otras 30, una por cada día que ha pasado, es todo lo que puedo ofrecerte. Flores que se marchitan ante tu tumba, igual que yo. Cada noche, frente a ti, frente a tu nombre y tu apellido tallados sobre una fría y nívea piedra. Intentando seguir adelante sin lograrlo. Reviviendo esa noche una y otra vez. Sometiéndome a una tortura obligada. Hablando contigo sin que me respondas.
En ocasiones me pregunto si alguien advertirá las rosas. Si nadie sabrá quién te visita cada noche. Si pueden acaso entender por qué lo hago.
¿Importa siquiera?
No, siento que ya nada lo hace. No desde aquella noche. No desde que os perdí. A ella, a ti…
Emma…
No sé cómo seguir adelante.
Y sé que he de hacerlo. Que Henry me necesita. Que nadie entendería por qué me marchito y muero a cada minuto que pasa. Pero no puedo. No sin ella… no sin ti. La reina malvada me enseñó a sobrevivir… pero tú a vivir. Y sin ninguna de vosotras yo no soy nada, no soy nadie. No tengo tu luz para continuar ni su fuerza salvaje y maldita para seguir adelante frente a todo, contra todo, contra el mundo… cueste lo que cueste.
No te preocupes… yo… lo prometí. Quizás no en voz alta, pero lo hice. Y nunca romperé esa promesa. La Reina Malvada no resucitará. Jamás. No me lo habrías perdonado y no podría cargar con otro peso. No sin venirme abajo hasta desaparecer. No… Aunque es tentador, no lo haré. Henry me necesita. Ahora más que nunca.
Pero las fuerzas han desaparecido. Del mismo modo en que tu cuerpo lo hizo entre mis brazos. Tú, muerta… Yo también.
Porque así es como me he sentido desde entonces. Muerta en vida, arrastrándome por pura inercia, vacía… destrozada. Y de una forma imposible de recomponer.
Pero esta es ahora mi lucha diaria. Mi nueva batalla a vida o muerte. La peor que nunca he enfrentado. Mi peor culpa…
Porque por un momento… Por un solo momento, mientras sostuve su corazón, me permití soñar. Un escenario en que las tres bajábamos de aquella azotea, todos regresábamos a casa, juntos. Y al hacerlo, quizás incluso, no habría más piratas de los que preocuparse, no aparecerían más arqueros tatuados, ni la ciudad volvería a estar en peligro bajo amenazas, portales mágicos traicioneros, o malvados trastornados. Sólo… volver. Y quizás vivir. Ser felices. Sin más.
¿Me oyes? Yo te condené a muerte, Emma.
Porque pensé que podía matar una parte de mí sin consecuencias.
Porque tomé el camino fácil y caí en la trampa.
Pero sobre todo porque soñé. Contigo. Conmigo. Con un Nosotras. Y la Reina Malvada lo supo. De la misma forma en que siempre lo supe yo.
Porque ella estaba en lo cierto. Éramos una. Ella y yo. Siempre supimos qué movía a la otra. Qué luz alumbraba nuestra vida. Qué gritaba nuestro corazón. Qué me mataba por dentro y me devolvía la vida al mismo tiempo. Ese final feliz al alcance de mi mano y, al mismo tiempo, tan inalcanzable.
Y esa, Emma, siempre fuiste tú.
Pero jamás te lo dije…
FIN
No me matéis... :P Sé que no es a lo que os tengo acostumbradas/os, pero me salió del alma este FF. (Por cierto, este OS empezó a rondarme la cabeza cuando vi el final de la serie, pero tomó forma en París, después del último día de la convención de Fairytales (que no tails). Creo que ver a Lana en persona es la mayor fuente de inspiración del mundo :P)
El caso es que ese final de temporada... Como Xena ya nos enseñó en un capítulo soberbio, esa dualidad de Regina es la que la hace tal y cómo es. Su oscuridad, su luz y su forma de manejar ambas. Los errores están ahí por algo, son parte de quienes somos. Y sin una de las dos partes, no es ella misma. Y, aunque me mata la idea tan maravillosa de ver a Lana por dos y de un enfrentamiento cara a cara Regina/EvilQueen, espero que vuelvan a ser una y que no se "carguen" a su parte mala como forma de redención porque eso sería como decir: hay una parte de ti que no cumple los cánones? Deshazte de ella si quieres ser feliz. Y ese es un mensaje de m*****... no?
Así que se me ocurrió este OS, esté castigo kármico que el mundo de los cuentos podría tener reservado para Regina por hacer algo así... Pensad el lado bueno, esta misma noche regresa OUAT y ayudará a borrar la pena que os haya podido dejar el FF :P
Bueno, este es seguramente mi primer Angst (esto se consideraría Angst, no? XD) así que, tras este estreno, me encantaría saber qué os parece! :) Hacedme llegar vuestras opiniones vía reviews, tweets (ladybardo), instagram... lo que prefiráis! ^^
¡Espero de corazón que, a pesar de todo, os haya gustado! :) Y gracias de nuevo por vuestro recibimiento y vuestro apoyo, sois increíble chicas!
