¡De nuevo os habéis volcado con los reviews! Un millón de gracias, un millón de abrazos por todas vuestras palabras, por tomaros el tiempo de comentar, por estar ahí y dar tantos tantos ánimos… ¡Es tan increíblemente genial!

Y por esta maravillosa avalancha de reviews y por ese último (y un tanto triste) capítulo… la inspiración parece que se ha puesto las pilas y aquí va una nueva historia! Prometo que esta vez no habrá lagrimita alguna, para resarcirme toca un FF tirando a cuqui/fluffy, sin riesgo de corazones rotos ni penurias finales… ¡Espero que os guste! ^^

Sobre el OS anterior… Siento mucho ese final! Pero es que todo el capítulo de Darkness on the Edge of Town fue tan swanqueen, tan maravilloso, que siempre me dio la sensación de haber acabado así, entre bambalinas, detrás de las cámaras, cuando ya no mirábamos. Con ese toque "bittersweet", como dice IvyMil :P

Todas nos quedamos (sí, yo incluida) con esa pena/amargura de Regina… Pero era precisamente la idea del fic, que Regina fuera la embajadora de esa frustración que toda la audiencia swen padece cada vez que vemos un capítulo: Esa maldita sensación de "PERO SI ESTÁN AHÍ TODAS LAS MALDITAS SEÑALES! ¿Por qué te tiras todo el capi babeando por Gina… para acabar yéndote con el otro pirata-mongui porque sí?!"

Como resumió GreenApple86 perfectamente en su review, "Awww pobre Regina, no entiendo si Emma no se la juega por cobarde o en realidad no siente lo mismo :(" Ese es justo el limbo que pretendía con ese oneshot! (Pero como autora del capi y swen eterna os digo así en plan secreto… que es por cobarde, que Emma se hace caquita, porque se derrite por nuestra alcaldesa, obvio.)

Sólo un último apunte y ya me callo (El día que no haga un disclamer kilométrico os preocuparé, estoy segura… :P). Parece que un par de lectores no entendieron mis últimos avisos, o que no me expliqué bien para que me entendieran… Así que sólo unos mini apuntes al respecto! :)

1) Lo del actor era un ejemplo, una metáfora (una figura retórica, por si acaso no sé entiende…), nunca he pretendido igualarme a un actor, y mucho menos a uno profesional y de teatro :P Casi nadie lo ha entendido así… pero como alguna sí, lo explico un poco más fácil y sencillo XD

2) Perdón perdón perdón si algo sonó prepotente, no era para nada mi intención! Tampoco se lo ha tomado prácticamente nadie así, pero si ha habido una o dos confusiones, así que, por si acaso, perdón, de verdad :)

3) Escritoras de FF, ¡tenemos que unirnos, no dividirnos! Lo que hay que lograr es que todas tengamos ese calor y ese apoyo de los lectores, no decir: es que como tú tienes bla bla bla reviews no puedes pedir más. Lo ideal sería que todas nos igualáramos para bien, no para mal! Así que hagamos piña, no competición :)

4) La colección de OS tiene una troll y no una llama precisamente :P Se llama Servidora y sus reviews no tienen precio. No da la cara, es guest, pero os recomiendo echarle un ojo porque… XD Desde su perfil de guest anónimo ha escrito, en referencia a la METÁFORA de lo de los actores: "No es lo mismo escribir bajo un alias en internet que dar la cara, en vivo y directo, delante del público". ¡Con dos cojones! XD De todas formas, si en algún momento quieres decir quién eres y/o comentar lo que sientes u opinas, sería un placer :)

5) Por último… Adoro todos y cada uno de los reviews. No importa lo cortos, largos o medianos que sean. Todos y cada uno de ellos, cuando llegan, me hacen increíblemente feliz. ¡No os hacéis una idea! Y sí, por esas dos o tres personas que tienen dudas, sí los leo todos y cada uno de ellos, con un montón de ganas e intento contestar todo lo que comentáis/preguntáis/proponéis, principalmente por aquí! :)

Ahora sí que sí… me callo y ¡a leer! Ojalá que os guste!


NO

"Ha dicho que no…"

Ruby abre los ojos, sin soltar el pomo de su puerta. Incapaz de decir ni media palabra.

"¿Me estás escuchando?" insiste Emma mirándola fijamente con el rímel corrido, los tirabuzones deshechos tras haber caminado bajo la lluvia, y el vestido arrugado. Y Ruby sólo es capaz de pensar, una y otra vez, que le deben una enorme a David por haber evitado que Snow y ella hicieran la fiesta sorpresa, para concederles intimidad. Si Emma se hubiera encontrado el piso de Ruby repleto de familiares y amigos sonrientes bajo un cartel que rezara: Enhorabuena Regina y Emma… bueno, seguramente no sólo estaría llorando, sino buscando un arma con la que acabar con su agonía. "¡Ha dicho que no!"

"No me lo puedo creer" Es lo primero que logra decir y menea la cabeza con intensidad. "¿Cómo va a haber dicho que no?"

"¡¿Diciéndolo?!" pregunta mezclando sus lágrimas con cabreo. "¿Crees que si Regina hubiera aceptado casarse conmigo estaría aquí, ahora, llorando en tu puerta? ¿Para qué? ¡¿Para gastarte una broma de lo más divertida?!"

Ruby frunce el ceño, consciente de que no ha estado muy acertada. "No, ¿verdad?"

"¡No!" lloriquea pateando el suelo. "¿Me dejas entrar de una maldita vez o tengo que seguir empapando tu rellano?"

"No, no, claro, pasa…." Se disculpa apartándose. Y un remolino rubio de sollozos y mala leche pasa a su lado. "¿Cómo es que no has ido directa a Mary Margareth?"

"¿Y permitir que Henry me viese así? ¡No!"

"No, claro, claro…" repite como una autómata. Regina ha dicho que no. De todos los escenarios posibles, ese era el único que Ruby jamás hubiera contemplado. Daba por hecho el sí. Las únicas variables eran si lo celebrarían en casa, a solas. O si no se aguantarían y lo "celebrarían" en el escarabajo (había antecedentes de ello). O si el restaurante rompería en aplausos avergonzando a Regina y encantando a Emma. Pero no un No. Nunca un NO. "¿Qué ha pasado…?" tartamudea invitándola a tomar asiento al sentarse y golpear el cojín a su vera. Está cerca de añadir un ¿qué has hecho?, pero lo descarta, temiendo que una sensible Emma lo encaje como un ataque. Y sin embargo, Ruby sigue pensando que algo ha tenido que hacer mal.

"¡No lo sé!" exclama al techo volviendo a llorar. Ruby abraza sus hombros con un brazo, invitándola a apoyarse en ella y continuar hablando. "Todo iba perfecto. Como siempre. Marchaba tan bien, Ruby, tan, tan bien…" lloriquea sorbiendo por la nariz con ojos suplicantes. "Y de repente… saqué el anillo y todo se fue a la mierda… ¡a la mierda!"

"Vale, esa parte me ha quedado bastante clara, sí…" murmura comprensiva, apretando su cuerpecito lloroso sin importarle que la ropa empapada de Emma esté mojándola a ella. "¿Qué le dijiste al dárselo? ¿Y qué te contestó?"

"El discurso. De pe a pa" Y Ruby sabe exactamente a que discurso se refiere. De principio a fin. Lleva escuchándolo dos semanas, el mismo tiempo que Emma lleva ensayándolo. Y es precioso. Es el alma de Emma abierta en canal y en forma de palabras. Es su corazón ofrecido en una bandeja de plata con aspecto de discurso. Incluso Ruby se hubiera casado con Emma tras escucharlo. Incluso la cincuentava vez.

"¿Y nada salió mal? ¿No dijiste nada raro o…?"

Los ojos claros de Emma escalan hasta los de ella y le fulminan sin rastro de compasión. "¡No!" grita. "El discurso, Ruby, el discuuurso"

"Está bien, está bien, el discurso" responde en son de paz.

"Además, ni siquiera entonces se torcieron las cosas. Yo empecé a hablar y ella… ella estaba sonriendo. Con esa carita tan dulce e irresistible… ¿sabes de cuál te hablo?" Y Ruby asiente, convencida. Porque la conoce perfectamente. Ella usaría las palabras atolondrada y embobada antes que dulce a irresistible. Pero sí, reconocería esa cara en cualquier parte. Es la que Regina luce desde tres años y medio. Pero sólo cuando Emma está delante de ella. En Storybrooke lo bautizaron como el efecto Swan. "Bien, pues ella sonreía, yo sonreía y… eché mano al bolso, disimuladamente. Saqué el anillo y ¡pum!" escenificó agitando las manos en el aire.

"¿Qué? ¿Qué pasó?" exclama ante el repentino silencio de Emma.

"¡No lo sé! Sólo recuerdo que Regina enrojeció de furia, empezó a discutir y terminamos por lograr que el resto de comensales salieran corriendo del restaurante… creo que alguno ni siquiera pagó la cuenta"

"¿Pero cómo?"

"Pues saliendo a toda velocidad de allí, sin pedírsela al camarero, yo qué sé…"

"No, Emma, que cómo se torció todo así"

"Ah, eso…" gimotea. "No lo sé, Ruby, no entiendo nada, pero me ha dicho que no, no quiere casarse conmigo, Ruby, no quiere…" llora del tirón hundiendo la cabeza en su cuello, mojándolo mucho más que su propia ropa empapada.

"Tranquila, cariño, seguro que hay una explicación, tranquila" la arrulla, abrazándola con ternura, dejando que se desahogue. No hay nada que pueda decir, ni siquiera se le ocurre por dónde empezar. Si ella misma está en blanco, ¿cómo puede ayudarla? Es más, Snow y ella fueron las principales artífices que llevaron a Emma a decidirse de una vez por todas a pedirle matrimonio. Pero en ese momento parecía obvio que la respuesta sería que sí. ¡Por dios, si no hay pareja más enamorada que los Charmings, exceptuando a las Charming 2.0!

Regina detestaba ese apelativo a muerte. Pero cuando descubrió que a Emma le entusiasmaba, consintió que las llamaran así, aunque sin pasarse.

Porque así era Regina.

Al menos cuando se trataba de Emma o de Henry. La debilidad por su hijo ya era mundialmente conocida, pero la realmente inesperada fue la debilidad por la salvadora, esa que apareció de golpe, cuando toda la ciudad descubrió que el corazón de la Reina Malvada tenía dueña. Y de hecho fue la ciudad, toda ella al completo, quien descubrió los sentimientos de Regina de golpe. Y los de Emma también, ya de paso.

Todo comenzó con la maldición que Peter Pan lanzó contra la ciudad de Storybrooke. Tras la muerte del villano, sólo quedaba una solución, asumir la maldición pero que Regina la dominase, marcando las pautas de esta nueva realidad.

Desgraciadamente, sólo aquellos que habían llegado con la primera maldición podían regresar con la segunda. Y eso dejaba fuera de ese viaje a su hijo y a la otra madre del pequeño. Y allí, en la frontera de la ciudad, Regina se despidió de ambos sintiendo como su pecho se partía en dos, o quizás en tres. Intentó mantener la calma, reprimir las lágrimas y ser esa fría alcaldesa que domina siempre la situación. Pero al despedirse de Henry todo se vino abajo. Y cuando tocó enfrentar a Emma, sus ojos ya estaban bañados en lágrimas. Rescató una sonrisa sin saber bien de donde y se la dedicó a la salvadora de corazón. Esa fue la primera ocasión en la que el efecto Swan hizo acto de presencia de una forma tan obvia.

Y ahí, una frente a la otra, tratando de no llorar, de seguir hablando, Regina le concedió el regalo más bonito que fue capaz de darle. Borraría su memoria, para evitarle cualquier sufrimiento, y crearía nuevos y buenos recuerdos en los que Henry y ella jamás se habrían separado. Le concedería esa vida con la que, en secreto, Emma siempre había soñado. Borraría de un plumazo sus remordimientos, su dolor, y todo ello a pesar de tener que desaparecer ella misma de la memoria y el corazón de su propio hijo. Un sacrificio que golpeó a Emma de lleno, consciente de todo lo que le estaba dando, consciente de que Regina estaba entregando mucho más de lo que nadie nunca había entregado jamás por ella.

Y la rabia, la impotencia, el sufrimiento sobrepaso a la salvadora. No. No podía consentirlo. No podía permitir que de nuevo Regina se viera abocada a un final infeliz y mucho menos que ella misma jamás recordase ese sacrificio. Ese acto de amor imposible de describir. Porque esa era la definición… era un acto de amor.

Frente a ella, Henry se enroscó alrededor de la cintura de Regina, llorando contra su abrigo y la alcaldesa besó su cabeza, ya sin contener las lágrimas. Y Emma se mantuvo de pie, mirando, porque eso era cuanto debía hacer, todo lo que se esperaba de ella. Escuchar a Regina concederle ese regalo y agradecerlo con una sonrisa y un metro de separación. Al menos hasta que los ojos de Regina se fugaron hacia ella. Apenas dos segundos, un dulce reconocimiento, un adiós sin palabras, una última mirada para recordar a la salvadora. Aunque Regina estuviera segura de que no necesitaba perderse en esas dulces facciones para recordarlas durante el resto de su vida.

Pero cuando esos ojos marrones se perdieron en los de ella, Emma mandó todo a la mierda. La maldición, el peligro de que la nube morada les alcanzase antes de huir, las formas, todo. Henry se apartó de su madre, dispuesto a no mirar atrás, pero a su derecha vio una sombra, apenas una mancha veloz apareciendo por el rabillo de su ojo. Se apartó por puro instinto y, un segundo después, esa forma indefinida tomaba la apariencia de su otra madre. Emma se había abalanzado sobre Regina, abrazándola con todo el cuerpo, con todas sus ganas y sin control alguno. Y, a pesar de su desconcierto, Regina se lo devolvió con la misma fuerza, sin querer soltarla. Hundiéndose en su calor, en su olor, en lo surrealista de ese maravilloso gesto.

"La maldición, ¡ya casi está aquí!" chillo Neal, tan conmocionado por ese inesperado abrazo como asustado por la nube que se cernía sobre ellos.

Junto a su oído, Regina escuchó a la sheriff blasfemar con la más gutural de las voces. "Que le jodan a la maldición…" Un segundo después, Emma se removía entre sus brazos y estampaba su boca contra la de ella. Y, una vez más, la alcaldesa abría los ojos estupefacta pero agarraba las solapas de la chaqueta de Emma y le devolvía el beso con aún más rabia y entusiasmo. Puede que Emma no lo fuera a recordar en un par de minutos, pero ella custodiaría ese recuerdo durante toda su vida. Incluso aunque no entendiera nada de nada. Si esto era todo lo que podría llevarse de vuelta al maldito bosque encantado, pensaba disfrutarlo.

"Ey, mamá… mami…" murmuró Henry. "¡Mamás!" gritó, harto de ser ignorado. Emma rompió el beso a duras penas y se dirigió a su hijo sin apartar la mirada de los ojos de Regina.

"Si, Henry, la maldición, tenemos que irnos, bla bla bla, lo sé…" tartamudeó bañada en tristeza, reprimiendo las lágrimas que pinchaban sus ojos.

El pequeño negó con la cabeza, tirando de su chaqueta. "No, no es eso…" Pero Regina no apartaba sus ojos de los de Emma, y Emma no lo hacía de los de Regina. "¡Mamás!" berreó con hastío.

"¿Qué, Henry?" gruñó la salvadora mirando al niño. Tenía el brazo extendido, señalando el camino por el que acaban de llegar, el cartel de la ciudad, el lugar en el que todos los demás esperaban para despedirles. Y la salvadora no tenía ganas de enfrentar la cara de toda esa inesperada audiencia. Pero Henry no les señalaba a ellos. Señalaba más allá, al cielo. Emma abrió los ojos, atónita y, sólo entonces, Regina se alejó de la salvadora un par de centímetros, los justos para mirar hacia el mismo punto que Henry señalaba.

Nadie excepto su hijo había sido capaz de apartar los ojos de ambas mujeres. Era, con diferencia, el hecho más extraño e inesperado que nunca hubieran contemplado. Y eso que provenían de una tierra mágica y surrealista. Y por esa misma razón, ninguno de ellos había reparado en el fenómeno que se producía sobre sus cabezas. Hasta que Emma y Regina no abrieron la boca y los ojos mirando hacia el cielo, ninguno de ellos se giró para observar lo que ocurría a sus espaldas. y sólo entonces lo vieron. La nube morada seguía sobrevolando sus cabezas, pero estaba menguando, recogiéndose sobre sí misma, como si se retorciera y agonizase, hasta desaparecer del todo entre los árboles, seguramente para morir en el interior del pozo.

"¿Qué demonios ha ocurrido?" exclamó David turnando su atención entre su hija, que obviamente acababa de perder la cabeza ante sus ojos, y la maldición moribunda.

"¡Se ha roto antes siquiera de empezar!" celebró Henry saltando espídico por todas partes. "¡Habéis roto la maldición, no tenemos que huir!"

"¿Qué? ¿Pero cómo?" cuestionó Hook sin dejar de mirar al cielo, temeroso de que la maldición les estuviese gastando una broma y volviera atrás.

Henry torció el morro, cesando sus saltos sólo para mirarle con el ceño fruncido. "¿Lo preguntas en serio? ¡Mis madres! ¡Con un beso de amor verdadero, claro!" exclamó brincando alrededor de ellas. "¡No nos vamos, no nos vamos!"

Y así, con esa sencillez e inocencia, frente a los rostros sonrojados de sus madres y las mandíbulas caídas de los presentes, Henry bailó la danza de la alegría y descubrió ante todos los sentimientos de la Reina Malvada y la Salvadora. Quienes, a pesar de la conmoción general, no se habían separado ni un centímetro.

Obviamente no todo fue tan sencillo a partir de ahí.

La noticia corrió como la pólvora. La asustada ciudad descubrió que estaba a salvo. Gracias a un beso. De amor verdadero. Entre la alcaldesa y la salvadora. Y aquello desencadenó una riada de reacciones.

Nadie se quedó al margen, todos juzgaron y quisieron pronunciarse al respecto, formando distintas facciones. Las más radicales querían interponerse en esa relación. Aunque no hubo coraje para hacerlo. Nadie se atrevió a enfrentar a Emma y Regina. Por muy enamoradas y atontadas que estuvieran seguían siendo dos fuerzas de la naturaleza. Enamoradas, sí; pero letales si se les tocaba las narices. De forma que Whale tuvo que ver cómo la facción a la que él pertenecía y casi dirigía se quedaba en una simple pandilla de gallitos que se dedicaban a criticar a escondidas que la virtuosa y heroica Salvadora bebiera los vientos por la perversa y ruin Reina Malvada.

Otros tantos gruñían y torcían el morro ante su presencia o su sola mención. Hook, Neal y David se afiliaron a esta última facción. Una que no tenía intención de interferir, pero tampoco pretendía sonreír ante esa nueva pareja. Aunque los motivos de Neal y Hook diferían de los de David. Mientras que los de Charming se basaban en una amalgama entre incredulidad, desconfianza, disgusto y miedo, los de ambos hombres tenían más de celos, celos, celos y un poco de rencor. Pero sobre todo celos.

Y, sin embargo, una buena parte de la población optó por un comedido punto medio en el que la sorpresa dejó lugar también para la admiración. No estaban en contra, ¿por qué habrían de estarlo? Aquella pareja había surgido justo a tiempo de salvarles a todos de una nueva maldición. Era amor verdadero. Y además había mejorado el temible mal humor de la ex reina malvada. ¿Era inesperado? Puede. Un inesperado golpe de efecto entre todas esas predecibles y monótonas historias de amor y fantasía que poblaban Storybrooke y, antaño el bosque encantado. Pero… ¿era malo? Definitivamente no. No para la ciudad, que había escapado de una maldición terrorífica, y no para sus habitantes, que asistían al nacimiento de una nueva y flamante pareja.

Por supuesto, también hubo otra facción, fundada por una exaltada Ruby, secundada por un risueño Henry y que, más tarde, acogería entre sus filas a Snow. Ellos eran los mayores fans de la pareja, hasta el punto de resultar incómodo para una Regina poco acostumbrada a los gestos de apoyo y euforia. Pero Ruby no entendía de límites y, desde que supo lo ocurrido, se emocionó y aplaudió con cada detalle de la historia. Henry a su vez, igualó y superó en alegría a la loba, haciendo temer a Regina que cualquier día ambos apareciesen cargando sendos pompones y bailando cada vez que Emma y ella se diesen un beso o tan sólo la mano. Era abrumador. Pero muy muy muy en bajito reconoció que esa facción hinchaba su pecho de felicidad y la animaba cuando se cruzaba con los más borricos y cerrados de la ciudad.

Y más aún cuando Snow se unió a ella.

Su afiliación oficial ocurrió en la cafetería de la abuelita. Una mañana en la que Henry se empeñó en desayunar todos juntos. Una de sus muchas estrategias para lograr normalizar la nueva situación de su familia. Los Charming ya esperaban sentados, junto a Neal, y Henry llegó con sus madres a la atestada cafetería. Antes de poder siquiera tomar asiento, Whale soltó alguna burrada dirigida a ellas, una de tantas y que Regina ni siquiera se limitó a escuchar o recordar. Pero debió ser especialmente desagradable, porque Snow alzó los ojos hasta el doctor y, sin decir nada, le reprochó con la mirada. Algo que Regina identificó como una advertencia de que se frenase dado que Henry estaba delante. Pero Whale no supo o no quiso entender el aviso y volvió a gruñir:

"¿Durante cuánto más vamos a tener que soportar esta repugnante aberración?" Intentó sonar jocoso y buscó el apoyo de algunas caras de la abarrotada cafetería, pero antes de encontrarlo, un berrido resonó contra su oído casi derrumbándole de su taburete. Se apartó de un brinco de la fuente de esos gritos esperando encontrar a una furiosa Emma defendiendo a capa y espada su relación o a una Regina furibunda exigiendo respeto. Pero la imagen fue aún más terrorífica. Snow chillaba, acordándose de su madre y de otros tantos familiares suyos, y entre David y Emma la sujetaban, uno de cada brazo, evitando que se abalanzara sobre él. Ambos trataban de reducirla, no sólo con fuerza, sino también con palabras, pero no les escuchaba.

Entre tantos gritos, Whale reconoció algunas palabras como "cretino inmundo", "machista sin corazón" u "obtuso presuntuoso". Pero por encima de todo Gilipollas y subnormal. Repetidas veces.

"¡¿Pero qué pasa contigo?!" chilló resguardándose colocando su taburete entre él y la furibunda mujer.

"¡Tú! Tú me pasas, imbécil"

"Snow…" musitó Emma entre preocupada y maravillada, en un intento por calmar a su madre.

"¿Te pones de su parte? ¡¿Precisamente tú?! ¡Pero si es asqueroso!"

"Asquerosa es tu presencia, maldito cretino. ¡Bastante lamentable es no saber reconocer el amor verdadero como para que encima te atrevas a juzgarlo e insultar!"

"Lo que me faltaba…" fue cuanto se atrevió a mascullar antes de salir, recogiendo sus cosas y su pisoteado orgullo, de una cafetería en completo silencio.

Sólo entonces Emma y David se atrevieron a soltar a Snow, sin poder evitar intercambiar un par de tímidas, divertidas y orgullosas sonrisas. Y Henry podía asegurar que, de haberse arrancado a aplaudir, el resto de la cafetería habría terminado en pie vitoreando a su abuela. Pero Henry no quiso romper el momento y se limitó a tomar asiento en la mesa con una fingida naturalidad, seguido de sus madres. Regina fue la última en sentarse, atónita.

Y ese fue el momento en el que Snow entró a formar parte oficialmente de los defensores acérrimos de las Charming 2.0.

En el caso de David, se dejó contagiar paulatinamente por el espíritu de su esposa y, cómo él, otros tantos escépticos. No pasó mucho tiempo hasta que esa facción incluyó a casi toda la ciudad y la pareja dejó de ser una inquietante novedad para convertirse en una dulce constante de la ciudad.

Los restaurantes pasaron de temerlas a esperarlas con una sonrisa. De pronto ya no preocupaban a la clientela, sino que la atraían. Los camareros ya no las atendían temblando sino que sonreían de oreja a oreja contagiados por la luz que desprendían ambas mujeres juntas. Y ese mismo fenómeno sociológico se trasladó al cine, al mercado, al parque, al colegio de Henry. La gente ya no daba la espalda a los pasos firmes y fríos de la alcaldesa y, posteriormente, reina malvada caída en desgracia. No. Ahora miraban de refilón o incluso de frente a la pareja más adorable sobre la faz de ese pueblo y corrían a contarles a sus familias dónde y cuándo las vieron o qué hacían.

Era cierto. Emma no sólo le había enseñado a Regina lo que era el verdadero amor de una pareja, sino el de una familia como eran ahora los Charming para ella, y el de todo un pueblo.

Por eso Ruby es incapaz de concebir que Regina, la deslumbrante, feliz y enamorada Regina, haya sido capaz de rechazar a Emma, a la única persona a la que era incapaz de negarle nada, además de Henry.

Nada tiene sentido. Emma está en su sofá empapando su hombro, lloriqueando, hipando y gimiendo a los cielos la noche en que debería estar con Regina en casa, locas de felicidad, riendo de amor y rompiendo su colchón. No, nada de sentido. Alcanza el teléfono, con una sola idea en la cabeza. Emma, al advertir su movimiento, se separa de su hombro para mirarla.

"¿Qué… qué haces?" gimotea

"Llamar a tu madre…"

"¿Qué? No, a Snow no, Ruby. ¿Y si mata a Regina…?"

"Lo siento cariño, pero tu novia se lo tendría merecido…" musita marcando uno por uno los números que conoce de memoria. Emma no tiene fuerzas ni para impedírselo. "Hola, soy yo… Emma está aquí. No, es difícil de explicar… No, no le despiertes, será mejor que vengas tú sola. Sí, te esperamos aquí…"


Henry había dormido en casa de sus abuelos. Era una práctica habitual. Así veía a su tío, de apenas dos años, y dejaba un tiempo para sus madres. Prefería no conjeturar para qué. En el apartamento Charming tenía incluso su cama plegable preparada para esa noche cada semana o semana y media que pasaba allí. Y en esa misma cama se ha despertado este sábado. Pero esta vez la casa no huele a tortitas recién hechas ni Snow ha ido a despertarle con una riada de besos. No, son casi las diez de la mañana cuando abre los ojos y se encuentra a Snow preparando una tila y con gesto un tanto serio, el cual desaparece en cuanto sus ojos se encuentran con Henry.

A pesar de la preocupación inicial, el pequeño enseguida entendió que ocurría. Su madre había tenido que abandonar la mansión en mitad de la noche por una emergencia en la ciudad, cerca de la casa de los abuelos. Entre las horas tan tardías y el frío de la noche, Emma terminó por resfriarse y se vio incapaz de conducir hasta las afueras para regresar a la mansión. Así que terminó pasando la noche en el apartamento, con ellos. Y ahora descansaba en el cuarto de los abuelos donde estaba prohibido pasar para evitar que tanto él como su jovencísimo tío se contagiaran. Normal, si su madre había caído enferma en tan solo unas horas y era incapaz de salir de la cama.

Snow se ofreció a prepararle unos cereales con chocolate en polvo y a llevarle a casa cuando estuviese listo. Henry aceptó y un par de horas después se despidió de Emma a través de la puerta, lanzándole muchos besos y prometiéndole que le traerían todo lo necesario de casa.


A las doce y cuarto del mediodía, el terrorífico y gélido silencio imperante en la mansión es taladrado por el timbre de la puerta resonando por toda la casa. Regina levanta la cabeza de la almohada, aturdida. La puerta. Alguien llama a la puerta. Pero no es posible… No con Henry en casa de los Charming y con Emma… Bueno, no sabe dónde está Emma. No ha contestado a sus llamadas en horas y tampoco a sus mensajes. Pero no imagina a la sheriff llamando a su puerta como haría una desconocida.

Agudiza el oído. Quizás ha escuchado mal. Ningún otro ruido se cuela hasta el dormitorio y baja el rostro hasta su almohada, decepcionada, sintiendo que su confusa mente le está jugando una mala pasada, gritando de frustración, tristeza, miedo… pero el timbre vuelve a retumbar. Y esta vez está segura de que no es una alucinación. Hay alguien en su puerta. Y dispuesto a entrar por el modo en que aprieta el timbre.

Se levanta, camina hasta su espejo y trata de recomponer su aspecto, antes de enfrentarse con quien sea. Logra domar su cabello, pero no hay nada que hacer con las ojeras gris marengo. Baja las escaleras al trote y antes de abrir la puerta resuena un tercer timbrazo. Tira del pomo con prisas y mucha mala leche, deseando que tras ella haya alguien a quien poder gritar. Pero la sonrisa inagotable de Henry le recibe al otro lado y todo su cabreo se esfuma, dejando sólo su tristeza. Y sus enormes ojeras.

"¡Hola mamá!"

"Hola cariño" sonríe abrazándole cariñosamente antes de tragar hondo y elevar los ojos desde el metro cincuenta de Henry hasta el metro sesenta y ocho de Mary Margareth, que hoy sin embargo parece tan imponente. "Snow..."

"Regina" Sin entonación, sin sentimiento alguno. Sólo su nombre, frío y desnudo. Y dos ojos que podrían ensartarla como a un espeto.

Traga hondo por segunda vez y aprieta los labios. Snow es la viva imagen de una madre furiosa y conocedora de la situación. Querría preguntarle si ha hablado con Emma, si se encuentra bien, si sabe dónde o cómo está. Pero intuye que su sola mención podría provocar que ella misma se echara a llorar… o que Snow se tirara a su cuello.

Junto a ella, la pequeña cabecita morena murmura contra su cuerpo haciéndose oír. "Venimos a por cosas para mamá, está mala"

Abre los ojos, sin seguir el hilo de esa frase. Pero Henry está hablando de Emma y ella ansia cualquier información igual que si le faltara el aire. "¿Cómo?"

"Desde anoche tiene un trancazo horrible…" resume agitando las manos. "No he podido ni despedirme de ella"

Regina abre los labios un par de veces, antes de atreverse a responder. Procesa la información y diseña una respuesta acorde, aunque imagina que ni Henry está en lo cierto, ni su petición será tenida en cuenta. Ni aunque se ponga de rodillas. "Entonces quizás debería venir a casa, ¿no?"

Snow respira hondo, conteniéndose. "Mejor que no. No puede ni moverse." Regina nunca la ha visto vocalizar tan lento ni pronunciado en su vida. Y está aterrorizada.

"Un trancazo" remarca Henry, impresionado aún con la potencia del repentino catarro.

Snow mira a cualquier parte menos a su nieto, con cierto halo de culpabilidad. "Bueno, ¿podemos entrar o...?"

"Sí, sí, por supuesto" tartamudea con torpeza, echándose a un lado. "Henry, ¿quieres ir a por lo necesario?"

"Hecho, ¡no tardó nada!" exclama obediente y sale a la carrera hacia el dormitorio de sus madres.

Y es entonces, cuando Regina se queda a solas con su decepcionada suegra. Traga hondo, con un terror palpable. "Snow, yo..."

"No es de mi incumbencia, Regina" Ahí está otra vez su nombre. Pronunciado como si arañasen una pizarra diez manos al mismo tiempo, como si la maldijera con solo referirse a ella. Se encoge sobre si misma pero su instinto, irracional, estúpido y sinsentido instinto, reacciona a la defensiva al no encontrar ni un ápice de comprensión. Sólo rabia y reproche.

"Exactamente"

Snow enseña los colmillos y agranda los agujeros de su nariz al fulminarla con la mirada. "Estaba convencida de que habías cambiado... Me arrepiento de haber animado a Emma"

Una puñalada más, otro golpe que parte su pecho en mil pedazos más y que arremolina un millón de lágrimas en sus férreos ojos miel. Si alguna vez alguien le hubiera dicho lo doloroso que sería ser consciente de haber decepcionado a Snow... si alguna vez alguien se hubiera atrevido a insinuar que sería como fallar a su propio padre…

"Yo..." traga sus lágrimas, su tristeza, sus ganas de tirarse a su cuello después de toda una mañana sola y destrozada, y trata de hablar. Pero Snow no quiere escucharla. Los pasos de Henry ya resuenan por las escaleras.

"Regina, no me interesa"

Henry está a punto de llegar y ella sólo quiere echarse al suelo, llorar y rogarle que no la llame así nunca más. Pero guarda la compostura y Snow se lleva la mano al bolsillo. Es irracional pero Regina se pregunta por un micro segundo –apenas diez centésimas de segundo- si no irá a sacar un revolver. Pero no. Su mano atrapa un pequeño estuche negro. Uno que Regina vio la noche anterior en medio de los gritos y los reproches.

"Sólo una cosa más" gruñe Snow empujándole con mala leche la cajita contra el pecho. "Quémalo, tíralo, véndelo o haz con él lo que te plazca. Pero no puedo tenerlo en mi piso. Cada vez que Emma lo ve rompe a llorar sin consuelo"

Snow habla a balazos. Descarga su furia en las palabras más acertadas para que el cuerpo de Regina se encoja de dolor, atravesado por proyectiles invisibles pero no inofensivos. Es imposible que Snow no sea consciente de lo que esa imagen de Emma provoca en ella.

Henry llega junto a ellas, saltando, con una sonrisa inocente y una bolsa que bien podría ser para una semana entera.

"¿Pero qué llevas ahí?" pregunta Snow recuperando una mirada más humana, más dulce, menos decepcionada.

"Todo lo que mamá puede necesitar. Si no podemos cuidarla aquí..." musita decepcionado. "…no queremos que le falte de nada" añade abrazándose a la cintura de Regina. "¿Verdad, mamá?"

"Verdad" ratifica devolviéndole el abrazo, buscando un consuelo que ni él mismo sabe que está entregándole y besando su coronilla para no echarse a llorar al enfrentar los ojos impasibles de Snow.

"Ya..."

"Cuidadla" suplica Regina con un susurro casi inexistente.

"Y dile que iremos a por ella en cuanto esté un poco mejor, ¿vale?"

"Claro, Henry" responde Snow sin convicción alguna, revolviendo su pelo. "Adiós"

"Adiós, abu" exclama Henry con cariño, a pesar de que el apelativo no es del gusto de Snow. Pero esta no tuerce el morro ni mira con humor a Regina, como acostumbra a hacer. No intercambian un guiño ni una sonrisita de resignación. Nada. Ni siquiera cuando Regina se despide:

"Adiós, Snow"

La morena ya se ha dado media vuelta, y no le dirige ni una mirada.

"¿Crees que mamá tardara mucho en venir?"

Las palabras se le atragantan. "No... Claro que no" Respira hondo, muerde su labio y cierra los ojos durante un breve suspiro. Para cuando regresa sus ojos a Henry, las lágrimas ya están bajo control. "¿Tienes deberes?"

"Jooo..."

"Hazlos antes de comer y el resto del fin de semana serás libre"

"Vale..." responde saliendo escaleras arriba. "¡Y esta tarde llevaré la consola a tu cuarto para poder jugar con mamá mientras este en cama!"

"Muy bien..." responde sin que apenas Henry pueda escucharla. Sus dedos están jugando con la caja que Snow prácticamente le ha arrojado y tiemblan cuando la abre. En mitad del pequeño y delicado estuche hay un anillo de oro blanco con un diamante. El corte de la piedra hace que se asemeje al contorno de una manzana y está segura de que es algo intencionado. Un detalle abrumadoramente tierno, típico de Emma. Acaricia el anillo con miedo, como si no tuviese derecho a hacerlo, y advierte un pequeño papel que sobresale entre la joya y la cajita. Es un pergamino diminuto, muy delgado pero acompañado de una pequeña frase. Lo desenrolla y reconoce inmediatamente el trazo redondeado de la letra de Emma:

"Que le den al mundo mientras pueda estar contigo. Porque Henry y tú sois todo mi mundo"

Apenas logra leer la última palabra. Las lágrimas nublan sus ojos y emborronan la tinta al caer contra el papel.


Emma alterna sus ojos entre la televisión y su pequeño hermano pequeño. Da igual el canal que escoja, todo le recuerda a Regina. Los programas de cocina preparando tartas de manzana, aunque ninguna como las de Regina... un capítulo antiguo de Boss, con Kelsey Grammer siendo un terrible alcalde, nada que ver con Regina... O un documental con koalas de tiernos ojos negros… como los de Regina. Sí, todo en la televisión es una obvia e intencionada provocación. Y cuando el programa de turno termina con sus nervios, se gira hacia su pequeño hermano, en el sillón más pequeño, sumido en un tierno y profundo sueño desde que comenzara su siesta un par de horas antes. Es probable que, el hecho de que su hermana treinta años mayor, apareciera a las 3 de la mañana llorando sin consuelo, le impidiera dormir con tranquilidad. Al menos hasta que David le sacó de su cuarto para llevarle al de Henry, que continuaba plácidamente dormido.

Y es por eso que el pequeño descansa y Emma aprovecha su calma para contagiarse de ella, entre cada frustrante cambio de canal.

Hasta que a su espalda escucha la puerta. Llegan los refuerzos.

"Espero que traigáis kilos de helado... porque vuestro hijo se ha comido todas las tarrinas. Bueno... vuestra hija en realidad" susurra hacia la entrada del apartamento, girándose sobre el sofá. Pero la escena que la recibe bajo el marco de la puerta no es la esperada. "Tú no eres Snow ni traes kilos de helado" Regina agacha la cabeza pero eleva sus manos, enseñándole un par de bolsas rebosantes de tarrinas. Emma traga hondo. Al menos sí trae el helado. Pero no sabe qué decirle. No tiene nada que decir. Pero no soporta el silencio y termina por soltar lo primero que le viene a la cabeza. "Si Snow te ve aquí, te matará"

"Yo... intercepte la mercancía y a sus portadores"

"¿Y ellos lo han permitido?"

"Tuve que convencerlos… Snow fue difícil… David aún estará blasfemando… Seguro" Quiere sonar medio en broma, pero el tartamudeo camufla cualquier sentimiento que no sea la vergüenza que la domina en ese momento.

"¿Que haces aquí?"

Aunque la respuesta de Emma no invite a entrar precisamente, Regina trata de sobrellevarla y da un par de pasos. Cierra la puerta tras de sí y suspira al dejar las bolsas en el suelo. "No viniste a casa…"

"¿A la mansión quieres decir?"

"Emma... es tu casa, nuestro hogar. No lo llames así " ruega en medio del salón, buscando sus ojos.

Pero Emma prefiere observar la pared del fondo, con la mirada perdida. "Ya no estoy segura de nada"

"No digas esas cosas, por favor" Emma gira el rostro y la enfrenta. Quiere protestar, pero Regina está al borde de las lágrimas, una estampa con la que es incapaz de enfrentarse, y se limita a cerrar la boca. "¿Puedo... puedo sentarme?" ruega cabeceando hacia su sofá.

"Regina, ¿no quedó ayer todo claro?"

La alcaldesa cierra los ojos con dolor. Otra vez su maldito nombre. Nada de preciosa, cariño, mi amor... sólo Regina. Ni siquiera Gina. No puede sentirse más miserable.

"No... claro que no" gime. "Y fue mi culpa. No debí reaccionar así"

"Ni yo declararme..."

Sorbe sus lágrimas, tragándolas para ser capaz de seguir hablando. "No digas eso..."

"Pero es cierto"

"No, no lo es. Yo te amo, maldita Swan" gime perdiendo el control ante esa impertérrita Emma que mantiene sus sentimientos bajo un frío control, aunque sus ojos enrojecidos la traicionen.

"Pero no lo suficiente para casarte conmigo" murmura decepcionada, aun con toda su atención volcada en la pared de ladrillos.

Y Regina no lo soporta más. Recorre el salón en tres zancadas, sin importarle parecer desesperada o rota, porque lo está. En su relación, Emma tiende a ser la más efusiva, la más impulsiva, en ocasiones incluso impetuosa, mientras que Regina va con pies de plomo, con más calma e introspección. Pero no esta vez. Deja de lado las formas, porque necesita llegar hasta Emma. Dejar de sentirla tan lejos.

"Cariño, no…" gime dejándose caer a su lado en el sofá. Emma se encoge sobre sí misma, pero no dice nada más. "Quiero una vida contigo, sueño con un millón de años a tu lado"

La salvadora se gira hacia ella con una ceja alzada. Si eso no suena a una pedida de mano, ella no sabe a qué. Traga hondo, completamente perdida. "¿Entonces?"

"Es complicado..." suspira.

"No, no lo es. Es un sí o un no. No tiene más misterio"

"No es tan sencillo Emma, yo..." Las lágrimas se tragan su voz y lucha contra ellas por recuperarla. Una batalla que no pasa desapercibida para Emma. "Yo no sé si puedo pasar por eso, yo..."

"¿Es por mi abuelo?" interrumpe hablando muy bajito.

"¿Abuelo?" repite Regina con todos los esquemas rotos.

"El padre de Snow, tu primer marido, ¿es eso...?" Emma no quiere entrar en detalles con una época tan triste de la vida de Regina, pero espera que sus palabras sean suficientes para explicarse.

"No... Es cierto que casarme no me trae recuerdos preciosos a la mente precisamente, pero no..."

"Regina, no sería ni remotamente parecido" estalla, volviendo a ser paulatinamente ella misma, la Emma Swan llena de vida y energía que Regina ama. "Si me lo permites, te daré una boda de ensueño" insiste hablando de carrerilla "O como tú prefieras. Sera perfecta, no una condena en forma de ceremonia. Haré que olvides todos los malos recuerdos, te lo prometo"

Regina no puede más y estira las manos para acariciar su rostro con devoción. Han sido sólo unas horas, pero echaba rabiosamente de menos su tacto. Con su caricia, Emma guarda un ceremonioso silencio, disfrutando de ella tanto como la alcaldesa, que sonríe atontada. Emma no puede prometerle algo así, porque hace mucho tiempo ya que se lo concedió. Peleó con sus malos recuerdos uno por uno. Y dio muerte a todos.

Si durante su reinado de oscuridad le era imposible recordar que hubiera habido un tiempo en el que fue feliz, e incluso inocente, una vida que no fue solo muerte y dolor, como su adolescencia o incluso su infancia, ahora podría jurar que nunca fue la reina malvada. El efecto Swan borró casi por completo esos años negros y en ocasiones incluso estaba segura de que su vida siempre había sido esa, una plácida, dulce y extremadamente feliz existencia junto a Emma y Henry. No, definitivamente no había reaccionado así por los recuerdos.

Pero las suposiciones de Emma, su entrega, su irresistible bondad, no hacen más que complicar las cosas, hacer más difíciles sus explicaciones, hacerla sentir aún más culpable por haberle causado tanto daño.

"Cariño, no es la boda. Yo... es por algo más, es la ceremonia... es el después... no sé cómo..."

"¿El después?" Frunce el ceño. Regina se tapa los ojos, avergonzada. "¿A qué te refieres con el después?" La alcaldesa la observa completamente roja y callada. "Espera... ¡no! ¡No puedes estar hablando de la noche de bodas!" Regina se torna rojo oscuro y Emma abre la boca una y otra vez, atónita. "Pero mi amor, ¡si ese tema lo tenemos dominado! Dominadísimo diría yo... muy muy muy dominado..." su voz empieza a agravarse mientras sus pensamientos se fugan lejos.

"Emma, ¡concéntrate!" pide avergonzada pero firme, carraspeando para recuperar su pose de alcaldesa madura y altiva. "No es la noche de bodas... o al menos no sólo esa noche... Tú no lo entiendes"

"Explícamelo"

"En nuestro mundo las uniones no funcionan como aquí. No es un simple matrimonio, va más allá"

"¿Más allá...?" reitera como si esas dos palabras tuviesen la clave pero ella no supiera interpretarla. "¿A qué nos referimos exactamente?"

"Es algo más espiritual... no se trata sólo una unión plasmada en un papel. Las esencias de los cónyuges se entremezclan como si fueran uno"

Esta vez la salvadora eleva ambas cejas, confusa pero no contrariada. "Pues a mí eso me suena maravilloso..."

"Emma…" dice su nombre con dificultad, la misma que encuentra a la hora de explicarse. "Cuando además hay magia implicada en el enlace el asunto se complica... y si hay amor verdadero de por medio todo puede... puede ser aún más..."

"¿Intenso, bonito, inolvidable…?" interrumpe Emma.

"¡Procreativo!" exclama sin control, tratando de callarla, de dejar salir aquello que está quemando su garganta.

Emma la mira perdida, placada por su respuesta. "¿Qué?"

"Eso..."

"Procreativo..." repite.

"Sí..."

"Y eso viene a decir qué…" pregunta gesticulando con las manos.

"¡Emma!"

"Shhhhh, o le despertarás" gruñe señalando a su durmiente hermano. "Procreativo... ¿el qué?"

Suspira con resignación, sin poder creer cuánto es capaz de alargar su novia un momento tan vergonzoso como este. "Tú y yo, Emma..."

"Que tú y yo seremos procrea… Ooooohhh"

"Exacto…"

"Pero eso es..." Se le escapa una sonrisita de felicidad sin querer, pero la borra de un plumazo al cruzarse con la cara triste y compungida de Regina. "…innecesario si tú no quieres. Podemos casarnos a la manera tradicional terrícola, por el juzgado. Seguro que todos esos montones de papeles aburridos y anodinos no tienen magia alguna. Nada de procreación y magia, sólo un matrimonio más"

Regina niega, frustrada. "No Emma, tú te mereces más, te mereces todo. Mereces una ceremonia como la que tuvieron tus padres, mereces un ritual mágico y único, como los que solían acontecer en el bosque encantado..."

"Eso es una tontería" gruñe Emma, cada vez más sonriente, cada vez menos taciturna. La presencia de Regina ayuda, siempre lo hace, pero ir descubriendo sus motivos está desterrando poco a poco su pena. Además, en ningún momento ha dicho que no quiera casarse con ella. Al menos eso es lo que presiente. Y su esperanza, inevitablemente, se traspasa a sus palabras, a su voz, a sus manos, que sostienen las de Regina y juegan con ellas inconscientemente. "Si estamos juntas podemos convertir una boda civil en el Ayuntamiento en una ceremonia única también"

"Emma, sólo pensarlo…" Las palabras se atragantan en su garganta. "Además, la magia no entiende de barreras, quizás incluso una boda no mágica pueda ser capaz de poner en marcha el engranaje o..."

"¿Y... y tan horrible sería? ¿Estar casada conmigo... y tener nuestros propios hijos?" musita mordiendo su labio inferior

Los ojos miel de Regina se iluminan con lágrimas de emoción y pena al mismo tiempo. "No, claro que no. ¡Dios! Es tan frustrante…"

"¿El qué?"

"¿Crees que no lo he pensado nunca? ¿Que no me he imaginado junto a ti, envejeciendo? ¿O que no he fantaseado con una pedida? A veces eras tú y otras yo... y siempre tan perfecto... ¿Piensas que no he imaginado cómo sería la boda perfecta? ¿O cómo sería verte embarazada y radiante…?" pregunta con una sonrisa enorme y llena de luz. Hasta que vuelven los nubarrones, sus ojos se oscurecen, su sonrisa se esfuma. "Pero eso no puede ser para mí… y…"

"Regina, ¿qué ocurre?"

"Por eso anoche salté, no eras tú, ni siquiera la pedida... era todo tan perfecto, todo lo que siempre he querido. Y me angustié…"

"¿Pero por qué?"

"Yo… quiero darte todo lo que te mereces, cariño… pero no puedo" gime y suena a sentencia. Emma ni siquiera imagina qué está pasando por su cabeza pero aprieta sus manos con amor, tratando de trasmitirle su apoyo. Regina se recompone e intenta seguir hablando. "Hace años quise dañar a mi madre… Tenía un golpe maestro y lo utilicé en su contra... Me tomé una poción. Una que me volvería estéril y evitaría que Cora usara a mis hijos del mismo modo en que lo hizo conmigo… Pero ahora me doy cuenta de que en ese momento sólo estaba haciéndome daño a mí"

"Cariño…" musita rota por la imagen de esa joven Regina que se encontró tan atrapada como para tomar una decisión semejante.

"Yo… no quería decepcionarte"

"Jamás lo has hecho, y jamás podrías hacerlo"

"Sí, cuando supieras que nuestra unión podría... podría hacernos concebir. Y sin embargo yo nos había robado esa oportunidad" lloriquea bajando el rostro y sus ojos.

"Regina, ¡eso es una locura!" protesta sosteniendo su barbilla y acercándose a ella. "Casarme contigo no podría ser jamás una decepción, ¡nunca! Y menos por algo así… Eso sólo hace que te quiera más… Y que aumenten mis ganas de resucitar a Cora sólo para poder matarla yo" gruñe logrando que por fin Regina esboce media sonrisa. "Quiero una vida contigo, quiero más años tan felices como estos. Quiero una boda mágica preciosa, llena de hadas volando y fuegos artificiales mágicos y conjuros revoloteando..."

Regina deja salir una suave y húmeda carcajada. "No tienes ni idea de en qué consiste el ritual, ¿verdad?"

"Pero ni idea, ni idea" confirma negando fervientemente. "Sólo sé que quiero hacerlo y quiero que sea contigo"

"Más le vale, señorita Swan" bromea con una amenazante sonrisa. Respira hondo y lame sus labios antes de susurrar, con mucha menos seguridad: "¿Estas segura? ¿Me perdonas? ¿Te conformarías conmigo…?"

"¿Sabes lo que realmente me duele? Que pienses así... que en realidad opines eso de ti, que estás incompleta, o que me has fallado. Toda tú eres perfecta, con tu pasado incluido, y no hay nada mal en ti. Y, si me lo permites, quiero intentar ser una esposa tan maravillosa como sé que lo serás tú"

Regina aprieta sus labios, con sus ojos titilando. "¿Incluso aunque reventase nuestra propia pedida?"

"¿Qué pareja no discute alguna vez?"

"¿Aterrorizando a los camareros y haciendo que huya la mitad de la clientela?"

"Nunca discutimos... ¡para una vez que lo hacemos, tenía que ser a lo grande!" asevera sonriente. Y ahí está otra vez. El efecto Swan. Capaz de convertir las peores 24 horas de Regina de los últimos años en una dulce y simpática anécdota que le arranca una sonrisa.

"Entonces..." susurra acercándose aún más a ella.

Emma se deja hacer, encantada, disfrutando mientras la distancia entre ellas va desapareciendo. "¿Entonces?"

"¿Nos vamos a casar...?" pregunta paladeando la pregunta, dueña de una ilusión que hasta hace escasos segundos creía prohibida para ella.

Emma respira hondo, apoya su frente contra la de Regina y musita: "Eso depende de ti"


El móvil de Ruby vibra al ritmo de su melodía y la loba se lanza a por él. Al ver el número de la casa de los Charming en pantalla, su primer temor es que se trata de Snow. Buscando una compinche que le ayude a enterrar el cuerpo de Regina. Pero no se espera la voz al otro lado. Y menos aún gritando como si quisiera quedarse sin voz:

"¡Ruby!"

"¡¿Emma?!"

"¡Ha dicho que sí!" chilla la salvadora al otro lado del teléfono.

Y de fondo se escucha una voz radiante y divertida, regañándola sin poder esconder la felicidad que siente. "Emma, ya has despertado a tu hermano..."

"¿Ha dicho que sí?" insiste Ruby reconociendo esa segunda voz como la de Regina. "¡Tenemos boda!" chilla contenta. Todo vuelve a estar en su sitio, todo tiene de nuevo sentido.

"¡Y por todo lo alto!" gritilla Emma al otro lado, acompañada de las carcajadas de Regina y de algún balbuceo medio dormido e infantil.


(UN AÑO DESPUÉS)

"Emm..." Un susurro tan suave como la caricia sobre su hombro desnudo. "Emm, cariño..." La voz se cuela delicada en su sueño, pero la salvadora está profundamente dormida y no quiere despertar. "¡Emma!" exige por tercera vez la voz, arrancándola de una vez por todas del reino de Morfeo.

La salvadora levanta su cara de la almohada, desubicada y aturdida. Mira a todas partes, trata de enfocar y lo primero que ve es el rostro de su mujer.

"¿Qué? ¿Qué pasa?" balbucea medio dormida y con la boca pastosa, pero intentando seriamente abrir los ojos.

Frente a ella, Regina permanece sentada en el colchón, rígida, con el rostro impávido. Y algo entre las manos. "Tenemos que hablar" responde abriendo sus dedos para que pueda ver bien de qué se trata. Un palito blanco y largo descansa sobre la palma de su mano. Y las neuronas adormecidas de Emma tardan un par de segundos en identificarlo. Es un test de embarazo.

"¿Qué haces con eso?" pregunta desubicada. "¿Me ves más gorda o qué?" Se mira de arriba abajo buscando algún cambio en su cuerpo. Un aumento de talla en su sujetador o una tripita incipiente en la que no hubiera reparado. Pero Regina reclama su atención y Emma deja su exploración corporal de lado.

"No cariño, no es para ti... es por mí"

Emma se sienta lentamente en la cama, abriendo mucho los ojos, de golpe totalmente despierta. "¿Cómo?"

Regina sonríe de soslayo, se le iluminan los ojos y su voz suena irresistible y cantarina. Incluso aunque tartamudee y no encuentre las palabras. "Yo... llevó unos días sintiéndome rara... un par de semanas y..."

Emma, histérica, se pone de rodillas sobre el colchón dispuesta a salir al galope. "Corre, tenemos que hacértelo..."

"No, espera cariño" reclama agarrando su brazo y deteniéndola. "Ya… ya me lo he hecho"

Emma traga hondo, paralizada. "¿Y?" Regina sostiene en test entre ellas, a la altura de sus ojos y se lo muestra. Dos rayitas azules, brillantes y orgullosas destacan en mitad de la pequeña ventanita del test. "Positivo... ¿verdad? Eso es positivo, ¿no?" musita mirándola atentamente, implorando por una respuesta. Frente a ella, su mujer aprieta los labios con fuerza y contiene las lágrimas a duras penas. "¡Regina, estás positiva!" chilla fuera de sí.

Regina sonríe burlona, tratando de ocultar su propia emoción tras una barrera de humor. "Embarazada Emma, la palabra correcta es embarazada"

Pero la salvadora no entiende de burlas. Salta sobre ella, la derriba con su propio peso y se tumba sobre su cuerpo, dispuesta a comérsela a besos.

"¡Emma!" se queja sin quejarse, riendo a carcajadas.

"Mamás, Regina, ¡vamos a ser mamás!"

"¡Oye!" exclama a lo lejos Henry.

"Ah, sí, sí…" carraspea con culpabilidad. "¡Mamás por segunda vez!" chilla de nuevo, desatando las carcajadas de Regina. Y con esa dulce melodía de fondo, Emma repta suave por su cuerpo hasta colocarse a la altura de su vientre. Deja un suave beso sobre la piel y musita: "Nuestro pequeño milagro..." susurra elevando su vista hasta la de Regina.

"Más bien, nuestra pequeña esperanza"

"¿Has oído, pequeña? Ya tienes nombre..."

"¿Qué?" ríe por las cosquillas que provoca la voz de Emma contra su vientre y por la felicidad que atraviesa su cuerpo "¿Cómo sabes que es ella?"

"Porque lo sé..." asiente una y otra vez.

"Muy bien Salvadora listilla... ¿Y cómo se llamará?"

"Hope... Se llamará Hope"

"...Me encanta"

"Lo sé" Media sonrisa ladeada, feliz... y listilla. "Te quiero"

Esta vez es el turno de Regina de sonreír. "Lo sé"

FIN