Capítulo 11.
Fenrir Greyback paseaba despreocupado por el terreno que había escogido hacía casi quince años para establecer su manada. Era un lugar abandonado, así que los muggles prácticamente los dejaban solos y los magos... Ellos eran inútiles, en su opinión. Rastreando eran pésimos y los que lograban encontrarlos se llevaban una terrible sorpresa.
Los muggles pensaban que Fenrir y su grupo eran una secta y hacía tiempo que apenas se aventuraban a entrar en lo que el hombre lobo consideraba su territorio porque la gente tendía a desaparecer sin dejar rastro. Esos días los licántropos comían de maravilla.
Greyback observó a uno de sus cachorros atravesar las puertas de uno de los almacenes, el más importante. Allí estaba su premio por servir al Señor Oscuro y cumplir con éxito todas las misiones encomendadas. Fenrir había querido un mago poderoso para sí y de ese modo engendrar fuertes cachorros que engrosarían su manada y de una vez por todas, librarse de la plaga que decían llamarse magos de la luz.
No le gustaba que los cachorros se sintieran tan apegados a su madre, pero sabía que los primeros años sería así hasta que cumplieran la edad aceptable para cazar por su cuenta.
Escuchó ruido y fue a mirar qué ocurría. Al parecer dos machos se estaban peleando por una de las hembras que estaba desnuda y a cuatro patas lista para la monta.
Fenrir se quedó a mirar cómo luchaban pero decidió que tardaban demasiado y tomó a la hembra para sí bajo la atenta mirada de quienes se habían acercado a observar el desacuerdo inicial.
Los dos machos que peleaban se apartaron el uno del otro y lo miraron disgustados mientras montaba a la hembra.
Fenrir los miró desafiante y como sabía que pasaría, sus subordinados agacharon la cabeza y se apartaron unos metros.
A Nico le parecía fascinante todo lo que veía. Al principio se asustó cuando vio pinturas moverse y hablar, y luego pensó que era tonto porque había visto algo así en Grymmauld Place.
No sabía si le gustaban los fantasmas o no. ¿No se suponía que todos los seres humanos que morían iban a parar al inframundo? No estaba muy seguro así que decidió no decir nada hasta que le preguntara a su padre... Si volvía a verlo. Tal vez Bianca lo sabría, pero de nuevo no sabía si la vería otra vez.
Le tocaba clase de Defensa contra las artes oscuras y estaba un poco intimidado. Las clases que había tenido no habían estado mal, pero con el profesor Lockhart había opiniones muy diferentes.
La mitad de la escuela aseguraba que era un mago impresionante y la otra mitad aseguraba que era un fraude.
-Creo que será una clase en la que no aprenderemos nada.
-Deja de decir tonterías. Él es un mago muy capaz y deberías estar honrado de que se haya tomado el tiempo para enseñarnos.
-Es un fraude, Fawley. ¿No te das cuenta?
-Por supuesto que no lo es, Carrow. ¿Cómo puedes decir algo así? ¿Has leído alguno de sus libros?
-Sí. Y por eso mismo digo que es un fraude. Las fechas no concuerdan. Deja esa adoración al héroe que tienes.
Ambos niños entonces se giraron a mirarlo a él y Nico solo los miró de vuelta.
Tenía a uno de ellos a cada lado y no sabía por qué seguía yendo con ellos. Siempre discutían por cualquier cosa y trataban de meterlo a él y ponerlo de su lado.
-¿Qué dices tú? ¿Cierto que es una vergüenza como mago?
-¿A que no lo es, di Angelo?
-No lo sé. No voy a opinar.
Christos Carrow y Fabien Fawley se cruzaron de brazos y por suerte para Nico, se ignoraron durante el camino restante hacia el aula de Defensa.
-Hola, clase. ¿Cómo os encontráis hoy? Espero que de maravilla. Mi nombre es Gilderoi Lockhart y seré vuestro profesor de Defensa contra las artes oscuras.
¿Podía alguien ser tan narcisista? Nico había aprendido esa palabra cuando Remus le había llamado así a Sirius por mirarse al espejo durante largo rato y lanzar besos a su reflejo. Después estudió el mito de Narciso mientras investigaba con su primo sobre mitología.
Las paredes del aula estaban llenas d fotos del profesor sonriendo y guiñando un ojo. Era un poco aterrador de mirar.
Al finalizar la lección, Nico pensó que Carrow tenía razón e incluso Fawley parecía malhumorado y defraudado. La sonrisa satisfecha que Christos llevaba no hacía nada para calmar a su amigo.
Harry quería ser ya un adulto para poder buscar a su padre. No sabía por dónde empezar, pero estar en el castillo no le gustaba. Se sentía impotente porque no podía hacer nada y saber que aún estando fuera tampoco sería de ayuda no le sentaba nada bien. Hermione había tratado de decírselo con tacto, pero lo único que había logrado la chica era que su amigo dejara de hablar con ella durante una semana.
¿Infantil? Quizá. Pero ellos eran niños así que...
Su primo se sentó a su lado en silencio haciéndose un hueco entre él y Ron. El pelirrojo protestó, pero el menor lo ignoró.
-Hola, Nico. ¿Qué tal? -Harry le sonrió. Estaba disgustado por no poder ayudar con la búsqueda de su padre, pero eso no quería decir que iba a ser desagradable con las personas. Excepto si le decían algo obvio que no quería, bajo ningún concepto, escuchar.
-Hola. -Di Angelo respondió oscamente.
-¿Qué ocurre? -Ron preguntó mirando automáticamente a la mesa de Slytherin. -¿Esas serpientes viscosas te han molestado? Puedo hechizarlas por ti.
-¿Por él? ¿No será porque aún sigues llorando por las babosas que querías hacerme tragar, Comadreja?
-Nadie se ha dirigido a ti, Malfoy. No sé por qué te quejas tanto acerca de la educación de los demás cuando se nota que no tienes ninguna. ¿No te han enseñado tus padres a no interrumpir ni a meterte en conversaciones en las que no se te ha invitado?
-Te crees muy listo, ¿No, cara rajada? Al menos yo puedo decir que tengo padres.
Varias personas que estaban en la mesa comiendo se levantaron con las varitas apuntando a Draco.
El rubio les lanzó una mirada poco impresionada, señaló con la cabeza a la profesora McGonagall que se acercaba y se fue a su mesa.
-Algún día... -Harry apretó los dientes y después pinchó tan fuerte una patata que salió disparada a la cara de Percy.
El joven de sexto año se sobresaltó, abrió la boca impresionado y restos de la patata se le metieron dentro. Abochornado, sacó su varita, lanzó algunos hechizos y cuando estuvo lo suficientemente limpio, continuó comiendo sin mirar a nadie.
-¿Y entonces qué te pasa? -Harry le preguntó a Nico tras disculparse con el hermano de su amigo.
-Odio herbología. Las plantas y yo no somos compatibles, ya sabes.
Hermione les lanzó una mirada interrogante pero ninguno respondió. La ascendencia de Nico debía permanecer en secreto.
Sirius Black decidió que no iba a quedarse sentado en casa sin hacer nada. No sabía cómo encontrar a su amigo James y la inactividad lo estaba matando.
Había pasado años encerrado y la perspectiva de permanecer en casa simplemente pensando, iba a acabar por volverlo loco.
Remus había accedido a buscar en la biblioteca Black algún ritual o algo parecido para encontrar a James y a Sirius ya no le importaba si el hechizo sería legal o no.
No iba a sacrificar a nadie o algo así, pero si algo un poco turbio debía hacerse...
Él por su parte decidió volver al trabajo. Al menos presentaría su solicitud y esperaba que aceptaran aunque tuviera que empezar con papeleo como los novatos. Eso le daría la oportunidad de revisar archivos y cosas. No es que fuera a encontrar a James así, pero ¿y si alguien lo tenía oculto? Había estado lo suficiente con sus padres en las mansiones de los grandes señores como para conocer escundites y pasadizos que no eran visivles ni detectables.
Eso le hizo pensar en Regulus y en cómo ambos exploraban las casas cuando estaban aburridos. Antes de que todo se jodiera, había disfrutado de la compañía de algunos de los que se unieron a Voldemort. Después entró en Gryffindor y...
Suspiró y fue a tomar un café al mundo muggle. Tal vez eso le despejaría.
El Señor y la Señora Dursley habían sido gente muy normal. No creían en la imaginación y cualquier cosa que no encajara con lo normal era utomáticamente desechado. Todo, menos su despreciable y anormal sobrino.
Habían tenido que cuidarlo a pesar de que no lo querían con ellos y por tratar de hacer que se volviera normal, se habían visto envueltos en algo totalmente injusto.
Nada los llenaba. Comían, pero siempre tenían hambre. No podían dormir. Se despertaban por pesadillas de cosas que no eran normales y su dormitorio se sentía opresivo y oscuro. Insectos y arácnidos se arrastraban por sus cuerpos y no podían deshacerse de ellos.
En el vecindario todo el mundo los ignoraba. Susurraban a sus espaldas y los llamaban anormales y monstruos. Trataron de mudarse, pero algo se lo impedía. Seguro fue culpa de ese mago padrino de su anormal sobrino.
Maldijeron el día en el que metieron a ese horrible bebé en su casa normal. Esa buena acción por su parte no les había traído más que desgracias.
