¡Feliz noche a todas! ¡Espero estén bien y hayan tenido un lindo domingo junto a sus familias y amigos! Continuamos con nuestra historia. Les recuerdo que la historia original pertenece a Mitzuki e Igarashi, y que ésta es una adaptación de mi autoría hecha en honor de nuestros queridos rubios, sin fines de lucro. Con mucho cariño. ¡Bendiciones!

"UNA VISIÓN DE AMOR"

CAPÍTULO III

"Lamento la tardanza", Anthony ingresó al comedor de la familia Andley, ante la mirada de extrañeza de sus primos Stear y Archie, de su Tía Abuela - sentada a la cabeza en uno de los extremos de la gran mesa -, y de su tío William Albert, en el extremo principal. El rubio se sentó y agradeció al mayordomo que llenó de inmediato su taza con café caliente, mientras una mucama preparaba su plato de desayuno en el bufé de servicio.

"Es el segundo día esta semana.", reclamó la tía abuela, viendo al joven al otro lado de la mesa.

"Lo lamento, tía abuela." dijo Anthony, sentado a la derecha de su tío. "Me quedé estudiando muy tarde ayer y ya no pude dormirme. Apenas logré conciliar el sueño al amanecer. No volverá a suceder", se apresuró a agregar. La tía abuela asintió complacida.

Stear frente a él lo miró con sospecha, mientras Archie, junto a su tía, sacudía su cabeza incrédulo de ver cómo su primo siempre se las arreglaba para no salir regañado por su tía abuela, como les pasaba a ellos.

William Albert sonrió, "Si no te conociera mejor, sobrino," dijo, colocando su vaso de cristal cortado, con jugo de naranja, de vuelta sobre la mesa, "diría que quieres hacerle la competencia a Archie aprendiendo sobre todo lo referente a las empresas."

"Pues deberás estudiar también de día, si quieres alcanzarme, Anthony.", le dijo su primo muy apegado de sí mismo. Sabía bien que, de los tres, él era el que mejor había resultado en su desempeño para apoyar a su tío en las negociaciones del Consorcio.

"No todos tenemos la suerte de viajar tan seguido como tú y aprender, Archie." comentó Anthony comenzando con su desayuno. "Otros debemos conformarnos con quedarnos en casa y aprender más lento."

"Es verdad", comentó Stear uniéndose a la conversación. "Durante los últimos tres meses, Anthony es el que menos ha viajado de los tres. Hasta ahora solo Archie y yo hemos ido con el tío."

"Pura casualidad.", dijo el rubio, divertido de que hasta ahora se dieran cuenta. "Como soy el menor, es natural que los mayores me precedan y que me quede haciendo trabajo de oficina y cuidando de la dama de la casa mientras ustedes aprenden del tío para que me puedan enseñar después", dijo sonriendo, refiriéndose a la tía abuela, quien le sonrió asintiendo, feliz de siempre tenerlo cerca.

William Albert sonrió divertido también, "Sobrino, talvez debería darte más oportunidades", comentó. "Creo que me acompañarás pasado mañana a mi negociación con los Stewart en La Florida, en vez de Stear."

Anthony casi que se atragantó con su café, haciendo reír divertidos a sus otros dos primos, a los cuales miró con un ceño fruncido.

Archie sonrió pícaro. "Deberías alegrarte, Anthony. Playas y mar. A mí me tocó lluvia y tormentas en Washington." Siguió inocente con su desayuno.

"Prepárate." Continuó William Albert. "Trataremos el asunto de las ampliaciones de los contratos con la ferroviaria. George no irá esta vez."

Anthony asintió con seriedad.

"Pensándolo bien," dijo Stear, "¿No será, Anthony, que en realidad te las has arreglado todos estos meses para quedarte en casa más de lo que debías?"

"Ideas tuyas nada más, Stear.", descartó su comentario sin darle importancia, siguiendo con sus alimentos.

"Pues yo creo que tu dolor de cabeza antes de tu último viaje del mes pasado y tu resfrío del mes antepasado, son demasiada coincidencia." Lo molestó su elegante primo de cabello castaño otra vez, partiendo elegantemente su pan.

"¿Insinúas que he fingido, Archie?" frunció el ceño Anthony indignado.

Archie dudó al ver su actitud. "No.", reconoció, "Pero sí debes admitir que deberías disminuir tus paseos a la intemperie cuando llueve, si te hacen tanto daño."

"Déjalo ya, Archie", los apaciguó su tío. "Anthony disfruta de sus paseos a caballo, y ustedes han aprovechado bien de los viajes extras de negocios. Pero sí deberías abrigarte más cuando salgas a cabalgar ahora, sobrino." Le aconsejó su tío. "Las lluvias serán más seguidas en esta época del año conforme avance el otoño."

Anthony asintió, "Sí, tío William.", respondió obediente, y con un poco de culpa. Pero sin tanto arrepentimiento, en realidad, reservándose para sí la razón detrás de sus inesperados resfríos. Sin que nadie lo supiera, él y Candy se encontraban ahora algunas tardes a cabalgar, llevándola él en su corcel blanco a pasear por los alrededores y a compartir juntos momentos a solas, caminando junto al lago conversando o sentados en la hierba desde su colina favorita en la propiedad Andley, la cual habían convertido en propia, compartiendo los celajes del atardecer y solo una vez, a medianoche, para ver por el telescopio de su padre un eclipse de luna desde su colina favorita, concluyendo con una lluvia de estrellas inesperada. Pero sí debía admitir que una que otra vez, a su regreso, la lluvia los había sorprendido, y Anthony le había cedido su capa a la rubia, además de la que ya le había llevado, para que ella no se mojara tanto. Lo cual le había ganado una fiebre nocturna, por pura casualidad, las mañanas antes de sus viajes, habiendo insistido su tía abuela que así no podía viajar.

"Tío Albert", recordó de pronto Stear. "La tía Caroline nos invitó a tomar el té esta tarde. ¿Podrás acompañarnos hoy?"

Habiendo convivido juntos bastante, durante ya casi cinco meses, la señora Britter ya había pasado a ser la 'tía Caroline' para los Andley.

"Sí, Albert." Insistió la tía abuela. "Está mal que hayas ya declinado la invitación dos veces, sin acompañarnos."

"Sabes que ha sido sin querer, tía." Se defendió William. "Pero… está bien, hablaré con George para que retire cualquier compromiso que tenga en mi agenda para esta tarde."

"Candy me dijo que ella misma preparará un pastel de chocolate especial para nuestra visita de hoy", se emocionó Stear, casi que saboreándolo desde entonces.

"Es muy gentil de su parte." Comentó Archie. "Ella es una joven muy dulce, tía abuela. Nos alegramos mucho de que su padre le haya permitido a la tía Caroline y a ella permanecer en Michigan con nosotros mientras él realizaba su viaje de negocios a Europa. La vida de ciudad en Nueva York no es lo mismo que estar aquí."

"Sí, es totalmente diferente, Archie." Concordó la anciana pidiendo con un leve asentimiento de su cabeza más té a la mucama. "Sé por Caroline que Candy misma le pidió quedarse antes de que se marcharan a su mansión de Nueva York.", continuó comentando complacida, viendo a su sobrino.

"Pues entonces creo que le caímos muy bien", dijo ilusionado el joven inventor de la familia, viendo a la tía abuela. "Creo que le mostraré mi último invento cuando vengan con la tía Caroline a almorzar este fin de semana." Desde hacía más de un mes, compartían con ellos todos los domingos después de asistir a misa.

"Solo procura no hacer estallar nada otra vez, hermano", le dijo Archie. "No nos la vayas a espantar", rió suavemente para sí, continuando con su té con miel, divertido. Stear lo miró con molestia, pero no dijo nada más ya que el domingo pasado había estallado la ardilla mecánica que había preparado para sorprender a Candis, y que si Anthony no se la quita de las manos y la lanza de vuelta a la mesa, quizás la habría lastimado, quemando la mesa al desarmarse. Estaba tan apenado con ella. Igual Candy le había dicho muy amable que había sido una hermosa liebre el tiempo que duró - para no hacerlo sentir mal -. Solo para causar la risa de Archie y Anthony al saber ellos bien que, según Stear, se trataba de una ardilla y no de una liebre, como decía Candy.

De hecho, desde la fiesta que organizara la Tía Abuela Elroy hace casi medio año, Caroline Britter, la ahijada de la tía Elroy, había visitado más seguido la Mansión de las Rosas junto con su hija, de lo que alguna vez lo habían hecho los Legan, quienes ahora residían en Escocia, para alivio de los agradecidos primos Andley y de su tío William, quien fuera quien sugiriera a Thomas Legan hacerse cargo de los negocios de la familia en Edimburgo, dando así fin al acoso de su hija sobre su exasperado sobrino.

Por lo que ahora, la joven Candis Britter se había convertido en una amiga muy cercana y asidua de los tres nietos de la señora Elroy, visitándola ellos o viniendo Candy a la Mansión de las Rosas junto con su madre a tomar el té. La joven rubia, ya menos tímida, les compartía ahora su espíritu alegre, conversando con ellos y también ocasionalmente con el patriarca William cuando por casualidad llegaba mientras los sobrinos no estaban y su tía la invitaba a almorzar con ellos dos. Sus actividades eran variadas en la mansión de Lakewood junto a la familia, teniendo tardes de bordado con la tía abuela y con su madre y, sobre todo, cabalgatas en grupo con los primos Andley con los que se divertía grandemente con sus ocurrencias cuando ellos se tomaban un tiempo de sus actividades en el Consorcio, y la invitaban a pasear; y, ocasionalmente, también cabalgando junto con William Albert, y deteniéndose a conocer los animales silvestres que el patriarca sorpresivamente cuidaba en la propiedad como propios.

Ante la pequeña sociedad de Lakewood, los caballeros Andley tenían una bonita amistad con la heredera Britter, y las habladurías comenzaban a circular. Sin embargo, para la familia, en especial para la tía abuela, era una circunstancia que la alegraba. En especial, por uno de ellos.

Para los demás, sin embargo, de parte de la joven parecía no haber preferencia alguna.

Cada uno tenía su rutina. Por ejemplo, todos sabían que Anthony aprovechaba a cabalgar hasta la propiedad de los Britter al menos dos veces por semana, y pasaba saludando a las damas, mientras Candy cuidaba del pequeño jardín de rosas que había iniciado al frente de su mansión, asesorada por él. El joven Brower disfrutaba de enseñarle a su mejor amiga de Nueva York el arte del amor por las rosas y a ayudarle con su cuidado, mientras ambos aprovechaban a compartir amenas y extensas charlas, que hacían a Anthony, a veces, terminar siendo invitado a almorzar junto a ambas damas en la mansión Britter.

De igual forma, era conocida compañera musical del elegante Archibald Cornwell. Les gustaba hacer duetos y competencias al piano en cenas o tardes de té, ya que después de aquella icónica fiesta de abril, todos se había enterado de que la rubia era también una talentosa pianista, apenándose Archie de haber tratado de deslumbrarla con esa habilidad al conocerla, lo cual a Candy para nada le molestó.

Y con Alistear, era una aventura científica tras otra. El joven inventor Cornwell estaba fascinado con la valiente rubia por su falta de temor en probar junto con él sus inventos, a pesar de las protestas de su primo Anthony. Terminando una vez ambos en las aguas de un lago cercano, cuando el "Stearmóvil" que Stear conducía, perdió su timón nuevo en plena curva, cayendo él y Candis que iba de copiloto, con él al lago. Al menos los lentes de hule que ambos usaban y que Stear también había inventado, los hizo ver con claridad para salir a flote a la superficie del agua, sin despegárseles. Ocurriéndosele a Stear que talvez los lentes serían su invento. Unos lentes para nadar bajo el agua, y consideró seriamente patentarlo. Lo cual fue lo que menos les importó a Archie y a Anthony cuando se los contó al encontrarlos ellos dos llegando en otro vehículo, y verlos sentados y empapados junto a la carretera, sin auto. Ese fue uno de los regaños más fuertes que recibiera de la tía abuela al regresar con Candy empapada a la mansión.

Aparte de ese pequeño percance, la rubia disfrutaba de compartir las ocurrencias de su amigo inventor, y de las risas junto a su querido Anthony y a su elegante Archie. Y muy rara vez también junto a un atento William Albert.

En secreto, sin embargo, los jóvenes Cornwell estaban muy ilusionados con ella, y se molestaban mutuamente por ello, al igual que a Anthony, quien les seguía la corriente y se hacía el no correspondido. Porque desde aquella primera valiente carta enviada a Candis, a la mañana siguiente de su primer baile - al final, enviada a través de la sobrina del señor Whitman, que trabajaba con los Britter pero que había aceptado hacerlo una sola vez al principio, pero que por lástima, al ver la alegría de la rubia al recibir la misiva y de que al redactar su propia carta secreta de respuesta, se sorprendiera y entristeciera al saber que ella ya no se la daría de vuelta a su tío para que se la hiciera llegar al joven Brower, Melanie Whitman de Harris, señora casada de 35 años - con un corazón compasivo por la buena señorita Britter -, finalmente cedió y les permitió, para felicidad de los dos jóvenes rubios, convertir su correspondencia secreta en una actividad semanal, al aceptar ella intercambiarlas cuando visitara a su tío cada semana.

Así, con el paso de los meses, el intercambio de cartas de amistad entre los dos jóvenes herederos fue evolucionando poco a poco, aprovechando el secreto, convirtiéndose con el tiempo en cartas más personales, plasmando sus ilusiones y tristezas secretas, muchas no mencionadas nunca antes a nadie más, y que, al compartirlas entre ellos dos de esa manera, en bella caligrafía en sus cartas, los había hecho sentirse aliviados y comprendidos, y más cercanos uno al otro de lo que jamás se habían sentido de alguien.

Así, con el paso del tiempo, semana a semana, y mes a mes, fue creciendo entre ellos, como la misma rosa blanca que Anthony le regalase en secreto a Candy… - Una rosa blanca reina, a la cual dio el nombre de "Dulce Candy", en su honor, y de la cual trajera un ejemplar para que ella también colocara en su rosedal, para deleite de la rubia -, fue creciendo entre ellos aquel joven y mágico sentimiento que ahora connotaba una sincera admiración mutua y una franca confianza y complicidad.

Por lo que, desde aquel eclipse de luna y bella lluvia de estrellas de agosto, sin esperarlo, un enamorado Anthony Brower y una ilusionada Candy Britter descubrieron que aquel enamoramiento del comienzo ya no podía ser llamado más así, ya que a la luz de las estrellas se había transformado en algo mucho más grande y eterno, profundo y hermoso, que los hacía soñar despiertos cada vez que se encontraban, y que los hacía añorarse con locura cuando estaban separados.

Ambos sabían ahora que, además de querer siempre estar allí para el otro, los dos compartían también muchos puntos de vista sobre la vida y sobre su estatus social que los hacía ser empáticos hacia los menos afortunados a su alrededor. Deseando ambos en algún punto poder estar en disposición de ayudar más, de manera significativa.

Anthony se sentía tan confiado en los sentimientos de su pecosa que esa misma tarde, mientras la contemplaba tomar el té en la casa Britter, a donde todos habían sido invitados, como dijera Stear, viéndola sonreír y reír junto a sus primos y a su tío, sentados en los elegantes sillones de la sala principal, tras escuchar los merecidos elogios a su repostería, el muchacho Brower Andley no pudo evitar perderse en su fascinación por su bella anfitriona, hasta el punto de que, por un momento, vino de pronto a su mente una imagen tan vívida que lo abstrajo por completo de su entorno familiar… transportándolo a otro lugar.

Sin saber cómo, el joven rubio se encontró de pronto caminando por un bosque con altos árboles y troncos gruesos, en césped verde intenso, mirándose avanzar en medio de ellos, sin cuestionar su cambio de realidad y, descendiendo por la colina con facilidad… de pronto sus pasos se detuvieron al encontrarse con la visión de su pecosa riendo feliz, ataviada en un vestido largo blanco, con el cabello suelto, brillando dorado bajo el sol, girando con los brazos extendidos con total alegría, en una actitud de celebración y júbilo. Y en medio de esa feliz danza, casi infantil, de su pecosa, inesperadamente los ojos verdes de la joven se fijaron en los suyos, de pie frente a ella, reconociéndolo, y sin disminuir sus giros, le sonrió de una manera enamorada, volviendo su mirada verde a él tras cada giro, encontrando en sus ojos la mirada de amor más extraordinaria que jamás le habían dirigido en su vida… una mirada que le atravesaba el alma como un rayo de luz en medio de la noche, dispersando el dolor y la soledad, y que lo dejaba humilde, feliz y abrumadoramente agradecido al comprender sin palabras, en su sonrisa y celestial mirada, la inmensa y abrumadora fuerza de su incondicional y absoluto amor por él.

Fue como si el significado de toda su existencia se resumiera en esa escena, en ese abrumador sentimiento, en esa total verdad. Fue una escena tan vívida y significativa para él que, conmovido y abrumado, retiró, sin notarlo, su mano de la cornisa de la chimenea donde se encontraba apoyado en la realidad, haciendo resbalar un pequeño jarrón de cerámica, que cayó y se quebró en pedazos a sus pies, atrayendo de inmediato la atención de todos en la sala, y trayéndolo a él mismo de regreso a la realidad.

Anthony miró a sus pies los fragmentos dispersos y luego, como despertando de un sueño, miró a su alrededor, viendo sorprendido los detalles de lujo en el decorado salón, viendo que los árboles a su alrededor habían desaparecido y que ahora se encontraba de vuelta en la mansión Britter. Su Candy estaba igual frente a él, pero ahora sentada junto con sus familiares, mirándole con sorpresa en sus verdes ojos.

William Albert, sentado junto a ella, se puso de pie, al notar su expresión de confusión. "¿Anthony, estás bien?", preguntó su tío.

Anthony intentó sonreír y cerró sus ojos un momento intentando controlar los deseos casi incontrolables que tenía de ir hacia su pecosa y abrazarla en medio de todos, para no dejarla ir nunca más.

"¿Te sientes bien?", insistió su tío aproximándose a donde el rubio menor se encontraba.

Ambos son tan parecidos y diferentes, pensó Candy con cariño, al ver a William Albert apoyar su mano en el hombro del muchacho al llegar junto a él. Anthony era más joven, pero casi tan alto como su tío. Parecidos, pero totalmente diferentes en tantas formas, pensaba la rubia continuando con su apreciación silenciosa.

La madre de Anthony, Rosemary Andley, según le contara Anthony, le había pedido a su hermano menor, su tío William Albert, que cuidara de él al ella fallecer. Por lo que William siempre se mostraba muy aprehensivo en cuanto a los asuntos relacionados con su sobrino. De hecho, ella había notado que solo a él le decía sobrino, y que su actitud para con su amado príncipe siempre era casi paternal, a pesar de la poca diferencia en sus edades.

Anthony sacudió su cabeza con una apenada sonrisa. "Sí, tío William, estoy bien, descuida", le dijo. "Creo que me mareé por un momento", agregó, y luego volviéndose hacia la ahijada de la tía Elroy, continuó, "Lamento mi torpeza, tía Caroline. Espero no haber roto nada irremplazable".

"Descuida, hijo", le dijo la señora Britter sonriente, sentada en un sillón doble, junto a la tía abuela. "Olvídalo, era solo un adorno más. En un momento lo limpiarán", dijo mientras uno de los mayordomos ya estaba acomedido, recogiendo lo que quedaba del pequeño jarrón Ming.

"Lo siento en verdad. Ya lo puse en predicamentos." Le dijo Anthony al empleado mientras este recogía los pedazos, y le devolvía la sonrisa al cortés invitado, "Descuide, joven Andley.", le dijo, agradecido de que se dirigiera a él y no simplemente lo ignorara. Candy sonrió enternecida por su actitud hacia la servidumbre, mientras Anthony y su tío regresaban al círculo de amigos. Él siempre es tan considerado con todos… pensó la rubia con cariño. Otra razón más por la que ella lo admiraba tanto.

La tarde continuó sin mayor inconveniente para ambas familias, excepto por la actitud un tanto callada del rubio menor, y que solo Candy parecía notar. Anthony se debatía internamente en tratar de explicar lo que había experimentado de manera tan inesperada. ¿Qué podría significar? De su breve consideración, solo tenía clara una cosa, Candis Rose Britter era la mujer de su vida. De eso no cabía duda.

Sin que nadie lo notara, Candy le hizo un coqueto guiño al pasar junto a él para guardar unos álbumes que le había mostrado a la familia, de su viaje junto a sus padres a Tokyo cuando pequeña. El joven rubio sonrió divertido al haberla visto y notando que sus primos se volvían a mirarlo curiosos, dirigió su vista despreocupada hacia su tía abuela, despistándolos nuevamente.

Cuando la reunión terminó y ya se retiraban, dirigiéndose todos conversando hacia los dos vehículos que los esperaban al frente de la Mansión Britter, Anthony hábilmente hizo que Candy caminara con él de último, "¡Cielos!", dijo de pronto, "creo que olvidé el libro que me prestaste sobre la mesa de la sala, ¿o fue en la biblioteca?"

"¿El libro?", se sorprendió Candy, y viendo a sus ojos azules y leyendo su mensaje sin palabras, sonrió "¡Es verdad!", dijo feliz, "¡El libro! Te acompaño. Creo que sé dónde lo dejaste. Ahora volvemos.", dijo la joven rubia a Stear y a Archie, que caminaban delante de ellos, y los dos se regresaron con rapidez.

"No se tarden.", dijo un desconfiado Stear, viéndolos desaparecer de vuelta dentro de la propiedad.

La tía abuela Elroy los veía marcharse también mientras William Albert conversaba con la señora Britter sobre el último viaje que él había hecho a Sudáfrica un par de años atrás.

William Albert, inquieto como siempre, aprovechando que sus sobrinos estudiaban entonces en el Colegio San Pablo, como joven patriarca del Clan se había concedido un año sabático conociendo el continente africano que tanto lo intrigaba y fascinaba, gozando de experiencias felices y otras un tanto difíciles, que habían dejado una marca muy profunda en su vida.

Llegando ya cerca de la sala, y viendo que nadie los veía, Anthony haló a una divertida Candy bajo las gradas, detrás de unos grandes jarrones estilo chino - muy parecidos al pequeño que había quebrado ese día - y, tomándola en sus brazos, con una sonrisa en sus labios la besó con pasión, para felicidad de la rubia, quien de inmediato le respondió con una intensidad y adoración propias, dejándolo fascinado.

Poco a poco los impulsivos jóvenes apaciguaron su ímpetu, convirtiendo aquel beso lentamente en un momento dulce y memorable, en el que sus labios y sus corazones parecían compartían un atisbo de eternidad.

Entre suspiros y sonrisas de parte de ambos, Candy y Anthony se separaron y se vieron enamorados. El joven rubio se sonrojó entonces al recapitular sus recientes acciones, "Lo siento, pecosa," le dijo un tanto apenado. "Me temo que no pude evitarlo", y uniendo su frente a la de ella, acarició su tersa mejilla con ternura con su pulgar. "Es que no podía marcharme de Lakewood sin despedirme antes de ti.", le confesó.

La joven sonrió sonrojada y emocionada al escucharlo, pero luego su expresión cambió a una más triste, sosteniendo su mano en su rostro con una de las suyas. "Tú tío William dijo que solo serían tres semanas, Anthony, que regresarían a tiempo para la actividad familiar de finales de septiembre."

El alto muchacho asintió, su actitud era seria ahora. "Lo siento, Candy, no pude evitarlo. Esta vez tendré que acompañar a mi tío hasta La Florida." Dijo el joven Brower resignado. "Cuando regrese hablaré con ellos, como lo conversamos. Te lo prometo.", dijo ilusionado. "No hay nada que desee más, en este momento, que anunciarles cuánto te amo."

"Anthony…", Candy lo miró con ensoñación. Casi no podía esperar a que sucediera.

"¿Tú me amas, pecosa?", el joven Brower se atrevió a preguntar.

La mirada de la joven se sorprendió antes su pregunta, pero luego tomó una calidez que reflejaba la gran belleza contenida en su corazón, creando un deja vú para el muchacho, al recordar su reciente visión.

"Tú sabes que sí, Anthony…" susurró a sus labios, "Tú sabes que te amo.", le dijo su pecosa. "Desde siempre… y para siempre…" concluyó suavemente, y un nuevo beso, lleno de sentimiento, nació entre ambos.

Anthony besó finalmente su frente. Y se le quedó viendo, mientras acariciaba su rostro con ambas manos delicadamente, dándose un tiempo para admirar con embeleso sus dulces pecas, su fina naricita, su bello rostro de muñeca, su dulce expresión.

Candy notó su actitud contemplativa, y con un brillo especial en sus ojos, le sonrió, "¿Qué sucede?"

"Sucede que te adoro.", le respondió con sinceridad.

"Anthony…", dijo la joven rubia sin aliento al escucharle.

"Eres lo más bello que he visto en mi vida, pecosa.", le dijo sorprendiéndola aún más, mientras sus ojos le acariciaban también con la mirada. La imagen de su pecosa en aquel inesperado paraje, aún vívida en su mente, llenaba al muchacho de conmovida emoción. "Contaré cada minuto hasta estar de vuelta junto a ti, amor", le dijo con suavidad. "Pensaré en ti a cada paso del camino. Te lo prometo."

"Anthony…" la joven Britter ya no sabía ni qué decir. Su corazón latía con tanta alegría en su pecho al escucharlo, que las palabras se rehusaban a abandonar sus labios.

"Promete que pensarás en mí también mientras no estoy, pecosa", se atrevió a pedir.

Candy lo vio con ternura, acariciando ahora ella también su varonil rostro. "Siempre pienso en ti, Anthony mío…", le confesó tierna. "…siempre te llevo en mi corazón. Eres mi príncipe de las rosas", le dijo con sentimiento.

"Candy…" Anthony acarició su rostro con adoración, recordando aquel mágico momento en esa inesperada visión de amor. "Y tú eres mi mayor alegría, Candis Rose Britter," le dijo, "mi más grande victoria y mi más valioso tesoro en la vida", le confesó también, e inclinándose lentamente hacia sus labios, el alto muchacho la besó nuevamente de manera profunda, reafirmando cada palabra pronunciada con cada caricia de sus labios. Candy tembló en su abrazo, y profundizó el beso también.

Al concluir, juntaron otra vez sus frentes, disfrutando de su cercanía, con los ojos cerrados.

Luego de unos segundos, renuentemente, Anthony rompió el momento. "Cuídate, mi amor.", le dijo mirándola a los ojos.

"Tú también, Anthony." le dijo. "Al regreso abrígate bien en el tren. Allá hace calor, pero aquí estará aún más frío que ahora."

"Lo haré, amor." Le sonrió el rubio viendo su preocupación. "Descuida."

Candy le sonrió de vuelta.

"Disculpe señorita, ¿no ha visto por aquí a mi primo Anthony y a la señorita Candis?", la voz de Archie en el pasillo conversando con una mucama que pasaba los puso en alerta de inmediato. Anthony tomó entonces la tersa mano de la rubia y ambos se apresuraron a salir de su escondite sin que ellos todavía los miraran, y entraron rápido en la sala principal sin ser notados.

Archie se dirigió entonces a la sala principal, pero se detuvo de pronto. "Candy, Anthony, los estamos esperando.", dijo el apuesto castaño al verlos salir a ambos de la sala, conversando amenamente - Anthony con un libro en su mano -. Por suerte había una pequeña repisa de libros en la estancia que ambos pudieron aprovechar.

"¿Qué?", actuó sorprendido el rubio. "Lo lamento, Archie. Le pregunté a Candy sobre dónde había conseguido este ejemplar y se nos pasó el tiempo contándome la divertida anécdota que tuvo con el vendedor en Bruselas."

"¿Así?", dijo Archie, "¿Cuál anécdota?"

"Pues…", dudó asustada de pronto Candy.

"Una muy larga. Ya te la contaré yo después, Archie. - ¿Dices que nos esperan? -", interrumpió Anthony para salvar a su distraída cómplice. "Vamos pronto. O la tía abuela se molestará." Dijo avanzando hacia él y palmeando su hombro, convidándolo a avanzar.

Candy prefirió no mencionar nada y viendo a Archie solo se encogió de hombros y sonrió inocente, pasando con paso delicado frente a ellos, que como caballeros que eran, esperaron a que ella pasara primero y luego, codeándose, entre ellos, y molestándose divertidos, siguieron a la discreta dama que solo sonreía sin voltear a ver a los dos juguetones primos.

Al llegar finalmente afuera, William Albert esperaba afuera junto a la portezuela abierta del primer vehículo.

"Al fin.", dijo un tanto molesto. "¿Qué los detuvo tanto?"

"Fue mi culpa." Intervino Candy rápidamente interrumpiendo el intento de respuesta del rubio. Y colocándose junto a su madre en el descanso de las gradas de ingreso, continuó. "Me puse a contarle a Anthony una anécdota cuando al fin encontramos el libro y me temo que lo entretuve de más. Disculpa, William."

La expresión del patriarca se suavizó de inmediato. "Descuida, Candy. No es para tanto. El tiempo vuela a veces."

"Será mejor que nos vayamos ya, William." Intervino la tía abuela desde dentro del vehículo, un tanto impaciente.

"Por supuesto", se volvió William Albert hacia ella y luego hacia sus anfitrionas, "muchas gracias por todo otra vez. Fue una tarde encantadora. Anthony y yo las veremos a nuestro regreso del viaje." Dijo mientras se acercaba a ellas y besaba caballerosamente la mano de ambas en despedida. En especial la de Candy. Sus sobrinos solo asintieron corteses desde lejos y, volviéndose, se dirigieron al segundo vehículo conducido por Stear, mientras el patriarca regresaba y entraba al primer vehículo, mientras el chofer cerraba la portezuela tras de sí. Yendo él y la tía abuela juntos.

"Hasta pronto." Dijo Anthony antes de entrar junto a Archie en el auto de su primo mayor. "Las veremos el día de la cacería del zorro."

Candy sonrió de vuelta. "Hasta pronto, Anthony. Archie y Stear.", agregó feliz, saludándolos con su mano. Y con el estruendo de ambos motores, vio junto a su madre cómo los dos lujosos vehículos arrancaban y se alejaban con los últimos destellos del día, por la larga entrada de la mansión Britter.

"Solo espero que tu padre vuelva a tiempo, para participar en la actividad familiar con los Andley." Comentó de pronto la señora Britter, desconcentrando a su hija de la escena de ver hasta el último segundo cómo salía el vehículo donde viajaba su amado.

"¿Padre vendrá?", preguntó sorprendida entonces.

"Por supuesto, cariño.", le dijo su madre viéndola a los ojos. Su bella hija era todo su orgullo. La joven rubia era ahora ya casi tan alta como ella. La señora Elroy estaba impresionada con su porte y gentileza. La señora Britter acarició con cariño su cabello dorado, no podía sentirse más feliz. "Es una actividad a la que tu padre no podría faltar", le dijo orgullosa, y luego la convidó a entrar junto con ella de vuelta a la mansión.

Candy sonrió ilusionada. Eso ayudaría mucho a sus planes.

Mientras el auto avanzaba, Anthony escuchaba conversar a sus primos sobre lo divertido de la reunión y de lo excepcionalmente bella que se veía Candis esa tarde, sin ponerles realmente mucha atención. El joven Brower sentía absoluta confianza respecto a su secreto noviazgo con la heredera Britter, por lo que estaba totalmente seguro de que la noticia sería una gran alegría para su tía abuela al informarle, aunque no estaba muy seguro aún de cómo lo tomarían sus dos primos.

Solo esperaba que Stear y Archie aceptaran la noticia con la misma caballerosidad que siempre los había distinguido, alegrándose por Candy y por él. Lo entristecería verdaderamente una ruptura en su convivencia familiar, si no lo hacían. Pero después de todo, su Candy bien valía el riesgo.

Y así, bajo la luz del atardecer, ambos vehículos continuaron su camino de vuelta hacia la Mansión Andley.

Sería una larga espera de tres semanas para los dos jóvenes enamorados.

Continuará…

¡Gracias por leer!

¡Mil gracias por sus comentarios, queridas Sharick, Anguie, Guest 1, Guest 2, Guest 3, Guest 4, Guest 5, Guest 6, GeoMtzR (¡Me mataba de la risa con lo del caldero! ¡Ji, ji, ji!), Guest 7 y Guest 8! ¡Me alegro mucho de que les haya gustado el capítulo anterior! ¡Gracias por tomarse un momento para comentar!

¡Y muchas gracias, judithtorres, por agregarla a tus favoritos y darle seguir! ¡Gracias, amiga!

Espero les haya gustado este capítulo también. Como ven el romance se desarrolla.

¡Muchas bendiciones a cada una!

lemh2001

29 de octubre de 2023

P.D. La continuación se publicará este jueves. Hgs!