¡Muy buenas noches a todos! Con mucho agrado les comparto la continuación de nuestra historia. Gracias por acompañarme en esta aventura tan especial. Continuamos…

"UNA VISIÓN DE AMOR"

CAPÍTULO XIII

Stear y Archie habían llorado cuando les permitieron finalmente saludar a su primo Anthony, luego de despertar él tras casi dos días de angustiosa incertidumbre. Ambos hermanos Cornwell estaban extasiados ahora de ver al rubio mucho mejor, borrando de su mente la imagen de pesadilla que los había atormentado al ayudar a su tío David a trasladar y bajar a su primo de la carreta donde lo habían regresado a la casa, con su cabeza y traje ensangrentados y para ellos, casi muerto.

Dos semanas y media luego del accidente, finalmente se sentían confiados de que las cosas iban definitivamente a mejorar. De hecho, los últimos dos días habían tenido que entretener a su primo por las mañanas, aduciendo querer compartir con él el desayuno en su habitación, ya que Candy había comenzado con vómitos matutinos por su embarazo y el olor a huevo y café la descomponía totalmente, y ella quería darle la noticia de manera especial, sin que las pistas lo hicieran enterase por sí mismo. A pesar de saberse ya casados, y habiendo recibido Anthony la bienvenida de parte de los señores Britter a la familia en una breve pero emotiva visita que le hicieran a su habitación, estando Candy sentada junto a él a los pocos días de él reaccionar - a pesar de ello -, Candy continuaba durmiendo en la habitación que William Albert le había asignado al inicio, ya que la enfermera y el doctor Miller continuaban atendiéndolo 24/7, estando siempre pendientes de él. Aunque el muchacho ya se levantaba de la cama para caminar un poco ayudado por un bastón, el doctor aún no había autorizado que se extenuara intentando salir siquiera de su habitación.

De cualquier forma, la tía abuela había inmediatamente solicitado la compra e instalación de un ascensor en el salón mayor de la Mansión Andley, aunque su nieto no lo utilizara todo el tiempo luego de lo que esperaba ella con esperanza fuera una definitiva recuperación. Era favorable para la familia que la empresa que los fabricaba perteneciera directamente al Consorcio, facilitando así su instalación, tras su petición, en tiempo récord.

Sin embargo, a pesar de los avances en su recuperación - ya que el collarín cervical se le había retirado 4 días atrás -, el joven Brower aún mostraba ciertos problemas de memoria, recordando bien unas cosas y otras no tanto, como había comentado a Candy a los pocos días de él despertar. No recordaba con claridad varias situaciones de su niñez, o algunas celebraciones en el San Pablo de cuando estudiaba en Inglaterra, que sus primos a veces le mencionaban. O algunas conversaciones con sus primos de los últimos meses, pero en especial, no recordaba con claridad el viaje junto con su tío a La Florida, ni el comienzo de la actividad de cacería del día de su accidente, como había dicho. Solo recordaba la plática con Candy vagamente en los jardines y tenía una noción de haber hablado con su tío y su tía abuela sobre su situación… pero no recordaba exactamente la conversación, ni siquiera recordaba haber subido a su caballo el día del accidente o siquiera, para secreto dolor de la pecosa, como le contara, su noche especial en su colina, más de dos meses atrás. Esto consternaba a Candy al ver que la situación a veces parecía frustrarlo bastante, pero al mismo tiempo a ella le daba cierta tranquilidad, al saber que al menos, por lo pronto, su adorado amor no era torturado por el recuerdo de ese día terrible para ambos. Si podía escoger, prefería sufrirlo ella sola, como lo había hecho hasta entonces, ahorrándole a él ese pesar.

"Bien, Anthony", le decía el doctor Miller esa noche de la tercera semana de octubre, estando su paciente sentado en uno de los sillones de la cómoda sala de su habitación. "Tu brazo, como te expliqué por la mañana, va muy bien. Por eso quitamos la férula que te construyó tu primo y deberás usar ahora solo ese sencillo cabestrillo de tela durante el día, por una semana más. Luego comenzaremos con la fisioterapia para reestablecer la movilidad y la fuerza en tu brazo."

"Gracias, doctor Miller.", dijo emocionado su joven paciente, tocando su propio brazo en recuperación en el cabestrillo blanco. Los raspones - e incluso la herida que no recordaba le había hecho su tío en la comisura de su labio -, ya no se notaban más. Solo la herida en su frente, de la cual ya habían retirado los puntos, era visible aún, aunque su crecido cabello casi lograba ocultarlo por completo.

"Por lo demás, parece que todo está normal." Continuó el doctor. "Como quedamos, a partir de mañana, dejaremos que tu familia esté pendiente de ti, y yo vendré cada fin de semana a hacerte un chequeo de seguimiento. Esperaremos también una semana más para que salgas de la casa, pero como tengo entendido que ya está instalado un ascensor, no veo problema en que te movilices a otros salones de la mansión, pero por lo pronto, preferiría que lo hicieras en silla de ruedas, por las distancias.

"¿Es eso necesario, doctor Miller?", preguntó el rubio no muy convencido de trasladarse en silla de ruedas por la residencia.

"Por lo pronto sí, me temo. Nada de esfuerzos innecesarios para tu espalda, o el dolor de tu pierna puede empeorar." Era una de las secuelas de su golpe que a veces no lo dejaba conciliar el sueño o le molestaba durante el día. El doctor ya le había aclarado que la molestia podía persistir por varios meses, pero que con terapia de frío-calor, y algunos analgésicos, podría recuperarse con paciencia. "Aprovechando que tu casa tiene piscina techada y climatizada, te dejaré algunos ejercicios qué realizar en ella a partir de la siguiente semana, tanto para tu brazo, como para tu espalda. Ya le aclaré a tu tío también que tus atribuciones dentro del Consorcio deberán cesar al menos durante un año." dijo el galeno.

"¡¿Un año, doctor?!", se sorprendió el muchacho. "¡¿Pero por qué?!", dijo contrariado.

El doctor Miller lo miró comprensivo y se sentó junto a su consternado paciente, habiendo entablado ambos una relación médico-paciente muy cercana en las últimas dos semanas y media. El joven Brower insistía en que no se le ocultara nada, sin importar lo duro que esto pudiera ser, para preocupación de su tía abuela y de Candy.

"Anthony," le dijo el doctor Miller con seriedad, "lo que viviste fue una situación extremadamente grave. De hecho, aún me maravilla y alegra muchísimo tu recuperación. Es un verdadero milagro, muchacho. Tu esposa Candy y tu familia son testigos de lo difícil que fue. Así que, por favor, cero esfuerzos, Anthony. Las angustias del trabajo o el cansancio mental están incluidos en la clasificación de esfuerzos. Lo cual me lleva a otro punto más." Le dijo con seriedad. "Quiero aconsejarte que restrinjas tu vida marital con tu esposa al menos dos meses más. Y cuando lo reinicies…"

La escogencia de palabra sorprendió al muchacho.

"… intenta limitarlo a máximo dos veces por semana durante los siguientes tres meses antes de-"

"¿Reiniciar, doctor?", preguntó el muchacho extrañado.

De pronto el médico se dio cuenta de su desliz. "Sí, bueno…" se contrarió. "Es parte de las precauciones, Anthony. No quiero una subida de presión demasiado constante durante el primer año. Hay que darle tiempo a tu organismo a reponerse por completo. Sobre todo, a tu espalda."

Anthony lo miró confundido. "Pero, doctor Miller, habla como si yo-"

"¿Sabes qué?", lo interrumpió el galeno. "Lo conversaremos con más calma la próxima vez. Solo recuerda, obedece a tu enfermera particular mientras Mallory y yo no estamos." El doctor le sonrió poniéndose de pie, la enfermera se había despedido ya de la familia desde el almuerzo. Candy lo había cuidado con tanta dedicación durante esas semanas, que no habían contratado a nadie más y habían decidido dejarlo a su cuidado. Tienes alma de enfermera, Candy, le había dicho una vez el doctor Miller a la joven pecosa, al ver lo mucho que aprendía de Mallory, y al verla con libros de enfermería de la biblioteca que leía mientras Anthony dormía.

"Por eso no se preocupe, doctor.", dijo Anthony distrayéndose con la mención de su pecosa. "Candy ya me advirtió que Mallory le ha dado un curso intensivo para mi tratamiento y me advirtió que no tenía la menor intención de permitirme extralimitarme en nada", sonrió enamorado pensando en su enfermera favorita. "Pero en cuanto a eso último que me mencionó sobre reiniciar nosotros-"

"¡Cielos! ¡Yo creo que ya se me hizo tarde!" El galeno vio su reloj de bolsillo preocupado. "Esta noche regresaré por primera vez a dormir a mi casa y mis nietos están emocionados. Haremos una fogata en el patio de atrás y asaremos manzanas. Y no quiero llegar tarde. Bien, Anthony, te veré el próximo fin de semana. Y otra vez, obedece las instrucciones que te dejé con Candy."

"Pero, doctor…", trató de retenerlo el muchacho.

"¡No!", dijo el doctor Miller, "no te levantes. Tu esposa no tarda en venir con tu cena. Mi carruaje espera. Te veré en unos días más. ¡Hasta pronto!", dijo el doctor y sin esperar a que le dijera algo, salió de la habitación, cerrando la puerta tras de sí.

"Pero si ni siquiera me dejó agradecerle.", dijo el joven Brower, extrañado por su repentina prisa.

"¡No se lo dijo, ¿verdad, doctor Miller?!", dijo una consternada Candy momentos más tarde, al toparse con el apenado doctor en el pasillo del segundo piso, luego de que ella subiera el carrito de servicio por el nuevo elevador, y que él le contase lo sucedido en la conversación con su esposo.

"Lo siento, Candy.", le dijo apenado el médico. "Por un momento, se me pasó. Pero no, no le he dicho nada en realidad. Solo prepárate porque tu esposo, ya sabes cómo es. No se queda con dudas, y no se conforma con medias respuestas."

Candy se preocupó. "Es verdad. Creo que tendré que adelantarlo todo.", dijo frunciendo el ceño, pensativa.

"Sí. Mejor. Bien, hija, debo informar de todo al señor William antes de retirarme. Te veré el próximo fin de semana, Candy. Vendré alrededor del mediodía."

"Gracias, doctor Miller. No sabe lo agradecidos que estamos todos." Cambió la expresión de la muchacha. "Pero en especial yo, me siento totalmente en deuda con usted. Anthony es lo más importante en mi vida.", le dijo sincera la joven.

"Es mi profesión, Candy." Le sonrió gentil el canoso galeno. "Pero me alegro mucho de que todo se esté resolviendo bien para ambos."

"Gracias, doctor", sonrió la pecosa.

"Y recuerda cuidarte tú también.", le dijo amable.

"Lo haré, doctor Miller.", se sonrojó una vez más la rubia. A pesar de que todo había encontrado su cause a lo largo de esa turbulenta experiencia, no podía dejar de apenarse de que todos supieran de su breve desliz con su ahora adorado esposo. De no haber sido por lo sucedido, sentía que la noticia de su bebé quizás no habría sido tan bien recibida como lo había sido hasta ahora. La tía abuela sobre todo, que hasta el baby shower para ella estaba planeando en secreto para el próximo año. Su madre se lo había contado porque no se callaba nada con la alegría e ilusión que tenía también por su futuro primer nieto. Y, claro, también por su matrimonio inesperado con el rubio menor del Clan. Eso le había ganado, sin pensarlo, una inmunidad total contra cualquier reclamo.

Candy sacudió su cabeza sonriendo al recordar la alegría de su madre, y siguió su camino hacia la que, hasta entonces, fuera la habitación de su príncipe.

Anthony miraba hacia la chimenea de manera pensativa, cuando escuchó que tocaban y se abría la puerta, viendo entrar luego a su sonriente esposa. ¡Su esposa!, todavía no podía creer su suerte. La sonrisa de la pecosa al verlo iluminó también su expresión de inmediato. Ella había sido su ángel durante esas dos difíciles semanas y media de recuperación, estando con él en todo momento, desde lo doloroso de sus primeros pasos al levantarse por primera vez de la cama, hasta a ayudarle a distraerse de su dolor de espalda, contándole anécdotas de sus días en el Colegio San Pablo, donde por lo que le comentaba, había sido más traviesa y aventurera en ocasiones de lo que la tía abuela se había imaginado.

Sobre todo, con respecto a esa escapada para visitar el zoológico un día en que sus padres no habían podido ir por ella por estar fuera de la ciudad, ayudando a una de sus conocidas de un año superior a ella a llevar a su mascota escondida, una tortuga, a que recibiera asilo en aquel lugar antes de que las superioras se la encontraran. Lo que no mucho le había parecido era escuchar el relato de lo que él consideraba el acoso ocasional de un estudiante de su mismo año en el San Pablo, pero de otra clase, que parecía concordar siempre coincidentemente con la pecosa, un joven aristócrata que sus primos le habían mencionado a Anthony él lo conocía también como ellos, tanto por los castigos que recibía por su mal comportamiento, como por las veces que habían escuchado le habían condonado fuertes castigos las madres de la institución en deferencia a su rico padre y a sus generosas donaciones al colegio. Repitiendo el último año, sin embargo, a pesar de su alcurnia, tras graduarse ellos tres.

Por las historias que escuchó de parte de Candy y de sus primos, a Anthony le pareció un tipo que parecía realeza solo en el papel, pero no de acción. Y aunque no recordaba bien haberle conocido, se sorprendió de sentir unos celos terribles en su contra, al escuchar de Candy sobre sus encuentros casualmente furtivos, comentándole sobre ellos la rubia sin ninguna malicia, más bien, en total inocencia de lo ocurrido, incluso de la vez que se metió a su habitación por "error" estando él herido por una pelea callejera. Ella se lo contaba con una inocencia que a él le enternecía ver en ella, pero que también comprendía con enfado era una disculpa que no podía aplicarse al susodicho duque engreído. Sobre todo, la parte en que casi los atrapan por causalidad en los establos, por ir ella a escondidas a visitar los caballos del colegio y él estar allí, habiendo notado sus escapadas nocturnas para llevarles manzanas de su cena a los equinos.

De hecho, su primo Archie le había contado también, a parte, de que Grandchester - como se apellidaba de muchacho aristócrata -, se había enfrentado con el rubio en una lucha de esgrima y en una carrera a caballo a través de las instalaciones de la institución, por grandes discrepancias que tenían entre ambos, las cuales Anthony, para su doble molestia, no recordaba, pero que Archie y Stear le habían asegurado había terminado ganado él en secreto, a riesgo de ser expulsado. Stear también le aclaró que la disputa tenía que ver con la familia Andley y con el marcado desprecio del chico de cabello castaño y ojos azules, por la gente de América… cosa que le volvió a disgustar al solo escucharlo. Candy les contó por su parte de que había escuchado de esos sucesos secretos a su regreso de Escocia, ya que por ese entonces había tenido un permiso especial de casi cuatro meses porque su abuelita Irene se había enfermado y con sus padres se la habían pasado acompañándola en sus últimos días, hasta su deceso a finales de ese año.

Mi Candy es tan dulce, pensó Anthony al recordar el cariño con que le había hablado de su abuelita de niña y de sus días finales junto a ella en su bella casa en los Bosques Anagach, en las tierras altas del norte de Escocia.

"Pasa, Candy.", dijo el joven regresando al momento presente.

"Amor, espero que tengas mucha hambre.", le dijo feliz la pecosa deteniendo el carrito de servicio que llevaba junto al pequeño amueblado de comedor en la habitación.

Candy le sonrió sonrojada a su esposo al ver su expresión hacia ella. Le encantaba ver su reacción cada vez que ella entraba a una habitación donde él se encontraba. Aunque suponía que era una reacción muy parecida a la que ella tenía cada vez que lo miraba, desde que lo conoció. No sabía si era el embarazo o qué, pero casi no podía permanecer lejos de él. Le creaba ansiedad la separación, incluso al dormir. Pero eso llegaría pronto a su fin.

"Siento la tardanza, amor," continuó "pero me quedé conversando con la señora Elroy sobre el menú del resto de la semana para las comidas de la familia."

Anthony le sonrió, "¿La tía abuela te ha compartido esas tareas en la casa, amor?"

"Sabes que no me gusta que improvisen", le sonrió, preparando la pequeña mesa de comedor para ellos dos.

Los platos ya venían servidos y ella retiraba la tapadera de plata de las bandejas y los colocaba en cada lugar, colocando a un lado los cubiertos. Ella insistía en atender sola a su esposo ahora que podían estar solos.

Anthony se levantó lentamente del sillón donde estaba, o al menos lo intentó la primera vez sin lograrlo.

"¡Oh!, ¡Espera, amor! - Te ayudo. -", dijo la rubia acercándose a apoyarlo, haciéndole contrapeso para que pudiera ponerse de pie.

"Gracias, amor.", dijo el rubio irguiéndose, mientras Candy le acercaba su bastón a su mano libre, sin cabestrillo, para aproximarse caminando él despacio a la mesa.

Anthony suspiró al finalmente sentarse con la ayuda de Candy. Ella comenzó a servir el té para ambos y viendo su plato él notó que la carne magra y asada ya venía partida en pedacitos, al igual que las verduras. El rubio suspiró, tomando su tenedor. "Gracias, amor. Archie me ayudó con mi baño anoche, y Stear con vestirme esta mañana. No digamos mi tío con acompañarme y entretenerme mientras tú y tu mamá recibían esa visita de su amiga en tu antigua casa" - En realidad se había tratado de un chequeo de su embarazo al que fue acompañada de su madre al hospital más cercano por instrucciones del doctor Miller. - El joven rubio suspiró. "A veces siento que me he convertido para todos en una verdadera carga…", dijo con desánimo.

"Anthony, no digas eso.", le dijo la rubia con ternura, alcanzándole su servilleta de tela y colocando una aromática taza de té de manzanilla frente a él. Luego sirvió otra taza con agua caliente y le dejó caer dos rodajas cortadas de limón, para ella.

"¿No tomas té hoy tampoco, amor?", preguntó el rubio extrañado, conociendo su gusto por él.

Candy se sorprendió. "Pues… prefiero por lo pronto el agua caliente y el limón. Me ha ayudado a dormir mejor últimamente."

"¿No has dormido bien? ¿Te he quitado yo el sueño, Candy?", dijo preocupado de escucharla.

"Pero ¿qué dices, Anthony?", le replicó de inmediato su esposa tomando asiento frente a él. "Por supuesto que no.", le dijo con una actitud liviana. "De hecho, saber que estás mejor es lo que más me ha hecho sentirme tranquila y feliz, mi príncipe." Ella colocó elegantemente su propia servilleta en su regazo y alcanzó a su mano sobre la mesa con la suya, sonriéndole. "Poder estar contigo estos días ha sido importante para mí, amor. Solo quiero que estés bien.", le dijo sincera.

"Gracias." Anthony sonrió un tanto apagado. Esa era una de las cosas que había traído su recuperación, una latente tristeza en el rubio que no podía explicar, y que a veces lo hacía manifestar cierta irritabilidad al no poder hacer las cosas por sí solo, como lo hacía antes. Pero ya el doctor Miller les había explicado a todos que, según estudios recientes, esa actitud era normal después de un golpe tan severo. Por eso había aconsejado evitar cualquier estrés extra para él, no volviendo a las actividades del Consorcio en los meses subsiguientes, mientras se recuperaba.

"No tienes por qué comer lo mismo que yo, pecosa.", le dijo viendo su plato con el ceño fruncido, mientras ella soltaba su mano y tomaba también su cubierto para comenzar su cena.

"No tiene nada que ver contigo, Anthony." Le dijo la joven, llevando luego el primer bocado de sus verduras a su boca, saboreándolas. Ella sonrió, "Es que el doctor también me recetó menos grasa en mis comidas y más verduras."

"¿Estás enferma?", dijo él, preocupándose de inmediato.

En realidad, Candy había decidido comer dieta igual que su esposo para que no se sintiese mal, y complementaba su alimentación durante el día, con mucha fruta y vitaminas que le había dejado el doctor. Y uno que otro pastel y galletas. ¡Sobre todo de chocolate!

"Nada de eso.", le dijo tranquila. "De hecho creo que estoy engordando un poquito y por eso me cuido." Le comentó sonriente, bebiendo de su taza. "Quiero estar linda para mi esposo."

"Siempre estás preciosa para mí, Candy." Le sonrió el rubio enamorado. Mas, cambiando de ánimo nuevamente, la vio con desconfianza luego de un momento. "¿No estarás ocultándome nada importante, verdad, Candy?", dijo.

Candy casi se atraganta al escucharle. Él se disculpó de inmediato al ver que la había atragantado. "Estoy bien," sonrió la rubia, "Es solo que… ¿por qué me preguntas algo así?", dijo cubriendo su boca con su servilleta, secando sus labios.

"Perdóname otra vez, pecosa. Es que a veces, cuando estoy con los demás y los pesco mirándome de pronto, en sus expresiones pensativas no sé, siento… - no pena, en realidad, porque parecen felices -, pero me da la impresión de que ellos me ven sabiendo algo que yo no.", le trató de explicar.

Candy se apenó al escucharlo. Y es que todos estaban tan felices con la noticia del futuro miembro de la familia, que solo era insistencia de ella el mantener el secreto, ya que quería darle una sorpresa especial a su adorado esposo. Lo cual le recordaba apresurarlo esa misma semana.

"Ellos están felices por ti, Anthony. Por nosotros." Ella trató de calmar sus ansias. "Eso es lo que tú percibes. Incluso tu tío ha pospuesto varios viajes al extranjero para no alejarse de ti.", le dijo.

Anthony asintió y volvió a tomar su cubierto, "Es verdad.", dijo menos preocupado y reanudó sus alimentos en silencio. Ella lo imitó.

"Sabes…" dijo él, luego de un rato de comer ambos en un cómodo silencio. "Eso también me preocupa en cierta forma", admitió, pero divertido. "Mi tío está más aprehensivo conmigo que antes." Sonrió recordándolo. "Incluso me prohibió cabalgar o conducir cuando ya me sienta mejor, si no voy con él o acompañado.", dijo sacudiendo su cabeza.

Candy sonrió junto con él. "Lo ves."

"Olvida que ahora que tú y yo también firmamos nuestra acta de matrimonio civil" – Había sido en una pequeña ceremonia en esa misma habitación, la semana anterior, cuando Anthony se sintió mejor. - "…soy un hombre legalmente casado, y seré ahora incluso más independiente de la familia de lo que era antes", añadió con una sonrisa, tan confiado como antes, siendo él mismo otra vez, lo cual alegró el corazón de Candy.

"No se crea, mi querido señor Brower.", dijo la rubia entonces, también juguetona, "Como dijo bien usted, ahora es un hombre casado, y yo tampoco lo perderé a usted mucho de vista en el futuro inmediato, así que no espere tampoco, de mi parte, andar seguido por allí sin custodia."

Anthony río con un corazón feliz al escucharla, lo cual fascinó a la rubia. Extrañaba tanto verlo reír así.

"Pues estaremos a mano entonces, mi señora Brower. Porque yo, no más me recupere de esto, no la perderé tampoco a usted para nada de vista. No la dejaré tranquila, ni de día y, más que nada, ni de noche.", le dijo con una mirada significativa que dejó a la joven esposa con el tenedor a medio camino de sus labios, poniendo de pronto en alerta todos sus sentidos. Anthony sonrió complacido por su reacción y mirándola con intensidad, bajó su mirada de sus verdes ojos hacia sus, de pronto, trémulos y entreabiertos labios, dejando a Candy totalmente abrumada con el repentino deseo que sintiera por él, al sentir casi como si la besara con la mirada.

Alguien tocó de pronto a la puerta de la habitación, interrumpiendo su pequeño interludio.

Anthony volvió su mirada hacia la puerta y luego, al regresarla frente a él, encontró a su bella esposa, sonrojada, mirándole. Ambos sonrieron cómplices entonces, riendo levemente, sorprendidos y maravillados por la inesperada seducción que habían compartido y, a pesar de su actual estatus marital, se veían también apenados. Anthony por ser tan directo con ella, estando recién casados y sin tener intimidad; y Candy, porque hubiese deseado interrumpir su cena de inmediato para que su esposo cumpliera esa promesa en ese instante.

"A… Adelante.", logró articular la pecosa, apartando su mirada de su marido y viendo hacia la puerta cerrada, con el calor de su deseo recién descubierto aun a flor de piel.

"Buenas noches, señores Brower.", dijo atenta la mucama Dorothy al ingresar a la habitación, haciendo una pequeña reverencia. "La señora Andley manda a que acomodemos parte del equipaje que llegó esta tarde para la señora Candy. Lo dejaremos y esperaremos a que terminen su cena para acomodarlo."

"¡Ah! ¡Es verdad!", dijo la pecosa limpiando sus labios elegantemente con la servilleta de tela nuevamente y poniéndose de pie emocionada. "Mamá me prometió mandar ropa nueva para mí. Disculpa, amor", le dijo al rubio. "Solo será un momento. Pediré que lo hagan de una vez."

Anthony asintió, y vio curioso, ataviado él en su pijama y bata azul, cómo entraban saludando dos mayordomos cargando un pesado baúl que Candy indicó dejaran junto a la cómoda del rubio, yéndose ellos de inmediato, escuchando él a Candy instruir a Dorothy que colocara sus vestidos en el ropero del cambiador, y sus camisones y ropa interior en una de las gavetas donde ella misma había despejado un espacio, junto a la ropa del rubio. Y las cosas de su neceser que por lo pronto las colocaran sobre la cómoda, junto al espejo de mesa que venía en el baúl, regalo que le diera su padre, adquirido en París para ella en sus dulces dieciséis.

Luego de dejar a Dorothy realizando su labor, la joven pecosa regresó a la mesa sonriendo.

Anthony la miró intrigado. "¿Esto quiere decir que…?", preguntó con expectativa, con una creciente sonrisa.

"Esto quiere decir, señor Brower…" dijo ella formal, "…que esta noche tendrá que darme posada por primera vez en su habitación."

"En nuestra habitación.", le corrigió él con una sonrisa.

"Nuestra habitación.", corrigió ella. "Claro, eso, a menos que usted prefiera descansar solo esta noche", le dijo tratando de no sonreír, ofreciéndole lo imposible.

Encantado con la actitud juguetona de su pecosa, Anthony rió pero discreto, recordando la presencia de la mucama aún en la habitación. La sonrisa de su príncipe era espléndida al mirarla. Y alcanzando su esposo por su pequeña mano al otro lado de la mesa, él la tomó y la llevó a sus labios, besándola delicadamente, sin apartar su mirada enamorada de la de su esposa. Y luego, poniéndose de pie despacio con el apoyo de la mesa…

"Anthony…", dijo su pecosa sorprendida, al verlo ponerse de pie y caminar hacia ella sin ayuda del bastón, y deteniéndose junto a su silla, el rubio se agachó despacio hacia su sorprendido rostro, tomando su mejilla con su mano libre, una sonrisa iluminó entonces su varonil al mirarla.

"Bienvenida a casa, señora Brower", le dijo el rubio en un susurro íntimo, cerca de sus labios, y viéndola sonreír en respuesta, Anthony cerró el espacio entre ambos y la besó. Cerrando sus ojos, ambos esposos se abandonaron al sentimiento sublime que embargaba en ese momento sus corazones, olvidando de pronto todo a su alrededor, excepto la alegría de saberse para siempre juntos. Candy acarició también su rostro y luego su corto cabello, mientras lo besaba de vuelta con total fervor.

Unas horas más tarde, tras retirar la servidumbre el carrito de servicio y preparar la cama y chimenea para ellos, y recibir Anthony la ayuda de Archie para su ablución nocturna, la tía abuela les pasó deseando brevemente buenas noches a ambos, tal como lo acostumbraba hacer desde el inicio de la convalecencia de su nieto. Y luego, al finalmente quedarse solos, la puerta de la habitación se cerró por primera vez con llave desde adentro, para pasar la noche sin interrupciones.

Candy se apresuró a ayudar a su esposo a acomodarse finalmente en la ahora cama matrimonial de ambos, luciendo ella, para su pesar, el camisón blanco más recatado que su madre pudo conseguirle en el pueblo, tratando de no perder su elegancia y belleza. La joven señora Brower apagó la lámpara del lado de su esposo y luego dirigiéndose al otro extremo de su cama compartida, entró también bajo las finas sábanas, bajo la mirada atenta y feliz de su sonriente esposo.

Lamentablemente, por su espalda, Anthony acostumbraba por entonces a dormir de lado, con una almohada entre sus piernas, para dar comodidad a su espalda baja, y Candy, tras apagar la luz de su mesita de noche, recostándose de lado también, quedó de frente hacia él, en la penumbra de la habitación iluminada por la tenue luz de la chimenea.

"¿Te sientes cómodo, amor? ¿Estás bien así?", preguntó la rubia suavemente a su esposo, quien, a pesar del leve dolor en su cintura, disfrutaba de la alegría de ver a su pecosa finalmente a su lado, en su propia cama, en su propia habitación. Claro que debía reconocer que esa escena la había imaginado de una manera bastante diferente y bastante más apasionada de la que vivían ambos en aquel momento. Pero igual, para ambos, era un momento trascendental y memorable en sus vidas.

Él tomó su mano entonces sobre la blanca sábana sonriéndole. "Sí, amor.", le respondió el apuesto muchacho, con sus rasgos tenuemente iluminados por la luz de la chimenea, tras ella. "Creo que, a pesar de las circunstancias, nunca he estado mejor en mi vida." Le dijo sonriéndole.

"Anthony…", le dijo la rubia conmovida, con su cabello suelto, sujeto a un lado, sobre su hombro, por una cinta blanca.

"Eres lo mejor que me ha pasado en la vida, pecosa." Le dijo el rubio con seriedad. "No sabes… cuánto agradezco al cielo que te haya puesto en mi camino y que estemos juntos ahora."

La pecosa le sonrió tierna también, "No puedo creer que finalmente estemos juntos, Anthony… mi príncipe", le dijo con lágrimas contenidas.

Él levantó su mano y acarició su mejilla con ternura. "Ojalá pudiera darte la noche de bodas que tanto te mereces, pecosa. Perdóname por no poder ofrecerte más", le dijo de pronto el rubio, viéndola con pena.

Candy le sonrió, sujetando su mano a su propio rostro, "No digas eso, amor, tengo aquí conmigo todo lo que soñé en la vida", le dijo sincera, acariciando su mano. "Tengo eso y más…", le dijo perdiéndose en su mirada azul cielo. "No te atormentes más, ¿sí? Estoy feliz de estar aquí contigo finalmente, créeme. Además, es solo por un tiempo que tendremos que ser cuidadosos. Ya luego tendremos toda una vida para redescubrir nuestra vida juntos… y para ponernos al día.", le dijo divertida, pero sonrojada. "Podremos tener todas las lunas de miel que queramos."

Anthony sonrió enternecido de escucharla. "Tienes razón, pecosa.", admitió. "Es una promesa, princesa." Le dijo entonces sincero. "Verás que cuando termine la guerra, porque estoy seguro de que terminará, te llevaré a muchos países de luna de miel todos los años." Le prometió. "Incluso cuando estemos rodeados por nuestros hijos, nos iremos los dos juntos para tener nuestro tiempo para nosotros."

Candy rió imaginándoselo. "¿Pero a dónde los dejaríamos a todos, siendo tantos como serán, señor Brower?", le dijo ella con diversión.

Anthony sonrió de vuelta. "¡Pues con sus tíos Stear y Archie por supuesto, mi querida señora!", le dijo animado. "Estoy seguro de que para entonces estarán felizmente casados también, aunque dudo que tan felices y enamorados como lo estoy yo de usted."

"Anthony…", dijo la feliz rubia.

Hubo un cálido silencio entre ambos.

"¿Sería mucho pedirle, antes de dormirnos, un último beso de buenas noches, señora Brower?" dijo él, de lado frente a ella, recostado sobre su brazo bueno, tratando de no mover mucho su brazo en recuperación, con cuya mano acariciaba el rostro pecoso de su esposa, esperando su respuesta.

Candy sonrió en la penumbra, enamorada. "Solo si promete portarse bien, señor Brower, y descansar después," le dijo divertida. "No quisiera contrariar al doctor Miller en nuestra primera noche juntos."

"Pues intentaré portarme bien entonces, señora Brower", le dijo enamorado, aunque no con mucha convicción.

Y siendo ésta suficiente respuesta, Candy se estiró hacia él, besando sus labios con los suyos en un emotivo y delicado beso, que al pasar los segundos, Anthony profundizó para ambos, acercándola a él, a pesar del dolor en su brazo, sujetándola de su fina cintura, iniciando entre ambos una tierna pero apasionada demostración de amor, que luego de algunos momentos inocentes fue escalando a suaves pero atrevidas caricias de parte de ambos sobre sus ropas, que pusieron a prueba luego de varios minutos el autocontrol de Anthony, que no tardó en esquivar la fina ropa de su pecosa tras acariciar su tersa pierna, y llevar su mano peligrosamente a territorios antes prohibidos, pero ahora totalmente naturales.

"¡Anthony!" El gemido de su pecosa rompiendo su beso al sentir su caricia íntima sobre su ropa interior alentó al joven rubio, que olvidando toda restricción, introdujo su mano tras desatar rápidamente la cinta que sujetaba su prenda inferior y extendiendo sus apasionados besos por su níveo cuello hasta el recatado botón de su camisón, se permitió amarla íntimamente con movimientos atrevidos y profundos de su mano, que hicieron a la rubia olvidar de pronto el decoro enseñado por su madre y emitir los gemidos y las exclamaciones de placer más apasionadas que Anthony recordara de ella hasta entonces. Luego de llevarla casi a la cúspide varias veces, aprendiendo a discernir sus fascinantes reacciones, Anthony finalmente se inclinó a tomar con su boca su firme pecho a través de su ropa, succionándolo apasionado, haciendo que su pecosa diera un grito ahogado apretando su adolorido antebrazo, acercando su vientre más a su generosa mano, mientras las convulsiones más exquisitas se apoderaban de su trémulo cuerpo.

Al concluir su climax la pecosa, y entreabrir ella sus ojos, Anthony la miraba maravillado a través de ojos de pasión y adoración, en medio de una respiración igualmente agitada. Verla abandonarse con tal confianza a su amor, frente a él, hacía estremecer totalmente su corazón.

Su corazón… ¡Su presión!, pensó de pronto Anthony asustado, saliendo un poco del trance en que había caído bajo el hechizo de la belleza de su esposa. Pero con sorpresa, de pronto Anthony descubrió también que su problema no era tan grande como esperaba, además no se sentía tan mareado, pero la voz sexy de su pecosa lo apartó de su discreto sondeo personal. "Por favor, más…" suplicó la rubia, necesitada, viéndolo a través de sus maravillados ojos verdes, con una respiración todavía agitada. "Por favor…", le dijo. "Te necesito, mi amor…", le dijo con desconocida desesperación.

Y con una sonrisa esplendorosa, el rubio, olvidando la reacción poco entusiasta de su propio cuerpo y el dolor creciente en su hombro, la acercó nuevamente hacia sí con ternura, ya que ella se había abandonado de espaldas exhausta sobre la cama; y besando la punta de su naricita, la miró a los ojos. "Te amo, Candis Brower…", le dijo el rubio enamorado, y Candy le sonrió. "Te amo, Anthony Brower", le dijo, y ambos viendo a los labios deseados del contrario, reanudaron la calidez de sus besos nuevamente, recomenzando aquella singular y memorable noche de amor.

Tras complacerla tres veces más, para alivio de la enamorada y embarazada pecosa, Anthony la miraba ahora dormir junto a él en silencio. Su adolorido brazo aún rodeaba su fina cintura, ambos aún vestidos con su pijama. El rubio sonrió enamorado y besó la húmeda frente de Candy en la penumbra de su habitación.

"Te amo, pecosa mía. Mi ángel.", le dijo con adoración en su voz. Tal como, sin recordarlo, también lo hiciera aquella su casi primera vez en su colina, bajo aquella inesperada lluvia de estrellas de agosto.

Candy sonrió enamorada al oírselo decir nuevamente, pero el increíble cansancio que sentía en aquel momento le impidió contestarle esta vez. El silencio de la noche finalmente se apoderó de la conciencia de ambos, y el sueño los alcanzó a los dos en su primera noche como esposos, llevándolos a un sueño profundo y sereno, juntos, con imágenes felices compartidas de sonrisas, amor y aventura, viajando por lugares nuevos y conocidos de la mano, disfrutando, como nunca antes de la libertad de estar juntos, como siempre lo desearon en sus jóvenes corazones.

Continuará…

¡Gracias por leer!

Como siempre, ¡muchas gracias por estar pendientes y comentar! Gracias por sus comentarios al capítulo anterior queridas Sharick, Anguie, Guest 1, Guest 2, Angelica, Mayely león (Gracias por comentar cada capítulo, Mayely, te agradezco. ¡Espero todo vaya bien en las actividades con tus pequeños! ¡Gracias por encontrar el tiempo para leer y comentar! ¡Un abrazo!), gracias Guest 3, Julie-Andley-00 y GeoMtzR (Tienes razón, Albert merece mucho también, es tan noble como su sobrino. ¡Un gran abrazo, Georgy!) Y también muchas gracias a las lectoras silenciosas que la leen y disfrutan -espero- en silencio.

¡Que tengan todas una muy feliz última semana de noviembre!

¡Bendiciones!

lemh2001

26 de noviembre de 2023

P.D. Se actualizará el próximo jueves 30 de noviembre.