¡Buenas noches! Lamento la tardanza, pero me tocó correr. ¿Cómo están? ¡Espero que listas para recibir el mes más maravilloso del año! ¡Les deseo, desde ya, lo mejor para ustedes y sus familias en esta Época Santa que comienza! ¡Con mucho cariño!
Aquí les comparto un capítulo más de nuestra historia. ¡Bendiciones!
"UNA VISIÓN DE AMOR"
CAPÍTULO XIV
Cuando Anthony despertó, su pecosa había desaparecido del lecho nupcial. La habitación se veía totalmente iluminada por la luz matutina que entraba desde el balcón, así que, adolorido, trató de incorporarse de su posición sobre su hombro izquierdo, pero solo consiguió quejarse.
La puerta del baño se abrió entonces, "¡Anthony!", exclamó la rubia, que salía en ese momento con su bata y el cabello húmedo, tras tomar un baño matutino, después, claro, de tener que correr temprano desde su cómoda posición junto a su esposo, hacia el baño, para llegar a tiempo tras despertarse con nauseas. "Amor, con cuidado…", le dijo, acercándose a él y apoyándolo a recostarse sobre el lecho, de espaldas. Ella lo vio apenada. "¿Te duele mucho, amor?", le preguntó, escuchándolo exhalar aliviado.
Anthony sonrió adormilado. "No te impresiones tanto, amor.", le dijo. "Así despierto desde hace casi una semana, por tener que dormir de lado", le dijo, excusando su molestia.
Candy se entristeció. "Es por mi culpa, Anthony", dijo. "Anoche yo no debí…"
"Shhh….", le dijo nuevamente su esposo, tomando su mano, mientras ella permanecía de pie, junto a su lado de la cama. "No digas más, pecosa. - Ven acá. -", le dijo, halándola de su mano, hasta hacerla sentarse junto a él en la cama, mirándolo recostado. Anthony le sonrió, "Anoche fue la noche más maravillosa de mi vida.", le dijo. Candy se sonrojó. "Así que no digas nada contra nuestros maravillosos recuerdos, pecosa."
"Pero es que… el doctor Miller dijo claramente ayer que…"
Anthony la hizo acercarse más hacia él, haciéndola inclinarse a la rubia sobre él, con su rostro muy cerca del suyo. "Pues entonces obedeceremos a partir de hoy, y el problema se acabó.", le dijo con confianza. "No es nada que media mañana de descanso y un analgésico no arreglen, pecosa.", admitió.
Candy sonrió al escucharlo admitir su molestia, "¿En serio no quieres que llame al doctor?", preguntó preocupada.
Anthony negó con un movimiento de su cabeza, sonriéndole enamorado. "Te viste preciosa anoche.", le confesó embelesado por sus recuerdos.
Candy sonrió apenada, recordando las veces que gritó sin pensarlo el nombre de su amado. "Pero igual, Anthony…" su expresión cambió, "…¡soy una terrible enfermera!", le dijo haciendo un hermoso puchero.
Anthony acercó su rostro pecoso aún más al de él con su mano. "Eres la esposa más sexy que un hombre pueda tener, Candy," le aseguró, "Y totalmente mi sueño de enfermera - nunca creas lo contrario –", le dijo. "Eres todo para mí, amor…", le dijo sincero, y sin dejarla pensar más, sus varoniles labios sellaron en los de la pecosa la magia de cada palabra expresada, con la misma pasión y sentimiento compartido por ambos la noche anterior.
Al separarse finalmente, Candy ya sonreía sonrojada y feliz, y viéndose ambos a los ojos, rieron bajito, cómplices nuevamente de su felicidad y travesura, y uniendo sus frentes, los rubios cerraron sus ojos, compartiendo la acogedora complicidad de su primera noche juntos.
Tras descansar Anthony hasta media mañana, con ayuda de su pecosa el rubio tomó un baño, solicitando únicamente a su valet anterior le ayudara a movilizarse de la tina, porque les habían informado que sus primos habían salido temprano. Discretamente, el valet abandonó la habitación, dejando a partir de entonces a Candy atender a su esposo para vestirse, y luego desayunar juntos con la carretilla que habían llevado. Su habitación se había convertido casi que en su pequeño apartamento privado para los dos.
Tras aplicar más tarde, con la ayuda de Dorothy, las compresas calientes y frías en su adolorida espalda y hombro, y algunos minutos de caminata por el segundo nivel, según lo requerido en su tratamiento, Anthony se sentó exhausto en la silla de esa sala de invierno, en el segundo nivel.
"¿Te duele mucho aún, amor?", preguntó preocupada la rubia poniendo aparte su bastón. Mientras varias mucamas preparaban la mesa para los jóvenes esposos. Té, café, jugos y panecillos y frutas picadas eran colocados en la mesa, junto a varios sándwiches y carnes frías, frente a ellos. Luego de su interludio romántico de esa madrugada, ambos estaban ahora muy juiciosos y aunque habían compartido una qué otra sesión de besos intensa durante su mañana mientras nadie los veía, ambos se contenían más, decididos a mostrarse como los esposos responsables que eran - o al menos, que deseaban ser -.
Anthony sonrió al notar la preocupación de su pecosa al preguntarle por su dolor, viéndola sentarse junto a él, a la mesa. "No es eso, Candy." Le dijo. "En realidad no me ha molestado tanto la espalda después de las compresas, pero me sorprende ver que todavía me canso tanto en una caminata tan corta.", dijo con cierta molestia. - No digamos si fuera una noche completa de pasión verdadera con mi esposa -, pensó enfadado para sí. "Antes podía caminar durante horas sin problema, y ahora…", concluyó un tanto desanimado.
"Lo sé, Anthony", la rubia le miró comprensiva. "Pero tenemos que tener paciencia, amor." Le dijo acariciando su brazo, mientras los sirvientes colocaban la silla de ruedas discretamente a un lado del salón para su regreso a su habitación, como cada mañana desde hace una semana.
Anthony sonrió y asintiendo, tomó su mano y la besó con amor, sin apartar su mirada del cariño que brillaba en ese momento en los verdes ojos de su bella esposa.
"Buenos días, niños. ¡Qué bueno que los encuentro!", dijo la tía abuela al entrar a la sala de invierno con elegancia.
"Tía abuela," dijeron ambos al verla.
"Buenos días, tía abuela.", contestaron ambos al unísono.
La tía abuela sonrió. "Espero hayas descansado bien anoche, Anthony.", le dijo a su nieto mientras uno de los mayordomos retiraba cortés una de las sillas para que la matriarca tomara asiento.
"Como nunca antes, tía abuela.", le dijo orgulloso el rubio para sonrojo de su esposa. "Tuve la enfermera más atenta anoche.", continuó viendo a Candy feliz.
"Anthony…", dijo la rubia tratando de no delatarse.
"Me alegro mucho.", dijo la anciana sin notar el juego de palabras que los jóvenes esposos tenían entre ellos en ese momento. "Pues venía a avisarle a Candy que tiene una llamada de su madre en la biblioteca." Mirándola con significado. "Dejé el teléfono descolgado para ti."
"¡Oh!, ¡qué bueno!", dijo emocionada la pecosa. "Es decir, ¿en serio?", dijo ella con extrañeza.
La tía abuela la vio con cariño asintiendo.
"Ve, Candy. Yo me quedo con Anthony para mientras.", dijo la matriarca indicando con una mirada que le sirvieran.
"Gracias, tía. Volveré enseguida." Sonrió la rubia poniéndose de pie.
"Tómate tu tiempo, amor.", le dijo el rubio afable. "No te preocupes por mí. No es como si no pudiera estar solo por un rato." Le sonrió.
"Es verdad.", dijo la tía abuela. "Ve tranquila."
La joven asintió y feliz salió del lugar.
La señora Elroy volvió entonces su estoica mirada a su nieto. "Me alegra mucho poder compartir otra vez en la mesa contigo, como antes", le dijo ella tomando de su taza.
"Yo también me alegro mucho, tía abuela", concedió contento, con un corazón liviano, sonriéndole.
La pecosa bajó por el ascensor al primer nivel, y encontró a su madre esperándola en la sala principal.
"¡Madre!", dijo la rubia feliz, corriendo a los brazos de la señora Britter que elegante la recibió con cariño.
"¡Candy!", dijo la rubia dama a la joven de su estatura, abrazándola brevemente, sin poder evitar sentir añoranza por su pequeña pecosita que ahora ya era toda una señora casada y también una futura madre.
"Mamá, ¿trajiste lo que te pedí?", preguntó emocionada.
"Sí, cariño." Sonrió, separándose de ella y señalándole al sillón donde un cofre mediano estaba colocado. "Nunca supe que tuvieras un escondite tan perfecto en tu habitación, hija", le comentó sin reproche.
"Lo siento", le dijo la hermosa joven de rubios rizos sonrojada, quien ya se encontraba abriendo el preciado encargo. "Es que no quería que nadie se enterara entonces. Pero te agradezco que lo hayas traído en persona. ¿Le dijiste a papá?"
"Así es, estará acá más tarde. ¡Mi pequeña!", dijo emocionada. "¡Déjame verte!", la tomó de ambas manos y Candy se las estrechó sonriendo, dejándose admirar.
"Yo pienso que se te nota más.", dijo emocionada su madre.
"¿Tú crees?", Candy puso su mano en su pancita, no creyéndolo posible. Estaba de poco más de dos meses.
"Te ves hermosa, hija", dijo la señora Britter orgullosa de su traviesa pecosa.
"Gracias, madre." Le dijo Candy con un poco de pena.
Hubo un breve silencio.
"Sé que no hemos hablado sobre esto abiertamente, Candy, pero… lamento mucho haberte presionado antes con nuestros problemas, y haberte echo sentirte obligada a aceptar bajo nuestra petición a William."
"No te preocupes más por eso, mamá", dijo Candy comprensiva. "Yo también tengo culpa en lo sucedido, por no haberte hablado antes de mis sentimientos secretos por Anthony. Si lo hubiese hecho, estoy segura de que me hubieses apoyado, a pesar de todo", le dijo con una sonrisa tierna. "Porque tú siempre has sido una buena madre para mí.", le dijo con ojos de pronto llenos de lágrimas. "¡Porque eres la mejor madre del mundo, mamá! ¡Y te quiero mucho!"
"¡Candy!", dijo la rubia dama conmovida y ambas se abrazaron con lágrimas derramándose gentiles sobre sus rostros, su madre acariciando su espalda con el mismo cariño que lo había hecho durante los últimos doce años. Aquel era un momento trascendental en su relación madre-hija, y ambas lo vivían con gratitud en su corazón. La vida talvez les había quitado algo muy querido en su momento, pero también había sido los suficientemente generosa como para darles la oportunidad de recuperarlo más tarde.
Candy secó sus lágrimas rápido con su mano al separarse, "Bien…", dijo tratando de recomponerse y sonreír. "Creo que si me das dos horas más, terminaré a tiempo con mi proyecto. De lo demás, ya me encargué." Dijo contenta. La señora Britter asintió sonriente.
Uno de los mayordomos había llevado al joven Brower a su habitación en la silla de ruedas luego del liviano almuerzo. "No te preocupes, Anthony." le dijo su tía abuela, quien le acompañaba. "Si la señora Britter le pidió a Candy que la acompañara al pueblo y le pidió se encontraran allá con ella, de seguro se trata de algo familiar. El cumpleaños del señor Britter se aproxima, si mal no recuerdo."
"Pero es extraño en ella que se haya ido sin despedirse de mí, tía abuela." Protestó preocupado.
"¿Quién dijo hace tan solo poco más de una hora que no era como si no pudiera estar solo por un rato?" Le sonrió ella, alzando su ceja divertida.
Anthony la vio de soslayo, riendo quedamente derrotado. "Está bien, tía abuela… Lo admito… La extraño…" Dijo para felicidad de la matriarca.
"La amas mucho, ¿verdad?", le dijo más en afirmación que en pregunta, sentándose en uno de los sillones de su habitación.
"Es todo para mí.", confesó sincero, desde su silla de ruedas. No intentó levantarse porque le daba pena pedirle a su tía que lo ayudara a sentarse también en el sillón al haberse quedado solos. "Sabe tía, durante todo este tiempo he escuchado de todos lo milagrosa que fue mi recuperación… y por supuesto que lo creo. Y le agradezco, tía abuela, porque sé también que usted nunca me dio por perdido, ni siquiera cuando parecía no haber esperanza para mí."
"Hijo...", dijo la señora Andley conmovida, recordando esos duros momentos.
"Mi tío William me contó de cuánto rezaron usted, y los demás, por mi salud. Y puedo asegurarle que Dios me dio una segunda oportunidad gracias a todas las oraciones de ustedes. Y en especial, gracia a mi ángel también." Sonrió.
"¿Tu ángel?", preguntó la matriarca con curiosidad.
"Mi ángel… mi Candy.", le aclaró. "No recuerdo con claridad, como muchas otras cosas desde que desperté, tía abuela", dijo el muchacho, "pero sé que mi pecosa tuvo mucho que ver con mi recuperación. Recuerdo su voz… su mirada… En verdad, no sé cómo explicarlo, tía, pero ella estuvo conmigo cuando estaba yo en mi momento más crítico… y sé que me ayudó. - Lo siento en mi corazón…-", dijo quedándose pensativo de pronto al describirlo por primera vez en voz alta a alguien.
"Te pareces mucho a tu padre," dijo la anciana llamando la atención del rubio luego de un largo silencio. "Siempre se quedaba ensimismado al hablar de su Rosemary.", le comentó con añoranza.
Anthony sonrió, recostándose en el respaldo de su silla de ruedas. "Lo recuerdo bien también.", le dijo con igual añoranza, deslizando hacia abajo y hacia arriba su mano libre sobre el borde del brazo de su silla, distraídamente. "Me preguntó… ¿qué pensarán ellos dos ahora, de saber que ya soy un hombre casado?"
"Estarán tan orgullosos de ti, como nos sentimos nosotros, claro." Le dijo Elroy con acostumbrada estoicidad.
Anthony sonrió al notarlo. "Gracias, tía abuela.", le dijo agradecido. Le alegraba ver que volvía a ser ella misma, luego de verla tan turbada las últimas semanas.
Tocaron de pronto a su puerta.
"Adelante.", dijo el joven rubio.
"¡Anthony!", entraron a su habitación sus primos, con una sonrisa. "Tía abuela." dijeron. Ambos iban más elegantes que de costumbre. "¡Buenas tardes!" les dijeron los muchachos a ambos.
"Hola, chicos", dijo Anthony sonriendo. No los había visto en todo el día.
"Tía abuela," se volvió Archie hacia la anciana, "el tío William solicita su presencia en la biblioteca."
"Oh, bien," dijo la anciana poniéndose de pie, resignada. "En ese caso los veré más tarde. Descansa, Anthony."
"Sí, tía. Gracias." dijo él, y la tía abuela salió de la habitación.
"Bien, Anthony", dijo su primo inventor volviéndose hacia él, sacando algo del bolsillo derecho de su saco. "Espero estés listo para una buena partida de póker".
"¡Wow!", dijo sorprendido el rubio. "Considerando las cosas, ¿a ver si me acuerdo aún?"
Archie sonrió, "Pues contamos con eso, o perderemos otra vez - ¿Verdad, Stear? -", dijo divertido, aproximando su silla de ruedas a la mesa en su habitación, donde Stear ya sentado los esperaba, revolviendo hábilmente el mazo de cartas, decidido.
"¿Y qué apostaremos esta vez?", dijo divertido Anthony, sintiéndose de pronto emocionado de compartir como antes junto a sus primos.
"Algo que sabemos no podrás resistir." Dijo Archie metiendo su mano ahora en su bolsillo interno del saco y colocándolo sobre la mesa.
"¿De dónde sacaron tantas?", dijo sorprendido y sonriente, extendiendo su mano para tomarlas y verlas de cerca.
El señor Smithson de la tienda del pueblo recibió un grupo para promocionar en su negocio, pero como no le agrada el Béisbol, dijo que los guardaría en una caja, pero como Stear y yo estábamos presentes comprando algo para sus inventos, le pedimos que no las guardara, sino que nos las diera. Le dimos una suma por ellas, claro. Aunque hay muchas repetidas.
"Igual me agradan", dijo Anthony fascinado. "Lo siento, pero ahora me temo que los dejaré limpios", advirtió el rubio colocando las tarjetas de los jugadores estrella de vuelta en la mesa, para que Archie las repartiera.
"Bien, caballeros, prepárense para perder", dijo Archie, quitándose su elegante sacó y arremangando su fina camisa.
Stear rodó sus ojos, "Así dices siempre, Archie, y siempre pierdes." Le dijo calmadamente, comenzando a repartir.
"Los nunca se llegan, hermano", comentó ya atento al juego. "Uno nunca sabe…", dijo, haciendo reír a Anthony, quien a pesar de su cabestrillo, decidió al final ayudarse de su otra mano para sostener sus cartas.
Dos horas después. "Me rindo.", dijo Archie.
"Tú ya saliste del juego hace media hora, Archie", dijo su hermano concentrado en sus propias cartas.
"Pero igual, lo digo, para tener algo qué hacer.", dijo triste, metiendo sus manos en sus bolsillos, estirándose en su silla, haciendo reír al rubio y a su hermano.
Stear puso un naipe bocabajo sobre la mesa y tomó otro del mazo. Anthony hizo lo mismo.
Anthony sonrió sin decir nada.
"Pago por ver.", dijo Anthony de pronto, colocando la mitad de su fortuna en estampas.
Stear se dejó caer en el respaldo de su silla, tirando sus naipes sobre la mesa. "Paso", dijo Stear descorazonado mostrando sus dos pobres parejas.
Anthony rió. "Bien, señores" dijo Anthony, halando sus ganancias con su única mano libre, dejando descansar la otra. "Se los advertí."
"Tienes suerte de que no pidamos una revancha", dijo triste su primo de lentes.
"No nos queda tiempo para eso, Stear", dijo Archie poniéndose entonces de pie.
"¿Tienen algo qué hacer?", preguntó extrañado Anthony, viéndolo hacia arriba.
"Es que nuestra visita tiene doble propósito, Anthony. Venimos también a ayudarte para que te cambies."
"¿Cambiarme yo? - ¿Para qué? -", dijo el rubio extrañado.
"Es una sorpresa", dijo Archie sonriente, dirigiéndose de inmediato hacia su ropero.
"¿Una sorpresa?", dijo Anthony incrédulo. "¿De qué hablan, chicos? ¿Saben bien que aún tengo prohibidas las salidas de la casa, verdad?", dijo divertido, haciendo girar su silla y observando cómo Archie escogía un traje formal azul Oxford para él, explayándolo sobre su cama, y lo combinaba con un chaleco crema, con camisa blanca, y corbata negra.
"Lo tenemos claro", dijo Stear sonriendo, alcanzándole su bastón de donde lo había dejado el mayordomo junto a la pared. Y tras asegurar las ruedas de su silla para que pudiera el rubio levantarse con seguridad, continuó, "Pero como es una sorpresa, me temo, que no tenemos instrucciones de decirte nada más."
"¿Nada más? - ¡Pero si no me han dicho nada aún, Stear! -" Anthony protestó extrañado, pero dándoles el beneficio de la duda, viendo su expresión feliz, sacudió su cabeza, "Está bien.", les dijo y sonriendo se dejó ayudar por Stear para ponerse de pie.
Media hora después, viéndose en el espejo de cuerpo completo en su habitación, Anthony, de pie, colocaba su pañuelo blanco en el bolsillo frontal de su saco, con ayuda de Stear. Un toque perfecto, con dos puntas, tal como su primo se lo indicara.
"Es un detalle elegante", aseguró Archie, al apreciar su trabajo terminado.
"Perfecto", admitió el rubio viendo su reflejo. Y luego volviéndose con ayuda de su bastón, le sonrió al castaño. "Aunque con mi cabestrillo puesto, no creo que se notará mucho el detalle, Archie", le dijo divertido.
"¡Es cierto…! ¡El cabestrillo!", restregó su mano a lo largo de su bello rostro al notar su olvido. Anthony sonrió.
"Olvida el pañuelo, Archie.", le dijo Stear, "Hay cosas más importantes.", dijo ayudando a Anthony a colocarse su cabestrillo con cuidado. "Tendremos que usar la silla otra vez."
"Sí.", dijo Archie, yendo a traerla rápido cerca de ellos.
"Ya. Cuéntenme, muchachos. ¿A qué viene todo esto?" Volvió a insistir el rubio, viendo cómo Archie le acercaba su silla otra vez. "¿A dónde es que vamos ahora?", insistió el intrigado joven Brower, sentándose en la silla de ruedas nuevamente.
"Lo sabrás cuando lleguemos", se sonrió Stear, mientras Archie tomaba la dirección de su silla.
Tras recorrer el gran pasillo del segundo piso, desde las habitaciones del ala norte de la mansión, los tres primos salieron al área de la escalinata principal y, siguiendo de largo, llegaron al ascensor. Stear abrió la verja y Archie entró la silla de su primo junto con él, y tras entrar el inventor también, cerró la verja de acero y marcó en la consola de tres niveles, el primer nivel.
A medida que descendían, la mirada de Anthony se extrañaba. Para la hora que era, el lugar parecía desierto. Al detenerse en el primer nivel, y salir del ascensor, sus primos lo llevaron hacia la parte trasera de la casa. Y no se toparon con nadie. Ya había oscurecido por la época del año. La casa parecía vacía, pero estaba completamente iluminada.
"¿A dónde me llevan?", preguntó Anthony otra vez más extrañado que antes. "¿Y dónde están todos? - ¿Stear?... ¿Archie? -", preguntó, volviendo su mirada hacia sus escoltas. El asunto ya lo estaba inquietando.
Su silla se detuvo de pronto frente al ingreso a la piscina, en la parte posterior de la mansión, con vista, a lo lejos, hacia el lago. "Llegamos", dijo Archie confiado. "Bien, Anthony, hasta aquí te podemos acompañar."
"De ahora en adelante, te toca entrar solo", dijo su sonriente primo de lentes y cabello oscuro.
"¿Aquí?", se extrañó el elegante rubio, viendo las puertas cerradas de cedro pintadas de blanco frente a él. Anthony supuso entonces algún tipo de fiesta sorpresa y ya no preguntó más. Así que dejó que sus primos lo ayudaran a levantarse y le dieran su bastón. Y abriéndole una de las puertas del lugar, lo instaron a continuar.
"Te sugeriría empezar con el uno." Le dijo misteriosamente un sonriente Archie, guiñándole el ojo, al pasar el rubio frente a él. Anthony le vio extrañado. "Es la única pista que podemos darte", agregó.
Anthony asintió sonriendo e ingresó al lugar, caminando lento. Y se sorprendió al encontrar un lugar vacío. Vacío de personas, pero bellamente decorado. La piscina rectangular estaba llena de decenas de velas encendidas que flotaban en pequeñas réplicas de botes en forma de cisnes blancos, y apartando su vista de esa bella escena, a su lado derecho, había tres mesas redondas con manteles blancos, cada una teniendo en su superficie un marco mediano de madera labrada que contenía el número correspondiente pintado en dorado, sobre fondo blanco, con una fecha escrita debajo del número en bella caligrafía, con sendos floreros y velas aromáticas, decorándolos.
"Bien… será el uno entonces." Dijo el rubio sonriente, acercándose despacio a la primera mesa. Al llegar, notó frente al número una hoja blanca doblada, con la leyenda Léeme. Anthony sonrió al reconocer la letra de su pecosa y dejando su bastón, apoyándolo contra el borde de la mesa, lo tomó y leyó. Una foto calló de su interior sobre la mesa al tomarla, llamando su atención. Al voltearla, se quedó asombrado mirando la foto en blanco y negro de la época, luego de unos segundos, retomando la hoja, la leyó.
"Mi Príncipe:
El día que el destino nos llevó a encontrarnos, fue uno de los más felices de mi vida. Jamás olvidaré tu caballerosidad y tu calidez al conocernos, pero, sobre todo, jamás olvidaré tu mirada azul cielo que robó también mi corazón con solo mirarme. Aquí te entrego un recuerdo inesperado de aquella fiesta de ensueño, que la tía abuela me compartió, al ser tomada en secreto. Gracias por llegar a mi vida, Anthony mío.
Tu Candy."
El rubio sonrió emocionado y miró hacia todas partes, viéndose solo en el lugar, y dejando la hoja doblada sobre la mesa, colocó la foto de su presentación al ingreso del salón de baile, junto al número que tenía grabada la fecha de aquella primera fiesta en abril, Lakewood, 12 de abril de 1917. Anthony tomó su bastón y camino a la cercana segunda mesa.
Allí, encontró un segundo marco de madera labrado con el número dos. Había una hoja frente a él que el muchacho tomó también, tras dejar su bastón, y de este cayó esta vez, una rosa blanca, ahora seca, cuidadosamente conservada entre dos finas capas de papel encerado. Dulce Candy, leía el papel encerado, en bella caligrafía.
Con una sonrisa añorante, el joven Brower tomó la carta y la leyó.
"Anthony:
La alegría de compartir contigo el amor por las rosas, solo se vio superada por la alegría de recibir tan esplendoroso regalo de cumpleaños de tu parte, mi primer Dulce Candy, siendo completada mi felicidad al sentir de tus labios mi primer beso real de amor. Uno que aún hoy, con su ternura y calidez, continúa quitándome el aliento con su recuerdo. ¡Gracias, mi príncipe, por el mejor cumpleaños de mi vida!
Tu Candy."
"Candy…", dijo el muchacho enamorado. Dejando la carta otra vez sobre la mesa y la rosa apoyada contra el cuadro con la fecha Lakewood, 7 de mayo de 1917.
Finalmente, el muchacho se aproximó a la tercera mesa.
Viendo el marco labrado con el número tres, tomó nuevamente la carta frente a este. Notando un fino cofre cerrado de concha nácar junto a la nota, que leyó ilusionado.
"Amor mío:
No sé si alguna vez podré expresarte en su totalidad lo inmensamente feliz que me hiciste al iniciar nuestra correspondencia secreta. Leer cada una de tus cartas fue un verdadero deleite para mi corazón, y poderte también expresar mis sentimientos sin juicio alguno de tu parte o recriminación, solo amor y aceptación, fue el consuelo y la alegría más profunda de mi vida. Gracias por abrirme tu corazón y dejarme compartirte el mío.
Tu Candy.
P.D. Mira en el cofre."
Anthony sonrió conmovido. "El agradecido soy yo, amor.", dijo suavemente, y luego dejando la carta, viendo el número tres con la fecha Lakewood, Abril a Septiembre de 1917, abrió el cofre, encontrando en su interior las cartas recibidas de él, atadas cuidadosamente por una cinta azul. El cofre por dentro, sin embargo, contenía otra nota.
"No puedo dejarte de pie tanto tiempo, amor, así que te pido que tomes asiento en una de las sillas tras el biombo, donde encontrarás una cuarta carta para ti.
Te amo.
Tu Candy"
Anthony notó entonces un biombo de tres caras, a unos cuantos metros de él. Dejando las notas en la tercera mesa, caminó hacia este y rodeándolo, se maravilló de encontrar una mesa servida para dos, con velas y flores bajas, con otro marco labrado con el número cuatro y una fecha inscrita abajo; y, en uno de los dos puestos en la mesa, una caja mediana con una nota encima, que decía escrito: Leer antes de abrir.
Anthony sonrió por las ocurrencias de su pecosa y sentándose en una de las sillas, bajó su bastón al suelo, y tomó la nota.
"Anthony:
Aunque sé que por el momento aún te esquiva el recuerdo de nuestra primera noche juntos en nuestra querida Colina de Lakewood en agosto, quiero decirte, Anthony mío, que escuchar tu propuesta de matrimonio aquella noche fue lo más mágico que me ha pasado en la vida. Pero he de confesar también que sentir tu amor y tu pasión luego hacia mí, bajo esa lluvia de estrellas, ha sido el tesoro más grande de mi vida. Y siendo tan mágico como fue, a pesar de que no consumáramos nuestro amor aquella noche, quiero decirte que un amor tan grande como el nuestro no podía dejar de florecer… y sin nosotros saberlo, amor, ha dado fruto.
Me has dado el mayor regalo de mi vida, Anthony mío, y en poco menos de siete meses… espero, en Dios, poder darte también el que espero sea también el mayor regalo para ti.
Te amo como jamás creí fuera posible llegar a amar a alguien, esposo mío. Gracias por quedarte conmigo… y por hacerme la esposa más feliz cada día, al verte sonreír junto a mí.
Por siempre tuya, tu esposa que te ama…
Candy."
La mano del rubio temblaba sosteniendo la nota al terminar de leerla, su respiración se había acentuado y su corazón latía acelerado. Y dejando la carta a un lado, destapó, con ambas manos, la tapa de la caja, quedándose inmóvil al ver su contenido.
Dentro de la caja, muy bien doblado, estaba un saquito de lana tejido, de color azul celeste, su pantaloncito, un pequeño gorrito y dos escarpines que hacían juego del mismo material. Con una respiración contenida y ojos cristalinos, Anthony tomó con su mano izquierda la pequeña prenda del saco, mirándola con detenimiento, notando las letras MB bordadas sobre ésta.
"Yo misma lo tejí todo estas últimas dos semanas para nuestro pequeño", escuchó la conmovida voz de su pecosa a sus espaldas, haciendo que el muchacho se volviera en su silla y contemplara a la hermosa y elegante mujer frente a él. Porque a partir de ese momento, Candy era para él, su mujer, en todo el sentido de la palabra.
"Candy…" le dijo el muchacho conmovido. "Esto…" sus ojos temblaron de emoción. "¿Es verdad, pecosa?", dijo mostrándole el saquito azul.
Candy asintió, con lágrimas derramándose por su bello rostro. "Lo es, mi amor. Estoy esperando." Y escuchándolo a él contener un gemido al escucharla confirmarlo, ella corrió hacia donde estaba el rubio sentado e hincándose frente a él, lo abrazó, llorando. "¡Sí, mi vida, seremos padres! ¡Seremos padres!", le dijo la pecosa con voz feliz y emocionada.
"¡Candy, mi vida!", el muchacho lloró y la estrechó con más fuerza entre sus brazos, habiéndose zafado de su cabestrillo, para poderla abrazar bien, besando su terso rostro, su fragrante cabello, "¡Te amo! ¡Te amo, pecosa! ¡Te amo!", le decía emocionado entre besos y caricias, y tras mirarse brevemente uno al otro, acariciando él su rostro con su mano, entre sus sueltos rizos, los labios de ambos se unieron en un beso de absoluto amor, cargado de ardiente pasión y adoración. Un beso de celebración por la vida que ahora los unía en silencio, y que les traía una dicha inmensa y desconocida que llenaba y desbordaba el amor de sus corazones, como jamás lo habían experimentado antes.
En la mesa junto a ellos, bajo el número cuatro, se leía, en bella caligrafía de la pecosa, la fecha de ese, ahora, memorable día…
Lakewood, 23 de octubre de 1917
Continuará…
¡Gracias por leer!
¡Y Muchas gracias a todas las queridas lectoras de esta historia por desearle lo mejor a nuestros rubios!
¡Gracias por sus comentarios al capítulo anterior queridas Julie-Andley-00 (¡Eso parece! ¡Ji, ji, ji! ¡Un abrazo!), Mayely león, Anguie, Sharick, Guest 1 (¡Gracias!), Guest 2, Guest 3, Guest 4, GeoMtzR y Guest 5 (¡Muchas gracias!) Y a las lectoras silenciosas, ¡espero les haya gustado!
Creo que con este capítulo respondo a las inquietudes que muchas manifestaron. ¡Ojalá haya hecho eco en sus corazones! – Al menos a mí me encantó! ¡Ji, ji ji! ¡Tan bellos ellos! - ¡Un abrazo!
¡Y muchas bendiciones a cada una!
lemh2001
30 de noviembre de 2023
P.D. Se actualizará el domingo 3 de diciembre.
