¡Hola! ¡Espero estén pasando un bendecido mes de diciembre! Lamento el retraso, pero ustedes comprenden las presiones de la época. Aquí les comparto un capítulo más de la historia. ¡Un abrazo!
"UNA VISIÓN DE AMOR"
CAPÍTULO XVI
"¡Ya se fueron!", entró corriendo Candy a la habitación de Anthony, cerrando la puerta de su habitación tras de sí. Ella estaba preciosa con un hermoso vestido largo color palo rosa de manga larga, zapatillas blancas y un moño blanco, sujetando su cabello a un lado de su entusiasmado y bello rostro.
"¿Estás segura de esto, pecosa?", dijo su príncipe bien abrigado, sentado en su silla de ruedas, viéndola colocarse también un abrigo y gorro blancos.
"¿Por qué no?", dijo ella divertida. "Usted merece un pequeño paseo, señor Brower. ¡Se ha portado muy bien en sus ejercicios esta última semana!", le dijo sincera al acercársele, e inclinándose hacia él en la silla de ruedas, le dió un beso en los labios que sorprendió al rubio y que luego de unos segundos lo dejó fascinado, pero anhelante de más, al considerarlo más corto de lo que esperaba. La rubia le sonrió feliz con picardía y yendo hacia la puerta, la joven la abrió para él, sabiendo bien que él no dejaría que ella guiara su silla, ahora que la sabía esperando. Anthony sonrió divertido por su actitud, e hizo avanzar su silla de ruedas a través de ella, empujándola despacio pero feliz de sentir que él mismo lo hacía ahora con más facilidad que antes. Esas guerras de agua con mis primos parecen estar rindiendo fruto, pensaba el rubio con una sonrisa y entusiasmo.
Sin embargo, al llegar cerca del final del pasillo, uno de los mayordomos lo esperaba, y haciendo una pequeña venia a ambos, tras ellos saludarlo, se hizo cargo de asistirlo en su recorrido. Y así, ambos esposos Brower se dirigieron al ascensor y luego salieron juntos de la mansión, riendo, rumbo a su pequeña travesura particular.
Una hora más tarde, el elegante vehículo de los Andley llegaba al frente de la mansión Stewart, seguido del vehículo conducido por Stear, acompañado por su hermano Archie.
Rápidamente uno de los mayordomos de la mansión se aproximó a abrir la portezuela del primer vehículo, permitiendo que saliera el elegante y joven patriarca, volviéndose de inmediato a asistir a su tía Elroy a salir del vehículo también.
"Bienvenidos, estimado William. Señora Elroy", dijo afable su anfitrión, al aproximarse el caballero de cabello negro y bigote gris a ellos para estrechar la mano del rubio y luego besar caballerosamente la mano de la distinguida dama.
"Gracias, señor Stewart.", dijo William Albert.
"Es un gusto verte otra vez, Frederick", dijo la tía abuela con dignidad, pero con gentileza en su expresión.
Los hermanos Cornwell se aproximaban ya a ellos desde el segundo vehículo, habiendo bajado solos. "También bienvenidos sean, jóvenes Cornwell."
"Gracias, señor Stewart.", sonrieron los apuestos jóvenes, muy elegantes.
"Gracias por acompañarnos a esta celebración. - Hijo, ven por favor. -" El joven de cabello negro y ojos color miel en la escalinata se aproximó a ellos, haciendo notar la presencia de otras dos personas arriba de la misma, en el primer descanso, viéndolos.
"Bienvenidos, señor Andley. Señora Elroy. Jóvenes Cornwell", dijo con una sonrisa el afable muchacho, quizás dos años mayor que William.
"Bienvenido también a ti, Charles." Dijo la elegante Matriarca, "Tu padre está muy feliz de tenerte nuevamente en casa.", le sonrió.
"Así es, señora Elroy, creo que tres años fue suficiente tiempo lejos de casa. Y la hacienda en Argentina creo que quedó bien administrada por lo pronto."
"Qué bueno que te decidiste a regresar definitivamente", comentó William Albert.
"Tenía un gran aliciente para hacerlo, William." Dijo el homenajeado, sonriendo, y ofreciéndole su mano a una de las dos jóvenes que, hermosas y elegantes, les sonreían discretas desde la escalinata. "Ven, Mary", le dijo, y sonriéndole a la otra dama. "Vamos, hermana, acompáñennos. No seas tímida."
Las dos jóvenes se aproximaron al grupo bajando las últimas gradas con elegancia, en sus bellos vestidos largos.
"Jóvenes y señora Andley, recordarán a mi hija Charlotte," dijo el señor Stewart de primero, al detenerse la esbelta joven a su lado. "Vino desde Virginia, donde estaba viviendo junto a mi hermana Cinthia, para recibir a su hermano hoy de su viaje.", dijo orgulloso su anfitrión, al tiempo que presentaba a su hija, una joven de 21 años, de cabello castaño y ojos azules, que miraba a los invitados con cariño, y al patriarca con pena al recibir de él su saludo caballeroso, al besar su mano.
"Señorita Stewart.", dijo William Albert cortés, despertando un suave rubor en la joven, al tiempo que ella asentía, devolviendo en silencio el saludo. Luego la muchacha se acercó a la Matriarca del Clan, con más confianza.
"Señora Elroy." Le sonrió. "Gusto en verla otra vez", sonrió la joven besando su mejilla con familiaridad.
"Bienvenida, Charlotte.", sonrió la anciana, sosteniendo su mano, para apreciarla. "¡Pero mira que hermosa estás, hija! Aun recuerdo a la pequeña niña que nos visitaba en Lakewood acompañando a tu padre."
"De eso hace casi diez años, señora Elroy.", comentó la joven. "Pero claro que recuerdo bien su tarta de cerezas, la mejor que he probado en mi vida", le sonrió.
"Oh… ¡eres muy amable en recordarlo!", le sonrió la Matriarca, sintiéndose halagada.
"Señorita Stewart.", Archie se aproximó a besar su mano.
"Señorita Stewart." La saludó también el joven inventor con una sonrisa.
"Buenos días, Archiebald. ¡Hola, Stear!" Les saludo afable. "Un gusto verlos otra vez. Bienvenidos", les sonrió. Estaban mucho más guapos de como los recordaba.
"Y aquí les presento yo a mi prometida, la señorita Mary Ann Wright," continuó Charles orgulloso "Sus padres salieron un momento a visitar unos familiares, pero nos acompañarán para la comida", dijo el feliz muchacho, presentando a la tímida rubia de ojos grises que le sonreía enamorada al escucharlo presentarla con tanto cariño.
"¡Enhorabuena a ambos!", dijo un afable William, acercándose a estrechar su mano y a felicitarlos a ambos. Comenzando todos a saludarlos con cortesía y sinceridad por sus nupcias.
"Pero pasemos adelante, por favor," dijo el señor Stewart luego de un momento de breve conversación. "Tenemos muchos años sobre los cuales ponernos al día y muchas actividades de las cuales conversar. ¿Señora Andley?", sonrió el señor Stewart y ofreció su brazo a la señora Elroy, que sonriente lo aceptó, encabezando la comitiva para ingresar a la mansión estilo italiano.
El joven Stewart ofreció su brazo entonces a su prometida, mientras un atento William hacía lo mismo con la señorita Stewart, que sonrojada aceptaba su atención.
Al ir caminando William junto a la bella dama, se atrevió a mirarla un momento, mientras pasaban por la antesala, hacia la sala de invierno en el primer piso de la mansión. "No te apenes tanto, Charlotte", le dijo el patriarca al ver su actitud. "No es como si no nos conociéramos desde antes."
La joven se irguió más y volvió a verlo, sonriéndole de manera encantadora, pensó el patriarca, al dejar su actitud tímida. "Es verdad, William," dijo la joven castaña, "pero es que no te había hablado desde que yo usaba una coleta y tú jugabas beisbol con mi hermano. Y bueno, te recordaba menos alto que ahora, y menos formal también." Le confesó. Ella miró hacia atrás a Stear y Archie que le sonrieron. Y mirando a su acompañante, tras sonreírles, agregó, "Y tus sobrinos también han cambiado mucho a como yo los recordaba." Stear y Archie se adelantaron a ellos en ese momento, para entrar junto a los demás al salón al notar que ellos conversaban quedándose atrás. "Y si te soy sincera, William," continuó la joven dama, bajando la voz en confidencia, deteniéndose y soltándose un poco de su brazo, "…te confieso que ahora que los veo a todos otra vez juntos - aunque no esté tu otro sobrino, - puedo decirte con certeza que Archibald Cornwell Andley está verdaderamente ¡guapísimoooo!", dijo juntando sus manos, emocionada.
Haciendo que William soltara una inesperada carcajada, sorprendiendo a los demás en el salón, pero todos solo los vieron aún en el pasillo y, sonriendo, siguieron con su ambiente feliz tomando asiento en los sillones y recibiendo la atención de la servidumbre con bebidas, y la compañía feliz de los anfitriones.
William alzó la ceja, sonriendo. "Pues tendrás que aclarárselo entonces a la tía Elroy, Charlotte, así hace el cambio de una vez con los prometidos, porque creo que se confundió de blanco" sonrió el patriarca.
"¡Cielos!", ella dijo divertida, con una risa. "¡Así que también te has dado cuenta, ¿eh?!", le dijo la bella joven, alzando la ceja también.
Él asintió. "Así es", dijo el rubio mayor.
Ella lo vió inquisitiva. "Me pregunto si la señora Elroy te mencionó alguna vez que me gusta mucho África, y que viajé una vez hasta allá con mi padre." Preguntó la joven Stewart.
"Por casualidad lo hizo, me temo", admitió el apuesto patriarca. Él sesgó sus ojos, "¿Te mencionó acaso tu padre que me gusta acampar al aire libre y viajar en lo agreste?"
"Claramente." Confirmó la joven castaña con fingida dignidad. "Y dijo también que adoras también la fauna. Y que tu sueño, por cierto, es iniciar una fundación de protección animal a nivel mundial."
William volvió a soltar una carcajada, al escucharla. Todos ya se habían acomodado en la reunión y parecían indiferentes a su conversación.
"¿No te dijo también por casualidad mi color favorito?", preguntó incrédulo el rubio.
"Verde", respondió la joven.
William sacudió su cabeza disminuyendo sin querer su alegría al recordar de pronto ciertos ojos verdes y la alegría que inspiraban.
"¿Te molesta? ¿Dije algo malo?", preguntó de pronto la castaña preocupada al notar el cambio de expresión en el joven patriarca.
William Albert volvió a verla y le sonrió. "Por supuesto que no, Charlotte." Le dijo. "Pero he de confesarte que de mi parte también fueron acuciosos y también que me mencionaron tu afición por coleccionar rocas."
"¡Nooo…!", dijo de pronto avergonzada, colocando sus manos en sus rosadas mejillas.
"¡Lo siento!" Dijo el rubio por apenarla.
"Pero son rocas bonitas, William. No son cualquier roca…", se defendió, haciendo un inesperado puchero.
El rió bajito. "Descuida, Charlotte." Le dijo el muchacho, metiendo su mano en el bolsillo de su pantalón, viéndola. "Para mí no es extraño. Es una colección tan digna como cualquier otra. Lo importante es que te guste y que te haga feliz."
Ella asintió, aún apenada, sonriendo otra vez, agradecida de que no le pareciese una tontería como le pareció a-. Ella sacudió su cabeza para despejar aquel recuerdo, y continuó, "William…", le dijo un tanto apenada. "Me temo que nuestras familias son tan sutiles como un cañón." Reconoció la joven, sacudiendo su cabeza levemente, uniendo sus manos frente a su regazo, haciendo relucir su bella melena suelta y ondulada sobre sus hombros, al volverse a ver hacia el salón tras ella con leve discreción.
"¡Mira…!", dijo la joven de pronto, distrayéndolo de su apreciación poco apropiada de su figura. "Apuesto a que no tardarán mucho en voltear a vernos. ¡Están que ya no aguantan!", dijo poniéndose junto a él, apoyando su mano en su brazo. "Mira. Ocurrirá en cualquier momento.", le dijo atenta.
William se detuvo un momento mirándola sorprendido, y luego ambos dirigieron una breve mirada hacia donde su padre y la señora Elroy se sentaban en el suntuoso salón. No tardaron ni dos segundos en voltear a verlos y desviar su mirada de inmediato, al verse pillados, volviéndose para hablar con Charles de cualquier cosa.
William rió esta vez más discreto. "Vaya, Charlotte. Sí que son discretos como decías."
"Espero no ser grosera contigo.", dijo con pena, mirándolo, "Pero me sorprendió mucho que mi padre insistiera en que viniera a Michigan para recibir a mi hermano, cuando él ha venido cada seis meses durante los últimos tres años y nunca me había llamado antes para darle la bienvenida aquí. De hecho, él siempre pasaba visitándome medio mes en Virginia antes de regresar a Argentina."
"Ya veo." Le dijo William, con seriedad, pero confortado por su sinceridad. "Y… ¿qué pretendes que hagamos entonces?", le dijo él curioso de su opinión, tras un breve silencio.
"Pues…" le joven se quedó pensativa un momento y luego elevó su mirada hacia él y se quedó prendada un momento de sus verdes ojos. "Pues yo…" dudó la joven entonces. "Bueno pues…", trató de recordar qué le había preguntado el apuesto joven para poder responderle.
"¿Qué te parece si mejor les damos un poco de lo que esperan este día? - ¡Solo por diversión! -", aclaró el rubio sonriente.
Ella le devolvió la sonrisa de inmediato, riendo bajito. "¿Te parece?", dijo incrédula, mirándole con sus bellos ojos azul celeste.
"¡Claro!" Confirmó el rubio divertido. "No quisiera arruinar la reunión de "bienvenida de tu hermano" desde su comienzo." Le dijo.
"Pues… si tú insistes. ¡Bien!", acordó la joven contenta, sorprendida de su jovialidad. "¡Será divertido!", reconoció traviesa también. "Al menos así nos dejarán tranquilos por un tiempo."
"¿Te apetecería un paseo por los jardines entonces? Eso los emocionaría bastante de ver."
"¡Perfecto! ¿O sabes qué?, mejor digámosles que te mostraré el vivero especial de papá. ¡Eso en verdad los alegrará!", afirmó.
William rió, "Como tú digas.", aceptó.
Y alzando la voz, la joven entró junto con él finalmente al salón y se aproximó a su padre. "Papá," dijo la joven de vestido celeste, color que resaltaba bastante su mirada, pensó William. "¿Te importaría que le mostrara tu vivero a William Albert? Está emocionado de conocer tus ejemplares de Aves del Paraíso que le comenté tenías de tu última visita a las islas del Caribe."
El caballero de cabello oscuro y bigote gris se sorprendió. "Por supuesto, querida. No faltaba más." dijo viendo sorprendido a William. "Espero te gusten también mis proteas rey, William, es una especie botánica de fanerógamas que traje de África el año pasado. Se han dado muy bien aquí, a pesar del cambio de latitud."
"¡¿La flor nacional de África?!", se sorprendió el patriarca. "Claro, señor Stewart, me agradará mucho verlas. Hace mucho que no veo una", aceptó el rubio mayor inesperadamente emocionado.
"Pues vayan, vayan, hijos… despreocúpense. Luego se pondrán al día con nuestra charla." Les dijo feliz el anfitrión, mientras sus primos sonrientes intercambiaban miradas al notar la conversación.
"Es por aquí.", le dijo la joven al alto patriarca.
"Bien, entonces vamos." Dijo el alto rubio ofreciéndole nuevamente el brazo, y juntos salieron nuevamente al pasillo, cruzando hacia el otro extremo de la casa.
Tras salir la pareja, Stear y Archie continuaron su conversación con Charles sobre sus inminentes nupcias junto a su feliz prometida; mientras tanto, en voz baja, el señor Stewart aprovechó para inclinarse discreto hacia la estoica dama Andley.
"¿Crees que funcionará, Elroy?", comentó con inseguridad.
La dama sonrió sin mirarle, para no llamar la atención de los demás. "Descuida, Frederick.", le dijo. "Lo importante es que ya se hablan. Dales su tiempo."
"No lo sé… Charlotte es tan testaruda a veces. Por eso se mudó con mi hermana."
"Lo sé, Frederick. Pero no te preocupes. En verdad cuento con que esa rebelión natural de ambos se convierta en nuestro mejor aliado en esto." Dijo con suavidad.
"¿Tú crees?"
"Démosles su espacio, como te dije. Ya entendí que no hay que intervenir demasiado o puede ser contraproducente."
"¿Quieres decir que prefieres que ya no mencione mi invitación a William para el viaje al Parque Grand Teton la próxima primavera?"
La señora Elroy se quedó pensativa considerándolo. "Quizás no darles tanto espacio, en realidad." Corrigió. "Siempre sirve un buen empujón al final", sonrió atenta de Stear y Archie.
El señor Stewart asintió complacido, y él también regresó su atención a la descripción de la próxima boda en Nueva York que estaba dando Charles, de la mano de su prometida y que, según su descripción, sería el evento social del año.
El astuto hombre de negocios Stewart vio de reojo nuevamente a la Matriarca del Clan Andley, y se maravilló. Ahora entendía por qué nunca había podido ganarle a Elroy los mejores contratos cuando ella estaba aún a cargo del consorcio familiar. Tan solo esperaba que esta vez sí funcionara esta propuesta.
Su pequeña Charlotte, a pesar de todo, merecía alcanzar, finalmente, su felicidad.
"¡Qué bello…!", exclamó Anthony con una sonrisa, extendiendo sus brazos al encontrarse finalmente de pie junto al gran lago Michigan, cerca de la mansión de Lakewood, con el viento acariciando su apuesto rostro.
Luego de pasear juntos por el durmiente rosedal de la casa principal, conduciendo Anthony mismo su silla, Candy pidió a uno de los choferes que los acercara al lago en uno de los mejores vehículos de la familia, conduciendo a velocidad mínima, para no lastimar la espalda de Anthony. La silla de ruedas se había quedado en el garaje, a petición de Candy, para darle nuevamente un sentido de libertad a su esposo.
El rubio se volvió hacia su pecosa con una espléndida sonrisa, y con un brillo de amor y gratitud en su mirada, "Gracias, amor", le dijo. "En verdad necesitaba esto. Extrañaba mucho este lugar." Le dijo a la rubia, mientras ella se aproximaba a su lado, tomando su mano, feliz por su reacción.
"Es una visión en verdad hermosa, Anthony", dijo Candy mirando hacia el inmenso lago, compartiendo aquel sentido de libertad, disfrutando de su inmensidad y lo verde de los bosques y las altas montañas con sus picos nevados al oeste.
El muchacho, sin embargo, continuaba fascinado mirándola a ella. "Tú eres toda una visión, Candy.", le dijo él con una sonrisa. Y caminando detrás de ella, la abrazó por su cintura, viendo ambos hacia el lago, mientras Anthony colocaba su mano sobre la pancita bien abrigada de su pecosa y recostaba su barbilla junto a su oído. "Tú eres mi propia visión de amor, pecosa", le dijo, sorprendiéndola. "Y te amo más a cada segundo de cada día", le confesó.
Candy colocó su mano sobre la de él sobre su pancita, volviendo su rostro hacia él, "Y yo te amo a ti, Anthony mío. Más de lo que jamás te podré expresar jamás…", le dijo emotiva. Sus miradas se encontraron tiernas y el joven rubio selló el momento con un beso que los dejó a ambos absortos en la magnificencia de aquella caricia de amor. Ambos temblaron conmovidos al sentirse, reanudando aquella caricia con mayor entrega. Su beso era más que un roce de sus labios en cada movimiento, era más que la pasión de la profundidad que Anthony incitaba para ambos, era más que el latir enamorado de sus corazones combinados y felices… era el encuentro de dos almas que se sabían amadas, que se sabían unidas más allá de toda circunstancia o tiempo… era su lugar perfecto… para los dos. Candy hundió sus dedos en el dorado cabello de la nuca de su esposo, con suavidad, para no lastimarlo, y él profundizó el beso aún más si eso era posible. La llama de su amor disipaba en aquel momento todo el frío del otoño a su alrededor, en medio de la belleza de la naturaleza que siempre había servido de marco a la inmensidad de su amor.
Al separarse ambos finalmente, Anthony giró gentilmente a Candy viendo hacia él y sonriéndole, besó la punta de su fina nariz, uniendo sus frentes, cerrando los ojos ambos en silencio.
"Te amo, mi príncipe", susurró la rubia con sus manos en el pecho de su esposo, envuelta en el abrazo del rubio que la sujetaba a sí por la cintura, sin apretarla. Momentos después ambos enamorados, viéndose otra vez, compartieron un último tierno beso, y luego regresaron por el sendero hacia donde los esperaba el vehículo.
El chofer, discreto, permanecía recostado en el auto viendo hacia el bosque contrario, cuando finalmente la pareja regresó para volver a la mansión. Al escuchar el murmullo de voces, el chofer se volvió y los vio a lo lejos, viniendo caminando del brazo, muy tranquilos, por el sendero.
"Anoche hablé con mamá.", le dijo Candy mientras caminaban. "Ya tienen todo listo para hospedar en mi casa - bueno -" ella se sonrojó, "en su casa," se corrigió, "a Annie y a Patty junto con sus padres. Me parece que será una excelente oportunidad para que Archie y Stear las conozcan al visitarnos."
"¿Tú también estás de acuerdo con ello, pecosa?", inquirió sorprendido su alto esposo caminando a paso calmo junto a ella. Cada vez podía caminar mejor sin el apoyo del bastón, pero prefería no abusar caminando demasiado rápido.
"No es difícil ver la intención de la tía abuela en todo esto", dijo Candy con una sonrisa. "Sobre todo, después de lo que sucedió con nosotros…", le dijo un tanto apenada. "Pero creo que esta vez la tía abuela ha hecho una excelente elección para los muchachos. Patty y Annie son unas excelentes personas. Pero, igual, todo dependerá de los muchachos y de si se agradan al final. Creo que solo cruzaré los dedos por ellos." Le dijo sonriendo divertida, cruzando sus dedos frente a sí. Anthony rió divertido por su actitud infantil y besó su frente con cariño.
Llegando al vehículo, el chofer se apresuró a abrirles la portezuela.
"Gracias, Timothy.", le dijo Anthony gentil. Dejando que su esposa entrara primero al vehículo y agachándose él con cuidado, entró también, alejándose un poco del frío y del viento afuera.
"¿Te sientes bien, amor?" inquirió entonces su esposa al tomar su mano, luego de compartirle un ponchito que le había llevado para abrigarse ambos en el vehículo.
"Descuida, Candy. Estoy muy bien." Le aseguró el rubio mientras el chofer habiendo entrado otra vez al vehículo, encendía el motor.
"Gracias por este paseo, pecosa.", le sonrió el rubio. "Me ha hecho mucho bien en verdad", le agradeció.
"Me alegro, Anthony." le sonrió la abrigada rubia, emocionada.
"¿Y tú? ¿Estás bien?", preguntó su esposo de vuelta. Al sentir cómo el vehículo comenzaba a moverse.
"Estamos bien, amor." Le sonrió la pecosa tocando su pancita. "Pero esos sí, ¡tenemos hambre!" Le aseguró, sacando su lenguita, divertida.
Anthony rió. "Llegaremos justo a tiempo para que coman los dos.", aseguró tierno.
El chofer dirigió el vehículo por el sendero de vuelta a la mansión, a la mínima velocidad de antes.
Al regresar a la casa principal, el almuerzo estaba listo y ambos esposos, tras refrescarse, se dirigieron al comedor principal y, aprovechando la ausencia de la demás familia, pidieron al personal que, luego de servirles, los dejaran comer solos, sin atención, mientras tomaban sus alimentos. Con extrañeza los sirvientes obedecieron asegurándoles de que estarían pendientes de necesitar ellos algo, trayéndoles una pequeña campanilla para que llamarlos, de ser necesario.
Candy y Anthony no pudieron más que sonreír al ver su pena, ya que de estar la tía abuela presente, los retaría a todos. - ¡Ellos incluidos! - Pero ese era su día y lo vivirían bajo sus reglas.
"Sabes, pecosa.", dijo el rubio, tras varios minutos luego de comer en cómodo silencio. "De cierta manera, me siento muy apenado contigo.", le dijo. Ambos se sentaban uno junto al otro, como siempre que comían con la familia en el comedor.
"¿Por qué dices eso, amor?", preguntó Candy extrañada, secando sus labios con su blanca servilleta, tras terminar su sopa.
Anthony la miró con una mirada triste. "Por haberte privado de la boda que quería darte, pecosa", confesó. "De hecho, lo tenía todo planeado." Le confesó. "Siempre pensé que tendríamos nuestra ceremonia de bodas en la Catedral de Chicago, la recepción en la mansión Andley, y que luego te llevaría a viajar a algún lugar especial que tú quisieras conocer de luna de miel."
Candy le sonrió, tomando su mano, que aún sostenía su tenedor, con el que él había estado jugando con su comida desde ya hace un rato. Candy acarició con su pulgar el dorso de su mano, y se inclinó hacia él besando su mejilla.
"No pienses más en eso, Anthony", le dijo ella con certeza. "Tuvimos la boda que Dios nos envió, y el conservarte junto a mí es la más grande alegría que pude recibir como regalo de bodas. Estuvimos tú, yo, y la bendición de Dios ese día, así como las personas que más nos querían a ambos. No necesito más, Anthony. Soy muy feliz. ¡Soy tan feliz como una alondra!", le dijo sincera con una sonrisa.
"Eres maravillosa, pecosa, ¿lo sabías?", le sonrió el rubio de vuelta.
"Creo que lo mencionaste una o… ¿cuatro veces anoche?", le dijo juguetona.
Anthony rió divertido. "Calla, que pueden escucharnos." Le dijo divertido codeándola sonriente.
Al verlo sonreírle más animado de vuelta, ella rió bajito, también aliviada, y continuó con sus alimentos, ambos sonrojados, pero felices, compartiendo miradas furtivas al revivir sus recuerdos.
Tras llegar ambos al postre y Candy servirle atenta su café, Anthony, decidido, habló, "Amor, hay algo que quiero conversar contigo.", le dijo con cierta seriedad.
"¿De qué se trata, amor?", le dijo ella con total atención, dejando la jarrilla del agua caliente que se había servido con sus rodajas de limón, tomando asiento otra vez.
"¿Qué te parecería, amor, si al terminar mi convalecencia, aceptáramos la propuesta de tu padre y estableciéramos nuestro lugar de residencia finalmente en la Casa Britter?"
"¡¿Lo dices en serio?!", dijo la rubia emocionada.
Anthony sonrió, asintiendo.
"¡Anthony!", dijo la pecosa riendo, "¡eso sería maravilloso, amor!", exclamó feliz, abrazándolo del brazo.
Anthony rió viendo su felicidad. "Entonces ¿estás de acuerdo?"
"¡Por supuesto que sí, Anthony!", exclamó la rubia.
"Entonces considéralo hecho, pecosa", dijo complacido su esposo, abrazándola ahora él hacia sí. "Tan pronto tus padres regresen a Nueva York, nos trasladaremos a nuestro nuevo hogar en la propiedad Britter."
"Querrás decir, la Mansión Brower, mi amor", le dijo guiñándole el ojo.
"Qué te parece ¿la Mansión Brower-Britter?", Anthony le sugirió.
"¡Te amo tanto, mi príncipe!", exclamó la rubia riendo, abrazándolo ahora sí. Pero de pronto la sonrisa de la pecosa fluctuó, irguiéndose otra vez en su asiento para verlo. "Anthony, esto no quiere decir que yo me sienta mal estando aquí contigo... No es eso, amor… ¡solo es que me encantaría que tuviéramos un lugar propio para nosotros!", explicó.
"Candy… No tienes por qué darme explicaciones, princesa. Sé que esto es algo que ambos queremos", le dijo tomando su mano y mirándola a los ojos.
Candy sonrió. Pero luego se preocupó. "Pero, amor…", la joven dudó, reflexionando, "¿Estás seguro de esto? Creo que la tía abuela mencionó alguna vez que tenía la expectativa de que viviéramos aquí con los demás."
Anthony suspiró. "Así es, Candy. Pero creo que es necesario un cambio. ¿Tú, no?", le preguntó.
Él no tuvo qué decir más al mirarla a los ojos transmitiéndole su sentir. Candy relajó su expresión al comprenderlo.
"William es un buen hombre, Anthony", dijo la joven con suavidad. "Es normal que se sienta un tanto extraño", continuó mirándolo a los ojos. "La tía abuela, en confidencia, me explicó respecto de Rebecca - como ya te contara yo aquella vez -" le dijo. "Por eso William se siente aún apenado por su reacción para con nuestra relación. A mí tampoco me habla mucho, he de decirte, solo lo necesario, y aunque está siempre pendiente de nosotros, lo siento… un poco incómodo con la situación."
"Esa también es mi percepción, pecosa. Siento que, de alguna manera, dándole su espacio, las cosas mejorarán también para él", le explicó acariciando su mano.
Candy le sonrió, orgullosa de su esposo. "Pienso lo mismo, amor."
"Se los diremos entonces en cuanto regresen.", dijo el muchacho decidido y contento por haber resuelto todo con su esposa con facilidad. "No hay por qué alargar la espera ni la incertidumbre para ellos."
"Está bien." Candy asintió de acuerdo.
En realidad, la rubia encontraba cada vez más difícil hablar con el joven patriarca después de lo sucedido. A veces lo notaba viéndola con añoranza desde lejos y eso la entristecía a ella aún más. Había deseado hacer algo por él, y esto que proponía su esposo era algo que ambos podían hacer, sin ponerlo en evidencia ante los demás.
Hubo un silencio entre ambos, en que cada uno se perdió de pronto en sus propias reflexiones.
Alguien entró de pronto al salón.
"Señor Brower", dijo el mayordomo principal.
"¿Sí, Stephen?"
"Disculpe la intromisión, señor. Alguien busca al señor Andley en el salón. Le expliqué que el señor no se encuentra en este momento en la propiedad, pero entonces preguntó por usted, y solicita verlo."
"¿Preguntó por mi tío, y por mí?", le dijo el joven rubio extrañado.
"Así es, señor. Dice que es conocido de ambos. Que estudió con usted en el Real Colegio San Pablo de Londres. El señor Terruce Graham Grandchester."
Continuará…
¡Muchas gracias por leer!
Agradezco los comentarios al capítulo anterior. ¡Espero este también les haya agradado!
¡Gracias, queridas lectoras, por su apoyo al comentar! Gracias, Mia Brower Graham de Andrew, Mayely león (Hola, Mayely! Lo siento, es que no aparece tu comentario en el listado, como puedes ver aún ahora, por eso no te agradecí en su momento el anterior. Pero te agradezco ¡y te envío un fuerte abrazo, amiga!), gracias Anguie, Sharick, Guest 1, Guest 2, Guest 3 y GeoMtzR (¡Gracias, Georgy! Un abrazo!) Y gracias a las demás lectoras silenciosas también.
¡Un abrazo a todas!
lemh2001
8 de diciembre de 2023
P.D. Publicaré el martes 12 de diciembre. ¡Bendiciones!
