¡Buenos días! - ¡Ahora sí temprano! Ji, ji, ji! - Gracias por darle una oportunidad a esta historia que, como saben, es una adaptación de mi autoría a la historia original de Mizuki e Igarashi. Es sin fines de lucro y solo por amor al arte de escribir ¡y por la alegría de soñar! ¡Que tengan un lindo día!
"UNA VISIÓN DE AMOR"
CAPÍTULO XVII
Candy se sorprendió de escuchar el nombre del chico del San Pablo que tanto había tratado de no recordar en los últimos dos años.
"Terruce Grandchester ¿dices?", preguntó su esposo Anthony extrañado.
Candy, sentada junto al rubio, en el comedor de la Mansión Andley de Lakewood, no podía creer lo que escuchaba.
"Sí, señor", contestó el mayordomo principal con seriedad al joven Brower.
"Reconozco su nombre, claro, pero a él en realidad no lo recuerdo", admitió con cierta molestia el joven rubio, por experimentar otra vez la secuela de su accidente.
"Anthony," dijo su pecosa entonces. "No crees que es mejor negarte. Él, por lo que supe y por lo que dicen Stear y Archie, nunca tuvo contigo la mejor de las relaciones, y no quiero que diga alguna tontería que te estrese, amor."
Anthony sonrió agradecido por su preocupación.
"Descuida, Candy. No sé por qué busca a mi tío en realidad, mucho menos por qué quisiera hablar conmigo en su lugar a estas alturas, pero no tengo intención alguna de dar pie a ninguna discusión con él. Mucho menos permitirle que te moleste de alguna manera, pecosa", afirmó con seguridad.
"Anthony…", dijo Candy al ver que recordaba lo que le había comentado de esos días de colegio junto al inglés, cuando con el rubio aún no se conocían; y que ella le había compartido a su esposo, entre tantas historias de sus días en Londres y Escocia, para distraerlo en sus días más difíciles de recuperación.
De lo narrado por ella, el rubio no perdonaba el hecho de que alguna vez el tipo la hubiese empujado al llano cuando bailaban por molestarse con ella por un comentario fugaz sobre un muchacho que le agradaba de un grado similar al de ella, un tal James McCarthy. Mucho menos el recuerdo de la vez que quiso besarla en Escocia, y que Candy prefirió ya no darle más detalles a Anthony de ese día, al ver que se molestaba al escucharlo, y no le dijo más, a pesar de la insistencia del rubio, asegurándole, sin disuadirla, de que no se molestaría.
"Gracias, Stephen." La voz de su esposo, respondiéndole al mayordomo de la mansión, la hizo regresar de sus momentáneos recuerdos. "Lo recibiremos en un momento. Dile que, a falta de mi tío, lo recibirán los señores de la casa."
"Sí, señor.", el mayordomo hizo una pequeña reverencia con una sonrisa, y salió.
Candy lo vio sorprendida. "¿Los señores de la casa, Anthony?"
Anthony asintió con una sonrisa también.
"Amor, pero si tú no lo recuerdas bien," le dijo ella preocupada, "quizás no deberías-"
"Creo saber lo suficiente de él por lo que ustedes me han contado, Candy.", interrumpió su esposo con confianza. "Tú solo sígueme la corriente. No creo que lo note. Además, no estoy de humor como para comentarle a ese tipo sobre la amnesia que tengo por mi accidente. Y no pienso negarme tampoco. Estoy en mi casa. A falta de mi tío, somos los señores de la casa, Candy" le sonrió. "Lo sabes, ¿verdad, amor?"
Candy sonrió, asintiendo, recordando lo que le dijera sobre de que la mansión de Lakewood era parte de la herencia de su madre. "Tienes razón." Candy le dijo. "Pero solo prométeme que no dejarás que te ofusque, Anthony. Eso no es bueno para tu salud. Y Terry a veces puede ser… una persona bastante difícil. No sé cuánto haya cambiado desde entonces."
"Descuida, princesa", la tranquilizó su esposo, besando su mano con cariño. "Seré paciente con él, y me portaré bien también." Anthony le sonrió. "Solo lo recibiremos y veremos qué quiere. Descuida."
Candy sonrió, pero no sin poder evitar sentirse inquieta con el encuentro.
El apuesto inglés, luego de recibir el aviso de parte del que consideraba un estirado mayordomo americano, tras varios minutos de esperar por sus anfitriones, ya aburrido, se puso de pie en medio de esa suntuosa sala, - aunque no tan suntuosa como la de su padre, el duque, en las afueras de Londres -, y caminó hacia un óleo gigantesco que llamó su atención sobre la impresionante chimenea en un extremo del salón. Estaba estudiando detenidamente el rostro de la bella señora en él, de expresión gentil y cabellos recogidos dorados, del brazo del apuesto caballero de cabellos también dorados y rostro familiar, aunque no conocido, tratando de discernir el fondo de la propiedad en que estaban retratados, que no se percató cuando Anthony entró caminando serenamente junto con Candy, de su brazo.
"Es una obra al óleo del famoso pintor escocés George Henry. Es de mis abuelos maternos en su primer año de casados en la casa familiar Andley de Edimburgo", la voz a sus espaldas sorprendió al joven Grandchester, volviéndose de inmediato hacia su emisor. Lo recibió una imagen igualmente familiar a la del cuadro al volverse. Tanto Anthony como Candy se habían cambiado a un atuendo más formal y elegante y le sonreían ahora al joven con amabilidad desde el medio del salón, donde permanecían juntos, de pie.
"Candy…", dijo sorprendido el apuesto muchacho inglés al verla después de tanto tiempo, notando su cabello ahora recogido, y el hecho de que la joven estaba del brazo del que casi parecía ser el gemelo menor de su amigo Albert, el entonces molesto sabelotodo del colegio, recordó. Su sorpresa no duró más que unos pocos segundos, sonriéndole al rubio de inmediato con conocida seguridad. "Anthony.", le dijo secamente, a modo de saludo, viendo luego a Candy.
"Bienvenido a Lakewood, Terruce.", dijo Anthony sin faltar de notar su innegable interés por su pecosa. "Verdaderamente nos sorprendió el anuncio de tu llegada esta tarde", agregó. "Hace años que no nos veíamos."
"Pasaba por este estado en camino a una encomienda personal, y me comentaron en el pueblo de Lakewood donde me hospedé que la Familia Andley estaba en su propiedad en esta época del año. Así que quise probar suerte buscando a Albert. Pero parece que escogí mal día para llegar."
"Él salió a una reunión familiar y no regresará sino hasta la noche. No sabía que conocías a mi tío William."
"Conozco a Albert Andley, Anthony." rectificó. "Pero creo que a tu estirado tío William, no", dijo divertido, jugando con las palabras. "Nos conocimos en Londres, en unas situaciones bastante singulares que no vienen al caso en este momento." Dijo el joven inglés. "Pero "tu tío", como le dices, tiene el mejor gancho izquierdo que he visto en mi vida, y la mayor habilidad de salir victorioso contra toda dificultad en una lucha", agregó, sonriendo de lado.
Anthony sonrió a eso, atando cabos de inmediato. "Pues no me sorprende. Te aseguro que estoy igual de admirado de esa habilidad de mi tío como tú, Terry. Créeme.", le dijo el rubio menor.
"Albert es un excelente compañero de pelea.", admitió el elegante inglés. "Y un buen amigo también…", concluyó, de pronto pensativo, recordando las muchas veces que su amigo le aconsejó que le hablara abiertamente a "su amiga" de sus sentimientos. Pero él se negó.
Anthony asintió, extrañado por su repentino momento de seriedad, extendiéndose el mismo en un incómodo silencio entre los tres.
"Así que ¿ahora ustedes dos son los señores de esta mansión?", preguntó entonces con seriedad el castaño.
"Oh, perdón por mi descortesía", dijo Anthony a la visita. Y volviéndose a su esposa agregó, "Perdón, querida", le dijo, disculpándose también con la rubia, distraído por sus propias elucubraciones respecto de la inesperada visita del inglés. "Terruce Grandchester, permíteme presentarte a mi esposa, Candis Brower Britter." Dijo orgulloso. "Aunque tengo entendido que ustedes dos ya se conocen desde el San Pablo."
"Así es." Dijo Terry de pronto intrigado de que Candy le hubiese hablado de él.
"Hola, Terry.", dijo gentil la bella dama rubia, sonriéndole. "Me alegra verte otra vez.", dijo extendiendo confiada su mano hacia él, mientras el castaño, con un poco de desconcierto, besaba su pequeña mano en saludo, como el caballero que era, reteniéndola, sin embargo, en la suya unos segundos más de lo que debería.
Candy se zafó discretamente.
"Así que me has mencionado con tu esposo", comentó Terry con sentimientos encontrados, al verla tomar la mano de su marido, al dejar la suya.
"Así es, Terry." Le aclaró la rubia con la mayor tranquilidad posible. "Mi esposo sabe de nuestra amistad en el colegio por supuesto."
"Amistad…" susurró el castaño para sí, con fastidio.
"Sí. Le hablé de Patty y de Annie también, y de los hermanos McCarthy. En especial de James" sonrió inocente. "Muchas aventuras que vivimos todos juntos en esos años de estudio. Fueron momentos felices que compartimos todos, ¿no te parece?"
"Sabes entonces ¿de nuestra colina, Anthony?", preguntó Terry al ya serio esposo de la rubia.
"Por supuesto.", comentó el alto joven Brower, un tanto molesto por su escogencia de palabras.
Candy se puso un poco nerviosa de a dónde quería el inglés llevar la conversación. Ella intervino, "Le conté a Anthony cómo nos encontramos algunas veces entre clases por casualidad." Le dijo al rebelde aristócrata y luego se volvió a su marido, "A Terry y a mí nos gustaba la misma colina con vista hacia Londres, y siempre nos peleábamos por ella. Nos vimos también una qué otra vez en el zoológico. En mis escapadas.", sonrió divertida.
Los ojos del inglés cambiaron de expresión a una más significativa hacia ella al escucharla hablar de aquellos días. "Te gustaban mucho los dulces de miel entonces."
Candy se le quedó viendo sorprendida. "Sí. Fuiste muy gentil en compartirme unos cuantos de los que compraste en el zoológico."
"También te gustaba pasear en Escocia, recuerdo bien. Para las vacaciones, cerca del lago", dijo el aristócrata inglés mirándola fijamente. "Recuerdo una melodía que bailamos junto al lago, cerca de mi propiedad." Le dijo con doble intención.
"Un encuentro bastante breve, si mal no recuerdo, Terry", dijo Candy. "Un juego infantil en realidad que no trascendió a nada", dijo la pecosa manteniéndole la mirada sin turbarse.
Anthony vio que el comentario no fue muy bien recibido por el castaño. Pero no tan mal recibido como la escena misma le estaba cayendo ya mal a él.
"¿Por qué querías verme, Terruce?", interrumpió de pronto el alto rubio, distrayéndole de su contemplación de su esposa. "¿Puedo ayudarte en algo ya que no está mi tío?", dijo tratando de ser cortés, aunque lo único que quería hacer en aquel momento era romperle de una buena vez la cara. Pero le había prometido a Candy no buscar pelea, sin embargo, su paciencia tenía límites.
"En el pueblo me comentaron que habías sufrido un percance a caballo recientemente, Anthony, pero que ya te encontrabas fuera de peligro", dijo el distraído interlocutor, que no perdía oportunidad de robar una mirada a la seria rubia frente a él. Se veía tan hermosa con esa actitud desafiante, que casi podía disfrutar la molestia en sus ojos, como antes, cuando la hacía rabiar en el colegio.
"Pensé en presentar mi enhorabuena a tu tío por ello, por eso estoy aquí. Pero cuando tu estirado mayordomo me dijo que él no estaba en la propiedad, sabiendo yo que tú si estarías en casa y ya bien, opté por decírtelo en persona de todas maneras", mintió.
"Pues muchas gracias por tu atención, Terry," dijo Anthony no creyéndole nada de lo que decía. "Es un proceso lento todavía, pero vamos progresando."
"Me alegro.", dijo Terry, mirándolo sin expresión alguna en realidad.
"Y… bueno.", continuó el inglés, apreciando la escena de ambos juntos. "No estaba al tanto de su matrimonio", se aventuró a comentar. "No apareció en las noticias de los periódicos, que yo sepa. ¿Es algo reciente?", preguntó en un comentario que Anthony consideró totalmente fuera de lugar.
"¿Qué asunto querías tratar con mi tío?", insistió de vuelta el molesto rubio, sin contestar a su pregunta. "Si mal no recuerdo, América no era un lugar de mucha dignidad para ti que yo recuerde." No pudo evitar dejar de comentar.
Terry sonrió de lado. Después de todo, le había molestado su presencia bajo toda esa fachada de cortesía. ¡Bien! Candy se preocupó por la alusión hecha por su esposo, conocía bien el carácter volátil del castaño.
"En realidad, Tony," dijo utilizando entonces un apodo que le ponía en el colegio para molestarlo. "…cambié de opinión cuando estrené exitosamente mi primera obra de teatro como actor de reparto en Broadway, hace seis meses."
"¿Así que eres actor?" recalcó el rubio con tono despectivo. "¿No te funcionó lo de ser duque?"
"Anthony…", rogó suavemente su pecosa, con preocupación.
Terry sonrió. "Como ves, tengo muchas opciones en mi vida. No como otros a quienes les dicen qué deben ser y hacer con la suya. Además, el famoso director que dirige mi obra me ha dado el protagónico para la próxima temporada." Alardeó el joven Grandchester. "Así que quizás tenías razón, después de todo." Le dijo. "América es una tierra de oportunidades que pretendo aprovechar muy bien.", dirigió una mirada fugaz pero significativa hacia su esposa. Anthony hizo un leve movimiento de avanzar hacia él, pero Candy se interpuso.
"¡Anthony, por favor, no!", exclamó. "¡Terry, será mejor que te marches de aquí de inmediato! -", dijo la pecosa molesta, volviéndose hacia el arrogante muchacho que no apartaba su mirada desafiante de la de su marido, quien intentaba contenerse de borrarle a golpes la sonrisa de cretino que tenía en el rostro. Candy insistió, "Te pido que te marches de nuestra casa, Terry. ¡Ahora!", le exigió.
Terry miró la preocupación en su verde mirada al ver de soslayo a su marido, y se molestó también, sintiendo unos terribles celos de él, pero supo de inmediato que no podía armar una escena allí bajo las presentes circunstancias. Mucho menos con el sobrino herido de su mejor amigo. - Su único mejor amigo, de hecho. - Debía reconocer que él había llegado demasiado tarde a buscarla. Al ir esa mañana a la mansión Britter y preguntar a los empleados por ella, la noticia de que ahora vivía con los Andley había sido como un puñetazo en el estómago para él. Intentó averiguar más, del por qué de ese cambio, pero por ser un desconocido en el pueblo, nadie le decía mucho. Así que pensó en apelar a la amistad que tenía con el patriarca del Clan mismo por información.
Pero la escena ante él se explicaba por sí misma.
Terry respiró profundo y quizás por tercera vez en su vida, se tranquilizó. "Está bien, Candy." Le dijo renuentemente resignado. "No fue mi intención ofenderlos", se disculpó.
"No me sorprende en nada tu actitud.", dijo Anthony con expresión enfadada. "Jamás supiste reconocer tu lugar en el San Pablo, Terruce, y veo que eso tampoco ha cambiado ahora. Te invitaría a esperar a mi tío, bajo otras circunstancias, pero dado que veo que no respetas esta casa ni la presencia de mi esposa, que es una dama, y la futura madre de mi hijo, - te exijo que te marches -", le dijo con firmeza. "Fuera de esta casa.", concluyó, con el mayor control que pudo manejar por preocupación del estado delicado de su esposa, cayéndole como un balde de agua fría esta última noticia al sorprendido actor inglés.
"Stephen.", continuó Anthony con voz firme. El mayordomo se aproximó de inmediato, atento. "El señor ya se va. Acompáñalo a la puerta, por favor. Y si quiere dejar algún mensaje para mi tío, tómalo tú. Buenas tardes, Terruce Grandchester." Le dijo el rubio con seriedad.
El joven inglés lo miró con resentimiento por un momento, pero viendo el rostro compungido de su Tarzán Pecoso a su lado, mirando al rubio con miedo, - creyó él - por su salud, tuvo que reconocer su gran error de inmediato. Ni siquiera Albert le perdonaría si algo le llegara a pasar al 'señor perfección' del Real Colegio San Pablo, por su culpa. La irritabilidad le había ganado la partida otra vez, debía reconocer. "Lo lamento, Anthony.", dijo entonces con dificultad el joven, tratando de terminar el asunto de una buena vez. "Me disculpo con tu esposa y contigo. Es una costumbre que no he sabido manejar, tienes razón. Por favor, reciban mi enhorabuena ambos por sus nupcias y por la noticia de su primogénito." Dijo con formalidad, sabiendo que era una batalla perdida desde un comienzo. "Estoy hospedado en el pueblo, en la Pensión Bonifaz, por si quisiera visitarme Albert antes de mi partida. Estaré allí hasta mañana que regreso en el tren de la tarde a Nueva York. Mis asuntos aquí terminaron.", dijo con certitud, viendo a Candy con solapada melancolía. "Una disculpa otra vez a ambos. Con su permiso", dijo y caminó a donde el eficiente mayordomo aguardaba ya con el abrigo y boina del muchacho en mano, acompañándolo hacia la salida. Candy lo vio marchar sorprendida, pero también aliviada.
Anthony exhaló al escuchar a lo lejos la pesada puerta hacer eco al cerrarse. "Lo siento, pecosa.", dijo entonces volviéndose hacia la rubia. "¿Estás bien?", le dijo con preocupación, acercándola a él.
"Estoy bien, Anthony." Ella dijo, con una sonrisa.
"Tenías razón, pecosa. Perdóname, no recordaba bien a qué me enfrentaba con él. Discúlpame por no haber querido escucharte y ponerte en esta situación."
Candy le sonrió tierna. "No te aflijas por eso, Anthony" acarició la solapa de su saco sobre su pecho con sus manos, mientras él sujetaba su cintura sin apretarla. "Ya pasó. Estoy acostumbrada a su forma de ser. Por eso nunca pudimos congeniar. Lo único que me preocupa ahora es que hayas estado de pie tanto tiempo, amor. Ven, vamos a sentarnos un rato."
Anthony dio un paso sintiendo un poco de incomodidad al caminar, apoyándose en Candy para llegar hasta el sillón.
El mayordomo se aproximó nuevamente al salón, cuando el joven rubio tomaba asiento.
"El visitante se ha retirado, señor Brower.", confirmó su empleado. "Una carroza le esperaba afuera."
"Gracias, Stephen.", dijo el rubio.
"Stephen. ¿Podría traerme el frasco de analgésicos que están sobre la mesa de las medicinas en mi habitación, por favor? Y un vaso con agua para el señor", dijo Candy.
"Enseguida, señora.", dijo el alto mayordomo y se apresuró a cumplir su petición.
"Estoy bien, Candy…", dijo un enternecido Anthony.
Candy se sentó junto a él en el sillón y le sonrió, tomando su mano. "Lo sé. Pero no está de más parar el dolor de una vez para que no empeore."
Él le sonrió. "Eres toda una enfermera, mi amor."
"Siento lo sucedido, Anthony.", dijo la rubia cambiando el tema, viéndolo con expresión apenada.
"No es tu culpa, Candy.", dijo el rubio otra vez con seriedad. "Es él el que no entiende.", le dijo.
Candy lo vio sin comprender. "¿No entiende qué, mi amor?", preguntó.
El rubio acarició su rostro con su otra mano, le encantaba ver su inocencia y su belleza en su expresión. Él le sonrió, "Él no entiende que a una dama tan especial y única como tú no se le gana llamando su atención con juegos de palabras, momentos fugaces y bromas sin sentido… Para eso hay que estar dispuesto a entregarte la propia vida, el propio futuro… y todo el corazón."
"Anthony…" le dijo la rubia conmovida de escucharle.
"Soy el hombre más afortunado de la tierra al tenerte, pecosa mía." Le dijo sincero su esposo.
"Gracias, amor mío," le dijo. "Gracias por confiar en mí como lo haces." Le dijo la rubia estrechando más su mano, y derramando una lágrima que él secó con su otra mano tiernamente, sabiendo ella que las palabras dichas por su excompañero de estudios de manera tan atrevida podrían haber creado un conflicto entre ambos, poniendo en entredicho la veracidad de los recuerdos compartidos de su parte, con él.
"Nada de lo que él diga me hará dudar de ti, pecosa.", le dijo Anthony con certeza. "Yo sé quién eres. - Él no. -", le dijo.
Candy le sonrió y se abrazó a él enamorada, sintiéndose protegida y amada como solo con él se había sentido en su vida. Como solo con él podría sentirse, y con nadie más. Con nadie, pensó, recordando su enamoramiento de niña del joven que acababa de marcharse para no volver.
Luego de unos momentos, Candy se incorporó.
"Haré que traigan tu silla para que puedas subir a descansar un rato. Creo que la dejamos junto al ascensor.", dijo Candy haciendo el ademán de levantarse.
"No, Candy", Anthony la detuvo de su afán de abandonar su abrazo, acercándola en cambio otra vez a él. "Quedémonos un rato más aquí, dormitando junto al fuego de la chimenea. Aprovechemos que, por esta tarde, somos 'los señores de la casa', ¿recuerdas?". "Solo tú y yo", le dijo, guiñándole el ojo coqueto. Candy rió bajito ante su actitud.
"Estás bien, mi príncipe.", le dijo, asintiendo.
Ambos se cambiaron al sillón mayor que daba frente a la alta chimenea de la estancia, y con un pequeño poncho compartido que Candy había mandado a pedir a una de las mucamas luego de que Anthony tomara su medicina, abrazados otra vez, ambos disfrutaron juntos de su mutua compañía, frente al acogedor fuego.
"Terry es un muchacho extraño…", comentó Anthony luego de un largo y cómodo silencio entre ambos. "Supongo que pensaba yo lo mismo de él, cuando sí lo recordaba en el colegio", reflexionó en voz alta.
Candy lo miró hacia arriba, recostada sobre su pecho. "Solo es que ha tenido una vida algo difícil, amor", le explicó. "Por casualidades del destino, supe algunos problemas que tiene con sus padres", le dijo discreta, sin entrar en detalles. "Sabes, a veces… pienso que la soledad tiene muchos rostros. Y la arrogancia quizás sea uno de ellos", le dijo con tristeza, pensando en el abandono que había sufrido Terry de parte de su madre durante su adolescencia y del de su padre, a pesar de su cercanía en Inglaterra, desde su niñez.
"Eres una mujer muy sabia, mi amor", le dijo entonces el rubio, "Y muy compasiva. Incluso para con alguien con su actitud." Le dijo, besando su frente con cariño. Luego suspiró con cansancio, acariciando el brazo de su pecosa bajo el poncho que los cubría. "¿Sabes qué, amor?, dejaremos este asunto por la paz. Le hablaré a mi tío William de lo sucedido hoy cuando regrese, y le daré el mensaje que Terry le dejó, y con eso, daremos punto final a esto. No creo que nos topemos con él en un futuro cercano. Al menos no de manera voluntaria." Su expresión seria cambió a una más liviana, mirándole, "¿O tienes algún plan de ir al teatro en Nueva York, en un futuro cercano, amor?", le inquirió divertido.
Candy rió más animada de escucharlo jugar así con ella. "No si tú no vas conmigo, por supuesto", le sonrió de vuelta.
"Entonces esperaremos varios años más, señora Brower, para ir a nuestro primer estreno de una obra en Broadway." Le sonrió también.
"Por mí estaría perfecto, señor Brower", rió divertida la rubia, "quizás para entonces él ya sea un productor respetado y esté mucho más contento y amable con todos. Incluso más feliz", deseó, recostando su cabeza en el fuerte pecho de su esposo una vez más, sintiendo cómo Anthony acariciaba su casi inexistente pancita, bajo el poncho que los cubría a ambos, sonriendo al escuchar sus palabras de bondad.
"Talvez.", concedió él, sintiéndose también generoso, al tener a su pecosa segura entre sus brazos. "Milagros ocurren, es verdad", dijo con una sonrisa cálida. "Nos ocurrió a nosotros, ¿no?," le dijo, haciendo referencia a su recuperación y a su embarazo. "Quizás un día también le ocurran a él," dijo sincero, contemplando las danzantes llamas de la fogata en la acogedora chimenea que ardía frente a ambos. Candy asintió en silencio, mirándolas también. "Ojalá, amor", concordó serena.
Más tarde esa noche, tras regresar el resto de la familia de la visita a la familia Stewart, Anthony pidió hablar con William en privado, en el despacho, y le comentó lo sucedido con el atrevido inglés aquella tarde, dándole su mensaje para él, aprovechando también para compartirle la decisión de Candy y de él de aceptar la oferta del señor Britter de convertir, tras las fiestas, dicha mansión en su nueva residencia oficial. La sorpresa de William Albert ante esta última noticia no fue menor que con la primera, pero, sin embargo, aceptó la decisión de su sobrino, dándole su total apoyo, tal como se lo había prometido.
Luego de una conversación menos tensa haciendo planes para el traslado de ambos ya en febrero próximo, Anthony, usando su silla de ruedas, acompañado de su tío, llegó al salón donde su familia conversaba reunida.
"Y entonces Charlotte convenció a William de jugar Mancala Wouri con ella.", contaba a la rubia Stear, sonriente.
"¿Mancala Wouri?", dijo Candy confundida.
William Albert rió divertido y respondió el mismo, "Es un juego africano, Candy, que se juega entre dos personas y que consiste en sembrar semillas o piedras pequeñas en un tablero con dos hileras de seis hoyos cada una, más otros dos hoyos más grandes en ambos extremos que se consideran depósitos de las semillas durante el juego, donde se van cosechando."
"Primero comenzaron jugando, sembrando arroz", intervino sonriente Archie, "luego jugaron con cincos, y cuando se acabaron…"
"Cuando se acabaron," continuó Stear, "sembraron perlas puras que el señor Stewart sorprendentemente tenía guardadas en su despacho y que se las ofreció para que continuaran el juego. Y fue allí donde el juego se puso reñido."
"¡No es cierto…!", protestó William, sentándose junto a Stear, escuchando a su sobrino narrar su versión de los hechos, mientras Anthony detenía su silla junto a Candy.
"¡¿Cómo que no, tío?!", protestó el apuesto joven de lentes. "Si te tuvo varado en el juego una hora más ¡hasta que perdiste!"
Todos en el salón rieron, unos imaginándoselo al escucharlo y, otros, recordando la expresión sorprendida en el rostro del patriarca al ver que la jovencita Stewart se llevaba todas las cosechas en medio de un festejo y algarabía infantil, brincando a su alrededor, muy lejos del acostumbrado protocolo esperado.
"¡Está bien…! ¡Está bien…!" William los aplacó, al recordar la felicidad pura de la muchacha bailando con una sonrisa a su alrededor, festejando. "Ella ganó.", admitió el patriarca sacudiendo su cabeza aún incrédulo.
"¿Y qué ganó? - si se puede saber -", preguntó Candy curiosa, notando de pronto el sonrojo en el rostro del rubio mayor, al ella preguntar.
"Pues una cena.", dijo como que si nada un divertido Archie. "Apostaron a que el que perdiera cocinaría una cena tradicional africana en los jardines de alguna de las mansiones."
"¡Vaya! ¿Y tú sabes cocinar, William?", preguntó la rubia sonriente mirando sorprendida al rubio mayor.
"Un jabalí o dos, Candy.", dijo bromeando, ganándose las risas de todos a su alrededor. "No me muero de hambre, si es a eso a lo que te refieres." Aclaró William entonces ya con más seriedad. "Pero me temo que Lottie tendrá que conformarse con un buen cerdo de granja y no con un jabalí recién cazado para la cena."
"¿Lottie?", preguntó sorprendida la rubia.
William se apenó de pronto, llevando su mano a su cabeza al notar su uso de aquel mote frente a todos. "Es que es el diminutivo que le decíamos con Charles a Charlotte cuando era pequeña. Pequeña Lottie.", explicó.
"Pues espero que Lottie esté feliz con su premio este sábado", dijo la matriarca poniéndose de pie, habiéndose mantenido completamente al margen de la conversación. "Yo ya estoy muy cansada, niños. Me retiro. Feliz noche a todos.", dijo mientras Karen, su mucama personal, se aproximaba como siempre a ella, para asistirle a prepararse.
Todos los varones, incluso Anthony, se pusieron de pie. "Feliz noche, tía abuela.", contestaron todos al unísono.
"Feliz noche, tía.", dijo William.
Ella asintió en respuesta a todos, y salió del salón.
Tras una breve conversación más entre primos y tío, el matrimonio Brower finalmente anunció que se retiraba también y tranquilamente volvieron juntos a su habitación, asistidos por uno de los mayordomos conduciendo ahora la silla del rubio menor.
Tras prepararse ambos como todas las noches, luego de encontrar su habitación ya preparada por el personal, Anthony fue el primero en recostarse, aduciendo esperarla, y sin querer, se durmió de inmediato, exhausto como estaba del trajín de ese día tan singular. Su enamorada esposa al llegar a su lecho le sonrió enternecida al ver que no había podido esperarla. Así que, cubriéndolo más con las finas cobijas, besó su mejilla y se recostó a su lado en el lecho, en silencio, y permaneciendo despierta otro rato más, contempló maravillada la expresión pacífica de su esposo, bajo la suave luz de la chimenea que calentaba su amplia habitación.
"Anthony mío…", dijo suavemente la pecosa, sonriendo con ternura, mirándole dormir con serenidad. Cada noche que podía contemplarlo así, sentía su corazón henchirse de gratitud al Cielo por tenerlo todavía en su vida. Sus pensamientos regresaron luego de un momento a la situación vivida aquella tarde en la mansión junto al inglés. En verdad le había preocupado que a Anthony le afectara su encuentro con Terry, sin saber bien el rubio de él, pero tras su charla juntos frente a la chimenea del primer nivel, tras su partida, le reconfortaba a Candy ver el nivel de confianza que tenía su esposo en su relación y, sobre todo, en ella. A pesar de sus temores, su relación permanecía intacta con el rubio, después de aquel inesperado encuentro.
Ahora, contemplándolo dormir así, recordaba en silencio lo que Terry le había inspirado en su momento, sin que ella estuviera entonces consciente de ello en sus años de colegio, y lo diferente que era a lo que Anthony representaba en su vida desde que lo conoció.
Esa tarde en Lakewood, no había querido admitirlo ante Anthony, pero había temido una pelea de parte del castaño. La determinación en el rostro de Terry al increparlo su esposo Candy la conocía muy bien, había sido la misma mirada que había visto en él la vez que intentó besarla y ella lo cacheteó ofendida, golpeándola él de vuelta para su gran sorpresa por rechazarlo, no dudando Candy en volver a abofetearlo con indignación de vuelta furiosa. Esa parte de la historia la había obviado de su relato a Anthony por vergüenza. De hecho, jamás se lo había mencionado a nadie. Y ahora agradecía en su corazón no haber descrito la escena totalmente a su amado, o si no, ella sabía que su esposo no se habría contenido aquella tarde en cobrar de inmediato la afrenta, a pesar de su salud.
La joven se incorporó y beso suavemente los labios de su amado, con cuidado de no despertarlo, y con una suave sonrisa al verlo suspirar en respuesta, se acomodó nuevamente frente a él entre las suaves sábanas.
"Buenas noches, amor mío…", le dijo la pecosa suavemente a su esposo, quien, por requerimiento médico, seguía durmiendo de lado en la cama, quedando de frente a ella. Y cerrando la rubia sus cansados ojos verdes también, se dejó llevar lentamente a los brazos de Morfeo… en el merecido y sereno descanso de una conciencia feliz y tranquila, que sueña con un futuro brillante, en medio de un presente cargado de gratitud.
Mientras tanto, a altas horas de esa misma madrugada, en un bar del pueblo que estaba a punto de cerrar, la figura de un joven actor que había perdido la cuenta de cuántas copas ya se había tomado, se veía acompañado de pronto a su mesa por un amigo de épocas pasadas más felices, quien, tras no haberlo encontrado en la pensión que le mencionara a su sobrino, supo exactamente dónde encontrarlo a aquellas horas de la noche. La alta figura se sentó junto al castaño y con una sonrisa triste, el otrora heredero de los Grandchester, intuyendo su compañía, sirvió un segundo vaso que tenía preparado para él.
Ambos alzaron los vasos, mirándose, y los bebieron hasta el fondo.
"Te contó tu sobrino.", dijo entonces el castaño con cierto dejo de lentitud en su pronunciación.
"Sí.", respondió simplemente.
"¿Viste a Candy? ¿Sabías que está embarazada?", dijo mirando su vaso, mientras se servía otro trago. Luego sonrió, riendo de sus propias preguntas. "Por supuesto que la viste y que sabías…", se respondió el mismo, sacudiendo su cabeza algo mareado.
William Albert suspiró. "Candis Britter era tu musa entonces.", afirmó.
El castaño dejando la botella casi vacía en la mesa, se quedó serio, mirando su vaso. Y con expresión férrea lo tomó y lo bebió hasta el fondo, somatándolo sobre la mesa, ya vacío, con una exclamación.
"Terry…", le dijo Albert con preocupación. "Nunca me dijiste su nombre."
"¿Importaba?", sonrió mirándolo irónico finalmente. "¿Habría hecho alguna diferencia?"
Albert - como se sentía él entonces, vestido con un traje sencillo - apartó su mirada sombría. "No.", dijo finalmente. "con el destino no se puede competir. Y mi sobrino y ella… estaban destinados." Le dijo.
Terry se le quedó viendo, notando de pronto su familiar tristeza al hablar Albert de ellos, mientras se servía también otro trago.
"¿Tú también…?", preguntó entonces sin creerlo.
Albert se le quedó viendo un interminable momento. "Salud", le dijo simplemente y se tomó su trago hasta el final, somatándolo también sobre la mesa con amarga seriedad. Y volviéndose al cantinero, alzando su mano, agregó, "¡Otra botella de su whiskey más fino! Y no se preocupe. Váyase a dormir. Cerraremos al marcharnos."
"Como usted diga, señor Andley.", respondió el cantinero con confianza, familiarizado con verlo por allí de vez en cuando.
Terry se dejó caer en el respaldo de su silla, viéndolo todavía sorprendido.
"Es una larga historia.", le dijo Albert con seriedad abriendo la siguiente botella.
"Es una larga noche.", le respondió el rebelde, alzando su ceja.
Albert sonrió de lado, mirándolo. Y el amanecer alcanzó a los dos amigos de juventud, riendo y a veces derramando alguna que otra lágrima furtiva, compartiendo el dolor y la pérdida por un amor secreto que jamás podrían realizar… Por unos ojos verdes que jamás podrían olvidar.
Continuará…
¡Gracias por leer!
¡Muchas gracias por acompañarme en esta historia y por disfrutarla también! ¡Gracias, querida Julie-Andley-00 (Qué bueno que te gusta por dónde va la historia, Julie! Y sí, tampoco aparece tu comentario anterior. ¡Qué mal! No sé si cuando sea así, se puede poner como anónimo, porque lo lindo es ver qué piensan del capítulo. ¡Muchas gracias, amiga!), gracias Mayely león (Hola, Mayely, espero este capítulo te haya tranquilizado un poco. Un abrazo en la distancia!), gracias Guest 1, Anguie, Sharick, Guest 2, Guest 3 y GeoMtzR (Hola Georgy! Y sí, la tía abuela anda como la película Tiburón, al acecho! Ji, ji, ji! A ver a quién CAZA/CASA Ji, ji, ji! Bendiciones!)
Muchas gracias también a todas las lectoras silenciosas. ¡Espero les haya gustado el capítulo!
No sé cuándo publicaré con certeza, pero igual les comento que de poder hacerlo, lo haría el sábado 16 de diciembre. Si no, el martes 19. Es que no estoy segura todavía. ¡Felices actividades navideñas para cada una! ¡Y bendiciones para sus familias!
Con cariño,
lemh2001
12 de diciembre de 2023
P.D. Y ¡feliz y bendecido día de la Virgen de Guadalupe! ¡Que Ella bendiga a toda América y al mundo en una lluvia de rosas de luz! ¡Un abrazo!
