¡Buenos días a todas! Un gusto poderles compartir un capítulo más. ¡Les deseo un hermoso fin de semana al lado de sus familias! Como saben, este es un Anthonyfic, hecho por amor a nuestros queridos rubios, Candy y Anthony, y a su inigualable amor. Continuamos…
"UNA VISIÓN DE AMOR"
CAPÍTULO XVIII
"La suerte no la necesito," dijo con altanería, "pero gracias, de todas formas." Albert rió por el comentario de su amigo, y estrechó la mano de Terry en despedida, mientras ambos permanecían de pie en el andén de la estación, donde el tren acababa de llegar, en las afueras del pueblo de Lakewood.
"Que tengas buen viaje, entonces, Terry", le dijo el joven patriarca, elegantemente vestido ahora, y con un vehículo con chofer esperando por él en la calle contigua.
Terry asintió, y en medio del vapor que abandonaba los costados del tren listo para partir nuevamente, se volvió dirigiéndose a la entrada del vagón que le correspondía, con su maleta en la mano, pero quedándose de pie un momento, metió su mano en el bolsillo de su gabardina, y volviéndose, regresó junto a su amigo. "Albert", le dijo, "¿podría pedirte un favor?"
"Claro.", le dijo el alto muchacho.
"¿Podrías hacerme el favor de devolverle esto a Candy?" Albert recibió en su mano una pequeña armónica. "Ella me la dio un día…"
"…para que dejaras de fumar", completó el rubio, recordando la historia que su amigo le había contado entonces, de la misteriosa joven del colegio cuyo nombre mantenía en secreto, sin saber que, por azares del destino, algún día llegaría a conocerla y a ser su casi prometida, y ahora era su amiga y muy cercana sobrina política.
"Dile, por favor, que me sirvió mucho. Y que… se lo agradezco.", le dijo con un dolor acallado en su mirada.
"Lo haré, Terry. Descuida", le dijo Albert con una suave sonrisa, comprendiendo.
Terry asintió mirándole una última vez y se dirigió de vuelta a su carro vagón con decisión. Subió el primer peldaño, bajando su maleta, y volviéndose se despidió con un único saludo de su mano a su amigo, saludo que Albert con una sonrisa replicó.
El pito de aviso del conserje anunció el arranque del tren, y Terry, volviéndose, entró al carro vagón. A los pocos momentos, la locomotora comenzó a avanzar, tomando poco a poco mayor velocidad el resto de los vagones, hasta salir finalmente de la plataforma y alejarse el tren a través del paraje de otoño de Michigan, rumbo al lejano Nueva York.
Al llegar William Albert de vuelta a su vehículo, el chofer abrió la puerta para él. "¿De vuelta a la mansión, señor?", preguntó el uniformado empleado, como siempre confirmaba, antes de él subir.
William se le quedó viendo un momento, apoyando su mano en la portezuela, considerando su pregunta. "¿Sabes qué, Peter?", dijo el patriarca entonces. "Creo que haremos una breve parada antes en el dispensario." Dijo el apuesto muchacho con una leve sonrisa, recordando algo que había escuchado decir el día anterior en su reunión con los Stewart.
Así que esa tarde, William Albert sorprendió a su joven amiga, mientras entregaba una donación de medicinas en el dispensario de Lakewood de parte de su familia, y tras conversar sobre las necesidades del lugar con los encargados, y acordar un aporte similar de parte de los Andley - ganándose una esplendorosa sonrisa de parte de la hermosa joven Stewart, de felices ojos grises y hermosa sonrisa -, ambos jóvenes aprovecharon para salir al pueblo y caminando sin rumbo en realidad, platicar de lo sucedido el día anterior en la casa Stewart con respecto a su solapado intento de compromiso de parte de sus familias, hablando del tema ya sin la presión de temer ser escuchados o vistos por nadie más de su familia. Luego de estar de acuerdo ambos en ser únicamente amigos, William atentamente terminó invitándola a tomar una rica taza de chocolate caliente, en un pequeño café junto al parque enfrente del cual pasaron y que él conocía, extendiéndose así su charla por un par de horas más, que ninguno de los dos notaron, hablando sobre sus viajes y el proyecto de William, terminando al final compartiendo una rica refacción y un helado, coincidentemente del mismo sabor.
Tras regresar frente al edificio del dispensario, ya cayendo casi la noche, ambos se despidieron con una leve sonrisa, al no querer Charlotte que la escoltara a su vehículo para no generar habladurías en el pueblo, subiendo entonces cada uno a su respetivo vehículo, quedando de verse allí en dos días, para entregar juntos la donación de la familia Andley al dispensario, tal como William se lo pidiera. Los dos autos lujosos se marcharon en direcciones diferentes entonces, pero a través del pequeño vidrio trasero de ambos vehículos, dos miradas curiosas se volvieron un momento a darle un último vistazo al otro vehículo, para luego recostarse ambos en el respaldo de sus lujosos sillones traseros, dejándose conducir por sus choferes de vuelta a casa, sin notar ambos la sonrisa que mantenían en su viaje de regreso, recapitulando su agradable encuentro de esa tarde, con un corazón liviano.
Una semana después…
"Señora Brower.", la joven voz de la mucama interrumpió las consideraciones de la rubia.
Candy se volvió hacia la joven mucama que llegaba a la habitación de los rubios con varios libros y objetos en sus brazos. "¡Oh!, ¡Gracias, Vivian!", dijo la pecosa con una sonrisa. Recibiéndolas y colocándolas dentro del gran baúl, colocado sobre una banca, frente a ella.
"¿Cree que sean suficientes, señora?, ¿O busco más?"
"No creo que le quepa más a este baúl." Dijo la rubia colocando distraídamente sus manos en sus caderas. "¿Sabes qué, Vivian? Dejaremos el resto para el próximo envío."
"Sí, madam."
"¿Haciendo las maletas tan pronto, pecosa?" Escuchó la voz de su esposo tras de sí, sorprendiéndola.
"¡Anthony!" La joven esposa se volteó y observó al muchacho sonriéndole apoyado en el marco de la puerta. "Cariño," ella le sonrió también enamorada. "Creí que estabas aún con Stear y Archie en el taller, arreglando el Stearmóvil."
Anthony rió, "Sabes que lo mío es más apoyo moral que ayuda física, pecosa." Le dijo, caminando hacia ella con ayuda de su bastón, y besándola cariñosamente en los labios al llegar junto a ella. La pecosa le sonrió, quitándole del borde del labio un poco de su pintalabios. Desde hace algunos días ella procuraba estar mucho más bonita para su esposo, usando un leve maquillaje.
"Pues no es que esté mudándonos ya, pero prefiero trasladar todo con tiempo, lo de tu mamá y lo tuyo poco a poco, haciendo espacio en la mansión de mis padres para que la transición no sea de golpe. Mamá está mandando también a traer cosas mías desde Nueva York para colocar en la casa. Es como preparar nuestra nueva casa con tiempo.", dijo sonriente su bella esposa. "También redecoraré el salón principal y el comedor para nosotros con la ayuda de la tía abuela y de mamá." Sonrió la pecosa, feliz. "No digamos nuestra nueva habitación principal, ¡y la del bebé!", dijo flotando de felicidad. "Esas dos, ya les dije, que las decoraremos a nuestro gusto nosotros dos, mi amor!"
"Eres adorable, pecosa...", le dijo enternecido, viéndola con una sonrisa, e inclinándose hacia ella, atrapó sus labios en un beso mucho más apasionado del que la joven esperaba en ese momento, abrazándolo de vuelta también.
La mucama aún presente, solo sonrió acostumbrada, y con discreción abandonó la habitación de los rubios, dejando la puerta entreabierta, dirigiendo sus pasos de vuelta a los pisos inferiores de la mansión, con una comprensiva sonrisa.
Al concluir su beso, Candy lo miró con ternura y luego miró alrededor de ambos en la habitación y rió divertida, "Amor, creo que espantamos a otra de las mucamas, otra vez.", dijo sonrojada.
"Es porque son empleadas muy discretas, amor", le sonrió su apuesto esposo viéndola todavía con deseo. "Pero, te advierto de una vez, que las espantaremos mucho más cuando vivamos ya solos en nuestra nueva casa."
"Anthony…", le sonrió su pecosa apenada de escucharle, pero con ojos chispeantes, confiada en que su apasionado esposo cumpliría su palabra, llegado el momento. Anthony decía sentirse cada vez mejor, lo cual había avivado la llama entre ellos cada vez más. Aunque la restricción al rubio continuaba y ambos la trataban de respetar, recordándose ser juiciosos por su bien. Pero a veces era tan difícil en verdad. Anthony unió sus frentes, mirándola con total amor.
Escucharon entonces tres golpes en el marco de la puerta entreabierta, "¿Se puede pasar?", y luego la cabeza de Stear se asomó desde el otro lado de la puerta. "¿Están todos presentables?"
"¡Stear!", protestó la rubia en medio de la risa del alto rubio, junto a ella.
"Descuida, Stear, puedes pasar.", dijo Anthony y su primo entró sonriente, abriendo la puerta completamente y pasando.
"¿Pasa algo, Stear?", preguntó Anthony. "¿No crees que diez minutos no es mucho tiempo para un descanso? A penas si acabo de subir.", le dijo en broma.
"Es que la tía abuela fue a buscarnos al taller, justo cuando te fuiste, Anthony, y nos pidió que les avisáramos entonces que la cena de hoy será de etiqueta, y nos pide estemos listos media hora antes en el salón."
"¿En serio?", se sorprendió Anthony. "¿Pero por qué?"
Stear sonrió pícaro. "Es que el tío William avisó por teléfono que había invitado a los Stewart a cenar a Lakewood. Y llegará con ellos a las seis."
"¿En serio?", dijo Candy sorprendida, pero más que todo emocionada.
"Parece que conocerás a Charlotte antes de lo que te imaginabas, amor", le sonrió su esposo.
"¡Me encantará conocerla al fin!", sonrió la alegre señora Brower. "Y si la tía abuela está tan preocupada es porque es importante."
"Eso parece.", admitió Anthony, reconociendo que desde hace algunos días la familia había notado que el anteriormente atareado patriarca, tomaba sus tardes libres cada dos días, sin decir nada a nadie. Regresando muy tarde muchas veces, obviando la cena con ellos.
"Bien, los veré dentro de un rato", sonrió el apuesto inventor que iba solo de paso a avisarles porque iba en busca de un buen baño, ya que aún estaba manchado de grasa y polvo, por trabajar bajo el capó de su auto. Su hermano ya se había adelantado a arreglarse a sus aposentos, acucioso como siempre. "Y por favor, chicos…" les dijo el joven de lentes antes de salir, "¡no hagan nada que espante a otros y que yo no haría!", les dijo con una sonrisa, cerrando la puerta de golpe al ver que estaba a segundos de que un cojín azul le diera directo en el rostro, rebotando este en la puerta y cayendo al suelo.
"¡Envidioso!", le gritó Anthony con una sonrisa, riendo.
"¡Discreto!", se oyó la respuesta de su primo desde afuera, alejándose riendo también.
"¡Amor!", le dijo Candy apenada, pero sonriente de escucharlos. "¿Qué es eso?"
"Descuida, Candy, solo estamos jugando. Perdona, amor", le dijo besando la punta de su nariz para alegrarle, sin decirle que abajo, sus primos lo habían estado molestando con las mucamas y mayordomos que tenían que apartarse de los tórtolos recién casados últimamente. "Nunca creí que el tío terminara invitándolos hoy mismo a la mansión", dijo distrayéndola del tema.
"Dijo que el señor Stewart le quería hablar de negocios esta mañana, pero parece que es más que negocios lo que se está horneando en ese pastel." Sonrió la rubia con diversión.
"Lo bueno es que el tío avisó con antelación y nos queda tiempo suficiente para arreglarnos.", comentó el rubio.
"¡Pero ¿qué dices, Anthony?!, ¡Si apenas si tengo el tiempo justo para arreglarme!", dijo Candy viendo la hora en el pequeño reloj sobre la cómoda de ambos, y yendo aprisa la pecosa hasta el ropero en el que guardaba su ropa de gala en la habitación, lo abrió. "Pediré de inmediato a Dorothy que suba para ayudarme. No quisiera decepcionar a la tía abuela, descuidando mi apariencia esta noche."
"Pero si tú siempre estás preciosa, amor.", le dijo Anthony sonriéndole, sentándose en la cama para descansar su pierna un poco, viéndola revisar atenta entre sus vestidos en el ropero. "El que usaste la noche que me diste la noticia sobre nuestro pequeño sería perfecto, si me permites opinar", sugirió el rubio, recordando esa inolvidable velada y lo bella que se miraba Candy con ese vestido.
Candy se volvió y lo vio sonriendo apenada. "Lo siento, amor", le dijo. "Es que mis vestidos ya han comenzado a dejar de quedarme. Sobre todo, los de gala.", hizo un lindo puchero, pero luego sonrió tocando su pancita. "Este pequeño caballerito está empezando a dejarse notar", dijo ilusionada entonces. Nunca habían discutido el sexo del bebé entre ellos, pero ambos hablaban siempre de él como de un varoncito.
"¿En serio?", se ilusionó también el rubio. Candy le sonrió, asintiendo, y se aproximó a él para que con su mano lo corroborara. "Recuerda que ya tengo más de tres meses, amor".
Él tocó su pancita, emocionado. "¡Increíble…! ¡Se nota más que hace unos cuántos días, amor!", dijo maravillado el rubio al sentir más abultado y firme su insipiente vientre.
"Mamá ya mandó a hacerme varios vestidos con nuestra modista. Me los traerán la otra semana. Me temo que hoy tendré que improvisar." dijo preocupada. "Creo que ya tendré que cambiar mi guardarropa por completo, Anthony."
"Por favor, Candy, dile a tu madre que la cuenta la pagaré yo a la modista.", dijo convencido Anthony. "Ahora eres mi esposa y todos tus gastos me competen a mí."
"Amor…", dijo Candy, "a mis padres no les pesa en realidad darme..."
"No, pecosa." Rebatió el rubio. "En esto sí seré claro. Tus padres nos cedieron la propiedad, sí, pero los gastos de remodelación y de todo lo que compres de ahora en adelante me corresponderá a mí pagarlo. Lo cual haré con mucho orgullo, sabes." Le dijo atrayéndola por la mano para que se sentase junto a él, abrazándola a su lado. "Porque ahora tengo la esposa más adorable del mundo, a quién consentir y llenar de obsequios", le dijo, besando suavemente sus labios.
Candy rió divertida, devolviéndole el beso, complacida por sus palabras. Luego agregó, mirándole a sus deslumbrantes ojos azules, "Espero que me repitas esa misma frase con igual alegría cuando terminen los trabajos de remodelación en la casa, y veas los gastos en materiales y muebles, así como los vestidos que mamá mandó hacer para mí a Nueva York por mi maternidad.", bromeó con él. "Creo que hizo casi uno por cada uno de los días de los seis meses que me faltan", rió. "Sin contar los diez que mandó hacer para galas."
"Se lo repetiré sin ningún problema entonces, señora Brower. Puede creerme que no me molestaré al final en pagar todo eso." Ella lo escuchó con un escepticismo juguetón en su verde mirada. "En serio", él insistió.
La rubia alzó su ceja en silencio, molestándolo en juego, con duda.
"Esa desconfianza suya deberá ser castigada, me temo…", le dijo el rubio sesgando sus ojos, "¡ahora verá, señora Brower!", dijo divertido, haciéndole cosquillas en la cintura de súbito, haciendo que la pecosa riera alegremente, sin dejarla escapar al hacer ella el débil intento de hacerlo.
"¡Te creo!, ¡basta!", rió la rubia, "¡Te creo!", y en un rápido movimiento, "¡Anthony! ¡Te creo!" dijo, y volviéndose, encerró el cuello de su esposo entre sus brazos y sorpresivamente buscó sus labios, besándolo con total pasión, cayendo ambos de espaldas en el firme colchón lentamente en medio de su beso.
"Eso es trampa…", protestó el rubio levemente, entre sus besos.
"Si quieres me detengo…", dijo la rubia, acariciando emotiva su corto cabello dorado con ambas manos.", profundizando el beso.
"Ni siquiera se atreva, señora Brower…", le dijo él al recuperar el aliento un momento, y acariciar uno de sus pechos, "Ni siquiera se atreva…" le susurró el rubio, profundizando ahora él el beso, y comenzando a adorar el cuerpo de su bella pecosa con hábiles manos sobre su fino vestido verde menta, tentadoramente corto por llegarle hasta la rodilla. Y que lo tenía loco desde la mañana.
"Espera un segundo, amor", le dijo de pronto el rubio, sin aliento, para su sorpresa. Y levantándose rápidamente del lecho, a pesar de la incomodidad en su espalda, puso rápidamente llave a la puerta y en medio de la risa de su pecosa regresó de inmediato a su lado, besándola entusiasta otra vez, al ser recibido en sus cálidos brazos con alegría.
"Solo una práctica pequeñita", le advirtió la rubia, justificándose.
Anthony sonrió, "Por supuesto le dijo.", besándola con adoración, "Solo una pequeña práctica, señora Brower…", le sonrió apasionado, besándola nuevamente y acallando toda conversación entre ambos.
Luego de hacer desaparecer unas cuantas prendas de su ropa, uno del otro, con recién adquirida habilidad y cuidado, toda restricción fue olvidada por ambos en medio de su pequeño y maravilloso mundo de descubrimientos amatorios, el cual habían iniciado hace tan solo algunos cuantos días atrás - según ellos, para practicar para cuando la restricción, finalmente, se levantara en diciembre -. Prácticas que disfrutaban ambos con deleite y con total fascinación cada vez que podían, dejándose llevar… dejándose adorar mutuamente… aprendiendo uno del otro sus expresiones y necesidades… aprendiéndose a amar… y a adorar… intentando detenerse Anthony, y dejar complacerse a su esposa nada más.
Dos horas quince minutos después, la puerta del ascensor fue abierta rápidamente por uno de los mayordomos frente a ellos, y Candy y Anthony salieron de este, caminando juntos tan apresurados como podían hacerlo bajo las presentes circunstancias. Anthony con la ayuda de su bastón, y Candy de su brazo, ataviada en un vestido vaporoso celeste, estilo imperio, que a la carrera finalmente escogió de su guardarropa, alistándose ella sola de manera sencilla con el cabello recogido en una cola alta, tras tener ambos que tomar un rápido baño al llevar su tarde romántica más lejos que otras veces, pero a su pesar, no llegando a romper la restricción hecha por el médico. Los días de práctica que compartían eran fascinantes, pero se estaban convirtiendo también en frustrantes, ya que cada vez se les dificultaba más mantener sus manos alejadas uno del otro, sobre todo por las noches, cuando la pecosa parecía estar más necesitada. Sin embargo, la restricción médica aún persistía, y aunque esperaban ya a su primer hijo, parecía una jugada cruel del destino el que su primera noche de amor juntos aún les fuera esquiva en su propio lecho nupcial.
Los esposos Brower se recompusieron como pudieron de su prisa antes de ingresar a la sala principal, y entraron tan dignamente como podían, a pesar de su obvio retraso a la actividad. El joven Brower, a pesar de las protestas de su bella esposa, se había negado rotundamente a usar la silla de ruedas para recibir a los Stewart esa noche.
Al ellos entrar, todos los caballeros se pusieron de pie al ver a Candy.
"Disculpen la tardanza.", dijo Anthony con una sonrisa apenada.
"Ni lo menciones, Anthony.", lo disculpó de inmediato su tío con una sonrisa, de pie junto al señor Stewart. "Lo comprendemos. Gracias a ambos por acompañarnos." Los invitó extendiendo su brazo a ellos, invitándoles a que se aproximaran.
"Señor Stewart, usted recordará también a mi sobrino Anthony, hijo de mi hermana Rosemary."
"Por supuesto que sí, William.", le dijo el caballero sonriéndole a la joven pareja.
"Señor Stewart, gusto en verle nuevamente.", dijo Anthony formalmente, estrechando su mano con familiaridad.
"Hola, Anthony. Me alegra ver que te encuentras mejor, muchacho."
"Gracias, señor Stewart. Le agradezco. - Permítame presentarle a mi esposa, - la señora Candis Brower Britter. - Candy, él es el señor Stewart, un amigo de la familia que como sabes tiene su hacienda en el condado vecino."
"Señor Stewart,", dijo Candy con una sonrisa educada pero cálida.
"Señora Brower, un honor conocerla", el caballero besó la mano de la gentil pecosa.
"El gusto es mío, señor. Me alegra mucho conocerle finalmente. Pero, por favor, llámeme Candy."
"Será un honor, Candy. ¡Vaya, muchacho! ¡Te felicito!" le dijo a Anthony. "¡Tienes una bella esposa en realidad!"
"¡Gracias, señor Stewart!", sonrió el rubio menor, mirándola con total candor y orgullo, junto a él. "Es mi mayor tesoro.", le confesó sincero, haciendo sonrojar a Candy.
"Tú recuerdas a Charlotte también, ¿verdad, Anthony?", la joven aludida se aproximó a ellos, ante el llamado hecho con la mirada, de parte de su padre.
"Por supuesto, señor. ¿Cómo olvidarla? – ¿Cómo estás, Charlotte? ¡Un placer volver a verte!", se volvió Anthony a la joven, sonriéndole cortésmente y besando su mano como el caballero que era. La joven lo miró un tanto sorprendida, viendo fugazmente al sonriente patriarca frente a ella, junto a su padre, y volviendo su mirada de vuelta al alto rubio menor que le sonreía, sorprendida al ver de cerca su gran parecido. Finalmente le sonrió a Anthony divertida. "Es un gusto volver a verte, Anthony.", le dijo. "Ha pasado mucho tiempo desde la última vez."
"Desde que te fuiste a estudiar a Boston, al Colegio Santa Teresa de Ávila, recuerdo yo", le dijo con seguridad.
"Es cierto.", sonrió la castaña, recordándolo. El Colegio a donde le había mandado su padre luego de la muerte de su madre.
"Por favor, Charlotte, permíteme presentarte a Candis Brower, mi esposa.", dijo el orgulloso joven nuevamente. "Candy, amor, ella es Charlotte Stewart, una amiga muy querida de la infancia."
"Mucho gusto, Charlotte, me alegra mucho conocerte finalmente.", dijo Candy con candor, estrechando ambas delicadamente su mano, con elegancia.
"El gusto es mío, señora Brower", dijo sonriente la bella joven de cabello castaño y ojos grises quien llevaba esa noche un elegante vestido rosa de manga tres cuartos y guantes blancos. Antes de que los rubios llegaran, ella todo el tiempo había estado sentada junto a la tía abuela, frente a Stear y Archie, conversando sobre los inventos del mayor de los hermanos Cornwell y la vida de ella junto a tía en Virginia.
"Por favor, dime Candy, Charlotte." Le pidió. "Por lo que he escuchado sobre ti, de mi esposo y de mis primos, ya somos las dos prácticamente familia." Le dijo. "Estoy segura de que seremos buenas amigas de ahora en adelante", le dijo sincera la rubia, sorprendiendo a la castaña.
"Gracias, Candy.", le sonrió Charlotte, no muy segura de a qué se refería con eso de familia.
"Incluso William me ha contado de todas las travesuras que compartieron de pequeños junto a tu hermano, en todas sus visitas a esta propiedad", continuó la pecosa. "Compartían de manera muy cercana por lo que me dicen, casi como primos."
"¡Ah! ¡A eso te referías con lo de familia…!", dijo la joven Stewart, aliviada.
Candy se le quedó viendo.
"Es decir…", se apenó la castaña, "tienes razón, cuando pienso en los Andley, siempre pienso en familia.", habló sin pensar. "Era como si lo fuéramos, - al menos entonces - cuando jugábamos juntos aquí en Lakewood, o cuando iban todos a visitarnos a nuestra propiedad, cuando mamá aún vivía. – ahora también lo pienso, claro, pero de manera diferente", aseguró la joven con un leve sonrojó, "pero sí, ¡familia al fin! Las dos familias…", dijo apenada, al ver cómo se enredaba sola al seguir hablando.
William Albert trató de no reír por su nerviosismo.
"Bien, ahora que ya estamos todos reunidos, y que concluyeron las presentaciones," dijo entonces feliz el patriarca, distrayendo al grupo del sonrojo de su invitada especial, "por favor, pasemos todos al comedor."
"Por supuesto.", dijo el señor Stewart, ofreciendo el brazo a su hija. Y ambos comenzaron a caminar.
William había ofrecido su brazo a su tía, y mientras el señor Stewart y Elroy conversaban, entre ellos, que caminaban uno al lado del otro, del brazo de los jóvenes, William aprovecho su distracción para guiñarle un ojo a la joven Stewart, desde el otro extremo, sorprendiéndola y distrayéndola de su sonrojo, haciéndola sonreír, mientras los demás no se percataban del pequeño intercambio, por ir conversando hacia el siguiente recinto, amenamente. Incluso Candy y Anthony tan solo tenían ojos uno para el otro, mientras caminaban a paso calmo, Anthony con la ayuda de su bastón, y Candy de su brazo.
Nadie lo notó. O al menos eso pensaba el joven patriarca, ya que al pasar por los espejos que decoraban la antesala, la tía abuela, atenta como siempre, logró alcanzar a ver a través de uno de los espejos en la pared lateral, el discreto intercambio entre los dos circunspectos jóvenes, ya que la joven Stewart le había hecho otro guiño de vuelta sonriéndole igual.
Con experiencia, Elroy respondió a su interlocutor por inercia a lo que le preguntaba, pero su atención total había estado en todo momento en los dos jóvenes muchachos. Una sonrisa agració de pronto su expresión levemente, siguiendo con su conversación con Frederick, pero dicha expresión de alegre alivio no tenía nada que ver con el tema que el caballero de oscuro cabello y bigote entrecano discutía con ella.
Esa noche fue la primera vez que William Albert Andley, tras muchas tardes de soledad en la cabaña del bosque de los Andley, dentro de la misma propiedad, donde estuvo pasando sus tardes y algunas noches, alejado de todos en la mansión, en profunda reflexión de su vida, decidió finalmente darse una oportunidad de seguir adelante, y no conformarse con menos de lo que veía y admiraba en la relación de su sobrino con la gentil rubia. Era difícil no dejarse encantar por la dulzura de Candy…, incluso había habido un tiempo en que, por un momento, había pensado que sus otros dos sobrinos habían caído fascinados por ella también, habiéndola conocido y convivido con ella el mismo tiempo que él y Anthony; pero la abnegación y dedicación total que profesaba la rubia a al hijo de su hermana lo hacía ver ahora con claridad que ella jamás habría podido ser parte de su mundo como él lo había esperado en su momento, por cuanto no podía contar a la joven Britter en su vida, verdaderamente como una pérdida más, como lo había sido Rebecca; conclusión final a la que había llegado en sus largas reflexiones bajo la luz de las estrellas, rodeado de la naturaleza que tanto amaba.
Y, por tanto, ahora él mismo comprendía que no solo debía dejar ir a Candy de su corazón - en su calidad del amor platónico de su vida -, sino también, debía cambiar él mismo en su actitud, y permitirse tomar nuevas decisiones que le trazaran un futuro más brillante. Así que siguiendo con los sutiles consejos de su tía Elroy, aceptaría ahora su indirecta de abrir los ojos a más posibilidades a su alrededor, y permitirse una oportunidad de ser feliz.
Sus verdes ojos se desviaron a la gentil dama de vestido rosa sentada a la mesa, junto a su elegante padre, en la suntuosa cena. Y con una leve sonrisa el patriarca del Clan Andley debió admitir que era una muy agradable y singular oportunidad la que estaba ante sus ojos. La joven Stewart sintió de pronto la mirada del rubio y levantó discreta su vista de su plato, mientras la señora Elroy seguía comentando a los demás sobre los avances en la planificación de la capilla en la propiedad Britter - muy pronto propiedad Brower -, en gratitud por la recuperación de su nieto Anthony.
Los ojos grises de la joven brillaron mirándolo con un encanto especial y sus finos labios le sonrieron con dulce recato, y en ese momento, William Albert, el joven patriarca de la familia Andley, rodeado de amigos y familia en aquel salón, supo que una nueva etapa de su vida había comenzado.
Continuará…
¡Gracias por leer!
Espero esto haya traído más luz sobre el corazón del patriarca ¡y también sobre al romance de los rubios ji, ji, ji! ¡Gracias a todos por comentar!
¡Mil gracias por sus comentarios al capítulo anterior, queridas Julie- Andley-00 (¡Muchas gracias, te lo agradecería!), Anguie, Sharick, Guest 1, Guest 2, Guest 3, Guest 4, Guest 5 (¡Qué bueno que te gustó! Y sí, la confianza es una de las cualidades más grandes de su relación. Incluso en la historia original, Candy jamás dudó de Anthony cuando Tom lo acusó. Y Anthony jamás dudó de ella cuando robaron sus rosas ni cuando la acusaron de ladrona. Los dos sabían quiénes eran. ¡Un abrazo, amiga, y gracias por comentar!), gracias Meyely león (¡Un abrazo en la distancia!) y GeoMtzR (Pues concuerdo en que ¡Terry nunca piensa bien las cosas! ¡Ja, ja, ja! Jamás lo ha hecho, lo piensa todo cuando ya lo hizo. Como cuando se deshizo de Candy y luego andaba tomando porque no la tenía. ¡Ji, ji, ji! Y en cuanto a Albert, como ves, en esta historia él sí convivió con ella como los otros tres paladines, sin estar aparte, desde que la conocieron. Y Archie y Stear cayeron redondos, como Anthony, en el mismo tiempo y con el mismo trato, sin poder olvidarla nunca. ¡El carisma de la pecosa es innegable!, ¡ji, ji, ji! más para los caballeros Andley - ¡Mis bellos! – Aunque sí Albert es más distraído que los demás en el amor, en general, ¡pero por allí va! ¡A ver qué tal le resulta! ¡Ji, ji! ¡Un abrazo, Georgy! ¡Gracias por comentar!), qué bueno que les gustó el capítulo!
¡Y un abrazo a todas las lectoras silenciosas también!
¡Bendiciones a todas, y felices actividades navideñas!
¡Un abrazo!
lemh2001
16 de diciembre de 2023
P.D. Tentativamente publicaré la continuación el jueves 21 de diciembre, y si no, hasta el sábado 23. ¡Muy Feliz Navidad!
