¡Hola, buenas noches! ¡Un gran abrazo a todas! ¡Aquí les comparto un capítulo más de nuestra historia! Nuevamente les sugiero discreción en su lectura, obviándola, por favor, los menores de edad. Espero su comprensión. ¡Saludos!

"UNA VISIÓN DE AMOR"

CAPÍTULO XXIV

Tras su primera vez juntos, finalmente como marido y mujer, Anthony no tardó mucho en seguir esa noche a su exhausta esposa en un sueño profundo, teniéndola acunada en su cálido abrazo.

Y no fue sino hasta a la mañana siguiente, que un suave contacto en sus labios y un sonido familiar junto a él lo hizo abrir lentamente sus ojos…

"Mi príncipe encantado finalmente decide despertar…", se escuchó la suave risita de su pecosa, quien le miraba feliz, ataviada en un albornoz rosa, recostada junto a él sobre la cama, mirándole con ternura.

Anthony sonrió de inmediato a la rubia con somnolencia, "Buenos días, amor...", dijo suavemente con voz más ronca, pero luego cerró sus ojos azul cielo nuevamente, quedándose dormido aparentemente al instante.

Candy rió otra vez, besándolo nuevamente. Anthony volvió a reaccionar. Candy rió divertida, "Cualquiera diría que tuvo usted una muy buena noche anoche, señor Brower.", lo molestó la pecosa, acariciando su pecho y besando su hombro desnudo, al hablarle.

Anthony abrió sus ojos una vez más - y notándola tan juguetona - rió también divertido, y atrayéndola a él con su fuerte brazo, con cansancio suspiró, cerrando nuevamente sus bellos ojos, "Pues…" dijo con un dejo de sueño, "un hada encantada vino y me echó un hechizo de amor anoche, uno del cual no creo poder escapar ya más...", dijo con una hermosa sonrisa adormilada. "Y he quedado así."

"Y… ¿usted quisiera escapar de ese hechizo tan extenuante, mi apuesto y encantado príncipe?", dijo sonriente su pecosa, acariciando nuevamente sugestiva su fuerte pecho, con su suave mano.

Anthony rió más despierto, y sorprendiéndola, Candy dio un gritito de susto al Anthony incorporarse y girarla, quedando él arriba, pero no cubriendo su pancita. "¿Usted qué cree, mi hermosa hada encantada de las rosas?", dijo romántico sonriéndole con ternura y deseo. Candy sonrió contenta de sus palabras, antes de que él le robara el primero de muchos besos apasionados que él le robaría aquella primera mañana mágica juntos. La pecosa rodeo su cuello con sus brazos después de un momento, acariciando el suave cabello de su nuca con una de sus manos, y sin decir más, el joven Brower, en medio de besos y sonrisas cómplices, fue deshaciendo despacio el moño de la cinta que cerraba el delicado albornoz de su pecosa, retirándole la prenda por completo, bajo la sonrisa apenada de la joven al estar ella sin ropa bajo ésta. Su apuesto esposo mirándola a los ojos, para no apenarla más, la instó con delicadeza a girarse de lado, a lo cual la joven rubia obedeció sin saber por qué pero expectante, y sin dejar Anthony de acariciar su níveo y suave cuerpo, se colocó tras ella, abrazándola hacia sí, y acariciando Anthony su cadera y muslo sugestivamente, entre besos y caricias que siguieron al Candy volver su rostro hacia él y tomar su esposo sus labios en un apasionado beso, el joven Brower comenzó a preparar a su esposa con delicadeza, atendiendo el llamado de sus respingones pechos con su mano, y bajando poco a poco a su zona íntima, para luego de varios minutos, entre besos, gemidos y caricias - al él también prepararse al estar tras su bello derrier -, levantar la pierna de su esposa, apoyándola sobre las suyas, haciéndose un espacio necesario para rozarla acompasadamente con su hombría, antes de buscar asilo en la calidez de su cuerpo.

Rozándola con mayor intensidad luego de unos momentos, sin aún intentar entrar en ella, hizo gemir a Candy con mayor intensidad, con cada caricia. A su gentil danza se aunaban el roce de su firme y cálida mano, estrujando con contenida fuerza sus sensibles pechos, acariciando su pancita, mientras su otra mano la abrazaba por la cintura, manteniéndola sujeta en su abrazo. Los besos y los ocasionales mordiscos de su esposo en su cuello, aunado al aumento de la fuerza en sus movimientos, hicieron que Candy, luego de unos minutos sintiera una fuerte contracción en su vientre.

"¡Anthony!...", la rubia curvó su delicado cuerpo hacia él, gimiendo.

Sintiéndola temblar en sus brazos, Anthony continuó con sus ministraciones, pero bajando su mano, agregó la presión de su dedo a su delicado botón, acariciándolo, haciéndola gritar y gemir de pronto, con más emoción que antes.

La labor del muchacho persistió hasta que su pecosa se quedó finalmente quieta, sabía que debía prepararla bien, antes de intentar volver a abordarla. El doctor Miller le había dejado clara esa parte.

Besando su ahora húmedo hombro, dándole a la rubia algunos momentos para recuperarse, luego de unos minutos, Anthony volvió a comenzar la adoración del cuerpo de su pecosa, permitiéndose ahora, sin embargo, ser partícipe de su placer al unirlos nuevamente, con mayor facilidad, aunque con un poco de resistencia todavía, y comenzar su danza de amor eterno junto a ella, en total adoración y mutua pasión, besándose ambos con desesperación nuevamente luego de unos momentos a pesar de una posición tan diferente, siendo su habitación testigo nuevamente de su mutuo frenesí, y del sonido de la cama y de sus cuerpos y de las voces de exaltación… amor… y total liberación… y dicha, al amarse.

"¡Anthony…!", gritó su pecosa otra vez, casi que estrujando la cadera de su amado, poniendo sus uñas blancas de tanta fuerza que hacía.

Su agarre magnificó la experiencia para el rubio, "¡Candy!", el muchacho la alcanzó de inmediato, aferrándose a ella también en medio de su dicha, aferrándola a sí con cada última embestida, como siempre lo había hecho… como si se tratara de la vida misma…

Dos horas y media después, casi a las once, el joven matrimonio bajaba finalmente al primer nivel, luego de una larga sesión matutina. Ya vestidos y bañados, bajaban la escalera, muy enamorados y sonrientes, llegando al comedor de la casa, sorprendiéndose el joven Brower de encontrar la mesa ya servida para ambos, y la mitad de un pan con jalea en uno de los platos.

"Me levanté temprano para prepararte el desayuno, amor", le explicó ruborizada su esposa, "Pero como seguías durmiendo tan profundo, decidí comer un poco yo sola tempranito, porque anoche no cenamos." Anthony se sintió mal de inmediato por olvidarlo.

"¡Candy!, ¡Mi vida!", el alto rubio se volvió hacia ella, "¡Cuánto lo siento!", le dijo, apenado. "¡No debí olvidarme de algo tan importante como eso!, continuó sujetándola de su cintura, acariciando su pancita. "Perdóname, amor… -¡Y perdóname tú también, pequeño!-"

Candy le sonrió al ver que le hablaba también a su hijo, acariciando su corto cabello dorado, al él acercarse a su pancita.

"No es para tanto, Anthony. Yo ya comí un poco.", le dijo. "¡Pero ya tengo hambre otra vez!", le sonrió su pecosa restándole importancia al asunto. "Recuerda que yo también lo olvidé, amor. Y es que… anoche, fue la noche más maravillosa de mi vida," le dijo sincera. "¡La mejor de mi vida…!", le confesó. "Y esta mañana, Anthony…" le sonrió hipnotizándole con su verde mirada mientras recordaba los momentos vividos, "Fue todo y más de lo que jamás soñé...", le dijo sincera.

"Pecosa mía…", le dijo Anthony viéndola conmovido, sintiendo un fuerte sentimiento de amor en su pecho tan fulgurante como el sol mismo en el cielo, y mirándola con igual candor y adoración, el joven Brower se inclinó lentamente hacia sus labios, y la volvió a besar con una mezcla de pasión y reverencia que dejó a la pecosa embebida en el momento, bebiendo del elixir de la felicidad de sus adorados labios, al tiempo que ambos respondían a cada movimiento del otro con una total y absoluta veneración y entrega.

Cuando el momento tan especial entre ambos terminó, Candy abrió sus ojos verdes y le sonrió alegremente, "Ven, amor, deja que te sirva.", dijo contenta, pasando de largo por el comedor, yendo directo hacia la cocina al fondo, mientras Anthony dudaba en tomar asiento a la mesa solo o seguirla. Candy le había dejado preparado el lugar a la cabeza de la mesa que, en número, a diferencia de la de la mansión Andley, era para solo seis personas.

"¡Siéntate, amor!", se asomó feliz la pecosa desde la puerta abierta, ahora luciendo un lindo delantal blanco, y desapareció nuevamente dentro de la cocina, haciéndolo sonreír.

"Está bien, pecosa. ¿No quieres que te ayude en algo?", preguntó intrigado, tomando asiento, y dejando su bastón a un lado de su silla.

"Solo tomará un momento, amor.", escuchó su voz desde la cocina. "No te preocupes, lo dejé todo listo. Solo lo caliento un momento." Anthony asintió con una sonrisa.

"Sabes, conocí a la señora Morris esta mañana", continuó la conversación la pecosa desde la cocina. "Es muy amable y comprensiva, vino a ayudarme temprano con el desayuno, y nos dejó el almuerzo. Lo trajo ya hecho. Dijo que dejará la cena en el porche para no molestarnos a la noche."

"Qué bien", le dijo sonriente el rubio desde el comedor.

Candy asomó unos momentos después llevando en sus manos una larga charola.

Anthony se levantó de inmediato para ayudarla, quitándola de sus manos. "Candy, debiste decirme."

"Pero si no pesa." Le dijo la joven, viendo al rubio llevarla y colocarla sobre la mesa. "Gracias, amor.", le sonrió y acercándose, ella retiró de la charola los platos servidos que ya traía con sus desayunos. El pan hecho por la señora Morris ya estaba en la mesa. Y regresó ella a la cocina por una jarrilla de té caliente, el cual sirvió en la taza de Anthony, dejándola sobre la mesa. Luego fue a la cocina nuevamente por un poco de agua caliente para su agua con limón. Luego de ella terminar, Anthony retiró la silla para ella para que se sentara.

"Gracias, amor."

Y luego tomó él su lugar nuevamente a la cabeza de la mesa.

"¡Wow, Candy!" dijo viendo el menú, "¡Todo se ve absolutamente delicioso, amor!", sonrió el rubio, quien para esa hora estaba literalmente muriéndose de hambre.

La mesa era sencilla, pero abundante, el omelette de jamón, el tocino, la fruta picada, la jalea y la mantequilla en la mesa, junto con al pan horneado de esa mañana, era todo un manjar para los hambrientos recién casados que, tras una breve oración, sonrientes compartieron su primer desayuno en familia, entre conversaciones amenas y anécdotas de los últimos meses, con el sonido de la chimenea desde el salón, mientras reían y comían con ánimo.

"¡¿Que no regresaron a dormir ayer dices?!", preguntó asombrado el señor Britter. "A veces no bajan a cenar, lo sé, porque Anthony a veces está cansado, pero jamás pensé…" dudó. "Pero ¿a dónde fueron?", preguntó entonces consternado.

William le había pedido al suegro de su sobrino y a su esposa, padres de Candy, que se reunieran con él en el despacho de la mansión Andley antes del desayuno de esa mañana.

William Albert, sentado frente a ambos, intentó mantener un aire casual antes de continuar. "Lo que sucede, señor Britter, es que mi sobrino tomó la iniciativa de brindarle a Candy unos días de descanso, una distracción de todo lo sucedido este año. Se fueron a pasar unos días a una propiedad nuestra en este condado, no se preocupe. Regresarán a tiempo para la cena de navidad." - O al menos eso esperaba… -

"¿Candy estaba al tanto de esto? Ella nunca me mencionó nada.", dijo la señora Britter. "Ni siquiera cuando estuvimos tejiendo juntas ayer, mientras Anthony descansaba de su viaje al pueblo, no lo mencionó", dijo la dama preocupada.

"Fue una sorpresa de parte de Anthony para ella, señora Caroline", sonrió el patriarca. "No se preocupe, todo fue preparado con la debida antelación. Su equipaje fue trasladado antes de su llegada. Y ellos estarán bien atendidos en el lugar."

La elegante señora de cabello dorado no se atrevió a reclamar más y asintió, sin embargo, mantuvo su actitud preocupada.

"Descuida, querida.", le dijo su esposo a su lado, apoyando su mano en la de ella, "Recuerda que ahora Candy depende solo de su esposo y no de nosotros."

Su esposa se le quedó viendo sorprendida, reconociendo de pronto que su pequeña traviesa ya no era más su niña querida nada más…

"Es cierto, Robert", reconoció la dama entristecida. "Perdimos a nuestra pequeña." Le dijo intentando no llorar.

"Caroline…", la consoló su esposo.

"Si me lo permite, señora Caroline.", dijo William Albert llamando la atención de ambos esposos. "Déjenme asegurarles de que no es así. Candy los ama a ustedes y mucho, nunca se apartará de su lado. Y puedo afirmar también que, tratándose de Anthony, en realidad, no es que hayan perdido una hija, sino como se dice, con él realmente lo que han ganado es un excelente hijo y un protector irrevocable para Candy.", les aseguró. "Créanme que no pudieron tener un mejor yerno que mi sobrino." Les aseguró con convicción, sorprendiendo a sus dos interlocutores.

"Gracias, William.", dijo el señor Britter, agradeciendo sus palabras. "Al principio - no he de mentirte, William -, yo tenía mis dudas. Pero al ver cómo él ha tratado a mi hija durante estos últimos meses, lo feliz que ella se encuentra a su lado, ya no tengo la menor duda de ello.", reconoció. Luego viendo a su esposa junto a él, continuó, "¿Lo ves, querida? Hasta William lo dice. Anthony cuidará bien de nuestra pequeña. No tenemos por qué preocuparnos ahora que volvamos juntos a Nueva York. Ella estará bien."

La señora Britter, intentando sonreírle, asintió.

William sonrió también conmovido, viendo a los cariñosos suegros de su sobrino darse fuerza mutuamente para aceptar con resignación que su hija ya era toda una mujer adulta y casada y que su lugar dentro de su vida había cambiado para siempre. Tan solo esperaba que el día en que le tocara a él y a Charlotte experimentar lo mismo con sus futuros hijos estuviera aún muy lejano… en un futuro todavía distante.

"¡Llegaaa…!"

¡Platzz!

"¡Auch!", gritó Anthony, tras recibir una bola de nieve de su divertida esposa que si algo tenía era buena puntería. "¡Dijimos que sería un tiro a la vez, Candy!", se quejó el rubio, desde su lado de su trinchera quitándose la nieve de su rubio cabello. Se había asomado para tirar y Candy le había atinado directo en la cabeza, haciéndole errar su propio tiro.

La risa cantarina de la pecosa se dejó escuchar, alegrándole el corazón. Al salir de la cabaña tras el almuerzo de pollo asado y la siesta que durmieron abrazados en el acogedor sillón de la sala, los esposos Brower se habían dado cuenta de que había caído suficiente nieve la noche anterior alrededor de la cabaña, y contándole Candy que de pequeña ella jugaba guerritas en el Hogar de Pony con los demás niños, dejando a Candy en el porche para que no tropezara, Anthony inició con ella una guerra de nieve desde atrás de un árbol cercano en el patio de enfrente, tomando su pecosa la nieve de la pasarela de la casa para hacer sus propias balas de nieve, ocultándose tras la misma baranda y tras dos gruesos y labrados postes del porche para evitar los lanzamientos de su marido.

"Ya verás, pequeña pecosa…" Susurró Anthony y agachándose, creo varias cargas pequeñas para no lastimarle y, jugándoselas, se asomó, solo para recibir otra vez dos bolas de nieve, una tras otra, de inmediato, una en la cara y otra en el pecho. Candy rió otra vez divertida.

"¡Con que esas tenemos!, ¡¿eh?! ¡Haciendo trampa otra vez!", dijo el rubio retirando la nieve de su bello rostro y fino abrigo, y fingiendo enfado "¡Ya verá, señora Brower!", dijo y se dirigió de vuelta hacia la casa, con cuidado, pero con paso decidido, recibiendo dos proyectiles más, entre las risas divertidas de la rubia que al verlo acercarse a la escalinata, gritó finalmente y corrió de inmediato a la puerta de ingreso de la casa para escapar, siendo alcanzada por su alto y abrigado esposo por la cintura, haciéndola girar de vuelta hacia él, riéndose.

"¡Ahora verá, mi tramposa señora Brower!", dijo divertido, comenzando a hacerle brevemente cosquillas sobre el grueso abrigo de invierno que portaba, comenzando ella a reís, y al ella pedir la pecosa clemencia entre risas, sin poder escapar de su ataque, el rubio sonrió. "Está bien.", dijo deteniéndose en su ataque. "Pero ahora tendrá que hacer usted una penitencia por romper las reglas de nuestro juego.", le dijo.

"¿Una penitencia?", preguntó sorprendida la abrigada rubia en su abrazo.

"Así es.", dijo Anthony. "Usted rompió flagrantemente las reglas de nuestra guerra de nieve y eso debe de ser penalizado debidamente."

Candy sonrió, "Y… ¿qué penitencia se le ocurre a usted darme, señor Brower?", le dijo la rubia divertida, apoyando su cuerpo más en el de él, para verlo hacia arriba, mientras deslizaba sus manos por su pecho, sobre su abrigo, con una risita. "¿Hay algo que usted desee mucho que yo haga?", le preguntó divertida.

El rubio trató de ver hacia el jardín frente a la casa, intentando fingir que pensaba el asunto con exagerada seriedad, pero su pecosa lo ganaba con esa actitud juguetona al verlo, estando ella aún en su abrazo. Sus azules ojos regresaron a los vivaces verdes de la rubia, y no pudo evitar reír junto con ella. "Quizás haya algo talvez…" aceptó divertido entonces.

"¿Qué cosa?", dijo curiosa la rubia.

"Pero le advierto, señora Brower, que talvez implicaría el uso de una cierta acogedora alfombra blanca de piel, junto a una cálida chimenea, en nuestra sala del primer nivel…"

"Y… ¿eso representaría un problema?", inquirió Candy, alzando una de sus delicadas cejas de manera coqueta.

Anthony la miró sorprendido. "¿No te molestaría, pecosa?", preguntó de pronto, saliéndose de pronto de su papel de contrincante de juego. La realidad era que no quería ofender a su esposa de ninguna manera. Las normas de conducta de la época en que ambos habían crecido eran bastante estrictas… sobre todo en cuanto a lo que a la vida íntima de las parejas se refería.

"¿Por qué habría de molestarme, Anthony?", preguntó Candy inocente. Su esposo le sonrió con ternura.

"Por nada en particular, pecosa. Pero… no es algo común entre los esposos.", le dijo con algo de seriedad. "No sé si sabes a lo que me refiero.", le preguntó.

Candy comprendió de pronto su expresión, y le sonrió. Ella también había hecho sus preguntas con las señoras de la Casa Andley respecto a sus dudas respecto a la vida marital, previendo la llegada de su vida juntos en la futura mansión Brower, y era verdad, en todas las conversaciones que había tenido, las señoras mayores jamás mencionaban otro escenario para sus encuentros con sus esposos fuera del abrigo y privacidad de sus habitaciones. Además de ser siempre por las noches. Jamás de día. Y con la luz apagada. No digamos quedarse sin ropa. Pero desde el momento en que ambos habían llegado a esa hermosa residencia tan enamorados, todos esos consejos y admoniciones se habían ido por la ventana sin siquiera considerarlos. Y por alguna extraña razón, en su corazón, Candy no se sentía mal por eso. Al contrario. De hecho, se sentía feliz… libre… completa… y amada como nunca antes.

"Talvez…", dijo la pecosa bajando su mirada con un poco de pena, "…deberíamos crear nuestros propios momentos de esposos juntos,", le sugirió elevando su mirada hacia él otra vez. "Cada pareja es diferente, Anthony… y nuestro amor… es diferente", se atrevió a comentar con suavidad.

"Lo es.", Anthony le dijo complacido, contemplándola maravillado, "Por supuesto que lo es.", le dijo convencido, acariciando su mejilla, mientras apreciaba el hermoso sonrojo que había surgido en su esposa al hablarle sobre algo tan íntimo entre ellos.

Hubo un silencio entre ambos, pero no incómodo. Solo acogedor, mientras se contemplaban con una serena adoración.

Anthony sonrió primero luego de un momento. "¿Puedo convidarla entonces a una deliciosa taza de chocolate caliente y galletas, frente al fuego, señora Brower?"

Candy rió de manera divertida por lo solemne de la invitación, y con aire de donaire le preguntó, "¿Habrá también alguna acogedora piel de oso blanco dentro del menú, señor Brower?"

Anthony rió encantado. "Me temo que será una parte ineludible del menú de esta tarde, mi querida señora Brower."

"¡Entonces acepto!", le dijo feliz la rubia.

Anthony río junto con ella, y luego, sin previo aviso, la levantó del suelo en brazos.

"¡Anthony, amor!", exclamó su esposa sorprendida y preocupada a la vez, sujetándose de su fuerte cuello, "¡Tu espalda!", le advirtió.

"Descuida, princesa." Le dijo Anthony abriendo junto con ella la puerta de la cabaña. "He tenido mucha práctica últimamente y no sé, creo que tu amor me ha revitalizado."

"Pero no debes abusar, amor.", le dijo Candy con preocupación.

"No lo haré, pecosa. Te lo prometo." Le dijo el rubio tierno, deteniéndose en el dintel de la puerta, "Solo déjame cumplir otro de mis sueños junto a ti. Entrar en brazos a mi bella novia a nuestro nido de amor."

Candy rió suavecito al escucharlo describir su cabaña así, recordando que Stear y Archie siempre los molestaban diciéndoles 'tortolitos'. Y olvidando su preocupación por un momento, la pecosa apreció junto con él el que la llevara dentro de la cabaña, avanzando él nuevamente, junto con ella en sus brazos, entrando a la antesala de la casa.

"Solo porque es nuestra luna de miel." Concedió ella con una risita, totalmente feliz.

"Solo porque es nuestra luna de miel, pecosa", repitió Anthony mirándola enamorado, al tiempo que, tras entrar a la casa, se volvía y teniendo a su bella y sonriente esposa aun en sus fuertes brazos, acercó su rostro al bello rostro de su esposa y la besó, ahogando una risita de la pecosa, al notar que su esposo había olvidado por completo su invitación al chocolate caliente, cerrando Anthony la puerta de la cabaña con su pie de manera distraída, obligando al mundo y a todas sus pretensiones y normas a quedarse afuera, en el frío,… dejándolos a ellos libres nuevamente de volverse a querer.

Continuará…

¡Gracias por leer!

-¡Y muy feliz luna de miel, Anthony y Candy!- ¡Ya vimos que les va muy bien! ¡Ji, ji, ji!

Muchas gracias por sus comentarios al capítulo anterior, amigas. Les agradezco mucho. Es difícil a veces escribir la historia en medio de tantas cosas que suceden, pero me alegra ver que al menos a ustedes les da un momento de alegría y distracción también.

¡Gracias, queridas Julie-Andley-00, Anguie, Sharick, Guest 1, Guest 2, Guest 3 y GeoMtzR, les envío saludos y bendiciones!

Y gracias a las que se unen a la lectura y a las lectoras silenciosas. Asumo con esperanza que les agrada la historia y su desarrollo. Y que les gusta la luna de miel también, ¡ji, ji, ji!

¡Les envío un gran abrazo a cada una!

Con cariño,

lemh2001

P.D. Pienso publicar el domingo 21 de enero.