El sonido estridente de un cuerpo fornido resonó en una de las habitaciones pertenecientes al Clan Kozuki, afortunadamente todo el mundo estaba ensimismado en sus propios asuntos y no escucharon los músculos de cierto espadachín chocar en el suelo.
—Maldición —susurró por lo bajo, frotando su cara en desesperación.
Apenas habían pasado un par de días desde que él y Luffy despertaron, la noche anterior se había celebrado el festival, estaban a unas horas de marcharse, sin embargo, así como Zoro había comido y bebido ante negativas del pequeño doctor, había sido la misma historia con su entrenamiento, aunque, había algo que tenía intranquilo al peliverde y no podía ignorarlo más.
Limpió el sudor de su frente y acomodo su yukata, aprovechando que todos los de la tripulación tenían con que entretenerse, se escabulló para buscar a alguien en particular, lográndolo minutos después en una zona apartada de los demás, probablemente para estar en silencio y tranquilidad, típico de él.
—Torao —llamó Zoro.
—Zoro-ya, ¿necesitabas algo? —preguntó el pelinegro.
—Tú eres como Chopper, ¿cierto?
—¿Ah? —exclamó, arqueando una ceja—. La última vez que miré mi rostro no tenía cuernos —dijo sarcástico.
—Doctor, me refiero a eso, eres un doctor, ¿no? —le dijo el peliverde, recibiendo un gran suspiro de Law.
—¿Era tan difícil decir eso desde el principio? —cuestionó Trafalgar, era increíble que después de todo este tiempo navegando junto a ellos aún le era difícil comprender del todo al espadachín y al hombre de goma, al menos en sus expresiones…quizás también en su actuar, pero eso era aparte —. Sí, soy médico —respondió finalmente.
—Toma —dijo Zoro, dándole un pañuelo azul doblado. El capitán de los Piratas Corazón no entendió del todo por qué tenía eso en su mano y se lo hizo saber al peliverde mirándolo con duda en su rostro—. Ábrelo.
Y así lo hizo, mirando con sorpresa lo que había resguardado en la tela, era sangre. El color era brillante, eso le daba indicios que probablemente era fresca.
Law abrió los ojos en sorpresa.
—¿Es…tuya? —preguntó al peliverde a la par que miraba más detenidamente el pañuelo, pues creía ver algo más—. ¿Qué es…son pétalos?
—Sí —afirmó el espadachín—. Sí para ambas cosas.
—De acuerdo, ¿por qué mezclaste pétalos con tu sangre? ¿Te heriste cerca de un rosal?
—No —respondió—. Eso salió de mi boca, lo tosí.
—¿Qué tú qué? —cuestionó con incredulidad el médico—. ¿Qué quieres decir con eso?
—Tosí, mi pecho dolía, tomé ese pañuelo que estaba cerca y cuando tosí más fuerte para deshacerme de la obstrucción, salió eso —explicaba el espadachín, mirando la expresión confundida de Law, y, dubitativo, mencionó—: no es la primera vez.
Trafalgar estaba confundido, su cabeza solo le dictaba lo más lógico.
—Esto no debería saberlo yo —le dijo—, tienes que consultarlo con el doctor de tu trip—
—No —sentenció el peliverde antes de que Law terminara la oración—. Si lo consulto con Chopper le dirá a los demás, no sabrá mantener el secreto, ya ha tenido que resolver bastante por su cuenta, al igual que los demás y sé que tú eres discreto.
El pelinegro chasqueó la lengua.
—¿Alguna idea de por qué sucede esto? —preguntaba el espadachín.
—Dijiste que no era la primera vez, ¿cuántas más?
—Hace dos años, unas dos veces, y ahora estoy seguro de que sucedió después de vencer a King y desmayarme, una vez al despertarme hace unos días y…hoy, supuse que era hora de pedir ayuda después de esta ocasión, no había sentido dolor en el pecho hasta estas últimos dos veces…creo.
—¿¡Tanto tiempo!? ¡Por qué no lo mencionaste antes! —reclamó el médico, una vena resaltaba su sien en señal de enojo.
—No pensé que fuera necesario hasta hoy —se excusó el peliverde—. ¿Alguna idea?
Trafalgar masajeó su sien y suspiró.
—Una —respondió—. Sólo existe una enfermedad reportada con estas características, es muy rara y antigua —dijo al peliverde, este, le miró con miras a que prosiguiera—. Hahanaki, ese es su nombre.
—¿Hahanaki?
—Así es. Los reportes de esta enfermedad relatan que el portador empieza con punzadas casi imperceptibles en el pecho, tos esporádica, sigue tos con sangre y pétalos pequeños, después aumenta el dolor en el pecho, la tos es más frecuente ahora con más sangre y pétalos de mayor tamaño, la etapa final es dolor en pecho y garganta por expulsar rosas completas con espinas, todo esto es porque el brote inicia en el corazón y se va a los pulmones, invadiéndote.
Zoro tragó saliva escuchando la explicación tan certera de Law, ¿una enfermedad así era posible?
—¿Por qué yo? —dijo el peliverde—. ¿Me intoxiqué con alguna flor maldita? ¿Alguna zona infectada por una fruta del diablo?
El pelinegro rascó su mejilla y miraba al espadachín con una mueca, no sabía que tan bien tomaría lo que iba a decirle.
—No —respondió el médico—. La enfermedad de Hahanaki solo tiene una causa reportada —mencionó, el espadachín lo incitó a continuar—. Es amor…un amor no correspondido.
—¿Ah? —respingó de inmediato el espadachín—. ¿De qué diablos estás hablando?
Trafalgar dio un largo suspiro tratando de ordenar sus palabras de la mejor manera posible.
—Como dije, es muy antigua, si hay al menos cien casos reportados en todos estos años es demasiado. Lo que casi todos tenían en común era que sus síntomas habían iniciado al enamorarse de alguien, pero sin ser correspondidos, a medida que su devoción crecía, lo hacían también los síntomas, los pocos que sobrevivieron era porque su amor era correspondido sin saberlo, pero fue de su conocimiento justo en tiempo para que la enfermedad no llegara a su etapa final, una vez que su amor era bien correspondido, la flor desaparecía de su corazón.
Zoro lo escuchó atentamente sin poder creer lo que escuchaba, realmente.
—No estoy enamorado —dijo tajante el espadachín—. No tengo tiempo para eso.
—Podrías no estar consciente de ello y estarlo desde hace mucho tiempo —replicaba Law.
—¿Disculpa?
—Tu corazón se enamoró antes que tu mente —musitó el médico—. Los médicos que investigaron esta enfermedad relataban que esta era la causa más común por la que muchos de los casos no sobrevivieron, ellos mismos no se dieron cuenta de quién se habían enamorado. En sus palabras, el corazón cae primero que la mente, tu corazón empieza a latir por aquella persona sin que estés consciente de ello, hasta que el amor es tanto que una rosa empieza a brotar para que te des cuenta de tus propios sentimientos. Irónicamente tu corazón hace que mueras de amor —reía medianamente el médico.
—No lo entiendo —dijo el espadachín—. Si no sé quién es, ¿qué se supone que haga? ¿No me venció un maldito castillo andante, pero si una rosa? —gruñó el espadachín.
—Hay una manera —mencionó el pelinegro—. Según mis conocimientos, el portador es el primero en enamorarse, tú toses pétalos de rosa, pero la persona por la cual tu corazón está latiendo le brotan pétalos debajo de la piel, no causan más que irritación, pero funcionan como un "mecanismo de defensa", por así decirlo, su propio corazón le avisa que algo sucede. La diferencia es…te corresponda o no, la irritación igual se va, mientras que el portador entra en la etapa…terminal.
Zoro entendió eso.
—Tu corazón se enamora, trata de transmitirlo a tu cabeza, una vez que se sincronizan sigue el paso para saber quién es, si te corresponde, es un sentimiento que debe llegar tanto a tu mente como tu corazón, ninguno debe tener dudas de la reciprocidad y entonces todos los síntomas desaparecerán.
—Y si no —inquirió el peliverde, recibiendo silencio por parte de Law—. Entiendo.
Zoro cerró los ojos fuertemente, nada de lo que había hecho hasta ahora sonaba tan pesado y agobiante como esto, ¿investigar de quién estaba enamorado? Se supone que su corazón debía obedecerlo, ¿por qué había actuado sin su consentimiento?
—Hubo un médico que escribió la resolución de la enfermedad en un poema corto —mencionó Law, recitándolo:
"Deja que brote
Aquella espina dolorosa
el rio rojo déjalo correr
Así nace la flor
Que solo dos podrán ver"
—¡Y qué se supone que significa eso! —farfullaba el peliverde con enojo.
—¡Yo que voy a saber, sólo trato de decir todo lo que sé sobre esto! —respondió el médico, irritado.
—¿Existe otra cura, Torao? —preguntó Zoro, recobrando la compostura, mirando como Trafalgar desviaba la mirada.
—Quizá —dijo—, pero no diré nada hasta que intentes el tratamiento principal —sentenció, haciendo gruñir al espadachín.
—No sé por dónde empezar —dijo fastidiado el peliverde.
—No será difícil —le respondió Law—. Mencionaste que te sucedió antes y después de lo que sucedió en Sabaody, solo hay un grupo de personas que no han cambiado en todo este tiempo —le dijo el médico, viró los ojos al ver la cara confundida del espadachín—. Tu tripulación, es alguien de tu tripulación, Zoro-ya.
El espadachín frotó su cara en desesperación y sorpresa mientras gruñía.
—Te haré el favor de ser discreto —le dijo Trafalgar, sacándolo de su arranque de estrés—. A cambio tendrás que seguir las indicaciones que te mencioné, pero no tardes tanto; tanto ustedes como yo, no esperaremos mucho para zarpar —sentenció el médico, desapareciendo después de la vista de Zoro.
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El espadachín de los Sombrero de Paja caminaba a paso lento y pesado hacia el Sunny, donde sabía que estaban todos guardando provisiones y verificando si existían reparaciones pendientes, era el lugar perfecto para descartar quién era el culpable de su enfermedad.
El peliverde se quedó cerca de todos para observarlos y escuchar a lo lejos reclamos e indicaciones, la primera que miró fue a Nami charlando con Robin.
—¿Nami? —dijo mirando a su pecho, como si la pregunta fuera hacia su corazón, pero no hubo respuesta—. Claro que no, incluso si tuviera dinero, solo querría el dinero. ¿Robin? —se cuestionó mirándola—. No hay manera. Ambas son mis amigas —concluyó.
Se fue acercando de manera sigilosa hacia el barco, mientras platicaba consigo mismo dentro de su cabeza.
—¡Zoro! —escuchó a sus espaldas y en dos segundos sintió el peso de su capitán sobre su espalda y una caja—. ¡Sube esto al barco! ¡Adiós! —le dijo el hombre de goma, estiró el brazo y se esfumó al mismo tiempo que el espadachín escuchaba un molesto "¡Mugiwara-ya!".
Zoro dejó escapar una pequeña carcajada, Luffy era su capitán y su mejor amigo, nada más.
Se encaminó a dejar a bordo la caja que le había encomendado el pelinegro mientras miraba al resto de la tripulación: Usopp y Chopper ayudando a Franky, Brook riendo con Jimbei.
"Nunca", pensó Zoro.
Dejó la caja en el suelo y llevó su mano derecha hacia su pecho, no sentía nada, si no era alguien de su tripulación, ¿entonces quién?
—¡Chicos! ¡Hora de un aperitivo! —escuchó de la parte superior del barco, era Sanji.
Zoro chasqueo la lengua mientras veía como les daba a todos bolas de arroz y hacía sus típicos ruidos molestos al dar los que correspondían a Nami y Robin, a los segundos miró como se acercaba a él.
—Toma —le dijo, extendiéndole un plato con cinco bolas de arroz—. Son de atún, come bien Marimo, no quiero tener que hacerme cargo de ti otra vez —se burló Sanji, sonriendo con sorna.
—Como si quisie—
Badump.
"¿Eh?"
Badump.
—¿Marimo? —escuchó que el cocinero le llamaba, pero Zoro se paralizó.
Badump.
—¿Acaso quieres agua? —preguntó el rubio, rascando su nuca.
Zoro pudo observar como la parte donde Sanji se rascaba sobresalía de un color rojizo.
—¿Qué te sucede? —cuestionó el espadachín al instante que notó el movimiento contrario, señalando la nuca del rubio.
—Salpullido, Chopper me dio un remedio hace unos días, pero aún no se va.
Zoro trató de profundizar su observación en aquella irritación y lo que pudo mirar no eran erupciones normales, parecían…pétalos, líneas que parecían formar pétalos rojizos, ¿no se dio cuenta de eso Chopper?
"Demonios", pensó, y de nuevo pudo percibir un martilleo en su pecho, sentía como su respiración se volvía más errática, no quería externar sus síntomas, mucho menos a él.
Badump.
—Zoro —escuchó que le llamaba el cocinero, dejando escapar un tono preocupado—, ¿estás bien?
Badump.
Y sintió como algo obstruía su pecho y viajaba hacia su garganta, ocasionándole un dolor agudo.
"Demonios, demonios, demonios…", repitió la maldición en su mente.
—Sí, nos vemos…luego —musitó al cocinero, corriendo junto con el plato de onigiris hacia el bosque de bambú donde solía entrenar.
—¡Zoro! —pudo escuchar que le llamaba el rubio, pero el peliverde no miró atrás.
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Detente.
Detente.
¡Detente!
Era lo único que repetía el espadachín mientras andaba hacia lo más recóndito del bosque, hasta que no pudo controlar más las arcadas que venía atrasando desde hace unos minutos, sus rodillas cayeron en el pasto, abrió su boca y dejó salir lo que venía obstruyendo su pecho: pétalos, sangre, dolor.
Colocó una mano sobre su pecho, tratando de controlar su respiración agitada y el escozor de su garganta, removió dentro de su haramaki en busca de un trozo de tela que había guardado, empezó a limpiar alrededor de sus labios y parte de su cuello mientras se sentaba con las piernas cruzadas. Por un segundo había olvidado que traía un plato con onigiris, se alertó al no tenerlo en sus manos, pero se tranquilizó al instante al observarlo a unos centímetros de su cuerpo, habían perdido levemente su forma y el nori se había desprendido un poco, en general aún estaban impecables, no podía desperdiciar nada de lo que hiciera el cocinero.
El cocinero.
Con que era Sanji, ¿eh?
"Por supuesto que es él", decía dentro de su cabeza mientras estampaba la mano contra su frente y mordía su comida.
Ciertamente la realidad que le había golpeado como agua fría era simplemente una verdad que fingía no mirar de frente desde hace mucho tiempo.
¿Desde cuándo?
Probablemente…no, no probablemente, era seguro, que aquellos océanos azules le habían provocado galopes en el pecho desde la primera vez que lo miró en el Baratie, y una vez arriba del Merry prestó más atención a sus singulares cejas, he ahí porque de vez en cuando se le escaba inconscientemente llamarlo "cejas bonitas", Zoro a veces dejaba escapar sus pensamientos reales, aunque eso solo sucedía cuando se perdía profundamente en la sonrisa y gestos del cocinero, lo cual era seguido, así que aprendió a controlar sus filtros mentales solo un poco mejor.
Entonces, como si un den den mushi proyector se hubiese instalado dentro de su cabeza, varias imágenes recorrieron la mente del espadachín; zarpando del Baratie, esa fue la primera vez que sintió un golpe fuerte en el pecho y se encontraba a sí mismo en varias ocasiones mirando al cocinero lo cual daba pie a sus singulares riñas, y con ello Zoro estaba bien, eso era suficiente.
En Thriller Bark fue cuando sintió una nueva punzada en su pecho, no era un dolor igual al de sus heridas por la batalla, era un dolor terrorífico, lleno de temor al ver como Sanji se colocó frente a él, como pretendía dar su vida a Bartholomew Kuma en su lugar, por eso tuvo que golpearle para dejarlo inconsciente, pudo escuchar la maldición de Sanji antes de caer al suelo, tomaría esas palabras con gusto si eso había significado dejarle vivir, Zoro no pretendía morir ese día, mucho menos si eso causaba algún estrago al cocinero por ser el único espectador y pretendido sacrificio, ese día Zoro resistió por su tripulación, por su capitán, por su cocinero.
Seguramente aquel día había sido la primera vez que brotó sangre de su pecho, sin embargo, era difícil afirmarlo con claridad por el panorama completo.
Y a partir de ahí tenía que controlar mejor lo que su corazón trataba de decirle y su cabeza quería ignorar: estás enamorado.
Se separaron, dos años, dos largos años, a veces Zoro suspiraba en medio de su entrenamiento en aquel oscuro castillo, hasta que hubo un día que sus diez suspiros seguidos no pasaron desapercibidos por su "maestro", eso provocó que le contara todo a la última persona que hubiera pensado: Mihawk.
No lo juzgó, no se burló, su mirada siguió tan serena y estoica como siempre, tomó de su copa vino y musitó: "entonces hazte más fuerte, y podrás protegerlo", no dejó que el espadachín menor respondiera y atacó, siguieron con el entrenamiento, pero ahora el peliverde esbozaba una pequeña sonrisa. Esa liberación de sentimientos y consejo concreto le había ayudado más de lo que quería admitir.
Era una lástima que cuando hubo que proteger a Sanji, Zoro no estaba ahí, y entonces consideró que había fallado. Llegar a Zou y enterarse que se había ido por un matrimonio arreglado rompió más su interior de lo que pensaba, por que el cocinero era idiota con cualquier mujer y si era lo suficientemente bonita y le gustaba la comida era seguro que caería a sus pies, y ella caería gracias a su comida —¿quién no caería con su comida?—, pasó por la rabia diciéndole a Luffy y los demás que lo dejaran ahí y a la genuina preocupación cuando escuchó el plan por fuera de la cabaña, esquivando las palabras de su capitán sobre su preocupación por el cocinero. En silencio se maldecía a sí mismo por no acabar antes en Dressrosa, por no haber ido a Zou, por ser parte del grupo que se fue a Wano, su primera noche ahí fue fatal, ahora recordaba que se había levantado por un dolor agudo en el pecho y expulsó algo, que ahora sabía era sangre y pétalos de su enfermedad, al menos fue una semana de expulsar su estrés por la noche, hasta que aprendió a recobrar la compostura, confiaba en sus compañeros, y al final Sanji regresó.
Lo último fue…eso.
"Si pierdo la cabeza, debes matarme"
Zoro peleaba con la mano derecha de Kaido, no podía cuestionar en ese momento al cocinero preguntándole que diablos significaba esa petición, atacó de manera furiosa a King para mandarlo a volar y responderle al rubio: "hasta entonces, no mueras", espetó como eufemismo para "no te atrevas a morir".
Derrotó a King, una vez en el suelo volvió a sentir el dolor en su pecho, era insoportable, era de preocupación, sabía lo fuerte que se había vuelto el cocinero, sabía que estaría bien, pero no podía evitar pensar en él, que quería mirarlo con sus propios ojos, pero su cuerpo ya no podía, escupió pétalos, cerró los ojos y no supo más hasta días después.
"He regresado del infierno para matarte", fue lo primero que le dijo al cocinero, no era mentira, había desafiado a la muerte misma por regresar, salió del infierno, por él.
Probablemente esa última situación fue la gota que derramó el vaso, por eso había estado con un dolor ya crónico en el pecho escupiendo más liquido rojo, había ocurrido más veces de las que mencionó a Torao.
"Demonios", maldijo, de nuevo.
Zoro talló sus sienes, había terminado su comida, pero la cabeza comenzaba a doler, entonces detalló en lo que había expulsado hacía unos minutos, eran los pétalos, pero no solo los pétalos, es el tamaño, son más grandes, había un pequeño tallo con espinas con un brote incompleto.
Las espinas, por eso su garganta aún ardía y dolía, pero…parecía una rosa incompleta.
Tos más frecuente. Pétalos más grandes. Una rosa incompleta con espinas.
Si empezaba a expulsar eso entonces…solo era cuestión de tiempo para sentir rosas completas obstruyendo su respiración, como lo dijo el médico de los Piratas Corazón, Zoro estaba a nada de la etapa final.
Eso significaba…
La irritación que no podía curarse el cocinero, lo había olvidado, esos pétalos bajo su piel eran su culpa. Poco importaba si el espadachín estaba muriendo del amor que sentía, pero no podía perdonarse que esos sentimientos estuvieran haciendo daño a Sanji de manera física.
"No diré nada hasta que intentes el tratamiento principal"
Y un demonio.
Haría hablar a Torao sobre esa otra cura, porque él no daría paso alguno, no le diría a Sanji.
Si tan solo fuera aceptar un rechazo y se acabó, podría soportarlo, tal vez, pero ¿y si eso no quitaba el malestar del rubio? Aunque el pelinegro le mencionó que sí, aún era una enfermedad rara, el cocinero podría no curarse con eso.
Zoro lo estaba hiriendo, estaba mancillando su piel con solo estar estúpidamente enamorado y eso no podía ser.
Tenía que acabar con esto de raíz y así asegurarse de que su cocinero estaría bien.
Podía protegerlo.
Tenía que buscar a Torao.
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Algo andaba mal.
El rubio tenía una rara sensación de inquietud desde que el espadachín había despertado una vez finalizado el encuentro con Kaido y su tripulación.
Sentía una opresión en el pecho, similar a su preocupación en Sabaody mientras su mirada seguía al peliverde mientras corrían del Pacifista, y luego Zoro se esfumo.
Que esa fuera la única comparativa que tenía sobre ese malestar no era para nada un buen presagio, que fuese similar a cuando perdió al espadachín herido de su vista…no quería perderlo de nuevo.
Aquella inquietud que sentía solo se hizo incontrolable cuando el marimo salió corriendo minutos atrás, y ahora el cocinero iba tras él, no pudo divisar a ciencia cierta hacia donde se había dirigido, pero una particularidad del rubio es que siempre tenía suerte para toparse con él, aún sin buscarlo.
"Aunque no estuvo cuando lo quise"
El cocinero sacudió rápidamente su cabeza ante ese pensamiento fugaz.
Desde hacía un tiempo que quería ser sincero consigo mismo, concretamente, desde aquel incidente de su matrimonio arreglado, porque al momento de ver quienes eran los que fueron por él, sintió decepción de no ver una cabellera verde, aunque rápidamente se recriminó por pensar eso en medio de toda la situación.
Una vez yendo hacia Wano, Luffy le había dicho a Sanji:
—Bueno, me alegro, al menos Zoro estará más tranquilo.
Al escuchar esto, el rubio arqueo una ceja.
—¿El cabeza de alga? ¿Que se supone que le preocupa más que el alcohol y las espadas? —se burló.
—Hmmm, al parecer, tú —respondió el pelinegro, tomándolo totalmente de sorpresa, ahogándose con su propia saliva.
—¿¡Qué!? ¡Tú…Luffy!
—Sentí sus intenciones de acompañarnos, pero era mejor que fuera a Wano. Como sea, vamos para allá y se alegrará de verte —concluyó de manera calmada, recostándose en el Sunny.
Sanji se alegró de que Luffy tuviera esa tendencia de decir estas cosas con los ojos cerrados, y que nadie más estaba cerca para escuchar eso, ni para verlo, porque podía intuir el color rojizo de su rostro, al sentir su temperatura aumentar en vergüenza.
De nuevo, el rostro del cocinero ardía en pena con tan solo el recuerdo de esa "conversación casual".
Para sorpresa del rubio, en la noche de aquel día, se encontró reflexionando mientras dejaba escapar el humo de su cigarrillo, quizá, estaba un poco molesto consigo mismo por no encontrar aterrador o imbécil lo que estaba pensando.
"Lo extraño"
Estaba seguro de que todo lo que pasó en Whole Cake fue una oleada de realidad para sus sentimientos, en primer lugar, estaba el confiar plenamente en sus compañeros, cosa que creía, estaba haciendo bien.
En segundo lugar…era dejar de encapsular lo que le decía su corazón.
A pesar de la forma tan despreocupada que tuvo para enfocarse en su prometida y fingir que habría felicidad en eso —para después escuchar la amarga verdad—, siempre sintió una opresión en el pecho que le gritaba "deja de mentirte".
Y aquel grito ahogado convertido en tristeza cuando no lo vió, fue lo que terminó por disipar toda su negación.
A decir verdad, quería hablar con él desde que llegaron a Wano, sin embargo, mucho tiempo, no hubo. Después, el espadachín estuvo días inconsciente, y, una vez despierto en las pocas ocasiones que tuvo de tomarlo para charlar a solas, el movimiento de sus piernas dudó en andar, dejando que el peliverde siguiera su camino, recriminándose segundos después de ser tan cobarde.
Pero ahora, estaba decidido, sobre todo por aquel mal presentimiento.
Justo como esperaba, miró una cabellera verde sobresalir de su vista y apuró su andar para encontrarlo, sin embargo, a medida que se acercaba, escuchó gritos de él, y alguien más.
—¡Entiende que no es lo mejor, Zoro-ya! —era Law.
—¡No me importa! ¡Ya no quiero lastimarlo! —escuchaba vociferar al espadachín, esas palabras lo impulsaron a escuchar de manera más detallada, tratando de esconderse en un par de árboles, lo suficientemente cerca.
—Sólo…piensa —refunfuñaba desesperado el médico—. Habla con Kuroashi-ya, no pierdes nada con intentar eso primero.
—Sí. Pierdo —dijo el espadachín de manera tajante.
—Si no te corresponde…entonces sí, podrías tomar la alternativa, pero ¿Qué hay si dice que sí?
—No lo entiendes —dijo Zoro, en tono más serio—. Tengo miedo de que me diga que sí, que me corresponda.
Sanji abrió sus ojos en sorpresa al escuchar eso... ¿corresponder, se refería de esa manera?
—No lo entiendo, tienes razón. Explícate.
Se escuchó un gran suspiro proveniente del espadachín.
—Nos hemos encontrado con muchos enemigos, todos… A mí, no me importa arriesgar mi vida, Torao, con tal de proteger a quienes quiero, y a quien amo. Yo soy un imbécil, si él me correspondiera…no sé si podría protegerlo de lastimarlo con mis acciones, él —rió un poco—, se preocupa demasiado, es muy noble, es también muy frágil, aunque piense que no me doy cuenta.
El cocinero se sentó mientras seguía escuchando.
—Él es fuerte, jodidamente fuerte y sé que puede cuidarse solo, pero soy tan tonto como para querer protegerlo siempre —suspiró—. Sé el peligro de donde estamos, lo sé desde que empezamos este nuevo recorrido; sí, tengo miedo, ¿por qué no decirlo? Si él me dice que sí y luego por mi ineptitud, lo pierdo. No podría sobrevivir, Torao, no. Ya se fue una vez y llegué cuando ya no era posible hacer nada, no quiero que eso se repita —talló sus ojos y se dirigió al pelinegro—. Si haces la operación, su malestar físico se irá y yo podré seguir protegiéndolo, sin que él sufra más de lo debido.
—Si realizo la operación, también desaparecerán tus sentimientos, serás incapaz de amar. No sé ni siquiera si seguirás siendo tú —explicaba en tono melancólico el médico—. Creo que el salpullido de él es lo de menos.
¿Salpullido?
¿Quiere decir que ese malestar que había pensado que era por estar expuesto a algo en Whole Cake, tenía que ver con Zoro?
—No me importa. El último cuarto al fondo antes de medianoche, ahí realizarás la operación —finalizó el espadachín, yéndose, dejando a un resignado Law.
El cocinero tenía mil dudas ahora, no sabía que pasaba con claridad, pero él tenía que ver, y ahora, el capitán de los Piratas Corazón, se lo diría.
────── ʚ ɞ ──────
El espadachín rascaba su nuca de manera inquieta mientras apaciguaba el dolor en su pecho y garganta por haber expulsado más brotes y espinas. Si el médico no aparecía, él mismo lo iría a buscar para que realizara el procedimiento.
Quería que todo estuviera bien de una vez.
Tan solo unos segundos después una sombra corrió la puerta, pero, no era el médico.
Era el cocinero.
—¿Qué haces aquí? —preguntó de manera brusca.
—Buscándote, marimo, ¿qué más?
—Estoy esperando a alguien, será mejor que—
—Torao no vendrá —sentenció el rubio—. No lo esperes.
El espadachín posó una expresión enfurecida, empezó a caminar con miras a salir de ahí.
—Ni lo busques, no lo encontrarás. No te realizará esa operación, Zoro.
Ante esas palabras, el peliverde regresó sus pasos para encontrar su rostro con el ajeno.
—¿Qué dijiste?
—Que no realizará la operación.
—¿Tú…? ¿Qué tanto sabes? —preguntó Zoro, molesto.
—Todo. Que te pasa, que me pasa, y lo que quieres hacer, y Zoro, no lo harás.
—Entonces apresúrate y dime lo mucho que me odias para terminar con esto de una vez por todas.
Sanji empuñó sus manos fuertemente y mordió su labio, respiró fuertemente y se impulsó a ser valiente.
—No. No haré eso, Zoro —sentenció—. Porque te amo, te amo como jamás he amado a nadie.
Los ojos del espadachín se desorbitaron, llevó rápidamente su mano izquierda a su pecho, el cual empezó a dolerle de manera aguda, sintió espinas en su garganta, trató de impedir su paso para expulsarlas deglutiendo, aunque eso solo lo lastimó más.
El cocinero le miraba aterrado sin saber que hacer, las palabras de Torao resonaron en su cabeza, "aunque le correspondas, él tiene que aceptarlo en su corazón y su mente, si no, no funcionará. Kuroashi-ya, es tan necio que, a pesar de que tú también lo quieras, podría matarse a sí mismo".
Zoro tenía un miedo tan irracional que se estaba lastimando, llevándose al borde de la muerte.
—¡Zoro! ¡Escúchame por favor! —lo tomó de la cabeza, una vez la tos y el dolor se habían apaciguado un poco—. Seamos valientes juntos, vayamos contra todo y contra todos, uno al lado del otro, no importa lo duro que sea el camino podemos atravesarlo —rogaba—, no estamos solos, no estamos solos…contamos con todos los demás, que también nos ayudarán —trataba de explicar el cocinero.
El espadachín retiró las manos ajenas de su rostro.
—Lo sé —respondió—. Sé que nos ayudarían, pero no arriesgaré sus vidas por ello. Todos tienen sueños que cumplir, y trataré de ayudar a todos lo más que pueda a que los realicen, incluyéndote.
—Zoro —pronunció el cocinero tratando de impedir que su voz se quebrara—. Una vez más, no estás pensando en que también tienes sueños que cumplir —llevó su mano derecha a acariciar la mejilla ajena—. Tenemos a nuestros compañeros, me tienes a mí y yo te tengo a ti, por favor…Zoro, acepta mi amor por ti y déjame protegerte también, enfrentemos todo, juntos —imploró el rubio.
Zoro alejó la mano del rubio lentamente, sonriendo con tristeza.
—Es imposible —musitó en voz suave y lastimera para el cocinero, al cual no pudo ver a los ojos.
Inmediatamente después de decir eso, el espadachín dio la vuelta con intenciones de irse de la habitación ante la mirada desorbitada del rubio, a los ojos de Sanji los pasos de Zoro sucedían en cámara lenta mientras los latidos de su corazón hacían eco en su oído interno, algo iba mal, esa intranquilidad que recorría todo su cuerpo era como una advertencia; si dejaba que el peliverde cruzara esa puerta ya nada sería igual, ya no podrían mirarse de la misma manera cómplice, no tendría el valor de lanzarle palabras toscas y divertidas por la riña más mínima, no podría tararear su nombre de manera juguetona al tenerlo de apoyo en labores domésticas, todo cambiaría, él cambiaría, su Zoro se iría.
Sanji se estremeció ante ese pensamiento.
Impulsado por el miedo de perder al espadachín tal como lo conocía, dejó que su cuerpo actuara solo para alcanzarlo antes de su partida, lo tomó del hombro y lo giró con brusquedad, no le dio tiempo a Zoro para decir una sola palabra porque solo hizo eco la voz enfurecida de Sanji:
—¿¡Por qué eres tan terco!? —gritó el rubio.
Acto seguido, Sanji tomó los hombros de Zoro arrinconando todo su cuerpo contra la pared, apretó los dientes y se impulsó para realizar un acto desesperado: besarlo.
El cocinero posicionó sus labios con los contrarios lleno de enojo y temor, sus manos se sentían débiles, pero trataba de aferrar sus dedos a los hombros del espadachín, sus piernas eran como una gelatina, su cabeza daba vueltas y su corazón pendía de un hilo.
Pasaron varios segundos en los que no sentía que correspondieran a sus labios temblorosos y no tenía el valor suficiente para abrir los ojos y ver el rostro del más alto, no quería que ese par de ojos avellana le miraran con rechazo.
"Es imposible", resonaron las palabras dichas anteriormente y Sanji supo que era momento de rendirse.
El agarre a los hombros del peliverde se hizo más suave, el rubio con tristeza apretó sus labios para alejarse.
Pero no pudo.
Zoro lo había tomado por la nuca.
—Maldito seas, cocinero —lo escuchó gruñir cerca de su boca.
Antes de que se diera cuenta sus labios habían sido tomados por los contrarios con fiereza, el espadachín afianzó el agarre que tenía en su nuca con la mano derecha y sintió como la mano izquierda rodeó su cintura para acercar más sus cuerpos, Sanji sintió como sus pestañas se humedecían y solo atinó a mover sus manos de los hombros de Zoro hacia su cabello y enredar sus dedos en las hebras de color verde.
La respiración de ambos era errática, tomando solo el oxígeno suficiente para no separarse.
"Te extraño", "te necesito", "te quiero", "quédate conmigo", eran tantas cosas que se transmitían con cada roce y movimiento, cada uno lleno de desesperación y un pensamiento: "¿cómo había sobrevivido tanto tiempo sin probar tus labios?"
El rubio podía sentir como sus piernas querían fallarle y caer de bruces al suelo, pero su ansia por seguir probando los labios ajenos era lo que le mantenía de pie, los sitios donde Zoro tenía sus manos ardían, Sanji se estaba derritiendo ante el toque cálido del espadachín.
No podía explicar cómo es que se sentía pleno y su corazón lleno de fuego al estar entre los brazos de Zoro, solo sabía que todo lo que estaba sintiendo se liberaba en forma de gotas saladas a través de sus ojos.
Zoro giró hábilmente sus cuerpos, ahora siendo él quien arrinconaba a Sanji contra la pared, colocó el antebrazo derecho a un lado del rostro del cocinero, usando de soporte la pared se acercó más al contrario, el peliverde delineaba la cara de Sanji con la nariz, llegó a su frente y depósito un beso, uno en cada ojo, en su nariz, mejillas, besó sus labios. Escondió el rostro en el hueco de su cuello y aspiró su aroma, haciendo estremecer al rubio, con la mano izquierda acarició su espalda hasta llegar a la cintura y abrazó al cocinero, alzó solo un poco el rostro para llegar al oído de Sanji y susurrar:
—Eres hermoso —musitó suavemente con voz ronca—. Eres tan hermoso… Sanji —suspiraba su nombre.
Alguna vez en el pasado llegó a odiar su nombre por todo lo que había detrás en su vida, pero ya no más, mucho menos en este instante, que se sentía tan privilegiado de escucharlo ser susurrado por el espadachín, en voz suave y llena de amor, con solo escuchar que lo llamaba al estar entre sus brazos sentía que no necesitaba más en el mundo.
El rubio sintió descargas eléctricas recorrer cada centímetro de su cuerpo, movió sus brazos para colgarse del cuello de Zoro y disfrutar de su cercanía.
Pasaron unos minutos, reaccionó hasta que sintió el cuerpo ajeno temblar y un sollozo.
—Lo siento…Lo siento…Lo siento —repetía sin cesar el peliverde mientras el cocinero sentía húmedo su hombro.
Lentamente fue resbalando por la pared hasta quedar sentado y hacer un par de movimientos para terminar acunando al espadachín en su pecho, haciendo círculos en su cabello, esperando darle la calma que necesitaba cuando terminara de desahogarse.
No sabe cuanto tiempo paso, solo que sintió removerse el cuerpo contrario y Zoro alzó el rostro dejando ver sus ojos rojizos.
—Me siento como un estúpido —fue lo primero que dijo.
—Eso pasa después de llorar, a veces —se burló el cocinero.
Hubo un rato de silencio, el peliverde fue el primero el romperlo.
—Lo lamento
—¿Qué lamentas con exactitud? —inquirió el rubio.
—Que, en mi afán por querer protegerte, solo te estaba lastimando más —se disculpó, apenado.
—Eso es porque eres un tonto, cabeza de alga —se burló, obteniendo una expresión divertida de enojo del espadachín—. Pero, Zoro —le llamó, tomando sus manos entre las suyas—, eres fuerte, eres valiente, también imbécil, sin embargo, no estaría más feliz de encomendar mi vida a nadie más que a ti, y ya lo hice —mencionó, con una suave sonrisa—. Y nada me haría más feliz que dejar todo de mí en tus manos —mencionó, apretando las manos del peliverde—. Podemos confiar también en nuestros compañeros, eso lo sabes perfectamente, entiendo que tuvieras miedo, yo también lo tuve, pero por favor, confía en mí también.
Zoro asimiló todas las palabras del cocinero, nunca había sido tan irracional como ahora, quizá al aceptar que lo que sentía era amor genuino hacia Sanji, tendría que aprender a tratar con esas ocasiones donde no podría pensar de manera correcta. Pero ahora, lo estaba ayudando a deshacerse de esos temores, y quería hacer las cosas bien.
—Coci…Sanji —le llamó, separándose del cuerpo ajeno para posarse frente a el sentado sobre sus rodillas, el cocinero imitó su acción—. Déjame hacer esto bien.
Zoro toma una gran bocanada de aire, posó sus manos sobre sus piernas y miró al rubio.
—Sanji, te amo —pronunció firme, el rubio sentía levemente como sus ojos se humedecían—. Quiero caminar contigo, quiero vencer a todos contigo, quiero protegerte, cuidarte, quiero amarte. ¿Me dejarías estar a tu lado?
El rubio dejó escapar una lagrima, sonriendo.
—Solo si tú también me dejas protegerte, cuidarte y amarte.
—Sería un honor tenerte a mi lado protegiéndome, todos los días de mi vida —dijo suave—. Regresaré del infierno por ti, cuantas veces sean necesarias.
—Y yo iría por ti al infierno, en caso de que no regresaras —rió.
Zoro atrapó el rostro contrario en un beso suave y lento, ahora estaba lleno de sentimientos hermosos y entendimiento mutuo, podía delinear los labios ajenos con la lengua y morder levemente ante su suavidad, el rubio colocó su mano derecha sobre la que acunaba su rostro, sintiéndose pleno.
Apenas unos segundos después de separarse, el espadachín notó algo.
—No me duele —dijo al rubio—. El pecho, ya no me duele.
—Tienes razón, creo que la irritación desapareció —mencionó el rubio.
—Todo es gracias a ti, a tu amor —delineó los labios y mejilla del cocinero—. Te amo —susurró haciendo sonrojar a su, ahora, amante.
Sanji tosió tratando de recobrar la compostura.
—No me agradezcas, quizá si hubiera sido un poco más valiente esto pudo arreglarse desde mucho antes.
—¿Ah sí? ¿Desde cuando me amas, cejillas? —inquirió el peliverde.
—N-No lo sé…hace poco… ¿quizá? ¡Para qué quieres saber eso! —refunfuñó el rubio.
Zoro se rió ante la reacción infantil, se sentó apoyando la espalda contra la pared y lo atrajo hacia su pecho, lo rodeo con los brazos y entrelazó sus manos.
El cocinero disfrutaba de la armonía y calma que le daba escuchar los latidos provenientes del pecho de Zoro, aún creyendo que era un sueño. Abrió los ojos y notó algo raro en sus manos.
—¿Zoro? ¿Ves lo mismo que yo?
—¿Hmm? —murmuró abriendo sus ojos—. ¿Una rosa? —preguntó al aire.
En sus manos entrelazadas se dibujaba sobre su piel unas líneas que asemejaban al tallo de una rosa, al llegar a la muñeca se desdoblaban todos los pétalos de la rosa entre las dos manos, siendo que cada uno tenía "mitad y mitad" para que entre los dos se completara.
—Claro —pensó Sanji en voz alta—. El viejo poema que mencionó Torao mencionaba que después de todo el dolor, se podría ver una rosa, y era esa —mencionó emocionado.
—Oh, no lo recordaba —respondió el espadachín despreocupado.
—¿Por qué no me sorprende? —vociferó el rubio.
Por unos minutos jugó con las manos entrelazadas detallando a la rosa, sonriendo de lo bonito que se veía, sobre todo, porque era solo cuando sostenía la mano de Zoro.
—Me alegra que no se vean espinas —musitó el rubio.
—¿Por qué?
—Te hicieron mucho daño, literalmente. Lo lamento —decía avergonzado.
—No tienes por qué lamentarte —le dijo, abrazándolo más fuerte—. Fue hasta que supe de donde provenía el dolor, que caí en cuenta que debía hacer algo…no sabía qué, pero algo —explicó el espadachín—. Si esas espinas son las responsables de que ahora pueda tomar tu mano y ver como se dibuja una rosa entre los dos, vale toda la pena —tomó la barbilla del cocinero para tener su cara más cerca de la suya—, a partir de ahora no solo serán espinas, atravesaré todo y a todos, por ti —sonrió.
Acto seguido pudo observar como la nívea piel del cocinero adquiría un tono rojizo de manera instantánea.
—¡Marimo! ¡Tú… ¿Por qué?!... ¡Desde cuando hablas tanto! —tartamudeaba, temblando un poco ante las palabras que para nada se esperaba.
Mientras Sanji se giraba para golpear repetidamente el pecho de Zoro, este se reía de manera calmada, tratando de buscar la mirada contraria, ver sus ojos, aquellos donde él siempre pensó que se encontraba el verdadero All Blue.
Un recuerdo repentino asaltó su mente.
Hace mucho tiempo, por alguna razón, al ir a comprar al pueblo, Zoro escuchó a un mercader que vendía flores, daba una cátedra de su significado a un par de clientes.
"Representa muchas cosas, lo infinito del cielo, lo profundo del mar, ambos llenos de una belleza y misterio indescriptibles, no es para dar a cualquiera, solo para aquella persona por la que sientas tantas cosas que no sepas de una sola palabra para poder decirle cuanto la amas"
Oh.
Ahora lo entendía.
No es solo el hecho de que Sanji tuviera el All Blue en sus ojos, también era otra cosa.
El espadachín tomó el rostro contrario entre sus manos y robó un beso, rápido, casto, tierno.
—Tú eres mi rosa azul, Sanji.
Las mejillas del cocinero se tornaron completamente rojas y pudo ver como sus ojos se empezaban a mirar acuosos, dada la naturaleza del rubio, Zoro esperaba que supiera descifrar sus palabras, y parece que había acertado.
El cocinero se quedó sin habla y solo atinó a esconder su rostro en el pecho ajeno y aferrarse a él, ante su agarre firme y a la vez suave, Zoro entendió lo que quiso decir, y lo abrazó completamente con una sonrisa, dejando que la tenue luz de luna que se colaba por la ventana los iluminara.
Y ambos se aferraron al cuerpo contrario, porque cuidarían ese amor que había empezado a brotar, protegiéndolo hasta que se volviera como una rosa azul.
Eterno.
