Descargo de responsabilidad: Los personajes son propiedad de Stephenie Meyer y la historia es de la increíble autora CaraNo, yo la traduzco con su permiso. ¡Gracias, Cara!
Disclaimer: The characters are owned by Stephenie Meyer and the story is by the amazing author CaraNo, I translate with her permission. Thank you, Cara!
Este y todos sus fanfics puedes encontrarlos en su blog, el link está en mi perfil.
.
14.
~Quiero que me conozcas, Chica del Café. Y no soy un niño. Puedo defenderme bien~
—¿Te importaría decirme qué es lo que ya sabes? —me pregunta Emmett.
Me recuesto en la silla, doblando las piernas debajo de mí.
Lo que sé no es mucho. —Tiene veinticuatro años, mmm... —El resto es difícil de explicar. De repente, me siento tan estúpida, pero en realidad no puedo explicar el resto con palabras. Se trata de su lenguaje corporal, como se sienta y como expresa sus palabras. Como a veces tropieza con sus palabras, como parece agitarse cuando no puede encontrar la palabra correcta. Como se frustra y necesita silencio por un tiempo. Hay tanto sobre él, y constantemente me encuentro tratando de leerlo, entenderlo, comprenderlo.
—No te preocupes —dice Emmett de repente—. Es difícil precisarlo todo, ¿verdad? —Asiento, aliviada de que lo entienda—. Supongo que empezaré. —Se ríe un poco en voz baja—. ¿Por dónde empiezo? —suspira, y es retórico.
Sin embargo, Edward responde. —Chicago es probablemente un buen lugar.
—Tienes razón —Emmett asiente—. Edward y yo crecimos en Chicago. Vivimos allí hasta que llegó el momento de comenzar mi maestría —hace una pausa y desvía la mirada por un momento—. Uh, no fue fácil crecer en nuestra familia, eso es seguro.
—Mamá y Alice se equivocaron —murmura Edward—. Mucho.
—Absolutamente—, concuerda Emmett con firmeza. Me regala una pequeña sonrisa, una sonrisa triste—. Alice es nuestra hermana, la hija del medio, dos años mayor que Edward. —Asiento con la cabeza para mostrar que estoy escuchando, y no puedo evitar preguntar cuántos años tiene Emmett. Es mayor, por supuesto, pero ¿cuánto? —Tengo treinta años. —Otro asentimiento de mi parte—. De todos modos... los tiempos de mierda en nuestra familia comenzaron cuando Edward tenía unos cuatro años.
—No me gusta hablar mucho —dijo Edward en su vaso—. Únicamente con gente con la que me siento cómodo.
Hay una calidez que se extiende dentro de mí. Esperanza. ¿Soy una de esas personas?
Me pregunto por qué.
—Nuestra mamá tomó medidas bastante rápido —continúa Emmett—. Años de diagnosticar y medicar. Un diagnóstico no era suficiente, simplemente porque a mamá no le gustaba la respuesta.
Mirando a Edward, me doy cuenta de que está luchando por mantener la calma. Cierra los puños, solo para relajarlos y luego repetir.
—Para cuando Edward tenía quince años, ya había pasado por tanta mierda que estaba empezando a perder la cabeza. —Es fácil ver la amargura en las facciones de Emmett—. Siempre me metía en peleas con mamá y nuestra hermana, porque empeoraban las cosas. Por ejemplo, cuando Edward tuvo un ataque de ansiedad, mamá quería encontrar los mejores medicamentos para él en lugar de tratar de averiguar por qué sufría de ataques de ansiedad, y... —Resopla y sacude la cabeza—. Lo vi tan jodidamente claro, y se lo dije a mis padres, así como a Alice, pero siguieron adelante. Porque la cosa es que Edward odia a las multitudes. No le gusta el ruido ni las distracciones, ¿sabes? —Asiento, recordando haber leído un artículo sobre personas con Asperger o autismo que rara vez disfrutan de las multitudes. —Bueno, ¿es tan extraño entonces que se calla cuando está rodeado de supuestos expertos? —Por supuesto que no. Dios, ni siquiera puedo imaginarlo. Literalmente, sé muy poco—. Lo obligaron a diferentes tipos de terapia... terapia del habla, que era jodidamente innecesaria, porque puede hablar muy bien. —Edward asiente—. Fisioterapia, también estúpida en el caso de Edward... Gestión del estrés, clases de habilidades sociales... La lista continúa. —Suelta un suspiro—. Pero, si sólo se hubieran detenido por un maldito segundo, se habrían dado cuenta de lo que estaba mal. Sólo quiere paz y tranquilidad; ¿Qué hay de malo en eso?
—Nada —susurra Edward.
Parpadeo para contener las lágrimas.
—No voy a negar que Edward tiene Asperger —dice Emmett lloroso—. Eso es un hecho, independientemente de lo que digan algunas personas, porque ha sido diagnosticado muchas veces. Edward es diferente, piensa diferente, actúa de manera diferente y tiende a ver las cosas en blanco y negro. Pero cuando se trata de este tipo de enfermedades, lo mismo ocurre con el autismo, hay que mirar al individuo. Es posible que un tratamiento no se adapte a esa persona. —Hace una pausa—. Así que prácticamente dejé mi vida en pausa hasta que Edward cumplió dieciocho años. Y luego le ofrecí una salida.
Cristo. —Lo trajiste contigo —concluyo en voz baja—. Cuando regresaste a la universidad, te trajiste a Edward.
El vínculo entre los dos hermanos es muy fuerte y estoy llena de gratitud. El amor de Emmett por su hermano menor probablemente ha salvado a Edward.
Asiente una vez. —Crecí con él. Siempre hemos sido cercanos. —Se encoge de hombros—. Podía leerlo bien, y nunca tuvo problemas para abrirse a mí. Pero tal vez eso se deba a que estaba allí para escuchar de verdad, ¿sabes? —De una manera puramente platónica, creo que me enamoré de Emmett Cullen—. Recuerdo cuando mamá le dio Zoloft a Edward, un medicamento para su ansiedad, y claro, para algunos realmente funciona, pero no fue así en el caso de Edward. Nuestra familia pensó que funcionaba porque sus ataques no eran tan frecuentes, pero lo que noté fue cómo desgastaba a mi hermano. Sufría de insomnio, se volvía insensible, siempre agotado... Estaba vacío. —Suspira profundamente—. Cosas como esas. Así que, sí, me lo traje en cuanto cumplió dieciocho años.
Me rompe el maldito corazón escuchar esto. Vivirlo de verdad...
—Sin embargo, ya no tengo muchos ataques de ansiedad —dice Edward en voz baja.
—Es verdad. —Emmett sonríe—. Y eso es probablemente porque te dejo vivir la vida que quieres. —Vuelve a dirigirse a mí y Edward sonríe a su hermano—. Edward necesita apoyo, no una maldita correa. No lo obligo a hacer cosas que lo hagan sentir incómodo. Pero, sobre todo, no lo trato como a un niño que no sabe nada.
—Toma —susurra Edward, entregándome una servilleta, y cuando parpadeo, me doy cuenta de que las lágrimas están cayendo. Mierda. Me siento tonta—. No llores, por favor.
Sollozo y me río al mismo tiempo. —Lo siento. Limpiándome los ojos y las mejillas, asiento para que Emmett continúe.
Me da otra sonrisa torcida, pareciéndose mucho a Edward en ese momento. Sin embargo, ese es probablemente el único rasgo o característica que comparten, reflexiono. —Lo único que quiero agregar es que Edward es un adulto. Necesita un buen sistema de apoyo, pero puede arreglárselas por sí mismo perfectamente bien. O sea, vivimos juntos porque es conveniente, pero aparte de eso... —Vuelve a encogerse de hombros—. Tiene su propio automóvil, trabaja, paga el alquiler, puede manejar sus propias finanzas...
—A veces me ayudas, pero puedo hacerlo por mi cuenta —dice Edward—, pierdo la paciencia de vez en cuando.
—Bueno, ese es un rasgo Cullen, hermano —se ríe Emmett en voz baja—. Somos impacientes. Testarudos, impetuosos.
La tensión se levanta. La respiración se vuelve más fácil.
—Digo lo que pienso —murmura Edward, mirándome con recelo—. No puedo evitarlo, y, mmm ... a veces me preocupo mucho y me pongo muy ansioso... Lo siento si te he molestado con algo de lo que he dicho, Caf-B-Bella. —Su respiración se entrecorta, y esta vez reacciono antes de pensar. Me acerco y cubro su mano con la mía.
Se pone completamente rígido y estoy a punto de quitar la mano y soltar una disculpa, pero Edward no me deja. En un movimiento rápido, mantiene mi mano sobre la suya, lo que me deja sin palabras por un momento.
Su mano es cálida y suave.
Me estremezco.
