A mi edad he visto a incontables guerreros ir y venir por las venas del Loto Rojo. Se podría decir que fui parte importante del problema que significó la organización, mi ayuda facilitó el acercamiento hacia el objetivo de atrapar y matar al Avatar y a sus seguidores.
Cuando nací el Loto Rojo era liderado por Azula, una mujer despiadada, fría y obstinada que se sentía obligada a vengar la muerte de su padre. Ozai, el líder anterior, había muerto a manos de un joven miembro del Loto Blanco llamado Zuko y desde entonces Azula se había empeñado en darle caza a él y al Avatar por igual.
Ozai había sufrido graves quemaduras por todo el cuerpo, agonizó durante días hasta que la infección de su destrozada piel ganó la batalla y le arrebató la vida. Azula corrió la voz diciendo que su padre había sido víctima del Avatar, años después me enteraría de que el Avatar no había tenido nada que ver con la muerte de nuestro líder, pero la mayoría de los miembros del Loto Rojo nunca lo supo, mucho menos lo supieron los rebeldes, quienes inadvertidos servían como el medio principal para esparcir las mentiras del Loto Rojo por el resto del mundo.
La jerarquía de la organización variaba dependiendo del líder, en el caso de Azula, las dos personas con más autoridad luego de ella eran sus más fieles seguidoras; May y Ty Lee, dos invencibles guerreras que sirvieron de guardias a la líder durante todas sus vidas. Habían crecido juntas y la confianza que nació de su amistad hizo que Azula las mantuviera cerca en todo momento. El papel que ellas desempeñaban no se limitaba a cuidar de Azula, sino también de resguardar el génesis del Loto Rojo, un libro que contiene todas las reglas y la narración del inicio de la organización.
Solo los líderes de la organización y algunos discípulos selectos tienen permitido leer el maldito libro, la organización dependía de lo que estaba ahí escrito y todos los que conocían de su existencia lo trataban como a un objeto sagrado.
Por debajo del círculo íntimo del líder seguíamos nosotros, conocidos como "sabios maestros" somos los miembros de la organización con algún poder elemental, un registro impecable en cuanto a desempeño y número de éxitos logrados, que hayamos nacido y crecido dentro del Loto Rojo y que tengamos más de los cuarenta años. El título nos permitía asistir a las juntas con el líder, aportar ideas y estrategias para el control de los grupos rebeldes, así como planes para atrapar al Avatar y eliminar al Loto Blanco.
Consejeros podría ser otro título para nosotros, pero ya que la principal tarea de los sabios maestros era esparcir información por la organización para mantener a todos bajo control, el título de "maestro" resultó más apropiado. Lo que los sabios maestros ignorábamos era que las mentiras no salían solo de nuestras bocas y que el líder con el génesis bajo el brazo era el único que realmente lo sabía todo.
Azula tenía diecinueve años cuándo mi madre falleció dando a luz, Ozai había muerto un año antes, y mi madre, a sus treinta años había servido a ambos líderes de forma ejemplar; como consecuencia Azula consideró necesario asegurarse de que sus talentos se hubieran pasado al infante antes de descartarlo como a un rebelde más. De no ser por eso estoy seguro de que mi vida habría terminado en algún mugroso coliseo rebelde alrededor de los dieciséis años.
Mi padre fue un aclamado gladiador rebelde, si bien entre la sociedad rebelde ese era un título respetado, para el Loto Rojo ninguno de ellos era considerado importante, por eso Azula y los sabios maestros condenaron la relación que mi madre había mantenido con él; importaba poco el renombre que aquel hombre tuviera en la isla, un rebelde siempre sería una basura si se comparaba a un maestro elemental del Loto Rojo y no existía nada que pudiera cambiar semejante verdad.
Jamás conocí a mi padre tal cual, los sabios maestros me dijeron su nombre y me permitieron asistir a varias de sus peleas en el coliseo hasta el día en el que murió en una de ellas. Yo debía tener alrededor de diez años cuándo un descuido del aclamado rebelde bastó para que la oxidada navaja de un hacha le abriera el abdomen y sus tripas cayeran al suelo frente a todos los espectadores.
Recuerdo el silencio del público mientras él emitía todo tipo de gemidos ahogados hasta caer boca abajo sobre un charco de su propia sangre; entonces la gente que lo había estado aclamando hasta el momento comenzó a celebrar su muerte y a aplaudirle al vencedor. El Loto Rojo me había explicado que él era inferior a nosotros, y yo así lo creí, pero eso no evitó que su muerte se quedara permanentemente grabada en mi memoria.
Nuestra organización no admitía a gente débil. Nutríamos a nuestro ejército con mujeres rebeldes o mujeres comunes sacadas de los asentamientos, ellas eran las encargadas de parir a las criaturas, cuidar a los huérfanos y a los niños de las guerreras del Loto Rojo, quienes no tenían permitido actuar como madres y, si llegaban a sobrevivir el parto, eran enviadas a misiones lejos de la isla para cortar el vínculo entre ellas y sus niños. Los hombres por su parte no tenían más obligación que preñar a las mujeres, siempre y cuando la organización tuviera control de las mujeres embarazadas, ellos no debían hacer nada más. Así funcionaba la fábrica de maestros elementales.
Los entrenamientos del Loto Rojo daban inicio cuando los infantes comenzaban a caminar y a entender palabras, se les enseñaba a obedecer sin cuestionar, a aguantar el dolor y a pelear. Cualquier señal de debilidad se castigaba con severidad, los niños que mostraban tener un espíritu noble o bondadoso eran sometidos a severos castigos hasta doblegarlos a la voluntad de sus maestros. Muchas veces la presión hacía que algunos niños no-maestros terminaran con su propio sufrimiento, pero aquellos con el don de manipular algún elemento tenían un valor superior dentro de la organización, y si se mostraban inconformes eran vigilados día y noche para evitar que se vieran tentados a quitarse la vida.
A los siete años todos éramos sometidos a distintas pruebas destinadas a revelar quienes teníamos poderes elementales y quienes no. Los métodos de prueba del Loto rojo eran severos y muchos no-maestros morían en el proceso, algo que a los sabios maestros no les importaba pues siempre existían rebeldes estúpidos dispuestos a unirse a la organización si así se requería. La selección era hecha en habitaciones individuales para mantener el secreto del control de los elementos, todo no-maestro es inferior a cualquier maestro elemental y la existencia de estos era un secreto al que la mayoría de los no-maestros no tenían acceso.
Al igual que mi madre, yo nací siendo un maestro fuego y cuándo esto se confirmó tuve acceso al verdadero corazón de la organización. El Loto Rojo reinaba sobre la isla principal de lo que solía ser el antiguo Reino Fuego. Al nivel de la superficie se mantenía la fachada del asentamiento rebelde más duro y sanguinario del mundo, no cualquiera se atrevía a aventurarse a la isla porque los índices de mortalidad eran altos. Sin embargo, los rebeldes continuaban asistiendo con el deseo de volverse parte del Loto Rojo, una organización de leyenda que a ellos se les había hecho creer "era la organización rebelde más poderosa" que existía.
Pero debajo de la superficie existía un laberinto de túneles elaborado por el antiguo Reino Fuego para la familia real y sus protegidos, estos túneles le sirvieron de escondite al Loto Rojo; solo los maestros elementales y los no-maestros con privilegios eran admitidos dentro del laberinto. Fue ahí que llevé acabo mi entrenamiento como maestro fuego, de los siete hasta los quince años me sometieron a todo tipo de castigos y pruebas con tal de formarme como a un soldado lleno de apatía y un sentido de superioridad enfermizo.
Recuerdo que lo único bueno que los sabios maestros dijeron sobre mi padre fue que tenía un espíritu guerrero digno de heredarse, mis instintos de pelea eran fuertes y mi habilidad, incomparable; fue así como destaqué de entre el resto de los maestros fuego que entrenaban conmigo, gracias a eso me gané el favoritismo de Azula, quien, con una sonrisa fría y amenazante, me envió al coliseo de la isla para demostrar que era capaz de usar mis conocimientos frente a una verdadera amenaza.
La primera vida que quité le pertenecía a un guerrero rebelde que llevaba trabajando medio año en su reputación, el hombre era robusto, alto y musculoso; a simple vista, su físico parecía predecir el resultado de la pelea, sin embargo, mi destreza era superior y la pelea terminó luego de que yo le encajara una lanza en el ojo derecho que le atravesó el cráneo de lado a lado.
Aquella pelea no bastó para satisfacer a mi líder, necesitaba más, declaró con desinterés y me dejó peleando en el coliseo durante un mes en el cual debí enfrentarme a un guerrero cada día, el propósito era continuar matando hasta demostrar que las muertes no afectaban mi espíritu, debía ser capaz de celebrar mis victorias y humillar a mis víctimas. La sangre formaría parte importante de mi vida, ningún guerrero del Loto Rojo podía mostrar rechazo hacia la violencia; yo era un guerrero admirable, por lo que en ese lapso de treinta días me volví una pequeña celebridad entre los rebeldes, algo que disfruté hasta que se llegó el día en el que Azula aprobó mi desempeño y dio la orden para enviarme al antiguo Reino Tierra.
Los primeros cinco años serví de pupilo a un hombre llamado Jeong, él era once años mayor que yo y ya dirigía a todos los rebeldes del continente. De personalidad dura y carente de empatía, Jeong era temido por todos los que se encontraban bajo su mando, pero más allá de eso Jeong era un hombre extremadamente ordenado y perfeccionista al que nada se le salía de control. Bajo sus órdenes aprendí el arte de manipular a los líderes rebeldes y sus grupos a nuestra conveniencia, a través de ellos manteníamos a los asentamientos sometidos a nuestra voluntad y obteníamos información sobre el paradero del Loto Blanco, el Avatar y el misterioso maestro fuego llamado Zuko.
Los asentamientos eran algo nuevo para mí, gente sin la intención de pelear o someter a otros a la fuerza, desde mi perspectiva solo podía percibirlos como débiles y cobardes. Aun así, sus grupos eran de vital importancia para el Loto Rojo, los asentamientos eran los únicos interesados en cultivar sus comidas, criar animales, producir alimento para poder quedarse en un solo lugar e intentar prosperar. Sin ellos muchos grupos rebeldes, e incluso grupos del Loto rojo, no habrían sobrevivido. Los asentamientos eran el ganado de todos, eran asediados constantemente por sus recursos y a veces por su gente.
Jeong tenía a otro pupilo bajo su control, Zhao, un hombre hambriento de poder y sangre. Me resultaba difícil seguirle el ritmo a alguien que parecía exhalar crueldad por naturaleza, a pesar de que solo era dos años mayor que yo, Zhao mostraba tener amplios conocimientos sobre todo el territorio del continente, por eso él se convirtió en la mano derecha de Jeong mientras yo era reservado para misiones menos complejas.
Así, cuándo cumplí los 20 años, el continente se dividió en tres sectores principales. Las ruinas de Ba Sing Se eran supervisadas por Jeong por ser el territorio en dónde se reunían más grupos rebeldes; a mí me asignaron el territorio de la ciudad de Omashu, el desierto y el pantano, en dónde los rebeldes dominaban y los asentamientos eran pequeños; finalmente Zhao estaba a cargo de los territorios montañosos del norte y de las costas de las ruinas de Ciudad República, un lugar en el que existía un asentamiento importante que producía buenos recursos para los rebeldes bajo el mando de un hombre llamado Raiko.
Claro, nosotros no éramos los únicos miembros del Loto Rojo en el lugar, pero los demás tenían un rango inferior, no importaba que fueran hombres o mujeres más viejos o con más experiencia, Jeong, el líder, era el que repartía los puestos y jerarquías, y para mi fortuna, la recomendación de Azula sirvió para darme ventaja sobre los que ya tenían más tiempo trabajando en el Antiguo Reino Tierra; en el caso de Zhao, su capacidad de liderazgo e intimidación hablaban por sí mismos.
Durante mis primeros tres años como líder me permití muchas libertades, los rebeldes me enseñaron todo lo que ellos hacían para divertirse, desde sus bebidas fuertemente fermentadas, hasta las mujeres que robaban de los asentamientos, pero yo debía tener mis límites. Al estar en el Antiguo Reino Tierra nosotros teníamos ciertas responsabilidades, no podíamos involucrarnos con mujeres al azar como lo hacían los rebeldes, había un extenso y muy tedioso protocolo que había que seguir para poder acostarse con ellas. Todo con tal de no dejar de lado a los infantes que pudieran heredar los poderes elementales del padre.
El Loto Rojo debía ser informado de estas mujeres, ellos las mantenían vigiladas en sus propios asentamientos o se las llevaban al corazón de la organización para volverse esclavas destinadas a tener niños hasta que la vida se les agotara. Pero yo no tenía ánimos de mandar reportes y mensajeros durante semanas por algo que solo me serviría de diversión durante menos de una hora, por eso prefería usar alternativas siguiendo las enseñanzas de Jeong. Favores que no involucraran el contacto entre genitales, y solo con señoritas vírgenes, de lo contrario caía en el peligro de contraer alguna de las ya conocidas, y muy temidas, enfermedades que los rebeldes se transmitían entre sí.
"No importa que tan fuera de tus sentidos puedas estar, si te metes con las mujeres fáciles de los rebeldes, se te va a llenar todo de ampollas, te va a doler tanto que vas a terminar cortándotelo de tajo con una navaja, y si sobrevives, igual tu cuerpo se seguirá deteriorando y tu menté se perderá en un abismo hasta que mueras como un asqueroso mendigo en las calles"
Palabras difíciles de olvidar, sobre todo cuando sobraban ejemplos para respaldar lo que decía; había hombres mugrosos llenos de lesiones en la piel tirados por doquier entre las calles de las ruinas de Ba Sing Se, y a mi maestro nunca se le olvidó señalarlos para recordarme las consecuencias a las que me enfrentaría si me confiaba demasiado. "Así hemos perdido a varios" dijo con indiferencia y continuó caminando, como si importara poco que los hombres a los que se refría fueran maestros elementales. Eso me hizo sentir demasiado incómodo como para disfrutar de ese tipo de entretenimiento en particular.
El último medio con el que se entretenían los rebeldes era atormentando los asentamientos. En eso yo fui más que solo un líder conformista, no me limité a dar órdenes pues me gustaba participar en los asedios; siempre y cuando no tuviera otros asuntos pendientes, me unía a ellos para derramar sangre inocente como parte de algo en lo que me podía entretener sin preocuparme por límites o consecuencias.
Manteníamos el control de los asentamientos matando a los hombres que lucían fuertes y audaces, dejábamos los suficientes para encargarse del trabajo pesado, pero no tantos como para que pudieran rebelarse; a las mujeres en edad reproductiva se les abusaba y dejaba en su lugar a menos que el líder rebelde demandara llevarse a alguna. Sé que suena como una barbarie, porque lo es, pero el sistema funcionaba; algunas mujeres quedaban embarazadas y traían al mundo niños que servían para remplazar las vidas perdidas durante los asedios.
En aquel entonces la rutina me parecía divertida, y hasta cierto punto, fascinante. Más allá de mis responsabilidades, yo controlaba todo lo que quería, dentro de mis territorios se hacía lo que yo decía y bueno ¿quién no disfruta la vida de un rey? Disfruté de mis privilegios abiertamente hasta cumplir veinticuatro, entonces la rutina cambió al añadir un elemento siempre impredecible.
Una noche mis rebeldes encontraron a un saqueador en las ruinas de una ciudad cerca del desierto. El sujeto mató sin ayuda a cinco de los diez hombres que habían salido a explorar un área en el que había reportes de gente desaparecida.
Un mensaje urgente interrumpió mi sueño a mitad de la noche, debía asistir de inmediato al lugar en el que lo habían capturado porque no me aseguraban poder transportarlo hasta mi campamento para recibir el castigo apropiado. Eran las cinco de la mañana cuando llegué a dónde lo tenían detenido, con las manos amarradas detrás de la espalda, arrodillado y con la cara ensangrentada, me recibió con una sonrisa retadora.
El hombre era alto y robusto, de cuerpo atlético, cabello castaño y desordenado, con una barba que le delineaba el contorno de la cara y ojos azul pálido; desbordaba energía como ningún otro hombre que hubiera conocido hasta el momento, y una seguridad que rayaba en la intimidación. Aún recuerdo las primeras palabras que me dedicó.
- ¿No eres demasiado joven para ser el papito de esta bola de maricas? - Burlón y retador, soltó una carcajada cuándo mi puño le volteó la cara de una. La violencia no iba a funcionar con él; ese fue el problema que había detenido en seco a todos mis hombres, pues sus pequeñas mentes no eran capaces de pensar en otra forma de llegar a él para vengarse por la humillación que los había hecho pasar.
Goribra era su apodo, por las cabras-gorila a las que se asemejaba su barba de chivo y el impresionante tamaño de su torso; maldito bandido saqueador que jamás debí admitir entre mis filas, pero que de no haberlo hecho hubiera significado para mí una muerte prematura pues su ayuda me sacó de serios aprietos en varias ocasiones. Aquella vez ordené que lo apalearan hasta que perdiera la conciencia y entre todos lo arrastramos hasta el campamento en dónde me daría más tiempo de pensar en un castigo apropiado.
En el campamento ordené su ejecución, pero cometí el error de no taparle la boca y evitar que me retara frente a todo el grupo rebelde.
"Pensé que los rebeldes no le tenían miedo a nada. Suelten mis manos y manden al verdugo armado, que me haga caer de rodillas en pedazos a ver si así mi muerte termina sirviendo para entretener a alguien."
Era una trampa, claro estaba, pero a los rebeldes les gustan los espectáculos y votaron por liberarle las manos.
Diez idiotas más murieron esa mañana víctimas de un hombre apaleado que tenía un ojo cerrado de lo inflamado que estaba, solo esas vidas bastaron para que comenzaran a aclamarlo; su modo de pelea era brutal, atacaba la garganta, las zonas blandas, los ojos, la boca, las coyunturas; en una pelea uno a uno resultaba imposible ganarle. Derramó sangre hasta colorear la arena sobre la que peleaba y escupió sobre los cuerpos de sus víctimas, los rebeldes lo quisieron de su lado de inmediato y debo admitir, yo también.
Goribra se volvió mi mano derecha, su fuerza bruta era inigualable, tenía una creatividad tétrica para las torturas, era mucho más inteligente que cualquiera de los otros rebeldes, sabía de estrategias de pelea y tenía conocimientos vastos sobre supervivencia, se podía curar y cerrar heridas el mismo, sabía utilizar una infinidad de armas y preparaba mejor comida que la que había en cualquier campamento rebelde.
Zhao me cuestionó sobre él muchas veces, sospechaba de una persona tan capaz, varias veces él y Jeong lo pusieron bajo vigilancia, creían que se podía tratar de un miembro del Loto Blanco, pero yo lo dudaba, porque Goribra mismo llegó a torturar y matar a varios miembros de esa maldita organización, y sin importar lo mucho que lo vigilaran, nunca había nada que levantara sospechas en su contra.
A pesar de ser dos años más joven que yo, era capaz de mantener conversaciones bastante elevadas, podía entretener ideas complejas y conceptos abstractos, no se mostraba interesado en el asedio de los asentamientos, ni en abusar de las mujeres o el alcohol; lo de él parecía ser la sangre y el sufrimiento, pero cuándo no estaba maltratando a alguien se dedicaba a cocinar o a saquear las ruinas de ciudades cercanas, los tesoros que se encontraba los contrabandeaba para conseguir mejores armas, materiales o comida de alta calidad. Jamás aceptó mi ayuda como líder, decía que las cosas fáciles de conseguir no se disfrutaban igual y se burlaba de mi debilidad al verme apoyarme de los grupos rebeldes para conseguir lo que quería.
El hombre también tenía un talento inigualable para inventarse historias increíbles, a veces durábamos horas sentados frente a una fogata riéndonos de sus mentiras, que el juraba, eran verdaderas anécdotas de cosas que le habían pasado.
"¿Alguna vez les conté cómo me hice del apodo? Pues bueno, cruzaba el laberinto para llegar a Omashu con un par de saqueadores que conocía desde pequeño. Ya saben, ese al que todos dicen, no se debe entrar a menos que se tenga el deseo de morir, pero nos venían persiguiendo tres cabra-gorilas que habían bajado de la montaña y no teníamos opción.
En cuanto nos adentramos a la cueva la entrada se cerró, como si un maestro tierra hubiera movido las rocas. Al principio pensamos que era un derrumbe, pero a medida que las paredes continuaron moviéndose nos dimos cuenta de que no era así. Yo era el más joven del grupo, los viejos estaban muertos de miedo y para levantar los ánimos decidí comenzar a cantar, el problema fue que uno de los cabra-gorila había logrado colarse, y al escucharnos comenzó a buscarnos en el laberinto, gruñendo y jadeando por la cueva.
El pánico hizo que corriéramos en direcciones diferentes, la antorcha que llevábamos se fue con uno de los viejos, pero al quedarme sin luz noté que en el techo de la cueva había unos cristales fluorescentes que marcaban un camino, así que decidí seguirlos con la esperanza de encontrar la forma de salir.
Caminé por horas hasta que logré ver una luz al final del túnel, entonces pensé que me había salvado, pero en eso una enorme bestia de dos metros de altura apareció frente a mí ¡era un tejón-topo! y recordé, de una de las tantas leyendas que me contaba mi padre, que la música ayudaba a calmarlos, así que de mi chaqueta saqué una vieja flauta oxidada que había encontrado en la última ciudad que había visitado y comencé a tocarla.
La bestia cayó hipnotizada por la melodía y comenzó a obedecer lo que yo le ordenaba, así que la hice acompañarme hasta la salida porque no sabía bien en dónde estaría el cabra-gorila. Una vez afuera me di cuenta de que mis amigos no tenían ni idea de cómo salir, iba a volver por ellos, pero una parvada de lobos-murciélagos salió de la cueva y junto a ellos el maldito cabra-gorila de enormes colmillos y ojos furiosos. Afortunadamente mi amigo, el tejón-topo, lo golpeó en el aire mientras intentaba atacarme, con tal fuerza que el cabra-gorila azotó contra la pared y cayó inconsciente.
Lo que no les conté es que ese cabra-gorila era conocido mío, y se había enojado porque intentamos acercarnos a sus cachorros, así que corrí a ver que le había ocurrido, llamé su nombre un par de veces, pero Flopsie no respondía; me asusté y subí encima de él, comencé a golpeare el rostro con la mano abierta y uno de sus colmillos salió volando, fue ahí que mis amigos salieron de la cueva y me vieron encima del cabra-gorila, el tejón-topo se había ido y pensaron que yo solo había derrotado a Flopsie. Desde entonces comenzaron a llamarme Goribra."
Sus historias siempre desbordaban energía, hacía ademanes con el cuerpo y cambiaba la voz para añadir suspenso, a todos nos agradaba sentarnos a charlar con él al final del día, pero la verdad fue que nadie le creyó.
"Ya admite que te apodaron así por parecerte a los malditos animales." Me burlé y todos nos reímos de su historia, porque como esa tenía diez más, y lo dejamos así. Nadie podía cruzar el laberinto que había mencionado, los tejones-topo no se han visto en los últimos doscientos años, los cabra-gorila no son criaturas domesticables y una flauta vieja no basta para domar a una bestia.
Debo mencionar que Goribra tenía un collar con el colmillo de un cabra-gorila que presumía cada que contaba la historia, y alguna vez llegué a ver entre sus cosas una vieja flauta oxidada. Nunca le pregunté al respecto, no tenía caso, era difícil saber que creer, porque todo era posible con un tipo tan alocado como él; a decir verdad, no quise añadirle popularidad a su nombre al confirmar alguna de sus locas historias, su fama era ya un problema cuándo la gente lo consideraba un hombre loco, no hacía falta darles más motivos para celebrarlo.
A pesar de todo no puedo decir que lo detestaba, muy por el contrario, se volvió como un hermano para mí, apenas había pasado un año y yo compartía más tiempo con Goribra que con cualquier otro rebelde o miembro del Loto Rojo. Confiaba en él a pesar de la constante rivalidad que existía entre los dos.
Goribra y sus locuras se volvieron irrelevantes el día en el que Zhao llamó a una junta de emergencia en Ba Sing Se por una rebelión interna en el asentamiento de Ciudad República; un mocoso de diecinueve años llamado Hiroshi Sato había desterrado a Raiko y tomado posesión del asentamiento.
Un problema que de entrada pereció insignificante, con el tiempo demostró ser el inicio de nuestros peores años.
