La repentina vista de sus pies verdes fue algo que realmente lo impacto. Al punto de arrastrarse hacia atrás, como si quisiera escapar de su propio cuerpo. No tenía idea de lo que ocurría, todo había sido demasiado repentino. Ni siquiera le habían explicado que estaba pasando. Pero todas esas preguntas se esfumaron cuando no sintió la arena caliente bajo sus manos en su desesperado intento de escapar de sí mismo.

Su mente dudo un segundo, mientras sus ojos enfocaban su vista al cielo rápidamente, y solo cuando su espalda golpeó el suelo fue que percato que se había caído por un agujero.

Estaba algo aturdido. Al parecer se había golpeado la cabeza con algo, y sentía un dolor fuerte en esa parte del cuello. Lentamente abrió los ojos con mucho pesar, solo para ver el brillante sol sobre él, mientras este se escurría por un orificio perfectamente circular, sobre el cual podía ver sus verdes pie sobresalir.

Poco a poco se pudo recuperar, usando las manos para intentar poner los pies sobre la superficie. No parecía tener problemas para moverse libremente, pero si darse cuanta su manos se apoyó sobre una superficie dura.

Al darse vuelta, pudo apreciar que estaba sentado sobre lo que parecía ser un esqueleto. Rápidamente trato de ponerse de pie asustado, pues la impresión de estar sentado desnudo sobre unos huesos no le resultaba nada agradable. Apenas podía mantenerse encorvado en el hueco en el que se encontraba, cuando pudo ver el esqueleto con más claridad.

No era humano. Eso podía asegurarlo. Era más tosco, voluminoso, y tenia huesos que parecían no tener ningún sentido. Si bien era sabido que humano podía sufrir "modificaciones" algo drásticas en el año 40000, esto no se asemejaba a nada que hubiese visto. No había duda alguna. Era el esqueleto de un orko.

Solo cuando estuvo seguro de esto se animo a salir al sol abrazador. A pesar a sus ojos le contaba ver correctamente al principio, poco a poco el panorama desértico se le fue revelando.

Cientos, sino miles de huecos como estos estaban esparcidos por todo el lugar. Consciente de esto, se dio la vuelta hacia el lugar del cual había salido, y pudo deslumbrar como los fluidos viscosos que lo mantenían con vida comenzaba a evaporarse bajo el ardiente sol.

Se acercó con una curiosidad un tanto peligrosa, mientras formulaba un montón de teorías locas en su cabeza. ¿Acaso esto era un experimento de los humano? ¿Una mezcla entre orko y humano? ¿Acaso el fue el único experimento exitoso? No era difícil sacar esa conclusión viendo en donde se encontraba, y la curiosidad a sus preguntas lo hacían parecer un niño recién nacido.

Se disponia a tocar la pasta viscosa que rodeaba el agujero intentando calmar sus ansias de respuestas, cuando sintió un fuerte dolor de cabeza que casi lo hizo caer al suelo mientras gritaba con todas sus fuerzas para intentar resistir la presión a la que estaba sometido su cerebro de orco.

Una oleada de recuerdos sacudieron su con violencia, recuerdos que Slaanesh había bloqueado hasta que aceptar el hecho que ya no era humano. Todo lo que había vivido, así como su encuentro con el dios del caos regresaron a su mente mientras sentía como su cerebro se escurría por sus oídos. Aunque no literalmente. De seguro el dios estaba degustando su sufrimiento con mucho placer. Y tras varios segundos que había parecido ciglos de tortura para el pobre Kanan, su voz fue aplacado y el páramo desértico volvió a su usual silencio sepulcral.

Kanan alzó la mirada al frente, pero esa cara de niño inocentey curioso se había esfumado por completo. Sabía lo que había pasado y lo que era, aunque se resignaba a aceptarlo. Ese dios de porquería lo había reencarnado como un orko, un sucio y maldito orko. De todas las criaturas en el universo... ¿Por qué en un orko?

Irónicamente, la respuesta le había venido a la mente por su propia cuenta. El dios del caos solo quería degustarse con su sufrimiento, como el propio dios había dicho, pero Kanan no le daría ese beneficio. Se resignaría a darle ese placer a ese ente del caos solo para su diversión. Demostraría que él era kaás poderoso, al menos lo suficiente para no dejar que su mente ceda a la desesperación.

Aunque este era el menos de sus problemas, pues junto a sus recuerdos, un fuerte sentimiento también había regresado. Esa ira incontrolable. Ese odio sin espacio para la justicia. Esas ganas y sed de sangre insaciables. Kanan sabía que los orkos necesitaban la guerra para saciar sus necesidades, como el agua o la comida que ingieren, pero sabía que este no era el caso. Kanan sabía que su nueva naturaleza no lo estaba controlando, podía sentir la necesidad de querer luchar, pero podía controlarla. Lo que lo impulsaba en ese momento eran sus ganas de venganza. Su nueva acometida. Su cruzada jurada. Su nueva guerra anciada. La cabeza decapitada del Emperador de la humanidad colocada sobre una pica a los pies del torno dorado.

Sus ojos, ahora que emanaban un aura de muerte y odio se alzaron desde la arena y se posaron sobre el horizonte. Sabía de la capacidad irreal de los pieles verdes de repoblar un planeta, y si él había nacido de esa forma significaba que ese mundo estaba siendo terraformado.

El porqué había nacido en un desierto, o el porqué fue el único era todo un misterio, pero al menos se sentía aliviado de no tener que lidiar con otros orkos de momento, después de todo, aún conservaba su mente de humano. Se preguntaba en qué mundo estaba, y porqué estaba parciarmente arrasado. Tal parecía que había sido blanco de un ataque Tiránido, o que había experimentado un exterminatus, pero eso resultaba imposible. Pues ni siquiera las esporas orkas serían capaces de resistir esos embates... ¿verdad?

Aun así, esas preguntas carecían de importancia en ese momento y simplemente decidió hacerlas a un lado para buscar un lugar que le sirviera de refugio. Como ex-Marine Espacial que era, su entrenamiento para sobrevivir en ambientes hostiles estaba fuera de lo común. Y sus nuevas capacidades orkas lo hacían un sobreviviente único.

Lo primero que hizo fue ingerir esa masa viscosa que aún no se había evaporado de la "placenta" que le dio la vida. Resultó ser extremadamente asqueroso, pero al menos lo hidrató un poco y calmo ligeramente su apetito, lo suficiente para comenzar una extenuante caminata por al árido desierto.

Su instinto le decía que no le alejara demasiado del resto de sacos de incubación, así que decidió caminar entre ellos por las mesetas que serpentabana. Sabía que el proceso de terraformacion de los pieles verdad era largo y complejo, y que los orkos serían las última criaturas en nacer, de allí su asombro al nacer en un suelo no apropiado. Tal vez las esporas se esparcieron a zonas que aún no estaba aptas para ser habitables, así que no descartó la posibilidad que todo se tratase de un simple error natural. De todas firmas, su simple existencia ya era todo un desafía para el sentido común.

Aún así, su decisión fue muy acertada. A la distancia pudo ver un enorme mar de vegetación que se alzaba en el horizonte, la cual se hacía cada vez más y más grande a medida que se acercaba. Le tomó sólo un día en llegar a la zona boscosa desde su nacimiento, pero no podía estar más satisfecho, pues el calor era infernal.

Era curioso apreciar como la vegetación crecía tan exuberante a apenas unos metros de las arenas calientes. Las plantas nacían, crecían unos centímetros y luego se marchitarban sin alcanzar la madures, revelando la clara incompatibilidad con ese árido terreno. Apreciar eso hubiese hecho que cualquier biólogo pasara horas apreciando el fenómeno, pero a Kanan eso no le interesaba en lo absoluto. Solo se adentró un poco y se desplomó sobre la sombra de un enorme árbol para refrescar su cuerpo. Sudaba por todos lados y estaba sumamente agitado. Solo podía recordarse a sí mismo dándose una ducha fría en los cuarteles tras una ardua batalla.

Pero su descanso duro demasiado poco. Un extraño ruido llamo su atención haciendo que se levantara de golpe y se posicionará en guardia para enfrentar cualquier peligro. Su arma no era más que un pedazo de rama que recién arranco de unos de los árboles que lo rodeaban.

Atento a todos lados, busco y busco al culpable de hacer tal sonido. No sabía si era una bestia salvaje, u otro orko hostil.

Entonces lo vio. Una monstruosa criatura de color rojo que parecía acechar desde las sombras de bosque. Se encontraba a apenas unos metros de Kanan, mostrando sus afilados dientes que sobresalían de su gran boca. Una bola de carne y dientes dispuestas a morder y desgarrar a su presa hasta no dejar ni siquiera los huesos. Kanan lo había visto incontables veces en el campo de batalla en su vida pasada. Se trataba de nada menos que de un squig.

Kanan podía ver como la bestia se acercaba lentamente hacia él, y hubiese sentido miedo ante su presencia Kanan podía ver como la bestia se acercaba lentamente hacia él, y hubiese sentido miedo ante su presencia... Si el squig no fuese un canijo.

La criatura apenas media medio metro de alto... poco más que un perro mediano... aún así se comportaba como el mayor depredador de la zona. Kanan lo miraba con incredulidad, pensaba que se trataba de un chiste de mal gusto. ¿Acaso podía haber una criatura más estúpida?

El orko solo podía ver con cara de póquer como la "bestia" cargo hacia el para intentar comérselo, a lo que este le respondió golpeándolo con el palo en medio de la cabeza. Kanan miró a la criatura que yacía sobre el suelo, y sin pensarlo dos veces lo golpeó en repetidas ocasiones hasta confirmar que había acabado con su vida.

El como el squig se acercó a él de esa manera lo dejó muy confundido, dudando seriamente del sentido común de los pieles verdes, pero recordando la naturaleza de los propios orkos no lo vio tan descabellado. Solo podía arrancarse la cabeza con pesar, pensando en su mala suerte. Pero al menos tenía algo para comer esa noche.

Fue entonces cuando se dio cuenta de algo que lo dejó en shock. Tocó su cráneo una vez más con su mano. Lo apretó y lo restregó con fuerzas, solo para percatarse de algo muy extraño. Kanan tenía pelo.

Un extraño pelo sedoso nacía desde la corteza de su cabeza, de una tonalidad blanca y brillante. Si el hecho de ser un piel verde ya era algo extraño, ver a un orko con pelo lo era aún más.

Pero eso no podía importarle menos. Usando sus afiladas garras, y al carecer de cualquier tipo de herramienta, desgarro la piel de su presa y le saco todos los intestinos. La colgó de una rama de un árbol y dejo que la sangre se escurrirse del cadáver. Regreso a la frontera del bosque y el desierto y tomó algo me vegetación seca e hizo una fogata. Podría ser un orko, pero su cerebro de humano le impedía comer carne cruda, algo que le revolvió el estómago de solo pensarlo.

La carne del squig le daba algo de repulsión. Incluso recordaba con cariño las asquerosas raciones de comida que le daban en el ejercito... o eso pensaba... hasta que le dió el primer mordisco. El sabor de la carne era tan sabroso, que no podía recordar nada ta placentero en toda su larga vida de servicio. Devoró su presa con prisa, degustando de la jugosa carne. No sabia si era por su nueva forma orkoide. Tal vez sus gustos se habian modificado, pwro no le importaba. Cuando terminó, se quedó mirando el hueso de la pierna de su presa con solo un pensamiento en menete:

"¡Quiero más!"