Puede resultar algo contradictorio, pero para un Marine Espacial que lucho sin descanso por más de dos siglos, esos peligros no pasaban de un susto ocasional provocado por la repentina aparición de un delicioso squig que se convertiría en su comida. De hecho, era bastante conveniente. En los doce días que habían transcurrido no había pasado hambre, e incluso pudo hacerse de algo de ropa con las pieles que lograba recolectar de los squig. Aunque no era que necesitaba cubrirse algo ni nada por el estilo... Después de todo. Era un orko.
Durante todo ese tiempo estuvo vagando por el bosque tratando de encontrar algo que le fuera de utilidad, pero en vano. ¿Acaso estaba solo en ese planeta? Imposible. Tendría que haber alguien más en todo esa espesa jungla. Ya había pasado tanto tiempo sin ver rastros de civilización, que hasta le resultaba tentador encontrarse con otros orkos. Aunque esa era una de sus mayores preocupaciones.
A sus ojos, los orkos eran criaturas brutas y burdas obsesionadas con la guerra. Le preocupaba que quisieran matarlo con solo verlo, pero no podía permitírselo. Tenía una misión que cumplir y un destino que alcanzar. Nada se interpondrá en su camino y aplastaría los cráneos de quienes osasen interponerse en su camino, aún si estos fuesen sus ex-camaradas de los Templarios Negros.
Era una tranquila tarde en la selva. A su Lomo llevaba el cadáver de un squig que había cazado para la cena de la noche. Sus prendas improvisadas de piel teñidas con la tierra negra y la suciedad le daban un aspecto sombrío. Como una sombra que se desplazaba con sigilo entre la oscuridad de la selva. No tenía nada que hacer en particular. Sólo buscar un refugio para pasar la noche, si no simplemente se encaramaría a un árbol para dormir seguro. No debía pasar nada de interes, hasta que percibió unos extraños sonidos. No había duda alguna. Esa era un pelea entre bestias.
Kanan se acercó tentado. Si dos squig se peleaba entre ellos era una gran oportunidad. Sólo tenía que matar al vencedor y tendría dos presas a su merced y no tendría que preocuparse por comida en un par de días, además que las pieles siempre eran bienvenidas. El orko se escabulló entre la maleza hasta el lugar del cual provenían los ruidos. Pero lo que vio lo dejo atónito y confundido.
No habían dos, ni tres, ni cuatro squig. Era una pequeña manada de seis squig que rodeabana a una extraña criatura. Una criatura que Kanan no había visto en su vida. De hecho, ni conocía de su existencia. Los seis squig tenían ese clásico color rojo de piel, pero el del medio tenía una tez blanca como la nieve del gélido Alfrost.
La criatura blanca estaba agotada, marcada por las mordidas que los squig rojos le habían propinado. Sus acosadores no dudaban en atacar y morderlo una y otra vez, a pesar de que por su tamaño, Kanan pudo determinar que apenas se trataba de un ser recién nacido, o que apenas tenía una semana de vida a lo mucho. ¿Un squig albino? Nunca había escuchado de algo similar. ¿Acaso sus ojos le estaba mostrando porque no habían squig albinos adultos? ¿Los squig regulares mataban a los albinos antes de crecer? Eso sería una buena hipótesis.
La verdad, al orko de daba igual lo que le ocurriese al squig albino. De hecho, si los otros lo mataba le ahorrarían el trabajo de tener que hacerlo. El solo debía preocuparse por poder conseguir algo de carne. Aún asi... algo le estaba apretando el pecho al ver tal escena.
El squig blanco hacia todo los posible por defenderse. Pero un seis contra uno era simplemente imposible. Ademas, el resto de squig eran más grandes y tenían dientes más letales. Si aún no lo habían matado, era porque tal vez estaba disfrutando matarlo lentamente, como si quisieran que sufriera. Malditas criaturas.
Kanan se mantuvo vigilante, sin mostrar ningún interés de intervenir. El albino intentaba defenderse, pero sus eridas patas apenas podían moverse, y su rechoncho cuerpo estaba estático sobre la tierra. Lo único que podía hacer era gruñir levemente e intentar morder a quien se acecara a su boca. Pero los squig no eran tontos, y se limitaba a morderlo desde los costados o su espalda. Ya estaba agotado. Sus heridas eran demasiado profundas para poder sobrevivir por su cuenta. Ya viéndose derrotado, soltó un chillido de dolor, casi inaudible, pero que Kanan pudo percibir.
Algo se rompió dentro del orko, algo que parecía no tener sentido. ¿Acaso se había ablandado ante los lamentos de una bestia? No supo como, pero de algún modo creyó que ese chillido era un llamado de auxilio desesperado. El llamado de una cria agonizante.
Kanan se lanzó de frente, tomando por sorpresa a los squig rojos, los cuales no pudieron reaccionar hasta que el orko reventó el cráneo del squig más cercano que tenía. Los cinco squig restantes retrocedieron un poco, pues su aliado había caído de solo un golpe. Eso asustaría hasta la más fiera de las bestias. Se planteaban si atacar al ser verde que apareció de repente, pero antes de poder tomar una decisión, Kanan cargo una segunda vez.
Los squig no pudieron resistir los embistes de la máquina de guerra verde, cuya furia los mandaba a volar hasta estrellarse contra los tronco de los árboles. Intentaron morder a Kanan con todas sus fuerzas, pero un puñado de squig no eran rival para un ex-marine, quien con solo blandir u pedazo de madera podía reventar sus duros cráneos como si se tratara de un melón. Después de apenas unos minutos, los seis squig rojos yacían sobre el suelo., pues después de luchar contra tantos en sus cacerías ya había descubierto sus debilidades, aunque un buen golpe entre los ojos siempre resultaba muy efectivo.
Una vez se alzó victorioso, Kanan le dirigió una mira al squig albino preguntándose el por que lo había salvado. Se veía también débil y demacrado que incluso dudaba que pudiese sobrevivir. Kanan suspiro hondo, realmente no tenía muchas ganas de tener que lidiar con esa cosa blanca, la cual lo miraba con bastante enojo y furia. No podía culpar su desconfianza después de todo lo que había pasado, así que simplemente se dio la vuelta y se alejo.
El squig blanco respiro aliviado por unos segundos. Al parecer el orko no tenía ningún tipo de interés en él, aunque no podía entender porqué el cazador había dejado atrás a sus presas. Esta mal herido y su cuerpo se le hacia demasiado pesado para intentar mover lo. Podía sentir el viento frío sobre sus heridas sangrantes. Se quedó quito, simplemente esperando la hora de su muerte, hasta que vio como el orko regresaba.
El squig se puso alerta de inmediato, aunque sabía que nada podía hacer si el orko lo atacaba. Aún así su instintonde supervivencia no le permitía darse por vencido. Gruñía en voz baja como advertencia, pero a Kanan no podía importarle menos. Esa pequeña cosa blanca no representaba ningún tipo de amenaza para él. De hecho le tenía hasta lástima.
Los gruñidos fueron sofocado por el fuerte ruido que provocaron los pedazos de madera que Kanan dejó caer sobre el suelo. El squig blanco solo miraba con curiosidad y precisión como el orko frotaba los maderos, mientras un extraño humo blanco comenzaba a brota. Su corazón se agitó con horror cuando vio el brillante color del fuego que emanaba de la madera. Podía sentir su calor cerca de su cuerpo, y eso le provocaba un terror como nunca antes había sentido. Quería huir, correr lejos de esa cosa brillante, pero su cuerpo no respondía a sus pensamientos.
Kanan no le dio mucha importancia a la agitación del squig. De hecho, pensaba que se estaba acercando a su último aliento. Aún así, tomó un trozo de carne, lo enterró en una rama y lo puso sobre el fuego. El squig no sabía que estaba ocurriendo, pero sin lugar a dudas el olor de la carne cocinandose le llamaba la atención. Lo suficiente como para calmarse un poco.
Pasaron treinta minutos hasta que la carne de squig estuviese lista. Era una carne con mucha grasa, así que su cocción era bastante lenta, pero valía la pena. El squig vio con celos como Kanan le daba un gran mordisco al trozo de carne, pero de inmediato le arrojo un pequeño pedazo a unos poco centímetros de su boca.
Kanan: - Si de verdad quieres vivir, tendrás que luchar. -
La vo de Kanan era fuerte y poderosa, como debía ser para un orko. El squig lo miró por unos segundos, y luego volteo a ver el trozo de carne. No podía mover su cuerpo, pero al menos intento alcanzar la carne con su lengua. Le tomó al menos tres intento, pero cuando la tuvo entre sus mandíbulas la deboró casi de inmediato. No podía culparlo. Estaba hambriento y necesitaba comida para sobrevivir. Solo cuando Kanan vio que la criatura había dejado de masticar, le lanzó otro pedazo por el cual también tuvo que luchar para alcanzar.
Pasaron cuatro días desde que ambos se encontraron. El squig blanco ya era capaz de ponerse de pie e incluso trotar un poco. Era increíble lo rápido que el squig se recuperaba, pero esa era una característica común en todos los pieles verde. Kanan lo seguía alimentando, aunque este siempre tenía que luchar para comer. Kanan amarraba la carne a una rama y la agitaba de un lugar a otro para que la criatura blanca tuviese que correr e incluso saltar para alcanzarla. Y así, al sexto día, el squig albino ya estaba listo para valerse por su cuenta. Las heridas habían cicatrizado, y ya podía correr como antes. Ta debería de ser capaz de cazar y huir de sus depredadores. A partir de ahora debía valerse por su cuenta.
Kanan le dirigió una última mirada al albino, una clara señal de despedida antes de darse vuelta y darle la espalda, dejando a la criatura algo triste en medio de un pequeño claro. Kanan se sentía algo extraño, nostálgico. No sé percataba, pero sabía que extrañaría a ese pequeño ser. Le había comido cierto cariño, al punto de llegar a acariciarlo los últimos días. Pero no podía llevarlo consigo. Sólo sería un estorbo para sus metas. Al menos hasta que sintió unas pisadas que lo seguían.
Kanan se dio la vuelta y vio al pequeño squig tras él.
Kanan: - No. Vete. No puedes seguir conmigo. - El squig lo miro sin entenderlo. - ¡Vete! -
Ante el grito del orko, el squig se dio la vuelta algo asustado y se escondió tras un árbol. Aunque asomaba la cabeza para observarlo. Kanan bufó y se dio la vuelta, con la esperanza que el pequeño squig entendiera sus palabras. No podía estar más equivocado.
Tras dar varios pasos se dio la vuelta, solo para ver como la criatura lo seguí mientras se escondía tras los árboles. Kanan no podía creerlo. ¿Acaso estaba lidiando con un crío?
El orko solo se cruzo de brazos al verlo, y la criatura comenzó a acercarse lentamente, como si supiera que iba a ser regañado. Pero al menos Kanan le dedico un pequeño rayo de luz en su frío y muerto corazón.
Kanan: - ¿Qué voy a hacer contigo? - Le decía mientras acariciaba si cabeza y el squig emitía unos gruñidos complacido.
