Una nueva guerra se cernió sobre los paisajes de un mundo desconocido. Una guerra de piel verde contra piel verde. De orko contra orko. Cada clan, cada grupo de guerra y caudillo militar era incapaz de acabar con la furia da Kanan y sus ejércitos. Miles morían por el fragor de la batalla cada segundo, pero miles más se unían a sus filas tras cada batalla. Era una fuerza imparable, una marea verde que arrasaba y conquistaba todo a su paso. Un mundo primitivo con solo pieles verdes viviendo en él. Un mundo perfecto para reunir un ejército.

El grupo se convirtió en una legión. La legión en un ejército. El ejército en una armada. Y la armada en una horda. Millones de pieles verdes, sin importar la fuerza o capacidades de cada indivíduo, se unían cada día a las filas de Kanan. Aquellos que nacían entre la tierra y el lodo encontraban sorprendidos una ayuda que nunca antes se había visto. Cada orko, grentchins o los notling, por muy pequeño que fuese recibía una mano aliada tras romper su capullo, y de inmediato sabían que el destino les había sonreído.

Aquellos que abandonaban la placenta que los mantenían con vida podían escuchar de primera mano, de boca de los más viejos, las historias del líder orko que regía sobre todos en ese gran planeta. Nacían sabiendo que les esperaría un gran futuro lleno de combates, o una muerte digna en el campo de batalla. Y no tonta riñas entre clanes orkos.

En cinco años, Kanan puso bajo su dominio a cada orko del planeta que nombró Heim. Hogar en un antiguo idioma terrano. Pero solo era una palabra... Pues su verdadero objetivo estaba más allá de la atmosfera de dicho planeta.

Si hay una verdad absoluta, era que la inventiva e inteligencia orka estaba siempre a la par de sus números. Kanan había escuchado esto antes de los registros imperiales, pero nunca nada le había parecido tan absurdo. Pero ahora... Era prueba viviente de ellos. Frente a su humilde morada, se alzaba cintos de miles de hangares tan grandes como montañas, y dentro de ellos, naves estelares tan grandes como las del imperio se hacían y deshacían a pedazos.

¿Cómo? Kanan no era capaz de entenderlo del todo. ¿Cómo esos tontos orkos que lucharon a su lado como fieras rabiosas carente de raciocinio ahora eran capaces de fabricar tales maravillas de la ingeniería? ¿Acaso siempre fueron capaces de hacer algo así? De ser el caso, el ex-Marine comenzó a mirar a sus seguidores de piel verde con mayor respeto.

Pero no había tiempo que perder. No había necesidad de construir palacios o monumentos por su victoria. No había necesidad de hacer cosas tan absurdas. En todos estos años nunca perdió su meta. Aún podía ver con ojos coléricos una estrella brillar más que otras en el panorama nocturno. Terra lo llamaba, y la imagen del Emperador cadáver hacía que su sangre hirviera cada vez que el recuerdo que Slaanesh implantó en su conciencia venía a su mente.

Aún así, no podía evitar sentir un poco de admiración por esa raza tan primitiva que le gustaba mirar desde la cima de la torre de vigilancia más alta del campamento principal. Campamento que era veinte veces más grande que la ciudad de New York, y su población, en ves de simples humanos, era de puros pieles verdes listos para la batalla. La galaxia no lo sabía aún, pero cerca del borde este de la galaxia, allá, en una estrella desconocida, se estaba formando la armada orka más poderosa que la galaxia había conocido. Más grandes incluso que aquella que protagonizó la gran guerra de Armageddon. Y todo, por la influencia de un solo individuo.

Dale a un ser fuerza y dominará el medio en que vive, pero si le das inteligencia este terraformará el mundo. Y Kanan era una mezcla peligrosa de ambas cosas. El orko de cabello blanco, conocido entre sus seguidores por Kanan el indomable (le decían Kajan debido a su problema de pronunciación), era una fortaleza inespugnable de carne y huesos y a la vez una espada tan poderosa para partir la tierra en dos. O así lo contaban los trobadores en las tabernas donde los orkos pasaban el rato. Pero si un orko lo cree, es porque es verdad.

A pesar de su aspecto orko, Kanan no dejaba de ser un engendro de un rey demonio, y para muchos no pasaba desapercibido. Algunos incluso se sorprendían al verlo, incapaces de entender la realidad. En sus mentes orkoides, Kanan era una bestia de dis metros de alto, lleno de implantes metálicos, con armas y pinchos por todos lados, pero nada más alejado de la realidad.

Kanan disfrutaba de andar con su pecho al descubierto, y sobre sus hombros simplemnte descanzaba un par de hombreras metálicas. No usaba casco, y sus cabelleras cedosas blancas eran víctivmas de los caprichos del viento. A pesar de haber dirigido personalmente una guerra mundial de conquista, su cuerpo no mostraba marca alguna, pues él nunca conoció lo que era ser herido en el campo de batalla. Y eso era los más sorpendente.

Su modesta altura de apenas tres metros apenas resaltaba entre los otros orkos que lo seguían, haciendo que incluso algunos caudillos orkos que se unieron a él voluntariamente fueran hasta dos metros más alto Su modesta altura de apenas tres metros apenas resaltaba entre los otros orkos que lo seguían, haciendo que incluso algunos caudillos orkos que se unieron a él voluntariamente fueran hasta dos metros más alto. Pero no te dejes engañar, pues nadie tenía el coraje de desafiarlo en combate, pues sabían que su muerte era segura.

A su lado siempre iba aquel extraño squig albino, ahora de una impresionante altura de dos metros, una montaña de músculos y dientes forjada en el fragor de la batalla. Bankor... como los llamaban sus seguidores, era bien conocido por todos y respetado como la bestia de guerra más poderosa que halla pisado esa tierra. Aquellos que tuvieron la dicha de verla en la batalla, contaban con sumo detalles como la imparable criatura rompía las defensas enemigas, y Kanan siempre cabalgando sobre su lomo con una inolvidable pose napoleónica antes de reclamar su victoria.

Y a su espalda siempre iban dos orkos que todos conocían muy bien, pues no por nada les apodaban "las manos del caudillo" Dos orkos que lucharon a su lado desde el primer día, y habían vivido cada batalla y sobrevivido para contarlo. Kurnet, como él mismo se apodó, solía ser aquel guardia debilucho que Kanan derrotó con solo la mirada la primer vez que se encontraron. Pero ahora era un imponente orko de cuatro metros y medio de alto, dejando algo pequeño a su señor, pero su lealtad hacia él era absoluta.

Kurnet destacaba por muchas cosas, entre ellas, su impresionante brazo derecho metálico, el cual perdió en el fragor de una gran batalla y tuvo que ser remplazado por el metal y circuitos mecánicos. Siempre portaba su pesada armadura, algo que nunca cambió desde que conoció a Kanan aquel día, y muy en el fondo pensaba que si mantenía el estilo y forma con la que su jefe lo derrotó, podría llegar a ser como él algún día. Un pensamiento algo simple y carente de sentido, pero en su mente era lo más lógico del mundo.

El otro orko a su lado no tenía nombre, nunca lo tuvo, pero cuando Kanan lo llamó Murrey este lo aceptó con gusto. Y no era en vano, pues Kanan le tenía mucho aprecio por haber salvado la vida de Blanco en acalla ocasión. Pues si, se trataba de más ni menos que de aquel matazanos con el rostro tapado por una tela, quien ahora era casi tan grande como su señor, y el segundo orko más respetado en el planeta, solo por detrás de su señor.

Y así, Kanan solía pacear por el campamento, demostrando a todos que estaba presente, y recordándoles que cuando las naves estuviesen listas, partirían hacia las estrellas buscando las peleas más grandes que pudiesen imaginar. Todos aclamaban su llegada, sin importar el lugar o la hora, dejaban de hacer lo que estuviesen haciendo para ver a su líder junto a los dos grandes campeones y la bestia blanca. Y así admirar la grandeza y sabiduría de aquel que les prometería un futuro brillante, lleno de buenos combates y muertes dignas de ser recordadas.

Curiosamente, el orko de pelo blanco, a pesar de estar al "mando", no tuvo que hacer nada para administrar su creciente ejército de seguidores. De alguna forma que ni el propio Kanan se explicaba, los orkos formaron su propia sociedad, con leyes y economía bien estructuradas, usando sus propios dientes que nunca dejaban de crecer como moneda de cambio, y estableciendo estatus sociales dependiendo de la fuerza de cada orko. Simple y primitivo, pero funcionaba a la perfección. Y Kanan solo tuvo que rectificar una cosa en la actitud de los orkos, y lo más irónico, era que ni siquiera lo hizo intencionalmente.

Era un tarde perfecta para una gran batalla. Todos los orkos mostraban lealtad al orko de pelo blanco, pero la guerra es parte de los orkos como el agua es parte de la humanidad. Sin ella simplemente moriría. Batallas, luchas en los coliseo, cacerías de bestias. Todo para encontrar un ápice de diversión mientras esperaban al momento de emprender el viaje para conquistar las estrellas.

Kanan, curioso de lo que ocurría, llegó a lo que quedaba del campo de batalla. El grupo vencedor ya aclamaba su victoria, y cuando vieron llegar a su gran líder no podían sentirse más honorados por su presencia. Esperaban encontrar en el rostro de Kanan un rastro de felicidad, una pizca de satisfacción al ver tan buena pelea y tantas muertes. Sin embargo, todo lo que encontraron fue una mirada completamente neutral, carente de cualquier tipo de emoción. Como si estuviese completamente aburrido.

El orko de pelo blanco caminó por el campo de batalla, y todos lo miraban tratando de entender que estaba ocurriendo. Kurnet y Murrey si parecían estar satisfechos, y en cambio, se lamentaban de no haber podido participar en tal matanza. Kanan llegó a un punto elevado, donde podía contemplar la devastación y las miles de muertes solo por diversión. Respiró profundamente, tomó el cráneo amputado de uno de los orkos, cuya sangre aún fluía hacia el suelo. Lo miró, lo analizó, y habló.

Kanan: - Tanto desenfreno por algo de entretenimiento. Muerte digna sin lugar a dudas, pero muy carente de sentido. Pobre chiko... Nunca podrá ver y experimentar el verdadero fragor de una batalla que realmente valga la pena. -

Tras decir esto, Kanan simplemente dejó caer el cráneo sobre la tierra arrasada por la batalla y se retiró a su campamento acompañado por Blanco, incapaz de saber las consecuencias que sus palabras habían dejado a sus espladas.

No solo Kurnet y Murrey, sino todos los orkos que tuvieron la dicha de escuchar sus palabras quedaron atónitos. "¿Una batalla que realmente valga la pena?" ¿Cómo? Mirases donde mirases, podías ver kilómetros y kilómetros de devastación y muerte. ¿Cómo era que en la mente de Kanan esto no era una batalla que valiese la pena? La mente orkoide no pudo entender esto de inmediato... Pero cuando lo hicieron... Fue como descubrir una de las verdades más ciertas de su existencia.

"Luchar, ganar y vivir para luchar otro día." Puede que parezca lo más lógico del mundo, pero para un orko que solo piensa en luchar hasta morir fue una revelación sagrada. Como un mensaje de los propios Gorko y Morko. Sus palabras pasaron de boca en boca, y no había orko en el planeta que tales palabras no destruyaran sus instintos más primitivos. Vivir... Tenían que vivir. Tenían que vivir a como diese lugar para poder llegar a la batalla definitiva que el orko de cabello blanco prometía. Tenían que... vivir.

Unas solas palabras bastaron para detener las guerras sin sentidos, las matanzas en los coliseos y las muertes absurdas. Sin que Kanan fuera consiente de ello, los orkos comenzaron a valorar más sus propias vidas, y en cambio, algo cambió en el ejército de millones que lo seguían. Los pieles verdes se hacen más fuerte con cada batalla, eso era indiscutible. Pero... ¿Qué pasa con un millar cuando luchan y no mueren?

Pues si. Las lucha continuaron. Eso era algo que no podía simplemente eliminarse de su ADN, pero en cambio, cada piel verde ponía sumo empeño en su propia supervivencia. Como consecuancia, el enorme ejército tuvo un buff de poder nunca antes visto. Ahora no solo los vencedores se hacían más fuerte. Aquellos que sentir al amargor de la derrota y sobrevivían para luchar otro días también podían experimentar su propio aumento de fuerza. Su mente se hizo más fuerte, su convicción más ferrea, y sus ganas por aferrarse a la vida con tal de experimentar la próxima batalla era ley entre todos.

Como consecuencia, el orko promedio duplicó su fuerza, alcanzando un poder de combate muy elevado, aunque aún muy por debajo que los orkos de las grandes guerras de La Bestia. Pero fueron sin lugar a dudas, y lo más impresionante de estas fuerzas, los grentchins y los pequeños notling. De hecho... era imposible simplemente pensar que eran grentchins, pues a ojos de los ignorantes estos parecían simplemente orkos más pequeños, con una masa muscular poco menos y un promedio de metro ochenta de alto. Y los notling bien podían compararse con fuerzas del Astra Militarum, con la masa muscular de los humanos bien entrenados y una altura promedio de metro sesenta.

Pero por fin llegó el día. Después de cinco largos años de espera y transformaciones que bien podían catalogarse como una evolución, las naves de asalto estaban listas para desprenderse de los suelos y salir a conquistar las estrellas. Más del noventa porciento de la población del planeta se unió al asalto, salvo aquellos que decidieron quedarse por propia voluntad. Veinticuatro naves del tamaños de países pequeños se alzaron quemando la tierra bajo sus motores, abandonando la atmósfera de Heim y adentrándose en las oscuras mareas espaciales. Una de las naves estalló incluso antes de salir de la atmósfera. Pero más que preocupación esto causó gracias a los chikos.

Y así estaba listo. Ahora al mando de una pequeña flotilla de naves que funcionaban por acto de voluntad, literalmente, Kanan comenzó su viaje por las estrellas acompañados por miles, sino cientos de miles de orkos a la espera de una buena pelea. No sabía en que rincón de la galaxia se encontraba, pero sabía que ir hacia adelante era su mejor destino.