Tras numerosas victorias limpiando mundos de traidores en regiones cercanas al reino de Ultramar, el Lord Comandante Robute Guilliman, decidió otorgarle bajo su mando el control de una flota de mediana envergadura, siendo la barcaza de batalla ¨La Venganza del Renacido¨ el buque insignia de dicha flota.
A ojos públicos, la existencia de Tomoe y las astartes féminas era todo un secreto, uno que muy pocos en el imperio conocían. Después de todo, en un universo en llamas lo menos que quería era que individuos no deseados se comenzará a cuestionar el origen y la aparición de una primarca desconocida. Algo en lo que la propio Tomoe estuvo de acuerdo, siendo el capitán Catus aquel que sería la cara pública de dicha cruzada. Una responsabilidad demasiado grande para un mero capitán, pero... ¿Quién en su sano juicio cuestionar las órdenes del Lord Comandante?
De hecho, la propia existencia de las marines espaciales mujeres era un secreto incluso para el resto de cuerpos dentro del ejército, y dado que las imponentes armaduras WK-2 eran prácticamente iguales desde el exterior, era imposible notar la diferencia. Además, sus cascos tenían un modulador para modificar sus propias voces. De hecho, solo la existencia de Takeko era conocida dentro del ejército, y desde el punto de vista de los soldados de menor rango, está simplemente era la mano derecha del imponente monstruo que portaba la armadura roja y guiaba toda la cruzada. ¿Acaso era un custode? ¿Acaso era el propio Guilliman usando otra armadura? Los soldados regulares jamás conocerían la respuesta ni la identidad de la primarca de la segunda legión.
Aún así, tantas responsabilidades, tanto peso del presente y el pasado caían ahora sobre los hombros de la primarca. Sabía que Guilliman contaba con ella para lograr salvar al Imperio, aún cuando el propio imperio desconociera su existencia. Pero ella estaba dispuesta a hacerlo. Por los que aún seguían luchando... y por los que ya no eran capaces de hacerlo.
Tomoe estaba en un estado meditativo bajo la ducho, recordando, reviviendo tantos momentos, imaginando tantos otros. Su mano lentamente descendió por su cuerpo, hasta detenerse sobre su vientre. Sobre aquella funesta parte donde tenía una pronunciada y horrenda cicatriz que la atravesaba de lado a lado... Y recordó.
-Flash Back-
Tomoe: - ¿¡Qué más quieres de mi!? -
Incontables años en el pasado, la voz colérica de la primarca resonaba en el interior del palacio imperial de la Santa Terra. En uno de los colosales pasillos, adornados de lujosos objetos ornamentados y revestidos en el más puro oro, un colosal ser se regía sobre todas las formas de vida de Terra y de toda la humanidad.
El Emperador, aquel entonces en su sano uso de sus facultades, se mantenía orgulloso, de pie, con la cabeza al frente mirando al interior del pasaje donde se encontraba, enfocando sus ojos hacia el destino donde se dirigía. Pero dándole completamente la espalda a su hija.
No muchos fueron testigos de tal escena, salvo los propios Emperador y Tomoe, además de los cuatro custodes que resguardaban esa zona del palacio, pero además... había uno más. Uno que se mantenía también a espaldas del Emperador, sujetando el hombro de su hermana tratando de contener su ira. A su lado estaba el primarca Perturabo.
Tomoe: - ¡Lo he dado todo! ¡Me he sacrificado como cualquier otro primarca! ¡Y aún así ni siquiera eres capaz de reconocer que existo! ¿¡Qué más tengo que hacer para que me reconozcas como alguien digna!? -
Pertuabo: - Por favor... Tomoe. Trata de calmarte. -
Pero para la primarca calmarse era imposible. Estaba harta de todo. Estaba harta de destruir su cuerpo y su mente por algo de reconocimiento, algo de aprecio de su padre.
Tomoe tenía un don... un don como ningún otro. Un don que hasta el propio Emperador veía con ojos asustados. De todos los primarcas, Tomoe era la única en hablarle a la cara, mirándolo directamente a sus ojos. No como Mortarion que lo veía con ansias de venganza. o como Angron, cuya rabia era simplemente incontrolable. Nada de eso. El rostro de Tomo miraba a su padre desafiante, como si no tuviese la necesidad de arrodillarse ante él cuando estaba al frente. Era la única a la cual no le temblaba la lengua al decir sus errores a la cara. Y eso era algo que asustaba hasta el propio Emperador.
Aún así, el padre de la Humanidad no parecía darse vuelta y enfrentarla. Tal vez por orgullo, tal vez por miedo. Eso es algo que solo él sabría. Pero para el resto, él simplemente le estaba dando la espalda... Otra vez.
En un ataque de rabia, Tomoe se acercó a su padre, dejando al propio Perturabo a sus espaldas sin saber qué diablos haría. Nada bueno definitivamente.
Sin previo aviso, Tomoe tomó la espada llameante del Emperador de la empuñadura de su cintura, un arma legendaria capaz de acabar contra demonios y cualquier enemigo de la humanidad. A pesar de esto, el Emperador no hizo nada para detenerla. Como si supiese que iba a hacerlo. O como si supiese que ella no era capaz de hacerle daño. Aún así, el primarca Perturabo no se demoró en tratar de detenerla, y los propios Custedes alzaron sus poderosas lanzas para enfrentar a la primarca de ser necesario. Pero antes los ojos de todos los presentes, Tomoe usó la llameante espada, imbuida en su propio poder disformes y la clavó sobre su propio abdomen.
La expresión de todo rápidamente se volvió en confusión y espanto. Incluso los estoicos custodes no pudieron sentirse agobiados ante la escena. La espada llameante del Emperador perforaba la carne de la primarca, cortando su piel y órganos mientras a su paso dejaba una dolorosa herida cauterizada por el propio infierno de su hoja. Aún así... Tomoe no gritaba de agonía, aunque quisiera hacerlo, pues la rabia que sentía era mucho mayor. Y en una interminable escena que apena duró cinco segundos, la primarca Tomoe, quien yacía de rodillas contra el suelo, hacía lo posible por no desfallecer ante la fatiga y el dolor.
El intenso olor a carne quemada rápidamente agobió el lugar. No hubo sangre, pues la espada llameante no permitiría que la sangre manchara los bellos pasajes del Palacio Imperial. Tomoe yacía de rodillas en el suelo, haciendo lo posible por mantenerse cuerda mientras resistía el interminable dolor. Aunque es posible que el dolor del rechazo fuese incluso más fuerte que el dolor de su cuerpo.
Perturabo no perdió tiempo y se acercó para verla, el cual estaba tan atónito como los Custodes, los cuales regresaron a su pose de guardia una vez la espada llameante no pudo ser sujetada por la mano de la primarca, y cayó retumbando contra el suelo, creando ecos que viajaban por todo lo largo del majestuoso palacio. Y tras un agobiante silencio, una voz fue escuchada.
Tomoe: - ¿Qué... más... debo... sacrificar... para ser... digna...? -
Una pregunta cargada de un tono bien desafiante. La voz de Tomoe era entrecortada por un sofocante jadeo, incapaz de ser controlado ante la herida cauterizada que ahora portaba su vientre.
Tomoe lo había dado todo, y ahora entregó lo último que le quedaba... Su fertilidad. Todo por el Imperio. Todo por ser digna. Todo... Por ser reconocida por su padre.
Por un segundo, un rayo de esperanza se asomó en el corazón maltratado y herido de la primarca. Por primera vez en mucho tiempo, el Emperador parecía reaccionar a su sacrificio. El señor de la humanidad se tomó el tiempo para girar su cabeza, mirando a la yaciente Tomoe que usaba cada ápice de su fuerza para mantenerse consciente. Esas esperanzas crecieron aún más cuando el Emperador giró su cuerpo, encarándola por primera vez desde hacía años.
¿Acaso lo había conseguido? ¿Acaso todo su sacrificio había por fin dado resultados? El rostro de Tomoe mostró una sonrisa momentánea... Una que duró apenas dos segundos.
Antes los ojos en shock de Tomoe, el Emperador simplemente recogió su espada y la colocó sobre la empuñadura sobre su cintura... Solo para volver a darse la vuelta e irse, dejando a la primarca Tomoe en un estado deprimente a sus espaldas. Tomoe había fallado... La primarca no podía hacer más que apretar sus dientes de la frustración e ira, todo para intentar controlarse, aunque eso no evitó que por fin una lágrima brotaba de sus ojos. La última que derramaría por su padre... Su última lágrima en vida.
Perturabo: - Vamos... Te llevaré con un apotecario... -
Perturabo no hacía más que preguntarse el por qué de todo esto. No podía entender a su padre.. Nadie podía de hecho... Pero por qué se negaba a todo esto. Bajos sus brazos se encontraba su hermana destruida, la cual con una fuerza sacada que quien sabe donde, logró ponerse de pie para tratar de caminar por su cuenta.
El primarca no podía hacer nada... solo... estar a su lado y apoyarla de algún modo. ¿Quién era él para dirigirse al Emperador? ¿Qué podría hacer él para ayudar a su hermana? ¿Que podría hacer para zanjar esta injusticia? No había nada... Nada... O tal vez... si la había...
-Fin del Flash back-
Takeko: - ¿Mi señora? - La voz de su seguidora desde el otro lado de la puerta sacó a la primarca de sus pensamientos.
Tomoe: - ¿Qué ocurre? -
Takeko: - Las unidades de refuerzo acaban de llegar. -
Tomoe: - Entendido. Que sus oficiales al mando me esperan en el puesto de mando. Iré tan pronto como pueda. -
Takeko: - Como ordene. -
La primarca Tomoe no podía reírse ante tanta ironía. Ahora que recordaba su pasado, jamás esperó que fuese su propio hermano aquel que la reconociera mucho más que su padre. Tomoe sentía una enorme deuda por Guilliman, una autoimpuesta, y estaba dispuesta a donar a su causa cada gota de su sangre para que el sueño de su hermano se hiciera realidad. Aunque a su vez, este fuera el mismo sueño que el Emperador. Una galaxia unida bajo el dominio imperial.
Tan pronto estuvo lista, la primarca se dispuso a ir al encuentro con sus nuevos subordinados. Si bien portaba su servoarmadura roja, no portaba su casco, pues por esa zona de la barcaza no circundaba nadie que no conociera su rostro. Hombres y mujeres de su confianza. Además, que el pelo mojado dentro de ese casco era bastante incómodo. Y finalmente, llegó a su destino.
Tan pronto llegó a su destino, las puertas del centro de mando se abrieron ante sus ojos, mostrando la silueta de sus tres nuevos subordinados, los cuales se cuadraron en pose militar tan pronto notaron su llegada.
Tres de ellos. Tres que se habían forjado un nombre y un reconocimiento después de su última campaña. Al centro se encontraba un marine espacial, vistiendo su servoarmadura blanca con detalles escarlatas, portando su casco rojo símbolo de su estatus en el capítulo... O lo que quedaba de él. Sin embargo, los otros dos eran meros humanos.
Tairon: - Coronel Tairon de la Guardia de Krieg, reportándose para el deber. -
Harrus: - Co... Co... Comisario Harrus. Li... Listo para servirle... Señorita... ¡Digo!... Su señoría... -
Astarte: - Capitán Constantine de los Astartes de la Tormenta. Listo para servir. -
Los tres se presentaron antes la primarca, su nuevo superior, aunque a Tomoe le llamó la atención el orden. Se suponía que el astarte, al ser de mayor rango, fuese aquel que se presentase primero. Pero no era momento para pensar en eso ahora, además que el comisario se veía bastante nervioso. ¿Y cómo no estarlos? Si la mera presencia de Tomoe era imponente.
Tomoe: - Me alegra su llegada. Esperábamos por ustedes. Tengo entendido que los tres lucharon juntos en Atem III, así que asumo que poseen una jerarquía interna. Así que se mantendrá de igual forma. ¿Están de acuerdo? -
Obviamente era una formalidad, pero la primarca parecía dirigirse al astarte mientras lo decía, sin embargo, lo que el capitán tenía le iba a decir jamás lo hubiese imaginado.
Constantine: - Está usted en lo cierto. El coronel Tairon posee el mando directo de las divisiones, seguido por el Comisario Harrus. Eso incluye a los astartes de mi compañía. -
Tomoe: - ¿Astartes bajo las órdenes de un coronel de Krieg y un comisario del Astra Militarum? Eso jamás lo hubiese imaginado.
Constantine: - Después que ambos alcanzaran la victoria y salvaran a mis hombres de una guerra que no podíamos ganar, seguirlos es algo que hacemos con honor. -
Tomoe: - Interesante... Espero poder oír los detalles más tarde. De momento regresen con sus hombres y acomódese en las naves de reserva. Se pondrán dos fragatas y un destructor a su disposición. -
Tairon: - A sus órdenes. Regresaremos lo antes posible. -
Y así, los dos simples humanos y el astarte salieron del puesto de mando, rumbo a los hangares para reunirse con sus tropas. Mientras tanto, por el camino.
Tairon: - Así que los informes de Ultramar eran ciertos. Una primarca ha surgido de la nada y ahora está luchando por el Imperio. -
Constantine: - Fueron muy claros que revelar esta información sería castigada con la muerte. Supongo que es un secreto bien resguardado. -
Tairon: - Eso parece. De momento... solo limitémonos a cumplir las órdenes. ¿Qué crees al respecto, comisario? - Pero este ni siquiera se inmutó. - ¿Harrus? -
Harrus: - ¿Qué...? ¿Qué decían? -
Constantine: - ¿No estabas escuchando? -
Harrus: - Lo siento... Estaba... Perdido en mis pensamientos. -
Tairon: - Ya veo... ¿Y podría controlarse un poco? Desde que vimos a la primarca está rojo como un tomate... -
