Sus ojos rápidamente se posaron sobre un extraño techo abobedado, el cual carecía completamente de esas extrabagantes pinturas neo-renacentistas imperiales. En cambio, el color propio de los materiales con los que estaba hecho le daba una muy pecualir belleza.
Kanan se encontró a si mismo en el interior de un resinto, acostado sobre una cama en la cual apenas cabía su enorme cuerpo, pero que era sorprendentemente cómoda. Aunque él ni siquiera recordaba lo que era la comodidad.
El orko alsó su cuerpo, viendo con lujo de detalles todo el interior. Un interior muy simple, más parecido a un altar que a una habitación, pero definitivamente de un estilo que nunca antes habia visto. Ni en esta vida... ni en la aterior.
Su cuerpo pesaba mucho más de lo normal, seguro por el tiempo que estuvo allí acostado. ¿Cuánto había pasado? ¿Horas? ¿Días? No era capaz de decirlo, pero lo que si sabía era que tenía un hambre atróz.
Poco a poco se puso de pie, y rápidamente pudo ver su equipo apoyado sobre una esquina de la habitación. Kanan se acercó lentamente. Sus pisadas hacía eco en la pequeña habitación. Nada le llamaba particularmente la atención, pues su mente estaba bastante preocupada. Murrey, Kurnet, David, los chikos. ¿Qué les habrá pasado? Slaanesh los arrancó de la batalla de Atem III, y Murrey se retiró antes de su victoria sobre Lucius. ¿Estarán bien? ¿Acaso estaría vivos? Pensar en la idea de haberlos perdido les rompía el corazón.
Finalmente, Kanan llegó a su equipo y se dispuso a ponérselo. Tomó la hombrera de templario negro con el logo rasgado por el propio Slaanesh, pero mientras lo tenía en sus manos, algo rápidamente llamó su atención.
La hombrera disponía de un brillo como nunca antes él la habia visto. Completamente limpia, aunque aún portaba las marcas de batalla sobre el metal, además, que tenía una escencia bastante agradable, como algún tipo de perfume. Y no solo eso.
Cuando se vió a si mismo, pudo ver su brillante tono verde de piel. ¿Acaso su piel era tan brillante y verde? Ahora que lo pensaba, jamás había tomado un baño desde que reencarnó como orko, así que su cuerpo estaba siempre cubierto de tierra y sangre. Nunca le importó de hecho. Ahora si era verdaderamente verde.
Su espada, aquella que tomó del capellán Heldredd, estaban brillante como el metal recien forjado, y sus abolladuras más pequeñas habían sido reparadas. Alguien con un gran talento sin lugar a dudas fue el artífice de tal trabajo, pues los orkos no tenían esa delicadeza con sus manualidades. La pregunta era... ¿Quién fue responsable de todo?
Si algo Kanan sabía, era que la respuesta no estaría dentro de esa habitación. Podría esperar. Eventualmente aguien aparecería y le explicaría la situación, pero la paciencia para estas cosas nunca fue su punto más fuerte. Muy diferente a como actuaba en el campo de batalla.
Kanan se acercó a la puerta de la habitación, la cual tenía un diseño muy peculiar, con curvas suaves y nada de esquinas puntiagudas. Con la característica forma de un huevo, y justo al centro, un gran desafio.
Un panel de controles parecía ser el mecanismo para abrir dicha puerta. un panel de controles cuyos botones estaban claramente diseñados para alguien con dedos muy finos. Algo que él no tenía. En un acto netamente de fe, Kanan intentó pulsar un boton, aunque con su enorme dedo precionó como cinco al mismo tiempo.
En su mente, lo más lógico sería que el botón que estuviese en la esquina superior izquierda sería aquel que abriese la puerta, pero en cambio, terminó activando una suave música dentro de la habitación, al mismo tiempo que la intensidad de la luz se hacía cada vez más ténue. Ese definitivamente no era.
Kanan siguió experientando, pero lo único que consiguió fues cambiar el ambiente de la habitación una y otra vez. Llegando a activar incluso el sistema antincendio el cual le empapó cada centímertro de su cuerpo. Secar ese pelo blanco iba a ser toda una molestia más adelante. Ahora, Kanan se mantenía mirando el panel de contronles como un niño a un frasco de galletas. Su concentración era muy profunda, tratando de recordar cuales botones había precionado y cuales no, pues la cantidad era ridícula. Ya podía sentir su naturaleza orkoide aflorar, empujándolo para romper la puerta solo con su fuerza bruta, pero la razón le decía lo contrario. Y finalmente... la puerta se abrió. Pero no por la voluntad del orko.
Kanan abrió los ojos cuando vió del otro lado una aldeari, la cual dejó escapar un grito y unas maldiciones en su idioma al verlo, pues lo que menos se imaginaba era que el orko estuviese justo detras de la puerta. Sobre todo por su gran tamaño, el cual era impresionante incluso estando agachado.
Kanan apenas pudo preguntar donde estaba, y la aldeari huyó del lugar como si no hubiese un mañana. Y eso incluso que el orko le estaba hablando en su idioma, pero sin resultado. Kanan ahora se encontraba en un largo corredor carente de vida, el cual parecía llegar hasta el propio infinito. Aún así, lo que más llamaba la atención del orko era la bandeja de comida que la aldeari dejó caer al suelo tras el susto que se llevó. Una pena, pero al orko no le importó tomar las frutas, carnes y lo que quiera que pudiese sujetar y llevarselo a la boca mientras caminaba por los interminables pasillos, después de todo, un orko no es muy exigente con la comida.
Caminar si rumbo o sentido en un lugar desconocido sin lugar a dudas no es buena idea, sobre todo cuando ni siquiera saber si pueden haber ostiles cerca. Kanan avanzaba por el interminable corredor con la esperanza de encontrar algo, pero el hecho que los aldeari huyesen tan pronto lo vieran no ayudaba mucho. Al menos podrían decirle como salir de allí, sobre todo porque ya estaba cansado de caminar agachado.
Al parecer, la fortuna estaba de su lado. Una enorme puerta por la cual podría pasar sin tener que agacharse se ubicaba a unos de los costados del corredor. Con su agudo oido, pudo escuchar gran cantidad de ruido del otro lado, además de un murmullo constante. Y lo mejor de todo, era que el panel de tal puerta tenía un único boton. Era como si pidiese a gritos que tomase ese camino... O al menos eso era lo que el orko tenía en su mente... Y razones no le faltaban.
¨Maravilloso ¨Maravilloso.¨ Fue el único pensamiento que el orko de melena blanca pudo tener al ver ante tal maravilla de la ingeniería aeldari. Si bien en su mente no podía compararse con la manificiencia de los grandes palacios imperiales, no podía negar que era impresionante la infinidad de estructuras y rasgos curvilíneos muy característicos de los ingenieros aeldaris.
Kanan ya tenía sus sospechas, pero ahora estaba completamente convencido. Alzó la mirada, y pudo ver una maravillosa e interminable cúpula, la cual medir en kilómetros o millas sería una completa estupidez, pues los mundo astronaves aeldaris eran tan grande como planetas. Simplemente una maravilla de la tecnología. Algo que a la humanidad le faltaba mucho para alcanzar.
Pero la emoción del orko duró poco. Cuando Kanan bajó la cabeza, se encontró con una muchedumbre de aeldaris mirándolo con miedo. No eran guerreros, y la mayoría ni siquiera había visto alguna vez a algun ser de otra especie. Pero un orko es facil de identificar sin importar las circunstancias... Así como lo peligrosos que estos podían ser.
Kanan esperaba lo peor. Ya incluso dió un paso atrás para volver al interior del corredor lejos de la vista de todos. Lo menos que quería era tener problemas con los aeldaris en su propio mundo fortaleza, pero si de algo estaba convencido, era que no se dejaría vencer sin dar pelea. Aunque era obvio que esta era una que no podía ganar. Pero para su asombro, los aeldaris se mantuvieron mirándolo... muy diferente a aquella que salió corriendo tan pronto lo vió, o aquellos que lo evitaban dentro del corredor. Y de pronto:
?: - No debería estar aquí... Los orkos deben estar en el... coliseo... como el resto. -
Kanan volteó la mirada al origen de la voz, encontrandose con un soldado, uno que portaba la típica vestimenta de un Vengador Implacable, el cual hacía lo posible por hablar el idioma orkoide, aunque sabía que no lo dominaba Kanan volteó la mirada al origen de la voz, encontrandose con un soldado, uno que portaba la típica vestimenta de un Vengador Implacable, el cual hacía lo posible por hablar el idioma orkoide, aunque sabía que no lo dominaba. Pero este se iba a llevar una buena sorpresa.
Kanan: - ¿El coliseo? ¿Allí es donde están mis chios? - Más de un aeldari se imprecionó al escucharlo.
Vengador: - Oh... pensé que solo Murrey era capaz de hablar nuestro idioma. -
Kanan: - Hago mi esfuerzo. ¿Podrías llevarme con el resto de los mios? -
Vengador: - Si. Por favor. Sígame... Y trate de no romper nada. -
Ese último comentario fue bastante brusco, pero a jusgar por su expresión Kanan pudo asumir que alguno de sus chikos hubiese metido la pata. El soldado llevó a Kanan hacia un tipo de transporte ligero, el cual parecía ser alguna clase de patruya voladora, la cual, por obvias razones, apenas podía con el peso del enorme orko... pero de algun modo de las apeñaba para cargarlos a ambos.
Vengador: - ¿Podría explicarme como fue que llegó al distrito noble? - Preguntó algo molesto.
Kanan: - No lo se... A decir verdad. Simplemente... me desperté allí. -
Vengador: - ¨Se despertó allí¨ - Repitió con ironía. - He oido justificaciones mejores elaboradas. -
A Kanan le faltó una pizca de enfado para golpearlo. Ese aeldari actuaba como todo un idiota, y el único motivo por el cual el orko no martilló su cabeza con su puño fue porque era el piloto, sino el transporte se vendría abajo y el no sabía como pilotar esa cosa. Por suerte, el famoso coliseo no se encontraba muy lejos.
Vengador: - Bueno... Solo mantente adentro con el resto y no hagas ninguna otra estupidez. ¿Entendido? -
Ahora si se pasó de listo. Kanan trató de mantenerse sereno, pero ya ese aire de superioridad que este aeldari tenía era toda una molestia. El orko de pelo blanco miró al vengador, sin percatarse del aura intimidante que este emanaba. Un aura tan densa, que hasta un Vengador Implacable se sintió amenazado. El aeldari solo pudo dar un paso atrás, mientras sentía toda esa presión que el orko emanaba sobre él, y sin decir nada más, se dió la vuelta y se alejó lo más rápido posible.
El orko no pudo hacer más que suspirar ante lo ocurrido. De momento, su mayor prioridad sería reunirse con los suyos, así que se adentró dentro de la estructura ovoide que claramente era el coliseo. Además, los gritos de una pelea que provenían del interior claramente le decían que ese era el lugar correcto. Eso... y los diferentes aeldaris en armaduras que patruyaban la zona... Seguro una fuerza de contensión por si las cosas se salían de control. No podía culparlos... Eran enemigos después de todo.
Kanan ingresó al coliseo, quedando maravillado ante la belleza arquitectónica del lugar. Los corredores eran enormes, lo suficientes para que un titán Knight pudiese entrar sin ningún problema. Seguro por esos corredores conducían a bestias de increible tamaño para eventos públicos.
Cada paso lo acercaba más y más a su destino. La luz al final del tunel le impedía ver que había del otro lado, y solo los gritos de los otros orcos le confirmaban de la presencia de los chikos. Pero cuando por fin salió al esceneario y sus ojos se adapataron al repentino cambio de luz, vio algo que lo dejó bastante perplejo.
¿Los orkos estaban... entrenando? En ningún sano juicio de ningún ser de la galaxia, los orkos eran capaces de hacer tal cosa. Eran bestias habrientas de guerra que se lanzaban a la batalla por mero instinto. Pero no... No ellos.
La mayoría de los orkos que acompañaron a Kanan cuando Slaanesh los teletransportó al mundo astronave eran de su guardia personal. Noble que habían luchado junto a Kurnet, pero esos ¨entrenamientos¨ no pasaban de una mera pelea a puño limpio para ver quien era más fuerte. Pero antes sus ojos algo muy diferente ocurría.
Los nobles orkos luchaban en pares, portando un escudo y un arma cuerpo a cuerpo, ya fuese una espada, un hacha, o cualquier cosa que les fuera de utilidad. Los escudos claramente no eran de ingeniería orkoide, pues estaban demasiado refinados para ellos. Seguro fueron tomados de la armería del coliseo, y ante la voz de Murrey, unos atacaban mientras otros defendían.
Murrey: - ¡Uno! ¡Dos! ¡Tres! ¡Cuatro! ¡Repetid! -
Kanan vio todo eso y se quedó inmóvil. Atónito ante una imagen que jamás pensó ver. Una imagen inconsebible. Una imagen... que no solo a él dejó en shock la primera vez.
?: - Sorprendente... sin lugar a dudas. -
Kanan alzó la mirada hacia las gradas del coliseo, donde se encontró con una aeldari cuya voz recordaba muy bien. Era aquella que luchó junto a él contra Lucius, y tuvo que retirarse tras los giros de los acontecimientos. La única diferencia era que ahora no portaba su casco de batalla.
Kanan: - Veo que aún sigues con vida Kanan: - Veo que aún sigues con vida. -
Aeldari: - Valla... Parece que te he decepcionado. -
Kanan: - En lo absoluto... Y dime... ¿Tu tienes algo que ver con eso? - Preguntó mientras señalaba a los chikos entrenando.
Aeldari: - Mmmm. Tal vez... Aunque solo les di un insentivo. El resto dependió de ellos mismos. -
Kanan: - No logro imaginar como hiciste para que... -
Orko: - ¡Mirad! ¡Ez el jefe! -
Ante el grito del orko, todos los sonidos de golpes entre metal y metal se detuvieron. Kanan y la aeldari volteron la vista al centro de la arena, donde cietos de miradas de felicidad y entusiasmo apuntaban hacia el orko de pelo blanco. Los orkos no se lo pensaron dos veces, y le lanzaron a la carrera hacia su líder.
Por la forma en que corrían desenfrenadamente, la aeldari pensaba que lo iban a moler a golpes, pero Kanan simplemente se quedó de brazos cruzados, y como si las cosas no pudiesen ponerse más extrañas, Kanan cargó contra ellos. ¿Qué demonios se proponía? La aeldari jamás se lo hubiese imaginado.
Kanan arremetió contra los orkos que estaban en primera fila como un torro en una corrida se Samplona. Los nobles orkos volaron por lo aires a pesar de su descomunal peso, y los orkos pindados de morado que lograron sobrevivir todo este tiempo no tuvieron la más mínima oportunidad. Kanan se enfrentó a puño limpio contra el metal orkoide de las armaduras, y los derrotó en una descomunal y dispareja pelea.
El kaudillo era portador de una fuerza descomunal antes de todos estos eventos, pero ahora gozaba de un poder abrumador como muy pocos orkos en esta galaxia había experimentado. La bendición de Gorko y Morko, dioses de la guerra absolutos. Ni siquiera Murrey, aquel capaz de resistir cinco minutos contra su kaudillo fue capaz de derrotarlo. Un reencuentro muy orkoide... definitivamente.
Murrey: - Bueno verle... mi señor. - Decía aún tumbado sobre el suelo tras los golpes que recibió, pero incluso a un orko como él se le escapó una lágrima de felicidad al ver a su señor.
Kanan: - Me alegra estar de vuelta. - Le respondió mientras le estiraba una mano para levantarlo.
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Algún día... Espero poder hacer videos así de maravillosos. XD
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