Kanan: - ¿Se puede saber que están haciendo? -

Murrey: - ¿Entrenar? - Respondió no muy

Orko 1: - Orejaz puntigudas dijo que entrenar hazer maz fuertez. -

Kanan: - ¿Orejas puntiagudas? ¿En serio? - Miró a la aeldari tratando de sostener una risa

Orko 2: - Zi... Ella zer muy fuerte. Demonioz pervertidoz no tener oportunidad contra orejaz puntiagudaz. - Kanan hizo otro intento por no reírse.

Aeldari: - Paciencia... Pido paciencia. ¿Podrían dejar de llamarse así? Mi nombres es Nygleisha Lith... ¿Cuantas veces debo repetirlo? - Hablaba en idioma orko.

Lo que pasó a continuación no tenía forma mejor de describirse que como comedia pura. Los okos, con su brusco vocabulario y sus sonidos guturales eran incapaces de pronunciar ese nombre. Más que un intento por decir algo, parecía que tenían algún tipo de indigestión. Murrey y Kanan hacía lo posible por no reírse frente a todos.

Orko 3: - Orejaz puntiagudaz. - Un orko noble random remató el chiste.

Eso fue demasiado, Kanan suspiraba profundamente, como llamando a recapacitar su cordura, pero Murrey estalló en una carcajada entrecortada que hacía lo posible por disimular en vano. Eso, mezclado a las venas que querían salirse de la frente de la aeldari era un escenario que ningún otro orko presente logró entender. Pero por suerte había algo de cordura en los presentes.

Kanan: - Aún así... No logro entender porque los entrenas... ¿No se supone que las técnicas aeldari eran algo secreto? -

Lith: - El conocimiento de las sendas está a la disposición de todo aquel que esté dispuesto a aceptarlo. Pero depende de cada uno saber que senda escoger... Los conocimientos antiguos tampoco dicen quienes son merecedores o no de alcanzar tal conocimiento. -

Kanan: - Tendrás que disculparme... Pero desconozco casi todo lo relacionado con ustedes aeldari. -

Orko 1: - Orejaz puntiagudaz zer muy fuerte. Orkoz no poder derrotarla. - Se pudo ver una pizca de orgullo en el rostro de la aeldari.

Kanan: - ¿Es eso cierto? -

Murrey: - Por más que me cueste admitirlo, es cierto. -

Kanan: - Interesante... Casi... tentador... - Le dedicó una mirada muy perpicaz.

Lith: - ¿Acaso eso es un reto? -

Kanan: - Puede ser. Si es que no tienes miedo a perder. -

Lith: - Oh... Con gusto me encargaré de cerrarte esa sucia boca. -

¿Acaso sus ojos los estaban engañando? Al parecer no. Los orkos no podían ocultar la emoción que tal reto despertó en su interior. Por algún motivo, Murrey y el resto de orkos tenía un alta estima a la aeldari, pero por otro lado estaba su kaudillo, el orko que a sus ojos era invencible. La simple idea de imaginar tal pelea ni siquiera se les había pasado por la mente, y ahora tendría el privilegio de ver tal demostración de poder justo frente a sus ojos.

Como buenos niños de primer grado, los orkos se sentaron pacientemente al borde de la arena, mientras Kanan y Lith se dirigían a las diferentes estanterías con armas que rodeaban la arena principal. Kanan buscó algo que le sirviera como apoyo, pues usaría la espada Mark II para este enfrentamiento, pero un par de dagas que ante su tamaño parecían unos cuchillos arrojadizos podrían ser una buena carta de triunfo, así que los guardó en su cinturón.

Kanan jamás había enfrentado a un aeldari, ni en esta vida ni en la anterior, y de ellos solo conocía pequeños relatos independientes que escuchaba o leía en algún manuscrito imperial. En resumen se describían como formidables guerreros, los cuales gozaban de una gran agilidad y velocidad, y teniendo en cuenta las facciones física de Lith, lo más probable era que este fuese el caso.

Kanan era consciente que la velocidad no era su punto fuerte, así que lo mejor sería estar preparado. Un escudo sería una buena ayuda. Era algo pequeño para su tamaño, pero con una buena precisión podría ajustar ese defecto. Además, en el caso que este estorbara para su pelea, podría simplemente arrojarlo y pelear solamente con la espada. Era sumamente versátil sin lugar a dudas.

Kanan ya estaba listo. Tenía su equipo, sus cartas ocultas y su determinación. Estaba seguro que podría derrotar a esa aeldari sin muchos problemas, pero cuando se dió la vuelta se quedó en shock.

Lith no portaba ningún tipo de arma. Tantas estrategias, tantas formas de pelear que Kanan había desarrollado en su cabeza, y la aeldari estaba allí, esperando por él sin ningún tipo de equipo. Ni escudo, ni lanza, ni espada. Y estaría seguro que ni siquiera tendría un arma escondida bajo su atuendo. ¿Acaso se estaba burlando de él?

Lith: - Al fin terminas. Pensé que ya te estabas dando por vencido. -

Un comentario bastante locuaz, pero que por algún motivo, hizo una pequeña magulladura en el orgullo del orko. Un orgullo que creyó muerto hace mucho tiempo.

Kanan: - ¿Acaso estas demente? ¿Crees que podrás derrotarme sin armas? -

Lith: - Oh no... Se que puedo derrotarte sin armas. -

Estas vez fue el orko al que se le hincharon las venas del cuello. Otra estocada para su orgullo. Kanan tuvo que reir desafiante para esconder esa vanidad que creía ser capaz de controlar en vano. Pero si ella quería jugar así... ¿Que se le podría hacer?

Dando un paso al frente, Kanan soltó la espada, el escudo, y sacó de su cinturón las dagas ocultas que tomó, dispuesto a enfrentarla a puño limpio. No sería justo enfrentar a alguien desarmado en un duelo... ¿No lo creen? Menudo error cometería el idiota.

Lith: - Oh... Parece que alguien se siente valiente. -

Kanan: - Sería injusto no dar una pelea justa. -

Lith: - Respeto tus valores... El problema es que... Ahora si es una pelea injusta. -

Kanan no pensó mucho en lo que ella le decía. Seguro era una forma de hacerle perder la concentración. En términos de pelea a mano limpia era imposible que ella pudiese ganarle. Él incluso fue capaz de ganarle a Kurnet, el más poderoso de la horda. Esta aeldari no tendría la más mínima oportunidad. Y entonces, ambos se pusieron en pose de combate.

Murrey: - ¡Comiencen! - Gritó por puro instinto.

Como si se tratase de un acto reflejo, tan pronto la voz de Murrey se alzó por el coliseo, la aeldari se lanzó de frente contra el orko de melena blanca. Kanan se sintió un tanto... decepcionado. Cargar de frente contra un enemigo que duplicaba tu altura y quien sabes cuantas veces superaba tu fuera física no era muy ingenioso. Kanan la veía acercarse, incluso con su alocada velocidad, y cargó su puño para detenerla en el acto. Y tan pronto ella estuvo a su alcance, lo lanzó su golpe con todas sus fuerzas.

El puño de Kanan era similar a una bola de demolición. Sus nudillos eran capaces de atravesar incluso el acero orkoido y dejar profundas abolladuras incluso antes de la bendición de los dioses gemelos. Ahora seguro sería incluso capaz de destruir un escudo de los Puños Imperiales solo de un golpe, sin siquiera mostrar la más mínima muestra de dolor. La delgada aeldari jamás tendría una oportunidad... Si es que Kanan pudiese conectar su golpe con ella... Claro está.

Ante los ojos incrédulos del orko de melena blanca, la aeldari simplemente se esfumó como polvo en el viento. El puño de Kanan no encontró más que aire en su trayectoria, incapaz de ver lo que había pasado. Lo más irónico, era que él mismo cayese en una técnica que usó mucho tiempo atrás. Una la cual sería muy tarde para darse cuenta.

Kanan bajó la mirada, solo para encontrarse a la aeldari escabullirse entre la montaña de músculos que él era, pero antes de que siquiera el orko pudiese dar un paso atrás, Lith alzó su puño derecho conectando un potente golpe sobre su mentón.

Cualquiera que viese la diferencia de tamaño y musculatura pensaría que un golpe así, si bien podría ser efectivo, no sería la gran cosa. Solo deberían ver la diferencia de peso de los contrincantes, pero a diferencia de cualquier expectativa, la cabeza de Kanan se sacudió violentamente como una pera de boxeo.

El movimiento de su cuello fue tan brusco, que de seguro un humano común y corriente hubiese sentido cada una de sus vertebras del cuello despegarse de su carne, pero la abundante piel y músculos de los pieles verdes no dejaría que eso sucediera con tanta facilidad. Aún así, Kanan retrocedió unos cinco pasos hacia atrás, aturdido y con la cabeza dándole vueltas como un tiovivo. Y tardó como diez segundos en recuperar la compostura. Diez segundos que la aeldari solo lo miraba con cierta diversión sobre su rostro.

Lith: - Valla... Resististe un golpe. Debo felicitarte, eres el primero en lograrlo. -

Ante sus palabras, todos los orkos que estaban de espectadores bajaron la cabeza en vergüenza. Ellos la habían enfrentado, y todos cayeron derrotados con un solo golpe. Incluso Murray vió su mundo dar vuelta cuando Lith le dió un golpe exactamente igual al que recibió su kaudillo. Solo que este fue incapaz de mantenerse consciente.

Kanan: - ¿Pero que...? ¿Qué fue lo que hiciste? - Preguntó aún estando desorientado.

Lith: - ¿Sorprendido? Pensé que habías dicho que sería una pelea justa. -

El tono burlón de la aeldari no demoró en golpear su orgullo una tercera bien, pero esta vez no se confiaría. Ya probó de primera mano el poder de un simple golpe de esta aeldari, y dudaba poder resistir otro igual.

Kanan hizo lo posible por reprimir su cerebro de preguntas innecesarias para la ocasión. ¿Cómo fue que hizo eso? ¿Cómo su golpe pudo ser tan fuerte? ¿Acaso estaría usando algún truco? Preguntas cuyas respuesta sabría no obtendría como mínimo hasta que se acabase el enfrentamiento. Así que, el orko simplemente respiró profundamente... y se preparó para la batalla, maldiciendo el momento en que su orgullo lo obligó a dejar su espada. Incluso pensaba que esos golpes a su propio orgullo que la aeldari le daba estaban muy bien merecidos.

Al ver que su oponente estaba listo, Lith volvió a cargar contra Kanan, pero esta vez no lo tomaría desprevenido. Al ser de menor tamaño, al orko le costaba trabajo seguirle el ritmo, pero siempre que mantuviese la distancia no habría mucho problema. Pero decirlo era más difícil que lograrlo.

Lith era como una serpiente, y sus golpes se sentían como si una bala perforase la piel. Incluso la veces que Kanan lograba interponer sus brazos para defenderse, podía sentir esa descomunal fuerza desgarrar sus nervios. Ya que, aunque fuera un orko, Slaanesh no podría dejar que una de sus adorables creaciones estuviese despojada de tan maravillosa sensación.

Kanan hacía lo posible por contratacar, pero era simplemente en vano. Era como si aeldari pudiese ver a Kanan en cámara lenta, mientras él solo podía ver una sombra que se difuminaba y materializaba una y otra vez. Una nube de polvo que solo te hacía creer que estaba allí, pero no era más que una ilusión.

Kanan resistió unos sorprendentes diez minutos contra la poderosa avalancha de golpes que se les avecinaba. Su pies mostraba las marcas de los moretones, incluso su mandíbula parecía querer dislocarse en cualquier momento. Solo su fuerza de voluntad y su determinación le permitían mantener sus brazos en altos, pues sus fuerzas ya lo habían abandonado hace mucho. Cosa la cual carecía de sentido, pues él mismo había estado en combate ininterrumpido durante horas, pero cada uno de los golpes de esta aeldari era como si drenara la energía de su cuerpo. Si embargo, no se podía evitar lo inevitable.

Ahora Kanan yacía sobre la arena del coliseo. Su cuerpo sucumbió a la fatiga y el dolor, y apenas podía mover un músculo. Sus ojos se mantenían fijos sobre el hermoso domo del mundo astronave en el que estaba, contemplando la belleza del universo que este dejaba ver a sus espaldas. Había sido una batalla espectacular, e incluso sus chikoz estaban emocionados a pesar de su derrota. Después de todo, a pocos metros a su lado se encontraba Lith, en un estado bastante similar al de él.

Lith: - Jamás pensé que fueras capaz de seguirme el ritmo. -

Kanan: - "Seguirte el ritmo" es un elogio bastante exagerado. - Dijo con ironía, la cuel la aeldari no tardó en reír.

Lith: - Uffff... Aún me duele la costilla. -

Kanan: - No me digas... A mi me duele cada célula del cuerpo. Jamás pensé que los aeldari fueran tan poderoso. -

Lith: - Los aeldari son un pueblo fuerte. Uno que lucha para sobrevivir incluso en este universo tan demacrado. Pero compara la fuerza de un Señor Fenix con la de un aeldari promedio no es muy sensato. -

Kanan: - ¿Un qué...? -

Kanan escuchó esas palabras, pero no las entendió del todo. Había escuchado ese nombre antes, pero no sabía con exactitud lo que significaba. El orko logró alzar el torso cuando sintió algo de fuerza regresar a su cuerpo, solo para ver como la aeldari ya se había puesto de pie, extendiéndole la mano para ayudarle a levantarse.

Lith: - Creo que aún no me he presentado apropiadamente. - Dijo con una clara autoridad que antes no estaba en su voz. - Mi nombre es Nygleisha Lith Orshanet Lirget. Señora Fenix de Los Centinelas Espectrales. -

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Mientras tanto, en un enigmático lugar que escapa a la simple comprensión humana, ubicado fuera del mundo material o de las corrientes disformes, se encontraba la guarida de una entidad tan misteriosa como poderosa. Allá, en los más oscuros lugares de la Telaraña, aquella red de túneles que los aeldari usaban para viajar de un lugar a otro de la galaxia, se encontraba la propia Biblioteca Negra, hogar del conocimiento eterno y ancestral de la galaxia.

Por sus pasillos oscuros y silentes, el retumbar de unos pasos era lo único que perturbaba la serenidad del lugar. Una figura tan caótica en apariencia como poderosa respondía ante el llamado de su señor, aquel nacido de la mentira y las bromas más desquiciadas.

Un arlequín, posiblemente uno de los guerreros más poderosas de toda la galaxia, se arrodilló en señal de completa sumisión ante su maestro. Conocidos por muchos nombres: El Dios Que Ríe, el Gran Arlequín, el Primer Loco, el Gran Bufón o el Primer Bufón, Cegorach, el dios sobreviviente a la gula de la Sedienta, reía mientras sus planes fluían libremente por sus alocados pensamientos. Y a sus pies, se encontraba su hijo favorito, arrodillado y servicial, un aeldari simplemente conocido como el solitario.

Solitario: - Oh gran maestre. Me arrodillo humildemente ante su presencia. - Hablaba con su característico tono sobreactuado.

Cegorach: - Lo he sentido, hijo mío. ¿Acaso tu lo sentiste? Por supuesto que lo hiciste... Como cada ser vivo de esta galaxia en llamas... Ya lo veo... Esta cerca... Lo siento... Lo huelo. El gran acto final se está rebelando sobre el telón, y es nuestro momento de entrar en a la función. -

Solitario: - Su voluntad es omnipotente, Primero de todos. Diga su voluntad y esta será cumplida. -

Cegorath: - Las piezas del tablero están tomando su lugar, pero una nueva pieza a surgido de lo impredecible. Los planes han de ser acelerados, y actos más riesgosos deben der expuestos para no quedar presas de la indiferencia... Ve... mi pequeño bufón. Ve a la ciudad de Commorragh y recupera dos de los artistas faltantes de este gran escenario. No tenemos tiempo que perder... EL gran acto está cerca. -