Aeldari 2: - Es mucho más pequeño de lo que pensaba. - Habló el aeldari macho de la derecha con algo de decepción.
Aeldari 1: - Tal vez sea una anomalía. -
Aeldari 2: - Más bien un error de la sedienta. -
Aeldari 1: - Su nombres es muy extraño. -
Aeldari 2: - Más propio de un Mon-Keight que de un orko. -
Los dos extremos del consejo comenzaron a parlotear sobre el recién llegado sin muchos escrúpulos. Kanan los veía y no sabía si pedirles que se callaran o lanzarles una piedra, pero dado que Lith se mantuvo serena él prefirió hacer lo mismo. Además que la mirada punzante de la aeldari del centro sobre él le provocaba un fuerte escalofrío. Entonces:
Aeldari 3: - Es suficiente. - Habló la que parecía ser la líder del mundo astronave.
Sus palabras fueron absolutas. Tan pronto su voz se hizo presente, los otros dos miembros del consejo hicieron absoluto silencio, regresando a la estoicidad que presentaban cuando Kanan ingresó en la sala. Entonces, ella continuó.
Aeldari 3: - Supongo que tienes preguntas... Tantas como nosotros. Pero supongo que es descortés que no nos hayamos presentado apropiadamente. A mi derecha se encuentra Rioth Kalun, autarca del mundo astronave Cernunnos y señor de la guerra. -
Mientras hablaba, su mano se alzó hacia la derecha, señalando al aeldari portador de la armadura aún estando en el interior de su reino, el cual ni siquiera si inmutó cuando él y Kanan intercambiaron mirada.
Aeldari 3: - A mi izquierda se encuentra Miesha Jiashiz, vidente y aspirante al puesto de gran vidente del mundo astronave de Cernunnos. -
Al escuchar su nombre, la aeldari mencionada, aún sentada sobre su silla trono inclinó la cabeza levemente en señal de respeto y agradecimiento por lo que Kanan y el resto de orkos había hecho. Cosa que no le hacía mucha gracia al aeldari macho que parecía compartir los mismo apellidos.
Aeldari 3: - Y finalmente, me presento como la gran vidente del mundo astronave de Cernunnos. Máxima autoridad y guía de nuestro pueblo, Ney'at Thef. -
Kanan lo sintió. El orko de pelo blanco sintió el peso de las palabras. Cada letra gesticulada por esa aeldari estaba cargada de un poder que él no era capaz de entender. Ella hablaba en idioma aeldari, pero su voz estaba cargada de energía.
Kanan la miró a los ojos. Esos ojos afectados por la ceguera, pero que se fijaban sobre él como la mirdad de un tigre sobre su presa. Kanan lo supo. Ella lo veía. Lo veía no como un orko. No como el caudillo de la horda. No como el campeón de Gorko y Morko. Nada de eso. Ella lo veía como lo que realmente era... Como lo que fue... Como lo que será.
Kanan nunca antes había experimentado una lectura de mente en su contra. Era... extraño. Su cabeza dolía un poco, pero nada que no pudiese resistir. Aún así, se sentía extrañamente vulnerable. No había secreto que fuese capaz de esconder. No había juego de palabras que pudiera usar para confundir a sus interrogadores. No había nada que pudiese hacer... y lo sabía. Porque Ney'at se lo dejó bien en claro tan pronto accedió a su mente. A sus recuerdos. La aledari ya lo sabía todo sobre él... La pregunta era... ¿Sería este orko digno de confianza? ¿O sería otro embustero más cuyas palabras escondían sus verdaderas intenciones? Solo Kanan sería capaz de decidir tal cosa.
Como guerrero que era, Kanan supo admitir la derrota. Este era un campo de batalla que desconocía, y sabía que había perdido tan pronto vió a la gran vidente a los ojos. No tenía sentido mentir en este punto... Aunque la verdad puede que tampoco fuese una buena salida para su controversia.
Kanan lo contó todo. Todo... Sin reservarse la más mínima pizca de información que su mente fuese capaz de recordar. Su historia comenzó cuando Slaanesh hurtó su alma de las garras de Nurgle, hasta el punto de la historia donde se encontraban. Todos escuchaban, y diferentes reacciones fueron visibles en los gestos de los presentes.
Rioth se mostraba colérico tras cada palabra que Kanan decía, aunque esa no era más que una estratagema para esconder su propia preocupación antes lo que escuchaba.
Miesha no hacía nada para esconder su curiosidad, e incluso hacía preguntas que interrumpían la historia del orkos. Algunas incluso innecesarias, pero no podían culparla. Ella parecía ser alguien curiosa por naturaleza, y no todos los días puedes escuchar la historia de un ser tan extraño como Kanan. El propio Trazyn el Infinito estaría celoso de no ser partícipe de tal acontecimiento.
Lith hacía lo posible por esconder su asombro, pero eso era algo que solo la gran vidente era capaz de hacer. Conocer que Kanan era un mon-keight fue sin lugar a dudas una gran sorpresa, mucho más saber que fue uno de los espadachines más consagrados de su especie. Pero sin lugar a dudas, el motivo de su cruzada fue algo que ninguno de los cuatro aeldaris presentes fueron capaces de aceptar. Palabras que... los dejarían pensando por un tiempo.
Fueron dos largas horas de plática. Kanan incluso tuvo que ingerir líquido en varias ocasiones, pues la garganta de los orkos no estaba diseñada para sostener monólogos tan extensos. Ahora, Lith y Kanan se encontraban a las afueras de la cámara del consejo, pues la reunión con los altos señores del mundo astronave había finalizado.
Lith: - Yo... Yo debo descansar por hoy... Necesito... Necesito tiempo para procesar todo esto. -
Kanan: - Creo que... Yo también lo necesito. -
Lith: - Te llevaré al coliseo para que... -
Kanan: - Recuerdo el camino... No tienes que preocuparte. -
No había que ser muy listo para darse cuenta. La aeldari no estaba muy bien psicológicamente tras escuchar lo que dijo, así que un poco de tiempo a solas sería bueno tanto para ella, para que pudiese aclarar su mente y pensar las cosas con calma. Y tal vez... Tomar la decisión correcto. Y también para él.
Una pequeña despedida y ambos tomaron caminos separados. El andar de Kanan hacia el coliseo fue lento, lo suficiente para que su mente pudiese encontrar las respuestas que necesitaba. Respuestas que ya conocía, pero se negaba a aceptar. Ya fuese por miedo o indecisión, pero que tarde o temprano, conducirían a un inevitable destino.
La llegada de Kanan al coliseo fue tan animada como la vez anterior. Después de todo, un buen puñetazo es el mejor saludo para un buen orko. Aunque tener que dar cien de ellos podría resultar algo engorroso pero, eh... son orkos. Así son felices.
No pasó mucho tiempo para que Kanan encontrase un lugar tranquilo. Sentado desde una de las grades veía a los orkos pelear sin descanso. Cualquiera pensaría que estaban locos, pero verlos sonreír mientras recibían un golpe en la cabeza era una escena muy contradictoria. Y al poco rato, Murrey se acercó y se sentó junto a su kaudillo.
Murrey: - Al fin algo de tranquilidad. -
Kanan: - Han pasado muchas cosas. -
Murrey: - No hay nada como una buena pelea, pero incluso los más fuertes necesitan un buen descanso. -
Kanan: - Si... Los más fuertes. -
Para Murrey no pasó inadvertido el tono triste de su señor. Al voltear la mirada, pudo ver a Kanan con la vista perdida sobre el interminable cielo artificial del mundo astronave. Perdido en sus pensamientos... Y solo había algo en lo que podría estar pensando en ese momento... Kurnet... David... y el resto de la horda.
Murrey: - ¿Crees que los volvamos a ver? -
Kanan: - Yo... No lo sé... -
Tanto Kanan como Murrey dejaron escapar un suspiro pesado. El recuerdo del pasado era tan cálido como triste. Recordar los sucesos en Atem III, como fueron desterrados del campo de batalla tan bruscamente era una sensación dolorosa tanto física como mentalmente. Pero no tanto como la incertidumbre del destino del resto de los suyos.
Kanan: - Murrey... - Se dirigió a su subordinado y amigo más confidente con un tono dudoso, pero decidido a no retroceder. - Hay algo que debo contarte... Algo que debía contarte hace mucho tiempo.
Mientras tanto, por los oscuros y nefastos pasillos de uno de los lugares más terroríficos de Commorragh, un alma errante vagaba como una sombra acechante en la oscuridad de medianoche. Pasillos infestados por el fétido olor de la sangre fresca, donde grotescas esculturas de carne y hueso fueron moldeadas para decorar lúgubres paredes negras. Estatuas de carne... viva.
La sombra se movía como parte de la oscuridad misma. Era uno con la sombra y la sombra era él. Un artífice de la actuación y la interpretación misma de la Sedienta. Su andar era un paso de ballet, sus giros majestuosos y cuasi divinos. Sus manos danzaban en armoniosos movimientos mientras las dagas que portaba entre sus dedos bailaban al compás que las melodía más dramáticas. Y a su paso... los desafortunados guerreros drukharis que custodiaban el lugar perdían sus vidas con una elegancia primordial.
Su danza era magnífica. Su papel en escena era vital. Él sabía que no era el protagonista, y aún así, aclamaría todos los aplausos del público... Claro... Si los cuerpos deformes que conformaban las estatuas vivas del lugar fuesen capaces de aplaudir ante su presentación. Un alma hecha para la gran escena... Una que brillaría en las sombras más oscuras del telón... Una en cuyas manos se moldeaba el propio destino de la galaxia.
Pero toda actuación tiene su gran final. El artífice de tal espectacular muestra de gracia, había concluido con una majestuosa cuarta pose de ballet. Su mano izquierda en alto, su mano derecha sobre su abdomen. Sus piernas rectas, pero torcidas en formas que parecían poco naturales, pero absurdamente elegantes. Y allí, al final de un pasillo donde la sangre drukhari adornaba el elegante piso ancestral, el Solitario hizo una reverencia mientras podía escuchar los aplausos de su inexistente público.
Pero su función había terminado. La música dentro de su mente se había detenido, y ahora era tiempo para el segundo acto. El reloj había movido sus manecillas y era hora que el nuevo actor saliera a escena. Pero para eso, primero era necesario remover las cadenas que lo retenía.
Las puertas de una cámara oscura se abrieron lentamente, mientras la figura esbelta y enigmática del Solitario se hacía presente en el lugar. El olor a sangre era intenso, y se podían escuchar los lamentos de aquellos que una vez fueron seres vivos... ahora... no más que otras aberraciones distópicas de carne que decoraban la pared de tan funesto lugar. Una habitación donde las almas iban a pedir un descanso eterno que nunca se les sería concedido... Todas... A excepción de una.
?: - Esta vez fue... más pronto de lo esperado. - Se escuchó una voz tan débil como inerte, y a su vez tan desafiante como una espada alzada.
El Solitario no dijo nada, simplemente avanzó de forma tranquila hacia lo que supuestamente era una cámara de contención. Un sarcófago negro de un tamaño colosal de más de dos metros y medio, cuya única apertura era una simple orificio donde un único ojo cansado veía al extraño aeldari enmascarado acercarse.
?: - Mmmm... No eres el anfitrión que esperaba... Pero aún así... igual de enigmático.
El Solitario era un actor... Un intérprete de la diosa de la muerte... No un parlanchín sin cuidado. El momento no requería de su voz, sino de sus acciones. Poderes más allá de la comprensión humana estaban batallando en ese salón. Un ser cuyo dios risueño estiraba su mano a voluntad, y un sarcófago pétreo fabricado con tecnología milenaria. Pero al final de la fugaz contienda, fue el arlequín aquel que se alzó con la victoria.
El artefacto ancestral de hueso espectral estalló en mil pedazos, como si la fuerza con la que fue imbuido hubiese roto sus cadena atómicas y consumido su estabilidad. Un enorme ser cayó sobre el suelo de rodillas, atado a cadenas tan pesadas como la gravedad de un sol y duras como el adamantio. Y aún así, incapaces de resistir la furia de un solo golpe del aeldari más poderoso y misterioso de todos.
La criatura estaba libre. Un ser que podría cambiar la galaxia ahora estaba suelto en la ciudad de Commorragh. Un ser como la galaxia hacía milenios no se veía. Un ser... con muchas dudas en su muy maltratada mente, y mucho dolor en su torturado cuerpo incapaz de morir de dolor.
?: - ¿Por qué? - Fue lo único que fue capaz de preguntar.
Solitario: - Porque mi maestro así lo quiso. -
El ser encarcelado era prácticamente incapaz de poder moverse. Su cuerpo al descubierto mostraba las torturas de las cuales había sido víctima, y aún así, su voluntad parecía estar perfectamente intacta. Como si nunca hubiese olvidado quién era... o qué debía hacer.
Los ojos enmascarados del Solitario se intercambiaron por largos segundos. El prisionero tenía mucho que preguntar, y el arlequín tenía mucho más que esconder. Pero darle respuesta no era su papel en esta presentación. Su labor era mucho más sencilla... y directa.
De pronto, el prisionero bajó la mirada, cuando frente a él, una enorme pieza de metal golpeó el suelo en repetidas ocasiones. Una pieza que reconoció de inmediato tan pronto como la vió. Un dispositivo extraño, con decenas de picos tubulares similares a agujas diseñados para penetrar la carne y aferrarse a su portador. Uno que, a cambio del sufrimiento propio, te daría el poder para salvar a los más necesitados.
?: - El... Motor de las Aflicciones. - Dijo con su voz apenas audible.
Solitario: - Tu momento ha llegado. El resto depende de ti... Primarca de los Mon-Keight. -
