Después de más de cinco años, Murrey se había convertido en el ser más cercano a Kanan en esta galaxia. No era otro orko más de la horda. Era su mano derecha. Aquel en quien más confiaba. Aquel al que podía llamar de corazón amigo, y amaba como si fuera un hermano.
Incluso cuando siendo un astarte recordaba muchos momentos que compartió con sus hermanos de batalla, pero no eran lo mismo. Siempre había un código, una barrera, una furia que les impedía ver más allá de cumplir con su deber con frío estoicismo.
De hecho, para Kanan todo esto resultaba poco más que un chiste de mal gusto. No recordaba ningún momento feliz antes de haberse convertido en orko. Ni siquiera sus promociones. Ni siquiera cuando se convirtió en Paladín del Emperador. Todo lo hizo por deber. por convicción. Pero realmente... nunca lo quiso.
Para el orko de pelo blanco enfrentarse a sus propios deseos era una de las batallas más cruentas que había experimentado. Los enemigos caían antes su espada, y los problemas siempre podría darle una solución lógica, o bien podría darle un puñetazo hasta solucionarlo como todo buen orko. Pero su yo interior no era algo que pudiese derrotar con tanta facilidad. Este yo... nuevo... Uno que había olvidado... Un yo que era maravilloso... Y aterrador.
A diferencia de cuando estaba con el consejo Aeldari, esta vez Kanan no se limitó a obviar ningún ápice de información que su mente era capaz de recordar. Cosas insignificantes como el sabor de la primera carne que probó como orko. La emoción de la primera pelea que tuvo. La adrenalina que experimentó la primera vez que golpeó a Kurnet, en aquel entonces un mero guardia del refugio. La emoción de derrotar al primer kaudillo orko.
La historia de Kanan cautivaba al orko matazanos como nunca antes había experimentado. Poco a poco, el resto de orkos se acercó a escucharlo, como la voz de un profeta que alega por gloria y recompensas. Aún así, Kanan se mostraba temeroso, ahora agobiado por los cientos de orejas que escuchaban su relato.
El orko de pelo blanco mantenía la mirada posada sobre el piso, como queriendo evitar descubrir las miradas acusadoras del resto de orkos frente a él. Y no fue hasta que comenzó a contar lo acontecido en Atem III que Kanan alzó la mirada, llevándose una sorpresa como nunca antes imaginó.
Admiración... Eso fue lo que Kanan encontró en el rostro de sus seguidores. Muy diferente a lo que él mismo pensaba. Los orkos, por muy inteligentes que estos fueran, seguían siendo seres simples. Una buena batalla para ser feliz y un kaudillo que los lleve de una guerra a otra. Y escuchar la historia de Kanan era como escuchar una profecía divina.
Ni siquiera Murrey pudo esconder su entusiasmo al enterarse que su kaudillo se enfrentó a uno de los mismísimos dioses del caos y salió vivo para contarlo. Ya ni mencionar el estado de ánimo de los orkos al conocer que su kaudillo, aquel que los había llevado por tantas batallas alrededor de la galaxia, había recibido la bendiciones de los dioses gemelos. Algunos casi se hacen pis encima cuando les contó su enfrentamiento con Morko. Por supuesto... Kanan los narró cómo una paliza por parte del dios, pero sus seguidores lo escucharon como si fuese una de esas historias heróicas donde el héroe se enfrenta a un dragón para lograr su cometido.
Y así, completamente distinto a lo que el propio Kanan pensaba, su historia terminó en enérgicos vítores y en miradas llenas de ilusión. Los orkos no mostraron rechazo alguno hacia él... Todo lo contrario... Ahora casi que lo idolatraban como un enviado de los dioses... Aunque esto último no era menos cierto.
La emoción de los presentes fue literalmente incontrolable. Preguntas iban y venían, y Kanan hacía lo imposible por responder. A los orkos no les interesaba si su kaudillo fue un humano alguna vez. Si había librado luchas contra incontables xenos alrededor de la galaxia, incluyendo a otros grupos de orkos. Nada de eso les importaba. A ellos solo les interesaba el ahora y el futuro. Y él les prometía uno glorioso.
Cuando la marea de preguntas fue finalmente saciada, Kanan se sentía exhausto, pero libre. Una sensación como nunca antes había experimentado. Tantos años de deber ininterrumpidos. Tantos años de sacrificio en vano y después tantos años escondiendo la verdad... Liberar todo de su interior sin lugar a dudas es una sensación que sería incapaz de olvidar.
Ahora podía respirar tranquilo. El aire se adentraba en sus pulmones y llenaban cada espacio, cada cavidad. Su mente, al fin, era un lago de aguas mansas... Al fin.
Murrey: - Así que un humi... Después de incontables lunas aún me sigues sorprendiendo. -
Kanan: - Todo ha sido... muy caótico. -
Murray: - Bueno... Eso al menos explica por qué eres tan habilidoso... Doscientos años de batallas. Eso sí que es emocionante. -
Kanan: - No es lo mismo. Los doscientos años que luché como Paladín del Emperador fueron... diferentes... No sentí satisfacción alguna por ellas... Solo deber y... odio... Pero ahora todo eso no parece más que un mal sueño. -
La escena en cuestión era de lo más curiosa. Acostados sobre la arena del Coliseo, los dos orkos, kaudillo y matazanos estaban acostados viendo la inmensidad del espacio a través de la colosal cúpula del mundo astronave. A su alrededor, los cientos de orkos que ahora dormían tras el muy ajetreado y emocionante día, como una manada alrededor de su líder. Aún así, había ciertas dudas que debía ser saciadas.
Murrey: - ¿Y ahora qué haremos? -
Kanan: - Esa es una muy buena pregunta. -
Kanan se quedó mirando el interminable universo por unos segundos más. Su mente estaba llena de ideas alocadas. Decidir la mejor forma de actuar no era sencillo, sobre todo porque su meta final no había cambiado en lo absoluto. La gran pregunta era... ¿Cómo lograrlo?
Varios minutos pasaron, y el silencio inundó la zona, salvo por los ruidos ocasionales provenientes del exterior y los fuertes ronquidos de los chikos. Fue entonces... que la respuesta llegó a Kanan sin previo aviso.
Kanan se puso de pie, tomando a Murrey por sorpresa, quien veía su señor con una ilusión sobre su rostro como hacía mucho tiempo no lo veía. La misma que vió el día en que sus naves partieron de Heim hacia lo desconocido. La misma que vió cuando tomó la lanza en su mano y la lanzó contra los orkos que querían derrotarlo en aquel afuerto insignificante. La misma en que... todo comenzó.
Murrey tuvo que apurarse para alcanzar a su señor, pues este comenzó a caminar hacia la salida del coliseo con paso apurado. Su destino era todo un misterio para el matazanos, pero no dudó en seguirlo ni en un momento. y para cuando logró alcanzarlo, estos ya se encontraban a las afueras de la arena rumbo a la zona noble del mundo astronave.
Murrey: - Eh, Kanan... ¿A dónde vas? -
Kanan: - Hablaré con el consejo aeldari. Pediré una nave y regresaremos a Atem III. -
Murray: - ¿Qué...? ¿Lo dice en serio? -
Kanan: - Jamás he estado tan convencido. -
Murrey: - Pero ni siquiera sabemos cómo llegar. -
Kanan: - Nos la apañaremos. -
Murrey: - Ni siquiera sabemos si ellos siguen allí. -
Kanan: - Pues encontramos alguna pista. Me niego a creer que esos dos cabezotas hayan muerto. - Refiriéndose a Kurnet y a David.
Murrey: - Ni siquiera sabemos si los aeldari nos darán una nave. -
Kanan: - Entonces golpearé sus cabezas hasta hacerlos entrar en razón. -
Ese fue un cambio radical sin lugar a dudas. Ahora era Murrey el que parecía el más humano, preocupándose por cosas que, si bien eran de vital importancia, a Kanan parecían no importarles en lo absoluto. Era como si al desahogarse el orko de pelo blanco finalmente se hubiese convertido en un orko hecho y derecho. Y no mentía con los cabezazos. Aunque una voz lo detuvo antes que hiciera cualquier estupidez.
Lith: - Tal vez eso no sea necesario. -
La aparición de la aeldari fue oportuna, pues ya ambos orkos se estaban acercando a la zona noble, donde sus pesadas pisadas y sus voces roncas no pasarían desapercibidas.
Kanan: - ¿A que te refieres? -
Lith: - El consejo ha hablado y estamos de acuerdo. El mundo de Cernunnos está de acuerdo y se unirá a tu causa... En principio yo solo venia a buscarte para llevarte ante el Consejo. Pero dado tu peculiar "entusiasmo" era mejor darte un adelanto. -
Y tras frenar al exaltado kaudillo, la Señora Fénix condujo tanto a Kanan como a Murrey hacia el consejo del mundo astronave. Está de más decir que el autarca Rioth Kalun no estaba nada satisfecho con la presencia de los dos orkos en la sala de los tronos, pero el asunto a tratar era más importante que cualquier rivalidad que pudiese haber entre ambas especies. El momento... había llegado.
Ney'at Thef, gran vidente del mundo astronave, supo de inmediato que Kanan ya conocía de su decisión, aún así, sus palabras sentenciaron la prematura alianza entre el mundo de Cernunnos y la horda del orko de pelo blanco. Más aliados para su causa.
Kanan no era tonto. Él sabía que su objetivo y el de los aeldari se entrelazaban, y estos tendrían una gran ventaja una vez su meta se haya cumplido. Solo él, el Consejo y la Señora Fénix sabían cuáles eran las intenciones de orko, y a su vez, veían en ellas una tenue luz de esperanza.
Por obvias razones, muchos aeldari no estaban de acuerdo con la decisión. ¿Unir fuerzas con esos sucios pieles verdes? Menuda blasfemia. Aún así, las palabras de la gran vidente eran sagradas, y ninguno estaba dispuesto a llevarle la contraria.
Ahora, Kanan y sus chicos se encontraban en el hangar principal del mundo astronave de Cernunnos. Una cavidad tan grande, que sería incluso capaz de contener una luna de pequeña envergadura. Todos, a la espera de que el kaudillo y la líder aeldari intercambiarán sus últimas palabras.
Ney'at: - No será una tarea sencilla. -
Kanan: - Soy consciente de ello. Pero debemos intentarlo. Esto le dará esperanzas a esta maldita galaxia... y a su gente. -
Muy pocos sabían de lo que estaban hablando, pero lo mejor sería guardar el secreto entre los líderes de cada facción. Después de todo, saber la verdad podría llevar a muchos a la locura, o peor aún, llegar a oídos enemigos.
Ney'at: - Entonces... Así será. Nosotros cumpliremos nuestra parte, y esperaremos por su regreso. Contamos con usted. -
Kanan: - Así será. -
Lo que pasó a continuación era inexplicables para muchos. Tanto la gran vidente como el resto del consejo saludó al kaudillo orko antes de su partido, con un saludo muy característico de los aeldari. Un saludo que, tanto Kanan como el resto de orkos respondió de igual forma. Algo que nadie esperaba de unos salvajes pieles verdes... aunque tal vez ellos eran más que eso.
A espaldas del grupo, un imponente crucero ligero clase Solaris esperaba por su tripulación. Un fuerza combinada de orkos y aeldari se unirían para llevar a cabo una cruzada como la galaxia no veía desde la Guerra en el Cielo. Un momento único en la historia.
Un grupo formado por los nobles y orkos morados, aliados con una fuerza considerable de guerreros aeldaris seguidores de la senda de los Vengadores Implacables, dirigidos por nadie más y nadie menos que el propio Exarca Haleth. El mismo que ya había tenido varios encuentros poco amigables con el propio Kanan. Está de más decir que el propio exarca no quería estar allí, pero esa era una buena reprimenda por su actitud.
Por suerte, este estaría bajo el mando de la Señora de Guerra Lith, la cual trajo consigo a unos cincuenta de sus Centinelas Espectrales. Guerreros que, al igual que su señora de la guerra, portaban hueso espectral dentro de sus cuerpos, pero en menor medida, pues había mucho que debían aumentar en poder y resistencia para llegar al nivel de la Señora de la Guerra.
La nave aeldari encendió sus motores y se preparó para el despegue, esperando a que un enorme portal hacia la telaraña se abriera justo al frente para iniciar su complejo viaje. Kanan, Murrey, Lith y Haleth esperaban pacientes en el puesto de mando, mientras el resto de aeldaris presentes terminaban de calibrar todos los mecanismos del Solaris. Y finalmente, uno de los oficiales de vuelo dio la señal para iniciar el viaje.
Lith: - Muy bien... ¿Hacia dónde entonces? -
Kanan: - Prepárense. Partimos hacia Atem III. -
