Incontables años en el pasado, una devastadora y cruenta batalla se llevaba a cabo en uno de los rincones más oscuros de la Galaxia. Una guerra que los archivos imperiales olvidarían por la propia voluntad del gran Emperador de la Humanidad. Pero aquellos que la vivieron... Jamás la olvidarían.
Una guerra fría y cruel. Una guerra que marcaría a la humanidad para siempre. Una guerra que dejaría una marca tanto en mortales como en los semidioses primarcas. Lion El'Jonson nunca sería capaz de olvidar lo que vieron sus ojos. Ni él, ni los otros dos primarcas que lucharon a su lado. Aunque ellos posiblemente nunca olvidarían otra cosa. Pues fue en Rangdan donde la voluntad de muchos se hizo pedazos... Así como su lealtad.
Los rumores eran ciertos, pero después de todo solo eran eso Los rumores eran ciertos, pero después de todo solo eran eso... Rumores. Lion El Jonson no fue el único que fue enviado a luchar por la gloria del imperio en esas funestas estrellas de horror. A su lado marchaban con igual fiereza la 2da y la 11va legión. Bastiones de guerreros y guerreras que sudaban sangre y escupían bilis ante los horrores que esa guerra les había obligado a ver.
Mientras Lion El'Jonson se lanzaba sobre las fuerzas más devastadoras de los rangdan, Tomoe y su hermano de la 11va procuraban limpiar los planetas restantes que Lion dejaba a su paso. Su hermano de la 1ra parecía haber caído en la locura, alabando que solo derrotando a los líderes enemigos ese horror sería erradicado de la galaxia. Su estrategia no carecía de razón, pero eso sería algo que le costaría la totalidad de su legión... Y mucho más.
Tomoe y el primcarca de la 11va se negaron rotundamente. No apoyarían el plan genocida de su hermano, pero no lo dejarían solo en la contienda. Las dos legiones limpiaban los mundos que la 1ra legión dejaba a su paso, como dos vórtices que devoran todo a su paso. La guerra en Rangdan fue un horror como ningún astarte había experimentado jamás, pero los problemas no hacía más que empezar.
En la tierra fétida de un mundo olvidado, la 2da legión se enfrentaba a los incontables horrores que la tecnología rangdan tenía reservado para ellos. Horrores tan absolutos que sólo Lion y Tomoe recordaban, pero no les contarían a absolutamente a nadie.
Desde hacía varias rotaciones, la primarca Tomoe estaba recibiendo mensajes preocupantes. La avanzada de Lion el Jonson era imparable, pero cada vez se adentraba más en el territorio enemigo y sus fuerzas se desgastaban, siendo imposible que las otras dos legiones le siguieran el ritmo.
Para empeorar las cosas, la 11va legión cada vez avanzaba menos, y los mensajes provenientes de su hermano no tenían ningún sentido. Eran códigos extraños... Movimientos sin sentido... Parecía más el actuar de alguien que había sido consumido por la locura, y no un primarca hijo del emperador. Y como guinda del pastel, hacía más de 48 horas que no recibía ninguna noticia del estado de la 11va legión. ¿Qué diablos estaba pasando?
Pero Tomoe no podía preocuparse por eso. Su mente tenía que estar enfocada en los enemigos que tenía al frente, o serían aniquilados. Uno solo error y era todo. Los rangdan gozaban de una tecnología tan absurda como la de la humanidad en la era dorada, y podían borrar su existencia si cometía el más mínimo error. Pero el destino no tenía planeado que eso pasara. Al menos no de la forma en que ella quería.
Tomoe sintió un gran alivio al escuchar por las comunicaciones la voz de los refuerzos. El emperador mandó a otro de sus hijos y su legión para apoyar la campaña de guerra. Una que años más tarde se conocería en los anales de la historia como Los Genocidios de Rangdan.
La primarca alzó la mirada, y vió aliviada como las cápsulas de desembarco atravesaban la atmósfera, dejando a su paso brillantes estelas de fuego que iluminaban los oscuros cielos de ese planeta maldito. La 6ta legión había llegado. Los hijos de Leman Ross habían llegado.
Los Lobos Espaciales cayeron sobre el campo de batalla como fieras salvajes, haciéndole un buen merecido honor a su nombre. Los hijos de Fenris habían nacido para la guerra, y la matanza estaba escrita en su ADN como las runas talladas en piedra. Fue solo cuestión de minutos que las fuerzas combinadas de ambas legiones lograsen reclamar la supremacía, logrando que los altos mandos pudiesen tener unos minutos de su tiempo.
Tomoe vió con alegría como Leman Ross descendía de las naves de transporte. Ella admiraba al señor de Fenris como muy pocos lo hacían. Leman era un sujeto carismático. Simple en muchos aspectos y que no tenía problemas para compaginar con nadie. No portaba la estoicidad de Rogar ni el narcisismo de Fulgrim, y su rostro siempre portaba una sonrisa imperecedera. Pero no esa vez.
Desde que Leman se acercó a su hermana, esta supo que algo no estaba bien. Era raro ver al primarca de la 6ta legión tan deprimido, y apretaba su mano sobre el mango de Helwinter con rabia, su siempre leal hacha de combate. Del filo del arma goteaba constantemente un rastro de sangre, pero no era sangre rangdan... Era sangre de alguien más.
Tomoe: - Leman Tomoe: - Leman... ¿Qué has hecho? - Enterarse de la atrocidad que su hermano había hecho de sus propias palabras rompió el corazón de Tomoe en mil pedazos.
Leman: - Hice lo que se me fue encomendado. -
Tomoe: - Pero Leman... Era nuestro hermano. ¿Cómo pudiste hacerlo? -
Leman: - Solo cumple con la voluntad del Emperador. Por favor... Tomoe. Escucha sus palabras y regresa a Terra como padre ordana. -
La primarca de la segunda legión no pudo contener sus lágrimas ante lo escuchado. Sabía que padre no aprobaba su participación en esta guerra, pero ordenarle que abandonase todo por lo que había luchado la llenó de una profunda rabia. ¿Cómo pudo el Emperador hacer algo así? ¿Por qué padre ordenaría a Leman acabar con la vida de su hermano de la 11va legión? ¿Por qué...? La primarca era incapaz de encontrar una respuesta en su mente.
Tomoe: - No... - Su voz fue contundente, y Leman solo pudo suspirar por ello. - No lo haré. -
Leman: - Tomoe, por favor... No hagas esto. -
Tomoe: - He sacrificado mucho para llegar aquí. No puedo simplemente retirarme y dejar todo a medias. Mi legión a pasado por mucho para ganarnos este momento. Padre no puede arrebatarnos esto. No podemos dejar este campo de batalla. No podemos dejar a Lion atrás. -
Leman Russ siempre fue un ser sabio, pero era demasiado leal al emperador, al punto, que su propia voluntad desaparecía ante las palabras del líder de la humanidad. Aún así, era perfectamente consciente de la situación.
Hablar no valía la pena. Él sabía todo lo que Tomoe tuvo que sufrir para llegar a ese momento. Él estuvo a su lado la mayor parte del tiempo, así que conocía lo que su hermana había tenido que soportar. Pero las palabras del Emperador de la humanidad eran absolutas. Y debían ser obedecidas.
Leman alzó la mirada, viendo a su hermana con ojos tristes ante la idea de lo que tenía que hacer. Pero no dudaría. Su hacha se alzó tras la mirada, y la apuntó al rostro de su hermana, dejando bien en claro su cometido. Ya no había vuelta atrás.
Leman: - Yo soy el primarca de la 6ta legión. Hijo del Emperador. Y he venido a cumplir su voluntad. -
Tomoe: - No... No eres su hijo... Solo eres su verdugo. - Leman dejó escapar una sonrisa triste ante la veracidad de tal comentario.
Leman: - Puede... que tengas razón. -
Tomoe no podía creer lo que veían sus ojos, pero no podía negar la realidad. Leman era un hombre de palabra, y jamás haría una broma de esta índole. Si su voluntad era detenerla a toda costa, pues así sería. Pero Tomoe no se quedaría de brazos cruzados.
La primarca respiró profundamente, mientras adquiría una pose de combate, colocando su katana motosierra lista para defenderse. La hoja dentada de la Honjo Masamune, nombre que decidió la primarca de la 2da legión darle a su espada, ahora rugía en un vorágine de cólera, justo como el alma de su portadora, lista para atacar mientras su alma sufría. Después de todo, Tomoe debía ahora enfrentarse a su hermano más querido.
La primarca dió todo lo que tenía para defender su derecho. Pero la fuerza de Leman Russ superaba la suya por mucho. Tomoe dió una buena pelea, una como Leman poco había experimentado, pero eso no fue suficiente.
La primarca de la 2da legión yacía sobre el suelo. Su cuerpo estaba lleno de heridas que las armas de Leman Russ infligieron sobre su piel, pero nada que peligrase con su vida. Su cuerpo estaba a salvo, pero su mente estaba hecha añicos. Su espada, forjada por el propio Vulkan había sufrido daños severos antes la furia del señor. Su hoja estaba hecha pedazos y sus dientes estaban dispersos por todos lados. Tal cual como la voluntad de su portadora.
Leman: - Es suficiente... Tomoe... Regresa a Terra y olvídate de todo. Yo me encargaré de terminar aquí lo que tú empezaste. -
Y así, con su cuerpo y alma destruidos, la primarca de la segunda legión regresó a sus naves junto a su legión y abandonó la campaña de Rangdan sin poder hacer mucho más que saborear el amargo sabor de la derrota, de la ira, del dolor... de la traición.
Ahora se dirigía a Terra, rumbo a enfrentar a su padre por última vez. El glorioso Emperador de la Humanidad iba a escuchar sus palabras alto y claro, pues la rabia que Tomoe sentía en su interior no podía ser callada. Haría que su padre escuchase su voluntad a la fuerza... Así tuviese que perforarse el abdomen para hacerlo.
TUN TUN TUN.
El repentino golpeteo sobre la puerta de su camarote sacó a la primarca Tomoe de sus pensamientos. Estaba sentada tras su escritorio, revisando algunos informes hasta que se sumergió en su propia mente, recordando aquellos fatídicos hechos en Rangdan. Hechos que ocurrieron poco antes que decidiera perforar su propio vientre frente al señor de la humanidad.
Tomoe: - Adelante. - Su voz algo cansada apenas era distinguible.
La puerta se abrió y Tomoe quedó algo curiosa por la figura que se presentaba. La primarca pensaba que se trataba de Takeko, su fiel servidora e incondicional vasalla, pero menuda fue su sorpresa al ver que se trataba del comisario Harrus.
Harrus: - Mi señora. He venido a informarle que estamos a punto de llegar a nuestro destino. -
Tomoe: - Muchas gracias comisario. Pero no era necesario que hubiese venido a decírmelo. Con enviar un mensaje era suficiente. - Dijo con tono burlesco.
Harrus: - Oh... Lo siento. No pensé en eso... Espero que me disculpe. - Respondió con tono apenado, aún seguía siendo difícil controlar sus nervios frente a la primarca.
Tomoe: - Está bien. Supongo que tendré que dejar todo este... papeleo para más tarde... Por el Emperador... El Administratum es un fastidio. -
Harrus: - Lo entiendo. La burocracia imperial a veces es compleja e... innecesaria... Luce algo agotada... ¿Quiere que... le traiga un café o algo? -
Tomoe: - Se lo agradecería. -
La primarca vió al comisario salir de sus aposentos y cerrar la puerta. La escena en cuestión no podía resultarle más graciosa, y se dió el lujo de reírse al respecto. Ese comisario era muy curioso, y su estado no era ajeno para la primarca. Pero su mente debía concentrarse en otra cosa justo en ese momento.
Tomoe puso sus manos sobre el ordenador y frente a ella se mostró una región de la galaxia. Cientos de estrellas y mundos donde una guerra se llevaba a cabo desde hace varios años. Ver los incontables puntos rojos llenando el mapa no era nada alentador, y enfrentarse a los necrones era algo que a cualquier ser de carne causaría pesar.
Tomoe: - Así que... Este es el famoso Nexo Paria. -
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