David: - ¡Tendráz ke matarme zi quierez ke me muera! -
Kurnet: - ¡Eza ez la idea, canijo! -
Puede que los pieles verdes no fuesen los más listos a la hora de darse insultos o amenazar la vida de otros, pero al menos la intención es lo que cuenta. Pero muy diferente a sus palabras, su combate encarnizado era todo un espectáculo digno de admirar.
Kurnet portaba una filosa hacha de guerra acoplada en su brazo metálico, la cual blandía con una fuerza sobrenatural, decidido a acabar con la vida del que hace tiempo solía llamar camarada. Su mano izquierda estaba libre, aunque conociéndolo seguro había usado su escopetón de dos disparos que tanto le gustaba. Pero sin poder recargarla de nada le servía.
David portaba un espadón estrabólico que era casi tan grande como él, pero que blandía con la fuerza suficiente como para arremeter contra la imponente bestia que era su oponente. La musculatura del gretchin estaba mucho más desarrollada de lo que Kanan recordaba. Era un guerrero. Uno muy impresionante para su tamaño.
Kurnet: - ¡Todo ezto ez tu kulpa! -
David: - ¿¡Mi kulpa!? - Preguntaba con ira e ironía.
Kurnet: - ¡Zi... Tu kulpa! -
David: - ¡Yo eztaba tan lejoz del kaudillo komo tú! ¡Zi ez kulpa mia, también ez kulpa tuya! -
Kurnet: - ¡Mientez! ¡Yo me enfrentaba a humi en armadura grande! ¡Tu debizte ir a ayudar a Kanan! -
David: - ¡Yo eztaba luchando kontra máquinaz enormez! ¡No pude hazer nada! -
Kurnet: - ¡Kovarde! -
David: - ¡Eztúpido! -
Sus armas chocaron una vez más. El eco del impacto entre metales provocaban potentes ondas de choque que afectaban los oídos de los que más cerca se encontraban. Kurnet era una poderosa bestia de guerra, cuyos ataques eran capaces de desgarrar la dura piedra bajo los pies de su oponente. David era todo lo contrario. Si bien su fuerza era muy superior a la de cualquier guerrero promedio, frente a esa monstruosidad lo que más destacaba de él era su agilidad y capacidad para desviar los ataques del orko, aunque encontrar una apertura en esa impenetrable defensa de metal era casi imposible.
El hacha y la espada chocaron una vez más El hacha y la espada chocaron una vez más. El sonido viajó por todo el campo de batalla como un eco infinito, ahora que todas las voces de su alrededor se habían callado. Esos dos estaban tan concentrados en su oponente, que ni siquiera se habían percatado de la figura que poco a poco se acercaba hacia ellos.
Desde la distancia, una figura rodeada de un séquito poco convencional miraba el feroz combate. Partes de los presentes dijeron que acercarse era una tontería, pero aquel que una vez comandó todas esas fuerzas no tenía miedo a la colosal batalla, y poco a poco, se fue acercando al conflicto, manteniéndose a la cabeza como todo líder nato haría.
Tanto orkos como pieles verdes quedaron confusos al ver esta nueva facción de guerreros que ahora se acercaban a paso lento desde un costado, pero su sorpresa rápidamente se convirtió en una mar de sentimientos encontrados. Los más jóvenes no entendía qué pasaba, pero aquellos que tenían experiencia suficiente en el campo de batalla, lloraron al ver lo que les revelaban sus ojos.
Miles de pieles verdes, ya fuesen del bando de los orkos o del bando de los gretchin caían arrodillados mientras la no muy colosal figura caminaba entre ellos. Su simple presencia calmaba las voracidad de las armas que una vez batallaron, y sus pisabas dejaban un aura de respeto silencioso a su paso, mientras por las filas de ambos ejércitos un nombre se repetía de boca en boca hasta llegar a aquellos que no eran capaces de ver que sucedía.
¨Kanan¨
Aquellos que nunca lo vieron en vida tuvieron que seguir a los más veteranos en su muestra de respeto. Ese nombre estaba colmado de leyenda y hazañas impensable, y la ilusión de su regreso era un augurio de los grandes tiempos que se avecinaba. Ningún aeldari presente jamás sería capaz de imaginar como con su mera presencia, Kanan logró detener el carácter belicoso de los pieles verdes, volviéndolos sumisos ante el que una vez fue su gran mesías.
Kurnet y David seguían en su mortal duelo, ignorantes de todo la calma que ahora reinaba a su alrededor. El filo de sus armas era lo único que se escuchaba en todo el panorama, más que un casi inexistente murmullo de boca de aquellos que no podían contener la emoción de ver a su kaudillo de vuelta.
Kanan: Es bueno ver que siguen igual de entusiastas.
Las armas de David y Kurnet chocaron una última vez. El ruido provocado los ensordeció por unos segundos, a tal punto que dudaban si sus oídos habían escuchado correctamente. Ambos se miraron el uno al otro, entrecruzando su vista con el vibrar del filo de sus armas de por medio, producto a la fuerza que ponían en su ataque. Y al mismo tiempo, ambos tuvieron la misma sensación de alivio que en palabras orkas era simplemente imposible de describir.
Tanto orko como gretchin voltearon la mirada y allí estaba, a apenas unos cuatro metros de ellos dos, parado con una confiada sonrisa sobre su rostro, de brazos cruzados y mirándolos con cierta alegría. Kanan, su gran Kaudillo y hermano de batalla, había regresado.
El momento fue algo que hasta a los propios aeldaris a sus espaldas tomó por sorpresa. La espada de David cayó al suelo, pues sus manos tambaleantes fueron incapaces de sujetarlas por más tiempo. Kurnet hubiese tenido una reacción similar, pero su hacha estaba atornillada a su brazo metálico como parte de él mismo. Pero los temblores en su cuerpo eran igual de visibles.
Ambos dieron un paso al frente y se detuvieron a apenas dos metros de su señor. Aún dudaban si lo que sus ojos le mostraban era cierto, pues el tiempo había pasado para todos, y ahora Kanan se veía algo diferente a como lo recordaban. Como si fuese más... feliz. Eso y que era medio metro más alto.
Sin importar el tamaño o la complexión física, tanto orko como gretchin sintieron una necesidad imperiosa de arrodillarse ante su señor. No como esa aura dorada que emanaba el Emperador de la Humanidad, obligando a todo mortal en su presencia a postrarse a sus pies. Kanan no tenía nada de eso. El deseo de Kurnet y David por mostrar su respeto era algo completamente de ellos... y nadie más.
David: - Mi... Mi zeñor... Ke alegría volver a verlo. -
El gretchin se adelantó y tomó la palabra, mirando con confusión a Kurnet por el hecho de no decir nada, pués el orko era el más devoto de los dos. Pero lo que vieron sus ojos no tenía cavidad para la comprensión.
Kurnet estaba llorando. El imponente orko de más de seis metros apretaba sus ojos con fuerza y su boca mostraba el dolor emocional que la imagen de su señor le daba. Y a su vez, la felicidad de volver a verlo. Un orko no está biológicamente capacitado para manejar sus emociones, haciendo de ellos libros abiertos que expresan su deseo sin restricciones. Y la felicidad de Kurnet no tenía paradigma, frenada simplemente por su respeto hacia su kaudillo. El pobre, literalmente podría explotar de la emoción.
Los ojos de Kurnet se abrieron al sentir una cálida mano apoyarse sobre su hombro de carne y hueso. El orko alzó la mirada, y con aún lágrimas cayendo sobre sus mejillas ásperas pudo ver a su señor junto a él, apoyando sus dos manos sobre su hombro y sobre el de David. Ambos pieles verdes miraron en shock a su kaudillo, el cual mostraba una sonrisa genuina sobre su rostro.
Kanan: - Estoy en casa. -
Entonces algo pasó. Un sentimiento afloró en el corazón de cada piel verde que fue capaz de oír las palabras del kaudillo. Un calor extraño comenzó a brotar de su pecho, revitalizando a aquellos que incluso habían perdido sus fuerzas tras la larga batalla previa.
Un sentimiento que solo aquellos más consagrados a la causa pueden sentir. Un sentimiento de entrega, coraje, valor... Algo que solamente un líder genuino es capaz de provocar en el corazón de aquellos que lo siguen, sin importar la especie o facción. Un sentimiento de confianza... de vasallaje... de honor. Las ganas de seguir a un líder... Y darlo todo por la causa que lo hace seguir adelante.
Kurnet fue el primero en alzar su voz, siendo David el segundo en seguirlo casi de inmediato. Las voces de cada piel verde presente, ya fuesen orkos o gretchin se sumaron una a una, mientras la marea verde alzaba sus armas como ondas sobre las mansas aguas tras el caer de una roca. No hubo un solo piel verde presente en ese campo de batalla que no uniese su voz al grito de Waaag colectivo. Un grito que incluso fue capaz de sacudir el corazón de aquellos aeldaris que no compartían la emoción de la guerra igual que los orkos.
̈Así que... ¿Es así cómo luce un verdadero líder?¨
