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Después de ayudar a su padre a comerse una tortillita, un suave puré de verduras que no sabía a nada, y un yogurt natural, Lola le dejó una tablet para que se pusiese al día.
Don Lorenzo no se lo podía creer, flipando en colores. Además de las noticias en telediarios y periódicos, con reportajes y programas especiales como el de Informe Semanal, en internet había imágenes y vídeos de la tortura por todas partes, y todo el mundo andaba haciendo bromitas y chascarrillos, alabando sus cojones, tanto metafórica como gráficamente, porque no hacía más que encontrárselos en primer plano por todas partes.
"Pero Lola, ¿qué ha pasado aquí? ¡Están todos gilipollas! ¿Es que la gente no tiene otra cosa que hacer que mirarme lo que me cuelga?"
"Pues por lo visto no. Ya ves qué vidas más aburridas tienen."
"¡Anormales! Qué ofensa al buen gusto, de verdad. Pero dime, hija: ¿cómo voy a salir yo a la calle después de ver esto? ¿Y con qué cara me presento delante de mis hombres en comisaría?"
"¿No me irás a decir que te da vergüenza? Precisamente a ti, que te pasas la vida hablando de tus santísimos cojones y de todo lo que tienes guardado en los recovecos de tu escroto, que me dijo Paco que hasta tuviste a un E.T, a la plana mayor de Al Qaeda, y al asesino del Papa por ahí metidos... Anda, que ya te vale."
"No es lo mismo hablar metafóricamente de mis santísimos cojones, que encontrarme fotos y vídeos de mis genitales por todas partes, Lola, por Dios. ¿Cómo va a ser lo mismo?"
"Pues igual lo que te ha pasado es una broma del Karma, fíjate, que tiene un sentido del humor un poco raro. Tanto referirte a tus cojones cada vez que algo te viene cruzao, pues mira, ahí están ahora, en boca de todos. Para que aprendas."
Lola seleccionó un vídeo de Youtube al azar. Era uno de tantos montajes con el #loscojonesdedonlorenzo, con un par de chavales que estaban imitándole mientras se agarraban el paquetorro como Michael Jackson, con una animación de una foto del santísimo escroto del comisario rebotando por ahí, entremedio de los dos.
"¡Gansos!" rugió don Lorenzo al verlos hacer el tonto y divertirse a su costa, con una mala hostia exacerbada. Tanto que, si los tuviese delante, los pondría bien firmes a base de collejas y correazos. "¡Anormales de carrito!"
"Sí, de esos también hay un montón. Y de los de "mamarrachos". Todas esas frases tan tuyas están ahora mismo en el Top-10 de las búsquedas de Google."
A continuación, Lola buscó "anormales de carrito" y se encontró con cientos de entradas. Como antes, seleccionó un vídeo al azar. Era el de los chinos.
"¡Anolmales de calito!"
"Es que no me lo puedo creer, Lola. ¿Es que todo el puñetero planeta se ha vuelto anormal de repente, o qué pasa?"
"Algo así. Pero no te preocupes, que en cuatro días se les pasa a todos la tontería, y a otra cosa, mariposa. Que la gente en general, y estos niñatos en particular, tienen más déficit de atención que Dori, la de Buscando a Nemo."
"Ojalá tengas razón, pero es que… ¡manda huevos, cojones!"
"Pero, ¿qué te he dicho del Karma, papá?" dijo Lola, dándole un palmetazo en la mano como a un niño travieso que va directo con el dedo a un enchufe.
"¿Qué?"
"Pues que dejes de mencionar esa palabra... Pero nada. Tú, siempre a piñón fijo con lo tuyo. No hay tu tía."
En ese momento llegaron Paco y Sara, seguidos de un celador que venía para trasladarle de la UCI a la habitación en planta.
"¡Abuelo!" dijo Sara, corriendo a su lado, agobiándole a besos como había hecho su madre antes. "¿Cómo estás?"
"Bien, Sarita, bien. Mucho mejor, ahora que he comido un poco. Gracias."
"No sabe cómo me alegro de verle tan bien, don Lorenzo," dijo Paco, acercándose también a la cama. Todavía llevaba el collarín y la bota, puntos de aproximación en los pequeños cortes de la cara, y andaba apoyándose en una muleta. "Siento mucho todo lo que ha pasado. Usted confió en mí, y yo… le fallé. Lo siento mucho."
"No te tortures, Paco, que no fue culpa tuya, sino mía. No tenía que haber rechazado la escolta, ni pasar por casa. Pero tú, ¿cómo estás? Que me ha dicho Lola que estuviste dos horas atrapado cabeza abajo en mi coche."
"Venga, que nos vamos pa' arriba," dijo el celador, empujando la cama hacia la salida, sin dejarle opción a Paco para contestar. "Ya hablarán luego en la habitación."
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Lucas, Mariano, y la patrulla basura de la comisaría de San Antonio, llevaban ya media hora agrupados a la puerta de la habitación del hospital, esperando la llegada del comisario, casi colapsando el pasillo. Cuando ya se planteaban bajarse a la cafetería, llegaron Montoya y Silvia.
"¿Sabéis cuando suben a mi padre?"
"Ahí viene," dijo Povedilla, que empezó a aplaudir con entusiasmo al ver llegar al celador, que salía del ascensor empujando la cama del comisario, seguido de Lola, Paco, y Sara.
Todos se apostaron a ambos lados del corredor, batiendo palmas, haciéndole un pasillo triunfal a su jefe.
"¡Ese don Lorenzo!" vitoreó Curtis, seguido de un agudo silbido.
"¡El puto amo!" dijo Lucas, dejándose las manos.
"¡Con un par, si señor!" dijo Mariano. "¡El Chuck Norris de San Antonio!"
"¡Viva el comisario!" gritó Kike como si estuviera en una boda, a la llegada de la novia.
"¡Y vivan sus santos cojones!" dijo Aitor, viniéndose arriba con la emoción del momento.
"¡Virgen del Camino Seco, qué alegría verle tan pito, don Lorenzo!" dijo Rita, rozándole un brazo al pasar.
"Gracias, chicos," dijo él, saludando con su mano libre desde la cama como si fuera en la carroza de la reina.
"¡Papá!" dijo Silvia, tomando esa mano, entrando con él a la habitación.
"Anda, quedaos todos aquí mientras le acomodamos, y luego vais entrando de dos en dos," dijo Lola antes de entrar tras ellos. "No sea que se agobie con tanta gente, que está muy delicado."
"Sí, claro, cariño. Esperamos aquí hasta que nos digas," dijo Paco.
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"Papá, te veo muy bien," dijo Silvia tras ajustarle las almohadas. "Tenía razón Lola, estás fantástico."
"Yo creo que fantástico, no es la palabra," dijo él, acomodándose un poco más erguido con su ayuda, aunque resintiendo las heridas y el drenaje que llevaba en el abdomen, que le resultaba bastante molesto también. "Tú hermana, que es una optimista empedernida, con esas gafas de color rosa que lleva siempre."
"Y puedes respirar bien sin el tubo, y hablar… Yo, la verdad, no las tenía todas conmigo, después de lo que te hizo ese animal, que te hundió la laringe. Pensaba que te iba a costar muchísimo más recuperarte."
"Gracias hija, porque si no hubiera sido por ti y por ese boli, no lo cuento."
"Menos mal que llegamos cuando lo hicimos."
"Sí, menos mal," dijo Lola, peinándole un poco el alborotado pelo con las manos. "Bueno, papá, ¿qué hacemos con el club de fans que tienes ahí fuera? ¿Les dejo pasar de dos en dos, de tres en tres, o cómo?"
"No, Lola, de dos en dos no, no me fastidies. Que pasen todos de golpe, que así acabamos antes y me dejan en paz. No me alargues el sufrimiento más de lo estrictamente necesario, cojones."
"Pero es que después de todo lo que te ha pasado, ¿no has aprendido nada, cojones?" se burló Lola, imitando su voz. "¿De verdad vas a seguir refunfuñando sin parar, y viendo la vida con las gafas grises?"
"Sí hija, con las grises. Que esas tuyas de color rosa me vienen un poco grandes."
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Lola les hizo pasar a todos a la vez. Paco y sus hombres rodearon la cama del comisario, que en el fondo, a pesar de sus reniegos, apreciaba su presencia, aunque no tanto la cantidad de comentarios y preguntas absurdas que recibía sin parar, en un carrusel de memeces, cuando lo que verdaderamente anhelaba era otro chute de opiáceos y volverse a dormir.
"Nos dijo la inspectora que se le paró el corazón tres veces de camino al hospital. Cuéntenos: ¿vio usted el túnel?" preguntó Kike al cabo de un rato de cháchara, con lo que parecía un interés genuino por el tema.
"¿Qué túnel?"
"El túnel al más allá. Ese que va hacia la luz."
"Ande, no diga sandeces, Gallardo. No, no vi ningún túnel."
"Eso es porque no se le llegó a parar del todo el corazón, don Lorenzo, de lo grande que lo tiene," dijo Rita, dándole una palmadita en el brazo. "¿Y a la Virgen? ¿Vio usted a la Virgen? Porque en esas experiencias cercanas a la muerte, a veces se aparece también, para guiar a las almas al buen camino, y que no se pierdan."
"No, Rita, tampoco vi a la Virgen. Ni a la Virgen, ni a San Pedro, ni al Espíritu Santo," dijo don Lorenzo, ya con el tono bastante hastiado. Agradecía el interés y la preocupación de sus hombres, por supuesto, pero lamentablemente, no tenía el cuerpo ni la mente dispuesta para aguantar sus chorradas. "No vi nada, ¿vale?"
"Pues no vería nada, pero a partir de ahora van a hacer los memes de la muerte con usted," dijo Curtis.
"¿Memes? Qué memes ni qué narices…" gruñó de nuevo, cada vez más irritado, ya que en esa posición más erguida, la cadera le estaba molestando muchísimo más que antes. Al final, cuando intentó moverse un poco, sin éxito, no se pudo contener más, y explotó. "¡Memos, eso es lo que son todos ustedes! ¡Unos memos!"
"No, comisario, memes," dijo Povedilla, sacando su móvil. "Esos chistes de internet que vienen con foto, que hay muchos de Chuck Norris, por ejemplo, al que se considera el macho alfa más macho del planeta, ¿ve?"
Povedilla le enseñó unas cuantas fotos en el móvil. La primera era el clásico meme de: "en una ocasión, la muerte tuvo una experiencia cercana a Chuck Norris." La segunda decía: "Superman usa pijamas de Chuck." La siguiente: "si Chuck Norris llega tarde, más le vale al tiempo ir más despacio." Y la última: "Si Chuck Norris te llama al móvil, solo tienes dos opciones: contestar, o contestar."
"Pues ahora en los memes estos sale usted, don Lorenzo. Ha desbancado a Chuck Norris como la quintaesencia de la masculinidad y la bravura, como un toro ibérico."
"¡Pero qué chorradas dice, por favor! ¿Es usted imbécil?" exclamó don Lorenzo, forzando demasiado su maltrecha garganta, cabreándose aún más cuando Povedilla le enseñó otra foto, una que mostraba sus testículos aplastando a un esqueleto con guadaña, y el comentario de: hasta la muerte teme a los cojones de don Lorenzo. "¿Y quién coño es ese Chuck Norris?"
"Sí, hombre, Chuck Norris, el actor. Seguro que lo conoce," dijo Mariano. "El pelirrojo ese de los Texas Rangers, y Desparecido en Combate, que da patadas de karate y eso, y unas hostias como panes."
"Ah, sí claro, el rubio barbudo hortera ese, así como muy machito, de Walker, Texas Ranger," dijo don Lorenzo, asintiendo como si recordara esa serie con afecto. "Pues mira, Mariano, te lo voy a decir: a mí me gustaba mucho esa serie, hombre. Hasta me imaginaba que yo podría aprender karate, para ir por ahí dando patadas a los malos como él, así, en toda la cara… Así que me apunté a clases. Y ¿sabes con quién fui yo a clases de karate, Mariano? ¿Sabes con quién? ¿Te lo digo?"
Mariano le miró con la cara de un niño al que han pillado robando la merienda de otro, y tragó saliva.
"Oiga, a mi madre no la meta en esto, don Lorenzo, que ni le gustaba el Karate, ni aprendió nunca a dar la patada de la grulla esa."
"¡Pues si no te gusta que mente a tu puta madre en patinete, no me toques más los cojones, por favor!"
"Papá, ¿pero qué te he dicho del Karma?" dijo Lola, dándole un suave pescozón en la coronilla.
"Lola, en la cabeza no, que bastantes golpes se llevó ahí el pobre," dijo Silvia.
"Huy, sí, perdona papá," dijo Lola, mortificada, dándole un beso en ese mismo sitio, seguido de un curasana de madre, de esos que lo curan todo. "Pero es que a veces eres tan… tan…"
"¿Hostiable?" aventuró Aitor.
"Sí, eso. Hostiable. Esa es la palabra exacta. Gracias, Aitor."
"A ti sí que había que darte de hostias. Más que las que reparte un cura en la comunión," dijo el comisario, fulminando a Aitor con la mirada.
En ese momento sonó el móvil de Montoya.
"Perdonad, es que estamos filtrando las llamadas que le llegan a don Lorenzo, a cientos. Esta debe de ser alguna importante," dijo antes de contestar, apartándose a una esquina para no molestar, pero todos se callaron y le siguieron con la mirada, intrigados, preguntándose quién sería. "¿Sí?... ¿Dos llamadas?... Vale… Sí, ahora mismo se lo digo, y que elija."
"A ver, ¿quién más quiere darme la vara ahora, Gonzalo?" preguntó don Lorenzo, con tono de resignación. "¿El Papa?"
"Pues no, pero tiene usted al teléfono al presidente, y también, y no es broma, al mismísimo Chuck Norris." Montoya hizo una breve pausa entonces, antes de preguntar. "¿Con quién le paso?"
Don Lorenzo parecía indeciso. A decir verdad, no le apetecía hablar con ninguno de los dos, ya que estaba en un tris de mandar a todo el mundo a la mierda, y de pedir a gritos más drogas.
"Acuérdese del meme, don Lorenzo: si te llama Chuck Norris al móvil, solo tienes dos opciones: contestar, o contestar," le recordó Lucas.
"Bueno, pues pásame con el karateka ese primero, venga. Y Zapatero, que se espere."
"Chuck Norris," dijo Montoya, antes de pasarle el móvil al comisario.
Don Lorenzo cogió el teléfono un poco torpemente con la mano izquierda, donde llevaba puesta la vía, y casi se le cae.
"Joder con el dichoso gotero… Hello? Mr. Norris?"
Todos le miraron expectantes, a ver qué decía.
"Yes, Mr Norris. It's me, Lorenzo Castro….. Chuck? All right, Chuck….. You can call me Lorenzo then….. Yes. I'm all right, thank you very much….." Hubo una pausa larga entonces, hasta que don Lorenzo soltó una carcajada. "Yes, big balls. Titanium coated, haha."
"Pero ¿qué le estará diciendo?" dijo Rita. Todos se acercaron un poco más a la cama como si así pudiesen oír o entender algo mejor.
"Ponga el manos libres, don Lorenzo, y así nos enteramos todos de lo que le dice Chuck," sugirió Kike, pero el comisario le lanzó una mirada cargada de tal desdén, que se le quitaron las ganas de insistir.
"Pero si no sabes inglés, desgraciao," le dijo Curtis. "Como no nos lo traduzca Povedilla…"
"Thank you. Thank you, very much, Chuck. You are so kind….. No, you would have done the same….. Yes. I'm sure….. Yes, I'll do. Thank you….. Bye now….. Bye-bye. Bye."
Don Lorenzo le devolvió el móvil a Montoya.
"¿Y el presidente? ¿Le paso ahora con él?"
Don Lorenzo reflexionó un momento. Parecía que el gracioso del médico tenía razón, con eso de que iba a tener que dar audiencia a las visitas.
"No, que me llame otro día, que estoy cansado. Y si me llama el rey, o la madre que parió a Panete, pues le decís lo mismo."
"Claro que sí, don Lorenzo, filtrando a la flor y nata de España, con un par," dijo Curtis.
"Es que ahora se lo puede permitir, "dijo Lucas. "Que el comisario ha dejado el pabellón de los Cuerpos y Fuerzas de Seguridad del Estado pero que muy, muy alto."
"Sí, que hasta le van a dar la Cruz Laureada de San Fernando, y la medalla al Mérito Policial," dijo Mariano.
"Pues otra más pa' la colección, porque de esas ya tiene seis, ¿no?" dijo Kike.
"Bueno, venga, dejad de agobiar a mi suegro, que necesita descansar. ¿No veis que no quiere hablar ni con Su Majestad, leches?" dijo Paco, empujando a Curtis y Kike hacia la puerta. "Todos fuera ya."
"Adiós, don Lorenzo," dijo Rita, plantándole un beso en la mejilla. "Venga, que en cuatro días le tenemos ya de vuelta en la comisaria, como nuevo."
"Sí hija, sí, gracias. Y muchas gracias a todos por la visita."
"Hasta luego, don Lorenzo," dijeron los demás casi al unísono.
"Sí, vale. Hala, a cascarla todos de aquí," dijo en un tono casi hasta afectuoso, tal era su alivio al verlos marchar.
Una vez que Paco consiguió llevarlos a todos hacia la puerta, empujándolos como a ovejas a un redil, don Lorenzo le llamó antes de que saliera también.
"Tú quédate, Paco."
"¿Yo?"
"Sí, tú. Pero solo Paco," dijo mirando a sus hijas, que no se habían movido del sitio.
"Vale, ya esperamos fuera también," dijo Lola, saliendo de la habitación con Silvia.
"Paco, dime," le dijo una vez que se quedaron solos, "¿dónde está la bolsa que recogí en mi casa? ¿Todavía en el maletero del coche?"
"No, la trajimos a comisaría."
"Es que había algo en esa bolsa, algo que ya puedo, y debo destruir."
"¿A qué se refiere? ¿A eso que le pedía el carnicero mientras le arreaba de hostias?"
"Es verdad, no me acordaba que lo estuvisteis viendo todo, y eso también, claro…" musitó para sí mismo. "Sí, eso es."
"Pues ahora que lo menciona, cuando usted le dijo a ese tarado que lo que buscaba estaba en esa bolsa, le dimos un repaso, pero no encontramos nada."
"¿No lo encontrasteis? ¿No estaba allí, entre los calcetines?"
"No, no había nada, solo su ropa y las otras cuatro cosas que cogió, como el cepillo de dientes y el peine. Lucas volcó la bolsa y la sacudió y todo, pero no había nada más, ni en los bolsillos, ni en ningún sitio. Lo sacamos todo."
Mierda. Eso significa que el topo que sustrae pruebas está en nuestra comisaría.
"Pero dígame, ¿qué es lo que llevaba en esa bolsa, que era tan importante?"
"Pues mira, Paco, si no lo sabes ya, no te lo voy a decir ahora, porque es confidencial."
"Ya estamos con la cantinela esa de la confidencialidad… Pero vamos a ver, ¿es que no confía usted en mí, a estas alturas?"
Don Lorenzo estuvo a punto de contestar a esa pregunta con honestidad, pero se mordió la lengua a tiempo.
"No, no es eso. Es que, cuanta menos gente lo sepa, mejor. Y de verdad, que no te hace ninguna falta involucrarte en esto. Anda, dile a Silvia que pase, pero solo a ella."
"¿Sin Lola? ¿Ni Montoya?"
"Sí, que hay un par de cosas que también le quiero preguntar a ella."
Cuando Silvia volvió a la habitación, y antes de que su padre tuviera oportunidad de preguntarle por el misterioso objeto, ella lo sacó de su bolsillo.
"Papá, antes de que se me olvide: ¿me puedes decir qué demonios es esto, y por qué lo quería el carnicero?"
Don Lorenzo miró al objeto, visiblemente aliviado.
"¿Lo tenías tú? Menos mal. ¿Dónde estaba?"
"Lo encontré en tu bolsa. En cuanto ese desgraciado empezó a pegarte preguntándote por algo, sospeché que era esto lo que quería, y lo guardé. ¿Qué es?"
"Se menciona en el informe, ¿no lo viste?"
"Papá, el informe de este caso tiene más páginas que la Biblia. Tardaría días en leérmelo entero. Dímelo tú."
"No, que es confidencial. A Paco tampoco se lo he dicho."
"Papá…" dijo entonces Silvia, empleando la misma mirada y tono que había usado desde bien pequeña para conseguir todo lo que quería de su padre, "…dímelo. Dime qué es y para qué sirve, venga, no te hagas de rogar."
Esta hija mía es peor que el suero de la verdad, cojones, pensó don Lorenzo, rindiéndose una vez más a la persuasión de su mirada, como tantas otras veces en su vida. Tendría que trabajar para la CIA.
"Bueno, te lo voy a decir a ti, y solo a ti. Pero antes júrame que no se lo contarás a nadie. Y mucho menos a Paco, que está muy pesado, dando la vara con el temita de la confidencialidad, y luego todos sabemos lo impresionable que es para estas cosas. Tú, porque eres forense y tienes otro estómago."
"Te lo juro. No se lo diré a nadie. Ni siquiera a Montoya."
"Acércate."
Don Lorenzo le dijo unas palabras a su hija al oído. Su expresión facial cambió de la expectación al puro disgusto.
"¡Pero eso es asqueroso, papá!"
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