Disclaimer: ninguno de los personajes de RoV son míos. Ninguno.

Sinopsis: La desaparición de una amistad en común obliga a una madre y a una hija a redefinirse a sí mismas y a su relación.

Las Desapariciones

I

"Si escogías ir hacia la realidad de alguien, tenías que estar dispuesto a caminar. No había atajos."

15 de Octubre, año 1807

ISABELLE

¿QUÉ LE SUCEDE A UNA MUJER CUANDO SE COMPORTA MAL? ¿Cuándo es que una mujer es considerada mal portada?

Pues bien. Existen muchas razones que pueden encasillarte en un ser mal portado y, si es que eres mujer, parecen ser infinitas. Por esto es casi imposible que en algún momento no caigas en esta casilla.

Creo que todo esto tiene que ver con la idea de que tienes que ser obediente. No puedes hacer algo simplemente porque tuviste una ocurrencia.

Mademoiselle Ana Bouscat quien era la más joven de las parteras y profesoras de La Maternité, nuestra escuela y hospital de partería, era muy ocurrente. Así que concluyo que por esto, no pudo evitar caer en la mencionada casilla.

Tiene veinticinco años, es alta, de ojos y cabellos castaños. No ha estado aquí cumpliendo su rol desde el día 16 de septiembre. El modo en que nuestra institución nos informaría sobre su ausencia, sería visualizando la llegada de un nuevo docente dando el paso para reemplazarla.

Como a todas les sucedió, quedé con la boca abierta de la más pura sorpresa, pero no creo haberlo sentido tan profundamente como mis compañeras en ese momento. Lo habría hecho o quizás lo hice, pero yo ya me encontraba... algo revuelta y pasmada por mi propia realidad.

El día 15 de ese mes, había redactado y enviado una carta al señor François Chatelet, rompiendo el compromiso de matrimonio que me ligaba a él.

Que fuera hijo de Bernard y Rosalie Chatelet, hacía todo peor. Ambos, son quizás los únicos y más viejos amigos que mis padres jamás hayan tenido.

Por días, previos a la redacción de esa carta, mi mente estaba siendo mortificada por el hecho de que podría estar poniendo en riesgo esta relación. Pero, no podía continuar.

François había estado compartiendo cama, y no conmigo precisamente.

No fue complicado darme cuenta que mi prometido realizaba frecuentes visitas a una Maison de Tolerance, aupado quizás por sus pares. De hecho, ni siquiera lo sospechaba, la verdad cayó a mis pies una tarde cualquiera y sin que yo hubiese hecho ni el menor esfuerzo por averiguarla... fue como haber ganado el premio gordo en un juego de azar, si me permiten ironizar un poco...

Mi nombre es Isabelle Maia Grandier, soy estudiante de segundo año en la escuela y hospital de La Maternité, en Port Royal de Paris. Tengo diecisiete años, pero ante los ojos de la sociedad, mi edad no me salva de mi desgracia, de hecho, que yo sea una estudiante sólo hace de mi condición - doncella en desgracia, solterona, bruja desgraciada - algo más grave.

De acuerdo a lo anterior, no hay demasiado argumento para quejarme por haber sido traicionada. De acuerdo a lo anterior, me lo he buscado, cayendo directo a la casilla de mujeres mal portadas. Esto me sucedió por dar rienda suelta a mis ocurrencias... Es que he hecho de mí misma un terrible prospecto para el matrimonio, ya que el modelo perfecto es un sonriente ángel alado, descendiendo raudamente con plumero y escoba a la cocina para tener la cena y otras tareas domésticas a tiempo.

No alcanzaba a llegar a tiempo, y cuando lo lograba me encontraba tan exhausta, que las sonrisas no me alcanzaban. Así que, es cierto, no me he comportado muy bien.

Es por esto que no sé qué va a pasar conmigo; nada bueno de seguro.

Es un pensamiento que me perturba todas las noches.

Recuerdo que dos años atrás, cuando fui aceptada en La Maternité, me sentí tan feliz como angustiada.

Tuve una pesadilla, bastante inuasual.

Me encontraba en mi habitación, en la casa de mis padres. Era de noche y dormía, hasta que un soplo sobre mi rostro logró despertarme. Al sentarme sobre mi cama, poco a poco logré ver las inmediaciones de mi habitación, las tenues luces de la calle la iluminaban, con esa fría lucecilla de las lámparas de gas.

A los pies de mi cama, casi en la esquina, una figura se hallaba sentada; era oscura cual sombra, no lograba ver su rostro o algún rasgos, aún así sentía cómo me observaba. Era una presencia amenazante, opresiva, sin mirada. Inhumana.

Comenzó a crecer, a fundirse con otros oscuros rincones de mí habitación. Lo invadió todo. No podía moverme. Cuando quise gritar, me di cuenta que aquella facultad ya no la tenía. Pasó a ser parte de mí. Bajo mi piel, entre mis músculos, al interior de mis huesos y cavidades más íntimas. Yo crujía y me desgarraba.

Antes de despertar, alcancé a darme cuenta que me ahogaba, mi piel y mis fluidos se convertían en una masa amorfa bajo un peso monstruoso.

Este sueño no volvió a encontrarme, hasta que finalicé mi compromiso con François...

ALGUNOS DÍAS DESPUÉS DE MI ROMPIMIENTO, ESCUCHÉ QUE EN REALIDAD ANA HABÍA DESAPARECIDO. Lo escuchamos de Irene Pontier, una aterradora enfermera que generalmente está a cargo de la limpieza de los pacientes del Hospital.

Siempre nos habla en modo de queja y las palabras sangre, traseros y fecas, reinan en su vocabulario para describir las más dantescas escenas, que haya vivido en todos los centros hospitalarios que llegó a limpiar durante sus años de oficio.

Hoy por la mañana, viniendo o yendo a sus labores de limpieza, le vimos con la escoba en mano. No debí mirarla, pero su aspecto de hechicera medieval siempre logró hipnotizarme. Así que, habiendo atrapado su mirada, una vez más se acercó a mí y a mis dos amigas y compañeras, Aurore Pelletier y Gertrude Colin. Con desagrado nos miramos al unísono, pensábamos que la vieja bruja se acercaba otra vez a la hora del desayuno a atentar contra nuestro apetito. Pero esta vez fue distinto.

Sentadas en una de las mesas del comedor, tratábamos de deshacernos de la modorra causada por los partos y vigilias de la madrugada. Yo había sido la última en salir con mi supervisora, ya que la mujer bajo nuestro cuidado, había soportado unas cuantas horas de dolores de parto.

Vi el amanecer y dormí lo que pareció ser un minuto, antes de comenzar una nueva jornada.

Cuando Irene aterrizó las palmas de sus huesudas manos sobre nuestra mesa, no esperábamos que dijera "La policía me interrogó"

Gertrude se atoró con un trozo de pan y Aurore se quemó la lengua con su té. Yo sentí como si me hubiesen cegado con la luz de una linterna. Pero ni siquiera eso me hizo ver, hacia qué lío estaba siendo arrastrada la vieja enfermera.

"Fui llamada por el director" continuó Irene "Un commissionare y un inspector de la policía esperaban por mí en su oficina"

"¿Y qué querrían contigo?" Aurore preguntó.

"Pues preguntar sobre Bouscat" Irene replicó.

"¿No eres un sospechoso para ellos, verdad Irene?" interrumpió Aurore, un poco preocupada.

Irene le quedó mirando con sus grandes ojos de búho y rostro enjuto. Luego los cerró y frunció el ceño. La vieja estaba preocupada "Es que Bouscat fue demasiado lejos" agregó finalmente.

"¿Demasiado lejos?" Aurore insistió.

Apoyando sus codos sobre la mesa, Irene acercó su rostro y nosotras a ella "Se mezcló demasiado" susurró.

"¿Con quién?" Gertrude ahondó.

"Con ustedes… las pacientes del hospital, no me digan que no metía las narices donde no le correspondía"

"Ella solo quería que estuviésemos bien" le repliqué sin mirarla.

Ana Bouscat era de hecho, la sage-femme más querida por la mayoría de nosotras alumnas.

Era aquel tipo de persona que sentías como cercana, a quien podías hablar porque sabías que escucharía. El resto del profesorado era distante, una fuerza imponente ante la que no tienes más opción que agachar la cabeza y someterte… Y la mayoría de los hombres llevan ese poder.

Es parte de las reglas.

Las relaciones entre pacientes y parteras de La Maternité, se limitan sólo a atención y cuidado dentro del establecimiento. Comprometerse con sus vidas privadas es complejo para la institución y por esto, y otras razones, está prohibido…

Irene quería decir que Ana estaba abierta a ayudar a quien lo necesitara. Y que, dentro del protocolo interno, eso estaba mal.

YA SON MÁS DE LAS CUATRO DE LA TARDE. ME ENCUENTRO EN EL JARDÍN DE LA ESCUELA, CERCA DEL REFECTORIO. Falta una hora para nuestra siguiente clase. Todas las alumnas se han ido a descansar, pero últimamente yo solo encuentro descanso si muevo mis manos.

Corren gotas de sudor por mis sienes y cuello. Recuerdo que François solía verme y decir, que parecía una Hermosa ninfa al recolectar flores y hierbas. Era un lindo halago, porque dejaba de sentirme como un trapo inmundo, pero también recuerdo que nunca me preguntó por qué lo hacía, hasta que un día lo hizo y la respuesta pareció no gustarle. Para nada.

Todos esos pastos eran para un herbario "Y quién usaría algo así"

"Médicos y químicos farmaceutas"

"Alex te dijo que no puedes ser como uno de ellos"

"No, pero no quiere decir que no me gustaría"

En mínimas ocasiones llegué a preguntarme, por qué estábamos juntos… Pero nunca nos cuestionamos abiertamente las razones. Nuestros padres eran muy cercanos entre sí y por lo tanto nosotros, sus hijos, jugábamos juntos y nos hallábamos cómodamente habituados a nuestra compañía. El tiempo se dilataba, los lazos se estrechaban, se hacían familiares y por ello, parecía natural que él, un niño, y yo, una niña, exploráramos una nueva frontera, directo a la turbulenta adolescencia.

François hablaba – cuando aún nos hablábamos - sobre sus estudios y sobre cuán angustiado se hallaba, porque su padre no aprobaba mucho las direcciones que tomaba… y creo que yo lo entendía y le dejaba espacio para el desahogo. Yo seguía cortando hierbas y recordando características de cada cual; estaba tranquila en medio de mis intereses, y no me preocupaba demasiado por él, después de todo ya nos conocíamos, sabía que su padre lo amaba, que no era del tipo que desconocería o desheredaría a su hijo por pensar distinto a él, y que lo que fuera que le causara problemas, ya lo resolvería.

Pero estábamos creciendo demasiado rápido, quemábamos etapas: doce, trece, catorce, quince años, las dejábamos atrás y venía una nueva; en esta última nos desconocimos, pensábamos y queríamos cosas distintas.

Nunca lo olvidaré.

Tomó nota de mí con preocupación: mis intereses habían pasado de jueguitos a estudio y trabajo. Yo era la primera de mi clase en la escuela de partería, y me observó como quien observa un bicho raro sobre la cara de alguien, con preocupación, miedo y asco… Así como miró a aquel escorpión que trepó sobre su cama años antes. El chico de 12 años, había tirado de la peligrosa cola y arrojado al suelo, yo sabía lo que venía, así que cerré los ojos y escuché el crujido de un pequeño cuerpo bajo el peso de dos gruesas suelas de zapato.

Ha pasado un mes desde que todo acabó entre él y yo, pero aún me siento pisoteada y bastante adolorida.

Cuando sumerjo mis manos en la tierra y el aroma de raíces llega a mí, me es mucho más fácil convivir con el recuerdo de lo que perdí. Aun no entiendo nada, sobre por qué me siento tan distinta a quien solía ser. Mientras estuve comprometida yo era la chica buena, quien hacía todo bien, las pocas decisiones que podía tomar no eran una afrenta para nadie, pero ahora lo que hice me transforma en un defecto.

Me encuentro muy sumergida en todo el enredo en que me he convertido, hasta que noto una presencia. Una mujer va caminando junto a dos hombres por un corredor, rodeando el jardín en el que estoy. Uno es el director Landru, pero al segundo hombre jamás lo he visto en mi vida.

La mujer se parece mucho a Ana. Pero es mayor.

Ana solía pasear por los corredores a esta hora, la primera vez que me vio armando mis ramilletes de hierbas me advirtió: "Higiene, señorita Grandier, higiene" sonreía al frotarse las manos. Con el pasar de los meses, se habituó a verme en el jardín y yo me acostumbré a oír de ella: "¡Las manos, Grandier!"

Era como una hermana mayor. Una guía. Una que anhelas tener cuando no sabes a dónde ir.

-¡Isabelle! – alguien me llama. Levanto la vista hacia la voz y veo a Aurore. Señala con su mano hacia mí. El favor es para un hombre uniformado, de pie él espera a su lado. Es del regimiento de Granaderos Montados, un oficial en jefe, un general para ser exacta.

Mis intestinos se ponen de piedra. No necesito esto ahora.

Bien… La hora de la verdad ha llegado: si pueden creerlo, este personaje es mi madre. Espero que dentro de mis amistades y conocidos, Aurore sea la única en saber la compleja historia de Oscar de Jarjayes, porque no creo tener las fuerzas para explicarla a alguien más. Sí, Oscar, ese es su nombre.

Así que cuando mi madre me localiza, mi amiga se retira y ella se acerca.

Su visita es inusual. Pero está aquí, recientemente llegada de uno de sus viajes al Norte, en donde quizás revisó el despliegue de regimientos o asistió a una reunión de oficiales. Sé que está recién llegada, porque el agotamiento se ve en su cara y pesa sobre su espalda, aun así no me quita su atención de encima.

Me levanto, removiendo cualquier ramita u otro material del suelo, que pudiese estar enredado en las fibras de mi ropa. Me arreglo algo el cabello y me enderezo para saludar.

A distancia prudente de saludo, ella se detiene.

-Bonsoir, monsieur – comienzo, pero sintiéndome algo incómoda mientras me aferro a mi ramo de hierbas – Si hubiese estado enterada de su visita, me habría preparado.

En realidad, me veo bastante rústica. Llevo el cabello a medio tomar, estoy usando un vestido de algodón que no he querido desechar desde los quince años. Es de un color crema, tiene hojitas diminutas estampadas a lo largo del faldón y sobre este, llevo un delantal blanco de muselina.

Por supuesto, los grandes y firmes ojos azules de mi madre, me revisan de arriba hacia abajo.

-No debes preocuparte por tus vestidos, vine para asegurarme que te encontrabas bien – explica diligentemente preocupada.

-Oh – digo, casi en tono de pregunta.

-Soy tu madre, Isabelle – ofendida me reprocha.

No es que dude de ella, como acaba de decir, es mi madre. Pero no estoy acostumbrada a que sea muy demostrativa, generalmente le veo fría e indiferente ante mi presencia, y cuando tiene la decencia de mirarme, creo que me somete a exigentes procesos de evaluación, a los que casi siempre repruebo. Nunca sé cuándo hago algo bien de acuerdo a su criterio.

-¿Acaba de llegar a París? – le pregunto para salir del incómodo pantano.

-Así es – me contesta.

-¿Ha visto a mi padre? –le pregunto y ella asiente.

-Me contó lo sucedido ¿Cómo te encuentras?

Va directo al grano y me estremezco. Es que me pregunto, cuántos detalles mi querido padre habrá entregado como para que su señora esposa, viniese a mí con tanta premura, ansiosa y sin descanso. No pensaba compartir mi humillación con ella. Ni por todas las bibliotecas de Europa.

Se entera de los principales hitos en la vida de mi hermano y la mía, gracias a las cartas de mi padre o cuando finalmente llega a verle. Lo que aconteció hace un mes, lo sabe solo ahora.

Pregunta cómo he estado y no sé qué se supone debo decir. Pienso que últimamente no he podido estar peor, a pesar de que la he tenido a ella como madre por diecisiete años, así que este debe ser mi punto más bajo en la vida… Por el momento.

Me esfuerzo por estudiar duro todo el día, por volver a compartir con mis amigas, pero cuando llega la hora de dormir, hago un nido bajo mis frazadas y, a veces, me siento tan desesperada que lloro hasta quedarme dormida.

Decido ser parcialmente honesta con ella, es que no puedo decir Me aliviaría mucho que me diera un tiro en la cabeza, la mejor opción es –He estado mejor, pero padre dice que el tiempo lo cura todo.

-Eso es cierto – con media sonrisa, contesta – estarás bien.

Me parece que acaba de tratar de subir mi ánimo. Poco convencida, me muerdo los labios. Creo que es la peor prestidigitadora y guía espiritual que haya existido. Pero, esta vez, al menos lo intentó.

-¿Cómo estuvo su viaje? – cambio de tema.

-Largo – lacónica como suele ser, contesta.

Realmente no sé cómo se las arregla para inhabilitar al interlocutor, a agregar algo más a la conversación.

De una mano a otra paso mi bouquet de mentas, pensando en la excusa que me permita largarme de aquí, pero con ella no hay alternativa sino apuntar al blanco – Pensé que estaría molesta– le confieso.

Confundida, abre aún más sus grandes ojos – ¿Por qué razón?

Le quedo mirando a la cara y por un momento dudo. Ojalá ya se fuera.

Arquea sus cejas aún más, demandando una respuesta, así que la entrego – Porque acabé con mi compromiso, las relaciones entre padre y los Chatelet han estado tensas.

-Oh, tiene sentido – dice.

Eso no me tranquiliza, tiene esa mirada fría y analítica sobre mí. Luego cruza sus manos tras la espalda, da una mirada al edificio en donde está emplazada la escuela y mueve la cabeza en señal de negación; ¡Ahí está! ¡Otro examen que repruebo! En medio de la pacífica exhalación de los árboles, la escucho suspirar decepcionada

–Oh, Isabelle… Nunca consideré sensato que vinieras aquí –dice.

No me sorprende que lo diga, pero de igual modo me afecta.

-¿Por qué? – pregunto, y como no dice nada de inmediato, de forma cansina el oscuro resentimiento de mi niñez comienza a brotar en mí de nuevo.

-Tienes que admitirlo: tu lista de pretendientes disminuyó notablemente después de tu entrada.

Asiento a lo que dice. Me alejo algunos pasos, hacia unos parterres de flores en donde dejé mis guantes de jardín y unas tijeras. Me inclino para cogerlo todo.

-Sí, me he convertido en un ser indeseable– digo guardando mis tijeras en mis bolsillos, negándole mi mirada.

Pero, mi madre pierde rápidamente la paciencia conmigo. Como un rayo, su mirada se dirige hacia mí; - ¡Oh, Isabelle no seas ridícula! - malhumorada me reprocha. – ¡Sabes perfectamente cómo remediar todo esto!

Me incorporo, me esfuerzo por cerrarme a ella, por mantenerme serena, pero esto último no lo logro.

-Por favor, no llores- me ruega y maquinalmente me trago todo.

Silencio y más silencio entre las dos, como siempre. Sé que ninguna sabe qué hacer, el ritmo de nuestra relación ha sido torpe y forzado desde que recuerdo. Siento que me observa, pero yo no le correspondo de regreso -No debes preocuparte –me dice con mirada inquieta – tu padre y yo resolveremos nuestros asuntos.

Obligada, le vuelvo a mirar brevemente.

Después de una nueva pausa, o abismo, pregunta –¿Qué harás ahora?

Aclaro mi garganta -Prácticas, en el Hospital.

A esto fija su atención en mí –¿Prácticas? – pregunta con aire desconfiado –¿No es que sólo estudiaban?

-También se debe aplicar lo aprendido, madre – explico abriendo más signos de interrogación en su cara - No nos dejan solas, hay médicos y matronas supervisándonos siempre – agrego y por lo menos algo logra aquietarse.

-Bien, entonces es hora de que me marche. – dice, y nuevamente me sorprende con un gesto. No me da tiempo a reaccionar, avanza hacia mí, coge mi mentón y besa mi frente, se da media vuelta y se encamina.

-Le acompaño a la salida – Ofrezco, elevando un poco mi voz para que me escuche.

-No voy a extraviarme, Isabelle – con sarcasmo contesta. Pero para entonces yo ya le he alcanzado.

-Está de paso; tengo que recoger mis permisos de salida en portería – explico. Siento algo de placer al verle un gesto desencajado.

-¿Quién te entrega esos permisos? – pregunta mientras comenzamos a avanzar.

-Se solicitan salidas a nuestra directora, ella envía la solicitud al tutor legal y espera la autorización, que entrega a una enfermera encargada de este tipo de registros. – le explico

-¿Y a dónde irás?

-A casa, por supuesto.

Por un segundo nos quedamos mirando la una a la otra.

–Excelente – me dice.

Y no sé si lo dice por el hecho de que vaya a casa en los días subsecuentes, o por cómo nos controlan en esta escuela.

Caminamos hacia la salida en completo silencio, pero la verdad es que es mejor así. A veces pienso que es todo lo que tenemos, la ausencia de nuestras voces más el sonido de nuestros pasos.

Cuando pequeña me llevaba de la mano a donde tuviésemos que ir, y he observado desde entonces que es la parte más fácil de nuestra relación, caminar juntas hacia algún lado, porque basta que una de las dos decida abrir la boca para terminar en discusión.

Es complicado, nosotros, nuestra pequeña familia. Nuestros conocidos saben que tengo madre, pero al verla serían incapaces de reconocerla como tal. Justo ahora, estudiantes y profesores a nuestro alrededor, ven que un hombre me acompaña a la salida.

Desde el umbral de la entrada a la escuela, cómplice de su transformación, le veo montando su caballo. Me envía una seña de despedida y con un nudo en mí garganta, yo la devuelvo. Para todos, en la inmediatez del presente, a mi madre no la pueden encontrar en ningún lado.

Y tampoco yo.

Siempre ha sido como una maldita pared de ladrillos.

LAS VELAS DE NUESTRA HABITACIÓN ESTÁN LEJOS DE SER EXTINGUIDAS. Mi pensamiento flamea intranquilo.

Aurore y yo somos las únicas arropadas en nuestras camas.

La mayoría de las estudiantes de Segundo año, somos alojadas dentro de la escuela para cumplir nuestros extendidos turnos y horas de estudio. Siendo así, catorce mujeres, de variadas edades y orígenes, duermen en tres habitaciones. Aurore y yo compartimos una con tres chicas más, que, en este momento, se encuentran atendiendo a sus pacientes.

La pequeña llama sobre mi velador corcovea, pero aun así suaviza el tono de las paredes y el ambiente que nos cobija.

Después de la charla con mi madre, ya era hora de la cena, así que me había encaminado al refectorio.

Inquieto ambiente encontré al llegar. Había muchas mesas para sentarse y servirse las comidas del día, pero las alumnas se hallaban apretujadas contra una sola.

Yo no me había acercado al tumulto; si algo quería en ese minuto era paz, salir de mi cuerpo y transportarme a otro universo, lejos de este mundo sustentado por las críticas de Oscar. Su visita no me había traído ningún alivio, sólo reafirmaba y reiteraba, que la única culpable del lío en el que estaba era yo.

La calma que anhelaba se distanciaba y un par de horas después, no podría escapar más. Aurore comenzó a actualizarme sobre los chismes y rumores, desde que llegamos a recogernos en nuestra habitación, iniciando con frase acusatoria "Isabelle, no estás escuchándome"

"Claro que sí"

Hablaban sobre la pareja que yo había visto en el corredor, junto a nuestro director y minutos antes del arribo de monsieur Oscar. Se apellidaban Bouscat. El hombre era tío de Ana y la mujer, su propia madre. Ambos habían llegado acompañados por dos oficiales de policía.

- Así que… ¿Creen que Irene está involucrada? - pregunto a mi amiga, que, impaciente con mi comportamiento, ya me conminaba a decir algo.

"Todo es culpa de ese Chatelet, desde que lo viste con las manos en la masa, que andas aburrida y aletargada, como el otoño" había dicho anteriormente.

Desde su cama, Aurore me mira con caras de impaciencia - Por tu "problemita", no pudiste ver lo que sucedió en su momento: Irene se tornó muy interesante para un inspector de policía, y sobre todo para la madre de Ana.

La madre de Ana, había empacado todo lo que pertenecía a su hija hacía casi un mes. Con el correr de los días, mientras inventariaba, observó qué algunos ítems no estaban. Pensó que serían objetos y ropas que su hija se hallaba usando cuando desapareció. Pero, a la mujer le llamó la atención esa enfermera fisgona, de curiosa apariencia que se acercaba a ella a platicar sobre Ana. Su aspecto era hosco y similar a la de las villanas de los cuentos de hadas, de aquellas que envenenan a las doncellas. Quería salir de las dudas, así que realizó una petición a nuestro director.

Hoy el cuartucho de Irene, fue puesto patas arriba al ser requisado y lamentablemente, encontraron algo con qué inculparla. La teoría que fue construida en base al hallazgo, fue que la vieja enfermera había robado a la joven partera y se había deshecho de ella para mantener su inocencia.

-No creo que haber encontrado un brazalete sea suficiente para apresarla e inculparla – le comento a mi amiga.

-Lo sé – contesta y, como una niña pequeña, agita y bate los pies bajo las frazadas hasta finalmente sentarse. Estira el brazo hacia su mesa de noche, toma un cepillo, lo aplica sobre su pelirrojo cabello unas cuantas veces, devuelve el artefacto, toma su diario y realiza algunas notas, quizás sobre su última asistencia a un parto. De repente se detiene y mira al vacío.

-¿Y ahora qué se te ocurrió? – le pregunto y se voltea a mí, una idea brilla en sus ojos avellanados.

-¡Tenemos diarios! - entusiasmada me chilla.

-Tenemos- contesto, con mi alma extrañamente embotada

-Si tuviésemos su diario de registro…

-¿El diario de quién?

-El de Ana, por supuesto – me aclara– si lo tuviésemos, sabríamos quiénes eran sus pacientes, los lugares en dónde les atendió. Quizás el último lugar en dónde estuvo; escribimos todo en los diarios de partería – iluminada mi amiga concluye, pero olvida algunos detalles.

-Siento decírtelo, pero es posible que el diario se encuentre entre todo lo que su madre llevó de aquí, como también es posible que se haya extraviado con ella.

Un largo silencio se despliega tras esta conversación. Sigo mirando el claroscuro de nuestra habitación, con aquella sensación poco familiar dentro de mí; letargo, falsa sensación de paz.

- ¿Qué te pasa?

Me volteo y me doy cuenta que probablemente, Aurore ha estado mirándome por largo tiempo. Y aquí estoy yo, sin saber qué contestar.

- ¿Qué? … - despistada, le contesto.

-Algo va distinto contigo - observa, con la vista sobre mí. – Fue tu madre ¿cierto? Te dijo algo desagradable.

-No quiero hablar sobre ella, Aurore – digo, me doy la vuelta y abrazo mi almohada.

Octubre 27, año 1807

OSCAR

UN ENVIADO DE LA CORONA ESPAÑOLA LLEGÓ A FIRMAR UN NUEVO TRATADO AQUÍ, EN FONTAINEBLEU. El Señor Izquierdo, consejero de Carlos IV y de su muy cuestionado primer ministro, Manuel de Godoy, ha venido a negociar con nuestra parte, monsieur Gérard Duroc.

Sólo me encuentro aquí para asegurar el orden de este evento y la de quienes participan, hasta su término.

Preveo el planeamiento de otra campaña, otras batallas qué pelear.

Podría decirse que este acuerdo ha dejado conformes a ambas partes, pero eso puede ser cuestionado con facilidad. El objetivo del tratado, es tener de aliado al reino español para poner a Portugal bajo control, ya que se ha negado a cooperar y proceder con el bloqueo continental a Inglaterra.

Los términos de la alianza son una supuesta repartición de territorios. Una vez que Portugal sea invadido, será dividido en tres zonas. El Norte, comprendiendo Oporto, sería entregado con el nombre de Reino de Lusitania al sobrino de Fernando VII, Louis II de Etruria, en compensación de los territorios italianos entregados a Napoleón. La porción media, Beiras, Trás os montes y Extremadura Portuguesa, serán reservados para un posible intercambio por Gibraltar y la Isla de Trinidad, ahora en manos de Gran Bretaña. La zona del sur, Alentejo y Algarve será entregada a Manuel Godoy y su familia como el Principado de Algarves.

En cuanto a las colonias españolas, su reparto entre nosotros y España, será dejado para un acuerdo o tratado posterior.

Hace ya algún tiempo, todo esto me está pareciendo una gran farsa. El espíritu de nuestra revolución se ha disipado casi por completo. La empresa de esparcir los ideales, de esta ha sido opacada por tratados de tono arrogante como este. Me sorprende que España haya cedido: para invadir Portugal junto a ellos, nuestras fuerzas deben acantonarse en su propio territorio. Debería preocuparles que nuestros hombres doblasen el número dentro de su propio ejército.

No se ha dado aún el número de regimientos involucrados en esta tarea, o quien de todos nosotros estará a cargo. Cualquiera sea el plan, se encuentra envuelto por aires de sigilo, de clandestinidad.

Nadie cuestionará nada, hasta nuestros líderes son guiados por una fe ciega.

Ya es tarde. El sol se oculta y he de supervisar a dos oficiales en comando, de las brigadas enviadas para la protección de las autoridades asistentes. Su reunión ya ha terminado hace unas horas y debo despachar a mis hombres cuanto antes…

… En verdad, sólo deseo ir a casa.

ESTUVE MUY CERCA DE DEJAR MI UNIFORME, PERO DESPUÉS DE TREINTA Y TRES AÑOS, un adulto como yo, encontró demasiado difícil remover los hábitos que construyeron su vida, su identidad.

No tengo excusa para lo que hice, y nadie me perdonará por ello.

Mi nombre es Oscar François de Jarjayes. Nacida en familia Noble, fui criada para convertirme en guardián y protector de la Familia Real de Francia. Por mi honor juré cumplir con esta tarea, siendo muy joven. Casi veinte años después, me deshonraría a mí misma y a mi familia, al cometer un acto de traición imperdonable.

Renunciar como capitán de las Guardias Reales, para convertirme en el comandante de una Compañía de Guardias Franceses, no fue imperdonable. Pero que mi compañía y yo, nos uniésemos a las insurrecciones del verano de Julio de 1789, lo fue y cambió todo.

SON LAS CUATRO DE LA MAÑANA CUANDO LLEGO A ÉL en Saint Germain, en la casa que una vez pretendimos convertir en nuestro hogar. Fue mi culpa que el plan no funcionara del modo en que debía ser…

Está despierto. Desde la calle puedo ver las luces, iluminando las ventanas de la sala.

Por mi misma, hago mi camino al interior de nuestra propiedad. Por un jardín y hasta un establo en donde puedo asegurar a mi caballo.

Regreso por el jardín, tomo un corredor hacia una puerta de entrada y sigo un pasillo que me guía directo a donde está.

-¿Dirías que es tarde por la noche o temprano por la mañana? – pregunta. Se encuentra frente a una mesa, con un periódico desplegado sobre esta, pero ha levantado la vista hacia mí.

-Temprano por la mañana, por supuesto - contesto.

-¿Qué tal una taza de chocolate? – dice apartándose del periódico y moviéndose hacia una esquina de la sala, en donde una mesa más pequeña se halla servida con su ofrecimiento– en dos horas más debo regresar.

Comenzó como mi sirviente, cuando tenía ocho años. Obtuvo su libertad al finalizar su servicio como guardia francés en la compañía que yo comandaba. Tenía treinta y cuatro años.

Sus días como soldado, terminaron un día antes del ataque a la prisión de la Bastilla.

Un disparo en el pecho casi se lo lleva a la tumba. Recuerdo cuánto le costó recuperarse.

Aquella espera fue una tortura.

Entonces, concentrada en la variación de colores en su rostro, de cuantas pequeñas raciones de comida aceptaba su extenuado cuerpo, velando su sueño y el ritmo de su respiración, yo permanecía inconsciente de mí misma.

La Declaración de los derechos del Ciudadano, fueron escritos y dados a conocer el 12 de agosto de 1789. Los hombres eran iguales y finalmente libres. Fue una ocasión feliz y todos lo celebramos.

Yo lo intenté.

Esa mañana vomité hasta quedar reducida a un patético trapo.

"Leve indigestión" decía a quien preguntara, incluso a mi convaleciente André. Fui una tonta, incluso él podía notar que ya nada sería igual.

Me tomó un tiempo aceptar mi nueva condición.

Pero recuerdo esa maravillosa sonrisa, solo una que él puede tener ¡Iba a ser padre!

Rió, se levantó de su cama y olvidando las heridas de su cuerpo trató de alzarme en sus brazos. El dolor frustró su intento. Le obligué a sentarse y descansar pero, luego continuó riendo. Nunca lo había hecho tan feliz, por eso no dije palabra. Debía celebrar con él. Merecía eso y mucho más.

Los problemas no terminaron allí. Incluso antes de esa noticia, mi deseo era unirnos en matrimonio, pero mi sola identidad y reputación fueron obstáculos para ir más adelante con este plan. De acuerdo a la ley, yo era un hombre.

Así como mi vientre crecía, Oscar iba retirándose de la vida pública; no encontraría forma de explicar el fenómeno que afectaba a su cuerpo. Cómo excusarse, cómo construir sin cimientos, la verdad se desplomaría sobre mí en cada momento, por mucho que lo intentara no lograría engañar a nadie.

Mi cuerpo se dilataba y mi libertad se reducía.

Al quinto o sexto mes, dejamos el departamento en donde los Chatelet nos habían alojado y mudamos a nuestro primer hogar. Una vez allí, reduje mi vida al interior, sobre todo mientras esperaba a que naciera nuestro bebé.

Hasta entonces no sabía que iban a ser dos.

El quince de abril de 1790, tras horas de un dolor inigualable a cualquier herida que haya sufrido en batallas, di a luz a un niño. No admití objeción de su padre. Le llamé Alexandre Gerard.

Pero minutos después, de forma inesperada nuevos dolores me atormentaron. Dieron paso a una pequeñísima criatura, una que nadie pensó que vendría. Quise llamarle Maia, pero André reclamó la victoria cuando nuestra bebita reaccionó. Abrió sus ojos cuando le llamó Isabelle y casi burlón dijo "¿Ves? ¡Le agrada!"

El consenso fue Isabelle Maia.

FUE ABRUPTO. UNA MEDIATARDE DE PRIMAVERA, UN PAR DE MELLIZOS ME HABÍAN ATRAPADO. No es racional pensar que dos seres, sean ante todo más importantes que cualquier ser humano en todo el mundo, pero para mí, Isabelle y Alexandre lo eran. Lo siguen siendo.

No dormí. Me instaron a hacerlo; estaba exhausta, pero no quería que los alejaran de mí. Debía ver cómo eran aseados y cambiados de paños. Debía saber cómo hacerles dormir, debía conocer a la nodriza que los alimentaría, porque no permitiría su entrada jamás a nuestro hogar. Yo era la madre; yo debía procurar el cuidado de mis bebés y no podía fallarles.

Pero tras dos días y eternos llantos, habría de conseguir el paradero de una segunda nodriza, ya que mis fuerzas no fueron suficientes para alimentar a ambos niños.

El sol salía y luego la noche caía, y todos los días eran iguales. Habilidades de sala cuna no estaban lejos de mí, sino inalcanzables, y la asistencia de mis sirvientas para realizar la tarea más simple era siempre requerida. No sabía con seguridad qué diablos estaba haciendo con mis pequeños, necesitaba a una criada para confirmar si el pañal estaba asegurado y no escapara materia de ningún tipo, si mi hijo tenía fiebre o quizás le había arropado demasiado, cuánta ropa debía quitarle para que no le atrapase un resfriado, ¡qué debía hacer para que dejase de llorar, si ya había probado todo!... ¡Dios! ¡Nunca fui preparada para esta vida! ¡¿Por qué otras madres sabían exactamente qué hacer?! Dormía y despertaba cuando ellos lo hacían, corría a ellos ante cualquier llanto, el dolor me atacaba cuando a ellos les escocía… ¡Era feliz cuando sonreían o un nuevo gesto se dibujaba en sus regordetas mejillas, cuando caminaron y hablaron, mi pecho habría podido explotar de emoción...!

¿Qué se necesita para ser madre…? Creo que nunca lo llegaré a saber...

Inmersa en toda esta confusión, escuchaba ese zumbido de realidad que jamás había cesado a pesar de mis nuevas preocupaciones. Mis hijos alcanzaban los dos años de vida y el mundo se venía encima de nuestra joven República.

En medio de esta, André intentaba sobrevivir. Poco a poco maduraba y comenzaba a conocer una parte de él, que yo nunca le había permitido descubrir. Había trabajado duro durante toda su vida, pero nunca cosechó los frutos de su esfuerzo. Él me asistía a mí, por lo tanto, yo cosechaba el éxito.

Luego sus hijos nacieron, y el destino le desafió a encontrar su propio camino. No podía retornar a su uniforme. André tenía un ojo ciego y ya que no contaba con un amo que usara sus influencias a su favor, no sería admitido nunca más.

Nuestros ahorros nos mantuvieron en una vida sobria, mientras él establecía nuevas conexiones y luchaba por obtener una posición. Eventualmente vio un buen resultado.

Le recuerdo llegando cada día, como si un peso enorme se hubiese levantado de él. Era el mismo de siempre, pero distinto, como si una fuerza dentro de él fluyera con más naturalidad, más independiente y resuelto de lo que había imaginado. A aquella resolución que en ocasiones había demostrado en su niñez, y que yo solía llamarle desobediencia y rebeldía. Unos cuantos azotes de mi padre, habían reprimido aquella conducta que entonces volvía a surgir como una virtud.

Cuando sus niños recibían su beso de buenas noches, parecía completo. Luego me encontraría a mí y sonreiría, yo avanzaría a él y lo reclamaría para mí. Preguntaría cómo había sido mi día, y yo sabía que él deseaba oírme decir que había sido tan retador y realizador como lo había sido para él.

¿Lo había sido?

Había una monstruosidad de respuesta a esa pregunta, un grito horrible amenazando con destruirme. Así que asentía y comenzaba el relato de dos niños pequeños y su torpe madre.

La mayoría no desea dejar a sus hijos y esperaba a que André pensara eso de mí, ya que me excusaba ante cualquier invitación, en la que tuviese que aparecer en público.

Eventualmente, creo que asumió que debería atender a estas por su cuenta. Se convirtió en un hábito para ambos. Nuestras únicas salidas eran a la calle de L'Odeon, al departamento de los Chatelet.

Problemas aún más desastrosos llegaron a nuestra nación. Estábamos en crisis, pero sorprendentemente, nuestros nuevos gobernantes electos decidieron declarar la guerra.

No teníamos ejército o los recursos para mantener uno. Aunque muchos civiles estaban dispuestos a pelear y defender lo que tanto les había costado obtener, no poseían entrenamiento en absoluto.

Miembros de un ejército en ruinas recorrían París, y el resto de nuestra geografía en busca de los pocos oficiales en jefe de élite, para entregar instrucción a una masa de reclutas inexpertos. Eso supe y pude confirmar cuando André regresó de otra velada solo y sin su esposa.

Le encontré cuidando el sueño de nuestros hijos. Me detuve ante la entrada de su habitación y le saludé. "¿Cómo estuvo tú tarde? ¿Bien?"

"Vi a Alain" dijo, apartando suavemente un mechón de la frente de Alexandre. Volvió su rostro a mí

"¿Cómo se encuentra?" pregunté desde mi lugar.

Tenía que recordar que había excluido a Alain, y a cualquiera otro de mis subalternos, al iniciar mis nuevas actividades. No fue difícil. No había tiempo ni para mí misma o para atender la más básica necesidad, dormir, asearse, comer.

Comencé a perderle de vista y en dos años, lo que fuera que hubiese vivido, parecía un sueño. Yo parecía haber sido un sueño.

Ese día el sueño volvió más real que nunca, no sentí miedo. Fue lo opuesto y eso era peor.

"El ejército lo ha reclutado" contestó, inusualmente cortante "dice que muchos preguntan por ti…"

"Iré a la cama, no les despiertes" le ordené y me marché.

Lo odié ¿Por qué tuvo que decírmelo?

Al día siguiente, cruzaríamos un par de palabras y se marcharía, lo cual estaba bien según mi humor del día, que era terrible.

Llegaría la noche y me haría saber sobre los dos oficiales que le habían visitado. Ya que había sido el antiguo valet de Oscar François, se hallaban seguros en que él podría localizarlo y entregarle la urgente misiva.

"Te dejaré a solas para que lo leas" dijo mientras tomaba el sobre sellado de sus manos.

"No será necesario" dije, pero cuando aparté mi atención del correo, me encontré sola frente a mi escritorio.

La llamada de Isabelle me arrancó de allí. Dejé la carta sobre mi escritorio y fui en su búsqueda. La encontré tumbada en el jardín, en medio de margaritas. Al verme, sonriente caminó a mí con una mano extendida. Un caracol vertía mucosas sobre su mano. "¡Isabelle!" le reproché, quitando al molusco de su palma. Comenzó a llorar cuando saqué de sus bolsillos otros animalejos, piedras y tierra… Siempre le gustó jugar con tierra...

Sabía el contenido de aquella misiva, el pedido formal para hacerme parte en el entrenamiento de un cuerpo del ejército.

Pude confirmar lo anterior, cuando mi hijo descubrió mi escritorio. El pequeño niño de manos inquietas, rompió y abrió muchos documentos, pasando una amena tarde gracias a mis tintas y plumas.

"Sólo tiene dos años" André dijo, abogando por él.

Solo diré que si su padre no lo hubiese levantado de mi silla, habría recibido sus primeras nalgadas.

Mientras reorganizaba y colocaba todo en su lugar, leí lo que quedaba de la carta de un oficial llamado Kilmaine, a quien en el pasado sólo conocí por reputación, cuando solíamos servir a nuestros reyes. Implorar por ayuda no era vergonzoso, para el soldado de orígen irlandés en ese instante era imprescindible; suficientes razones tenía para hacerlo. No exageraba al utilizar la palabra "patético" para describir el estado de nuestras fuerzas militares. El dinero en las arcas era inexistente, uniformes y armas eran herramientas inalcanzables, al igual que comida y otros insumos.

Era alarmante, una pesadilla, pero todo lo que debía hacer durante la siguiente hora, era darle a mi hijo un buen baño.

Recuerdo cómo mi frente hervía; había logrado quitarle la ropa al pequeño fugitivo del jabón y el agua caliente, pero había huido desnudo por los pasillos riéndose mientras le perseguía. Sylvie, nuestra criada más joven, preparaba una bañera en el cuarto de los niños, mientras Alexandre intentaba esconderse bajo una cómoda en la habitación de su padre y mía. Sólo logró poner a salvo la mitad de su cuerpo. Cuando tomé su pie, sobresaltado, golpeó su propia cabeza contra la parte inferior del mueble. Su llanto fue un aullido interminable, pero sólo así pude tomarlo en brazos y llevarlo a la bañera, mientras besaba y acariciaba su cabecita.

A pesar de las burbujas y el agua tibia, se quejaba constantemente, cuando nuestra criada y yo nos inclinamos ante la bañera a fregar su rostro y manos manchadas en tinta.

"Te enseñará a no jugar con las cosas de tu madre" escuché a su padre diciendo. Su reproche se hundió en su risa afable. Había entrado y cerrado la puerta tras de sí.

"¿Él mismo te entregó esa carta?" Le pregunté, volteando mi cabeza hacia él por un breve instante. Debido al gesto incauto en su rostro, agregué "Kilmaine"

"No tuvo alternativa" asintiendo dijo "No hay quién le asista"

"Lo sé" respondí, devolviéndome a mi hijo, quien había tomado la barra de jabón de las manos de Sylvie y dado un mordisco "describió la situación interna de forma bastante clara, es desolador, no tenemos cómo defender a nuestro país" continuó mientras yo introducía mis dedos en la boca de Alexandre y quitaba el trozo de jabón mientras mi pequeño reía por su trastada.

"¿Qué vas a hacer?" preguntó casi al mismo tiempo, en que escuchamos diminuta voz llamándole del otro lado de la puerta sobre la cual él se afirmaba de brazos cruzados.

"Realmente no puedo decirlo, André" respondí, indicándole a la criada que saliera y atendiera a mi hija.

André abrió la puerta dándole el paso, volvió a cerrarla sin quitar su atención de mi rostro "Nuestro estado es crítico" insistió, por alguna razón que no entendía entonces.

Dudé. Había algo en su tono; ansiedad. Sylvie había salido a atender a Isabelle

"¿Nuestro estado?" pregunté, volviéndome nuevamente a él y luego hacia los reclamos y chillidos de nuestro hijo, y luego a él y de regreso, y así hasta el infinito "Habla más claro" demandé irritada.

"¿Hay forma más clara de exponerlo? Tú, más que nadie,sabe qué está pasando" extrañado me cuestionó.

¿Dónde? Me pregunté. Una barra de jabón resbalaba de mis manos y hundía bajo el agua. Mi hijo rio. No sabía que su madre también se hundía y comenzaba a disolverse. "¡Qué esperas que haga!"

"Lo correcto, Oscar" calmado y asertivo contestó, "Siempre lo has hecho, no puedes ser de otro modo"

Aquella respuesta colmó mi paciencia. Hacer lo correcto habría sido dividirse en dos; una porción de mi ser para mis niños, otra para mi nación y su lucha ¿Cómo podría? "¡Abre la puerta de una vez!" ordené a André.

"Oscar" protestó y en eso, Alexandre finalmente decidió chapotear y salpicarnos con agua jabonosa, considerable parte del contenido dentro de la bañera se derramó sobre mí y el suelo.

"¡Ya fue suficiente!" estallé y mi hijo se detuvo. Viéndome de pie, él me miró desde su pequeñez, parpadeando una y otra vez rápidamente, sus manos hechas un puño cerca de su rostro, como protegiéndose de mí, un monstruo queriendo salir.

André no dejaba de observarme, pero le ignoré. Mis manos alcanzaron una toalla para envolver a Alexandre. Con él en brazos, abrí la puerta y encontré a su hermana zafándose de las manos de Sylvie y extendiendo las suyas a nosotros.

Tomé su pequeña mano y juntos enrumbamos nuestros pasos a mi habitación.

En ese momento recordé mi primer día en aquella casa. Estaba a pocos días de darlos a luz, antes de eso nada podía separarnos.

Yacimos en el mismo lecho como en aquel día de primavera, cuando nacieron. Cuando se quedaron dormidos, comencé a llorar. Sus pequeños cuerpos, relajados, ojos y bocas cerrados, su suave respiración era todo lo que oía mientras acariciaba sus rostros. Estos momentos eran los más difíciles; cuando mis niños entraban en el sueño; se encontraban en su propio mundo y yo quedaba en el mío, sola. Con nada que hacer, mis deseos y pensamientos me acosaban. Pero en ese día, me fue imposible reprimirlos.

¿Cómo explicar el sentimiento de querer estar con quienes más amas y al mismo tiempo querer estar en otro lugar...? Es imposible.

André abrió la puerta, desde el umbral nos observaba. Estaba arruinando todo para él, una vez más haría de su vida un infierno, pero no había más que ternura en su mirada.

"Perdóname" sollocé.

"Vas a regresar, sé que lo harás"

Sí. Él ya me conocía.

Algunos meses después, yo ya no estaría allí.


Hola ¿cómo están? Espero que muy bien. Bueno, no soy nueva en FanFiction, pero me he demorado caleta (mucho) en actualizar. Les cuento que este fic es casi el mismo que tengo publicado en mi cuenta, pero no tanto... Algo me había dejado disconforme con el que ya tengo publicado, es por eso que solo llegué a redactarlo hasta el capítulo 8... ¿ó 7? En este segundo intento, definí y delimité el tema a tratar, así como también la trama del fic... Le puse mucho empeño a este pasatiempo (quizás demasiado), así que pedí ayuda a una beta súper talentosa, que creo que todxs conocen, esta es la seca de Only D a quien le mando muchos abrazos y cariños por todo el esfuerzo que ha puesto para betear este fic, absolutamente la recomiendo si quieren ayuda con sus historias y les recomiendo también que vayan a leer sus creaciones si es que no lo han hecho todavía... aunque dudo que no hallan ido y no se hallan enganchado con sus tramas. Bueno, ojalá puedan disfrutar este fic y puedan dejarme sus comentarios y opiniones, me encantaría leerlas. Además, les aviso desde ya que estaré actualizando de forma más frecuente ya que tengo las cosas más claras con respecto a lo que estoy escribiendo, así que nos estaremos leyendo :)

En fin, muchos cariños y hasta pronto.

Trenzas.

NOTA 1: La cita que observan al inicio de este capítulo fue extraída del libro "The almost Moon" por Alice Sebold.

NOTA 2: Como han podido observar, este primer capítulo es básicamente lo mismo que el primero de mi fic publicado en el 2016 ( 8 años! No puede ser!) Pero, es asi y tenía que ser así, porque se trata de presentar a dos personajes que son centrales y presentar la situación en que están y cómo esta se desarrollará o resolvera para bien o para mal a medida que se avance en los capítulos siguientes.