LAS DESAPARICIONES
VII
Noviembre 9 año 1807
ISABELLE
RECUERDO A MI PADRE DICIENDO ALGUNA VEZ, que la vida, en cualquier punto, puede superar tus expectativas. Sin importar quién seas o qué tan profundo estés hundido en el lodo, no importa qué tan bien o tan alto estés; siempre habrá sorpresas aguardando en el camino.
No recuerdo por qué fue que me lo dijo. Creo que trataba de subir mi ánimo en uno de esos días en donde todo se ve plano y aburrido...
En estos momentos extraño sentirme de aquel modo, pues últimamente las sorpresas han ido todas y cada una para mal. Sí, hemos tenido suerte de seguir descubriendo partes, aunque pequeñas, sobre lo que acaeció; pero todo es tan oscuro que estoy ansiosa por algo benigno y luminoso aguardando en el camino.
Estoy triste y con falta de energía, pero hay que continuar.
Seis días antes, ocurrió mi último encuentro con Custance. Convenimos como la vez anterior: ella llegaría en una diligencia a la que yo subiría junto a Morgaine y nuevamente, entablaríamos una conversación sobre el crudo tema de siempre.
Ese día, nos dirigimos a aquella casa perteneciente al general Guillaume, pero a reunirnos con la servidumbre que la hacía funcionar.
Al preguntar sobre qué podrían haber observado aquella noche, la mayoría dijo no haber visto nada. Sólo cuatro mucamas dijeron haber escuchado algo. Lamentos o llanto. Pero, había sido un ruido demasiado leve, lejano. Además, estaban cansadas y les esperaba otra rutina exhaustiva al día siguiente, de modo que lo achacaron al viento o al aullido de algún animal, por lo que simplemente se dieron la vuelta bajo sus frazadas y volvieron a dormir.
Uno de los trabajadores de servicio se mantuvo atento. Se trataba de uno de los dos cocheros de la casa, el más joven, de veinte años. No estaba deseoso de hablar con nosotras, pero Custance se encargó de persuadirlo y de sacarlo del rincón desde el que nos oteaba.
No estaba seguro de lo que había escuchado en la oscuridad, pero sí recordaba que lo había perturbado. Honestamente había intentado dormir aquella madrugada, pero resultó ser el tipo de persona que estando en un segundo piso y a puertas cerradas en su dormitorio, no puede dormir porque escucha una gotera en la cocina en el piso de abajo; Etienne Didier era más sensible o receptivo de lo normal, de modo que hasta que el leve sonido a un kilómetro de distancia de donde él estaba no finalizó, no pudo conciliar el sueño. Lo más evidente para él de que algo pasaba, fue ver aquella lucecilla que los vecinos, de la derruida casa de Arsenault, decían haber visto; una llama muy tenue, palpitando desde el interior.
Dos días después, porque su agenda de trabajo era pesada y apretada, fue a husmear. Aquello que lo picó esa noche, aún le llamaba a rascarse. Temprano por la mañana caminó entre sombras, poco antes de que despuntara el alba. No vio nada, pensó que al entrar hallaría alguien o algo, pero lo único que vino a su encuentro fue un número significativo de moscas que, con sus patitas inmundas, se peleaban una gran mancha oscura sobre el suelo.
Con el ceño fruncido y un gesto de repugnancia sobre sus labios Etienne recordó "Lo que fuera que haya habido aquí estaba descompuesto, claro, sin duda, sin duda" me dijo hablando con prisas, casi como con ansias de tirar el recuerdo lejos de su vida.
Habíamos evitado ese lugar, esa casa… Morgaine y yo. Pero lo que acabo de contar, sólo lo pudimos escuchar dentro de ese espacio en donde presumiblemente Ana perdió la vida…
Etienne nos dio a entender que, para relatarnos lo que había observado tantas noches atrás, debía estar ahí y en ningún otro lugar. Es que, cuando iniciamos la conversación con él, nos hallábamos en el establo de la casa de su empleador y nos dijo "Aquí no puedo contárselo… Aquí vivo y trabajo, no quiero traer lo que haya pasado ahí, acá". De modo que, como si se tratara de un paseo, emprendimos una caminata hasta la propiedad de Arsenault.
Mientras íbamos en aquella dirección, Morgaine quiso explicarle el contexto de lo que intentábamos averiguar, pero él nuevamente puso límite con un "Discúlpeme". No quería saber detalles y solo decía que sentía que no era nada bueno, insistiendo en que más información tendría únicamente el efecto de enriquecer sus pesadillas.
Cuando llegamos a la casa, no tuvimos tiempo para reflexionar si entrar a esta o no. Etienne solo se adentró, rápido, siempre queriendo salir de esto lo más pronto posible. Nos recibió la oscuridad y el frío del interior. Fue singular que afuera se estuviese más a gusto, aún con ese tenue sol otoñal apenas acariciando la espalda.
Dentro, saqué nuevamente mi libretilla de notas, presta a registrar lo que fuera que el joven cochero quisiera contarnos.
"Ésta... ésta habitación de aquí, aquí fue, fue aquí en donde esos insectos se me vinieron encima" dijo al apuntar el piso de piedra manchado, no tan distinto al de mi hogar, en donde las tareas que se le achacan a este tipo de espacio, como el corte de frutas y verduras y la faena de animales para las carnes, dejan este tipo de oscura suciedad que ni la más esmerada criada podría sacar.
"Entonces, ¿qué fue lo que escuchó?" con los pelos erizados pregunté yo a un igualmente erizado y tembloroso Etienne.
"Era difícil de distinguir… Porque esa noche el viento estaba muy fuerte, con muchas corrientes, y todas se dirigían en dirección cruzada hacia nosotros en la casa del general"
"¿Cómo del suroeste y hacia ustedes?" dije, señalando por detrás de mí para asegurarme que estaba bien ubicada en su relato.
"Sí, así mismo, pero lo que hubiese sido no era bueno, nada bueno era…" dudó al encontrarse con mi rostro y desde ese momento pareció coger con pinzas cada frase que emitía.
"¿Qué Señor Didier?" Lo animé.
"Ese sonido parecía advertir que había que tener cierto respeto al lugar de donde provenía y eso me persiguió… así que cuando pude vine aquí y…y… pues no he conseguido olvidarlo, pero no quiero indagar en ello y quizás ustedes señoritas, no deban hacerlo tampoco"
"No, no deberíamos" le di la razón "pero ya nos hemos decidido a continuar, así que si observó más detalles en este lugar, lo escuchamos"
Morgaine se tomaba los brazos, los frotaba con sus manos, arriba y abajo desde los codos hasta los hombros; se había alejado de nosotros hacia una esquina y miraba hacia abajo, lejana, contemplando algo invisible. De repente reaccionó y salió de esa postura, con halo de angustia caminó hacia nosotros "Voy a hablar con el cochero" me dijo al pasar por mi lado en dirección a la salida. Estaba tan descompuesta como yo. Etienne le siguió con la mirada y luego se volvió a mi.
"Sólo quédese con que lo que pasó aquí fue terrible, no puedo decirle más"
"Él es muy sensible, sabe" Custance intervino refiriéndose a Etienne "A su abuelo no le gustaba eso, que husmeara y contara historias extrañas, así que su madre lo envió aquí a la ciudad, para evitar que lo apalearan" agregó y yo le respondí con un gesto que fue más una mueca que sonrisa.
"No husmeo Custance" serio, Etienne se defendió. "Nunca lo hice"
"Quizás las historias lo encontraban a usted" comenté, porque sentía que él sabía más de lo que decía.
"¿No es usted una de esas molestas personas que se creen adivinas o pueden leer la mente verdad?" con cierta ironía me emplazó.
"Desearía serlo, me ahorraría tantísimo tiempo" confesé "¿No vio nada más, días después me refiero?" continué.
"Es curioso que lo pregunte, porque desde hace años, desde que llegué a la ciudad, todos los jueves, por las ocho de la noche, alguien se para frente a la casa" algo inquieto contestó "Era un hombre, que veía a la distancia mientras aguardaba a que Madame subiera al coche, podía verlo a lo lejos y luego mientras emprendía el viaje: es como que contemplaba este lugar sin prisas, él entraba y no sé qué es lo que haría o cuánto tiempo estaría aquí… por qué lo haría me preguntaba, era inquietante, ¿quien sonríe ante este lugar tan triste y abandonado?"
"Y ese hombre ¿sigue apareciendo?" Pregunté, él asintió "¿podría describirlo o reconocerlo?"
"Sí, es un poco más alto que usted, de cabello castaño… no oscuro, pero no tan claro como el de usted, y el café de sus ojos, no, no es café, es pardo"
"Como los suyos" le dije.
"De color sí, de lo otro… no" dijo y en medio de ese terreno agreste logró hacerme sonreír con expresión tan curiosa, él reaccionó avergonzado ante mi gesto "Es que no daba confianza, señorita y de más estaría decirle que no intente encontrarlo"
"¿Por qué? ¿Sabe sobre él algo más que aquella sensación que tuvo en las ocasiones en que le vio frente a esta casa?"
"Nunca le he encontrado más que en aquellas ocasiones" contestó "Pero, no creo que sea una buena persona" agregó.
"Puede ser un juicio poco justo de su parte asumir eso, ya que solo le ha visto observando esta casa y ni siquiera entablado conversación con él"
"Podría tener razón" dijo y sentimos cómo Custance tomaba distancia.
"Quizás le vio en otra ocasión" sugerí dirigiéndome a Custance, ella desvió la vista hacia la salida.
"No" rotundo, Etienne contestó por ella, pero yo insistí.
"¿Sabe cuál era su nombre?"
"No" extrañado dijo.
"¿No logró ver a alguna persona ingresando a esta casa ese día 15 de septiembre?"
"Creo que habría visto algo si no hubiese estado llevando a la señora de Guillaume a ver sus visitas, ella trata de mantenerse muy ocupada, y ese día no fue la excepción"
"¿Sabe cuál era el nombre de la familia que solía vivir en esta casa?"
"No estoy seguro" dudó "entre los sirvientes de la casa del Señor Guillaume han hablado de las gentes que habitaban aquí, y podría… algo de Arnault o Arsenault"
"¿Cómo se llamaba el hombre que veía usted acercarse por las noches aquí?"
"No lo sé, y creo ya habérselo dicho"
"Sí, es cierto" con el aire mimoso de las disculpas, dije.
Tras unos momentos, nos devolvimos a la casa del general. Custance nos hizo sentar junto a ella en las cocinas y sin mucho ofrecimiento o preguntas nos sirvió té caliente, grandes rebanadas de pan de la casa y platos de un caldo que de haber estado sabroso jamás lo habría notado, ya que estaba tan hervido que me había escalfado la lengua a la primera cucharada.
Como si nada, Etienne tragó el hirviente caldo y se dirigió a completar sus deberes del día.
"Custance, cuando dijo que Etienne era sensible ¿a que se refería?"
"Le costará un millón de francos aquella respuesta, Señorita Grandier"
"Entonces, no se preocupe…Olvídelo" contesté y ella sonrió.
Nos marchamos aún más pálidas y atemorizadas de lo que ya estábamos, pero al menos con dos pequeños trozos más de información en los bolsillos. Por un lado, el relato de Etienne confirmó una vez más de que algo violento había pasado y por otro, Morgaine pudo confirmar una vez más que el cochero de nuestra diligencia, sin ninguna duda, había dejado a dos jovencitas delante de esta ruinosa propiedad el día 15 de septiembre alrededor de las siete de la tarde.
MI CORRESPONDENCIA DEL 6 DE NOVIEMBRE, HABÍA ESTADO ACOMODADA A LA CABECERA DE MÍ CAMA. Ese día, a lo lejos y a primera vista, reconocí la letra de mi madre, rodeada por timbres y estampas de los couriers del ejército. Luego la letra de mi madrina en un segundo sobre. Decidí darle prioridad a esta última, ya que pensaba que probablemente habría habido un cambio de horario en nuestra siguiente visita dominical a la casa del señor Lanois. Rompí el sello y la leí, y me di cuenta que estaría ocupada en mi primer día de descanso.
Por otro lado, mi madre, me sobre avisó que en dos semanas más asistiría con ella a un baile en honor al cumpleaños de la esposa del general Guillaume… una sonrisa se dibujó en mi cara. Feliz coincidencia: dentro del itinerario de Emma, Therese me había indicado que ella estaba obligada a atender a este mismo baile.
Ahora he vuelto a revisar aquella carta que había abierto días antes, luego reviso mi reloj apuntando las cuatro y media.
-Oye, ¿a dónde vas? - pregunta Aurore al verme colocar sobre mis hombros una capa y buscando mi bolsa.
Titubeo un momento y a esto ella dibuja un gesto de extrañeza en su cara – Mmmm… Mi madrina… necesita verme – respondo agitando su carta – es sobre el señor Lanois ¿recuerdas que te lo mencioné?
-Si… -dice poco convencida – ¿y de qué se trata específicamente…?
Comienzo a sentirme algo insegura ¿Por qué más preguntas? ¿No es suficiente información? ¿Tengo algo dibujado en el rostro? Deslizo mis guantes por mis manos y contesto. Me siento como cuando practicamos para exámenes orales.
- Ummm… no recuerda muy bien qué aceites tienen efecto antiinflamatorio … creo que hay reumatismos… eh… en sus piernas.
-Ya… pues, dale mis saludos
-De acuerdo – contesto, algo rígida ante la puerta de salida. No sé qué hice, pero toda la escena se torna en una experiencia incómoda… como cuando un cubo de miel se vierte y no sabes por dónde empezar a limpiar entre tanta viscosidad.
- ¿Y? ¿Qué pasa? – desorientada me interroga otra vez al verme detenida
- ¿Qué? Nada… ¿Y a ti?
- ¿Por qué me pasaría algo? Ya anda, tienes mi permiso– irónica y desprovista de su usual simpatía me despide.
-Gracias – con sarcasmo replico y salgo por la puerta.
Creo que está molesta. Pero, no estoy segura del por qué. Pudieron ser el contenido de las cartas, o llegó a aquellos días en que todo duele y no hay paciencia para nada ni con nadie… o fui yo… quizás sospecha algo, ya no pasamos tanto tiempo juntas, he faltado a varias comidas y usado la mayor parte de mis tiempos libres, para realizar averiguaciones junto a Hucherard. Y ahora estoy a punto de hacer algo bastante condenable.
Llego a la entrada de la oficina de la directora y le extiendo mi permiso de salida. No me siento muy orgullosa de haber utilizado la firma de mi padre para este documento, en que se supone hago visitas a mi residencia. La cara me hierve de vergüenza al entregársela a LaChapelle.
En la calle, casi en la intersección de Saint Jacques, Morgaine me espera.
-Llegas justo a tiempo – me dice mirando la posición sol – vamos.
Llegamos a una propiedad de dos pisos, grismente señorial, angosta, y con un patio para recibo de carruajes. Dentro se encuentra la entrada principal, apegadas a una de las murallas lindantes chaenomeles contrastan en armonía con sus rojos vívidos.
Un empleado nos ayuda a bajar de la diligencia y nos guía hacia el interior. Estoy nerviosa y no sé por qué. Avanzamos por un pasillo hacia una sala, precedida por cortinajes recogidos hacia los marcos de las puertas de entrada.
Una camarera se presenta ofreciéndonos asiento – La señora Benoit vendrá enseguida – nos advierte.
Yo tomo asiento, Morgaine permanece de pie, observando, pero no admirando el lugar – Su esposo tiene conexiones. - dice.
-Yo iba a decir recursos.
-Es lo mismo.
-Depende si la persona desea utilizar aquellas conexiones.
-Quizás ella pueda hacer uso de él en beneficio de nuestras averiguaciones – replica alzándome sus cejas – aunque lo dudo.
En ese momento se da entrada la señora Benoit.
-Usted debe ser mademoiselle Hucherard – dice al avanzar, se detiene a unos pasos de Morgaine y hace la leve inclinación de saludo, a lo que Morgaine responde con un movimiento de su cabeza.
-Buenas tardes madame Benoit- saluda sin adornos, sólo con un toque de cortesía obligatoria. Al ver que la madame da una breve ojeada hacia mi figura, se presta a presentarme – Madame, ella es mi acompañante, Is… -
–Mathilde Carré – la interrumpo.
Me observa algo pasmada, pero se recompone enseguida.
-Señorita Carré – me saluda.
-Buenas tardes madame Benoit, gracias por recibirnos.
Enseguida la camarera que antes nos recibió regresa con una bandeja para servir té. La deja reposando sobre una mesa y se retira. Nuestra misma anfitriona se acerca y sirve a cada una de nosotras una taza.
- ¿Azúcar? – pregunta.
-Para mí no – contestamos al unísono.
Ella sonríe ligeramente divertida. Agradecemos la bebida que nos reparte y ella toma asiento, aclara su garganta y comienza.
-Bien, antes que todo, lamento todo lo sucedido a la señorita Bouscat, no estuve enterada sobre su desaparición hasta que usted decidió escribirme señorita Hucherard.
Morgaine solo asintió ante ese reconocimiento.
-Disculpe, entonces ¿usted y la señorita Bouscat, ya se conocían? - intervine.
-Así fue, Señorita Carré.
-¿Por qué usted nos recibió y no su marido? - Morgaine preguntó.
- Porque desechó la idea de inmediato, diciendo que no iba a exponer a una mujer a un peligro inminente, sólo porque decidió jugar al detective por mero aburrimiento.
-¿Entonces, por qué quiso recibirnos usted? ¿Piensa lo mismo que su marido y quiso burlarse de nosotras de forma más directa? – de forma algo agresiva Morgaine pregunta.
-Él tiende a protegerme de ciertas situaciones que puedan causarme sufrimiento, tales como el asunto de nuestra Emma.
-Lamentablemente sé a qué se refiere – le contestó.
-No quiero quedarme a un lado de esto, por eso ustedes están aquí– dice de forma sincera y conmovedora.
-Nosotras tampoco - coincido con ella.
-¿En dónde está su ahijada? – pregunta Morgaine.
-Según entiendo está viviendo con su padre, pero no la he visto desde el día en que éste mismo la retiró de la escuela y Hospital donde usted trabaja
-¿No sabe entonces cuál es su estado? - Morgaine prosigue.
-No se me ha permitido acceder, mi marido me lo prohibió, diciéndome que él se encargaría, pero sus gestiones tampoco dieron resultado, las puertas le fueron cerradas en casa de Arsenault.
-¿El señor Benoit le ha referido como es que él llegó a ser padrino de Emmanuelle, cuál era su relación con sus padres, con el Señor Arsenault en especial? - pregunto yo.
-Su padre era amigo de la familia Arsenault, Sebastien y sus hermanos eran compañeros de juego de Vincent, mi esposo. Sebastien confiaba en él por ello le pidió apadrinar a su hija… mantenían una buena relación de amistad, pero creo que por instinto Vincent mantuvo cierta distancia, algunas actitudes en él eran de cuidar.
- ¿Le contó sobre alguna? - continúo
- Podría ser demasiado chocante para sus oídos – reservada dice
- Trabajamos en un hospital, estamos acostumbradas: la crema de la sociedad parisina no son quienes terminan allí – contesta Morgaine y la señora Benoit parece meditar lo escuchado, nos contempla un segundo y accede.
- La madre de Sebastien murió muy joven; sufría de una enfermedad extraña, comía, pero siempre tenía hambre y no engordaba, el problema más grave era que no podía sufrir de herida alguna, ya que el proceso de recuperación solía ser complicado, a veces nunca ocurría. Todos en casa le prestaban ayuda, paños fríos, caricias, le daban de comer… Un día Vincent se encontraba de visita y sorprendió a Sebastien, él observaba a su madre, escondido; no hacía nada más, sólo le veía mientras ella gemía, sufría; una de sus heridas se había infectado grotescamente en una de sus piernas y habían causado fiebre… Los paños fríos estaban muy cerca como para que él pudiese asistirla… pero, Vincent me dijo que estaba seguro de que él disfrutaba, porque no hacía nada, y la expresión de su rostro era como de quién se concentra en una lectura, en un libro demasiado bueno como para dejarlo de lado. Cuando alguien finalmente acudió a asistir a su madre, él simplemente se escabulló, para que pensaran que nadie había estado nunca allí.
-¿Cómo se había herido su madre? – pregunto.
-Había tropezado por una escalerilla de su jardín, de apenas tres escalones, luego su esposo dio cuenta al jardinero de un defecto en el último escalón, lo reprendió ya que faltaba un trozo bastante grande, bastante notable…Vincent aún puede escuchar esa voz de furia, ya que el jardinero sabía que debía estar todo en buen estado y seguro para su esposa.
-Quizás fue su propio hijo, quizás Sebastién rompió esa escalerilla – Morgaine dice.
-Posiblemente– concede – Vincent debió alejarse de él entonces, de hecho yo se lo aconsejaba, nunca logró agradarme ese hombre, irónicamente Sebastién se alejó de él una vez que tuvo a Emma en sus manos nuevamente.
-El señor Benoit dejó de serle útil – Morgaine le suelta. madame Benoit le contestó con una larga pausa y una mirada fija sobre ella, ofendida quizás – ¿Usted sabía que, en su segundo año en la Escuela de La Maternité, nuestra directora estaba evaluando el comportamiento de Emma? – Morgaine pregunta, ella asiente.
- A pedido de Emma, Vincent se reunió con LaChapelle para que reconsiderara su expulsión, el acuerdo fue que Emma no estuviese más a cargo de supervisar alumnas, en su lugar ella fue supervisada por dos Sage-femmes, podría terminar ese segundo año pero sin diploma o el permiso para practicar partería y que al más mínimo alboroto se le cerrarían las puertas; ese fue el acuerdo.
- El nombre de una de sus supervisoras era Ana Bouscat y la segunda fui yo – Morgaine dice para mi sorpresa.
-¿Usted era la otra señorita?– madame Benoit pregunta y Morgaine asiente - bien, Mlle. Bouscat estaba preocupada por mí ahijada, pidió hablar con mi esposo, él declinó, pero yo la recibí porque su preocupación me pareció genuina y lo fue.
-¿Y su esposo? ¿Por qué no? - pregunto yo.
-Él desestimó todo el asunto de entrevistarla, porque en el momento la consideró una alborotadora, una histérica. Vincent creía que ignorando la situación todo estaría en calma, no quería indagar, había tenido suficiente con las reuniones a las que LaChapelle le había citado.
- Creo que hubo cosas que Emma le confió a Ana, durante ese tiempo, antes de que su padre la retirara, cosas de las que no me enteré hasta hace poco. - confesó Morgaine- Le digo esto, porque en ese tiempo, Ana cambió y el cambio fue más severo ante mis ojos una vez que su ahijada dejó de ser alumna en nuestra escuela.
- Creemos que Ana supo sobre el trato que su padre le daba -yo tanteo -¿Usted sabía sobre Arsenault y Emmanuelle…? ¿Estaba al tanto?
- Su criada les refirió la situación, por supuesto. – con triste respingo de reconocimiento contesta.
- También nos refirió lo que sucedió a toda la familia en su antiguo hogar - yo agrego -¿usted sabía que ese trato a Emma existía entonces también?
- No, entonces, sólo sabía lo que todos sabían: que había sido un accidente. Sólo vine a enterarme años después, Vincent supo al igual que yo que los Arsenault iban a castigarlo por lo que había hecho, que iban a renegar de él, a expulsarlo de la familia.
-¿Por quién supo eso? - Morgaine pregunta.
-Por Therese Ringaud, ella vino un día, pidió hablar con mi esposo, nos refirió lo que pasaba entre padre e hija, fue poco después de que Sebastien se llevara a Emma, ella vino a rogarnos a que se hiciera algo por recuperarla… Mi esposo trató de visitar a Sebastien, como ya les dije, pero él le cerraba las puertas, siempre había obstáculos para que se reunieran.
-¿No volvió a verla? -pregunté.
-Si, justamente cuando la señorita Bouscat comenzó a buscar información sobre la familia de Sebastien.
-¿Ella sospechaba de él? - yo prosigo.
-Creo que más que sospechar, no quería descartar nada, por supuesto ese día comenzó a hacerlo, ya que Therese llegó a desahogarse conmigo, porque a pesar del tiempo de separación la actitud de Sebastien hacía Emma no varió en nada, comenzó a ser peor de lo que había sido.
Morgaine y yo cruzamos miradas. Algo en ella parecía consultar o confirmar conmigo, yo asentí - Therese negó haber conocido a Ana, ¿de casualidad usted sabría por qué?
Con un gesto de extrañeza madame Benoit reflexionó un momento- No imagino por qué lo haría, lo cierto es que es una mujer... que parece haber sufrido muchos estragos y me parece muy temerosa... podría haber tenido miedo de Sebastien, imagino.
Hubo un breve silencio mientras yo terminaba de hacer nota. Ella observaba lo que yo hacía.
-Qué interesante tipografía -comentó.
-Es muy práctica, sólo pregunte con un librero por taquigrafía y le entregará un manual- contesté, sintiéndome algo torpe.
-Gracias por el dato - replicó y yo solo le sonreí
–Aquella gestión de desconocer legalmente al señor Arsenault, quedó estancada debido al deceso de estas dos familias ¿no? – pedí aclarar y cordialmente ella asintió - siendo así, Sebastien Arsenault heredó toda posesión de su familia directa, pero ¿qué hay de los bienes de la familia materna de Emmanuelle? ¿Ella heredó todo? – asiente nuevamente – pero siendo mujer, el padre está en control de esa herencia.
- Por el abogado de la familia paterna de Emma, Guy Abeille, mi esposo se enteró de esos detalles; aún ejerce aquí en París, aunque creo que ya se retirará pronto.
-¿Nos ayudaría a tener una entrevista con él de ser necesario? - le pregunta Morgaine.
-Creo que podría intentarlo- algo animada contestó.
Al observar sus gestos, algo por detrás de ella llamó mi atención. Un dibujo a lápiz enmarcado en tonos dorados, un pequeño cuadro sobre una cómoda, motivo principal entre los adornos sobre esta. Ella se dio cuenta de qué observaba más allá, giró un poco su cabeza y al volverla hacia mí me entregó una sonrisa envuelta en nostalgia y algo de orgullo: -Amapolas- No dejaba de dibujarlas.
-¿Cómo fue cuando llegó aquí, la primera vez? - le pregunté. Nuevamente dibujó una sonrisa en sus labios, asintió al cerrar sus ojos, varias veces. Inspiró y exhaló pesadamente.
-No es fácil de describir, yo estaba dispuesta a acogerla como si se tratara de una hija, y cuando finalmente llegó... era tan tranquila, callada, pequeña y vulnerable, cuando me miró, sentí que me había robado el corazón, me dije a mi misma en ese momento que nunca más la dejaría...
-Tuvo suerte de tenerla a usted - conmovida Morgaine le dice, mirando hacia abajo y como ignorando lo que acababa de decir, carraspea y prosigue-¿Qué motivó a Emma a entrar a la escuela, señora Benoit? – pregunto.
-No estoy segura, en un principio le animé a tomar clases de dibujo, y era bastante buena, muy detallista, al menos eso decía su tutora, de modo que tomó interés por el dibujo botánico, las plantas comenzaron a ser su inspiración… nunca pensé que tendría vocación por el servicio social, cuando le pregunté el por qué simplemente dijo que era mejor pensar en otros que en ti misma.
-¿Aún tiene sus dibujos? – pregunto yo.
-Todos y quizás algunos detalles que no he sabido interpretar sobre ella, quizás…¿ustedes puedan...? – dice con una mirada especialmente complicita, a lo que Morgaine y yo asentimos. Ante nuestra respuesta dejó su asiento – si gustan acompañarme – nos invita volviéndose hacia nosotras.
Silenciosamente nos levantamos y la seguimos fuera de la sala. Un pasillo tapiado de pinturas de mediano tamaño, con temas de naturaleza muerta con frutas o artefactos de cocina, nos lleva hacia una escalera de madera de un cálido tono rojizo. No es la escalera principal, sino un pasaje alternativo, pero con tan buenos cuidados como aquellos prodigados a aquella usada para desplante ante honorables invitados a la casa. Hay un logrado aire hogareño por el cual nos desplazamos, incluso podía imaginar traviesos niños corriendo por los pasillos de la casa de la señora Benoit: La entrada a las habitaciones de Emma eran antecedidas por unas ventanas que permitían la entrada de la escasa, pero valiosa luz de la tarde invernal. Toda la estructura de la vivienda, por fuera era imponente, como muchas otras casas de la ciudad pertenecientes a hombres de renombre o de buena reputación, pero esta, en particular, su interior decía hogar, una mano maternal acogiendo, nido de una madre queriendo ser madre.
Cómo nos había dicho, ella recordaba muy bien el primer día en que Emma llegó aquí. Se había dedicado a preparar su cuarto con esmero. El ambiente de tierra de hadas nunca logró calmar los llantos nocturnos de las primeras noches, los gritos ante pesadillas que no lograban ser definidas como recuerdos.
-Qué hermosa habitación- digo sin poder frenarme.
-Adelante – madame Benoit nos invita.
-¿Cuáles serían sus dibujos? - le pregunto.
-Sobre su escritorio – me indica. De modo que me dirijo a un mueble colocado. convenientemente frente a una ventana. Tres carpetas finamente empastadas se hallan sobre este, abro la primera y me siento a hojear. Enseguida siento a Morgaine y a la señora Benoit, una a cada lado observando el contenido que comenzaba a revisar.
-Son aguadas preciosas – digo –pero tienen un tono más artístico que científico.
-También es entendida en este campo, veo. – me dice.
-Sólo porque un familiar se dedica a esto, yo no tengo la vocación o sensibilidad para crear de este modo.
- Escribió pequeños versos en esta – indica Morgaine – Las flores no mueren. Sí, sus pétalos se pudren y caen, pero solo para dar paso a una transformación – lee.
-Creo que se refiere a que son frutos que al madurar dan paso a las semillas – yo agrego al recorrer el contorno del dibujo que acompaña esas palabras, rojas y abundantes plantas de amapola. -Llévame al reino de aquellos a quienes guardas el sueño…- yo continúo leyendo.
-Es toda una artista – con triste sonrisa de orgullo madame Benoit dice, pero yo siento un tinte amargo en aquella creatividad.
-No puedo recordar si eran antiguos griegos o romanos que creían que las amapolas guardaban el sueño de los muertos, por eso se plantaban cerca de sus tumbas- Morgaine comenta.
-Hasta ahora se cree que los griegos comenzaron con la creencia – contesto y observo una expresión agria en la boca de madame – ¿sabe si Emma mantenía un diario personal?
-No, estas eran sus aficiones y luego las abandonó por la escuela y el hospital.
-Recapitulando sobre Ana, decía usted que en solo dos ocasiones ella se reunió con usted, ¿cierto? - Morgaine revisa.
-Correcto, señorita Hucherard - contesta – Pero, pudo haber habido una tercer… verá… hubo una correspondencia que mi marido recibió, está fechada con el día 14 de septiembre, el remitente es proveniente del barrio de La Maré y el autor de la carta es su amiga, señorita Hucherard.
-¿Nos la enseñaría? – ansiosa, Morgaine pregunta.
En el despacho del Señor Benoit, su señora extrae la carta de una gaveta de su escritorio. Morgaine la recibe de sus manos y al momento de extenderla reconoce la letra de Ana. Ella había solicitado una cita, tenía información que permitiría a los Benoit realizar las gestiones para recuperar a Emma.
-Le dio cita para el día siguiente, a las seis y media de la tarde. Yo estaba esperanzada, él se hallaba escéptico, y cuando vio que nunca llegaría me dijo ¿lo ves? Es por esto que necesito que olvides este lío.
-Creo que sabemos en donde podríamos dar con la información que Ana quería entregarles – Morgaine contestó y luego me dirigió significativa mirada. Yo negué moviendo la cabeza, sabía que pensaba en los documentos que mi madre revisaba.
Tras despedirnos enseguida salimos, y al pie de la escalera nos sorprende una nueva diligencia; madame Benoit se había tomado la libertad de pedírnosla.
Nos subimos y la diligencia comenzó a moverse lentamente.
-¿Así que usted y Ana supervisaron a Emmanuelle en sus últimos días en la escuela? – apenas nos sentamos pregunto.
-Creo que ya es tiempo que dejes de decirme usted, soy mayor que tú, pero no soy una abuela – algo picada comienza.
-Lo siento – burlona le contesto.
-Si recuerdas bien, te había dicho que no respondería a todo lo que me preguntaras, ¿recuerdas? - revisó conmigo y yo a regañadientes asentí- Sí, cuidábamos de Arsenault… pensaba que esa chica estaba defectuosa, Ana por otro lado me dijo que mi declaración solo rayaba la superficie, y tenía razón… ¿Quién es Mathilde Carré, Grandier? – dice cambiando de tema.
-Mathilde es una de las alumnas bajo mi supervisión en el hospital y Carré es el apellido de Marie Carré, se sienta justo delante de mí en las clases del profesor Lefillatre.
Se ríe –Marie Carré, está esparciendo el rumor de que Lefillatre y tú están juntos.
Con la boca abierta le observo –La falta de criterio en algunas es abrumador; debí usar todo su nombre para tapar mi rastro.
-Debiste – me sigue el juego, pero aun sonriendo con burla – pensaste rápido, es obvio de que cruzaremos caminos con tu padre de vez en cuando.
Y casi al momento de que ella terminara de subrayar ese detalle, me veo obligada a agacharme y ocultarme. A tan solo unos metros de la casa de Benoit, camina el tío de Ana manteniendo una conversación junto a un hombre.
-¿Qué te pasa? – Morgaine me pregunta algo sobresaltada.
-Es el Señor Bouscat.
Ella mira hacia afuera por la ventana –Ya, bueno, ya puedes volver a sentarte – dice al verme encogida a sus pies – acaba de entrar a casa de Benoit.
Nerviosa, tardo un momento en incorporarme –Oh, por Dios – me lamento, ocultando mi rostro entre mis manos. Pero estoy lejos de inspirar lástima a mi compañera. Escucho su risa divertida.
-Te advertí que un montón de problemas se te vendrían encima.
-Ya lo sé – digo al volver a mi asiento.
–Pues bien, ahora volvamos a lo que importa: Ya tenemos confirmación sobre el carácter de nuestro sospechoso número uno: es un monstruo.
-Si ya está y podrías haber dicho algo antes, ya sabías que había habido comunicación entre Ana y Emma.
-Pues aun no confiaba en ti del todo, de algún modo te estaba probando y realmente me sorprendiste cuando te lanzaste a visitar el terreno en donde Ana había desaparecido - sin vergüenza alguna contesta - Tienes que ir por los documentos que tu padre revisa, los Bouscat se llevaron todas las posesiones de Ana y tu padre tiene acceso a ellos, allí debe haber más pistas sobre el lío de Emma, estoy segura.
OSCAR
SIEMPRE EXISTE LA POSIBILIDAD DE OBTENER MÁS PRIVILEGIOS y oportunidades de ascenso, si te esfuerzas lo suficiente… Pero también, si te asomas a la oscuridad y realizas trabajos especiales.
El joven policía de vigilancia nocturna que se arriesgó a reunirse conmigo en mi despacho del cuartel, solo tolera su horario de trabajo con la esperanza de poder ascender en puestos, y obtener otro tipo de tarea a parte de la detención de prostitutas sin registro en las listas de tolerancia. Su presente pudo haber resultado distinto, pero al iniciarse cometió el acierto o error, de demostrar reticencia a realizar favores a cierto oficial de rango más alto.
"Fue cuando recién comenzaba y se me había asignado al decimocuarto distrito" Mathieu me dijo "Arsenault no era comisario de este distrito, pero conocía a nuestro superior, Perronet, y persuadió a mi compañero a pasar la noche con una mujer, pero no registrada y joven, demasiado joven quizás".
"¿Por qué crees que lo persuadió a ello?" indagué.
"No lo sabía entonces. Yo me rehusé a la invitación y con el tiempo noté que comenzaba a ser excluido, pero no lo sé, creo que prefiero dormir tranquilo por las noches... El asunto fue que, se fue armando un pequeño círculo, se hacían favores entre ellos, obtenían las mejores misiones y por ello los avances en los puestos que deseaban se hacían plausibles".
"¿Cómo supiste eso?"
"Uno de ellos me lo dijo, no le había agradado mucho tomar parte en lo que hacían; pero después de haber aceptado no tenía vuelta atrá que si alguien se enteraba que habían pasado tiempo junto a una prostituta no registrada, Arsenault los delataría ante sus superiores y eso cortaría con sus puestos y trabajos".
"Entonces él los persuadía a romper las reglas actuando como cómplice y si no hacían lo que él les demandaba los exponía" completé.
"Así era, así supe de qué se trataban esos círculos y no estoy seguro… pero creo que desde más arriba, sabían… señor..."
"¿Por qué me cuentas todo esto?"
"Porque estoy harto, señor. Aún hay gente que cree que puede pasar por encima de lo que es correcto. Y cuando su ayudante de campo vino preguntando por Arsenault... hay cosas que usted no creería de ese hombre".
"Inténtelo" lo animé, y terminé por escuchar un relato que presumiblemente estaría asociado al caso de Ana.
LA ESPERABA EN EL JARDÍN DE LA ESCUELA, ÉL PODÍA VER EL CORREDOR QUE DABA A ESTE EN EL PRIMER PISO, desde allí lograba ver a quien pasaba de una faena a otra. Vio a su hija acompañada por un par de jovencitas a quienes parecía entregar instrucciones. Esto no llamó su atención, ya que aún faltaban veinte minutos para que saliera a su encuentro.
Rodeó la escuela, principalmente por el exterior del recinto. Por segunda vez la vio. A la entrada entre un tumulto de nuevos pacientes, Isabelle extendía algún sobre o papel sellado a una mujer, posiblemente criada de alguna casa. Pensó en seguir a la mujer, pero ya faltaban menos de diez minutos para la cita con su hija.
Sucedió durante mi ausencia, cuando le había rogado que la mantuviera bajo vigilancia. No había querido decírmelo. No sabía cómo interpretarlo, esa fue la excusa que me entregó por no habérmelo dicho antes. Pero con el correr de los días, no pudo escapar de lo que aquellas imágenes le advertían. Lo observado comenzó a levantar sospechas, alarma.
"Aún no puedo creer que no me lo hayas dicho" mascullé.
"Crees ser la única que cree que la ha perdido" contestó con algo de agobio y preocupación.
"¿De qué hablas, André?" arrugué mi gesto, no quería participar de esa discusión.
"Hace ya bastante tiempo que esto está ocurriendo… Sabe qué decir y qué no, cuando y cuando no, es prudente… pero no solía tener reservas, no conmigo… y ahora esto" dijo moviendo la cabeza en negativa, molesto "¿qué es esto?"
"¿… A qué estará jugando?" me pregunté en voz alta, intentando evadir el asunto que desplegaba ante mis narices.
"No creo que esté jugando, y es lo que más me preocupa" contestó reí haber percibido un dejo de reproche hacia mí.
"Siendo así no debemos involucrarla en lo que estamos investigando" me defendí.
"Claro que no, y creo haberte dicho que no pienso hacerlo, aunque dudo que preguntarle por la desaparición de su profesora más querida, le cause un daño más grave que el que le causó aquella desaparición en sí misma".
"¿Crees que le importaba tanto?" pregunté, intentando ocultar el dolor que de forma inesperada causó su respuesta. Obviamente había admiración de por medio por parte de mi hija.
"Iba a renunciar, alguien le convenció de que no lo hiciera. Quizás fue Ana".
"¿Iba a renunciar?"
"François estaba presionándola, tal cómo él se sentía presionado por amistades que comentaban: que no sabía poner en su lugar a su futura mujer".
… De modo que fue a probar que tenía autoridad sobre otra mujer pensé.
"¿Qué fue de tu reunión con Arsenault?" repentinamente preguntó André, cambiando de tema.
"Él negó haber conocido a Ana. Emmanuelle, por su parte, se refirió a ella como la figura distante que le entregaba lecciones".
"¿Alguna otra actitud extraña al referirse a ella?" insistió André.
"Sí, como si se esforzara demasiado por parecer en calma… Ana, en sus escritos se refirió a ella; describió colapsos cuando la supervisaba en su segundo año y muy de cerca. Emma me mintió."
"Conociendo el perfil de Ana, ella habría intentado ayudarla…"
"Correcto" le indiqué.
La conversación finalizó allí, pues nuevamente actuó de forma abrupta, se levantó de la cama que compartíamos y se vistió. El Sol aún no despuntaba. Estaba molesto, su ceño fruncido y empecinado silencio lo delataban.
Por alguna razón, esto me dolió.
El tiempo que pasamos juntos, nuestro tiempo, suele ser muy reducido. De pronto, el momento de intimidad que hace un instante habíamos compartido se había esfumado.
"Lo siento" me dijo antes de continuar y dándose cuenta de su actuar . "No es correcto que me comporte así…"
"Está bien, aunque no lo creas, lo entiendo… ella es tu pequeña" respondí.
Ante esto se acercó a mí, sostuvo mi rostro entre sus palmas y yo sostuve el beso que inició en mi boca.
"Soy yo quien lo siente" susurré apoyando mi frente sobre la suya.
"Deja de culparte, aún hay tiempo, solo deja que se acerque a ti"
Que paradójico André ¿Cómo ha de suceder eso si nuestra hija nos está mintiendo de forma tan descarada?
Nunca hemos estado tan lejos de ella.
SE PUEDE OLFATEAR. Pero los aromas de ciertas mentiras y ocultamientos son volátiles, etéreos, difíciles de atrapar y de hacerlos evidentes de un momento a otro. Podíamos ver que se atenía a las reglas y normas tanto de nuestro hogar como de su escuela; no faltaba a sus tareas asignadas; cumplía horarios; conductas correctas; temperamento nivelado. Tenía mucho cuidado de no ponerse en evidencia.
Lo que no lograba ocultar, en este punto, era el desgaste físico que comenzaba a revelarse en su persona.
Me preocupa.
Más que nunca, desearía tener un lazo más resistente uniéndome a ella. Intentado dar con otra vía que me guiara, y no sin bastante desespero, recordé a mi futura hija política, su mejor amiga.
Hoy por la mañana, inicié una conversación en uno de sus encuentros con mi hijo, remitiéndome a mi preocupación por el estado anímico de Isabelle tras su rompimiento, le invité a que me acompañara a la sala de lectura.
"Evidentemente ya no es la misma de antes" de forma natural me respondió "Presumo que está preocupada por su porvenir."
"Ya me encuentro tratando de aliviar aquella angustia." agregué con tranquilidad.
"¿Qué quiere decir exactamente?" me preguntó con ceño divertido.
"Se acerca un baile al cual debo atender e irá conmigo para acompañarme."
"En absoluto es una sugerencia" observó.
"Soy su madre, y sé lo que es mejor para ella" le indiqué, sin poder reprimir un tono demasiado autoritario. Como siempre, mi temperamento haciendo gala.
"Por supuesto" me concedió, al parecer la rudeza en mi voz no la hizo retroceder ni un centímetro, ya que comenzó a argumentar en pro de su amiga. "Se ha alejado un poco de mí, y a veces creo que es porque paso la mayor parte del tiempo cerca de Alex, el vernos puede que le recuerde lo que perdió y si fuera así ¿no cree que es muy pronto para exhibirla ante otros hombres? La herida podría seguir abierta."
"Es posible, pero será más duro después volver a insertarse en sociedad, no debe ocultarse" diciendo esto, giré la conversación al tema que me interesaba develar "Entonces, cree que se ha alejado de usted Aurore".
Ella asiente.
"¿Y lo relaciona con su pasado rompimiento?"
Se vuelve a mí con brillo curioso en su mirada. "¿Qué es lo que necesita saber, señor Oscar?" me urgió para ir al grano.
"Es su amiga y cómo tal, habrá observado algo más en su conducta" en su gesto pude ver que aún la confundía, así que fui más clara: "El día en que visitó su casa, nunca fue a la Porte de la Villete por su amiga Gertrude."
"¿Está segura?" preguntó frunciendo el ceño.
"Berger, nuestro cochero, la llevó a su casa y a ningún otro lugar o destino."
"¿En dónde estuvo en todas esas horas?" Reflexionó tocándose la barbilla, fijando su atención en mí.
"Es lo que me preocupa, no estuvo en ningún lugar conocido por ella, su padre se encargó de revisarlo" agregué dejándole ensimismada "¿Aún piensa en el mismo argumento para justificar su alejamiento?"
Dudó al contestar, pero concentraba su energía en evaluarme "Si ella está haciendo algo, y se lo está ocultando y yo le comunico detalles que sin yo saber la delatarán, estaré traicionando su amistad."
Exhalé y entregué el peso de mi espalda en mi silla, le quedé observando mientras frotaba el dorso de mi dedo índice sobre mi barbilla "Está bien" le concedí "Es cierto… entonces ¿me está diciendo que no está enterada de los asuntos de su mejor amiga?" tanteé vilmente y ella pareció darse cuenta de mi manipulación.
"Es mi amiga, no mí mascota o mi esclava" algo molesta me respondió.
"Me alegra saber que mi hija cuenta con una amiga fiel."
Estuvo lejos de reaccionar bien al cumplido. Toda aquella situación parecía causarle irritación interna. No me observaba, sólo alrededor meneando su cabeza en negativa. Ansiosa se levantó de su asiento y exhaló pesadamente. "¿Qué le angustia, Aurore?" le pregunté.
"Usted, para empezar,"
Yo me sonrío, ya agradándome su forma franca y directa de dirigirse a mí.
"Es… digamos, un presentimiento" dijo siguiendo la idea.
"¿Sí?" Le animé a continuar.
"Algo que observé hace un mes y que no me hizo mucho sentido hasta ahora, pero antes de que se lo revele, debe usted responderme con la verdad."
"Por supuesto."
"Más le vale" se atrevió con gesto descompuesto "Porque dependiendo de su respuesta, le entregaré algo que es muy valioso para mí: es la confianza de mi mejor amiga" cuando yo asentí, ella me imitó y se sentó a mi lado "Lo que usted presume que ella está haciendo, ¿pone en peligro su vida?"
No había querido enfrentarme a aquella idea, le temía tanto que me refugiaba en la débil niebla que se instala cuando una duda es razonable, pero mi instinto y experiencia minaban esa confortable noción cada día más y más.
"Me temo que sí, Aurore."
Asintiendo, bajó la vista y tomó un poco de aire.
Comenzó hablándome de las noches en que no dormía hasta que el llanto de mi hija cesaba. Que el sufrimiento y la preocupación, decantaron en un estado de sopor, a veces de indiferencia, ya que vagamente se interesaba en sus conversaciones y en temas coyunturales que otrora solían discutir. Cuando la señorita Bouscat desapareció esto empeoró. Nadie informó a sus alumnas sobre lo sucedido, pero el revuelo de su ausencia fue visible.
"Ella, en esa fecha, había enviado su renuncia a su compromiso, supuse que todo ello ocupaba su mente, decía que no era tan simple rechazar a François, que había otras personas a quienes iba a afectar su decisión. Y cuando hablábamos de Ana, era como si no acabara de enterarse o quizás no podía o no quería procesarlo, porque ya había demasiado dentro de su cabeza."
Aurore decía que todas se preguntaban sobre qué había pasado, algunas lloraban y continuaban hurgando entre rumores y palabrerías; ¿cómo era posible que hubiera desaparecido? ¿Por qué alguien habría querido hacerle daño a Ana?.
Pero, Aurore notó cómo Isabelle guardaba silencio: su mente, antes siempre rebosante de preguntas e información frente a cualquier sinsentido, no emitían ni la más mínima opinión sobre el crimen.
"Yo no cesaba de hablarle al respecto, pero incluso mis sospechas y elucubraciones se aguaron con su actitud, con sus palabras y luego, no mucho tiempo después, comenzó a asistir los trabajos de una de nuestras Sage-femmes."
"Así lo supo su padre." agregué.
"Son solo dos veces a la semana que entra en el taller de Mademoiselle Hucherard" me explicó "Es una tarea no registrada fabricar los muñecos de clase de anatomía, sin pagos o reconocimientos, por amor al arte como se dice."
Recordé a aquella mujer que me había recibido en una ocasión. De todo el personal, francamente había eludido el rastreo que André había comenzado a hacer en la escuela.
"¿Qué sabe sobre ella Aurore?"
"Es de naturaleza muy especial, no es alguien a quien pediría ayuda, pero como su desaparecida amiga Ana, es muy protectora del estudiantado."
"¿Eran amigas con Ana?" pregunté un tanto sorprendida.
"Sí, se les veía en los pasillos, riendo y conversando; lo cual sorprendía a todas, ya que sus caracteres eran bastante opuestos."
"¿Crees que Hucherard creyó en la teoría de la policía?"
"Nadie cree en la teoría de que Irene Pontier haya asesinado a Ana, señor Oscar; todas conocíamos a esa enfermera, en especial Morgaine Hucherard."
"La crees capaz de meter las narices en lo que sucedió a Bouscat".
"Es posible, algunas chicas le habían visto merodear la oficina del director cuando la policía llegaba hasta él, también en las dos ocasiones en que la familia de Ana fue a reuniones con el director."
"Rayos" exclamó, tomándome el puente de la nariz con una mano.
Ella asiente en señal de entendimiento, antes de agregar:"¿Isabelle estará acompañando a Hucherard en algo…algo que tenga que ver con la Señorita Bouscat…?"
"Es lo que sospecho, Aurore, pero Isabelle no ha querido admitirlo." admito.
"¿Por qué no confrontarla y detenerla?" sugirió.
"No es tan fácil, su seguridad no es lo único que está en juego."
ME ENCUENTRO ESPERÁNDOLO EN MI DESPACHO DENTRO DEL CUARTEL. Había acordado llegar antes del atardecer. Ya son las cinco, por lo que infiero que debe estar cerca.
Repaso una vez más los escritos de mademoiselle Bouscat dejó atrás aquellos pasajes dedicados a su preocupación por Emmanuelle y, después de luchar conmigo misma por algún tiempo, finalmente decido dirigirme a una pequeña sección dedicada a algunas alumnas recién ingresadas durante el año anterior. Año en que mi hija ingresara.
Relataba que la mayoría llegaba buscando algún tipo de sustento para sus familias, ya que debido a sus condiciones sociales, no contaban con la protección de un padre u otra figura masculina. Estaban solas y con una gran carga sobre sus espaldas, pues al haber sido abandonadas, debían surgir de algún modo, o más bien sobrevivir.
Bouscat anotaba sus impresiones sobre ellas, pero en una página su interés por alguien resaltó sobre el resto.
Solo dos chicas, algunas de las más jóvenes, han ingresado con el deseo de trascender el básico logro de la sobrevivencia.
Decía.
La primera viene por puro interés científico y la segunda por este y el trabajo social. Algunas alumnas aprenden a adquirir ese espíritu con el tiempo y experiencia dentro del hospital, pero esta jovencita… hay algo inusual sobre ella. Aunque se mimetiza bastante bien con la normalidad del resto, hay que ver cuan participativa puede ser en las aulas, ganándose la antipatía de la mayoría del profesorado, sobre todo del masculino. A mí me agrada, levanta la mano para responder la mayoría de las preguntas articuladas por sus excelencias desde sus púlpitos, o cuestiona lo que exponen y aquello descoloca a estos dioses de bata blanca.
Mis superioras me han indicado que guíe a "esta" un poco, para no verse en la obligación de amonestarla, o peor, expulsarla si es que los docentes se agrupan y lo demandan como sacrificio.
Mi hija le agradaba…
Pero en verdad observaba muy bien a las mujeres y jovencitas que ingresaban a la escuela. Debo concederle eso. Estaba consciente del contexto de donde provenían y estuvo, por supuesto, enterada del de mi hija.
Había recibido confidencias de muchas alumnas, pero aquellas de Isabelle… En algún lugar dentro del manojo de legajos en la oficina de Paul se encontrarían…
Estoy celosa, pero ahora no puedo atender aquel ridículo sentimiento. Llaman a mi puerta y no me queda alternativa que olvidarlo.
-Adelante- respondo a la llamada.
-Buenas tardes - André me saluda, aún más preocupado e inquieto que yo. Cierra la puerta y camina hacia mi dirección, toma asiento - recibiste mi mensaje.
-¿Qué es lo querías discutir?
-Vengo de la oficina de correos, hablé con quien estaba a cargo... No sé porqué no se me ocurrió antes. Ana y su acompañante nunca habrían llegado a pie a la antigua casa de Arsenault. Pedí saber qué diligencias tomaban el camino hacia esa área, al menos cuatro están a cargo de esa ruta… Pero antes de decir cualquier cosa, quisiera saber que sucedió con Mathieu.
-Más historias truculentas sobre Arsenault, al parecer selecciona o adoctrina a algunos novatos, para luego moverlos como fichas a su favor, así puede guardar sus secretos de forma segura.
- Si quiere que alguien trabaje para hacer su trabajo sucio podría tomar a quien quisiera, no es necesario que sea uno de los suyos.
-Los suyos tienen privilegios, y hay un chico que ha resultado bastante turbio, ha incurrido en ciertos abusos de poder, ha sido sancionado y Arsenault lo mueve y transfiere de un distrito a otro para borrar sus huellas, al parecer es a quien más cuida.
-¿Cuándo se reunirán de nuevo?
-En una semana más, quiere presentarme a quien se le asignó comandar a esta escoria.
-Quiero estar ahí - dice y yo le asiento.
-Entonces, ¿qué me dice de sus averiguaciones Señor Grandier, cómo nos ayudarían esos cocheros? ¿Cómo reconocerían que Ana fue de camino a su último destino gracias a uno de ellos?
-Paul me entregó un retrato en miniatura de su sobrina, solo uno la ha reconocido.
Le quedo observando con algo de curiosidad - ¿Cómo llegaste a aquella idea?
-¿Cuál? - preguntó entornando su mirada sobre mí.
-De ir por las diligencias de correos.
-Una vez me dijeron que sus funcionarios, en especial los cocheros, recordaban todos los caminos, lugares y personas que llevaban...
-Siempre fuiste muy ingenioso.
-No fui yo quien llegó a esa conclusión ... - insiste.
-¿Entonces quién?
-No pensé que volvería a entrar en este lugar- me evade- Ha cambiado, pero creo reconocer cada esquina de la antes Academia Militar, aún recuerdo cuando tu padre nos trajo aquí...
-Se han agregado todas las comodidades que no tenía antes, pero sí, aún puede reconocerse cada rincón -digo continuando la línea de conversación, pero tiene algo más en mente - ese cochero, qué más supiste a través de él.
- Prácticamente toda la ruta que Ana siguió hasta el lugar donde desapareció.
-¿Describió a su acompañante?
-Si, muy parecida a la descripción que tú entregaste sobre la señorita Arsenault.
-Andre, ¿qué te sucede? - le pregunto, parece angustiado.
-Es que... este cochero tuvo un desliz; sin querer comentó que últimamente le han preguntado bastante por esta chica, eso dijo él aludiendo a la imagen de Ana... cuando le pregunté sobre quiénes eran estas personas, se excusó de responder a mis preguntas diciendo que debía continuar con su trabajo.
-Andre, ¿quién te dio la idea sobre acercarte a las diligencias de correo?
-¿Quién crees? - con mirada significativa me observa. Reflexiono un instante y comienzo a comprender a quién apunta.
-Bien... - resignada y molesta comento - Sin duda, tiene tus ojos y tu ingenio.
ANDRÉ
NO FUE MI IDEA. SOLO HICE RÉPLICA DE ESTA POR MOTIVOS PRÁCTICOS.
Hoy dieron fruto. Le enseñé al cochero, Gustave Fontaine, la imagen en miniatura del rostro de Ana y la identificó enseguida. Realizó la ruta desde donde partió hasta donde terminó aquel día de septiembre y me indicó a grandes rasgos las características de su acompañante. Todo calzaba con el relato de Irene Pontier.
Parecía haber caído del cielo, hasta que mencionó que yo no había sido el único interrogándolo sobre el mismo tema. "Aunque no parecía interrogatorio, sino una amena charla..." dijo el cochero.
EN UN PRINCIPIO COMENZÓ COMO ALGO ENTRE PADRE E HIJO.
Alex era y es un dormilón. Si pudiera y si lo dejáramos, podría tomarle todo un día confrontarse con la idea de que de hecho debe abandonar su cama.
Pero para nuestras salidas, se esforzaba. No tenía que decirle nada para persuadirlo. Se trataba de salir de cacería, de acampar, de estar al aire libre y no tocar aquel estrangulador tema académico conmigo, tema que la mayor parte del año suponía para él un calvario.
Alex, no entendía. Para él era como recibir una bofetada en el rostro cada vez que llegaba a un examen y observaba al resto, recorriendo fácilmente las hojas sobre el pupitre y sin demora resolviendo cada cuestionario y problema a ser evaluado. Cada día se daba cuenta, que no era lo suficientemente listo para él mismo o para nadie. Por horas se mantenía sentado en una butaca al igual que el resto de sus compañeros de clase atendiendo lecciones. Sé que se esforzaba, pero no lograba asimilar las páginas de sus libros de estudio frente a él. Estudiaba junto a él, por eso lo sé, estudiaba junto al joven Lefillatre, por eso sé que no era un perezoso. Lograba mejorar sus reportes anuales, pero aún así, tenía que escuchar que su esfuerzo no era suficiente. Miraba al resto de sus compañeros y sí, comparaba y en una nueva mañana de trabajo decía sin mucho ánimo "Un día menos".
Oscar lo habría desaprobado, pero en más de una ocasión envié excusas a su liceo por enfermedad, alguna estúpida fiebre o dolor estomacal. Iba a su dormitorio, él ya vestido con su uniforme y gesto resignado. Su rostro se iluminaba cuando le decía que iríamos de cacería y que lo necesitaba porque mi vista no era la mejor.
Su madre nunca lo supo.
Al final, una vez que su educación secundaria finalizó, terminé de ayudarle a establecer contactos con academias, mercaderes de arte y la alta sociedad parisina, para así continuar con su trabajo artístico. Luego me desligué por completo, solo hablamos sobre lo que transcurre en su día a día y sus experiencias. Me quede tranquilo por el: ya sabía qué hacer.
MAPAS...
Alex y yo tuvimos la culpa de que su hermana se iniciara en el pasatiempo de coleccionar y confeccionar mapas.
No le interesaba cazar o manejar armas. Alex me lo dijo: "cree que es de bárbaros, le dije que era una hipócrita porque sí que come el producto barbárico".
"No Alex, en realidad yo le obligo a comer el producto barbárico o no estaría viva"
"De todas formas, no lo dice, pero está celosa"
"¿Cómo lo sabes?"
"Porque se enfrasca aún más en sus libros y cuando me habla, lo hace con palabras doctas que sabe que yo no entiendo, haciéndome sentir como el tonto que soy…"
"No eres un tonto, Alex" le interrumpí, preocupado.
"Está triste…" observó.
"¿Lo está?" verifiqué y él me asintió.
Y como siempre, tomé su opinión sobre ella como verídica. A pesar de que ambos sostenían las típicas desavenencias entre hermanos, sabía que eran confidentes el uno del otro, que se comunicaban problemas y discutían temas que nunca habrían planteado ante mi o su madre.
"¿Y si la llevamos de viaje en el verano? Solo los tres" sugirió.
Pensé que sería buena idea. Esas pequeñas excursiones y viajes realizados en época estival, siempre fueron orientados en dirección a nuestra casa en Argenteuil.
Tal y como lo pensé, a Isabelle, más ilusión le causó la idea de ser parte de un grupo que del proceso que se desplegaba en un viaje en sí mismo. Pensó que se trataría de un trayecto lineal y directo al destino indicado. Pero a su hermano y a mí, nos agradaba explorar un poco más; senderos, algún pueblo en la ruta a nuestro destino.
Cuando nos extraviábamos, Isabelle nos observaba con un rictus de ansiedad sobre su rostro, al ver cómo nos tomábamos el tiempo de evaluar los signos que el entorno podía entregarnos para encaminarnos en la dirección correcta. No faltó la ocasión en que nos vimos obligados a acampar en medio de un bosque o pernoctar en la casa de algún buen samaritano, sin tener idea en donde exactamente nos encontrábamos.
¿Sentido de la aventura? Mi hija podía vivir sin este. Acabó ese verano y durante el siguiente otoño comenzó a planificarse. Sin que lo notáramos demasiado, tomaba las precauciones y resguardos para el siguiente año.
La columna vertebral del plan que nos sabotearía, eran los mapas que yo ingenuamente había accedido pagarle durante esos meses. Porque debo reconocer, que en un principio subestimé las capacidades de Isabelle para darles el uso correcto. Creo que su empuje fue la urgente necesidad de sentir seguridad y estabilidad personal, en las casi erráticas aventuras a las que su hermano y yo la arrastrábamos.
En el siguiente verano pudimos tomar nota, cuando en medio de una tupida llovizna, su hermano y yo le dictamos que ya era momento de organizar un campamento "A un kilómetro hay taberna con hospedaje incluido" nos interrumpió "¡Es comida caliente, camas, agua limpia…!" agregó casi implorando a que le hiciéramos caso.
"¿Y cómo lo sabes?" arrugando las cejas Alex le preguntó. Ahí fue cuando por toda respuesta ella me entregó su cartouche
Ciudades, pueblos, villorrios, etc. Los mapas de la región no indican al viajero los lugares en donde recomponerse en medio de su ruta. Pero ella los había apuntado todos ¿Cómo llegó a saberlo? Simple: hablando. Charlando a nuestra cocinera, mucama, amistades, diversos tenderos abasteciendo nuestro hogar. Paso a paso, llegó hasta las diligencias de la oficina de correos de París, esto último logró dejarme con la boca abierta... Cielos, la oficina de correos, quien diría que se le ocurriría llegar hasta ahí...
"Eso fue muy ocurrente de tu parte, cielo" algo admirado le dije.
"Papá, yo solo quiero salir de aquí, la última vez que me hicieron acampar me salió un hongo en el pie, ¿sabe lo difícil que es buscar medicación para deshacerse de algo así?" se quejó, haciendo caso omiso a mi cumplido, a lo que yo estallé en carcajadas.
"¿Sabes? Deberías agradecer eres una niña: Si fueras chico, habrías estado obligada a atender a mi liceo, y allí serías el perfecto candidato para una paliza" le indicó Alex "Serías como Lefillatre, totalmente la favorita de los profesores."
"No le hagas caso" dije dirigiéndome a ella. Aunque en mi interior pensé que Alex habría tenido razón. Isabelle resultó ser uno de esos sabelotodos, ocurrentes, de inusuales manías y hábitos, con la extraña compulsión de querer planificar todo en listas, etiquetas, horarios y otro tipo de sistemas de registro organizacional.
Alexandre desde entonces hizo lo posible por ocultar esas cartas de navegación terrestre, más por el deleite de escuchar los chillidos de protesta de su hermana, que por salvaguardar sus viajes de aventura. Por su lado la precavida de su hermana gemela, hizo lo posible por aprender a dibujar réplicas de sus mapas y desde entonces no falta uno dentro de sus bolsillos a donde quiera que vaya.
Hace un momento relaté esta historia a su madre.
"Sí, de haber sido un niño, posiblemente habría recibido muchas palizas" rió y permaneció un tiempo mirando al suelo, algo más allá de su memoria "No recuerdo a alguien en mi familia que haya sido así... creo que definitivamente tú eres el culpable esta vez"
Yo arrugué el gesto, tratando de rastrear ese rasgo entre los pocos ancestros de mi familia que llegué a conocer. La única persona viva que conformó mi familia fue mi abuela. Habiendo sido la ama de llaves del padre de Óscar, el antes general René de Jarjayes, la mujer se hacía cargo de toda la casa y de toda la organización de esta para mantenerla en completo funcionamiento. Incluso el mayordomo principal recurría a ella cuando encontraba algún problema con sus obligaciones. No sabía escribir, mucho menos leer, pero nadie más pudo hacer el trabajo de aquel lugar, manejar al personal o mantener el orden dentro de este.
"Es posible, soy su padre, pero muchas veces me recuerda más a mí abuela" contesté.
"¿A mi Nana?" divertida comentó.
"Presta atención; cuando Alex intenta irritarla con algo masculla por lo bajo; te juro que ese fragmento de rasgo es casi una réplica" le indiqué "Y sabe organizar una casa como ella lo habría hecho… incluso a la distancia lo logra, entre estudios y clases… y ahora entre mentiras." con cierta amargura terminé.
Creemos que Isabelle fue quien solicitó información al cochero que logró reconocer a mademoiselle Bouscat... Pero una vez más no tenemos la maldita prueba de que eso sea cierto, solo la profunda sensación de qué hay algo mal, hay algo ahí fuera de lugar, un obstáculo en el paso.
Necesito hablar con mi hija, mirarla a los ojos y darle la oportunidad de decirme la verdad...
