LAS DESAPARICIONES
VIII
Noviembre 11 año 1807
ISABELLE
SÉ QUE MI MADRE QUIERE HACERME PARTICIPE DE ESTE BAILE PARA AMPLIAR MIS OPORTUNIDADES DE MATRIMONIO, lo cual creo que es comprensible, y bastante razonable para las expectativas de vida de cualquier mujer.
Me agradan los bailes, pero aún más las reuniones que involucran amistades, con un grado menor de presión protocolar y más calidez humana.
Este baile es distinto, estoy más entusiasmada que en previas ocasiones. Ansiosa porque llegue y se termine, sólo para poder contemplar el resultado del encuentro con la señorita Arsenault.
En la mañana de hoy al desayuno, tuve miedo de demostrar este entusiasmo. De delatarme y probablemente lo hice. Porque las cosas no salieron muy bien.
"Tienes una cita con el sastre mañana por la mañana" me avisó mi madre.
Tragué el sorbo de leche de mi taza "¿Sí?"
"Recibiste mi carta, asumo" preguntó con la mirada entornada sobre mí.
"Si" contesté, a la vez que tomaba conciencia de mis respuestas monosílabas; es que no daban para mayor extensión ante el ritmo del diálogo: sentía que me interrogaba.
Creí oír un leve chasquido, de parte de mí padre, era lo más probable. Él y mi madre conectaron sus miradas y, al momento en que yo levanté mi vista hacia ellos se desentendieron.
Silencio, y en el aire un titubeo, algo cambiaba torpemente.
"¿Cómo te has sentido?"
Tono y dirección de la conversación habían mutado desde tono marcial a relator de cuentos infantiles. La mezcla de notas dulces y tipo de pregunta, es la fórmula que Oscar suele ocupar con mi madrina. El trato hacia ella es el que le sueles dar a una orquídea.
Algo pasmada, logré contestarle: "Creo que mejor"
"Bien" contestó algo arrebolada; Alex trataba de sofocar sus risitas y papá ocultaba su rostro tras su taza. "Hoy te reúnes con tu madrina, ¿no es así?"
"Sí, después del desayuno debo ir con ella" indiqué "Espero que el señor Lanois siga mejorando"
"Esperemos que sí" respondió mi padre.
"¿A dónde se dirigirán ustedes?" pregunté al grupo.
"Tengo dos clientes potenciales con quién hablar y una reunión con mi cliente actual en su residencia" Desganado contestó mi hermano "Espero que no pida más retoques a su fabuloso retrato"
"De hecho, tu madre y yo nos dirigimos hacia la residencia del señor Bouscat" rápidamente mi padre agregó fijándose en mí. Mamá bajó lentamente su taza, observando la situación con cautela. "Sabes a qué me dirijo allí, ¿cierto?"
Le quedé mirando, una alarma se activó en mi pecho y no me dio tiempo para recuperarme.
"Debo hablar contigo, Isabelle" de inmediato me dijo cómo si no hubiese nadie más en la habitación.
"André" dijo mamá, moviendo la cabeza en férrea señal de desaprobación. Pero, como en pocas ocasiones, él prosiguió sin dar reparos en ella.
Me levanté y antes de seguir la orden, le di un vistazo a mi madre; por su expresión supe que más tarde mi padre tendría problemas.
Cerró la puerta detrás de mí y me enseñó un asiento, una silla cercana a un ventanal, frente a mí colocó la silla de escritorio de mi madre. Y sin mayor preámbulo, comenzó:
"No pensaba involucrarte en esto, tampoco quería hacerlo porque ha tomado tintes bastante turbios, pero formas parte de esa escuela y conociste a Ana Bouscat"
Yo asentí, atenta a todos sus gestos. Él parecía completamente nuevo ante mí: demasiado asertivo.
"Pues bien, necesito saber cuándo fue la última vez que le viste y si notaste algo inusual en ella"
Algo me preocupé, pero pensé que era mejor contestar que evadir y por supuesto, prescindir de detalles sobre mis propias averiguaciones.
"Pues… poco tiempo antes ya solía haber cambios en ella; llegaba tarde a clases, parecía más demacrada, pero lo que fuera que sucediera en su vida, nunca lo supimos, era la misma de siempre"
"¿El director le llamó para corregir su comportamiento?"
"No, no que yo me enterara, tampoco escuché que alguien más hablara de ello."
"¿Y cuándo le viste por última vez?"
"Fue aquel día en que le envié aquella carta a François, en que rompía mi compromiso con él, pero esa carta fue enviada en la tarde y yo la vi por la mañana… me preguntó cómo estaba"
"Estaba muy interesada en ti, al parecer."
"No solo en mí, en todas nosotras… pero ya eran las diez, yo estaba sola en los comedores y ella se acercó a hablarme… trajo su desayuno a mi mesa y cuando lo finalizó, me preguntó por qué ya no atendía a sus lecciones… no quería que renunciara, trató de darme ánimo y…"
"Lo logró, porque luego tú me llamarías para ayudarte a recuperar tu lugar."
Yo asentí nuevamente, conmovida por el recuerdo recién hablado; el rostro y la voz de mi guía, de una amiga. Pensé en contarle que ella había escuchado el crudo sermón de mi ex prometido días antes, pero no quise revivir ese episodio.
"El hombre del que les hablé a ti y a tu hermano, aquel que conocí en Duplessiss, era su padre; él también me dio lo que necesitaba para continuar" me reveló.
Aquella revelación, me sorpendió "Por eso está ayudando a su tío, ¿por gratitud a su hermano?"
"Es más que eso, no es una deuda; todos creen que el amor es algo exclusivamente romántico, pero existe aquel de un padre, una madre, amigos, que en algunas oportunidades llegan a convertirse en la familia que nunca llegaste a tener… qué tal si es sólo un gesto o dar algo, porque alguien te necesita, porque puede convertir el infierno en algo mejor."
"Ella hizo eso por mí" le respondí y al hacerlo, él alargó su mano y tomó la mía, la arropó con la otra y la acarició. Mi corazón se abrió y proseguí: "No me gusta este mundo papá ¿qué va a pasar conmigo?"
"El mundo es más que todas estas reglas, es mucho más misterioso, de algún modo encontrarás tu lugar en él y te prometo que no lo recorrerás sola."
"Si es un misterio, entonces usted no lo sabe, papá."
"Tampoco Ana, Isabelle. Es duro de escuchar, pero ya no está aquí para guiarte" Dijo y el silencio que devino tras esa respuesta fue casi ensordecedor.
Yo sabía eso. Pero, escucharlo de alguien más y, encima, de mi padre, fue devastador. Muchos pueden negarlo todo lo que quieran, pero la figura de tu padre y su palabra es demasiado pesada e influyente como para ignorarla, hay algo en esta que fabrica tu mundo y a la vez puede modificarlo. Una palabra: una ley, algo lapidario y rígido…
Sentí que me hundía. Zafé mi mano de las suyas, con el resabio agrio de una tragedia en mi boca.
"¿Cómo sabría usted eso?" pregunté. Sus palabras me habían punzado, me quitaba algo importante, la pequeña cantidad de esperanza que me quedaba manteniéndome de pie y al parecer podía leerlo en mí y, por cómo me observaba, lo estaba aprovechando de alguna manera.
Logró inquietarme tremendamente. No me atrevía a preguntar ¿está muerta? ¿La encontraron? ¿dónde? porque dentro de mí, aún no quería creerlo.
"Significa mucho para ti ¿no? ¿Cuán importante es? ¿Hay algo que hayas hecho y no me hayas dicho?" arremetió ya con intención más seria: su mirada iba más allá, por un objetivo clarísimo en su mente. Yo, por mi parte, me moría por decirle la verdad, por decirle lo que estaba pasando.
"¿Isabelle?" insistió. "¿Lo intentaste? ¿Intentaste saber algo sobre ella? Por favor, dímelo."
Me harás a un lado pensé, porque así de grande vi su amor por mí en tantas ocasiones, su deseo de mantenerme a salvo, sofocándome.
"No, no lo hice" dije sintiendo como si mi cara se derritiera.
Con un respingo respondió. Después de un momento reaccionó, se echó hacia atrás, brazos cruzados, su espalda descansó su decepción sobre el respaldo, mirada suave al suelo, subrayada por resignada sonrisa. Asintiendo dijo: "Está bien". Por última vez fijó su ojo de esmeralda en mí y se levantó, ágil. "Es hora de irse, será mejor que te apresures."
Me dejó sentada allí, con la presión de decirle que lo sentía, pero eso se quedó en mi interior, pulsando dolorosamente.
DIAS ANTES SE ACERCÓ AÚN MÁS A MI, abrió varias oportunidades para hacerlo. Un breve paseo por los jardines de mi escuela, un desayuno extendido en nuestra mesa, la invitación a un té caliente antes de dormir, una salida muy agradable a una librería y a los jardines de la ciudad.
Iba tras algo, podía sentirlo, aunque no estaba segura y esa última vez pensé que iba detrás de lo que había sucedido entre François y yo, tal como mi madre lo había hecho. Pero de él lo esperaba; es que, desde hace algún tiempo, mi padre siempre tuvo la urgencia, la necesidad de reparar o compensar algo en mi vida.
Algo me faltaba.
NO LO SABÍA ENTONCES, PERO AHORA, al mirar hacía atrás, puedo verlo con un poco de nitidez.
Bajo una constelación Ariana en el mes de abril, cuatro años atrás, Alex y yo cumplíamos trece años. Oscar ya estaba muy lejos de aquí, se había ido el mes anterior. Desde la última vez que le vimos ya había perdido dos de nuestras celebraciones de cumpleaños.
Yo estaba molesta, aunque entonces no sabía cuál era la causa. No quería estar ahí, pero me comporté como correspondía: conversaba con mis nuevas amigas, las atendía y sólo por cortos lapsos me retiraba a las cocinas y Aurore me seguía "Pero, al menos te agradaron mis tintas, ¿no? Creo que son las mejores de todo París… Qué decir de las plumas y pergaminos que agregué."
"Estaban preciosas… Pero, por qué dices 'Al menos'; no estoy triste o molesta, todo está bien" contestaba en completa negación y su incredulidad aumentaba, mientras yo no tocaba bocado del festín preparado por nuestras mucamas.
Tras la despedida a los invitados, en su mayoría compañeros de clases de nuestros respectivos institutos, me apresuré a mi cuarto.
Mi padre no tardó en golpear mi puerta. "¿Te encuentras bien?" fue lo primero que preguntó tras haberse asomado. Yo me había desparramado cómodamente en mi cama y tuve que hacer el esfuerzo de incorporarme y volver a adoptar una "Postura digna", como nos sermoneaba madame Campan. Por él supe que las sospechas por mi comportamiento habían sido levantadas gracias a François; es que cada pequeño segundo que yo desaparecía de su vista, iniciaba ronda de preguntas a quién encontrara al paso. "Sólo me alejaba por un minuto o dos" le repliqué a mi padre "No sé qué le sucede últimamente."
"Es que le gustas" sonrió como si se tratara de una broma. Yo desvié la mirada, algo avergonzada. Él continuó hablando: "Está bien, pueden verse y salir de la clandestinidad" me sonrojé más y más; me había atrapado "sólo que siempre en compañía de uno de sus padres, mía o de tu hermano."
"¿En serio?" Sonriente dije.
"Sí, ya lo hablé con tu madre, está más tranquila desde que asistes al instituto de señoritas."
Mi sonrisa se borró. Yo guardé silencio, sólo asentí. Por supuesto que estaba tranquila, estaban reparando a su hija-mal-hecha. No quería hablar sobre ella.
En ese minuto, se me hizo urgente estar sola, y no sabía qué debía hacer para decirle que se fuera sin herirlo, lo único que pude pensar fue en mirar cualquier punto de mi habitación, menos él.
"Sé qué no es mi lugar, pedir confidencias relativas a tu mundo" dijo rompiendo el silencio.
"¿Mi mundo?" revisé con él "Aún estamos en el mismo planeta, ¿cierto?" bromeé, él se rió y ese fue el punto más alto de hilaridad dentro de esta conversación porque después, todo iría en declive.
Verán, él dijo mi mundo, así como en mundo de mujeres, porque un par de días después de que mi madre partiera, yo comencé a sangrar. Cuando ocurrió, yo ya estaba enterada de la razón, sabía cómo proceder y no hubo mayor escándalo al respecto… en términos técnicos. Porque en el área logística e interpretativa, yo no sabía que en realidad, esa primera menstruación iba a darle a mi vida un desagradable vuelco de 360 grados, a partir de 3 ... 2 ... 1… ¡Inicio! Mi conciencia se abrió a un mundo… no, no se crean que nuevo y reluciente de novedades no, no, no… Añejo como la primera suela del primer zapato hecho en la historia: es decir, algo bastante maloliente, como la antigua tradición de marginalizar o excluir porque algo te hace distinta.
Sólo se necesitó que madame Barraud entregara las noticias sobre ese algo distinto en mí y desde entonces pude notar los sutiles, pero enervantes cambios en la actitud de mi padre hacia su única hija.
Este hito femenino, bueno, no era un tema que yo deseara tratar con él de forma tan directa y en realidad no consideraba que fuera necesario hacerlo, pero yo, días antes de mutar, hablaba prácticamente de todo con él y no sentía las diferencias entre ambos de forma tan avasalladora. De más está decir que ya me sentía extraña, pero con este nuevo nivel de reserva y cuidado de parte de él, como si su hija fuera una sensible bomba que ante cualquier estímulo fuera a explotar, yo pensaba, pues bueno ahora sí que he de ser un verdadero fenómeno ¿Que no veía que todavía era yo, Isabelle? A pesar de los calambres y extrañas subidas y bajadas de humor que yo no lograba comprender. Estaba sensible y melancólica, mi cuerpo cambiaba, lo miraba al espejo y no me gustaba, los pechos me dolían, estaba cansada, me desconocía a mí misma y lo único que deseaba era ser cobijada, sentirme a salvo con mi padre, escuchar de su boca que aún me aceptaba con todo esto que no sabía por dónde comenzaba y por dónde terminaba.
Pero él tomaba distancia de una manera tan particular que no hallaba por dónde debatirle sobre su comportamiento. Pasivo-agresivo: dulce y cariñoso, me abrazaba y acariciaba mi cabeza, mientras me miraba con esa extraña expresión de orgullo diciendo cuánto has crecido, ya eres una señorita…
Sí, y por eso me dejó fuera.
Con esa actitud, casi no podía detectar esa exclusión. Pero, así como mi madre, esta vez mi padre se distanciaba.
Ese día tras la celebración de mí cumpleaños fue a mi habitación, tanteando por un permiso que él ya tenía concedido, actuando como si la confianza mutua de antes se hubiera desvanecido. Ya no había complicidad. Él dijo "Si algo te molesta, sabes que puedes hablarlo con tu madrina" cuando antes, si algo me molestaba, podía hablarlo con él.
"¿Y con usted?" Ingenua pregunté.
Él sonrió como si supiera mejor y yo no "Las cosas han cambiado" dijo; y recuerdo muy bien este detalle: se sentó en la silla de mi escritorio, pero antes, se habría sentado a una orilla de mi cama, a mi lado.
Yo hice un gesto como haciéndome la entendida, aunque no entendía nada por supuesto ¿A dónde iba con esta conversación? En ese momento era un gran misterio.
"No… no sé si quiera hablar con ella…" titubié, tratando de ocultar la irritación que su forma de expresarse me provocaba. Yo amaba a mi madrina, pero ¿por qué de repente tenía que enviarme con ella cuando algo no le cuadraba conmigo? ¿Por qué no podía resolverlo él?
"Isabelle, escucha; quiero ayudarte, pero no me corresponde invadir tu intimidad. Algo sucedió hoy contigo y me temo que…" incómodo dudó, como pocas veces lo hizo, inseguro sobre qué decir a continuación.
"¿Qué cosa papá?" expectante, ansiosa y extrañada pregunté.
"Parecías un poco molesta, hoy" con renovada calma agregó.
¡Ahhh!
"Bueno, no sé, es que no sé qué me pasa..." dije predispuesta a decirle todo, sobre lo confundida que me sentía.
"No te preocupes, no debes explicármelo" amorosamente me interrumpió, aún así comencé a sentir que me faltaba el aire. No pensé que él también podría llevarme al mismo estado en que sólo mi hermano, hasta ese entonces, me ayudaba a llegar; el delicioso estado de ofuscamiento.
Suspire con pesadez "Papá… no creo estar entendiendo… ¿por qué…? ¿Hice algo…?" intenté averiguar.
Con sus manos él hizo gestos de calma hacia mí, pero su rostro era distinto, le incomodaba hablarme, la calma se iba "No me malentiendas; no hay detalle que pueda reprocharte, pero estás cambiando: necesitas hablar tus asuntos con alguien, ya eres una mujer y quién mejor para hacerlo que …"
"¡Pero no quiero hablarlo con ella!" me quejé, atreviéndome a interrumpirlo, y no le gustó.
"Soy tu padre y tengo un lugar que me corresponde asumir a tu lado ahora" serio, endureció su voz un tanto "Has crecido y ya no puedo resolver tus asuntos, necesitas a alguien que pueda entenderte."
Aun sin entender nada, desolada, me quede observándolo.
"¿Por qué me trata como si fuera un problema?" respondí al borde de las lágrimas, quería que parara ya.
"Nunca hice eso, pero no puedes seguir sola con todo lo que te está pasando, no deseo que pienses que lo estás…" insistió. "Necesitas a una figura que te guíe y respalde ¿puedes entenderlo?" Reparó un momento en mí quizás para ver si había comprendido.
Y sí, creo que comencé a entender que toda su incomodidad, que toda aquella enredada y torpe conversación, cuyo tema él no sabía cómo diablos definir ante mí, tomaba raíz en aquella figura de respaldo que tanto necesitaba ahora, según él. Pero me molestó tanto enterarme del meollo de todo, que no quise complacerlo en nada "No quiero ir con ella... no puede obligarme" le contesté, mientras le observaba y evaluaba su reacción.
"De hecho, por ley puedo obligarte a hacer lo que me plazca, Isabelle" me advirtió "Pero no está en mí someter a aquel sufrimiento a nadie, y mucho menos a aquellos que más amo."
Se levantó, ya completamente frustrado, se alejó y volteó hacia mi ventana. Era como si en algo, fuera de mí y de él, afuera en el aire, en el cielo, allí podría encontrar un universo alterno en donde todos estaríamos felices, al fin. Me dio mucha tristeza ver a mi padre así, su solitaria figura enmarcada por el espacio de mi ventana. Pensaba que se había rendido conmigo.
Sólo porque quería que volviera a mí, le di el gusto, le dije la verdad que incluso a mi me costaba tanto admitir.
"Quiero a mamá…" musité abriéndome paso entre mi incipiente llanto, pronunciando al personaje incógnito que él no se atrevió a nombrar en toda esa extraña conversación.
Sí, pues esa era la verdad, necesitaba a mi madre y él lo sabía, por eso de forma tan incómoda me proponía una sustituta. Oscar, no estaba disponible de ninguna forma; o presencial o epistolar, así que solo lo tenía a él… hasta entonces.
Volteó hacia mí, con la boca abierta y vacía de respuestas o soluciones. Yo comencé a llorar y él me abrazó. Pero no sirvió de nada, nada se solucionó, nada más ocurrió desde entonces, no se habló o se trató este tema nuevamente, para siquiera encontrar un atisbo de alivio. El incómodo asunto de mi madre, su definición y lugar en este mundo, quedó suspendido en el aire. Pendiente.
Yo, cayendo de aquella pendiente. Toda nuestra pequeña familia de hecho.
A veces pienso que... puede que por esa razón optó por abrir otras puertas, y comencé a ver esa urgencia y ansiedad en él por compensar nuestro distanciamiento y aquel con mi madre, las ausencias, los vacíos, el que no pudiésemos hablar de ella a nadie… Aquello era lo más terrible.
Darme los libros que yo quería, darme la escuela que yo quería, la oportunidad de buscar mis gustos y amistades, de conocer algo de mí misma y ser yo misma; procrastinaciones ante el opresivo deber que me esperaba, parches provisorios para tapar el vacío que él no podía resolver, soportes para el descalabro que surgió después de aquella conversación y el tema pendiente que se postergaba una vez más, y luego otra y otra... Ante cada omisión, yo acumulaba mi cuota de rabia y callaba, ya que si algo me molestaba debía hablarlo con mi madrina ¿no? Y pues… bueno, el resultado era que mucho menos hablábamos y mucho menos comenzábamos a saber el uno del otro.
Ahora, con la distancia ya hecha, parece tener miedo de mí o por mí; cuando hoy me preguntó sobre Ana, eso me puso en alerta. Algo que no le haya dicho ¡Bueno pues, miren quien viene a reclamar ahora! Usted me introdujo a las reglas ¿no, papá? Al parecer así deben ser las cosas, somos aparentemente cercanos porque antes nuestra costumbre era serlo, sin embargo, según esta ridícula sociedad tanta confianza entre padre e hija no debe haber, pero mi madre no estaba así que a quien más iba a recurrir... ¡Qué aberrante debe verse, tanta cercanía entre usted y yo, esa cercanía remarcando la ausencia de su mujer, de su falta de control sobre ella a ojos de los demás! Yo debía ser un equipo a parte con ella y usted, otro con mi hermano; la perfecta personificación de un final feliz, típico de cuentos de hadas… Hombre y mujer, mundos distintos y cada uno inexplorado para el contrario… ¿Qué triste lección, no? ¿De verdad tiene que ser así? ¿Para quién es tan productiva esta separación? ¿Por qué nunca lo cuestionamos juntos? Nada era perfecto, estaba lejos de serlo, pero al menos teníamos ese espacio entre usted y yo, era nuestro… al menos allí podía pretender que todo estaba bien.
…De todas formas…
Me pregunto si habrá observado algo en el tiempo que pasamos juntos. Y trato de recordar qué cosas hice la semana anterior. Antes de visitarme a la escuela, antes del paseo por los jardines ¿me habrá vigilado? ¿Vio con quién me reunía después?
Es evidente que debo cuidar mis pasos. Es seguro que él y mi madre, pondrán atención a lo que haga de ahora en adelante, tarde o temprano lo sabrán, y mucho tiempo no me queda hasta que lo averigüen y me detengan de saber la verdad.
EN LA TARDE LEVANTAMOS AL SEÑOR LANOIS DE SU CAMA, Y LO SENTAMOS EN UNA SILLA EN EL JARDÍN. Su médico había recomendado que le haría bien tomar aire y un baño de sol.
Levantar personas mayores de la cama puede sonar simple, pero al estar en condiciones de debilitamiento muscular o parálisis, se convierten en toneladas de rocas por cargar. De modo que dos sirvientas, mi madrina y yo, realizamos palancas para enderezar un metro ochenta de humanidad y setenta y ocho kilos.
No es la primera vez que mi madrina me abre las puertas a este tipo de aventuras. Entre tantas otras, pero algo más retadoras que esta, me llevó a asistirla. Ayudar a mujeres mayores a ir al baño era un desafío tras el que llegaba a casa a quemar mi ropa. Con darles de comer, no había problema. Lo más curioso que vi fue ver a una ex religiosa saboreando la orina de un antiguo vecino de mi madrina, más tarde, sabría que era una práctica ligada a la uroscopia y que esta mujer lo había aprendido en un hospital antes administrado por la orden religiosa a la que perteneció. Pero, ver nacer a un bebé fue increíble, bestia, animal, por eso hermoso.
Sí, mi inocente, sensible y trabajadora madrina, fue mi primera inspiración y ella no había tenido idea. Ella me dio la primera mirada real a lo que pasaba a mi alrededor, una ciudad que aún se hallaba llena de carencias y que estas gritaban por ser atendidas. La dolencia que fuera y que yo observara en nuestras salidas, la profundizaba con los libros que mi padre me dejaba elegir, así que cuando supe que había una oportunidad de estudiar, la tomé sin titubeos.
"Gracias" me dijo el señor Lanois después de haberle abrigado las piernas con una manta. Yo asentí y me retiré al interior de la casa en donde la señora Lanois y mi madrina me invitan a descansar alrededor de una mesa, y beber algo de té caliente. Mientras tomaba mi bebida y oía a las dos señoras charlar, distraídamente mis ojos se dirigían a la vista que la ventana de la sala entregaba.
La casa de los Bouscat estaba allí.
Recuerdo la arriesgada petición de Morgaine, de llegar a los diarios y documentos que Ana había dejado, y ahora se encontraban en posesión de su familia ¿Habría allí suficientes pruebas para salvar a Emma? Al parecer mis padres tenían un embrollo con estas. Los papeles y páginas de diarios necesitaban ser revisados y reorganizados.
De haber encontrado algo revelador, se habría notado en sus ánimos.
Quien se había tomado la tarea de revisar este caos, era mi madre. Pero sé que sus archivos no suele manejarlos en casa. Siendo así lo más probable sería que se encontraran en su despacho en las barracas de su compañía y llegar allí, para mí, es una tarea temeraria.
"Puedes hacerlo" llanamente Morgaine me dijo al haberle confesado mis miedos. Ese día me observaba con suma curiosidad, ya que le había contado el secreto de mi familia "Así que ese hombre, es en realidad tu madre" se sonreía "¡Vaya! Cada día te vuelves más interesante, no es así Grandier."
"Oh, no tienes idea de lo interesante que es mi vida" con ironía le contesté "No nos llevamos muy bien, de modo que pocas razones tengo para ir a ese lugar."
"Vístete como hombre; lo llevas en la sangre" nuevamente se burló.
"De ninguna manera" protesté "no tengo la voz y soy demasiado escuálida para rellenar un atuendo así."
"Tendrás que fabricar una rápida reconciliación."
Con mirada extraviada y mientras masajeaba mis sienes, asentí.
OSCAR
SABES, LO SABES. PERO NO PUEDES DECLARAR NADA EN VOZ ALTA SIN QUEDAR COMO UN PERFECTO IDIOTA, PORQUE LAS PRUEBAS NO ESTÁN PARA QUE EL RESTO ENTIENDA, que la verdad que está dentro de ti puede ser leída y entendida.
Mi instinto no es prueba de nada, las pesadillas que me han atormentado durante las noches, son solo eso. Pesadillas.
La de anoche fue breve. En las cocinas, mi hija preparaba una tetera, cortaba algunas hierbas y las introducía en su interior; luego volteó a otra mesa, tomó un cuchillo más grande, seccionó uno de sus brazos y luego lo arrojó al fuego de las calderas.
Sobresaltada, desperté en medio de la madrugada, mojada de sudor.
No importa si tengo este tipo de sueños o no, últimamente despierto a la misma hora de la madrugada, me levanto y me dirijo a su habitación, porque solo al ver su rostro, puedo volver e intentar conciliar el sueño. Pero cuando ella se encuentra pernoctando en su escuela, irremediablemente yo permanezco en vela. La noche se convierte para mí en absurda e infructuosa búsqueda de salamandras en el fuego de la chimenea, porque temo, temo demasiado. Solo hasta que despunta el sol del amanecer y sus rayos penetran por cada habitación, algo de quietud vuelve a mi espíritu.
El pasado día ocho de este mes, Paul se reunió con el señor Benoit, padrino de mademoiselle Arsenault, en su hogar. Hoy recibí su carta concertándonos a André y a mi a discutir la información captada.
Mucho qué analizar, era parte del mensaje que Bouscat nos había enviado para citarnos la mañana de hoy. Modificamos citas y horas de trabajo para reunirnos con él, pensando que en verdad la información era importante revisar cuanto antes.
Nuestra llegada a su residencia demoraría un poco. No pensé que André se atrevería a hacer a nuestra hija partícipe de lo que indagábamos, pero lo hizo. Le ordenó y demandó que debían hablar. Obediente, con el rostro demudado, Isabelle se levantó y le siguió. No supe hasta ahora, mientras cabalgamos hasta la casa de Bouscat, lo que había ocurrido entre ambos.
En un inicio llegué a él con un número incierto de reproches y protestas, ya que había roto el pacto de mantener a distancia a nuestra hija sobre todo esto.
Pero casi no prestó atención a mi arenga, estaba decepcionado.
Lo único que pudo confirmar fue que en verdad nuestra hija sí había tenido en alta estima a Ana, y que el golpe había sido doble al haber coincidido con el rompimiento de su compromiso.
-Le pregunté si había algo más, si intentó averiguar algo sobre Ana- me comentó.
-Quizás no presionaste lo suficiente.
-Fui bastante duro con ella… Estuvo a punto de confesarlo, dudaba y podía notar cuánto le había afectado, pero en el último momento… negó todo.
-Bien, está mintiendo, tú ya sabías que está asistiendo a Hucherard en su tiempo libre.
-Sí, pero eso no significa nada.
-Las alumnas saben que realiza sus propias averiguaciones.
-¿Cómo te enteraste?
-Por su mejor amiga.
-¿Aurore te lo dijo?
-Sí- digo cuidándome de hacerle saber que para obtener las respuestas que quería, había sembrado la mente de la muchacha con sospechas sobre su amiga.
Sentado sobre su oscuro caballo, mira hacia adelante y exhala frustración.
-¿Qué tienes? - le pregunto.
-Hay un tema que Paul se rehusa a indagar - dice y le animo a continuar con un gesto que él conoce muy bien - la ubicación de los restos de Ana.
-No ha de ser fácil para él.
-No, no he insistido. Además solo hay vagas posibilidades, la calle de La Tombe de Issoire, donde fue vista por última vez, está muy cerca…
-Del cementerio.- le interrumpo.
-De las catacumbas. - enumera como segunda posibilidad.
-De seguro las pistas que intentamos recolectar y juntar nos guiarán allí, lo quiera Paul o no- agrego.
-De todos modos, me acerqué a indagar junto a Bernard.
-¿Y?
-La ciudad de los muertos tiene tanta actividad como la de los vivos - con el ceño arrugado me contesta - Si Sebastien vio como opción ocultar el cuerpo de Ana allí, no es el único.
-La aguja en el podrido pajar.
-Exacto.
En medio de un brillante, pero frío día comenzamos a acelerar y a galopar, cada uno sobre su animal huyendo de esa sombría especulación, o posibilidad dentro de nuestra investigación.
Son casi las nueve de la mañana cuando llegamos. Con el mismo gesto solícito, Bouscat nos recibe.
Comienza hablándonos enseguida sobre lo que nos interesaba. La llegada de Emma al hogar de los Benoit, y los nueve años que dedicaron a su cuidado y educación. Sabían que estaba dañada, que había sufrido y que la pérdida de toda su familia, obviamente causaría estragos en una criatura de siete años. Pero, no sabían que el daño había sido aún más profundo y severo que eso.
-Me hizo saber sobre un reclamo de la escuela sobre el comportamiento de su ahijada, y que a raíz de esto escuchó por primera vez el nombre de Ana.
-¿Cuál fue la situación?- pregunto.
-Comportamientos erráticos de su ahijada, algún tipo de ataque de histeria o algo parecido, el caso es que la directora deseaba expulsar a Emma y Benoit, por petición de Emma, presionó un tanto para llegar a un acuerdo.
-Bien, eso concuerda con un escrito de su sobrina Paul, pero ¿cuál fue el acuerdo?
-Que Emma no supervisara alumnas de primer año, en vez de eso, dos sage-femmes del hospital la supervisarían a ella.
-Una de ellas era Ana.
-Y la segunda, la elusiva Morgaine Hucherard, André. Y ya que surgió su nombre en la conversación, Benoit mencionó que hace una semana recibió la petición de entrevista de esta joven.
-¿Ella estuvo ahí? ¿Hablando con Benoit? - pregunta con interés André.
-Benoit ni siquiera contestó a su petición.
-¿Y cuál era su motivo? ¿El de esa joven? -continúa.
-Similar al de nosotros, muy similar, pero no creo que vaya al caso poner demasiada atención sobre ella ¿no, André?
-No, es alguien pendiente de ser entrevistado, pero, tienes razón, no es de interés inmediato - dice, aunque sí le es de interés inmediato.
-Pues bien- Bouscat retomó -Una carta llegó a manos de Benoit poco antes de la desaparición de Ana y esta efectivamente es de mí sobrina, era la letra de Ana.
-¿Cuál era el contenido? - pregunto.
-Bastante simple, que tenía información importante sobre su ahijada, le pedía una cita, y más por cansancio ante tanta insistencia de mi sobrina, Benoit contestó al remitente; citándola al día siguiente a las seis y media de la tarde.
-Pero nunca llegó a la cita – confirmé recibiendo triste gesto de Paul.
-¿Cuál era el remitente? – André pregunta.
-Resultó ser la dirección de una amistad que Ana conservó desde su infancia… Pero hay algo más que es bastante desagradable, por decir lo menos.
-¿Qué es?
-Me dio los motivos por los cuales Ana podría haber contactado a la hija de Arsenault – traga un sorbo de vino – al parecer este hombre es un abusivo, y no estoy hablando de simples castigos, hablo de directo contacto físico, íntimo y sin consentimiento alguno de parte de esa niña.
-Entonces hablas de relaciones íntimas pero forzadas, abusos reiterados – con sombras de repulsión en su rostro, André confirma.
Mientras Paul asentía y terminaba su copa en un trago, me dejé caer sentada en una silla.
-Ana tenía algo que contar a Benoit, algo que le serviría para recuperar a Emma ¿sería sobre esos abusos? – con mis manos sobre mi frente logro decir.
–Si eso se supiera, la única perjudicada sería Emma, si Sebastien es acusado y se abriese una investigación en su contra, sería su palabra contra la de una chica que ha sido catalogada por la directora de su antigua escuela como inestable, Emma no tendría credibilidad ante nadie si atreviera a entregar su testimonio – acota André.
-¿Por cuánto tiempo esa criatura ha estado viviendo esa pesadilla? – dije. El horror que había sentido se transformaba en ira y golpeaba mis sienes.
-Por una parte importante de su infancia; luego hubo un interludio que comenzó después del incendio que terminó con su familia, hasta el año anterior, cuando Emmanuelle cursaba su segundo año. En ese periodo de diez años, recibió la tutela de Benoit.
-¿Él conoció a la familia, verdad? – dice André.
-Arsenault y Pallard, sí. Sobre todo a los Arsenault; Sebastien y sus hermanos eran sus compañeros de juego y fue amigo de Sebastien, por eso fue escogido como el padrino de su hija.
-¿Y qué opinaba la familia sobre Sebastien? – incisivo, André pregunta.
Bouscat sonríe apuntando con su dedo índice a esa pregunta – Muy bien, hasta unas semanas antes del incendio, cuando se enteraron de su secreto estaban realizando planes para desheredarlo, destituirlo y eso, claro, no iba nada de bien con él.
- ¿Cómo logró enterarse de eso y de lo que sucedía con su ahijada? – continúa André.
- Therese Ringaud, la criada de Arsenault, le confió el secreto, después de que Sebastien sacara a su hija de La Maternité y la llevara a su nueva residencia, ella se acercó.
-Entonces, él asesinó a dos familias que querían hacer justicia – declaro al recordar el rostro esa criada, como si en aquella visita hubiese querido hablarme.
-No hay prueba de ello; nadie estuvo enterado sobre las intenciones de la familia, ellos aún no contactaban a sus abogados, no hay registro de un alegato contra él. De acuerdo a la justicia, ese incendio fue un accidente.
-¿Emma recuerda algo?- André continúa con las averiguaciones.
-Sólo el incendio, pero nada más – su voz suena decepcionada – una cosa es cierta según Benoit, que es mejor mantener cierta distancia de él si quieres permanecer cuerdo y hacer una vida normal, no es buena compañía.
-Es una lástima que tenga que mantenerme cerca de él – asqueada agrego. – Si Ana tenía algo que informar a Benoit, debió ser algo que le fuera útil para desarmar a Sebastien.
-Tener prueba de que asesinó a su familia, habría logrado el cometido- dice André y yo me dirijo a recoger el resto de los escritos de Ana, almacenados por su tío sobre un anaquel.
-Si ella estaba en posesión de esa prueba, nos guiaría a apuntarlo a él como su asesino – dice Bouscat.
-Algún indicio habrá sido guardado por ella en una de estas hojas. – le respondo.
-Pues, vamos a ello – contesta.
Noviembre 12 año 1807
ISABELLE
TOMÉ LA DECISIÓN DE REALIZAR UNA VISITA CALCULADAMENTE IMPROVISADA A OSCAR TRAS MI CITA CON EL SASTRE. CLARO ESTÁ, LA VISITA NO ERA A ELLA, SINO A SU DESPACHO EN SÍ.
Había tomado la precaución de revisar su itinerario del día de hoy: tenía tantas reuniones y salidas a revistas, que difícil era el momento en que le podría encontrar tras su escritorio. Esto era perfecto.
Y aquí estoy. Todo es tan ordenado, que he pasado ya cinco minutos completos observando a mi alrededor, desde el asiento que su aide me ofreció para aguardar su llegada. Tengo miedo de mover algo y no dejarlo tal y como la quisquillosa memoria de la dueña, recuerda haberlo hecho.
Finalmente me pongo de pie y rodeo su escritorio. Levanto la tapa de un libro y la dejo caer de regreso. Exhalo como si hubiese corrido kilómetros y kilómetros. Doy un vistazo a la ventana. Dos torrecillas de correspondencia y me atrevo a más: nada más que correspondencia del ejército. Otro vistazo a la ventana y de regreso al escritorio. Libreta de notas; fechas de citas actuales y anteriores, y aquí me doy cuenta que ha almorzado en la casa de Arsenault. Y pienso que, si está enterada de las mañas de aquel individuo, Oscar tiene un temple del que ni yo imagino hacerme algún día.
Lámparas de gas, plumas, tintas no son de mi interés, nuevamente un vistazo a la ventana y decido ir por los cajones. Uno tiene carta de invitación escrita por el aide del emperador, pero Alain le refiere asuntos que están lejos de sus chistes y comentarios irónicos, es información formal, fechada en marzo de este año. El emperador quería otorgarle el título de Mariscal. De haberlo recibido de forma efectiva, mi madre probablemente no estaría aquí. Siempre vigilante de la ventana, dejo esa nota curiosa a un lado para perseguir mi objetivo, pero el resto de los cinco cajones de su fino escritorio no muestran más que timbres, sobres, papeles en blanco y demás.
El resto de sus muebles son anaqueles y repisas de libros, títulos de ejercicios marciales como esgrima, historia romana y griega, filosofía y matemáticas… ¡OH, cielos, Descartes! NO. Ahora no.
Una repisa con sobres y archivos en carpetas promete algo de esperanza. Apenas sí toco un sobre y un ruido metálico me sobresalta. A hurtadillas me acerco a una ventana; dos soldados practican con la espada mientras el resto de sus compañeros observan.
Al regresar al conjunto de archivos de mi interés, un detalle me detiene: bajo su escritorio, junto a una pata delantera de este. veo un artefacto de cuero. Rápidamente voy por detrás del mueble, me agacho para ir por debajo extendiendo mi brazo y alcanzo el objeto. Enseguida abro la carpeta de cuero y descubro la letra de mi profesora. Cada página de las veinte allí dentro, son extractos sin relación lógica entre una y la otra, lo cual coincide con el desastre documental del cual mis padres hablaban a puertas cerradas en sus habitaciones, madrugadas atrás. Los conjuntos de párrafos sólo hacen una referencia a Emma y a sus estados de ánimo en su segundo año en la escuela de partería, pero sé qué hay más y que el material aún debe estar descansando en casa de los Bouscat.
Devuelvo todo a su lugar de origen y regreso a mi asiento. Al parecer tengo mucho tiempo para reflexionar. Sin duda en casa del señor Bouscat encontraré más relatos sobre la señorita Arsenault, sólo tengo que resolver cómo llegar a ellos… tarea nada sencilla.
Tengo toda la intención de marcharme de aquí, excusarme con Merlin e irme. Le doy un último vistazo a la habitación que en verdad posee un aire bastante refinado, gama de tierras desde las maderas hasta las pesadas cortinas y tapetes en el suelo, detalles dorados en los dinteles y paneles sobre las paredes que sustentan aquel espacio. Me pregunto si fue decisión de ella que quedase así, o si le fue impuesto el diseño predeterminado. Con un poco más de certeza, sé que los libros son su opción. Pero este es su espacio, sus cosas, sus hábitos, su forma de pensar reflejada en un número de objetos. Vuelvo a sentarme a observar aquel ambiente, a preguntarme por qué ella se ha convertido en un misterio para mí, y el misterio es tentador, te llama a tratar de armar las piezas y a quizás, intentar comprender el aura alrededor de lo desconocido e insólito, y en este caso alrededor de mi madre.
Me dejo acompañar por su presencia, me acurruco y me envuelvo en todo lo que anhelo. No puedo analizar, sólo imaginar y evadir la memoria de mí cuerpo, disfrutar de ilusiones. Pero es tan pobre lo que puedo construir, no puedo recordar un momento en que la haya abrazado y hundido mi nariz en su persona, no puedo recordar alguna mirada de aprecio, sólo de reservas y temor a cuál será el siguiente error que tendrá que enmendar en mí. ¿Cuántas veces me sentí ignorada? Miles, ¿cuántas veces me hizo callar? Otras mil veces más. ¿Cuándo acompañó mi llanto y lo validó en sus manos? Sabía que era mi madre y por eso asumía que debía esperar el mundo en su interior, pero no puedo sentir ese mundo dentro de mí, siento que no la conozco. Hay tanto que necesité contarle, compartirle y no puedo, no confío, no puedo entregarme, no puedo liberarme en ella cuando solo sé que encontraré un gran murallón, un territorio inaccesible. Sí, si pudiese describirla en una sola palabra, sería esa: Inaccesible ¿Cómo espera borrar toda esta historia de ausencias y vacíos entre nosotras? Es imposible. Me perdió y yo la perdí.
El enojo renovado me impulsa, me hace saltar de mi silla, tomar mis cosas y abandonar. Vuelve el pensamiento resentido de antes; puedo hacer esto sin ti, hay otras personas en este mundo, buenas personas, nuevos amigos, nuevas familias que conocer, me fuerzo a volver a sentir esa esperanza, a llenar el vacío y la soledad y caminar y avanzar.
-Isabelle – me detienen. Me volteo, es ella, es mi madre. Mi primer impulso es llamarla de regreso, pero recuerdo en donde estoy y qué significaría para ella si dijera Mamman. Mi garganta se cierra en otro nudo y trato de aferrarme a mi enfado.
–Siento que hayas esperado tanto, no sabía que ibas a venir.
-Sí, es mi culpa, debí avisar – agobiada por todo lo vivido en su "fabulosa" oficina, respondo.
- Está bien, puedes venir cuando desees – dice para mi sorpresa, yo asiento a su invitación - ¿Regresas a tu escuela?
-Tengo que hacerlo.
-Te llevaré, es lo menos que puedo hacer después de tan larga espera.
–Gracias – acepto, porque en verdad me siento extenuada.
Comenzamos a avanzar. Siento su mirada en mí, otro maldito escrutinio sobre mi persona – ¿Te sientes bien? No creo que hayas alcanzado el almuerzo ¿has comido algo?
-En absoluto - honesta me expreso… qué más da...
-Resolveremos eso en un momento – contesta, señalándome un camino diferente al del corredor por dónde vamos.
-Voy a retrasarme – algo inquieta le advierto
-No lo harás- asertiva responde, pero puedo ver el movimiento de su garganta, algo esforzado y tirante -¿Por qué motivo decidiste venir? – pregunta – ¿qué necesitas?
Me detengo y me vuelvo a ella, es muy tentador contestar con la verdad, porque vuelvo a sentir esa maraña de rabia y tristeza – En verdad ya no lo sé – suelto esas palabras. No es toda la verdad, pero tampoco miento, maravillosamente lo que acabo de decir es completamente cierto; porque misteriosamente todo se redujo a lo que sea que sucede entre las dos. Atrás quedó el plan verdadero de esta visita, atrás quedó Ana, Hucherard y el terror que he estado viviendo. Todo esto es sobre mi madre y yo, en que estoy cansada de ella y me rindo.
-Puedes decírmelo – me anima.
No puedo decírselo ahora, que hemos acabado, que ya no esperare a que surja un milagro: -Estoy cansada, no puedo, no ahora – me niego y creo que comenzará a presionarme.
-Está bien, no tiene que ser ahora.
Toca mi hombro, sin querer la necesidad por mi refugio maternal vibra y despierta con su tacto. Con su segunda mano gesticula hacia adelante y de un momento a otro somos solo madre e hija, una hija visitando a su madre en su trabajo, algo cotidiano, normal, tan normal que llego incluso a preguntarme ¿de qué me estoy quejando? Así volvemos a emprender el paso y, en cuestión de un minuto, llegamos al refectorio. Está vacío, son las tres de la tarde y ya hace más de cuatro horas que los oficiales recibieron sus almuerzos.
Los soldados iniciados son quienes están a cargo del servicio de los oficiales en estos comedores. Cuatro jovencitos se encuentran apostados cerca de las cocinas, así que uno de ellos, al ver que mi madre hace entrada, salta de su lugar y viene a nuestro encuentro. Tiene muchas menos insignias que mi madre luciendo en el pecho, de hecho solo tiene una, la cual indica su rango menor.
–Bonsoir, monsieur Rochelle – mi madre le saluda.
-Bonsoir, general – contesta el chico. Miro su rostro y creo que debe estar muy cercano a mí en edad. Nos entrega el menú de hoy y entre carnes y pescados, yo elijo el pescado; mi madre escoge lo mismo.
Primero nos sirve la sopa y yo me sonrío ante su gesto ansioso que revisa el comportamiento de mi madre de forma constante. –Sólo ten cuidado de no arrojar la sopa encima de la señorita, Rochelle, y te ganarás tus puntos - le advierte Oscar.
-Sí, señor. Disculpe, señor.
-Gracias – cordial le digo y él asiente de forma afable hacia mí. Cuando nos deja a solas, me dirijo a mi madre - ¿Puntos?
-Así obtienen más privilegios y oportunidades de ascenso, al realizar trabajos extra para oficiales de mayor rango- me explica con las manos cruzadas bajo su mentón.
Yo asiento en son de entendimiento. Miro alrededor y me sonrío, todo en este cuartel es notable.
-¿Por qué sonríes? – pregunta emulando mi gesto.
-Es que es muy distinto al cuartel de Bellechasse.
-¿Cuándo fuiste ahí?
-Hace un par de años, cuando Alex hizo esa pintura para el señor de Soisson; Papá y Alex me llevaron cuando se le entregó ese trabajo – le explico, ella imprime un gesto de entendimiento sobre su rostro – es hermoso aquí.
-Yo atendí aquí desde los once años – dice y me sorprende, ahí tuvo toda mi atención – no solía ser el cuartel que es ahora, este lugar fue una academia militar y mi padre había tomado la decisión de enviarme aquí, aunque solo fue por un año...
-… Es la primera vez que me cuenta algo de usted– digo, sin poder refrenar mi impulso.
-Ya es hora de que vaya haciéndolo.
-¿Por qué no lo hizo antes? – resentida le cuestiono, mi tono se hizo notar como un reproche. Ella traga una cucharada de su sopa. Es como si un soplo de aire le hubiese pasado por encima, como si no me hubiese escuchado.
-Debes ser más paciente – atenta a su servilleta me dice habiéndose tomado su tiempo para hacerlo. Y con eso termina una conversación que prometía ser agradable.
-¿Usted lo era a mi edad? – por toda respuesta solo se digna a mirar a través de mí – debió ser un gran logro para usted – continúo con sarcasmo.
-Ten cuidado – me advierte.
¿Cómo es que los españoles dicen? …Ah, sí: Pues ahí, todo se fue al garete... algo así.
Voy terminando mis platos más por obligación que por ganas verdaderas de hacerlo. La charla se vuelve rutinaria y superficial. Toca el tema de mi asistencia al baile del cual me había hecho aviso y fue todo. Había comenzado a sentirme culpable de hurgar sus cosas, pero con aquel nuevo cierre, mi remordimiento volvió a ser… historia.
OSCAR
FINALMENTE VINO A MÍ Y ME CONGELÉ.
Iba a abrir la puerta de mi despacho, pero al pasar cerca de una ventana di unos pasos atrás. Le observé, sentada en una de las sillas que reciben a mis invitados; su larga y agraciada figura, la expresión inteligente de sus ojos sumergidos en reflexión.
Mientras fue una niña pequeña no hubo complicaciones, estaba libre de aprehensiones. Me acercaba a ella sin pensarlo mucho y los abrazos no tenían costo. Fue desde el momento en que tuve que pensar en su formación, su educación en que… Debía alejarme, era por su bien.
Meses después de que Robespierre fuese ejecutado, volví a incorporarme al ejército y sus campañas.
Me acerqué a su madrina antes de marcharme. Rosalie me dio su bienvenida como siempre, pero le sorprendió que me dirigiera en forma directa hacia ella en vez de su esposo. Bernard nos dejó a solas en la sala, y aún sorprendida de haber excluido a su esposo, ella comenzó a buscar conversación "usted siempre está a cargo de cosas tan serias; el más idóneo para que le asista en esos casos es Bernard."
"Se trata de algo aún más importante que en ocasiones previas, Rosalie."
"¿Qué es lo que puedo hacer por usted?"
"Como has de saber, me marcharé pronto."
"Sí, André nos lo contó en una de sus visitas; él se ve mucho mejor, por cierto."
"También Bernard, cómo está François."
"Tan bien como sus pequeños, señor Oscar, ya ha recuperado su peso y está tan activo como antes."
"Ya casi cumplirán sus seis años" dije contando el año entero que había sido tan afortunada de pasar con ellos "Debo irme, pero volveré, te lo aseguro… aun así, necesito que ayudes a André y participes de la educación de nuestra hija, ya que yo no podré involucrarme de ahora en adelante."
"Será un placer, pero mientras usted esté aquí y en sus retornos, podrá nuevamente retomar…"
"No lo entiendes, ella está creciendo y debe tener ejemplos que le aclaren su camino en la vida, no que hagan lo opuesto; yo no estoy capacitada para ese trabajo."
"Pero, usted es maravillosa, es una gran persona, señor Oscar…"
"Por favor, Rosalie" nuevamente le interrumpí, confundida se detuvo "No quiero que ella esté sola."
Bajó su cabeza, juntó sus manos como si las abrazara, luego tocó su vientre vacío. Volvió a hablarme con voz mucho más conmovida.
"Quiero mucho a Isabelle, es muy especial para mí, así que puede confiar en que la guiaré lo mejor que pueda, daré todo de mí, se lo aseguro."
En verdad lo hizo. Con amargura leía los relatos que André hacía sobre ellas dos, compartiendo el tiempo juntas… mi tiempo con mí pequeña.
Mi hija se hallaba en profunda contemplación, de algún modo se había acurrucado en la silla en donde esperaba. Su rostro iba en dirección a los anaqueles y repisas de libros que mantenía a un costado de mi despacho, pero no sostenía ningún volumen, no observaba nada en particular. De un momento a otro, el gesto en su rostro se tornó enfadado, dolido, desarmó su posición para incorporarse. Merlin me había informado sobre su llegada en cuanto arribé al cuartel, y transcurrieron dos horas desde que ella decidiera aguardar por mí, es perfectamente comprensible que haya decidido emprender su camino de regreso.
Le había dicho que se acercara a mí y lo hizo. Pero me hallaba, siendo incapaz de ir y encontrarla.
Ella tomó sus cosas y salió de mi despacho hacia el corredor. Le seguí y ya no aguanté más. "Isabelle" le llamé. Se volteó y al verme relajó su gesto en el rostro. Caminé hacia ella "Siento que hayas esperado tanto, no sabía que ibas a venir" dije apenas la tuve enfrente.
Cansada me respondió que había sido su culpa, que debió avisarme de su visita. Le hice saber que no había problema y que era libre de venir cuando lo deseara.
Con expresión demudada me observó un instante.
Ya que debía regresar a su escuela me ofrecí a llevarla de regreso. Me esforcé por reprimir un sermón; una vez más salió sin sirvienta o compañía en medio de las calles de esta ciudad.
Ella aceptó mi oferta. Pero, no se llevó a cabo de inmediato. A penas avanzamos algunos pasos en dirección a la salida. Tome nota de su desgano y de su palidez. Le hice un nuevo ofrecimiento, esta vez invitándola a un almuerzo para darle la oportunidad de recuperar fuerzas.
Tras objetar un poco, aludiendo que aquella invitación implicaría un importante retraso, finalmente aceptó.
Quería retenerla. Sentía que el gesto de su visita significaba algo importante. Cuando le pregunté la razón, su respuesta me sumió aún más en confusión. Dijo, que ya no lo sabía.
Cuando dijo esto, me pareció verla tan perdida. Y ante aquella vulnerabilidad… me maldigo… sentí esperanza, pensé que finalmente iba a decirme qué estaba pasando. Pero no hubo modo de hacerla hablar.
Dijo que no podía, ahora no, estoy cansada.
Siendo así, le insté a continuar nuestro camino hacia los comedores del cuartel. Una vez ahí, me sorprendió que pudiésemos desplegarnos en una conversación. Fue agradable y pude ver que también logró disfrutarlo. Pude apreciar el manierismo natural de su persona. Nunca me había dado la oportunidad de hacerlo, siempre estuve tan preocupada de su porvenir que no pude ver. De sonrisa tímida, pero generosa y espontánea, mirada inteligente, gesto templado, pero cálido, afectuoso.
Su cabello claro se tornaba dorado con la luz de la tarde penetrando las ventanas, su tez blanca y sonrosada era joven y tierna. La fisonomía de su rostro, su alargada figura cuál delicada hada, me conmovieron.
Mi pequeña se parece a mi madre.
En ese instante me pregunté ¿Cómo es posible que los hijos sean capaces de guardar tal mosaico de historia familiar? Capaz de llevarte al origen, al pasado, a quien fuiste.
No lo planeé, solo se dió el momento. Sin saber cómo, me dejé llevar por el impulso, el deseo de darle a conocer sobre la historia del cuartel en donde nos hallábamos, una historia que tenía que ver mucho con la mía. Sé que capté su interés por la niña de once años que había sido enviada por su padre a este edificio, antes una academia de formación militar, para convertirse en soldado. Sé que se interesó por ese soldado que ahora soy.
Quizás mientras fijaba su mirada sobre mí, intentó imaginarme de esa edad, entrando allí, siendo entrenada.
Nunca, ni a ella o a su hermano mencioné historias sobre la vida de antes.
"Es la primera vez que me cuenta algo de usted" observó. Impetuosa, parecía reclamar por mi silencio, por qué no había abierto la boca antes. No me importa demasiado que me exija, pero aún no estaba lista para responder tanto. Hay mucho qué decir al respecto y sinceramente no podía explayarme en ello.
Corregí su actitud, le dije que debía ser más paciente mientras procedía a limpiar los bordes de mis labios. Pero la conversación desde ese momento no fue por buen camino, reconozco que evadía preguntas bastante legítimas, y que probablemente le ofendí al ignorarlas. Y me lo hizo saber, con la típica falta de diplomacia de su juventud.
"¿Usted lo era a mi edad?" me preguntó, a la vez que recogía una porción de sopa con su cuchara "debió ser un gran logro a los diecisiete años" se atrevió a contestar.
"Ten cuidado" le advertí, al haber detectado su sarcasmo.
Desde ese momento se volvió hacia su plato y no levantó la mirada hacia mí nuevamente. Retornamos a nuestro detestable hábito. Respondió estrictamente a lo que debía y me dejó llevar los temas de conversación a mí antojo; un solitario y no muy fluido monólogo… Maldita sea…
HORAS HAN PASADO DESDE QUE LE DEVOLVÍ A SU ESCUELA.
Su padre notó el desánimo en mí.
Si bien André es un alma amable, su porfía o tenacidad, no tiene límites. Puede tomarse cinco minutos o todo un día, en desmenuzar alguna inquietud. Quizás más. De forma pausada, pero continuada, no cesó a través del pasar de las horas, hasta verme confesando la raíz de mi mal humor.
-¿Paciente tú, a los diecisiete años? Déjame ver– se burla, tomándose la barbilla. De forma gradual su carcajada comienza a inundar el aire.
-No debí mencionarte sobre nuestro encuentro – molesta le contesto.
-Honestamente espero que haya más encuentros, es cuestión de práctica, de costumbre aprender a limar esas asperezas – agrega en el mismo tono juvenil y socarrón.
-No es divertido, André – le reprocho - … no es… no es tan simple, cuando creo estar a punto de resolverlo, llego a un callejón sin salida.
-No entiendo por qué crees que se trata de resolver un puzle o un misterio ¿cuándo te darás cuenta de lo fácil que es hablarle? – con leve aire de impaciencia se explaya - Nada malo pasará si te le acercas, sobre todo si es lo que quieres.
-No importa qué es lo que quiero, sino lo qué es correcto.
-Pues eso no te ha beneficiado mucho, de lo contrario, habrías obtenido una confesión de su parte.
-No me hables así - le reclamo.
-Es la verdad - replica de mala gana.
-Parece que no soy la única persona de mal humor- me burlo.
El regreso a casa es silencioso. Sabía qué su preocupación era similar a la mía. Nuevamente sale a relucir el tema sobre el trabajo extra que nuestra hija realizaba al lado Hucherard. Era cierto, ya lo sabía. Pero no era suficiente para él creer en mis sospechas sobre esta joven.
Hasta hoy.
Al llegar, me invita a sentarme en nuestra sala y me cuenta acerca de sus actividades matutinas.
La había seguido, se había dedicado a ello. Horas antes de que Isabelle y yo compartiéramos la mesa en los comedores de mi cuartel, él se encontró nuevamente acechando la calle en donde las oficinas de correo se encuentran instaladas. Morgaine Hucherard había caminado hasta allí buscando la diligencia del solicitado cochero, quien, minutos después, la dejaría a las afueras de la casa de Benoit. Pudo corroborar in situ que Morgaine realizaba sus propias averiguaciones sobre el destino de Ana, ya no podía negar o dudar nada sobre ello.
-¿Ahora me crees? Están juntas en esto.
-Entonces debió dejar algún rastro en su habitación ¿no? - dice levantándose de su silla.
-¿Eres capaz?- digo, y detiene su andar junto a la puerta, entrecierro mis ojos, examinándolo.
Voltea hacia mi. El gesto en su rostro señala incomodidad, molestia. Y agrega:
-¿Por qué? ¿Por qué no me dijo lo importante que era para ella?
-No lo sé, André - sintiendo real compasión por él le respondí.
-Bueno, efectivamente así es, así que tiene todo el sentido del mundo que quiera saber qué pasó... - confirmó.
-Debemos detenerla.
-No - me responde rotundo- tenemos que ser más listos que eso.
