LAS DESAPARICIONES
IX
Noviembre 18 año 1807
ISABELLE
ES ALGO QUE PIENSO QUE ES BASTANTE INTUITIVO, aquello de encontrar tu destino, de recorrer el camino hacia este. Que hay algo en nuestro interior, guiándonos a navegar en determinadas experiencias, a conocer personas y situaciones que parecen encajar con quien crees que eres… o quieres ser o quieres descubrir, como si uno mismo fuese un misterio a descubrir. Quizás al final, aquella conjunción de personas y lugares y contextos, te permite ser y existir… aunque no de una manera fija como suelo escuchar; es decir, el destino quizás es el camino que recorro, no un final como llegando a una meta. Como esperando por una condena, una fatalidad. El destino se me hace algo vivo y cambiante; ese camino como un sin fin de posibilidades a experimentar.
Pensándolo de ese modo, tengo dos sensaciones con respecto a la vida: algo de libertad y algo de miedo, por esa i certidumbre de que en realidad no sabes exactamente qué va a pasar.
No sé qué va a pasar con las desiciones que he tomado. No lo sé. Y es parte de mi destino vivirlo. Vivir en la posibilidad y en la incertidumbre que esto implica... Quizás a eso se refería mi padre al decir que la vida lleva más misterios que certezas.
Sé por qué trato de saber qué pasó con Ana, pero aún siento que estar haciendo esto es haberme metido en una locura. Sé que yo lo decidí, pero aún así me sorprendo de haberlo hecho. No suelo ser así. Suelo ser precavida, la que planifica y piensa todo una, dos y tres veces. No suelo ponerme en riesgo. Nunca he sentido la necesidad de estar en medio de un conflicto, la persona que se lanza en una muchedumbre o en donde todos se dan a palos.
Cada noche me duermo dando vueltas a esto. Analizo y recuerdo cada uno de mis pasos.
Siempre recuerdo el que creo, fue el primero.
Si no dejo de repetir la misma historia sobre mi madrina, es porque fue muy decidora para mi.
Había un lugar al que ella me llevaba de forma periódica, al hogar de una antigua vecina, de aquel barrio en el que una vez ella vivió siendo niña. Cuando ella no tenía qué comer, esa mujer le daba hasta de lo que no tenía para no verla desmayándose. Esto fue trascendente para ella, pero no solo al obvio nivel de supervivencia.
Algo en mí coincidió con la voluntad de madame Chatelet, algo que hasta el día de hoy ella cree de a pies juntillas: que es digno ayudar a quienes lo necesitan, y no solo por el hecho de hacerlo. Es que todo parece mejor al hacerlo. No sé qué es. Las acciones que ella replica, parecen mantener algo íntegro en su ser, como si preservaran su espíritu o su alma, que en muchos, a la misma edad que ella posee, se torna cínico, seco, irónico, desesperanzador. Ella parece ingenua, entregada, frágil y demasiado inocente para el gusto de algunas personas, pero sabe tanto como el resto, que en este mundo existe más mierda que jabones y perfumes, y que dar una fregadita a alguien, de algo sirve.
Ayuda a que esa persona se levante y siga su camino. No siempre funciona, pero cuando sucede, vale la pena ser testigo…
Hay tanto que limpiar y mejorar. En este punto yo digo que cualquier cosa sirve. Había una luz de esperanza para mí al verla hacer el bien a otro.
En un punto Me dije: esto es lo quiero hacer. Es donde quiero estar.
Las oportunidades llegaron gracias a distintos factores que yo no imaginaba, a través de distintas personas, y las tomé sin sentirme obligada a nada. Llegué a La Maternité y sentí que encajaba, debía estar ahí.
Lo que me sucede es a que, nunca pensé que ayudar a otros me acercaría al berenjenal en donde estoy sumergiéndome ahora. Quizás, cuando quieres ser parte del remedio o la mejora de algo que se cae a pedazos, inevitablemente debes tocar el mal para contribuir en algo.
Aunque a veces hay excepciones.
Esta mañana, Lefillatre se hallaba acompañado por una Sage-femme. Debía realizar un examen general a un bebé de una semana. El pequeñito, no dejaba de gimotear y llorar, de retorcerse. Madame Boivin, la Sage-femme que se hallaba acompañándolo, no tuvo mínima intención de entregar el truco para tranquilizar el llanto, para que de una vez por todas Lefillatre lograra medir altura y circunferencia craneal de la criatura. Era bastante simple de hecho.
Madame Boivin fue llamada al Hospital, pero antes de irse, con gesto malicioso se acercó a mí: "Ni una palabra, Grandier" me dijo.
Sólo cuando escuché que el eco de sus pasos se hallaba suficientemente lejos, me acerqué a Henri. "Observe" le indiqué con premura. De forma firme pero gentil, tomé el bracito del niño acercando su diminuto puño a su regordeta mejilla, solo al hacer eso el pequeño buscó con ansias su extremidad; enseguida comenzamos a escuchar enérgico sonido de succión y a observar la avidez y fuerza, de un bebé cuando responde a la urgencia de ser nutrido y cobijado por su madre. Henri rió con ternura.
"¿A qué tienes hambre, no amiguito?"
"A esta edad siempre estamos alimentándonos, buscando protección, necesita a su mamá para eso" expliqué.
"Entonces me apresuro, antes de que se dé cuenta de que se trata solo de su mano."
Logró terminar el examen justo antes de que llegara Boivin y yo me retirara. Boivin barrió la escena con un solo vistazo y al pasar por su lado, recibí una palmada por la retaguardia "Traidora" con aire bonachón me regañó "Ya verás cuando obtenga su título; nos borrará de su memoria, después de apoderarse de todo nuestro conocimiento sin darnos ni un crédito. Así son todos estos dioses de bata blanca."
"No lo haré, madame Boivin" Henri rebatió.
"Ya lo veremos" le desafió ella.
Mis pies me llevaron hacia el taller de Hucherard. Digo que mis pies me llevaron, porque no teníamos planeado reunirnos hoy, pero sentí algo en mi estómago tirándome hasta ella. Estaba cerrado, hice varios llamados que no tuvieron respuesta.
No tuve tiempo de ir en su búsqueda hasta las salas de atención hospitalaria, o de preguntar a nuestra portera si había registro de salida o entrada, ya que pronto un carruaje vendría por mí: es que hoy es el día del baile y he de alistarme y estar presentable a ojos de mi madre.
CON TODO EL ESTILO Y GRACIA DE UN CABALLERO DE ANTAÑO, ME TIENDE UNA MANO PARA BAJAR DEL CARRUAJE. Yo la acepto como la dama que debo pretender ser y veo la chispa de orgullo en su mirada; el vestido de gala y otros atavíos sobre mí, mis gestos y pose de escuela de modales atraen la mirada de algunos jóvenes que como yo, acaban de descender de sus finos animales y respectivos carruajes, para atender al cumpleaños de la esposa del general Guillaume.
-Relájate, todo irá bien – me dice, con voz aterciopelada.
-Lo estoy.
No lo estoy, es decir; no estoy nerviosa ante la expectativa de cazar un prospecto, mi objetivo es otro, pero debo confesar que estas miradas sobre mí, son bastante desagradables. Sí, para esto fue que madame Campan nos preparó en su instituto. Estas miradas deben ser las que reciben los productos del mercado de París… Debo decir que es bastante incómodo sentirte como un trozo de carne colgando de un gancho carnicero. Y sólo me encuentro al umbral de la mansión.
De la mano del apuesto Oscar de Jarjayes, a quien tampoco le faltan las miradas de doncellas, supuestamente todas vírgenes, respiro profundamente, me enderezo y camino hacia adelante.
Los invitados allí dentro murmuran por todo recién llegado, sobre mí creo escuchar -Vaya, vaya, carne fresca- de una voz masculina, -no es para tanto- de una voz femenina, - ¿Quién es?
-Ahijada del general Jarjayes.
-Qué interesante.
Ah sí, esta es otra sorpresa que guardaba sobre mi madre. Mis padres nunca contrajeron nupcias. El título legal de un hombre como ciudadano, no le permite casarse con otro ciudadano del mismo sexo y ante la ley, mi madre es un hombre. No sé si es lo mejor o lo más triste, pero como padrino mío y de Alex, incluso tiene más derechos sobre nosotros que una madre, que en realidad no tiene ninguno.
-Qué cálida atmósfera- con sarcasmo me refiero a los cándidos comentarios y murmuraciones sobre mi persona.
-Es un ambiente duro, lo sé –admite.
Observo la tribuna que me rodea -Puedo manejarlo – contesto retadora.
-Ese es el espíritu.
No quiero hacerlo, pero no puedo evitar sonreírle.
A punto de llegar a una mesa con zumos y ponches, una figura nos observa, levanta el mentón y envía una mirada y sonrisa burlona, llena de picante.
-Señor… - le indico hacia el aide del emperador.
-Debí imaginar que iba a estar aquí – poco complacida, gruñe.
Alain de Soisson camina en nuestra dirección. No cayó en gracia con mis padres desde el momento en que se conocieron, pero sí con sus retoños. Alex y yo pensamos que es un alborotador, pero en el buen sentido; él ha sido la persona que ha puesto el tinte de alegría y desenfado en nuestras complicadas vidas; todo es un chiste o una broma para exponerte en platea, y eso, lejos de ofendernos, nos aliviana la carga. Podemos ironizar y reírnos de nosotros mismos. Pero, cómo dije, en absoluto su carácter logra complacer a mis padres.
-Bueno – empieza haciendo una venia –No pensé que llegaría a verla ataviada como árbol navideño, señorita Grandier.
Contesto su venia, riéndome.
- ¡Oh! ¿Pero, no cree que son hermosos? Además, no todos los días puedo vestirme como uno, señor de Soisson – agrego de buen humor.
Él ríe –No se debe dejar pasar la ocasión, si es tan escasa.
Me encojo de hombros.
-Ya basta de bromas, Alain- le reconviene mi madre – no sabía que conocías al general Guillaume
-Me vendió su antigua propiedad al sur, eso es todo… y su esposa fue muy amable – pasea su mirada de Oscar y hacia mí por el rabillo.
-… ¿Su esposa fue muy amable? – lentamente le pregunto. Oscar me da un pellizco en el brazo- ¡Ay!
-No seas entrometida- me reprende, a lo que Alain ríe con satisfacción; y ahí, justo ahí en ese gesto, entiendo todo el enredo entre madame Guillaume y Alain.
-Qué hará con una propiedad – digo aclarando mi garganta.
-No lo sé, estaba ebrio cuando hice el trato.
Mamá rodó los ojos hacia el cielo y Alain continuó: –Tuve mucha suerte de que el terreno resultara ser fértil.
-A eso se le llama tener suerte – me burlo.
- ¿Ya saludaste a madame Guillaume? – mi madre nuevamente intentando darle un giro a la conversación.
-Aún no, los saludos especiales se entregan en privado – dice y me guiña un ojo, dejándome con la boca abierta.
-Nos veremos más tarde Alain – le despide mi madre – hay una larga fila de invitados esperando saludar a madame- agregó a la vez que tomaba mi barbilla para juntar mis labios.
-Hasta más tarde y, paciencia petite Grandier – dice con microscópico gesto hacia Oscar. Alain hace su venia de despedida y se encamina a otro salón.
-¿No se meterá en problemas? – le pregunto a mi madre
Ella asiente con fingida seriedad y preocupación – Probablemente lo saquen a patadas.
No mucho tiempo pasa desde su partida y mi madre exclama –¡Vaya, la velada está iniciando con muchas sorpresas!
A alguien vio - ¿A qué se refiere?
-Alguien que conocí recientemente- se limita a contestar.
Un hombre en uniforme de gala, traje de gala de la policía, saluda a la madame celebrada. Los pelos de mi piel se ponen de punta, cuando veo que le acompaña una joven de mi edad.
En breve, este hombre capta la mirada de mi madre y decide encaminarse a nuestra ubicación. Le sigue la chica.
-Capitán Arsenault, mademoiselle Arsenault, que agradable coincidencia – saluda mi madre, confirmando mi sospecha.
-Agradable coincidencia en verdad, general Jarjayes – responde con simpática cortesía.
-General – dice la joven – espero que se encuentre bien de salud.
-Muy bien, señorita Emmanuelle.
– ¿Puedo preguntar qué visión de elegancia le acompaña hoy? – pregunta Arsenault al poner su atención sobre mí.
-Mi ahijada – responde haciéndose a un lado - Isabelle Maia Grandier.
-Gusto en conocerlo, capitán – saludo inclinándome ante él, con piedras en mi estómago.
-Un placer, mademoiselle Grandier – me responde manteniendo su cordialidad y urbanidad inicial. Sus ojos son como dos grandes soles. Su tez blanca parece cálida y luminosa, quizás por aquel suave rosa sobre sus mejillas, más el cabello desvaído en donde apenas se vislumbran canas. Es como un foco de luz del que no escapas, una red atrapándote, como Etienne, el cochero de los Guillaume, había descrito.
Ahora insta a la chica a dar un paso hacia adelante para entablar los saludos entre ella y yo – Permítame presentarle a mi hija, Emmanuelle Arsenault.
Ella inclina su cabeza y yo la imito. Es el calco de su padre, por excepción de sus ojos, de un café rojizo o ámbar. –Mademoiselle – me saluda, pero no puedo leer nada en ellos.
-Un placer – digo – podemos acercarnos a hablar más tarde si gusta.
-Me encantaría – responde, pero no sé si lo dice en serio o solo demuestra cortesía frente a su padre.
Él me sonríe y su bigote se alza hacia la nariz, inhala con avidez –Excelente, Emma no conoce a nadie aquí aún, muchas gracias, mademoiselle – me dice – nos veremos en otro momento – dice dirigiéndose a mi madre.
-Hasta pronto – responde, para luego volverse a mí – muy amable de tu parte.
Yo solo asiento.
Pronto es nuestro turno de entregar los saludos de cumpleaños. Luego nos dirigimos a tomar algunas bebidas. Mientras mi madre me entrega apuntes sobre las personalidades que han atendido al baile: Políticos y sus esposas, hombres de negocios y sus esposas, y militares y sus esposas, casi ningún intelectual y entre ellos, más hombres de ciencias que pensadores y filósofos. Nuestro gobierno da más empuje al avance tecnológico y a la medicina que al área humanista y se puede visualizar este reflejo en cada demostración social.
Llevamos alrededor de una hora en este evento en que se me presenta ante distintos grupos de familias y amigos. En cada uno, Oscar me presenta y de buen ánimo me entregan lisonjas y cortesías, ya que mi madre tiene el cuidado de no mencionar mis ambiciones estudiantiles.
Ya estoy comprometida con cinco bailarines, después de haber cumplido con cuatro anteriores.
Antes de continuar con mi apretada agenda, pido disculpas a mi padrino y a la familia Lebas, para retirarme de su grupo. Me sirvo una bebida y tomo asiento sobre un canapé. Estoy a la vista de Oscar y de vez en cuando revisa mi posición. Ciertamente se ha propuesto que más temprano que tarde, encuentre nueva promesa matrimonial; tengo muchísimas ganas de boicotear su plan torciéndome un tobillo en la próxima pieza de baile. Es muy típico que esto suceda en esta clase de eventos…
-Señorita Grandier – me llaman para mí sorpresa. Es Emma, alzo mi vista hacia ella y enseguida cubro mi rostro con simpatía – Se ha convertido en la favorita de los jóvenes, no le han dejado descansar.
-Tiene razón, no me han dejado, pero, por favor siéntese – le invito, el canapé es bastante amplio. Ella accede, quedando a cierta distancia la una de la otra, suficiente para poder mirarnos de frente – tiene razón, mi padrino ha hecho las gestiones para que sea conocida por la mayor cantidad de pretendientes posibles.
Ella ríe un poco.
-¿Qué le ha parecido esta fiesta?- le pregunto.
-Algo intimidante – dice, con su rostro en dirección al grupo en donde está mi madre – las miradas de la gente, lo que dicen de uno y lo que no dicen…
-También lo siento así, pero al menos nos preparan para esto en los institutos; ¿usted atendió a alguno?
Levanta la vista hacia las parejas ahora bailando. Y parece haberse quedado prendada de algo en particular, algo que yo no veo. Estoy a punto de preguntarle si se encuentra bien y dice – Sí, por supuesto – duda un poco en mirarme a la cara otra vez -Tuve una profesora allí, era muy especial, pero… ya no está aquí.
-A veces tienen que ir por otras oportunidades ¿cierto?
Niega moviendo la cabeza. –Supongo que sí – cierra la boca y traga saliva – Señorita Grandier, yo ya le conozco a usted, es decir, le he visto; siempre estaba junto a Gertrude Colin, ella era...
Su voz se detiene en seco y el gesto en su boca se deforma en una mueca, cual persona que hubiese pisado una babosa "parecen tripas andantes" decía Alex cuando éramos pequeños. Yo dejaba que pasearan por dedos y palmas de mi mano. Vulnerables, sus cuerpos helados y gelatinosos me causaban escalofríos.
Veo una sombra proyectándose sobre mí y hasta el suelo, giro mi cuello con la misma sensación helada en mi nuca. -Te ves cansada querida, sería bueno que te retiraras un momento- le dice su padre. No sé qué pensar de la intención con que se acaba de dirigir a su hija. Su tono ya no es animoso como el de horas antes, pero suave, aterciopelado y reconfortante, y aún así perentorio.
Emmanuelle se levanta.
-Si nos disculpa, señorita Grandier – dice, y su tono soleado vuelve solo para mí.
Se encaminan y les veo desaparecer entre grupos, bailes y alegres charlas. Quiero seguirles, pero no lo veo posible. Giro hacia donde había dejado a Oscar y por lo que veo, es probable que haya captado su atención por largo tiempo y sobre todo ahora que me observa con los ojos entrecerrados.
Inhalo profundo y plancho mi regazo con mis manos, ya que ha decidido acercarse. Presiento un cierto número de preguntas.
-Por lo que veo, eres muy sociable – me dice, al tomar asiento a mi lado; su tono es cercano- debes acompañar ese atributo con aquel de la prudencia- me advierte. En mis labios se dibuja una suave sonrisa.
-Me gusta conversar, pero en esta ocasión, ella se me acercó.
-¿Qué te ha parecido mademoiselle Arsenault? Parecen llevarse bien.
-¿En tan breve tiempo se notó eso?
Cierra y abre lenta y suavemente sus párpados a modo de asentimiento, como una gata frente a una cálida fogata.
-Por lo poco que duró nuestro diálogo, parece ser muy bien educada, afable y sencilla, en el buen sentido, claro, sin pretensiones… pero no se le ve muy bien... algo turbada, quizás.
Ella asiente, con un sesgo reflexivo en la mirada
-Ella atendía a la misma escuela que tú – dice volviéndose a observarme, yo no huyo – ¿le recuerdas?
Niego con un gesto, es la verdad después de todo – Nos mantienen tan ocupadas que no tenemos ojos si no para nuestros deberes junto a las chicas que cursan en nuestro año, por lo que concluyo que debió haber estado en un curso superior al mío, porque no recuerdo su rostro.
-Ya veo – conforme responde.
-Por el previo saludo entre ambas, usted sí le conocía – le observo y una chispa de alerta parece cubrirle la cara. – Parece tenerle miedo a su padre.
-¿Por qué lo dices?
-Por cómo le miró cuando vino por ella.
-No deberías entrometerte en la vida de otras personas– me reprocha – es la base para introducirte en la corriente del chismorreo.
Picada me quedo observando su perfil.
-Pues fue muy bizarro – continúo de todas formas - yo no puedo verme al espejo cuando le saludo a usted, pero sé que mi cara no se está derritiendo cuando lo hago, considerando que no nos llevamos particularmente bien. – vengativa, mascullo la última línea.
Me niego a volver mi atención a ella y justo a tiempo, cuando posa una mano sobre mi brazo, nueva invitación de baile cae sobre mí. El peso de su palma desaparece cuando recibo las breves palabras de aquel joven de turno; me ofrece su mano para ayudarme a salir de mi asiento y me alejo de ella.
Me esfuerzo en concentrarme en el rostro de mi acompañante, en los pasos de baile y en buscar una nueva oportunidad, un encuentro más con Emmanuelle.
En medio de pasos y giros de la cuadrilla, avisté el rostro de Custance detrás de una mesa arreglada para ofrecer bocadillos. Mi presencia parecía haberla petrificado, ya que otra sirvienta la empujaba hacia un pasillo para que saliera de la vista de los invitados.
Extiendo mi mano hacia otra joven y ella hacia mí, giramos y ella cambia mi lugar por el mío y yo por el de ella, quedando lado a lado con su pareja de baile y ella con la mía. Teniendo su perspectiva del salón, veo que Oscar ha sido atrapada, aupada a pedir el siguiente baile a una jovencita. Me sonrío; en cualquier evento siempre se encontrarán mayor número de mujeres contrapuesto con menor número de hombres. Siendo así, lo más cortés para nuestro sexo opuesto es no dejar en abandono a las señoritas.
Creo que a mi madre no le agrada mucho bailar, sinceramente no lo busca, pero no dejará en desgracia a ninguna mademoiselle.
Si nadie toma mi mano para un nuevo baile, tendré un momento de libertad, sin la vigilancia férrea de Oscar.
En unos cuantos pasos más, termina la pieza musical y mi pareja toma mi mano nuevamente, para escoltarme de regreso al lugar de donde me recogió. Una venia hacia él otra hacia mí, casi al mismo instante en que Oscar toma la mano de la joven a quien había invitado. No puedo dejar de reconocer que la ilusión de galante caballero, mi madre la lleva de forma impecable, muchas chicas la observan con ilusión y algunas no alcanzan a reprimir los suspiros. Me limito a observarla hasta que llegan al lugar indicado para unirse a otros bailarines y comienzo mi búsqueda por Emma.
Camino por detrás de la gente que observa la coreografía de ocho parejas, mi madre y otros hombres me dan la espalda. Al mirar por el lado opuesto, el señor Arsenault aparece por un umbral y avanzando al salón concurrido por los invitados. No veo a Emma, pero en verdad hay mucha gente y grupos cerrándose como biombos ante los ojos.
-¿Y ya ha encontrado al elegido, petite Grandier? – por detrás de un hombro me hablan. Giro mi cabeza y ahí está, con la misma sonrisa, manos cruzadas por detrás y aire bribón.
Muevo la cabeza - ¿Qué es eso en realidad?
-Ah, una filósofa melancólica – se burla.
-No, una filósofa bastante cansada. ¿Ya sabe cuántos bailarines me han torturado? Debo torcerme un tobillo pronto - le respondo mientras de reojo paseo mi vista entre la concurrencia.
-Si me permite el siguiente baile, puedo ayudarle con un fino pisotón
Me echo a reír –Le estaría por siempre agradecida, señor de Soisson.
Al segundo, él cambia el gesto taimado de siempre por uno de inquietud; su atención ya no cae sobre mí. Busco qué es lo que le ha atrapado: por el mismo umbral, por el cual minutos atrás, surgió la figura de Sebastien Arsenault, va de salida su hija.
Parece un triste muñeco, del tipo que viene en teatros de juguete y manejas con hilos invisibles logrando movimientos poco naturales. Cabizbaja, logra acercarse a una mesa y servirse un vaso de zumo.
-Eso no parece ir nada de bien, pronosticó un desmallo o ataque de histeria. – Alain especula.
-Parece triste o avergonzada – observo. -¿Qué tal si me invita a un vaso de ponche y vemos si podemos evitar que se exponga a un escándalo antes de la cena de cumpleaños de su querida?
Él asiente de buena gana y me ofrece un brazo. –No diga que es mi querida, fue sólo una atención a un favor …
-¿Le pidió el favor? ¡Pero, qué generoso es! – con fingida dulzura me burlo
-Oh, muchas gracias, eso es todo un halago, viniendo de una antigua alumna de madame Campan – se burla.
Mientras, nos habríamos paso entre grupos y parejas, conversaciones y risitas. Al llegar a destino, Emma seguía allí. Toma su bebida como si esta se le fuese a arrancar de las manos. Ya había comenzado a llamar la atención de algunos, de modo que me acerco lentamente a ella y le llamo –Señorita Arsenault – le nombro suavemente y se sobresalta, su vaso de cristal tambalea en sus palmas y el torpe movimiento despide unas gotitas que aterrizan directamente sobre la seda del lazo en mí cintura.
-Oh, lo siento- se disculpa.
-Está bien, no es nada, nadie lo verá – le tranquilizo – le vi un poco extraviada ¿quizás le puedo ayudar?
Regresa su atención al mantel sobre la mesa, al colocar su vaso sobre este veo el temblor en sus dedos –No sabía a donde ir – me susurra.
-¿Quiere que le lleve con alguien? – pregunto y pienso en tentar un poco mi suerte– quizás su padre.
Como dos agujas sus ojos se ensartan brevemente en los míos y creo poder leer un definitivo No. Luego estos viran, detrás de mí. Me volteo y me doy cuenta que recién ha notado que llevo un acompañante conmigo.
-Disculpe, es amigo de mi familia – le explico y me presto a presentarlos – Aide del Emperador Alain de Soisson, conozca a Emmanuelle Arsenault.
-Encantado – dice Alain inclinando su cabeza ante ella. Emma trata devolverle el saludo, pero sólo le nace una mueca, avergonzada le quita la mirada de encima y Alain entiende que debe entregar algo de espacio.
-Estaré cerca, si me necesita – en bajo tono me ofrece.
-Gracias, señor – con la misma suavidad le respondo. Se aleja un tanto y me vuelvo hacia Emma – No podemos salir, pero podemos caminar – le sugiero.
Ella asiente – Él está observando – me advierte.
-No puede oírnos, mientras estemos a la vista no se alarmará – digo haciéndome su cómplice.
Y comenzamos a andar, observamos a los invitados, hago observaciones fútiles y superficiales sobre encajes y lazos en los vestidos, le indico algunas tiendas y revistas de moda en dónde buscar los mejores y creo ver que su rostro va relajándose, pero es una ilusión.
-Ya que en cualquier momento uno de nuestros tutores se acercará, se lo diré – digo pensando que ya es hora de dejarse de rodeos - la señora Benoit quiere que sepa que no la ha olvidado. – no puedo ver reacción alguna a mis palabras.
-… Su padrino. –con algo de alarma me advierte.
Siento la mano de mi madre sobre mi hombro y doy por terminada esta nueva oportunidad. Pero, eso no es lo peor: Emma, se apresura; apenas inclina su cabeza hacia mi madre y se aleja.
-De seguro va en busca de su padre – tan sorprendida como mi madre, trato de explicar aquella conducta.
- Es lo más seguro – con aire dudoso concuerda conmigo - Es hora de dirigirnos a la sala contigua, los invitados ya comienzan a ser guiados a sus mesas para la cena y he visto que su padre ya se encuentra ahí.
Toma mi brazo y caminamos hacia nuestro lugar.
La reacción de Emma fue parecida a las observaciones que Morgaine me había compartido, los reclamos que llegaban de la escuela al regazo de los Benoit acerca de los comportamientos de su ahijada; los arranques abruptos en medio de un alumbramiento, las actitudes intolerantes a ciertas situaciones complicadas en el hospital, los llantos en medio de una comida en el refectorio, su aislamiento…
- ¿Sucede algo? – sentí la voz de Óscar –tu plato está en el mismo estado a como fue servido.
Rápidamente cargo mi tenedor con un trozo de espárrago, un trozo de carne e introduzco en mi boca. Pero no alcanzo a acabar; cada plato, incluido el mío, es retirado del lugar de todo comensal a la mesa, para luego reemplazar por uno nuevo.
No soy la única que se encuentra distraída. Oscar no es capaz de quitar su atención de la mesa en donde Arsenault padre e hija, se encuentran cenando. Y por mi lado, yo no puedo dejar de pensar en el umbral de un pasillo por el que Arsenault apareciera horas antes. Momentos después, su hija se asomó por el mismo pasadizo completamente cambiada.
Mi velada, en apariencia, termina como una de las más exitosas entre las señoritas que atendieron, ya que tres pretendientes pidieron el permiso a mi padrino para acercarse en actitud de visita a mi casa. Pero, personalmente no puedo considerar esta noche como un éxito: estoy cansada y no establecí ninguna conexión prometedora con la señorita Arsenault.
Cabizbaja, recibo junto a mi madre nuestros abrigos en el vestidor. Ella se adelanta a salir de este, mientras una mucama me ayuda con mi capa. Se está despidiendo del padre de Emma y esta se dirige a recoger su abrigo para marcharse. Pasa por mi lado sin dignarme palabra o mirada. Mientras yo termino de cerrar los broches al nivel de mi cuello, nuevamente pasa por mi lado y toma mi mano enganchando un papelillo bajo mi palma. Yo giro dando la espalda a la entrada y ansiosa desdoblo el diminuto trozo de papel.
Día 25 9:30 de la mañana Mercado de la Halle, leo y sé que de inmediato debo deshacerme de aquella nota.
Me acerco a una lámpara y la introduzco.
- ¿Qué es eso? – por detrás escucho, me doy la vuelta para enfrentarla.
- Un trozo de papel – respondo sin amedrentarme.
- ¿Por qué necesitabas quemarlo?
- Porque ya no lo necesitaba, es obvio.
La escucho exhalando, o más bien humeando.
- Quieres dejar a un lado esa actitud desafiante hacia mí – con impaciencia me confronta – no te irá bien si prosigues.
- Pero he contestado a sus preguntas ¿Qué más tengo que hacer para satisfacerlo, señor?
Algo ofuscada toma su cintura con sus manos, ya está perdiendo la paciencia.
- Camina, el carruaje ya nos espera– con mandíbula apretada, bufa la orden, y yo obedezco.
Nada se dice al interior del carruaje, nada de nada, ninguna palabra o mirada o gesto redentor y como siempre parecemos preferirlo así. Una y otra vez nuestro lazo, si alguna vez existió, se agria y corroe. Pero, extrañamente, no me siento mal, me siento liberada, porque por primera vez puedo prescindir de su aprobación. Estoy tan rabiosa que no me duele, no me entristece el número indeterminado de críticas que posiblemente se encuentre rumiando sobre mí ahora; quizás esa energía, aunque negativa, me impulsa y me ayuda a renegar de ella, pero no me importa. Ahora, al menos en este minuto, puedo ser yo misma.
Aún no es medianoche cuando llegamos a casa, faltan varios minutos para que eso ocurra. Las ventanas de la sala, vestíbulo y cocina, se ven iluminados desde el interior. Cuando nuestro carruaje entra, pueden verse dos caballos desconocidos cerca del establo. Así que imagino que hay visita.
Mi padre viene a nuestro encuentro y me ayuda a bajar, en un segundo mi madre me sigue y pregunta: –¿Visitas?.
-Un amigo de Alexandre y dos de Isabelle, más el hermano de una de ellas – confirma mi padre.
- ¿Puedo participar? – sonriendo pregunto.
-Por supuesto, tu hermano y sus amistades están ahí – me autoriza.
- Pensé que estabas cansada – mi madre dice.
- Oh, puedo aguantar un poco más – contesto mirando hacia atrás a la vez que me apresuro a entrar.
En el recibidor me detengo para despojarme de mi capa, y algo impaciente me animo a acercarme al umbral de la sala. El rostro de Aurore es el primero que veo.
-Vaya, vaya miren quien al fin se digna a honrarnos con su presencia – me reprocha desde su asiento.
-Ya déjala – Gertrude me defiende – Hucherard le está exprimiendo hasta la última gota de jugo.
Me acerco a ellas y nos saludamos besándonos las mejillas.
-No es el único que se digna a honrarnos con su presencia, Aurore – dice Alex mientras extiende un vaso de vino a uno de sus invitados, es Henri.
-Bienvenido de regreso, señor Lefillatre – le saludo, y me doy cuenta que estoy entusiasmada por verlo aquí – pero, ¿por qué se han reunido todos? ¿Están celebrando algo?
-Es que el señor Colin ha regresado de Italia – me responde mi hermano y se presta a presentarme – Doctor Gabriel Colin, conozca a mi hermana Isabelle Grandier.
-Encantado, mademoiselle – me saluda y al pararse noto que cojea, aquella debió ser la razón de su regreso.
-Gracias y bienvenido a nuestro hogar – respondo volviéndome para sonreír a su hermana y mi amiga.
-Me sorprendió hoy, mientras salíamos de la escuela, tu hermano iba por Aurore y coincidentemente el profesor Lefillatre se hallaba en portería- comenzó Gertrude.
-Vimos a Gertrude tan feliz y emocionada, que tu hermano ofreció hacer una pequeña celebración de bienvenida. – Aurore agregó
-Esta guerra le quitó uno de sus pies, pero aquello no le impedirá ejercer su profesión y quedarse aquí para siempre, lejos del fuego- emocionada Gertrude agrega.
Le sonrío y me siento a su lado, enlazamos manos - Estoy contenta por ti - le digo.
La reunión acaba pronto y las despedidas comienzan. Mis amigas y yo quedamos de vernos en dos días más. Gabriel Colin se despide con "un placer haberla conocido" y Henri... bueno, me preguntó si podía visitarme y yo le dije que sí.
OSCAR
HABRÍA BASTADO CON UNA NOTA DE EXCUSA PARA NO PRESENTARME. No estaba obligada a asistir al cumpleaños de la esposa del general Guillaume, pero había pensado que esta sería una buena oportunidad para que mi hija pudiese recuperar algo de su reputación.
Ante mis ojos demostró que era bastante capaz, sabía su lugar en cada situación. El disfrute en su rostro no se notaba demasiado, estaba nerviosa y parecía tomarlo con la energía que se toma un reto. Es obediente, sin duda, no hay nada que reprocharle en ese aspecto.
Iba por algo más...
"Fue una pequeña insolente, por poco termino abofeteándola delante de los invitados… Gracias a Dios ya nos íbamos o no habría logrado aguantar más…"
André río ante mi relato, parecía no darle importancia a mi queja.
"Logró conectarse muy bien con la hija de Arsenault, habría sido bueno saber que decía ese papel que quemó... pero por lo que le observaste hacer en toda la velada... estimo que pudo haber un acuerdo entre ambas; habrá que vigilar de cerca a nuestra pequeña, ver qué pasos intentará dar ahora."
"¿Por qué hace esto?" dije comenzando a sentirme irritada por la parsimonia y cálculo en su actitud "Hay que detenerla. ¡Ya!"
"Tenemos que vigilarla, el momento de confrontarla llegará pronto."
"¿Cuánto tiempo más esperarás por ese momento? Ya llegó, es ahora."
"Aún no, Oscar. Sólo lograrás que se aparte aún más de nosotros."
"Se encuentra en peligro y eso es en todo lo que piensas, ¿en que se alejará de ti? Si se acerca a esa jovencita, se acerca al demente de su padre."
"Es por eso qué hay que vigilarla de cerca, estar ahí exactamente cuando nos necesite."
"Desearía que confiara en nosotros" me lamenté.
"También yo, pensé que por ser su padre existiría una barrera natural entre los dos... no la hubo, pero…"
"Ahora existe, debes aceptarlo."
"No debió existir entre ustedes… Quizás ese es el problema, la distancia que tú has impuesto."
"Podía prescindir de mí, no soy el mejor ejemplo a seguir." le rebatí.
"Bueno, creo que sí intenta prescindir de ti, no es del tipo que se queda a esperar, si necesita algo lo busca y creo que por eso está ahora hasta el cuello; obtuvo más de lo que esperaba."
Al salir de mi habitación, vi la figura de mi hijo acosando a Madame Barraud. Cómo vieja sirvienta de antaño, no pensaba correcto retirarse a descansar y abandonar la atención de los invitados, lo cual era exactamente lo que Alex quería que hiciese.
"¡No, no, no! No deseo abrir la cocina por la mañana y encontrar todos mis trastos sucios con esas capas de grasa y que otra cosa más …"
"¡Yo limpiaré!" le prometió y Barraud le quedó mirando de arriba hacia abajo riendo descreída.
"Retrasas todos mis deberes, niño. Así que me quedaré aquí hasta que tu fiestecita se acabe" le respondió y con eso se marchó a su cálida cocina.
Habiendo sido rechazada toda petición por nuestra cocinera, Alexandre se encogió de hombros.
"¿Escuché mal o pensé haberte escuchado decir que limpiarías?" me burlo.
"No, escuchó bien" me respondió "tenía que intentarlo... oiga, ¿cómo le fue a Isabelle en la cacería de pretendientes?"
"Qué desafortunada elección de palabras, Alexandre" le reprocho.
"No madre, más bien es ser literal. Es lo que es, ¿no?"
"De acuerdo" le concedo "pues debes saber que captó la atención de muchas familias."
"Ah, es por eso que se ve tan exhausta, demasiadas piezas de baile."
"¿Alex? ¿A dónde quieres llegar?"
"Es que al fin logró que después de dos años, Lefillatre pise esta casa y usted se lleva a Isabelle a tirar carnadas." Me reclamó.
"¿Tú amigo Henri?" divertida le respondo "¿desde cuándo?"
"Pues desde la primera vez que vino a ayudarme con mi aritmética, pero nunca hizo nada y terminó por apartarse cuando vio que lo de François e Isabelle era evidente."
"¿Entonces estoy arruinando tus planes de celestino?"
"Así es" serio me respondió.
"Lo siento, no lo sabía" reí entre disculpas.
"Bueno, eso es natural, y es natural que mi hermana siga sin tener idea de lo que piensa este atorrante tampoco"
"Alex, estás siendo muy duro"
"Fue lo que le dije; No es fácil declararse a una mujer" dijo André sorprendiéndonos con su llegada.
"¡Claro que no lo es! Cuando busqué a Aurore por primera vez, sentí que mi baja capacidad intelectual caía dramáticamente varios metros bajo tierra" concordó con él, André comenzó a reír "y además, ni siquiera le mencionaré cómo fue cuando me le declaré, fue como cuando me caí del árbol de bellotas del jardín y aterricé de espaldas, pensé que iba a escupir mi estómago por la boca, fue terrible"
"Olvido lo gráfico que puedes llegar a ser, Alex" me lamenté asqueada.
"Lo siento, es que, lo que intentaba decirle a Henri, es que no perdiera el tiempo, porque se va sentir como un estúpido ahora o cien años después, de modo que si tiene algo importante que decirle a mi hermana, mejor que lo haga pronto y no pase de esta noche"
"¿Al menos se llevan bien?" pregunté.
"Si, por supuesto, hablan los mismos estimulantes temas y encima de eso parecen disfrutarlo" con desgano contestó.
"Está terminando sus estudios en medicina y luego quiere profundizar aquellos de cirujano" dijo André poniéndome al tanto en un nivel más terrenal.
"Pues bien, me haré a un lado con mi plan, pero solo por un tiempo" le advertí.
Tras haber dicho eso, dió aviso a su padre de que acompañaría a su prometida hasta su casa y retornaría enseguida. Las despedidas dieron su inicio y terminaron enseguida. De toda la joven comitiva, solo nuestra hija quedó ante nosotros, y con un gesto indescifrable en su rostro se dirigió a su padre.
"¿Papá? ¿Puedo preguntarle algo?"
"Claro que sí"
"Henri Lefillatre me preguntó si podría visitarme y le respondí que sí, eso está bien con usted, ¿verdad?"
"Solo si está bien contigo, tú tendrás que conversarle; pero ya le conozco bien, tanto a él como a la reputación de su familia, así que por supuesto que está bien" André le contestó de buena gana.
"De acuerdo…" dijo ella, dudando "Si... No habrá problema, siempre hemos tenido de qué hablar".
"No pareces muy entusiasmada" le observé.
"Si, no lo sé" contesta y me sorprende con su honestidad "es que no pensé que quisiera acercarse a mi alguna vez... estuvo por dos años sin poner un pie aquí, se reunía fuera con Alex... pensé que era yo, que no quería presentarse aquí nuevamente porque yo lo irritaba"
"¿Irritarlo?" divertida le cuestioné.
"Si, y sobre eso todos los docentes de la escuela dicen que soy irritable, y él es parte de la docencia ahora, debe escuchar cosas muy buenas sobre mi" con sarcasmo y algo de preocupación, agregó.
"Obviamente él piensa distinto, acaba de preguntar si podía verte" le rebatí nuevamente.
"Veremos qué dice cuando me conozca mejor" dijo.
"¡¿Qué estás diciendo?! Ten un poco de fe en ti, hija" le animó su padre.
Ella se encogió de hombros, con el dibujo de una mueca o sonrisa resignada en su rostro "Está bien, papá, quizás tiene razón" le concedió "... Buenas noches" se despidió de ambos y André solo asintió.
"Buenas noches" respondí y algo aliviada por el acercamiento del joven Lefillatre hacia mi hija, giré para tomar el camino de regreso a mi cuarto.
Pero André se quedó mirando hasta perder su figura, en la oscuridad del pasillo que guía a su habitación, noté que sus pensamientos le inquietaban la mente.
"Solo debe ser cansancio" comenté en forma de consuelo. La observaba con preocupación.
"Esperare en la sala el regreso de Alexandre" me avisó, sin tomar en cuenta mi comentario.
"Te acompañaré"
"De acuerdo" dijo sin mirarme.
Al llegar encontramos a Sylvie y a madame Barraud poniendo en orden la sala anteriormente usada por nuestros hijos y sus amigos. Antes de partir a sus habitaciones, nos preguntaron si deseábamos algo de la cocina, pero, para no demorar más su descanso, nos limitamos a darles las buenas noches. De todas formas, a los cinco minutos volvieron a servirnos té caliente. Cuando partieron, André reanimó el fuego y yo reemplacé velas casi consumidas por unas nuevas. Todo lo hicimos en silencio, yo porque no había dejado de pensar en mi hija y él... bien, asumo que por la misma razón.
"Sólo es cansancio" insistí. "Le rodee de pretendientes que la mantuvieron bailando casi toda la velada"
Se sonrió con ironía "Ni siquiera tú crees eso" dijo a la vez que tomaba asiento "no sé si te lo dije antes, pero el primer año que estuvo en el instituto de Campan, me preguntó si creía que era mala…"
"Por Dios, ¿cómo pudo pensar algo así?" reí.
"Bien, les decían cómo comportarse mejor y ella se lo tomaba a pecho"
Moví la cabeza en negativa "André…" dije desestimando su observación. Él me sonrió.
"Si, parece una tontería…" dijo riendo "Nunca me lo dijo, pero podía notar que odiaba ir ahí, aunque resultó destacar de todas formas".
"Entonces le estaban guiando bien y ella tuvo la disciplina para tolerarlo"
"Si, disciplinada es… a veces demasiado" me apuntó "Me has preguntado tantas veces porque la dejé ir a la Maternité".
"Siempre me lo pregunto y creo que por siempre lo haré" dije en tono de reproche.
"Solo era una experiencia antes del matrimonio"
"Una arriesgada, pero al menos hizo conexión con un nuevo pretendiente en ese lugar"
"No lo entiendes Oscar, de haberle prohibido entrar habría obedecido no tengo dudas".
"¿Incluso ahora? " me burlé "¿mientras nos miente a la cara?"
"Técnicamente ha cumplido con todas mis reglas ¿acaso ha desobedecido las tuyas?"
"No" con la mandíbula apretada le respondí.
"Está aquí, pero no está, la habríamos perdido totalmente de haberle prohibido ir"
"Dime" comencé nuevamente, perdiendo la paciencia, cansada de tanto análisis "¿cuánto tiempo más piensas hacerme esperar para detenerla de una vez?"
"No te preocupes, mandé a vigilarla."
ANDRÉ
CÓMO PODRÍA COMENZAR POR EXPLICAR TODO ESTE ENREDO.
Recuerdo que ella venía a mí.
No la persuadía en absoluto para que lo hiciera. En algún punto de su crecimiento cesó, no tengo un registro claro del momento exacto, creo que desde el punto en que tomó conciencia sobre la realidad que le esperaba como mujer, madre algún día, esposa algún día.
La primera pista, que lamentablemente pasó desapercibida para mí cuando cayó a mis pies, fue cuando me preguntó "¿Cree que soy mala?"
Me dejó con la boca abierta. Es … ¿cómo podría llegar a pensar esto una niña de apenas trece años? Espero que no haya pensado que la enviamos al Instituto de Madame Campan, porque había algo malo con ella. Me había decidido a todo esto para ayudarla; la vida no es fácil y tampoco lo es aquella de una señorita y pensé que allí le darían lo que necesitaría para enfrentar lo que viniera. Todos aquellos temas eran desconocidos para mí, era necesario que alguien la guiara con eso.
Podría haber sido un error. No quise mirar de frente lo que sucedía, con falso optimismo quise pensar que todo iba a estar bien. Eso comenzó a decir ella después de un mes de lecciones "Todo va a estar bien" "Voy a estar bien" con nueva y elegante actitud de reserva; sí, de reserva, reservando su presente estado para sí misma.
Había tanto que me confiaba, diálogos ricos en descripciones sobre las observaciones y percepciones que captaba y analizaba, acerca de las personas que le importaban, sobre las situaciones y realidades que tocaban su pequeña y joven vida.
La que más recuerdo fue aquella tras una reunión de amigos que involucró a la familia Chatelet y Beachump, dueños de una librería en el centro de la ciudad, que fue a encontrarme a la sala de lectura. Era de noche, golpeó la puerta y entreabrió un poco para asomarse. "¿Papá?" había preguntado y yo dejé lo que me mantenía ocupado.
Ya estaba habituado a esto, y me vi esperándolo casi siempre, como cualquier ritual del día a día.
Pensé que haría observaciones, sobre los Beauchump y su quehacer de bibliotecología, pero en su lugar dijo "Es algo…" vi que lo pensaba mucho "¿delicado...?" Dudó
"Es sobre ti, asumo."
"No… es mi madrina ¿ella está bien?"
"¿Le has preguntado ya?"
Ella asintió "Se sorprendió y dijo que por supuesto."
"Entonces ahí tienes" le contesté y me dirigió una mirada entre divertida y bastante singular. Esperé a que se decidiera a continuar.
"¿Papá?"
"¿Sí?"
"¿Es posible que una persona …? Mmmm…"
"Mmmm… ¿sí?" juguetee con ella y rió avergonzada.
"¿Es posible que alguien cambie el ambiente o el aire alrededor sólo por estar...ahí ?… es tonto, lo sé."
"No, no lo es" le tranquilicé "¿Por qué lo preguntas?"
"Es que mi madrina sirvió el café para ustedes hoy, ¿no?" verificó conmigo, yo asentí "Y usted y el Señor Chatelet estaban muy relajados, y ella, pausada y como abierta… - sé que esa no es la palabra – pero es que incluso me dejó a ayudarla a servir sus bocadillos, y me sentí muy bien, porque me felicitaba mucho… Pero, cuando estaba el Señor Oscar un mes atrás…"
"… ¿Si?" dije frunciendo el ceño.
"Me sentí mareada, es que ella hizo que el aire fuera muy pesado, no dejaba de moverse… denso, esa es la palabra" tranquilamente me dijo "Ella no me dejaba hacer nada y se irritaba mucho conmigo, usted estaba nervioso…"
"¿Yo estaba nervioso?"
"No estoy segura, cuando me acerqué a usted, tomó mis manos y las suyas estaban sudadas, y usted deja las hojas de su libreta de notas como curvas..."
"Combadas" le corregí.
"Está bien, combadas, sobre todo cuando está por entregar la revisión de una publicación final del periódico… pero no estoy segura de que sea porque está nervioso…"
"De acuerdo, primero que nada, no me pongo nervioso antes de una entrega en mi trabajo y ese día, quizás lo que observaste fue mi reacción al calor de las chimeneas."
"Sí, mi madrina se esmeró mucho en tener el fuego animado ese día y regañaba mucho a François, y eso que por primera vez él se portaba bien..."
"Y ¿por qué razón te inquieta el bienestar de ella?"
"No me inquieta tanto, sólo me llamó la atención y quería saber qué pensaba usted… ¿cree que estoy exagerando?"
"Pienso, que observas muchos detalles, no todos, pero más de lo que espero de otras personas, pero debes ser muy reservada; porque una cosa es notarlos y otra interpretarlos, y al hacerlo puedes incurrir en errores… ¿has interpretado algo sobre lo que observaste?"
"Que debe ser… no lo sé, quizás la amistad entre mi madre y mi madrina es especial, pero no sé qué es, puede ser que algo importante haya ocurrido y… ¿fue bueno para mi madrina y no lo puede olvidar?"
"Es posible" le sonreí.
"¿Cómo se conocieron?"
"Un día te lo contaré"
Se quedó observándome con extrañeza, pero prosiguió.
"Quizás quiere que todo esté perfecto cuando mi madre está ahí, y su actitud hace que el aire se torne tenso, pesado..."
"A punto de condensar a sus invitados" bromee.
"No podría decirlo a nadie más, porque no estoy segura de nada… sólo sentí algo, por lo que vi."
"Y lo que fuera, es asunto de ellas y les pertenece solo ellas."
Ella asintió concordando conmigo. Pero, encogió los hombros y se retorció las manos "¿Puedo hablarle de esto…? Cuando vea algo que me inquiete, me refiero."
"Cuando quieras" espontáneamente le conteste.
"De acuerdo" sonrió "que bueno, porque me gusta"
Tenía ocho años entonces.
Ya hilaba, muy fino en lo que se refiere a interpretar el carácter de la gente en general, y continuó afinándose con el correr de los años… Captar sutilezas es un rasgo poco visto y era un placer escucharlo de parte de ella. Es una mezcla de agudeza e inocencia que me sorprendían.
No tenemos más de aquellas conversaciones, de forma progresiva fueron distanciándose hasta el presente. Definitivamente el cambio fue aún más severo, algún tiempo después de que transcurriera su segundo año en la Escuela de La Maternité.
Sabía que algo había ido mal, como ella lo habría caracterizado, comencé a notar que el aire entre ella y François se tornaba bastante denso, como para cortarlo con un cuchillo. Pero una y otra vez lo había negado. Antes de que me enterara del desastre cultivándose debajo de sus reservas hacia mí y hacia todos, ella había querido terminar de forma anticipada su año en la escuela, y luego, pensando que yo estaba siendo víctima de una mala broma, me había citado días después para que le ayudara a recuperar nuevamente su puesto… ni siquiera ante aquel juego absurdo, cual vaivén de una sierra, lo dijo. "¿Es François?" Le confronté y le hice saber que su padre se hallaba preocupado por él.
"Seguro él sabe mejor que nadie cómo se encuentra" me contestó.
"Es una observación muy obvia, Isabelle" yo había dicho "Y tú, ¿estás bien?"
"Voy a estar bien… Todo va a estar bien" intentó, pero se replegó ante un quiebre.
Moví la cabeza, sin poder entender qué estaba pasando en su interior y creo que sentí miedo; aquel era el modo de su madre; frases cortas y evasivas que antaño lograron desquiciarme. Cuando observé ese contraste entre los diálogos que mi hija y yo solíamos sostener comparado con esto… ¿Qué es esto?
"…Hija…" había intentado de nuevo, pero en vez de decir algo más, me acerqué a ella y tomé su rostro en mis manos obligándola a verme a los ojos "Si me necesitas, estoy aquí ¿entiendes? Para lo que sea" Ella no dijo nada, cerró sus ojos, abrazó mis manos con las suyas, presionando suavemente contra sus mejillas, como si quisiera resguardarse de todo en el pequeño espacio dentro de mis palmas.
Nos despedimos, le dejé en su escuela, su querida escuela, y me fui. Hasta casi un mes no tuve pista sobre la causa de su malestar, pensamos en un malentendido o desacuerdo entre la joven pareja. Entonces ocurrió el duelo entre Alexandre y François. Ambos tuvieron que decirme qué demonios estaba ocurriendo.
"Sé que tengo la reputación de tolerancia y paciencia infinitas, pero lo cierto es que nada dura para siempre" les conminé. "¿Qué fue lo que sucedió, como para que terminaran cometiendo tal grado de estupidez?" Alexandre vio nula intención de contestar de parte de su amigo, de modo que tomó la palabra.
"Ya no están comprometidos, Isabelle terminó todo con François" respondió.
"¿Y por qué ella haría algo así, Alexandre?" preocupado Bernard preguntó, François a penas sí podía mirarlo a la cara, pero su padre no le dio alternativa, tampoco Alex …
"Por algo que hizo su hijo" replicó Alex "Digamos que fue tan repugnante, que mi hermana ya no quiere tenerlo ni a dos palmos de distancia" François le observó con rencor "Es tu turno ahora, galán" le espetó.
Y tuvo que confesar a dónde había ido, con quien había estado y qué había hecho con esa persona.
¡Quise matarlo!
Tuve que conformarme con ver a su padre cruzándole la cara con dos golpes.
Supe entonces que ella se lo había guardado todo y lo peor, es que lo había aguantado en soledad… Y hasta ahora no sé por qué.
Pero aquel proceder, parece transformarse en un patrón ante una nueva situación, y si antes fue preocupante, ahora es alarmante. De la misma forma en que no estuve enterado de la infidelidad de François, no estuve al tanto de que la hija de Michel Bouscat había sido parte del profesorado de Port Royal. La Isabelle de antes, me habría dicho que esta joven había logrado impresionarla, que la admiraba y que como todas sus estudiantes llegó a estimarla. Pero aprendí esto sólo recientemente al acercarme a su directora, Marie LaChapelle, mientras realizaba indagaciones sobre las nebulosas circunstancias bajo las que desapareció la señorita Bouscat… De acuerdo a LaChapelle, Ana había reconocido varias habilidades de mi hija y la instaba a auxiliar a sus compañeras tanto en tareas prácticas como en sus estudios. Obviamente habían sido cercanas. Todas estas jovencitas se vieron afectadas por lo sucedido, a pesar de que nunca se les dio la noticia de forma oficial "Siempre han existido más conductos a parte del oficial, así que, por supuesto que llegaron a saberlo, señor Grandier" me dijo LaChapelle.
Gracias a ella también pude enterarme, que mi hija se hallaba asistiendo a Morgaine Hucherard de forma reciente. Aquello no fue tan alarmante, hasta que Oscar y Paul me pusieron al corriente de que esta muchacha había realizado indagaciones en casa de Benoit con respecto a nuestro tema de interés. Entonces, la alarma en mi interior sonó aún más aguda… Estoy seguro de que, si antes Isabelle no realizó observaciones relativas a la desgracia de Ana, lo está haciendo ahora.
Por un breve tiempo me pregunté sobre lo que, estoy seguro, cualquier padre juzgaría ante una situación de este calibre; qué tan inconsciente, insensata e irresponsable tendría que ser para no darse cuenta del peligro que está corriendo al sumergir las manos en este pantano. Pero, presiento que lo sabe; si me concentro en ella lo suficiente, puedo ver las señales. La tensión y recelo en su rostro, ojeras como dos tenues lunas bajo sus ojos, el cansancio en su postura, la falta de apetito, su sobresalto en conversaciones otrora amenas y fluidas, su alejamiento de amistades… el gesto de miedo en su mirada, o más bien de terror.
Nunca le había visto así.
