LAS DESAPARICIONES

XI

Noviembre 25 año 1807

ISABELLE

HAN PASADO MUCHOS DÍAS DESDE QUE MORGAINE VOLVIÓ de su viaje con Lucille Benoit hacia Compiegne.

Aunque yo me encontraba en casa, durante esos días no hubo descanso. Que asista a una escuela, con el tipo de actividad que involucra, no implica que con la llegada al hogar entre en un estado de relajo y desconexión. Como la única mujer con rol acorde al género dentro de esta rara familia, tengo deberes que cumplir. Estoy a cargo desde mis catorce años de dirigir a madame Barraud y Sylvie en sus diversos quehaceres, y administrar el dinero necesario para hacerlos realidad. De realizar listas de compras semanales, menús de las cuatro comidas del día, etc. Y aún desde la escuela, debo encargarme a veces incluso de manera remota por medios epistolares…

El único receso que tuve fue durante las visitas hechas por Henri…

Recién ayer, día 24 de noviembre, pude ver a Morgaine y la señora Benoit y enterarme sobre el buen o mal éxito de la visita a Ravat.

Afortunadamente nos fue bien. Ravat confirmó todas las notas que tomé de los escritos de Ana, en donde hablaba sobre la correspondencia intercambiada entre él y Arsenault, probando que el segundo habría tenido fricciones y conflictos con su familia, y que estos eran de naturaleza tan grave, que habrían podido conducir a Arsenault a cometer una matanza.

Lucille Benoit consultó con Ravat si él estaría dispuesto a entregar esta información en un futuro, si se lograba construir un caso en contra de Arsenault. Ravat le había contestado que sus cartas muy bien podrían ser parte de ese puzzle y que con su consentimiento podía disponer de ellas para tal efecto.

Morgaine dijo que Ravat se hallaba genuinamente conmovido sobre la desaparición de Ana. Cuando ella llegó a golpear su puerta, en primera instancia él la había rechazado. Pero, la suerte estuvo con mi mentora: ese día no hubo médicos a metros a la redonda disponibles para atender a la esposa encinta del señor Ravat, pero Ana se hallaba ahí. El trato fue que atendería a su mujer en labor de parto, si le concedía la entrevista que anteriormente rechazó para hablar de Sebastien Arsenault.

Le ayudó a su mujer a traer a salvo al mundo a su primer hijo varón, así que se sentía aún en deuda. Poco antes de aquella entrevista con Ana, ya había comenzado a sospechar del carácter de su amigo y cuando esta partera llegó a remover más escombros algo comenzó a temblar en su interior.

Que dos mujeres más y de buena reputación hubiesen llegado a hablarle del mismo tema, con bases claras y cierto número de evidencia, terminó por convencerlo de sus sospechas. Nunca más abriría las puertas de su hogar a ese hombre.

Cuando Morgaine me entregó las cartas escritas por el puño y letra de Sebastien, sentí tanta emoción como náuseas. "Y les entregó esto sin ningún reparo... No puedo creerlo" exclamé.

"Sí, y al parecer Sebastien había querido robarlas, Ravat dijo que uno de sus subalternos había entrado en su despacho, buscando entre su correspondencia."

"Si un abogado y su escribano hicieran copias de estas ¿tendrían alguna validez como prueba?"

"Visitemos a un abogado y averigüémoslo" Lucille me dijo por toda respuesta, haciéndonos seguirla fuera de su sala y hasta su carruaje personal. Más tarde tendríamos nuestras copias de aquellas cartas, un respaldo que decidimos que ella debía guardar.

HOY MADAME BARRAUD Y YO FUIMOS AL MERCADO, temprano por la mañana antes de mi ida a la escuela. Yo era quien realizaba las listas de compras semanales y de forma ocasional, cuando mis horarios me lo permitían, yo iba a su lado.

Fue por sugerencia de Morgaine que adelanté el día de compras dos días, para así coincidir con el encuentro al que Emma me había citado.

-Esta col tiene mejor aspecto- alguien me dijo, alcé mi vista y vi quien era - ya tómala, no puedo quedarme por mucho tiempo - Emma me apresuró. En sus manos no sólo había una col sino también una carta.

-¿Cuál es el contenido?

-Lo que mi padre hizo para mantenerme callada.

-¿Qué es lo que querías contar?

-Sobre el incendio, ese accidente que en realidad no fue uno. Mi padre terminó con la vida de cada uno de sus familiares, luego encendió fuego a nuestra casa para taparlo.

-Cuando dices que esta carta cuenta lo que hizo para mantenerte callada ¿te refieres a que usó a Ana para hacerlo?

-Me estaba ayudando a recordar, estaba reuniendo información que entregaba a mi madrina, para que así junto a su marido, me pudiesen recuperar… el día en que ella desapareció, me regresaba con ellos, pero me faltaba una pieza... mi madre, ella había tratado de decirme algo, pero no podía recordar qué.

-¿Tuviste éxito?

-No como hubiese querido- contestó ahogando un suspiro - pedí a Ana que me llevara a la antigua casa en donde viví, quería ir porque pensaba que podría recordar al estar ahí… mi padre llegó junto a dos hombres.

-¿Tienes alguna idea de quiénes eran?

-Solo de uno, era un policía novato, no es subordinado directo de mi padre, solía serlo pero creo que fue trasladado a otro distrito- contestó rápidamente- ya tengo que irme.

-Emma- le llamé y volteó a verme - no puedo imaginar lo difícil que debió ser para ti escribir todo esto… gracias.

Ella se niega a mi agradecimiento con un gesto, como si no lo mereciera.

-Después de lo que pasó, honestamente hice todo lo posible por borrar esa noche de mi mente…- dice y se detiene, exhalando a través de una mueca herida en su boca - intentaron hacerla hablar…

-¿Sobre qué? - pregunto mientras ella de forma hipervigilante revisa la atmósfera a su alrededor.

-Sobre las cartas entre mi madre y mi abuela… había algo ahí a lo que mi padre temía, no sé qué fue, nunca las leí, solo se las di a Ana.

-¿Por qué no quisiste leerlas?

-Porque Ana me advirtió que en gran parte hablaban sobre lo que viví siendo pequeña… que si deseaba leerlas debía estar preparada, pero nunca lo estuve.

-Lo siento… - apesadumbrada, digo ante ella.

-Lo arruiné todo, pidiendo que me llevara a ese lugar pude recordar y convencerme de que esto era real, que no había enloquecido, pero ella lo pagó con su vida, porque al ver cómo se la quitaban…

- Recordaste- completo casi sin aliento, ella responde moviendo su cabeza, afirmando.

-Esto que te he entregado es por ella, estoy en deuda, si hubiese mantenido la boca cerrada, nadie habría muerto, y ella aún estaría aquí... Ella era especial, tú lo sabías, todo lo que quería era que estuviésemos bien.

Lo único que puedo hacer es mirarla y asentir. Por supuesto que la recordaba, todos los días su presencia y su voz al encontrarla por los pasillos ¿Estás bien?

Ya en casa, Sylvie me indica que el Señor Berger me espera para llevarme a la escuela, me excuso diciendo que me siento indispuesta y que me retiraré a descansar por el día de hoy. En realidad estoy ansiosa por abrir la endemoniada carta.

Me encierro en mi cuarto y la tomo en mis manos. Me preparo para abrirla diciéndome que Ella ya no está aquí, me lo digo una y otra vez antes de romper el sello. Sus huesos, su carne se están pudriendo en alguna parte sobre la que nadie sabe excepto su verdugo. Su voz, su mente, su corazón se han ido a otro lugar del que nunca podré enterarme estando viva.

Estando viva solo puedo aprender sobre su fin.

Con esa idea en mente, despliego las cuatro hojas de la carta de Emmanuelle, para sumergirme en un aljibe negro y profundo.

OSCAR

OBVIAMENTE NOS PREOCUPAMOS. No salió de su habitación más que para recoger su comida en la cocina y regresar a esta para volver a encerrarse.

"No atendió a la escuela hoy" Sylvie me informó "pero al menos se ha servido los platillos del día."

Eso fue hace una hora. Nueve de la noche aproximadamente, hora en que regresé a casa. Pensé en comentarlo con su padre o su hermano y así ver si podían entregarme más observaciones al respecto, pero no se hallaban por ninguna parte. Con eso en vista y mi propia inquietud por tan irregular actitud en mi hija, decidí ir directo con ella para satisfacer mis dudas.

Delante de su puerta me encontré preparándome para llamar a esta.

Cielos… Preparándome.

Avergonzada por ese miedo inicial, rompí con este propinando tres golpes sobre la madera. Esperé a escuchar su voz para que permitiera mi entrada, pero en vez escuché pasos acercándose, luego el sonido de llaves en la cerradura; fruncí el ceño ¿por qué necesitaba encerrarse? ¿Qué estaba ocultando? Pero la apertura de su puerta puso coto a mis angustiosas divagaciones.

"Madre" con algo de sorpresa y confusión me saludó, ya vestía su ropa de noche y llevaba su cabello desatado, una cascada de variados tonos color miel sobre sus hombros, que probablemente al momento de llamar a su puerta se hallaba cepillando.

"Buenas noches" le saludé de regreso.

"Ahm… buenas noches, ya me iba a dormir, ¿en qué puedo ayudarla?"

"No fuiste a tu escuela hoy y me preocupé" dije y de forma espontánea emitió un respingo, arrugando su rostro con extrañeza.

"Y yo que pensé que le alegraría" dijo con una sonrisa teñida de sarcasmo, un gesto que agrió mi humor.

"No es propio de ti, fue por eso que me lo pregunté" dije apretando mis dientes, una vez más reprimiendo las ganas de plantarle una bofetada en la cara.

"Ah" dijo y gesticuló con conformidad ante mi respuesta "estaba cansada" terminó por decir.

Yo asentí sin quitarle la vista de encima, sus ojos se veían más pequeños, como si los hubiese sometido a un arduo trabajo, sin hablar de sus ojeras y esa inquietante palidez que la acompaña hace semanas.

"No te detendré más, será mejor que hagas lo que tenías previsto hacer y vayas a dormir" contesté.

Se quedó mirándome. Casi imperceptible fue el gesto en su mirada, en su boca. Algo que se había hecho añicos, quizás.

"¿Estás bien?" Le pregunté.

"No…" dijo tomándome por sorpresa. Pensé que una luz de esperanza finalmente se encendía hasta que dijo "por eso necesito descansar."

"Buenas noches."

Ella solo asintió mientras tragaba y sus ojos parecían humedecerse, yo volteé para encaminarme hacia el comedor e ir a cenar. Mientras lo hacía, creí escuchar pesada exhalación y un rezongo, algo como: Si, claro, una maldita noche del infierno…

Y de repente, a raíz de esto, casi de la nada me invadió un recuerdo: El día en que este perezoso termine con sus deberes, los cerdos tomarán un baño y limpiarán su propio chiquero con escobas en mano… regañaba la antigua ama de llaves de mi familia, cuando tenía a la vista a su nieto… Pasaba de mimarlo con caricias y platillos de excelencia, a esperarlo con una sartén en mano para reprenderlo por sus travesuras de niño y adolescente inquieto y sagaz.

André tenía razón; en verdad Isabelle regaña y masculla con el mismo retintín o tonada de hastío, con que solía hacerlo su bisabuela… mi querida Nana.

Le escuchábamos a menudo durante nuestra juventud. Proporcional al número de ocasiones en que André y yo solíamos meternos en problemas, o mejor dicho, yo solía meterle en problemas.

Aún puedo escucharla. Ocasionalmente en sueños o al escuchar las faenas dentro de una cocina… Cómo extraño sus caricias y su abrazo, sus manos acogiéndome y dándonos la bienvenida al hogar…

Supongo que mucha gente tiene razón cuando dice, que tus muertos nunca te dejan en verdad.

No fue el mejor momento para recibir aquel regalo del pasado.

Más tarde me acercaría nuevamente a la puerta de Isabelle. Desde mi lado, escuchaba el solapado murmullo de quien intenta calmar sus propios sollozos.

Noviembre 26 año 1807

ISABELLE

La calidad de mi sueño no fue buena. En una escala del uno al diez, pues yo calificaría mi dormir de anoche con un cero.

Me siento sucia e incómoda en mi propia piel y… tengo miedo.

Ahora sé de forma gráfica lo que ese hombre es capaz de hacer y me he metido en sus asuntos ¿No es eso estupendo?

La mitad de la noche me debatí entre el horror y la tristeza, y creo que por la otra mitad intenté serenarme, tratando de pensar en cuál sería el siguiente paso.

Debía hablar con Morgaine, pero me era increíblemente difícil dar con una forma sencilla para acercarme a la escuela, porque estaba tan cansada que no podía ni levantarme. Aún lo estoy. Estoy tan cansada de mentir… mentir hasta ahora ha sido un negocio sucio, en el que compro reducidas cuotas de libertad de la más pésima calidad. Más que nunca tengo ganas de vomitar toda la negrura que he tragado, de decírselo a alguien...

¡Cielos...!

Había leído como mi mentora y amiga pasó sus últimos momentos. Como cordero para el matadero rebanaron su cuello, la arrastraron a aquella cocina sobre la que puse mis pies, allí donde la machacaron y destrozaron... porque incluso muerta, sin habla y sin voluntad, les molestaba e importunaba.

Esas imágenes... no sé cómo arrancarlas de mi memoria.

¿Cómo voy a decírselo a Morgaine? Bien, creo que nunca nadie está listo para escuchar algo así, pero desde el comienzo fue todo el objetivo de habernos sumergido en este túnel. No es un deleite saber, pero es su derecho... nos lo ganamos… Vaya qué premio.

Me preparo para un nuevo día de escuela, tomo el desayuno en silencio y siento que este me revuelve el estómago, pero tengo que tragárlo para no levantar comentarios o sospechas sobre mi salud en mis padres, porque incluso ese material sirve para que me deshabiliten. Te sientes mal. Quizás sería sensato que te quedaras en casa. Por Dios, ¿otra semana cerca de ustedes? No, gracias.

Alex me acompaña de camino, quiere descansar de su trabajo y ver al menos cinco minutos a Aurore. Berger insiste en llevarnos en vez de que tomemos una diligencia.

Apenas llegamos, Alex me invita a saludar a Aurore, pero dadas nuestras recientes circunstancias, me excuso diciendo que lo haré después, ya que estaré con ella todo el día en clases. Voy por el pasillo que guía a las habitaciones para alumnas y me desvío por las escaleras hasta el tercer piso, hacia la habitación de Morgaine. Golpeo y nadie atiende, permanezco unos minutos en caso de que aparezca; vuelvo a golpear, nadie atiende. Me alejo, camino y subo las escaleras hasta el cuarto piso en donde está su taller. Golpeo, pero termino obteniendo el mismo resultado.

Desciendo los cuatro pisos y me dirijo a la entrada de la escuela y la oficina de la portera.

-Señora Martin, buenos días.

-Buenos días señorita Grandier, debería apresurarse la jornada ya dará inicio.

-Estaba de camino pero... Disculpe, pero estaba buscando a la señorita Hucherard, ¿de casualidad ella está por aquí o regresará en algún momento? - nerviosa pregunté.

-Firmó el libro de salida hace dos días, por la tarde, pero no ha vuelto para firmar su regreso. La Chapelle pensó que sería prematuro hacerlo, pero esta mañana fue a dejar una notificación a la policía por si sirve de algo.

-Vaya...- digo casi sin palabras- ¿realmente creyó necesario hacer esa notificación?

-Ambas se conocen hace años y no es propio de Hucherard abandonar sus deberes, es todo lo que tiene después de todo.

-Cielos, espero que no haya sido nada grave y vuelva pronto.

-Por supuesto que sí, todas lo queremos así - contesta y se me queda evaluando un rato - parece que se hicieron muy cercanas en corto tiempo, no pensé que le afectara tanto.

-No, no, es decir, claro... disculpe señora Martín, sé que no puede dejar su puesto aquí aún, pero, creo que dejé mis notas en el taller de la señorita Hucherard...

-Ya sé para donde vas con tanto palabreo - dice fijando su mirada en mi - no puedo dejar mi puesto, pero puedes pedirle a madame Robert que te abra la puerta y recojas lo que te pertenece, eso y nada más, niña.

- Sí, señora Martin, pero ¿en dónde puedo encontrar…?

-Está en los comedores terminando su desayuno, y lamentablemente tendrás que aguardar a que termine su té.

Me dirijo a los comedores y saludo a la señora Robert, espero a que termine su té, que siempre ha sido un momento especial, así que, desde tiempos inmemoriales, se toma su tiempo con este. Así y todo, debo armarme de aún más paciencia.

Veo correr eternos diez minutos, hasta que al fin saca su manojo de llaves:

- Ya está- dice tomando el último sorbo a su taza.

Seguir el mismo camino a su taller resulta extraño, a pesar de que ya lo había hecho tantas veces.

Veía a madame Robert avanzando delante mío, el manojo de llaves colgando y tintineando de su cintura. Ella, el primer plano siendo tragado por un pasillo y luego otro y otro, hasta sentir cómo mi corta vida parece ser absorbida por estos también. Al llegar a la puerta de Morgaine, imagino que ella abre primero y nos regaña, a mí y a la portera de nuestra escuela, que me apura a entrar con sus horribles modos y falta de paciencia. Pero una llave del manojo me abre el paso a un espacio que había quedado congelado desde que su dueña lo tocó por última vez. El nudo de mi garganta está a punto de desatarse, mi nariz se hincha y mis ojos arden, pero no tengo tiempo para liberar nada. Me dirijo al armario en donde guardaba las muñecas embarazadas para nuestras prácticas, y saco la carpeta que compilaba toda nuestra demente aventura escondida debajo del juego de la oca, que Ana le obsequió el último día de mayo para su cumpleaños.

-¿Ya está? - me apuran- Madame Martín ya terminó su turno, no puede continuar reemplazándome.

-Sí, madame, eso es todo - respondo.

Al volver al primer piso para asistir a la primera clase del día, me tropiezo con Lefillatre. Quiero abrazarlo, pero nos saludamos de forma respetuosa y luego voy en busca de mi asiento.

Ya instalada, miro alrededor y veo al resto de mis compañeras conversando y escogiendo sillas para mantenerse cerca la una de la otra. Aurore y Gertrude aún no entran. No me siento bien, pero aun conservo algo de sensatez dentro de mí. No quiero exponerme como la enfermiza, me levanto y me retiro, busco a mi hermano con la vista, Aurore y Gertrude están con él, Aurore se retira antes de que me acerque, Gertrude me saluda con un gesto y yo devuelvo el saludo.

-Quiero ir a casa - le digo una vez que lo tengo enfrente y se me queda observando con sorpresa.

Él es honesto, como siempre, toma mi mano y dice:

- Estás pálida y fría como un pescado.

-Sólo quiero ir a casa, Alex - es mi respuesta y él deja de lado la actitud burlesca de hermano dos minutos mayor que yo. Se torna serio y preocupado, me lleva de regreso a nuestro carruaje.

Me resulta tan desagradable como en otras ocasiones viajar en esa caja bamboleándose. Abro la ventana buscando aire. Siento que me diluyo como mantequilla en agua caliente.

-¿Isabelle? - Oigo la voz de Alex apenas.

-No puedo respirar… no puedo respirar... - digo percibiendo mi voz como un hilo que se afina y diluye hasta casi desaparecer. No se que señales Alex entrega a Berger, pero después de algún tiempo, para mí interminable, me abre la puerta hacia un callejón poco concurrido. El no sabe qué está pasando, solo me abraza y sostiene mientras sollozo y desato ese nudo que no daba paso al aire hacia mis pulmones.

En el trayecto de regreso le observo avergonzada y él a mí cómo si no me conociera. -Oye, ¿que...?

-Por favor no les digas nada- le interrumpo y él permanece estático, con sus grandes ojos azules sobre mi- No les digas lo qué pasó ahora, por favor.

-Solo intentarían ayudarte.

-¿Ayudarme? ¿Cómo? Considerarían el asunto arreglado, en cuanto tome la prescripción y concejillos que al médico de turno se le ocurran; pero no se trata de eso, ninguno querría escuchar mis motivos.

-¿Por qué?, ¿por qué no querrían escuchar? - me discute.

-Por favor Alex, ¿cuando lo han hecho? es distinto para ti, siempre ha sido distinto para ti; sé que fue difícil toda esa historia en el Liceo, pero al menos papá te daba opciones, y cuando saliste de ahí, se que viste que tenías aún más, no sabes lo que es sentirte sofocada de verdad...

-No lo sé Isabelle, sé que François arruinó todos tu planes y te sientes presionada pero...

-Además me lo debes- le interrumpo.

-¿Ah si? ¿Te lo debo? - descreído me reclama.

-Todas tus trastadas en secundaria, ¿quien crees que no abrió la boca para que Oscar no te castigara?

Me mira y sé que está contando el número de bromas que lanzó a sus odiados profesores, me evalúa y mide un poco más y exhala - Esta bien... pero ¿vas a sentirte mejor? Si te desmayas o rompes en llanto histérico nuevamente, se los digo.

-Te lo prometo.

-Embaucadora - masculla mirando por la ventana dándose por terminado el asunto, pero hay sólo una cosa más.

-Uhmmm... y, ¿Alex?

-¿Qué pasa ahora?-gruñe.

-¿Podrías decirle a Berger que haga algunas omisiones a nuestro dúo singular?

-Esta bien, no tendría sentido que yo callara si Berger no lo hace.

-Gracias.

Él asiente y se queda observando la carpeta que se halla a mi lado. -¿Qué es todo eso?- pregunta sin darle mayor importancia -¿Notas?

-Sí, son notas.

CERCA DE LAS TRES DE LA TARDE, HENRI LLEGÓ A VERME. Estaba preocupado, notó que algo andaba mal y no se explicaba qué había sucedido conmigo, como para haberme retirado de forma tan abrupta de la escuela.

Eso me hizo saber, en cuanto nos acomodamos para charlar en la sala. "¿Se encuentra bien?" Revisó conmigo.

Al hacer esto, me di cuenta: ¿Qué iba decirle? Él y yo estábamos comenzando algo especial, debía escoger cómo continuar nuestro camino.

"No lo sé" dudé al contestar aquella pregunta tan simple.

Cada día hacía más frío en París, pero de todas formas nos sentó bien arroparnos y salir al jardín de invierno de mi casa. Nuestro jardinero había venido a visitar las plantas, para cuidarlas de las heladas y de la nieve que pronto prometían venir. Henri sonrió al ver cómo la base de unos rosales eran arropados con paja y heno, para que no penetrara el frío a la tierra, pudriendo las raíces de estas delicadas pero agresivas plantas.

"¿Qué fue lo que provocó su descompensación?" me preguntó.

"Habla como si fuera mi doctor de cabecera, señor Lefillatre, ¿no vino a realizarme un examen físico, verdad?" Se sonrojó y yo reí. "Lo siento no quise insinuar nada con eso" y continué riendo.

"Está bien, no me importa escucharlo... digo, no importa" dijo con su lengua trastabillando hacia un lugar más cómodo, y yo aún intentando atajar mi risa nerviosa. Al calmarla y devolver mi atención en él, me di cuenta que me observaba con un gesto de delicadeza y cariño en sus ojos, cómo si estos quisieran acariciarme.

"El buen humor le devolvió el color a sus mejillas" observó, sin sonrojarse esta vez.

Sentí cosquillas en mi rostro, como si sus dedos me estuvieran tocando.

Continuamos avanzando y como caminábamos lado a lado, nuestros costados, brazos y manos, de vez en cuando se rozaban. Luego los dedos, hasta que éstos se entrelazaron en un tejido, como aquellos que en invierno te proveen de un calor amoroso y acogedor.

"Ya pronto debo irme" dijo mientras nos ubicábamos de frente, bajó su rostro y alcanzó mi otra mano, yo apoyé mi frente sobre la suya. Él observaba mi pecho y yo el suyo. Este bajaba y subía, algo agitado "¿va estar bien?" Me preguntó.

Nuevamente recordé que debía escoger. Lo hice.

No quería empezar con el pie equivocado, así que le respondí negando con un gesto.

"Déjeme ayudarla" dijo y yo le abrí el paso. Suspiré pesadamente, inhalé profundo y tomé fuerza.

"Henri, un mes antes de que usted arribara a la escuela, una de nuestras instructoras desapareció.. .ella era especial y todas la estimábamos... pero ella era mi guía, mi amiga… me he sentido tan perdida y no puedo encontrar mi camino de regreso... no sé qué hacer… estoy en problemas."

Comencé a llorar, me abrazó, yo me aferré a sus hombros. Parte del peso en mi pecho se desvaneció porque le conté todo. Me escuchó, y a medida que avanzaba, me miró aterrado; yo también lo estaba. Cuando terminé, obedeció a su propio impulso de tomar mi rostro entre sus manos, y mientras sentía la firmeza y la calidez de su tacto, me dijo que no acababa de entender porqué me había involucrado en todo eso, pero que ya tendría tiempo para comprenderlo. No emitió más juicio que ese, solo besó mi frente y me dijo que él habría tenido miedo de estar en mi posición. Me sugirió que se lo contara a mis padres, pero luego me imploró que lo hiciera, que pensaba que ya era el momento. Que si lo necesitaba para hacerlo, él estaría a mi lado. Le prometí que lo haría, pero que solo necesitaba un día más.

"Pronto Isabelle, hágalo pronto".

ANDRÉ

EL DESCANSO PARECÍA TENER EL EFECTO INVERSO. A VECES LA FALTA DE ACTIVIDAD FÍSICA Y MENTAL, PODRÍA ACTIVAR AQUELLA DEL ALMA que no deseas siquiera mirar.

Se levantó mucho antes de la mesa, había dejado su cena hasta la mitad. Definitivamente se hallaba triste.

Algo más había pasado. No pregunté, ya que últimamente no ha sido productivo hacerlo.

Alex, nos dijo que le había acompañado a la escuela, aprovechando la oportunidad de ver por un momento a su prometida, ya que su trabajo durante las últimas semanas se había intensificado. Cuando le pregunté qué fue lo que había provocado que su hermana decidiera regresar a casa, dudó en responder.

"¿Papá...? Hay algo..."

"¿Si?"

"Es que me está pidiendo que la traicione."

"Alexandre, solo obedece ¿quieres?"

"Esto no fomenta mucho el afecto entre sus hijos ¿sabe?"

"En este punto no me importa, ya dímelo."

"Lo haré si no se lo comenta a mamá."

"Alex, ya dímelo" le ordené.

"Primero, prométamelo."

"Está bien, no lo diré."

"No se veía de lo mejor esta mañana, pero luego de volver de la escuela, casi se desmaya dentro del carruaje."

"¿Y? ¿Lo hizo?"

"No, por eso dije casi" me aclaró haciéndome sentir algo ridículo "Nos apartamos hacia donde nadie conocido la pudiese ver, y la ayude a salir para que tomara algo de aire… y comenzó a llorar como si no hubiera un mañana."

No contesté nada, froté mi rostro con mis manos y él se quedó observándome.

"Quizás fue porque tuvo todos esos problemas con François, y además hace poco algo le pasó con Aurore, creo que se pelearon o algo."

"¿Con Aurore?" revisé.

"Sí, y ella tampoco ha querido explicarme nada, dijo que no era una traidora y que no iba a empezar a serlo ahora... ¿en qué está metida mi hermana? ¿usted lo sabe?"

Sin saber qué expresión dibujar ya en mi rostro, le sonreí algo resignado "Ya lo sabremos" logre decir, di dos palmadas sobre su hombro y me levanté.

Luego... pensaba que ya era inútil esperar a que confesara algo, pero no lo sé, quizás tengo excesiva confianza en mis hijos... ya no lo sé.

Fui en dirección a la habitación de mi hija, golpeé su puerta y esperé una respuesta. Ella misma me abrió.

"¿Papá?"

"¿Puedo pasar?" Le pregunté.

"Sí" contestó moviéndose para darme paso.

La chimenea aún estaba con animado fuego, sobre su escritorio había una vela encendida y un diario abierto, enseñando una página escrita hasta la mitad.

"¿Es el de la escuela?" Le pregunté. Se acercó a su escritorio.

"No, es el personal" contestó a la vez que lo cerraba. Yo le sonreí y ella solo me observó.

"Estoy preocupado por ti" Me escuché a mi mismo diciendo, cómo si estuviese excusándome, no era mi intención, yo solo quería una apertura de su parte, pero otra parte de mi no podía olvidar que había estado revisando su habitación, cada rincón de este, sin encontrar nada que acabara de una vez por todas con este absurdo juego de escondidillas entre ella y nosotros.

"Lo sé, pero no puedo hablarle sobre mis cosas, ya soy una mujer, son temas privados, ¿recuerda?" Dijo con velada cordialidad, aquella que sabes que por detrás esconde algo y detrás podía ver rabia, una muy bien contenida.

"Si tú bienestar está en riesgo, son mis asuntos también" me impuse.

"¿Y por qué estaría en riesgo, papá? ¿Por qué me pondría a mí misma en una situación así? No tengo motivos, ¿verdad?" Preguntó cómo si un puño le estuviese apretando su delicado cuello.

A mi cabeza vinieron aquellas palabras de Morgaine, los cuestionamientos hacia mí y mi relación con mi hija. Qué cosas hice para que ella mantuviera reservas hacia mí. Como padre hice todo lo que se suponía que mi rol indicaba, no veía los errores porque se ceñían a las reglas, al cuidado y protección de mi hija. Y ella era tan débil y vulnerable, aún la recuerdo aquella primera vez, era tan pequeña que nadie pensó que estaba ahí, dentro de su madre.

De carácter más dócil, reservada, obediente, siempre dispuesta a llegar a acuerdos, razonable, afable e irradiando simpatía. De verdad pensé que sería más fácil.

Pero ahí me vi, impotente y perdiendo el control; pensé que después de todo el trabajo invertido en su crianza, ella iba a obedecerme, que iba a contestarme con la verdad.

Entonces me di cuenta que nunca había tenido el control sobre ella. Su buen comportamiento, su respeto por mi lo malinterpreté con aquel concepto. Aparentemente parecía obedecer, pero solo porque me hablaba, porque conciliábamos y acordábamos juntos sobre cualquier asunto. Confiaba en mí, tenía su confianza y ahora la había perdido.

Es cierto Isabelle, son tus cosas, tus temas, tus asuntos de señorita. Lo recuerdo, yo te dije cómo funcionarían las cosas desde que te convertiste en mujer. Y gracias a que tomaras conciencia de ello, llevas una vida normal, como la de cualquier otra joven respetable... ¿por qué tendrías problemas con ello?

¿Los tienes? Si, sin duda los tienes.

Noviembre 27 año 1807

OSCAR

A LAS SIETE DE LA MAÑANA BERGER SE HALLABA AÚN ESPERANDO EN LA COCINA TRAS HABER DESAYUNADO. No se había retirado aún camino hacia Port Royal, aunque le correspondía hacerlo mucho antes.

Estaba en espera de André, pero cuando supo por boca de las criadas que yo ya me había levantado, se apresuró a entregarme la información que guardaba.

Tras los escurridizos e inciertos movimientos de nuestra hija, y nuestra creciente preocupación por ella ante su silencio, Andre había pedido a Thomas Berger, nuestro cochero, el favor de vigilarla en cualquiera de sus actividades.

El día 24 de noviembre, Isabelle reinició sus quehaceres en la escuela de La Maternité, iniciando su jornada por la mañana. Desde mucho antes, Berger había observado que un hombre joven, de mediana estatura, tez blanca, cabello corto y oscuro, se apostaba en una esquina frente a la entrada de la escuela. Tiempo después, cuando se le encomendó la tarea de vigilar a la hija de su empleador, notó que este hombre dejaba su puesto cada vez que Morgaine Hucherard, abandonaba los emplazamientos de la escuela.

Desde el día 26, día en que mi hija se retiró de la escuela sin siquiera haber iniciado su jornada, este hombre se encontraba atento tanto a ella como a la llegada de nuestro carruaje.

-¿Sabes si te siguió hasta aquí? - pregunto.

-Él parecía ir a pie, para él habría sido difícil seguir un carruaje de ser así, aunque siempre por unas monedas, se puede pedir el servicio de algún niño de la calle.

La mañana del día de hoy, me encuentro con otro elemento inusual, Isabelle no se había levantado. Siendo una madrugadora, aquello alienta aún más mi preocupación. Me dirijo a su padre para resolver mis inquietudes al respecto, y él simplemente me explica que necesita descanso.

-Cómo bien sabes, ha tenido más actividad que cualquiera de las alumnas de la escuela -con algo de resquemor agrega

Creo que ese mal humor, viene de la conversación que había intentado mantener nuevamente con Isabelle la noche anterior. Asumí que no le había ido bien con ello.

Decidí cambiar el tema, exponiéndole lo que Berger había observado fuera de la escuela. Por supuesto, se mostró interesado y sobre todo, asustado.

Ante las dudas de Berger, nos propuso a ambos hacer un pequeño experimento. Le pide a Berger que nos lleve realizando la misma ruta que sigue todas las mañanas hasta La escuela.

-Detente a la entrada, en donde sueles dejar a nuestra hija Berger - agrega antes de que abordemos.

Ya al interior, yo le pregunto -¿Pretendes que este carruaje sea un señuelo para este tipo, cierto?

-Así es- con seriedad me responde, pero luego, esta se fusiona con un hálito de ironía en su rostro -solo me pregunto si podrá tener tiempo para una conversación.

-Podría obligarlo- le respondo.

-Cuento con eso.

Según lo planeado, Berger nos detiene a la entrada de la escuela; la que está casi siempre expedita de personas, dado a que por allí solo se permitía el ingreso o salida de alumnas y personal trabajando al interior. En ese momento, estudiantes no residentes conformaban una no muy extensa fila, esperando se les permitiera dar inicio a su jornada. Pero nuestra atención va en dirección a terrenos foráneos a este establecimiento, aquellos en donde nuestro sujeto de interés podría estar vigilando. Detenidos casi en la esquina de la calle d'Enfer con la calle de la Bourbe, vigilamos por una presencia anómala. La primera calle lleva un mínimo flujo de transeúntes, mientras que en la segunda y que intercepta a esta, es mucho más concurrida. Es ahí, entre una cortina de personas que veo al hombre descrito anteriormente por Berger. Por la ventanilla contraria a la calle me asomo.

-¿Berger? ¿Le estás viendo? ¿Le has reconocido?

Él se inclina hacia mi dirección y asiente.

-Vamos - le indico a André, pero este me detiene.

-Estoy de acuerdo en ir con él, pero sugiero que le hagamos esperar un poco más.

-¿Qué quieres decir?

-Esperemos a que pierda interés, y deje de observarnos, quiero invertir los roles - con voz baja y tranquila me explica - Berger, avanza y dobla a tu izquierda, ¡a paso lento!

-¿Qué haces?- pregunto sin terminar de entender.

En cuanto doblamos por la calle de la Bourbe, vemos al desconocido merodeador dar un último vistazo a nuestro vehículo, dar media vuelta y marcharse.

-¡Ahora! - me indica y abriendo la puerta del carruaje en marcha, salta hacia afuera y sobre la calle. Le sigo y mientras caminamos rápido, tranquilamente me indica por dónde va nuestro objetivo acercándose a la calle Cochin. Dobla por un calleja más angosta, desaceleramos el paso y con mucha más cautela, revisamos antes de entrar. Le vemos avanzar y al pasar por una vivienda un habitante le extiende la mano, pidiendo un pago: "La mocosa nunca llegó" rabioso el deudor se excusa y sigue su camino.

-Espera...espera...- André me retiene, intentando que me coordine a su ritmo, a su sentir, a sus latidos. Antes de que cruce nuevamente cruce a otra calle, me indica que continuemos.

-No quiero que su soplón nos vea.

-Bien,tienes razón, bien hecho.

-Agradezco el cumplido, general - me sonríe de lado.

Le seguimos por mucho tiempo hasta llegar hacia donde sospechábamos. Un cuartel de policía. Esperamos un poco más y sale el mismo hombre vestido cómo uno de ellos, camino a cumplir su guardia.

¿Por qué un policía estaría vigilando a Morgaine Hucherard y a nuestra hija? ¿Quién era él para empezar...? ¿A quién estaba ligado?

ISABELLE

SOLÍA HABER UN TALLER DEDICADO A MANUALIDADES en la escuela de señoritas.

No era tan terrible, estaba bien. En verdad era un curso dedicado al bordado, costura y confección. Allí aprendíamos a tejer, bordar, coser, cortar piezas de tela y a hacer moldes para prendas básicas como camisas y blusas, ropa para bebés. Los zapatitos y calcetines eran lo más tierno.

A mi me agradaba bordar, creo que soy buena en ello. Madame Campan me decía que tenía habilidad en mis dedos, que mis puntadas eran certeras tanto para bordar como para coser. Creo que ahora se horrorizaría de mi habilidad, ya que me destaco por cortar y coser carnes humanas.

La carpeta en donde llevo todo el trabajo que Morgaine y yo hicimos tiene mis bordados sobre la portada. Morgaine se burlaba, diciendo que era demasiado cursi para el tema que se hallaba dentro…

Son flores de manzanilla dispersas por doquier, son de las familias de las aster, estrellas en latín.

Comencé estas averiguaciones con la esperanza, la absurda esperanza, de encontrar a Ana viva, pero, por alguna razón, muy dentro de mí, sabía que ya no estaba aquí y pensé qué rodearla de estrellas tenía sentido. Ahora está con las estrellas, muy arriba de nosotras.

Espero por todo lo que es sagrado en esta tierra que Morgaine no lo esté. Espero que esté a salvo y bien.

Pero, no puedo quedarme quieta, debo terminar lo que comenzamos.

Decido arriesgarme a salir de casa y presentarme con la señora Benoit. Mis averiguaciones no pueden continuar por mucho tiempo más; mis padres saben que estoy detrás de algo y queda muy poco tiempo antes de que me descubran. Solo hay algunos cabos sueltos que ordenar antes de que eso pase y pierda esta suerte de libertad.

Antes de desaparecer, Morgaine guardó las últimas entrevistas que habíamos realizado para transcribirlas, también terminó de realizar las copias de nuestros documentos para la señora Benoit. Cuando se las enseñe a su esposo, todo saldrá a flote y lo que hice quedará expuesto ante mis padres. Incluyendo todas mis mentiras...

Dios... van a matarme, si no me dan una paliza, me tapiarán en una pared para que no me escape más en la vida, pero qué más da, mi vida será así de un modo u otro, así que qué importa.

Una vez que considero que tengo cada documento en orden, me preparo para una salida. Ya es mediodía.

Salgo de mi dormitorio, llego hasta la cocina en donde el señor Berger termina de merendar. Signos de interrogación se dibujan en sus ojos al verme dirigiéndome hacia él, con mi atuendo de calle.

-Está algo atrasada para su escuela, señorita Grandier - me indica.

-Lo sé, señor Berger, es que necesito que me lleve a esta dirección en su lugar- digo extendiéndole un papel con la dirección de los Benoit.

Lo recibe, lo lee y me mira - Usted ya sabe que debo informárselo a su padre en cuanto le vuelva a ver.

Yo asiento - Sí, estoy al tanto, señor Berger - respondo, mojándome los labios.

Él toma su chaqueta y me guía hacia el carruaje. Abre la puerta, me ofrece su mano para subir y cierra. La caja en que estoy, se mece con su peso cuando sube a su silla para tomar las riendas y guiar a los caballos.

ANDRÉ

CUANDO LLEGAMOS, SYLVIE VINO A NUESTRO ENCUENTRO.

Nos dio aviso sobre lo que había pasado.

Bajo petición de Isabelle, Berger la había llevado a casa de Benoit.

-¡¿Qué?!- exclamé, algo incrédulo porque en verdad no sabía que mi cabeza podría explotar algún día.

-Como dicen, yo solo soy la mensajera - Sylvie replica haciéndose camino hacia la cocina.

De inmediato me veo marchando a su habitación, no está ahí, por supuesto, pero no sé dónde más ir. Creo haber llegado a un punto en que no puedo explicar nada sobre lo que sea que le esté ocurriendo, y solo necesito que alguien me entregue una maldita respuesta.

-¡¿Qué estás haciendo?! - escucho a Oscar hablándome - ¡¿has revisado un millón de veces este lugar y no has encontrado nada?!

-Es posible que nunca haya usado su habitación como escondite, pero ¿qué tal si ahora decidió cambiar de opinión?- le replico. Lo medita un segundo y se une a la búsqueda.

Sí, una vez más estamos revisando la habitación de nuestra hija, esta vez sin ningún cuidado. Sus cajones, su escritorio, sus repisas con libros, su armario, su mesa noche, bajo el colchón... bajo su cama.

-Aunque no encontremos algo, esta vez deberá explicarnos qué hacía en casa de Benoit, y ya no podrá fabricar más excusas... - Oscar masculla.

Cuando le extiendo una carpeta de jovencita a punto de explotar por la papelería en su interior, calla.

-No, ya no tiene más excusas que presentar - declaro - vamos a echarle un vistazo a todo esto, tenemos suficiente tiempo hasta que regrese.

SABÍA QUE EL FINAL DE ESTE DÍA SERÍA AGOTADOR. Pero no tan devastador como pensé.

No ingerimos alimento alguno, ni Oscar ni yo. Estábamos empecinados en revisar hasta el último párrafo escrito por nuestra hija y, cómo pensábamos, por Morgaine.

Cuando terminamos, fui de inmediato con madame Barraud y Sylvie, para avisarles que en cuanto llegase mi hija, la enviarán directo a la biblioteca. Las dos mujeres me observaron con los ojos hechos platos, asustadas. Sabían que algo pasaba, por supuesto que sí, vivían aquí.

Desde entonces, esperamos en silencio. Solo de forma ocasional, escuchaba a Oscar murmurar algo entre dientes mientras repasaba algo del contenido descubierto "¡No puedo creerlo! ¡No puedo creer que lo haya hecho…!" Medio indignada, medio pasmada repetía una y otra vez, mientras la tensión aumentaba en su cuerpo.

De repente, desde la sala escuchamos su voz, había llegado. Oscar dejó su asiento, estaba presta a comenzar, pero para su desagrado yo la detuve "No, nos debe una explicación y quiero escucharla" le dije.

"¿Qué más explicación necesitas? ¡Lo que ha hecho es imperdonable y debe ser castigada!" Temblando de ira me cuestionó.

"Yo soy su padre, te gusten o no mis términos y mandatos; siendo así, seré yo quien le hablará primero, tú ya tendrás tu turno" por primera vez, quizás, decidí imponerme.

Apretando la mandíbula, me dio la espalda, de brazos cruzados se ubicó tiesa frente a una ventana. La luz del atardecer refractó su figura e iluminó la habitación en que estábamos.

Nuestra hija se asomó y empujó la puerta a medio abrir:

"Papá, Sylvie dijo que necesitaban hablarme" dijo.

Con un gesto de mi mano le indiqué que se acercara al escritorio de su madre, en donde habíamos extendido el contenido de su carpeta.

"¿Reconoces esto?" le pregunté.

Ella se detuvo en frente, yo me moví a su lado, vigilando su reacción; miró sus muy bien organizados documentos, puso una mano sobre estos y simplemente cerró los ojos, preparándose para lo que venía, porque no tendría escapatoria.

"Son míos" volvió a mirarme "Estuvo en mis habitaciones, entonces."

"Por días intenté encontrar algo, hasta que lo logré" lo admití "Te diste un gran trabajo escondiéndolos, por poco me rindo."

"¿Días?"

"Te esforzaste más allá de mis expectativas en mentirnos, y no acabo de entender aún porqué lo hiciste" dije, con una molestia que subía clavándose en mi garganta.

"¿Qué van a hacer con esto?" de reojo miró a su madre, que seguía de espaldas a nosotros. Intentaba contenerse, pero de tanto en tanto se sentía como si un león estuviese a punto de saltar y atacar.

"Revisaremos si algo nos es útil."

"Hice una copia de todo esto" me señaló.

"¿Una copia? ¿Quién la tiene?"

"El señor Benoit, se la entregué este mediodía, él busca ahora..."

"Llevar a cabo una acusación" la interrumpo.

"Necesitaba estar en esto, y usted me iba a hacer a un lado, por eso mentí" clara y firme respondió una pregunta que aún yo no había formulado. Mi sangre hirvió; todo este tiempo mirándonos frente a frente, con preguntas directas, e insistía en negarlo todo. Debo confesar que en ese momento quise golpearla.

Con unos pasos tomé distancia de ella y ese impulso. Ella buscó mi mirada, quería que regresara.

"Ve a tu habitación, hablaremos sobre tu castigo más tarde" con antipatía le ordené, ella obedeció, pero su madre no lo iba a dejar así.

"¡No tan rápido!" Advirtió con vehemencia.

Isabelle se detuvo en seco. Y los pasos que yo había tomado para distanciarme de ella decidí recuperarlos; Oscar avanzaba hacia ella sin ningún ánimo de control. Al estar cerca, tomó conciencia de mí, y por lo menos consideró tomar algo de aliento antes de comenzar.

"¿Acaso has tomado conciencia de lo que has hecho? ¿Del peligro, de las repercusiones que pueden caer sobre ti y no solo en ti?"

"Sí" aunque temblaba respondió. Y de repente dio un respingo debido al sobresalto que le causó la inmediata reacción de su madre.

De un manotazo Oscar elevó un bouquet de flores por los aires, mientras que la porcelana que lo contenía se estrelló contra el piso. En verdad pudo haber sido peor; la palma de su mano de seguro, había estado destinada a caer sobre la mejilla de su hija.

"¡Maldita sea! ¡Nada de esto habría ocurrido si hubieses cumplido con tu deber!" Rugió.

"¡Oscar, no sigas, nada bueno sacarás de esto!" le advertí, pero me ignoró y se dejó llevar.

"Habrías estado a salvo, tu compromiso no habría acabado y ya estarías terminando con esa escuela que nada más ha traído problemas e incertidumbre a tu vida; estás sólo comenzando ¿realmente quieres esto para ti?"

Isabelle buscó el asiento más próximo a ella; podía ver el agotamiento sobre su rostro, su cuerpo, pero se volvió a mirar a su madre para replicar:

"¿En verdad piensa usted que yo estaba bien? ¿De verdad cree que iba a estarlo? ¿Me conoce usted en absoluto?" le cuestionó.

"No tomes ese tono impertinente conmigo. Si no hubieses tomado parte en esa escuela, no estarías padeciendo la amargura de este rompimiento" volvió a repetir.

Descreída, su hija exhaló antes de hablar.

"Eso fue lo que dijo François" murmuró; su rostro ya se tensaba.

"Siento decir que en parte, ese mocoso tenía razón." Oscar masculló.

"Entonces, quizás crea que debiera llamarlo y revisar qué otras desgracias deba enmendar en su vida ¿no lo cree?" continuó Isabelle con amargura..

"No fue lo que quise decir" respondió "no creas que estoy de su parte."

"¡Lo está justificando, del mismo modo en que él se justificó ese día!" exclamó, mientras se le escapaban algunas lágrimas.

"Entiendo el daño que te hizo" comenzó otra vez Oscar.

"No, no lo sabe. No tiene idea de lo que fue estar parada allí, sin sentirme capaz de poder replicar nada..."

"Lo siento, pero no esperes refugiarte en tu desgracia para no responder por este acto irresponsable, por el cual dudo que tengas una explicación razonable para justificarlo."

"¡Necesitaba encontrarla!" Frustrada respondió.

La tensión en el rostro de Oscar se desvaneció. Observé cómo en un segundo el miedo comenzaba a asaltarla.

"¿Por qué?" Pregunté a mi hija, ya que la contraparte había enmudecido.

Isabelle dudó "… La necesitaba" murmuró, rápidamente su atención se fue hacia su madre, cruzada de brazos, con ojos cerrados.

Con ello pude verificar lo que antes pensaba sobre Ana, sobre el rol que jugó en la vida de mi hija.

Sentí una extraña mezcla de envidia, celos y gratitud hacia su persona.

Pero algo se había detenido en ese momento, mientras agradecía nuevamente a la memoria de Michel Bouscat y su hija, por otro lado, muy adentro, algo dejó de latir en la habitación. Rodeada por culpa y amargura, las líneas de Oscar enfriaban su ira y cerraban su corazón; algo amenazaba con terminar de hacerlo pedazos, se estaba replegando con los restos que quedaban.

"La necesitabas…" Oscar repitió, cayendo en cuenta de la respuesta antes escuchada, mientras el silencio entre ella y su hija, continuaba endureciéndose. "Ibas por ella… ibas tras ella" continuó, tragando el bocado amargo: todo este lío se trataba de un reclamo no atendido, de una deuda impaga: tú no estuviste ahí cuando te necesité.

Lo más duro de todo es darse cuenta que los hijos no esperan. Isabelle no esperaba, nunca lo hizo, y hace poco me di cuenta que tampoco había aguardado por mí ¿Cuál es el siguiente paso? La escuchaba murmurar cuando no podía resolver algo y antes de que alguien se hubiese dado cuenta, ya había tomado varios pasos de distancia, mientras iba y tomaba lo que necesitaba. Ciertamente, Oscar no había sido involucrada en ninguno de aquellos pasos, en el último, Ana lo había estado. Quizás aquel punto cayó como una piedra sobre ella. Le aturdió. Tuvo que buscar un lugar de apoyo para su cuerpo, se cruzó de brazos, cerró los ojos a esa verdad, rígida, resistiendo, a la defensiva.

"... La necesitabas… ¿Qué tanto la necesitabas, qué te atreviste a hacer todo esto? ¿Acaso pensaste que la hallarías viva?"

"A veces" confesó "aunque todo indicaba lo contrario… No estaba siendo razonable, lo sé, pero no quería estar sola y usted me mantenía alejada, usted... ¿qué se supone que debía hacer? ¿Esperar por usted?" Compungida Isabelle continuó "y de todas formas, ¿por qué lo hace, por qué me aleja de usted?"

Oscar exhaló con irónica y triste sonrisa.

"¿Mamá?" Isabelle insistió, intentando leer aquella expresión.

Oscar le devolvió una mirada endurecida, no sé si Isabelle pudo notar el truco, ese con que solía excluirme de su vida, cuando se resquebrajaba, cuando no quería parecer débil.

"No debes hacer cuestionamientos a tu madre, sino demostrar obediencia" respondió y se levantó, no aguantaba más.

Isabelle movió la cabeza en negativa, sin poder entender aquella reacción. Fue tras ella, llamándola, reclamándola como si ya hubiese tenido suficiente.

No sé si eso fue lo más duro de ver, no sé qué fue lo peor de todo ¿Cuando dejó de oír los pasos de su madre? ¿Cuando solo quedó el eco de una puerta ya cerrada?

Fue todo.

Sentí un silencio desolador alrededor de mi pequeña.

Ella no lo sabía, pero su madre se había hecho pedazos. Conociendo a Oscar, nunca dejaría que sus hijos la vieran abierta en canal; prefería permanecer fría y distante, antes que se dieran cuenta que se estaba desangrando.

Ya habían venido a encontrarnos las sombras del crepúsculo, las habitaciones se hallaban en penumbra. En esa oscuridad del vestíbulo escuché el llanto que ya no pudo seguir siendo postergado. No podía dejarla allí; llevé una vela para iluminarla y mis brazos para refugiarla. Al principio se resistió, sentí la rabia que nunca expresaba, liberando ese caudal cuando rechazaba mis gestos de protección, diciendo que estos no mejoraban las cosas, que no reparaban nada y que nunca lo habían hecho. El rechazo, la lejanía y ese sentimiento de soledad que había soportado por años, seguía, estaba lejos de esfumarse. "No, no mejoran nada; pero no mereces estar sola, no te dejaré sola esta vez, lo siento" susurré en su oído, mientras descansaba su rostro sobre mi hombro.

"No soy como usted, ya no puedo aguantarlo. No voy a esperar, nunca le agradé de todas formas…" gimoteaba y la callé suavemente.

"Eso no es cierto, te has dejado engañar por ella, la verdad es que no es algo que tú debas resolver en ti ¿me escuchas?" dije acariciando su cabeza "No eres el problema, no hay nada malo en ti, eres una buena persona, te prometo que todo irá bien, todo estará bien…"

Arrullándola por un rato más, noté que su tristeza seguía ahí, aunque más calma. Al sentir su agotamiento, la escolté a la entrada de su recámara. Besé su frente y le abrí la puerta.

Regresé al cuarto de lectura en donde había sucedido ese amargo episodio. Me dejé caer en una silla y contemplé los cuadros y escenas en mi memoria.

Un par de horas más pasan por esta habitación y siento de regreso los cascos de un caballo golpeando los adoquines de la entrada, pasos por el corredor y el rostro ya menos luminoso de Oscar aparece. Me mira un momento antes de decir:

-Aún estás aquí.

-La dejé en su habitación, necesitaba descansar.

Camina y se sienta a mi lado. Apoya sus antebrazos sobre sus muslos y su mirada permanece sobre el suelo.

-¿Cómo está?

-¿Cómo esperas que esté?- con algo más que molestia le espeto. Con preocupación ella me observa -No la hagas esperar, no debe haber más demoras. No con ella.

-No lo haré; me tomó por sorpresa- me explica con algo de terquedad -No esperaba que se atreviera a preguntarme… por eso.

-Tu talón de Aquiles.

Se vuelve hacia mí.

-Nunca supe qué hacer con ella, pero cuando se convirtió en una jovencita… fue peor… temía no hacer lo correcto, que ella pasara por lo que yo… influenciarla y confundirla- dolida dice -No es su culpa, espero que no lo piense.

-Tienes que aclarárselo- le indico.

Ella asiente y toma su cabeza entre ambas manos.

-No era tan malo, Oscar, en esta vida pudiste ser tu misma, siempre fuiste una excelente líder, con gran talento, tenías el don.

-No lo es todo; yo quería ser tu esposa, yo te lo propuse ¿recuerdas?

Ese recuerdo me hiere tanto como a ella, pero tomo sus manos entre las mías -Estamos juntos, a pesar de todo.

-Quería decirlo, a quien se cruzase en mi camino- insiste.

Guardo mi respuesta por unos momentos, saboreo ese trago amargo en silencio, pensando en cómo dejarlo dentro de mí, pensando en qué podría decir para compensarlo, para darle consuelo, pero al final tengo que admitirlo.

-Yo también.