Disclaimer: los personajes de Twilight son de Stephenie Meyer. La autora de esta historia es Rochelle Allison. Yo solo traduzco con su permiso.
Disclaimer: This story is not mine, it belongs to Rochelle Allison. I'm just translating with her permission.
Capítulo 26
Edward me dio el asiento junto a la ventana, sabiendo que querría poder mirar. Quería y no quería; aunque estaba emocionada de finalmente estar en un avión, me sentía un poco nerviosa también. Sabía que los aviones volaban todo el tiempo, todos los días, y lo habían hecho por años... pero eso no detenía en verdad la ansiedad que crecía en mi interior.
—¿Estás bien? —preguntó Edward, luchando con nuestras maletas. Él había metido la mayoría de nuestras cosas en el compartimiento superior y ahora luchaba con los bolsos más pequeños en el espacio entre nuestros asientos. Habíamos tenido que registrar nuestros bolsos más grandes, y esa era otra cosa que tenía en mi mente; si la maldita aerolínea perdía mis cosas estaría realmente molesta...
—Un poco nerviosa, eso es todo. —Me encogí de hombros. Era casi imposible quedarme quieta, mis uñas repiqueteaban ligeramente contra el reposabrazo mientras tamborileaba los dedos. Sentía ansiedad por volar, por aterrizar, por lo que pasaba en casa, por mi hermano y su esposa, por nuestro futuro en los Estados Unidos. ¿Y si lo odiaba? ¿Y si me sentía miserable y sola?
Edward finalmente logró guardar nuestros bolsos y se enderezó en el asiento, dándole un apretón a mi muslo.
—Intenta dormir, ¿sí?
—Quizás cuando despeguemos —dije, resistiendo la necesidad de simplemente tomar su mano y jamás soltarla. Él estaba tan agotado como yo, y ciertamente no necesitaba que me aferrara a él durante todo el vuelo.
Una asistente de vuelo morena y encantadora avanzaba por el pasillo, sonriendo cálidamente mientras ofrecía mantas y almohadas. Podría haberla besado; eso era exactamente lo que necesitaba. Entonces, la vi observar a mi marido, sus ojos fijos en él desde varias filas de distancia. Cuando llegó a nosotros, apenas me miró al tender mi almohada y manta.
—Buenos días y bienvenidos a bordo —prácticamente jadeó.
Suspirando por dentro, volteé a mirar por la ventana. Aunque no me agradaba, suponía que necesitaba acostumbrarme a la manera en que las mujeres miraban a Edward; él era, después de todo, un regalo para los ojos. Yo no era mejor—lo había deseado por años y años.
Edward no parecía notarlo; bostezó, presionando un pequeño botón en nuestro reposabrazos así podía reclinarse y lo imité, sorprendida de lo cómoda que estaba en un espacio tan pequeño. Él giró hacia mí, sonriendo débilmente. Me encantaba cómo se veía justo entonces, su vello facial más largo de lo usual y rubio en las puntas.
—Me gustas con una barba —murmuré, deslizando la yema de mis dedos por su mentón.
—¿Sí?
—Mmm. —Me acurruqué aún más en mi asiento, acomodando la manta firme a mi alrededor.
—Quizás me la quedaré —susurró, bostezando de nuevo—. Estoy tan cansado.
—Yo también —susurré en respuesta, mis ojos pesados.
Estuvimos en silencio por un momento, escuchando el suave murmullo de las conversaciones a nuestro alrededor, el ocasional clic de un cinturón de seguridad siendo ajustado. Otra asistente de vuelo se ubicó al frente del avión y comenzó a demostrar los procedimientos de seguridad y, aunque me esforzaba por prestar atención, mi agotamiento estaba ganando.
Ni siquiera me di cuenta que me había quedado dormida hasta que fui despertada a sacudidas gentilmente por Edward. Nos estaban preguntando qué queríamos beber.
Con un sobresalto, miré por la ventana, fascinada y aterrada de ver que nos encontrábamos tan alto que ni siquiera podía ver el suelo debido a la fina capa de nubes bajo nosotros.
—Vaya —susurré, mi nariz presionada contra la fría ventana—. ¿Cuántas veces has volado? —le pregunté a Edward, volteando hacia él.
—No lo sé, ¿dos, quizás tres veces? —Se encogió de hombros.
Pronto nos sirvieron el almuerzo, y lo ataqué con gusto. Ahora que había dormido, aunque no lo suficiente, podía concentrarme en lo hambrienta que me encontraba.
—Y bien, tendremos que encontrar la mejor manera de hacer esto cuando lleguemos allí —dijo Edward, una vez que había terminado su comida—. Sabes que tuve que comprar billetes de ida y vuelta así parecía que estábamos de vacaciones...
—Entonces, ¿qué haremos? —pregunté, sintiendo una pequeña pizca de pánico en mi estómago. No había pensado tan por adelantado; subir al avión había sido la parte más difícil, o eso había pensado.
—Si hubiéramos tenido tiempo, hubiera conseguido visas de trabajo o algo para nosotros... pero todo sucedió tan rápido, ¿sabes? Así es cómo las personas frecuentemente van a los Estados y se quedan por un tiempo. Pero no importa; el mismo tipo que consiguió tu pasaporte conoce todo tipo de personas en Estados Unidos que lidian con este tipo de cosas —dijo.
—Eso es conveniente —dije, limpiando mi boca con una servilleta.
—No somos los primeros en huir del país por las razones que lo hicimos. —Sonrió, pasando una mano con cansancio por su cabello.
—Eso es verdad, ¿o no? —dije, mirando por la ventana de nuevo—. ¿Él podrá ayudar?
—Me dio su número, y el número de alguien en la ciudad de Nueva York.
—¿Qué tan lejos es eso de donde estamos yendo? —pregunté.
—No lo sé; lejos. Sé que hay un gran grupo de simpatizantes irlandeses allí. Algunos de ellos son de casa, y algunos han estado en Estados Unidos por un par de generaciones. Ellos apoyan la causa.
—¿Económicamente?
—A veces. —Asintió.
Jamás había pensado en cómo nuestra lucha se extendía a través de los océanos de esa manera; siempre me pareció tan personal. Pero mientras más pensaba en ello, más tenía sentido. Ahora íbamos a vivir en Estados Unidos, pero sabía que probablemente seguiríamos apoyando la causa en nuestro hogar también. Era lo correcto para hacer; habíamos salido de Belfast, pero nuestros corazones permanecían allí. Nuestros padres, personas que conocíamos como Mikey y el pequeño Danny Crowley, aún seguían allí.
Había esperado descansar más, pero estaba demasiado entusiasmada. Edward y yo hablamos por momentos durante horas, haciendo planes y preguntándonos cómo sería la vida. Él quería enviar sus expedientes académicos lo antes posible para poder volver a la escuela de medicina. Todo iba a ser diferente ahora, y él estaba preparado para la posibilidad de tener que volver a realizar ciertas clases para poder estar listo para la escuela de medicina estadounidense.
Afortunadamente, el mismo programa de intercambio que había llevado a Jasper a Belfast inicialmente funcionaba en ambos sentidos; la universidad de Texas en Austin aparentemente tenía una relación favorable con la Universidad de la Reina. Solo podíamos esperar que el historial académico impecable de Edward así como la considerable influencia de Carlisle en la comunidad médica y académica en Belfast, ayudaran a permitir la transición.
Edward estaba acostumbrado a vivir un tipo de vida afortunada, a que las cosas salieran bien para él de alguna manera, como si estuviera escrito en las estrellas, pero yo estaba preparada para el camino difícil por delante. No dudaba que eventualmente prosperaríamos, pero había mucho, mucho que superar primero. Demasiadas cosas se encontraban fuera de nuestro control, y nada salvo intervención divina, garantizaría nuestro éxito.
En cuanto a mí, parecía que mis estudios estaban siendo puestos en pausa por un tiempo, y estaba bien con ello. Había estado quejándome que mi carga horaria era un poco demasiado, por lo que un descanso, sin importar lo forzado o inesperado, era una bendición en el fondo. Edward siempre había me apoyado lo que quería hacer en términos de estudio; era hora que yo lo apoyara por completo ahora. Su título médico, cuando finalmente lo consiguiera, garantizaba buen dinero, y si teníamos que retrasar algunas cosas para llegar allí, que así lo fuera.
Teníamos tres semanas para decidir cuál sería nuestro próximo movimiento. Después de eso, nuestros billetes de regreso caducarían y seríamos, oficialmente, extranjeros ilegales.
~V~
—¡Oh, por Dios, Bridgette, pero es hermoso! ¿Lo has visto?
—¿El del 17A?
La primera voz se rio nerviosamente.
—Ah, entonces sí lo viste. No me molestaría llevarlo al baño de primera clase.
—Oh, pero creo que está casado...
—Él es demasiado joven para estar casado e, incluso si lo estuviera, él podría querer un poco de acción a escondidas.
—Eres horrible. —La segunda se rio.
Puse los ojos en blanco, incapaz de creer que realmente estuviera escuchando esta conversación con mis propios oídos. La cola para el baño no era tan larga, pero habían dos personas entre la pequeña cocina, donde las asistentes de vuelo preparaban bocadillos y bebidas, y yo, y las zorras no mantenían sus voces bajas.
Intenté no dejar que me molestara; en serio lo hice. Edward había demostrado que me amaba, y sentía en mi corazón que estábamos destinados a ser. No me haría bien volverme loca cada vez que alguien le prestaba atención, y como me seguía recordando a mí misma, también lo había deseado por años.
Pero entonces mi lado irracional y agotado se asomó. Era realmente inapropiado que ellas lo miraran como un trozo de carne cuando él obviamente estaba con alguien. Le eché un vistazo a las personas frente a mí para ver quién exactamente estaba hablando.
Ah, sí. La Srta. Mirada Babosa de antes y una rubia bajita con enormes pechos. Típico.
Los dos baños se abrieron al mismo tiempo, liberando el espacio frente a mí. Cruzándome de brazos, me apoyé contra la pared y esperé.
La rubia apareció primero, sus ojos abriéndose por completo solo un segundo antes de inclinar la cabeza a un costado y sonrió.
—¿Puedo ofrecerle algo, señorita?
—No, estoy bien, gracias —dije, con una sonrisa cordial en mi rostro.
—De acuerdo. —Ella asintió, pasando por mi lado para regresar al pasillo.
Momentos después, salí del pequeño baño y comencé a regresar a mi asiento, inhalando profundamente cuando vi a Mirada Babosa rondando junto al asiento de Edward, sus manos perfectamente cuidadas descansando en el respaldo. Jamás había estado en un vuelo antes, pero estaba bastante segura de que prostituirse no era uno de los servicios ofrecidos.
—Disculpa —espeté, fulminándola con la mirada hasta que ella se apartó así podía regresar a mi asiento.
Ella sonrió y se alejó contoneándose, dejándome furiosa.
—¿Qué quería? —bufé, abrochándome el cinturón de seguridad mientras miraba a Edward.
Él sonrió.
—No estés celosa, Bella.
—No, estoy furiosa. Deberías haber escuchado la mierda que estaban diciendo allí atrás, esa quiere llevarte al fondo —dijo.
—Sí, me estaba preguntando cuáles serían mis planes en los Estados Unidos, por lo que le dije que estábamos en nuestra luna de miel.
Eso me hizo sonreír, y me mordí el labio tímidamente.
—Oh. Bien.
Él sacudió la cabeza.
—Qué luna de miel —resopló.
—De verdad... —Suspiré.
Habíamos estado en el cielo por demasiado tiempo que el día había comenzado, pasado, y comenzaba a ponerse. Observé con nostalgia la luz menguante del exterior, deseando tanto no estar de viaje. Pasaría un tiempo antes de estar instalados, pero tener un lugar para dormir sería un gran primer paso.
Finalmente, el piloto anunció que estábamos acercándonos al aeropuerto municipal Robert Mueller. Él mencionó la temperatura y la condición del viento, e hice una mueca de incomodidad cuando mis oídos comenzaron a reaccionar a la presión de perder altitud. Una vez más, presioné mi rostro contra la ventana, observando las pequeñas luces que brillaban como estrellas.
—¿Alice sabe cuándo aterrizamos?
—Llamé a Pa antes que despegáramos, dijo que se lo diría —dijo Edward.
Asintiendo, tomé su mano, le di un apretón, y él lo devolvió mientras comenzábamos a hacer nuestro descenso final. Esto era irreal. En alrededor de quince minutos, estaríamos en los Estados Unidos de América.
Cerré los ojos y recé rápidamente, como siempre, agradeciéndole a Él por lo lejos que habíamos llegado, y pidiendo ayuda en el lugar donde estaríamos.
~V~
Alice no podía dejar de hablar.
Desde el segundo que nos encontramos en la zona de recolección de equipaje a ahora, en el Chevrolet Chevelle rojo de Jasper (o eso había dicho él; no tenía ni idea sobre coches), ella no había dejado de hablar. No podía esperar a mostrarnos su nuevo todo, su apartamento, su universidad, su trabajo.
Mientras tanto, Edward estaba sentado al frente con Jasper, hablando sobre lo que fuera que los hombres discutían. Él estaba bastante encantado con el coche de Jasper, y tenía la sensación de que él buscaría conseguir uno igual cuando las cosas se calmaran y el dinero llegara. No teníamos coches como ese en casa; Jasper lo llamaba "American Muscle".
Estaba tan agotada que había recuperado la energía; casi me sentía mareada, pero en el buen sentido. La brisa fría de la noche soplaba en nuestros todos, entrando por las ventanas abiertas, e inhalé en bocanadas, agradecida después de diez horas en un avión.
—¿Tienen hambre? —preguntó Jasper, deteniéndose frente a un semáforo.
—Así es, sí —dije sin vacilar. Había pasado un tiempo desde que nos habían alimentado en el avión.
—¡Vayamos por tacos! —dijo Alice, aplaudiendo con emoción. Tuve que reír; su entusiasmo era muy bien recibido después del estrés y la preocupación de las últimas semanas.
Jasper se carcajeó también, mirándola a través del espejo retrovisor.
—Me parece bien.
Otra cosa a la que tenía que acostumbrarme: la comida. No tenía idea de lo que era un taco, pero había posibilidades de que, si a Alice le gustaban, a mí también. Además, a caballo regalado no se le miraba el diente y estaba hambrienta.
Nos detuvimos frente a un restaurante mexicano barato para comprar comida para llevar, y entonces comimos en el coche mientras Jasper conducía un poco, señalando cosas en el camino. Él y Alice vivían relativamente cerca del campus de su universidad, aunque él era dueño de una casa mientras que ella se encontraba en un alojamiento para estudiantes.
Una vez que llegamos al edificio de Alice, no perdimos tiempo en llevar nuestras cosas adentro. Como era de esperarse, Carlisle y Esme no habían escatimado gastos con su pequeña niña; su apartamento tenía dos cuartos de buen tamaño y muebles sencillos pero muy elegantes.
—Qué lástima que raramente estás en casa, ¿o no? —susurré después que terminara el recorrido y Edward se hubiera ido a tomar una ducha.
Alice se encogió de hombros, sonriendo un poco.
—Lo es.
Caminamos de regreso a la cocina, donde puso una tetera a hervir.
—No puedo creer que realmente estén aquí, en Austin, en mi cocina —dijo, negando con la cabeza—. Difícilmente puedo creer que yo esté aquí la mitad del tiempo...
—Es irreal, ¿o no? —concordé, mirando alrededor. Aún no había caído por completo.
Temía que una vez que el brillo y el encanto de estar en un nuevo lugar disminuyeran, las cosas parecerían mucho menos prometedoras. ¿Qué iba a hacer? Había un tiempo limitado en el que podíamos vivir con los ahorros...
—Relájate, amor. —Alice se encontraba a mi lado, acercando una silla—. Tienes tanta tensión en tu rostro...
—Tengo miedo —admití, apoyando el rostro en mis manos—. Estoy cansada, y no sé qué vamos a hacer.
—Lo sé —dijo—. Iremos un paso a la vez. Es mucho para pensar justo ahora.
Asintiendo, sequé mis ojos.
Jasper entró, cruzando la habitación para tirar algo en el cesto de basura.
—¿Estás bien, Bella?
—Solo necesito dormir —dije, forzando una sonrisa.
—Puedo imaginarlo; han estado a la fuga por un tiempo ya —dijo él.
Alice golpeó su brazo.
—Judas Iscariot, ten un poco de tacto, Jazz.
—Está bien. —Me reí, haciendo un ademán con la mano para restarle importancia—. Es verdad. Estamos a la fuga... exiliados de nuestro propio país.
—Cielos, eso es desalentador —dijo Edward, frotando una toalla por su cabello mientras se nos unía. Él ya tenía puesto pantalones pijama y una camiseta.
—De acuerdo, iré a bañarme —dije, poniéndome de pie—. Beberé un té cuando termine.
Alice y Jasper intercambiaron una mirada.
—Vamos a regresar a mi casa —dijo Jasper, mirando con cautela a Edward.
Edward asintió, y podía ver la indecisión en su rostro. Sabía que él probablemente se sintiera un poco extraño, al saber que su hermana pasaba la noche con su novio, pero también sabiendo cómo era estar en el lugar de Jasper.
—¿Mañana entonces? —Alice abrazó a su hermano, susurrándole algo al oído antes de acercarse para abrazarme.
—Estarán bien —dijo ella, besando mi mejilla.
—Sí. —La abracé fuerte, y entonces ella y Jasper se fueron.
Le sonreí débilmente a Edward.
—Me sentiré más humana después de una ducha.
Él asintió.
—Iré a hacer unas llamadas.
Jamás había experimentado una cucha como esta. Era una ducha regular, pero después de dos días de viaje, era el paraíso. Permanecí bajo el agua caliente hasta que mis dedos y mis pies estuvieran arrugados y mi piel estuviera rosa de tanto frotar.
Con una toalla envuelta alrededor de mi cabello y otra en mi cuerpo, caminé hacia el cuarto que compartía con Edward. Podía escucharlo en la sala, su voz baja, y una sensación cálida y reconfortante se extendió por mi interior.
Él ya estaba trabajando, organizando cosas.
Él no permitiría que fracasáramos aquí; lo lograríamos. Había dicho desde el comienzo que él siempre me cuidaría, y me di cuenta, con más fuerza que nunca, lo cierto y real que eso era.
Me coloqué mi camisón y me uní a él, acurrucándome en el sofá para desenredar mi cabello.
Él me observaba mientras hablaba por teléfono, sus ojos siguiendo los movimientos de mis manos, como lo había hecho muchas veces en casa.
~V~
Lentamente, me desperté, increíblemente cómoda y calentita.
Con los ojos apenas abiertos, me concentré en las delgadas rendijas de luz que atravesaban las cortinas cerradas. Todo era muy diferente aquí, incluso las ventanas.
La cama de Alice era maravillosa, pero mis piernas aún dolían, así como mis hombros, y sentía que una noche de sueño difícilmente había ayudado a disminuir mi fatiga. Volteé a mirar a Edward, profundamente dormido a mi lado.
Ni siquiera recordaba haber venido a la cama; él debió haberme cargado hasta aquí la noche anterior. Ese pensamiento me hizo sonreír, y me acurruqué contra él, mi corazón tan lleno que se desbordaba de lágrimas.
Cielos, estaba convirtiéndome en una tonta sentimental.
Él se despertó, girando para estar frente a mí, sus ojos abriéndose solo por un segundo antes de cerrarse de nuevo. Besé su rostro y él sonrió débilmente.
—Vuelve a dormir —dijo, su voz ronca.
—Lo haré. —Dejé que mis ojos se cerraran, tan cerca de quedarme dormida de nuevo.
—¿Por qué lloras? —Su voz era suave, las puntas de sus dedos trazaban mis mejillas.
—Te amo.
Me jaló hacia él, rodeándome con su brazo.
—Te amo.
Nos quedamos dormidos de nuevo, y nadie, ni siquiera Alice, llamó para despertarnos.
Por horas dormité, notando cómo la luz cambiaba al entrar por las ventanas, indicando el paso del tiempo. De acuerdo con Edward, Irlanda se encontraba seis horas por delante de Texas. Eventualmente, me desperté por completo. El pequeño reloj en la mesa de noche indicaba la una en punto, así que supuse que mi cuerpo creía que eran las siete de la noche. Todavía me sentía perezosa, pero necesitaba usar el baño con tanta desesperación que no podía ser ignorada.
Edward estaba despierto cuando regresé a la cama, pasando sus dedos distraídamente por su cabello.
—¿En qué piensas? —pregunté, jalando del edredón color crema hasta mi barbilla.
—En ti.
—¿Qué hay de mí?
—En venirme contigo —dijo, arrastrándose lánguidamente sobre mí hasta tenerme sujetada con sus brazos y piernas—. Quería hacerlo antes pero estaba jodidamente cansado.
Lo miré, sujetando sus mejillas entre las palmas de mis manos.
—No te rasures.
—Tengo que hacerlo eventualmente. —Se rio, apoyando su peso sobre mí.
—No, Jasper es velludo —dije, rodeándolo con mis piernas.
—Oh, ¿te gusta Jasper ahora? —bromeó, frotando su piel rasposa contra mí.
—¡Ay! —chillé, apartando su rostro—. Solo estoy dejando claro un punto. Él está estudiando para ser abogado, y si él puede verse desaliñado, entonces tú también.
—Entonces, admites que se ve desaliñado —dijo, besando mi cuello.
—Sí —susurré—. Pero me gusta... en ti. —Me estaba distrayendo ahora, pero no necesitaba hacerlo porque lo deseaba tanto como él.
—Ámame —le dije suavemente al oído.
Él se sentó, quitándose la camiseta, y entonces se acostó para sacarse los pantalones. Me quité el camisón y lo dejé caer en el suelo, junto con mis bragas.
—Tú arriba —dijo, acostándose boca arriba con las manos detrás de su cabeza.
—No quiero estar arriba —dije, acostándome a su lado y copiando su postura—. Me gusta cuando tú estás arriba... cuando... —Sonreí, mordisqueando la uña de mi pulgar.
—¿Me aprovecho de ti? —dijo, sentándose y acercándose así se ubicaba entre mis piernas.
—Mhm. —Asentí.
—Sí, también me gusta eso —dijo, besando mi boca.
Nuestra diversión se disipó mientras nos besábamos, y pronto giró a un costado, tocándome por dentro y por fuera. Intenté levantar mi pierna sobre su cadera pero él me detuvo, separando mis piernas aún más. Cerniéndose sobre mí, me besó más fuerte, más profundo, su lengua jugando dentro de mi boca mientras sus dedos frotaban en círculos hasta que estiré una mano, colocándola sobre la suya para mantenerla en un lugar, y lo hizo, y me corrí.
Se levantó y se deslizó dentro de mí, moviéndose lentamente. Aún me encontraba tensa por correrme, y él se sentía tan bien dentro. Nos mecimos perezosamente juntos, cada movimiento concentrado y completo. Comenzó a moverse más rápido, y entonces sus ojos se cerraron y su rostro se transformó, de rígido a relajado con el alivio.
~V~
Un mes después, aún seguíamos en el apartamento de Alice, pero no era el problema que había imaginado que sería. Habíamos formado nuevas rutinas; yo atendía mesas con Alice en un lugar al final de la calle mientras que Edward lidiaba con los aspectos menos agradables de vivir como fugitivos. Porque, a pesar de que nadie estaba buscándonos activamente en los Estados Unidos, todavía nos manteníamos discretos.
Y, como habían pasado más de tres semanas, oficialmente estábamos abusando de la hospitalidad. Podíamos ser deportados, un pensamiento que revolvía mi estómago ya que implicaba que seríamos entregados a las manos de las mismas personas de las que habíamos huido en primer lugar.
Odiaba atender mesas; no era buena en ello. Trabajar en una librería hubiera sido lo mejor, pero tenía que aceptar lo que podía conseguir. Alice, con sus dones para las personas y su gracia natural, era increíble. Yo simplemente me las arreglaba, esperando a que Edward me dijera cuál sería nuestro próximo movimiento.
—¿Estás segura que no quieres venir a lo de Jasper? —preguntó Alice mientras caminábamos a casa una tarde.
Doblé mi pequeño delantal en un cuadrado y lo coloqué bajo mi brazo.
—No, estoy bien, amor, gracias. Edward dijo que llegaría a casa esta noche y quiero estar allí con él.
Edward había tomado un autobús de Greyhound a Boston días antes para reunirse con miembros de una mafia irlandesa-estadounidense que tenía conexiones con algunos de los Provos en Belfast. Yo había tomado turnos extra mientras tanto, queriendo mantenerme ocupada así no tenía tiempo para preocuparme por él. Si él tenía éxito, regresaría con papeles para nosotros dos, y podríamos trabajar y asistir a la universidad "legalmente".
Bueno, quizás no legalmente, pero oficialmente.
Sin embargo, fue horrible la espera. Saber que él iba a reunirse con criminales no tranquilizaba mi mente, incluso si todos ellos supuestamente se encontraban del mismo "lado". No tenía ninguna ilusión sobre Edward; él no era inocente o intachable, pero era un extranjero. Odiaba saber que él se encontraría en desventaja si algo iba mal.
De regreso en lo de Alice, lo cual lentamente comenzaba a sentirse como "casa", rápidamente me duché y me lavé el cabello, queriendo quitar los aromas a café y grasa. Preparé una cazuela que había visto en una de las viejas revistas de Alice de Women's Day y la metí en el horno.
Mi corazón se aceleró cuando escuché la puerta abrirse, y medio corrí hacia Edward, muy feliz de verlo.
—Hola —dijo, dejando caer su mochila y abrazándome fuerte.
—Te extrañé —dije, besando su labio inferior—. ¿Cómo fue?
—Excelente, de hecho. Estaban llenos de preguntas sobre "la vida" en casa; actuaron como si yo fuera un endemoniado héroe. Qué mierdas. —Resopló—. Oh, bien, estás cocinando. Todo lo que comí hoy fue una bolsa de papas fritas.
Frunciendo el ceño, caminé de regreso a la cocina.
—Jesús, María y José, podrías haberte alimentado mejor que eso, Edward. No eres un niño.
—Tenía prisa, casi me perdí el autobús esta mañana —dijo.
—¿Noche larga? —supuse.
—Todos querían comprarme una pinta. —Sonrió.
—Estuve nerviosa todo el tiempo...
—Sí, yo también. No sabía con qué tipo de personajes poco fiables estaría en contacto, pero si conocen a James y a Aedan, así que...
—¿Quién es Aedan? —pregunté, sacando la cazuela y colocándola sobre la encimera.
—Ese es quien me consiguió tu pasaporte —dijo él—. Lo conocí a través de James hace un tiempo.
—Entonces, ¿ahora qué? —pregunté, una vez que nos habíamos sentado a comer y bendijimos la cena.
—Lo que sea que quieras, supongo... ¿te gusta estar aquí?
Llevando un bocado a mi boca, mastiqué pensativamente. Sí me gustaba Texas, con sus cielos abiertos y atracciones locales. Siempre había algo que hacer, día y noche, siempre algo nuevo para probar.
Sí... Austin era una ciudad agradable, pero le faltaba algo. Por un lado, era seco. Extrañaba estar cerca del océano y la abundancia de la lluvia con la que había crecido.
—Está bien. —Me encogí de hombros—. Me gusta estar cerca de Alice...
—Pero no te encanta —dijo, comiendo un bocado.
Negué con la cabeza.
—No en verdad, no.
—Tampoco yo. —Suspiró—. Este país es jodidamente enorme; ni siquiera sé dónde comenzar.
—Jamás pensé que diría esto, pero... extraño la lluvia —dije.
—Podríamos ir a Seattle —Edward rio—. Dicen que llueve casi todos los días allí.
—¿Dónde está eso?
—En la costa oeste, sobre California —dijo, observándome mientras masticaba.
—Vayamos —dije, sonriéndole. Ya estaba imaginándolo, verde y húmedo...
—¿Quieres mudarte a un sitio por la lluvia? Ni siquiera tenemos idea de cómo es, Bella. ¿Y si es horrible?
—¿Y si es increíble? —contesté. Simplemente quería un cambio. Austin era genial para Alice, y ella tenía a Jasper, y ésta era la ciudad natal de él. Pero nosotros no teníamos ataduras; quería ir a un lugar que podíamos hacer nuestro.
Edward me observó, sacudiendo la cabeza.
—Tendré que ver qué tipo de universidades tienen —dijo lentamente.
—No tenemos que... —dije, cediendo. Pero él hizo un ademán con la mano.
—¿Tienes que trabajar mañana? —preguntó.
—No, gracias a Dios. —Metí el último bocado de la cazuela en mi boca. Había estado sabrosa, pero nada espectacular. Tendría que quedarme con la comida irlandesa después de todo—. ¿Por qué?
—Creo que es hora de que compremos un coche. No sé dónde iremos, pero no iremos allí en un maldito autobús —dijo.
—Sí —respondí, juntando nuestros platos y metiéndolas en agua con jabón. Sabía que él había estado fantaseando con coches como el de Jasper, estaban por toda la ciudad.
Edward se acercó detrás de mí, apoyando su mentón sobre mi hombro.
—Iré a ducharme.
—Está bien —dije, sonriendo ante el pequeño escenario doméstico.
En la cama más tarde, después de hacer el amor, charlamos en la oscuridad como solíamos hacer, hasta quedarnos dormidos.
—¿Es lo que imaginabas? —pregunté, bostezando.
—¿Qué?
—Todo... Tu vida... Estar aquí, estar casado.
—Nada nunca es como lo imaginas —dijo, pasando sus dedos suavemente por el costado de mis pechos—. Algunas cosas son más complicadas, y otras son mejores.
—¿Estás emocionado? ¿De mudarte de nuevo?
—Estoy emocionado de realmente comenzar nuestras vidas en alguna parte. Esto se ha sentido muy... —Bostezó, deteniéndose.
—Temporal —susurré.
—Sí. —Dejó caer su mano, cansado.
—También estoy emocionada —dije, dejando que mis ojos se cerraran. Mi mente daba vueltas como siempre lo hacía en esos momentos antes de perder el conocimiento, un revoltijo de pensamientos e imágenes, preocupaciones y cosas buenas.
Estaba emocionada. Mi vida estaba completamente abierta, las posibilidades eran infinitas. En el fondo de mi corazón, sabía que las decisiones que había tomado habían sido las correctas. Jamás tendría que recordar mi vida con tristeza por no haber seguido mi corazón.
Había llegado a este lugar de mi vida por mi propia voluntad.
Atraída por la suave respiración de Edward, comencé a quedarme dormida.
Fin.
Bueno, no tan fin. Nos queda el epílogo, versiones de capítulos en EPOV y un futuretake :)
