Cap 2: Conflictos
Rose se pasó toda la semana con la nariz metida en algún libro. Quería recuperar los puntos que había perdido para su casa y contestar bien a las preguntas que le hacían los profesores era la única manera que se le ocurría para lograrlo. Además, mientras estaba concentrada en estudiar no tenía que pensar en otras cosas.
Se encontraba en la biblioteca en una pequeña mesa que quedaba oculta por una estantería gigante y que estaba a lado de una ventanita desde la que se podía ver el lago. La luz del atardecer se colaba por ella y le acariciaba la nuca mientras se afanaba en tomar apuntes de un libro antiquísimo titulado "Hechizos que toda bruja debería conocer".
Rose ya se había dado cuenta de que tenía que hacer una selección porque no todos los conjuros le iban a servir. Dudaba que tuviera que hechizar fuego para que le hiciera cosquillas en los pies en vez de quemarla o convertir una calabaza en un carro de caballos, pero sí que estaba encontrado cosas reamente útiles o divertidas.
—¿Otra vez aquí?, vas a convertirte en un mueble más de la biblioteca.
Era Scorpius el que hablaba y la miraba con esa sonrisa suya que transitaba entra la burla y la tristeza, como si no pudiera escapar de su aire de melancolía ni para hacer una simple broma.
Rose se encogió de hombros. Albus apareció detrás de Malfoy y se sentó en la silla que quedaba vacía al lado de ella. Scorpius se subió de un salto a la mesa y acomodó su trasero justo encima del pergamino de Rose, llevándose la más iracunda de las miradas por parte de la niña.
—Si la Señora Pince te ve te va a echar una gran bronca —le espetó
—Entonces no hay problema, está casi ciega. —Scorpius se río de su chiste, pero aun así echó una ojeada inquieta en rededor para comprobar que la mujer no estuviera cerca.
—¿Ya has hecho los deberes de pociones? —preguntó Albus a su prima
—Sí y si quieres te los dejo, aunque igual es importante que los hagas tú. Puede que alguna de las cuestiones caiga en el examen y…
—¿Por quién me tomas? ¿Acaso me confundes con James?
Rose se río discretamente, tratando de no montar alboroto.
—Te lo preguntaba porque si ya has acabado tus deberes podrías venir a dar un paseo con nosotros por los jardines y jugar a algo. Naipes mágicos ¿por ejemplo?
—A mí sí que no me importaría que me los dejaras, Rose —interrumpió la conversación Scorpius —copiárselos a Albus sería mucho "cantazo", pero no se notaría si echara un vistazo a los tuyos…
—Pero si tú fuiste el primero en terminarlos y me ayudaste a mí a hacerlos —le interrumpió a su vez Albus.
—¿Por qué me descubres, Albus? ¿No sabes que a las chicas les gustan los malotes que no hacen los deberes?, así tu prima no se va a fijar nunca en mí.
Todos se rieron, pero Scorpius no pudo evitar ponerse colorado y Rose tuvo que desviar la mirada sin saber muy bien qué hacer o qué decir.
Albus y Scorpius ayudaron a Rose a recoger sus cosas y salieron juntos por las amplias puertas del castillo, los tres iban hablando de sus cosas animadamente cuando un alumno de cuarto curso de Gryffindor les interrumpió
—Una Gryffindor con dos Slytherin… ¿Te están haciendo algo, Rose?
Rose miró con desconfianza al joven que les hablaba. Era alto, espigado, de pelo castaño y rostro anodino. Se llamaba Malcom Jr. y se llevaba bastante bien con James, aunque a los alumnos de primero y segundo les caía realmente mal. Se creía el jefe de la casa y había que seguir las normar idiotas que se inventaba, como por ejemplo no confraternizar con los Slytherin, o dejar ciertos sitios de la sala común libres para los alumnos mayores, especialmente si ese alumno mayor era él. A pesar de sus estúpidas normas de jerarquía y su ideario de honrar a los más mayores, Rose nunca le había visto levantarse del sillón de orejas para cedérselo al prefecto de la casa.
—Estamos paseando —respondió Rose en un murmullo.
—Así que estás paseando con el enemigo… ¿Eres una tránsfuga, Rose Granger-Weasley?
—Déjalo ya —intervino Scorpius con voz cansada —solo estamos tomando el aire, métete en tus asuntos.
—¿Scorpius Malfoy, famoso por estar maldito, es tu abogado defensor, Rose? ¿Tus padres saben con qué compañías te juntas?
Albus lo ignoró y tomando del brazo a Scorpius y a Rose comenzó a andar en dirección contraria, pero Malcom tenía todavía mucho que decir y agarro a Scorpius de la túnica.
—¿A dónde vas, mortífago en miniatura? —le recriminó Malcom con una risotada —¿tanta prisa tienes o es que no quieres escuchar verdades?
Scorpius forcejeó para librarse del agarre, pero Malcom era más fuerte que él y con un pequeño retorcijón de brazo dejó a Scorpius completamente indefenso, con el codo doblado por detrás de su espalda y bajo la sujeción de Malcom. Albus al ver esto sacó su varita y se lanzó contra Malcom, enarbolándola como si fuera un cuchillo. Malcom le esquivó con una finta y sonrió con maldad.
—¿De verdad pensáis que tres alumnos de primero, entre los que se encuentra un traidor, una empollona marginada y un chaval enfermizo, van a poder conmigo?
Esta vez fue Rose quien sacó la varita y apuntó con ella a Malcom
—Maximum calvitium —gritó, sin pensar, el último hechizo que había estado estudiando en la biblioteca.
La varita se iluminó y de ella salió un rayó de luz plateada que golpeó a Malcom en la cabeza. Su perfecta cabellera castaña desapareció y su cabeza quedo completamente lampiña. Rose se quedó estupefacta contempando lo que había hecho. Albus miraba la escena atónito y a Scorpius se le escapó una risa nerviosa.
Malcom se llevó las manos a la cabeza, pero justo en ese momento, dos alumnos de séptimo se acercaron a ver qué pasaba. Malcom los miró con inquina y se subió la capucha de la túnica.
—Me las pagareis —les susurró antes de salir corriendo.
Los tres niños respiraron profundamente y volvieron ellos también al castillo, ya se les había quitado las ganas de pasear o jugar a los naipes mágicos.
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Rose pasó lo que quedaba de tarde en la sala común, sin atreverse si quiera a ir a cenar. Estaba sentada en una pequeña silla con una novela en las manos en la que no era capaz de concentrarse y vigilaba el hueco de la señora gorda esperando algún profesor entrara por la puerta para castigarla o quizás expulsarla.
Le hubiera gustado contarle lo que acababa de pasar a alguien, pero no sabía a quién, no tenía una amiga íntima, ni siquiera una confidente y no quería escribirles a sus padres. Su madre se enfadaría con ella por incumplir las normas y su padre le diría que ya le había avisado que no se acercara a Scorpius, que eso no le iba a traer más que disgustos.
Se frotó los ojos y volvió a tratar de concentrarse en la novela.
—¿No te aburres de tanto leer? —Caroline miraba por encima de su hombro su novela.
—No tengo nada mejor que hacer —le respondió Rose.
—Eso tiene fácil solución. Preséntame a tu primo James.
Caroline le tiró del brazo y casi la arrastró a la esquina de la sala común donde su primo se acababa de acomodar junto a Vinn, una chica también de tercero, a escuchar las noticias. El mejor amigo de James, Fred -que era también su primo. Medio Hogwarts era su familia- había sido seleccionado en Ravenclaw y James y él se pasaban casi todo el tiempo juntos, salvo cuando cada uno tenía que estar en su sala común. Vinn una chica Gryffindor y Victor y Atenea, de Ravenclaw, siempre iban con ellos.
—Hola, James —saludó Rose, mientras Caroline le daba empujones por detrás. —Esta es Caroline, una… amiga
—Hola —saludó alegra Caroline saliendo de detrás de Rose y mirando fijamente a James
—Esto… hola —saludó James. —¿todo bien, Rose? —preguntó Potter al fijarse en la cara pálida de su prima.
—Sí, solo un poco cansada—mintió.
—Vale —contestó James sin insistir más, y se volvió para concentrar en la radio donde la voz de su madre narraba el partido de los Chudley Cannos contra las Arpías de Holyhead.
—¿Queréis escuchar el partido con nosotros? —preguntó amablemente Vinn al ver que las dos niñas seguían de pie mirándolos sin hacer nada.
—Por supuesto, gracias.
Caroline se sentó en el suelo delante de James tras comprobar que no había ningún sitio libre cerca, Rose hizo lo mismo por inercia, aunque a ella el partido y su primo le daban completamente igual, tenía otras preocupaciones más acuciantes.
Cuando la voz de Ginny narraba como la guardiana de las arpías había parado un lanzamiento casi perfecto de Leonard Tucker, cazador de los Chudley Cannons, el retrato se movió y en el quicio de la puerta apareció la silueta de Malcom Cumming con su cabellera castaña firmemente asentada sobre la cabeza.
—Tengo mucho sueño —se disculpó Rose en cuanto lo vio, y echó a correr escaleras arriba hacia su dormitorio.
Caroline le echó una mirada hosca por abandonarla, pero al lado de la mirada de odio que Malcom dirigió a la espalda de Rose al verla desaparecer por las escaleras del dormitorio, el gesto de Caroline era de lo más afable.
