Podía jurar que si le dieran a elegir entre los brazos de Sesshomaru y el cielo, Kagome definitivamente lo elegiría a él.
Verlo pensativo observando las luces desde lo alto de la ciudad, hacía que Kagome dejase volar su imaginación, soñando que algún día formarían una vida juntos.
¿Muy jóvenes?, por supuesto, pero qué importaba. El dinero no era ningún problema.
Sin embargo, ¿podría acostumbrarse a sus largas ausencias?
— Gracias.
Kagome sonrió. —¿Por qué?
— Por acompañarme. Estos eventos sin ti son muy aburridos.
Ella le acarició el rostro con suavidad. ¿Un ángel o un demonio?. Gustosa podría dejarse convencer de ir al último círculo del infierno con tal de estar a su lado.
— Kagome...
Ella estaba bajo el encanto de sus ojos dorados que hacían contraste con el magnífico traje negro de gala que llevaba.
Una cena de negocios, el cierre de un grandioso contrato para la remodelación de viejos edificios gubernamentales.
— Te veo muy pensativa.
Al verse descubierta sonrió. Se mordió el labio y tomó las manos de Sesshomaru.
— Vamos a bailar.
Prácticamente lo arrastró, su vestido verde la hacía ver preciosa. Toda ella destellaba, magnífica solo para Sesshomaru, quien se dejaba guiar por su sonrisa.
Kagome se recargó en su pecho mientras la música sonaba, disfrutando de estar juntos.
— ¿Cómo puedes controlar tan fácilmente tus emociones?
— ¿De qué hablas?
— Tu rostro es tan serio, pero tú corazón.. palpita ansioso.
Sesshomaru se sorprendió de lo fácil que ella lo descubría. Por supuesto que estaba ansioso, tenía más de dos meses con el anillo de su madre en el bolsillo. Para ser precisos, desde San Valentín.
Justo en ese momento, el ambiente era tan romántico, tan perfecto para declararse.
Los ojos azules se pusieron sobre él. —Kagome.
Ya ni siquiera estaban bailando. Solo se miraban.
— ¿Está todo bien?
Él asintió. — Quiero...
El flash de una cámara rompió la atmósfera. Ante la luz, Sesshomaru quiso matar al imbécil del fotógrafo cuando esté muy sonriente siguió su camino.
— ¡Oh, rayos! Ya son las doce, le dije a mi mamá que no llegaría tan tarde.
El momento se había perdido.
Mientras estaban sentados en la limusina. Comenzaron a besarse, desesperados. Cómo dos locos enamorados después de semanas sin verse.
— Hoy no puedo, le dije a mi mamá que...
Fue interrumpida por un beso y por las manos de Sesshomaru que buscaban la manera de soltar su cabello de ese laborioso peinado.
— Dile que irás a mi casa.
Negó, avergonzada. —No, mi mamá no sabe que a veces me quedo contigo.
— Yo hablaré con ella.
Kagome lo miró, no encontrando dudas de lo que él proponía. Le dio su celular.
Sesshomaru bajó del vehículo y retuvo a Kagome dentro. —Espera aquí—. Y se alejó.
Mientras él hablaba. Kagome estaba temblando. ¿Su madre qué pensaría de ella?
Sesshomaru no demoró. Entró en la limusina con su misma cara de siempre.
— ¿Qué te dijo?
Y él sonrió.
Kagome estaba sorprendida. Claro que cuando tuviera oportunidad hablaría con Naomi de eso.
Lo que Sesshomaru no le dijo, fue que para convencer a la señora Higurashi, tuvo que hacerle mención sobre el anillo herencia de su difunta madre y sus futuros planes.
Si Kagome aceptaba o no, era otra historia, para él, ella ya era suya.
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Kagura brincaba sobre él pidiendo a gritos más y más. Y claro, Inuyasha le dio todo lo que podía.
El éxtasis y la química sexual eran casi palpables, nadie podría afirmar lo contrario. Pero, más allá de eso, la mente de Inuyasha estaba en... nada.
Tal vez en Kikyo, no estaba seguro.
Lo más extraño, es que antes de su estúpida pelea pensaba en Kikyo siempre. Ahora, ella únicamente se aparecía como si fuera la voz de su conciencia.
Intentó concentrarse en los preciosos ojos de Kagura. Sin embargo, lo único que pudo hacer fue desear morir siendo succionado por esa vagina para no tener que seguir con su laboriosa tarea.
Ella se detuvo, al sentir la erección pérdida.
— Cariño, ¿estás bien?—. Preguntó sorprendida. Se bajó de él, desilusionada.
— Dame un minuto—. Dijo casi volando hasta el baño.
Se masturbo durante lo que pareció una eternidad, esperando poder tener de nueva cuenta la misma adrenalina que lo llevaba a meterse entre las piernas de la hermosa mujer que lo esperaba desnuda.
Nada.
¿Qué mierda le pasaba?
— ¿Cariño...?—. Le hablo a través de la puerta del baño.
Inuyasha abrió la puerta, solo para salir a través de ella y vestirse lo más rápido que pudo.
— ¿A dónde vas?
No respondió, salió corriendo de esa habitación de hotel. Su destino aún no estaba bien definido. Su auto casi sacó chispas por lo rápido que iba. Una tienda de conveniencia se atravesó en su camino y varias botellas de licor fueron el alimento de su alma.
Al poco tiempo su estómago estaba lleno, pero de muchísimo whisky.
Nunca antes había manejado tan bien. El aire de la primavera golpeaba su rostro al mismo tiempo que bebía directo de la botella.
Pisar el acelerador es lo último que podía recordar.
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Cada escalón significaba un beso.
La imposibilidad de poner atención a cada paso se vio reflejado ante las carcajadas de Kagome y el intento de no reírse que hacía Sesshomaru.
— Que se joda la cama, cojamos aquí—. Dijo Sesshomaru quitándose el saco y tirándolo en el suelo.
Sorprendida y sonrojada, puso sus dedos en los labios masculinos cuando él intentó besarla. —Hacer el amor no es coger.
— Llámalo como quieras, lo que importa es que lo hagas conmigo—. Y en un rápido movimiento atrapó los dedos y los metió a su boca para chuparlos.
Ese simple acto, hizo que se encendiera en ella una llama que solo él podía provocarle. Con desesperación buscó sus labios y se hundieron en candente beso.
Respirar se hizo necesario, pronto ambos iban casi desnudos corriendo escalera arriba, agarrados de la mano, como si fueran dos niños escondiéndose de una travesura.
Ocultándose de Inuyasha que probablemente estaba dormido.
Al llegar a la cama, se abalanzó hacia ella, atrapándola entre sus brazos.
Kagome se rio, cuando su cuerpo fue cubierto y más cuando comenzó a besar su cuello con pequeños y secos besos; se dejó hacer, pero también dio pelea, con sus delgadas piernas se afianzó a la cadera masculina.
— Te odio—. Le dijo con una sonrisa, y relamió sus labios para incitarlo.
— Pervertida, vas a pagar por eso.
Y acto seguido la besó de forma tan intensa, que Kagome confirmó que él era mejor que el cielo y el infierno juntos.
Ya no había espacio para perder el tiempo en otra cosa que no fuera tocarse.
Hasta que un fuerte golpe se escuchó en el pasillo.
— ¿Qué fue eso?—. Preguntó asustada.
— Inuyasha—. Dijo entrecerrando los ojos. Se levantó, se puso el pantalón, dejando al desnudo su torso.
Kagome lo siguió, poniéndose la camisa blanca la cual le quedaba larguísima.
Al abrir la puerta se topó con un escenario que le puso los pelos de punta. Inuyasha intentando patéticamente levantarse, como una tortuga volteada con el estómago hacia arriba, y una serie de arcadas dónde él expulsaba vómito.
— ¡Qué mierda!
— ¡Inuyasha!—. Gritó Kagome, corriendo hacia él. —¡Se está ahogando!
Ella fue quien lo volteo, evitando una desgracia. Ella fue quien reaccionó antes.
Sesshomaru estaba ahí, viendo a su hermano vomitando sin saber que hacer.
— ¡Sesshomaru!
Su voz, un eco resonando que lo trajo de nuevo.
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Durante largo rato observó dormir a Bankotsu. Era extraño para Kikyo verlo tan relajado, así que lo dejó dormir.
Cuando se duchaba, vio el shampoo y el rastrillo que él solía usar junto a sus productos de higiene.
En el refrigerador encontró la carne con la que él preparaba para su comida.
— ¿Dónde pongo esto?—. Le preguntó la ama de llaves señalando la ropa interior limpia de Bankotsu recién doblada.
— En el armario, cajón derecho—. Dijo de lo más natural mientras preparaba el café.
Entonces, se dio cuenta que él estaba viviendo con ella. Fue tanta su impresión que tomó sus llaves y salió del departamento.
— ¿Te casarás con él?
— No.
— Pero ya viven juntos.
— No es del todo cierto.
— No te engañes a ti misma. Eres muy lista para hacer eso.
Aquella soleada tarde, decidió aclarar sus ideas junto con su lúcida madre, quien llevaba un mes internada en el centro de rehabilitación.
Kikyo le dió un cigarrillo, y Mitsune aceptó. Estaban sentadas junto a la piscina, bebiendo jugo de naranja.
— Aún eres muy joven como para comprometerte de esa manera.
Sonrió con burla. —Tú te casaste a mi edad.
Mitsune se colocó las gafas de sol en la cabeza. —Antes las cosas eran diferentes. Si te casas con Bankotsu...
Kikyo exhaló todo el humo que tenía en los pulmones para poder hablar. —Empecemos con que no me casare. Él sabe lo que quiere, y quiere estar conmigo.
— ¿Y tú quieres estar con él?
Asintió, desviando la mirada de aquellos lindos ojos avellanas iguales a los suyos.
— Es un empleado, lo entiendes, ¿verdad?—. Comentó Mitsune.
— ¿Desde cuándo te volviste tan clasista?
— No soy clasista, soy realista. Tu estatus es mucho mayor que el suyo. ¿Le has hablado sobre tus abuelos?
— Que tu y tus padres fueran ricos, no quiere decir que yo lo sea.
— Eso siempre decimos los ricos.
Kikyo quiso reír, eso mismo le había dicho Bankotsu.
— Además, imaginé que te casarías con Inuyasha. Eran tal para cual.
Kikyo enfocó la vista en el agua para disimular lo mucho que lo extrañaba. Inhaló profundamente antes de hablar. —Yo también pensé eso.
— Es una lastima, es un buen muchacho.
— Las personas cambian.
Mitsune logro ver algo más allá del intento de su hija por aparentar que todo estaba bien. —Recuerdo que cuando tenías trece años, escapaste de casa. Te encontramos en la mansión de los Taisho, dormida junto a él.
Kikyo sonrió. Claro que lo recordaba. Ambos habían hecho la promesa de estar siempre juntos.
— ¿Por qué escapaste?
Durante un minuto que pareció eterno, no supo si sería bueno contarlo, pero lo hizo.
— Fue por lo de la señora Higurashi.
Mitsune se sorprendió, pero a la vez, esperaba esa plática. —¿Por qué nunca lo dijiste?
Kikyo solo levantó los hombros restándole importancia. —Porque ustedes no se agradaban—. Clavó la mirada en su madre, para ver su reacción.
— Ese vejestorio... diez años mayor que yo y aún así, se comportó como una colegiala ridícula, tan tonta como para casarse con un homosexual por embarazarse de un hombre casado.
— Ya lo dijiste, era otra época.
— Tu padre estaba tan obsesionado con ella, que la pintaba todo el tiempo.
— Nunca vi esos retratos.
— Los tenía escondidos. Cuando los descubrí, los quemé—. Y rio, por primera vez en mucho tiempo. —Lloró como un bebé.
Kikyo también rio.
Aún entre risas, Mitsune habló: —Por eso me pidió el divorcio. Fue lo mejor, al menos no me dejó sus deudas de juego.
Ante esa confesión. Kikyo la acompañó en su recuerdo de felicidad. Tomó su mano, apoyándola.
— Y la chica, ¿Cómo es?
— No es tan bonita como yo.
— Jamás.
— Y es una engreída de lo peor—. Mintió, su sonrisa lo evidenció.
— Lo heredó de la madre.
Mitsune observó a su hija, y con todo su cariño acarició su rostro.
— Perdóname. Por no darte un mejor padre. No merecías todo lo que viviste.
Kikyo sintió que un nudo se atravesó en su garganta, uno enorme que le impedía hablar.
— Y perdóname, por no ser la madre que merecías que fuera. Estaba tan enojada con todos, cuando yo era la única...
Y Mitsune fue silenciada por los brazos de su hija, quien la apretaba tan fuerte... Un abrazo sincero, como desde hacía años no tenían.
— Mi dulce Kikyo. Si tanto te gusta ese chico, adelante. No temas equivocarte. Recuerda que hasta los planetas chocan y del caos nacen las estrellas.
Asintió, unas lágrimas traviesas se escabulleron por su mejilla, rápido las limpió.
Para aliviar las emociones que estaban en el aire, Mitsune sonrió. —Este jugo es una porquería, lo único que vale la pena en este lugar son los postres, vayamos por uno.
Descubrieron que si debían odiar al mundo, se tenían una a la otra para hacerlo.
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Cuando Inuyasha abrió los ojos, Sesshomaru sintió un alivio, aunque no lo demostró.
— ¿Dónde estoy?
— En casa. Llegaste en tu auto, anoche.
Inuyasha intentó incorporarse, cayendo de nuevo en la cama ante el dolor de cabeza. —Me siento terrible.
— Eres un idiota.
Supo identificar que esas palabras no eran juego, y más, cuando vio a Sesshomaru acercarse, lo tomó del cuello de la camisa y lo jaló hasta ponerlo de pie.
— Espera...
No le dio tiempo para objetar.
— ¿Qué te pasa, Sesshomaru?
Sin ningún cuidado, el mayor de los Taisho demostró quien era el más fuerte y el más alto, pues de un empujón lo metió a la regadera.
El baño fue rápido, cuando salió. Ahí estaba también Kagome, vestida con la ropa de su hermano. Sobre la cómoda estaba una bandeja de comida.
— ¿Alguien me puede decir que sucedió?
— Pasa, estúpido, que chocaste tu auto contra todo lo que se te puso en medio. Está destrozado.
— Nos asustaste mucho—. Dijo Kagome dándole en la mano una botella de agua.
— Bueno, los accidentes pasan—. Dijo Inuyasha restándole importancia alzando sus hombros. —Tal vez todo sería mejor si me muero.
Ante eso, ella le soltó una cachetada.
Ambos Taisho la miraron sin poder creer lo que había hecho. Ahí estaba ella, con los puños apretados y los ojos acuosos.
— ¡Eres un idiota!
Y lloró. Cubriéndose los ojos con sus manos.
Entonces, Inuyasha recordó, que el señor Higurashi había muerto en un accidente vehicular. —Lo siento.
— Sesshomaru... él ha dado tanto por ti. ¡Y tú, infeliz mal agradecido! No te importa nada.
Pronto ella sintió la cálida mano de su novio y se acurrucó en su pecho. Buscando el calor que él le proporcionaba.
— Lo lamento, Kagome—. Inuyasha intentó tocarla, pero ella lo miró, muy enojada.
— A partir de mañana iremos juntos a la compañía, te daré una oficina y algo que hacer.
La forma autoritaria en la que habló Sesshomaru, le produjo escalofríos, fue como escuchar a su padre.
— Kagome—. En cuanto Sesshomaru se dirigió a ella, su voz se volvió imperceptiblemente más suave. —Te llevaré a qué descanses.
— Kagome—. La llamo Inuyasha antes de que saliera de su habitación. —Me gustaría que fueras, para que me ayudarás a ver cómo decorar todo.
Ella sonrió poniéndose de mejor humor.
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Sesshomaru estaba muy cansado. En cuanto se acostaron, abrazó a Kagome y alojó su cara en el espeso cabello, únicamente para olerlo.
— No debí haber golpeado a Inuyasha.
Sesshomaru soltó una risa. Ella se sorprendió por qué nunca lo había escuchado así.
— ¿De qué te ríes?
— No puedo creer que de todas las cosas que pasaron te sientas mal por eso. Él sabe que se lo merecía, por eso no se enojó.
Kagome giró hacia Sesshomaru para darle un beso.
— Ven, vamos a dormir.
—De acuerdo—. Fingió inocencia, le dio la espalda y se repego a él, y por supuesto, también su trasero. —¿Así?
Sesshomaru sintió la cosquillas que le provocó el roce de los redondos glúteos contra su hombría. Parpadeó algo sorprendido por las acciones de ella, y más cuando levemente giró el rostro para regalarle una mirada coqueta.
— ¿No estás cansada?
— ¿Por qué lo estaría?
Sesshomaru la sujetó de la barbilla y con la boca semiabierta inhalaba y exhalaba con los labios casi pegados a los suyos.
— ¿Quieres que te lo recuerde?
— Si—. Dijo deseando más contacto. Sintió como él besaba su mejilla, caminando hacia su oreja, lamió y mordió.
— ¿Te gustaría que te bese?
El eco de su voz resonó en su piel. —Hmmm—. Fue lo único capaz de expresar.
— Que lastima, no lo pediste de forma apropiada—. Susurró en su oído y se alejó, recargando su espalda al colchón.
Kagome parpadeo al verse libre de todo su calor. Se sentó, giró hacia él y lo vió con esa estúpida sonrisa suya. — ¡Maldito arrogante! —. Alcanzó un cojín y se lo aventó en la cara.
Y a él le encantaba hacerla enojar.
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Kagura escuchó los gemidos provenientes de la habitación principal. No se molestó en ir a revisar quién era la nueva diversión de su esposo.
Se sirvió una gran copa de vino tinto y se puso a fumar.
Después de media hora, se hartó. Fue directo a la habitación encontrando una escena erótica, donde su esposo estaba acostado con su nueva adquisición brincando emocionada sobre él.
La chica ni siquiera se inmutó cuando Kagura se acostó en la cama, reclamando su lugar, simplemente continuó con lo que hacía.
Ojos claros con cabello oscuro, tal como le gustaban a su esposo.
— Es bonita, ¿De donde la sacaste?—. Preguntó acariciando sutilmente la nívea piel sobre los brazos femeninos.
Naraku sonrió. —Modelo... igual que tu.
— Me siento celosa—. Dijo estirando la mano para pellizcarle fuertemente un pezón, enseguida lo soltó, alegrándose de haber dejado roja la areola.
Los ojos azules la miraron con reproche.
— Le gusta más agresivo—. Le dijo a la chica que gimoteaba, en respuesta la vio asentir. Miró a su esposo. —¿Al menos te lo hace mejor que yo?
— No—. Sentenció.
Naraku se incorporó, los senos de la chica siguieron rebotando junto a su cara, hasta que la levantó de la cintura y la quitó de encima suyo. Se acostó de nuevo, una elegante manera de hacerlo y, sin ningún pudor, comenzó a masturbarse.
— Se te está haciendo costumbre llegar temprano.
— Qué dices, si ayer no llegué a dormir—. Era cierto, después que Inuyasha huyera, ella se había refugiado en su hobby favorito... las compras y el spa con la tarjeta que su chico le había dado.
Su chico. No. Su hombre. Inuyasha era su diversión favorita, a pesar de su... inconveniente.
— ¿Qué tanto has estado haciendo con mi sobrino?—. Tocó el rostro de su esposa con la mano libre y delineó los labios con sus dedos.
Kagura le lanzó una mirada sensual y justo cuando se abalanzaba hacia él, la chica habló.
— Dile a esta... mujer que nos deje solos—. Casi gritó la joven, intentando controlar su voz después de tan arduo trabajo físico.
Naraku alzó la ceja ante la exigencia. Vio a su esposa, quien se reía. —Sácala de aquí—. Le pidió.
La joven abrió los ojos sorprendida ante eso.
— Con mucho gusto—. Sin darle oportunidad, Kagura la tomó de la muñeca y sin ningún problema, la llevó afuera.
Una niña de quince años, enredada con el diablo, y por un instante, se recordó a sí misma.
Pronto la habitación se llenó de gemidos. Gritos ahogados de placer que Kagura emitía ante las manos que en ese momento la ahorcaban.
— Vaya puta estas hecha. Mira que correrte por tu castigo.
Y ella sonrió con los ojos llorosos, feliz de vivir en ese infierno.
Continuará...
¿Qué? ¿Cómo que ya se acabo el capitulo?
Si amigos, ya se harán capítulos mas cortitos evitando relleno y yéndonos mas certeros al cierre de esta bonita historia.
Gracias por tanto apoyo!
