Disclaimer: la mayoría de los personajes mencionados son propiedad de Stephenie Meyer.

Capítulo 26

Sus labios se amoldan a los míos.

Mi cuerpo se enciende. Mis manos se aferran a sus hombros, mientras mis pies están sobre las puntas.

Nuestras bocas se besan con desesperación y nuestras lenguas tienen su propia lucha. Sus manos amasan mis nalgas, me aprieta hacia él para que sienta lo duro que está.

―Bella… ―exhala, sus labios ahora arrastrándose por mi cuello, sus manos suben por mis costados hasta mis tetas.

Reacciono. Algo en mi cerebro hace clic.

Retrocedo, saliendo de su toqueteo.

―Edward, no ―murmuró.

Agito las manos frente a mi cara.

Estoy acalorada, con la respiración acelerada. Busco controlar mis emociones, necesito sosegar mis instintos para no lanzarme sobre él. Me alejo, camino frente a la isla, mis dedos deslizándose por la superficie de granito.

De reojo aprecio que Edward está igual de afectado que yo. Lentamente se desliza de nuevo en la silla

―No podemos hacernos esto ―explico nerviosa y sin dejar de morder mi labio―. Eres mi único amigo, no quiero perder lo que tenemos, no por un par de besos.

Lo miro. En sus ojos verdes veo comprensión y mi angustia se desvanece.

Pasa las manos por su pelo.

―No me pidas que me arrepienta ―masculla― porque no me voy a retractar.

―No pienso decir nada.

¿Qué voy a decir? No puedo ser honesta y decir que me gusta, que es un gran besador y que como amante, es aún mejor. No debo, por el simple hecho que no soy libre.

―Tengo lápiz labial en mis labios y huele a cereza, me gusta ―desliza la punta de sus dedos por sus labios. Y sí admito que que es mi culpa que mi chapstick esté en él.

―Se te mira bien ―intento seguirle el juego.

Agradezco que me haga sentir cómoda.

―Mmm, creo que de ahora en adelante querré tener lápiz labial ―su sonrisa es cínica, pero agradable.

―Cuando quieras ―digo, sus ojos se amplían―. Me refiero a que tengo chapstick. Está en el buró.

Frunce los labios.

―Pensé que me estabas regalando más besos ―menciona desilusionado.

Niego.

―Aparte de exhibicionista no puedes ser tan descarado y pedir besos.

Su risa es agradable.

―¿Y si te los robo? ―me da un guiño.

―No te atrevas ―advierto.

―No prometo nada.

―Te castigaré. De ahora en adelante no más besos y tampoco andarás en bóxer. Aprenderás a vestir, Sr. exhibicionista.

―¿De qué van mis castigos?

―Aún no sé… quizá no más noches de películas, juntos.

―Puedo soportarlo ―se incorpora, da un paso hacia mí―. Me gustaron tus besos.

―Me da gusto saberlo.

Ambos estamos sonriendo. Lo conozco, él intenta que me mantenga tranquila, porque nunca presionará para hacer nada que yo no quiera.

En el fondo de mi ser tengo miedo. No de él, sino de esto nuevo que estoy sintiendo.


Hola. Aquí ya empezó un juego peligroso entre los dos, ¿creen que los besos pararán? Les agradezco mucho su entusiasmo, prometo volver pronto. Abrazo a cada quién, saludos.

Gracias totales por leer ✨